Año X

N° 85, Agosto de 2002

 

 

 

Misión como lucha por la liberación

 

 

La lucha contra los poderes

La misión como lucha

La Liberación dentro de las Iglesias

Una lucha espiritual

Etapas en la liberación

La oración y la lucha

La violencia

 

 

 

Después de cuatro reflexiones sobre el tema,  queremos seguir nuestra serie sobre la misión con esta nueva selección. La complejidad de la misión requiere estudiarla desde diferentes puntos de vista o de entrada, que nos muestran que la riqueza del concepto abarca una gran variedad de respuestas al llamado del Señor. Es un llamado recibido por cada cristiano,  sea cual sea su vocación, trabajo o país de residencia.  

 

En esta reflexión veremos la misión como la lucha que emprendemos para la liberación a todo nivel. La opresión y la liberación son ideas o conceptos mucho más amplios y profundos de lo que parecen a primera vista.

 

Una vez más esperamos que este texto sea de utilidad para Ud. y su labor pastoral. Al mismo tiempo, reiteramos que nos interesa saber su opinión sobre el material que le hacemos llegar. 

 

 

 

 

En la consideración de la misión cristiana, necesitamos diferentes modos de aproximación. Si la miramos como evangelización, entonces el punto de entrada será la Buena Nueva, un  mensaje que se transmite a través de palabras o buen ejemplo. Pero si nuestro paradigma básico de misión es la liberación, estamos colocando el acento en la lucha. Ambas maneras de aproximarse a la misión (y varias más) tienen su fundamento en las Escrituras y ninguna puede ser denominada como el único modo correcto o principal. En esta reflexión utilizaremos un modelo que pone la mirada en la liberación, es  decir, en el esfuerzo o la lucha contra la opresión, pero reiteramos que no es el modelo exclusivo.

 

La lucha contra la opresión deberá tomar lugar a varios niveles:

A nivel económico: países e individuos se encuentran oprimidos por los términos injustos del comercio internacional que subvaloran su labor y sus productos. Los países pobres se encuentran agobiados por la carga de  deudas internacionales.

 

A nivel político: la opresión de los ciudadanos por gobiernos dictatoriales; la falta de respeto a derechos humanos; la negativa relación entre naciones, donde los más débiles son oprimidos por los más fuertes.

A nivel cultural-religioso: las minorías (religiosas, étnicas, indígenas, etc.) son tratadas como ciudadanos de segunda clase; sufren de una opresión internalizada. Su lucha suele empezar en un nivel cultural-psicológico.

 

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La lucha contra los poderes

 

 

Cualquier trabajo de liberación involucra una lucha espiritual, aunque tenga lugar en los niveles político, económico o cultural. Desde esta perspectiva es una lucha contra los poderes de dominio. San Pablo nos dice que nuestra lucha no es solamente contra la carne y la sangre, sino también contra “gobernantes y autoridades” (Ef 6:12). Aunque muchos expertos bíblicos interpretan esa experiencia como seres espirituales malos, hay otros que prefieren asimilar el significado como a instituciones, movimientos, filosofías o imperios que ejercen sus poderes en el mundo de hoy. Ahí se ubican también las ideologías como racismo, patriarcado, etc. Al final, son todos espirituales en el sentido de que viven de elementos interiores, no materiales, como la tradición, que  permite su supervivencia a través del tiempo; por lo tanto, les llamamos poderes.

 

Tomamos como ejemplos históricos: el Imperio Romano, Gran Bretaña,  el bloque soviético, los Estados Unidos, China, el Occidente, el socialismo, Greenpeace, el feminismo, la ley judaica, etc. Si entendemos los poderes de este modo, es evidente que no son completamente malos. Cada uno ha sido un importante instrumento del Espíritu de Dios, pero a pesar de esto, cada uno ha mostrado cierto grado de contaminación y, aun, de corrupción. Para los judíos, la ley era una encarnación de la gracia divina, pero Jesús demostró cómo las tradiciones y sistemas religiosos pueden corromperse a través del tiempo. Los Evangelios sugieren que en el tiempo de Jesús aquellos fueron utilizados por los escribas y fariseos como instrumentos de opresión para el pueblo común.

