Boletín Pastoral

Agosto de 2005, Vol. XIII, Nº 112

 

 

La Vida Moral

Un cambio hacia lo espiritual

 

Primera parte

 

 

 

Como continuación de nuestra serie sobre la “Vida del Espíritu”, queremos mirar esta Vida como se vive dentro del “reino de Dios”. La Vida del Espíritu evitará que el modo de vivir en el “reino de Dios” tenga sólo un significado ético o moral. Al mismo tiempo, el “reino de Dios”, con su rico significado comunitario, evita que la “Vida del Espíritu” sea algo simplemente espiritualista, desconectado de la historia y la comunidad humana.    

 

En el artículo para este mes, su autor, profesor de la teología moral, nos ofrece una visión de la moral católica actual y los cambios que ha experimentado a través de los siglos. Nos demuestra que las reglas, "manuales de pecados" y "lo mínimo aceptable" han dejado de caracterizar la moral católica. Por el contrario, la vida moral se refiere a relaciones con otros y se plantea la pregunta: "¿cómo puede uno vivir como discípulo agradecido de la mejor manera posible, caminando en pos de Cristo?" El artículo es sólo la primera de dos partes y esperamos poder entregar la segunda en el próximo mes.     

 

Esperamos que este texto sea de gran beneficio tanto para su reflexión personal como para su trabajo pastoral.

 

 

 

El proceso de deshacerse de quince siglos de legalismo

 

El movimiento hacia el modelo personalista-relacional

 

Haciendo la conexión entre la moralidad y la espiritualidad

 

Dos modelos morales presentados en el cine actual

 

 

Un predicador dijo una vez: "Hay demasiada gente que tiene justo lo suficiente de la religión para hacerla miserable". Tal vez sea posible decir lo mismo respecto a los conocimientos de la gente sobre la moral católica -justo suficiente para causar miseria, ira, y culpa. Sin embargo, es necesario insistir que mucho ha cambiado la teología moral católica desde el Concilio Vaticano II. Su renovación está marcada por las buenas noticias sobre la vida moral como respuesta afable y agradecida al amor liberador de Dios. En vez de miseria, la enseñanza moral católica puede traer liberación, alegría y esperanza.

 

Entre los desarrollos más conspicuos en la renovación de la teología moral católica  hay tres de gran importancia:

 

1)      el cambio del modelo legalista de la vida moral a un modelo personalista, relacional- responsable;

2)      el movimiento hacia la unión integral de la vida moral y espiritual; y

3)     la recuperación de la virtud como el contexto correcto y adecuado para la comprensión de la acción moral.

 

No son precisamente innovaciones en la teología moral católica, más bien reformulaciones de aspectos latentes en la tradición; aspectos que han sido extraídos solo recientemente para dar cuenta de una forma de la experiencia moral más adecuada que aquella que fue recibida hace cuarenta años. Esta primera parte del tema se dirige a los primeros dos desarrollos. La segunda parte tratará de las prácticas espirituales y luego tomaremos el tercer desarrollo: la ética de la virtud. 

 

 

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El proceso de deshacerse de quince siglos de legalismo

 

Para demasiadas personas la moral es más bien una lista de reglas o normas relativas a acciones específicas, normas impuestas por otra persona con el fin de controlar nuestro comportamiento. El modelo legalista de la moral ha tenido influencia sobre la conciencia católica desde la temprana Edad Media (siglos VI a IX). Fue durante este tiempo cuando surgió la práctica monástica de la confesión privada. Los Libros Penitenciales fueron creados como manuales para  aquellos que oían confesiones. Estos manuales de pecados, con sus penitencias correspondientes, enfocaron las preocupaciones morales de los actos individuales. La vida moral fue percibida como una vida dedicada a evitar el pecado. Aunque algunos de los grandes teólogos escolásticos como Tomás de Aquino y Buenaventura trataron de reinterpretar la vida moral como la respuesta virtuosa a Dios, la influencia penetrante de leyes, actas y pecados prevaleció cuando la teología moral llegó a ser una disciplina separada después del Concilio de Trento.

 

A través de cuatrocientos años, desde Trento (1545-1563) hasta el Concilio Vaticano II, los textos de la teología moral eran los manuales. Dado el contexto histórico y los recursos y necesidades de la Iglesia después de Trento, esos manuales dieron un paso positivo hacia la preservación de la tradición teológica en la fe y la moral, pero su existencia se alargó más allá de lo necesario. Muy anterior a su eliminación de las aulas de los seminarios, los desarrollos filosóficos, teológicos, científicos y culturales habían dado testimonio incuestionable de que los manuales eran más bien reliquias de una edad pasada. Sin embargo, la teología moral seguía preocupada más bien de la perversidad de los actos particulares y no de la formación de discípulos virtuosos (viviendo la Vida del Espíritu).

