Año X N° 81
Abril de 2002
Nuevas actitudes,
nuevas fronteras
El concepto de “misión” ha cobrado nueva importancia en el mundo
pastoral de hoy. Hay mucho escrito sobre la “vocación misionera” del cristiano
y un acento nuevo en la necesidad de la dimensión misionera en la parroquia de hoy. Las encíclicas papales
también le dan importancia y el Noveno Sínodo de la Arquidiócesis de Santiago
del año 1997 lo nombró entre los temas de más urgencia en nuestra realidad
eclesial. Sin embargo, existe mucha ambigüedad respecto al concepto de “misión”
y su aplicación en el mundo pastoral de hoy. Estamos convencidos de que, lejos
de ser una palabra anticuada o, peor, la causa de desavenencias entre los que
comparten la pastoral, la “misión” nos ofrece una llave que nos ayuda a
abrirnos el futuro y una serie de pistas para coordinar los esfuerzos
pastorales. Durante el año 2002 queremos dedicar algunos números del Boletín a
este tema porque encierra aspectos problemáticos de la evangelización en el día
de hoy. Esperamos que los resultados le ayuden tanto a su reflexión personal
como al trabajo parroquial.
Existe hoy cierta ambigüedad respecto a la palabra misión. A veces parece tener un significado algo limitado referido
mayormente al trabajo en las misiones en
el extranjero. En otras ocasiones, y respecto a otras personas, su
significado es más amplio; en este caso, se refiere no tanto a un trabajo especial, sino al sentido de haber sido
llamado para emprender alguna actividad importante, junto con la voluntad de ir
más allá de lo conocido y trabajar en una nueva frontera, fuera de las
estructuras establecidas.
Hasta hace más o menos 40 años atrás estos dos significados se
superpusieron en forma considerable porque las nuevas fronteras se encontraron
principalmente en las misiones extranjeras. En el pasado los misioneros venidos
de otro país parecían tener el monopolio del trabajo de frontera, con un aura de aventura casi heroica en comparación con el trabajo aparentemente
desperfilado de los agentes pastorales nacionales.
Todo esto ha cambiado en forma radical. Una razón es que estamos
conscientes de nuevas y diferentes fronteras. Otra es el serio cuestionamiento
de la empresa misionera del pasado. Una tercera razón es la influencia de la
distinción hecha hace unos treinta años atrás entre la misión y la mantención. Hemos llegado a entender que
la diferencia entre los dos términos no tiene que ver con el área geográfica en
que estamos trabajando sino con nuestra actitud y modo de llevar a cabo la
tarea pastoral. Así que algunas personas trabajando en situaciones domésticas
podrían tener una actitud radicalmente
misionera, mientras a un misionero extranjero profesional le podría faltar un
espíritu innovador que justificara su título de misionero.
Lo que queremos hacer aquí es ayudar a llenar el vacío que separa estos
dos significados: el más limitado y el más amplio. Hay dos aspectos básicos del
concepto misión: la misión de Dios y la misión de la Iglesia. La primera tiene
que ver con el envío y la misión del Espíritu Santo y el envío y el trabajo de
Jesús en el mundo. La misión de la Iglesia, enraizada en el Nuevo Testamento,
se desarrolló a través de los siglos y, por lo tanto, cuando queremos evaluarla
no encontramos respuestas fáciles en la Biblia.
La meta de esta reflexión es ayudarnos a entender y continuar la misión
fundamental de Jesús, reconociendo y apoyándonos a la vez en las formas
múltiples de la acción del Espíritu Santo que trabaja en el mundo desde su
principio y que sigue inspirándonos y dándonos su apoyo de momento a momento.
Esperamos que se clarifique lo que significa vivir el espíritu misionero durante un período en que tanto la empresa
misionera tradicional sufre un desafío serio, como también nuevas oportunidades
para la misión aparecen por todos lados.
El desafío más obvio tiene que ver con el personal misionero extranjero.
Durante unos cien años (aproximadamente desde 1870 a 1970), un gran número de
misioneros vino de los países de tradición misionera -Europa y Estados Unidos-
para trabajar en las iglesias jóvenes
de otros continentes. Durante la última
generación ha habido un descenso dramático en el número de estos misioneros extranjeros y el perfil de su edad ha cambiado mucho. El
resultado es que su edad media está subiendo con mucha rapidez, de tal forma que, si siguen las mismas
tendencias, en menos de dos décadas habrá muy pocos de estos misioneros
activos.