 

 

 

 

 

 

 

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La misión como lucha

 

 

Todo eso es de mucha relevancia para nuestro entendimiento de la misión como lucha. El punto clave es este: aunque  los poderes, tales como imperios e ideologías, son generalmente malos en la práctica, no lo son por su naturaleza. Así que no están fuera de la posibilidad de  redimirse. En la medida en que han sido corrompidos en algún grado, son fuerzas del mal. Sin embargo, pueden ser redimidos o transformados y así volverían a ser fuerzas para el bien. La tarea de aquellos que luchan por la liberación es precisamente resistir la maldad que existe  en ellos para rescatar los elementos positivos de estos poderes, capacitándolos así para ser agentes de sanación y crecimiento.

 

De aquí se sigue que no favorece una descripción adecuada de la misión el decir que es una lucha contra los poderes como gobiernos y autoridades. Sería falsa y engañosa por dos razones:

 

Primero: sugiere que los poderes son completamente malos en sí, lo cual hemos demostrado que es falso.

 

Segundo: describe solamente una parte de la labor, el aspecto negativo -la tarea de desmantelar. No ofrece pista alguna sobre el aspecto positivo o constructivo, el desafío de la transformación de los poderes para que sean agentes de la gracia en la construcción del Reino de Dios.

 

La primera parte de la tarea, el desmantelar, consiste en compartir la labor de Jesús de desafiar y desenmascarar la maldad en nuestro mundo. Incluye tanto la maldad personal que mora en el corazón de cada persona humana, como aquella que se encarna en las tradiciones e instituciones de nuestras naciones. Estas últimas son lo que hemos llamado los poderes. Aunque hemos hecho esta distinción entre la maldad personal y la de los poderes, están íntimamente relacionadas. Cada una es tanto la causa como la consecuencia de la otra. Nuestra meta es llevar la conversión y la liberación tanto a las tradiciones e instituciones, como a las estructuras socioeconómicas, políticas, culturales y religiosas que plasman la manera como la gente siente, piensa y vive. Porque estos son los poderes que dan el significado y orden a nuestro mundo. 

 

Es un trabajo sin fin, sólo parcialmente alcanzado y siempre en peligro de ser perdido o corrompido de nuevo. Requiere un discernimiento perpetuo de los signos de los tiempos para poder identificar los aspectos del pecado que actualmente afectan las vidas humanas.

 

 

 

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La liberación dentro de las Iglesias

 

 

La lucha por la liberación va más allá de los poderes socioeconómicos y políticos. Hay que enfrentar la necesidad de luchar aun contra agencias específicamente religiosas que se involucran en la opresión espiritual. Las diferentes organizaciones eclesiales a las cuales los cristianos pertenecen –y aun las mismas iglesias– pueden ser instancias de poderes. Es decir,  aunque debieran ser instrumentos de la gracia salvadora de Dios en nuestro mundo, también pueden llegar a estar relativamente manchadas y aun corrompidas. La maldad puede adherise alrededor de ellas y dentro de su misma textura, no sólo en sus aspectos institucionales, sino aun en las tradiciones espirituales interiores que las animan. 

 

Las iglesias y  las agencias eclesiales pueden ser opresivas en su organización interna. Por ejemplo, las autoridades y el clero pueden fallar en respetar los derechos de los laicos de participar en la toma de decisiones. A quienes quieren responder a su vocación cristiana fundamental de compartir el ministerio de Jesús, pueden presentarles obstáculos, especialmente a las mujeres. También pueden confabularse con gobiernos opresivos o no denunciar los abusos ni alentar a aquellos que luchan por la justicia. La lucha contra estos abusos del poder espiritual es un elemento clave en la realización de la liberación. Significa que esta lucha tendrá que tomar lugar dentro de la misma Iglesia. Donde sea que encontremos elementos de dominio o corrupción dentro de ella, estamos llamados a tomar parte con las autoridades eclesiales, de una manera que combine la lucha espiritual con el diálogo espiritual respetuoso.

 

A través de los siglos, algunas de las luchas más dolorosas por la liberación han tenido lugar dentro de las mismas iglesias. En la lucha contra la opresión espiritual, como en otros aspectos de la lucha por la liberación, los pobres y débiles son los instrumentos escogidos de Dios. Recordamos a Catalina de Siena que enfrentó al poder espiritual del Papa. Antes de ella, la larga lucha de Francisco y Clara contra un clero rico y poderoso trajo a la Iglesia un nuevo entendimiento del poder liberador del Evangelio. Podemos hacer nuestras propias listas de personas, aparentemente desprovistas del poder, que fueron inspiradas para levantar su desafío profético contra los abusos del poder espiritual y, contra todas las probabilidades, tuvieron éxito.