 

Entonces no es difícil comprender por qué los católicos aprendieron a describir su identidad moral en términos de oposición al aborto, al control de natalidad, al divorcio y vuelta a casarse, a la actividad homosexual, a la falta de participación dominical, etc., en vez de expresarla en términos positivos respecto a lo que queremos crear o edificar: la formación de un buen carácter, la santificación personal y la promoción de la misión del Evangelio.

 

El efecto de quince siglos de asociación entre la teología moral y la penitencia se manifiesta todavía en preguntas tales como: ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Es permitido? ¿Hasta dónde puedo ir? Estas preguntas todavía hacen eco en la conciencia católica. Desafortunadamente, la necesidad de utilizar leyes para corregir nuestra inconsistencia e instruir nuestra ignorancia crearon una miopía teológica que percibió todo en términos legales -Dios como Legislador y Juez; el pecado como trasgresión de una norma; Jesús nacido para salvarnos de nuestros pecados; obediencia a la autoridad como virtud principal y la verdadera medida de la lealtad; y finalmente, un juicio final que repartirá castigos y premios. Una visión del mundo de este tipo reduce la vida moral a una norma única: la de elevarse a la altura de la ley. Muchos católicos continúan estando limitados por el paradigma legal: ¿Estoy obligado a pagar los impuestos? ¿Tengo que cumplir mis promesas? ¿Puedo tener relaciones sexuales con mi novio? No perciben las dimensiones morales de la vida que existen aparte de la presión de las reglas.

 

Sin duda, las normas tienen su lugar en la vida moral y en la educación moral. En la vida son como el cerco que nos protege de caer por la pendiente. En la educación, cuida como reliquia la sabiduría del pasado que nadie debiera ignorar al transmitir la tradición o en razonar sobre lo que hay que hacer en una situación dada. Sin embargo, una preocupación exclusiva por las normas y reglas y por el modo de aplicarlas puede crear una ética de alternativas excluyentes. Por ejemplo, uno puede guardar la norma de no cometer adulterio pero a la vez relacionarse con su esposa sin sensibilidad alguna. Se puede cumplir con la obligación de trabajar por ocho horas sin tomar en cuenta la calidad del trabajo que se hace. Se puede participar en la Eucaristía cada domingo sin cumplir con la misión social de la Iglesia. Una ética minimalista de obligación demasiado preocupada con las acciones que uno debiera evitar, demuestra una carencia de preocupación por la transformación personal necesaria  para llegar a la santidad (es decir, la plenitud de la Vida del Espíritu).

 

 

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El movimiento hacia el modelo personalista-relacional

 

El cambio hacia la perspectiva personalista-relacional de la moral enfoca más bien la calidad de las relaciones entre las personas. Este modo de mirar al mundo ve todo en términos relacionales. Dios es el compañero del pacto, siempre a mano, llamándonos a una relación cada vez más profunda. Jesús es la forma del nuevo pacto, la revelación plena del amor de Dios y la más completa respuesta humana. La vida moral es una relación de pacto iniciada por el llamado de amor y sostenida por la respuesta de amor. El pecado consiste en no molestarse para amar. En su dimensión social el pecado incluye el hecho de no compartir y el contribuir a las estructuras injustas que marginan, discriminan y oprimen a otros.

 

Los imperativos de ser bueno y hacer lo correcto (el tengo que y deber que de la vida moral) no vienen de unas reglas impuestas de afuera, sino del hecho de estar en la presencia de Otro. La moralidad es fundamentalmente un asunto de la calidad de las relaciones que constituyen nuestras vidas. Somos fieles a nuestras promesas no para evitar algo sino porque estamos comprometidos con otra persona. Decimos la verdad porque valoramos la estabilidad de las relaciones sociales que podrían ser socavadas por la decepción. La vida moral se trata entonces de la fidelidad a las relaciones que nos dan vida. 