Claramente estamos llegando al fin de una era misionera que empezó
alrededor de la mitad del siglo XIX y siguió durante casi 150 años. Todos los
que nos sentimos comprometidos con la misión
debiéramos tomar en cuenta este trasfondo histórico porque, sin estos
datos, es posible llegar a la conclusión de que algo ha fracasado y que somos
culpables, debido tal vez a una falta de verdadero celo. Una perspectiva más larga
nos ayudaría a darnos cuenta de que lo que pasa no es el fin de la misión, sino sólo el fin de una fase
particular de la vida de la Iglesia. Nos ayudaría a responder a nuevos desafíos
y a encontrar un sentido más amplio para la palabra misión hoy. También dicha perspectiva ofrece a los institutos y
congregaciones dedicados al trabajo misionero una base para mirar más
detenidamente su carisma y tradición para así poder clarificar y aun redefinir
el fin específico de sus institutos.
Ha habido cambios radicales no sólo en nuestra noción general de misión, sino también en el entendimiento
de su sentido más limitado y específico, es decir, como “misión a las naciones”
o ad gentes. Existe una discusión
interminable sobre este tópico y, por lo tanto, queremos dedicar un espacio al
tema.
Hoy día no podemos satisfacernos diciendo que la misión ad gentes significa básicamente trabajar
en las fronteras y definir estas fronteras en forma geográfica. Por supuesto
que hay áreas del mundo donde se desconoce el Evangelio y donde la Iglesia
institucional apenas existe. Pero también existen lugares en algunas naciones,
antes llamadas países de misión,
donde el cristianismo ya no está en una situación fronteriza y la Iglesia se
encuentra bien establecida. Es decir, algunos trabajos que se hacen en las llamadas iglesias
jóvenes ya no caen bajo el título de
misión a las naciones o
misión ad gentes. Serían más bien parte del trabajo pastoral general de la
Iglesia. Muchos misioneros extranjeros así lo ven y, por lo tanto, se sienten
incómodos. Sin duda son extranjeros
pero no misioneros en el sentido
estricto de la palabra. El hecho es que hay diferentes formas de situaciones de
fronteras. Algunas pueden ser definidas en forma geográfica mientras otras, no.
Por ejemplo, el trabajo con minorías étnicas no-cristianas es verdaderamente un
trabajo fronterizo, tal vez no en términos geográficos, pero sí en términos
culturales, religiosos o aun políticos. Nos vemos obligados a utilizar
categorías sociales o económicas para definir a víctimas del hambre y términos políticos o económicos
para definir a los refugiados.
Tal vez sea útil aquí mirar hacia atrás el desarrollo del concepto misión a las naciones. En un extremo del
espectro tenemos la noción medieval de misión.
Esta noción presupone que haya una realidad geográfica definida llamada cristiandad, rodeada por el mundo
pagano. De acuerdo con esta noción, la misión
era de una sola vía, desde las tierras
cristianas para salvar las almas y extender las fronteras de la cristiandad.
En otro extremo del espectro, tenemos la perspectiva evangélica que ve a
la Iglesia compuesta de un grupo relativamente pequeño de convertidos que va en
busca de otros individuos para llamarlos, uno por uno, a aceptar a Cristo como
su salvador personal. De acuerdo con esta perspectiva, se necesita la misión tanto en los Estados Unidos y
Chile, como en China y Pakistán.
La mayoría de los misioneros hoy definen la misión como algo en medio de estos dos extremos.
Los protestantes tienden a la perspectiva evangélica y hablan de la misión en los seis continentes, lo que
quiere decir que la misión está en
todas partes.
Hoy día, las agencias e institutos misioneros católicos han abandonado la definición geográfica de
la misión ad gentes, o le han dado
matices más sutiles. Se han movido cautelosamente desde lo geográfico hacia lo
étnico o cultural como criterio
primordial para definir su papel principal.
Pero estamos hablando del mundo limitado de los misioneros profesionales
– un mundo a propósito que está desapareciendo rápidamente. Fuera de este mundo
limitado, y dentro de la comunidad cristiana más amplia, existe poco interés en
las distinciones que hacen los misioneros
profesionales. La gran mayoría de los cristianos comprometidos tiene una
perspectiva mucho más amplia del significado de la palabra misión. Cuando los misioneros
profesionales tratan de hacer distinciones entre misión ad gentes y otras formas de misión,
terminan muchas veces causando cierto
resentimiento entre los laicos.