 

Tomar conciencia de que cada uno de nosotros está llamado a luchar por la liberación, aun dentro de la Iglesia,  puede asustarnos o, por lo menos, hacernos sentir incómodos. Es, probablemente, bueno para nosotros como cristianos sentir algo de esta incomodidad mezclada con el don de la seguridad y paz fundamental  del Espíritu. Como dice Isaías :

 

Ay de mí, estoy perdido porque soy un hombre de labios impuros, y que vivo entre un pueblo de labios impuros (6:5).

 

Frente a este terror podemos responder de tres diferentes maneras:

1)     Huir de la incomodidad, rechazando la posibilidad de que nuestras iglesias y agencias eclesiales hayan sido corrompidas.

2)     Quedarnos paralizados psicológicamente por un vago sentido de culpabilidad.

3)     Enfrentar el desafío a través de un proceso de discernimiento y análisis social, no solo con respecto al mundo alrededor, sino más particularmente, con respecto a nuestras propias instituciones y tradiciones eclesiales. El discernimiento y análisis debieran ser seguidos  por acción concreta.

 

Cuando hablamos del análisis social nos referimos a una investigación cuidadosa y racional en que usamos la sabiduría de la experiencia y las habilidades de las ciencias humanas. En cambio, cuando hablamos del discernimiento apuntamos a un approach que se apoya más directamente en el poder del Espíritu y de la parte más intuitiva de nuestro espíritu. Aquí el Espíritu Santo se comunica con nosotros en forma más efectiva que en la parte racional. 

 

 

 

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Una lucha espiritual

 

 

Hay implicancias concretas y  muy prácticas de nuestro enfrentamiento con los poderes  como parte del llamado misionero. El primero es que la fe no es un poder, pero nuestras iglesias están entre los poderes que requieren un desafío y una transformación. Lo mismo se aplica a otras religiones institucionalizadas, como por ejemplo, el Islam. Quiere decir que el encuentro con estos poderes debiera tener un carácter muy particular que combina tanto la lucha espiritual, como el diálogo sincero.

 

En concreto, una relación con el fundamentalismo islámico o hindú requiere que se mantengan juntos tanto el diálogo como el desafío, a pesar de la tensión entre ellos. Tenemos que ser suficientemente realistas para no ignorar la crasa insensibilidad y falta de respeto por los derechos humanos que muchas veces caracterizan a los fundamentalistas. Pero a la vez, debiéramos estar suficientemente abiertos para sostener un diálogo, aun con instancias o poderes que tienen prácticas que nos horrorizan.

 

También es necesario entender lo que significa tomar parte en una lucha espiritual. Si percibimos esta lucha en términos piadosos o dualistas, estamos equivocados. Su lugar verdadero está dentro de nuestro compromiso con las estructuras económicas, sociales, políticas y culturales que plasman el modo de vivir de las personas. Por otro lado, es vital que los líderes eclesiales sepan que habrán perdido el aspecto espiritual de la lucha si utilizan las mismas armas de los poderes, es decir, la  presión económica, el control político y el dominio cultural.

 

No existe un plan de ejecución que asegure la mejor manera de comprometernos y, a la vez, de permanecer respetuosos mientras desafiamos y buscamos la transformación de los poderes. Sin embargo, hay numerosos ejemplos de personas que nos muestran el camino. En nuestras propias Iglesias encontramos, entre muchas otras,  a Martin Luther King, Santa Juana de Arco y Mons. Helder Camara. En la sociedad secular, Nelson Mandela y Mahatma Gandhi. Vemos el poder espiritual de ellos  y cómo enfrentaron a los poderes de su tiempo. Vemos también el alto precio que pagaron, el mismo que pagó Jesús por su labor de redención.

 

El ejemplo de Sudáfrica, más cercano a nosotros en el tiempo, ofrece una lección muy importante. Detrás de la lucha político-económica hay una lucha psicológico-espiritual más fundamental. Si los poderes de dominio, en este caso, la maquinaria político-militar del régimen, hubieran tenido éxito en quebrantar el espíritu del pueblo, la liberación no habría podido realizarse. Pero fracasaron en su lucha psicológico-espiritual y, sin intervención de afuera, el gobierno militar fue obligado a ceder. Podemos ver el mismo patrón en la larga lucha de Gandhi en India contra el colonialismo de Inglaterra.