Si empezamos con las relaciones personales en vez de empezar con la Ley, será más fácil apreciar mejor que la moralidad es fundamentalmente social. La vida moral es la expresión pública de lo que nuestra sensibilidad frente al otro nos provoca hacer. Este carácter social de la moralidad requiere que apreciemos a cada persona como alguien que nos importa. Subraya el hecho de que la moralidad surge del despertar del corazón frente al valor y dignidad inherentes al otro. De este modo, el descubrimiento sincero de lo valioso de todas y de cada una de las personas en sus diferencias, es el verdadero inicio del cambio desde una preocupación exagerada por el servicio a uno mismo, hacia la vida vivida como una persona moral responsable. Requiere empatía, apertura y la sensibilidad receptiva al otro. Sin crear un espacio hospitalario como esto, la conciencia moral permanece limitada porque la tendencia de uno es de preferir satisfacer los intereses personales por sobre los de los otros.  

 

La orientación de la responsabilidad relacional en la moralidad ha abierto el pleno panorama de las responsabilidades de nuestra vida. Por ejemplo, la moralidad no se trata solamente de las relaciones correctas entre las personas sino también de nuestras relaciones correctas con la tierra y con todos los seres vivos.

 

La obra de descubrir la riqueza de este paradigma personalista es el trabajo de un conjunto de colaboradores, no solamente el logro de hombres o sacerdotes que hacen  teología moral para el confesionario. El crecimiento extraordinario de la teología moral se debe, por lo menos en parte, a su desclericalización y expansión más allá del confesionario. Estamos explorando hoy posiciones y visiones que jamás habrían sido consideradas si la teología moral fuera prerrogativa de teólogos clericales tratando de identificar y analizar los pecados.    

 

La nueva orientación incluye el trabajo de un grupo de mujeres teólogas muy activas que están reflexionando sobre sus experiencias para enriquecer las vidas de todos los que comparten la tarea de construir una comunidad donde todos puedan florecer. Desde su perspectiva femenina nos han enseñando que la interdependencia, la relación, la afectividad y el diálogo son integrales a la experiencia moral de todas las personas. Desde su perspectiva de mujer, la vida moral correcta requiere una preocupación relacional para la construcción de comunidades donde todos pueden contribuir a la realización mutua. Uno puede preguntarse si la buena noticia en la moral católica de hoy habría podido alcanzar la luz del día si no se hubieran escuchado las voces de las mujeres que han informado nuestra reflexión moral.

 

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Haciendo la conexión entre la moralidad y la espiritualidad

 

El segundo desarrollo en esta renovación de la teología moral fluye fácilmente de la dimensión personalista. Colocado sobre los hombros de los gigantes del pasado como Fritz Tillman y Bernard Häring, varios teólogos de la moral de hoy (Keenan, Vacek, Spohn Keating, etc.) están reconectando la moralidad con la espiritualidad a través de su trabajo creativo. La obligación legalista, el premio-castigo y el modelo centrado en el acto separaron la vida moral de sus raíces espirituales con demasiada facilidad. Lo que hace cristiano el paradigma personalista es la creencia de que estamos respondiendo últimamente a Dios revelado en Jesús y presente, a través del Espíritu, en todas las relaciones de nuestra vida. El fin mismo de la vida moral es vivir en el Espíritu de Dios, en imitación de Cristo.

 

El modelo personalista de la moralidad está estrechamente relacionado con la espiritualidad, con nuestra experiencia de Dios y no solamente con nuestras creencias sobre Él. Este estructura “llamado-respuesta” de la vida moral significa que ser moral es un asunto de ser un discípulo agradecido en el espíritu de Jesús. De este modo el paradigma personalista es espiritual desde su fuente, y la vida espiritual es moral en sus manifestaciones. La vida moral no es una respuesta a lo que nosotros queremos o a lo que el otro necesita; tampoco una respuesta a lo que la racionalidad demanda. Mejor dicho, la manera en que vivimos es últimamente nuestra respuesta a Dios. Nuestro amor por nosotros mismos y por los demás está fundamentado, en último término, en nuestro amor por Dios.

 

La interrelación entre la moralidad y la espiritualidad hace de la vida moral una reflexión de nuestra comprensión de Dios. La moralidad y la espiritualidad comparten el mismo punto de partida (la experiencia de Dios) y una meta común (la unión con Dios). Por lo tanto, el hecho de experimentar o no experimentar a Dios, y la manera en que lo experimentamos, tendrán gran influencia sobre el contenido y la calidad de nuestra vida espiritual y moral. Una moralidad que emerge de la espiritualidad hace esta pregunta: ¿Qué tipo de Dios experimentamos y ello hace una diferencia? Nuestra imagen de Dios dice mucho: no sólo sobre lo que pensamos sobre Dios sino también lo que pensamos sobre nosotros mismos y sobre el modo en que debiéramos relacionarnos con todo lo que a Dios le importa. Las imágenes de Dios evocan afectos y sentimientos correspondientes que nos disponen a actuar de manera particular.