Los misioneros profesionales
se sienten a la defensiva y el movimiento
misionero parece sufrir una crisis de confianza. Sin embargo, son ellos
mismos quienes están obligados a enfrentar las preguntas más difíciles y
desafiantes respecto a la misión. Por
lo tanto, su contribución al futuro de
aquélla será aun más grande.
A fines del año 1990 el Papa Juan Pablo II escribió su encíclica
misionera Redemptoris Missio.
Pretendió restaurar la moral misionera, haciendo distinciones claras entre la
misión ad gentes y otras formas de misión. Pero su contribución más grande
al diálogo fue su manera de identificar la misión ad gentes. Se mueve aun más lejos, desde la posición
geográfica a otra donde la cultura deja
de ser la única base objetiva para definir esta misión. Así la abre a una
perspectiva realmente nueva: misión como trabajo en las fronteras de la
Iglesia.
Nuevas actitudes,
nuevas fronteras
Una de las razones principales del término de la era de la misión extranjera consiste en el cambio
en el concepto amplio de misión durante los últimos cuarenta años.
Ideas desconocidas o de poca fuerza en el pasado han llegado a ser elementos
mayores en nuestra comprensión de la
misión de la Iglesia y claves para
un entendimiento nuevo y más profundo de la noción de misión. Tal vez la más crucial de estas ideas es la percepción de
que el diálogo con otras religiones y perspectivas espirituales no está en oposición a la misión, sino que es un aspecto central y una condición anterior
para cualquiera dimensión de aquélla.
La noción de diálogo, con
acento particular en el diálogo interior al cual está llamado cada cristiano,
será un aspecto de la misión que trataremos en nuestras futuras reflexiones.
Las creencias centrales y los valores claves de las grandes religiones o
tradiciones del mundo tienen mucho que ofrecernos en nuestro camino hacia Dios.
Hay mucho que ganar en este diálogo con ellas, tanto interior como
exteriormente. Sugerimos que haya lugar para un diálogo muy fructífero en que
podamos aprovechar y compartir el rico tesoro de sabiduría acumulado por la
Iglesia. Pero las personas de otras tradiciones religiosas estarán abiertas a
tal diálogo sólo si encuentran en nosotros una sensibilidad a sus propios
valores profundos y respeto frente a sus experiencias espirituales.
Pero existen otros puntos de entrada para entender el concepto amplio de
la misión. Se puede mirarla como un proceso de evangelización, es decir,
los esfuerzos de los seguidores de Jesús por tomar parte en su tarea de llevar
las Buenas Noticias al mundo. Existe
también la noción de inculturación,
es decir, cómo el mensaje de Jesús se relaciona y llega a encarnarse en la rica
variedad de culturas en el mundo. La lucha para la liberación humana es otro
punto de entrada que nos ayuda a entender la riqueza del concepto de misión. El proyecto de reconciliación
ofrece otra faceta de la misión y
junto con la opción por los pobres contribuye al análisis profundo que
pretende responder a la ambigüedad de esta palabra, tan común en círculos
pastorales hoy. Reconocemos que esta lista no agota las posibilidades de
misión, y que otros encontrarán posibles nuevas facetas, pero las mencionadas
serán la base de reflexión en los próximos Boletines.
Es necesario señalar aquí que estas llaves o entradas que hacen posible
una exploración profunda del concepto de la misión
no serán igualmente atractivas a todos los cristianos. Cada uno reconocerá lo
que más atrae y llena su corazón. La misión
cristiana abraza todo el mundo y las profundidades del corazón humano. Este
hecho nos llama como individuos y como Iglesia a una perspectiva amplia y
pluralista, que reconoce la mano de Dios en todo y respeta la complejidad de la
religiosidad humana que se expresa a través de múltiples facetas.
Queremos dar nuestras gracias al autor Donal Dorr cuyo
texto ha sido la base de este artículo y será nuestra fuente principal en los
boletines de esta serie.
Donal Dorr, “Mission in today’s World”, Columba Press,
Blackrock, Co. Dublin, Ireland, 2000, pp. 7-13, 202-207. (Con la debida
autorización.)