 

El testimonio de las vidas de Gandhi y Mandela nos demuestra en forma concreta esta lucha del espíritu. Ambos fueron capaces de generar, entre millones de personas comunes, un espíritu de resistencia a la opresión colonial que, a la larga, destruyó este poder.

 

En prisión, a merced de la guardia, Mandela sufrió cruelmente por su resistencia digna. Por su ejemplo otros prisioneros y, eventualmente, la misma guardia y las autoridades de la prisión llegaron a respetarlo. Su testimonio dio inspiración a millones, a tal punto que Mandela llegó a ser el foco de la lucha de la nación entera. Cuando salió de la prisión la lucha espiritual ya se había ganado; había logrado convencer a la gente que el día de la libertad estaba a la vuelta de la esquina. Y así fue.

 

 

 

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Etapas en la liberación

 

 

Es importante insistir en que hay etapas en la lucha para la liberación y las vemos en la vida de Nelson Mandela. La primera etapa crucial fue la de los años en prisión y su resistencia a la opresión, lo que le dio poder espiritual a este hombre aparentemente débil. Con esta autoridad, cada vez más fuerte, fruto del precio que pagó, Mandela tuvo un rango más amplio de elecciones y eligió con astucia y sabiduría. Con sus seguidores, creó un movimiento de gente comprometida que no buscó apoyo en la acción militar. Esta fue la segunda etapa en el proceso de la liberación auténtica. Cuando llegó el momento en que el régimen de apartheid admitió la necesidad de dialogar con el movimiento y su líder, Mandela ya había llegado la etapa de la negociación. En este momento se mostró firme en insistir en un gobierno de la mayoría y  resistir la presión para formar un estado separado para los blancos. Su visión no le permitió ninguna forma de represalia contra aquellos que lo trataron con tanta crueldad. Sin su presencia, la transición a la nueva Sudáfrica hubiera sido, sin duda, más violenta y sangrienta.

 

Una etapa más avanzada del proceso fue la del liderazgo global. Para Nelson Mandela significaba el papel de un líder africano y estadista mundial. Puso el peso de su extraordinaria autoridad moral al servicio de los oprimidos en Nigeria y promovió la paz y la liberación genuina para la gente de Irlanda del Norte. De hecho, llegó a ser un faro de inspiración para el mundo entero.

 

Es interesante comparar estas etapas con  aspectos de la vida y muerte liberadora de Jesús. Primero, encontramos su amor sin límites hacia su gente, demostrado por el respeto y cariño de su ministerio de sanación y liberación del espíritu entre los marginados. La próxima etapa fue la formación de un grupo de seguidores, elegidos del mismo pueblo. Cuando su mensaje fue recibido con incomprensión y oposición, Jesús desafió a los líderes religiosos y su uso opresivo del poder político-religioso. Su lucha espiritual con ellos por la liberación de su pueblo terminó en su rechazo y muerte, una muerte enfrentada con gran dignidad y perdón de los que le mataron. Fundamento de todo fue la confianza incondicional de Jesús en su Padre en los momentos más negros. En la etapa final, vemos que  se desveló su victoria en la historia de los discípulos de Emaús. Jesús les mostró que todo lo que pasó fue parte del plan de Dios para la salvación.

 

 

 

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La oración y  la lucha

 

 

Es de suma importancia aquí insistir en la fuerza de la oración en  la lucha. Sin la oración, estamos en peligro de perder nuestras convicciones y nuestra energía. En la oración descubrimos nuestra pobreza e insuficiencias -y aprendemos que Dios es nuestra única esperanza. Así nos enseña porque los pobres son los agentes primarios de la liberación: están obligados a apoyarse en Dios porque no tienen poder propio.

 

Cuando nos encontramos desesperados por la complejidad de la lucha por la liberación, encontramos en la oración alimento para el espíritu. Entonces vemos la relación interior entre las noches que Jesús pasó en la oración y los días que pasaba sanando, habilitando y liberando al pueblo. Entendemos que fue su oración agónica en el huerto de Getsemaní lo que le hizo capaz de enfrentar su muerte el día siguiente, con coraje, dignidad y libertad de espíritu.