 

 

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Dos modelos morales presentados en el cine actual

 

Hay una clara correlación entre el paradigma legal y la imagen de Dios en el cine clásico de Paul Newman: La leyenda del indomable (Cool Hand Luke). El jefe Godfrey, a cargo de una cuadrilla de presidiarios encadenados, es un hombre sin expresión, que habla más bien a través de su rifle y su bastón. Tiene poder absoluto sobre la vida y la muerte de estos hombres. Retrata un dios distante, que nos controla, nos vigila y mantiene un registro de todo, esperando cualquier mal paso para castigarnos. Este dios nos amenaza con el infierno si fracasamos. Esta imagen engendra miedo y culpa en vez de libertad, valor y  dignidad personal. Nos lleva a una preocupación por el pecado y aun a escrúpulos sobre lo que estamos obligados a hacer para asegurarnos su complacencia. Es una imagen que promueve una espiritualidad tímida y una moralidad que asusta frente a la necesidad de comprometerse con la vida a través de maneras nuevas y creativas.

 

Supongamos que nuestra imagen de Dios era más parecida a la mujer Rosa Lee en el filme Gracias y favores (Tender Mercies). En la película, Rosa Lee es una mujer que cría a su hijo de diez años; se gana la vida a duras penas manejando una gasolinera en un pueblito de Tejas. Creando un espacio acogedor, ofreciendo una aceptación y una espera paciente, ella hace posible que Mac Sledge cambie su vida de alcohólico, moviéndose desde la esclavitud a la libertad, del aislamiento a la comunidad, de la desesperanza a la esperanza. Ella retrata a un Dios que ama con tierna misericordia y que quiere que nosotros gocemos de todas las cosas como regalos para estimar, apreciar y compartir; no como posesiones para abusar, acumular y guardar. La experiencia de un Dios así engendra una espiritualidad de liberación y compasión y una moralidad de compromiso esperanzado con el mundo.

 

Diciéndolo en forma simple, no existe moralidad sin espiritualidad y no hay espiritualidad sin moralidad. Para poder apreciar como las dos están interconectadas, es necesario entender lo que cada una abarca. La espiritualidad tiene que ver, en último término, con lo que amamos. La vida espiritual nace en el deseo inextinguible de ser amados. El corazón que arde con deseo también quiere ser deseado por lo que añora. Nuestra espiritualidad incluye el modo en que expresamos este anhelo apremiante de ser amados, así como nuestra conciencia de ser amados por lo que en último término da significado a la vida. La espiritualidad cristiana cree que el amor de Dios a nosotros, revelado en Jesús, da el más alto fundamento, significado, valor, energía y dirección a nuestras vidas. La creencia básica cristiana: que Dios nos amó primero (1Jn 4:10) y el mandato moral fundamental de amar uno al otro “como yo les he amado” (Jn 15:12), atesoran el verdadero propósito de la vida, a saber, recibir el amor de Dios y dar el amor como respuesta agradecida por ser tan amado.

 

La vida moral crece del anhelo santo de amar y ser amado. Sin la espiritualidad, la moralidad está separada de la experiencia religiosa medular y pierde su carácter de respuesta personal a Dios o a la gracia. Con las raíces firmemente plantadas en la espiritualidad, la vida moral se esfuerza por dar gratuitamente en el amor lo que hemos recibido gratuitamente por la gracia. En otras palabras, la moralidad es la cara pública de la espiritualidad. Un signo de espiritualidad auténtica es el tipo de vida que engendra -una vida edificada sobre el respeto por la dignidad de las personas, la empatía con la creación, la mutualidad en las relaciones, la reciprocidad, la igualdad, el cuidado, la compasión y la justicia. "Por lo tanto, reconocerán el árbol por sus frutos" (Mt 7:20; cf. Gal 5:22-25).

 

 

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Este artículo es el trabajo de R.P. Richard Gula, S.S., actualmente profesor de teología moral en the Franciscan School of Theology en Graduate Theological Union en Berkeley, California. Es además autor de varios libros. Fue publicado inicialmente en la revista CHURCH, verano 2004.

Esperamos ofrecer la segunda parte del tema en el mes siguiente.