 

Sabemos que la liberación incluye dos aspectos: la lucha contra los poderes y un compromiso a transformarlos desde adentro. Aquí encontramos  otro papel de la oración que  nos ayuda a ser más auténticos en nuestros esfuerzos por combinar la lucha con un compromiso real con el diálogo. A través de la oración, encontramos el coraje para involucrarnos en la lucha. También recibimos suficiente apertura y humildad para tomar parte como verdaderos oyentes en el diálogo con los poderes con el fin de que sean transformados. Además, es solamente a través de la oración como aprendemos la sabiduría que nos ayuda a evitar decepcionarnos, tanto en el diálogo como en la misma lucha. 

 

 

 

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La violencia

 

 

Hasta aquí hemos puesto el acento en la dimensión espiritual de cualquier lucha auténtica por la liberación. Sin embargo, es necesario enfrentar el asunto de la violencia. Es importante insistir, desde el principio, que las personas que luchan contra la opresión no están obligadas a elegir simplemente entre la violencia y la no-violencia. La lucha por la liberación puede tomar muchas formas: desde la lucha guerrillera y la protesta masiva, hasta las huelgas y la resistencia pasiva. La historia nos enseña que es un error fatal pensar que la liberación vendrá sólo a través del uso de los mismos métodos de los poderes contra quien se lucha. Si un régimen injusto es socavado por medios violentos, el nuevo gobierno será, sin lugar a duda, autoritario. La gente verá muy luego que solo tiene a un nuevo grupo de opresores. La verdad es que no existe un camino corto hacia la auténtica liberación; se requiere una tarea ardua de crear estructuras participativas en cada nivel de la sociedad, aun durante la misma lucha.

 

El problema de la violencia es muy amplio y abarca áreas como la guerra justa, el uso de armas nucleares, la resolución de disputas, la búsqueda de sanciones efectivas, la venta de armas, la carrera armamentista entre naciones, los presupuestos militares, las prioridades presupuestarias; y varias más. Hay defensores y detractores de cualquier forma de violencia, y es posible encontrar teólogos y voces morales que se ubican en ambas posiciones. A través de la historia del mundo, en la gran mayoría de las guerras y luchas sociales, los protagonistas de ambos lados han tenido el apoyo de teólogos prominentes y de líderes eclesiales. ¿Cuándo es justificada la violencia? La repuesta parece ser: cuando todas las demás opciones han fracasado.

 

Sin embargo, en el pasado, la Iglesia y sus agentes pastorales han tenido que enfrentar dilemas prácticos respecto a la lucha por la liberación en muchas partes del mundo, incluyendo Chile. ¿Cómo actuar frente a la necesidad de ayudar a las personas que luchan contra un régimen totalitario? Por ejemplo, ¿debieran obedecer decretos que declaran como delito cualquier ayuda médica a los rebeldes? ¿Hasta qué punto debieran desobedecer las directivas de un gobierno opresivo, por un lado, y resistir los errores de revolucionarios violentos, por el otro?

 

Aunque la teología no siempre nos ofrece respuestas claras y fáciles, es necesario saber y aplicar los principios teológicos a situaciones específicas. Si no lo hacemos, los protagonistas de ambos lados tendrán éxito en conseguir apoyo para sus causas a través del secuestro teológico. Vemos cómo los regímenes opresivos   tratan de secuestrar a las iglesias para conseguir apoyo ideológico o legitimación para su actuación. Por otro lado, vemos este secuestro teológico entre aquellos que toman parte en la revolución violenta contra las autoridades civiles. Un ejemplo notorio es el caso de los líderes fundamentalistas islámicos que enseñan que el acto de tomar parte en el bombardeo suicida tiene como premio el mismo cielo. 

 

Las mismas preguntas y dilemas que abundan respecto al uso de la violencia nos llevan, de regreso, al tema original: la misión como lucha. Es necesario poner énfasis en el hecho fundamental: el trabajo por la liberación nos involucrará en una batalla que es primordialmente espiritual. Una lucha que exigirá primero un precio personal: el descubrimiento de la necesidad de desenmascararnos y transformarnos a nosotros mismos.

 

Sólo entonces veremos con claridad para poder sacar la pelusa del ojo del hermano. (Lc 6:42)

 

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Esta reflexión está basada en el capítulo 7 del libro “La misión en el mundo de hoy” del autor Donal Dorr; Colomba Press, Co. Dublin, Irlanda, 2000. (Con el debido permiso).