Año X N° 84
Julio de 2002
La
misión como inculturación
¿Existe la pluriformidad
en la Iglesia?
¿Centralización o
pluriformidad?
El dominio de la tecnología
occidental
Un momento para la humildad
y la confianza
En esta serie
dedicada a la misión, queremos ahora reflexionar sobre la inculturación. En los
boletines anteriores consideramos la evangelización desde el punto de vista
personal y comunitario. En esta reflexión queremos examinar la evangelización desde la perspectiva de la
sociedad más amplia. Aquí será necesario tratar dos aspectos de la
evangelización: primero, la promoción de un aprecio de lo mejor en cada tradición
religiosa y modo de vivir, con el consiguiente enriquecimiento propio; segundo,
la entrega de un desafío radical y una llamada a la transformación.
Estamos
hablando aquí de cambios culturales, o sea de la transformación de la cultura.
¿De qué tipo de cambio cultural se
trata? Tal vez la mejor respuesta a esta pregunta venga de la encíclica Evangelii Nuntiandi del Papa Paulo VI:
“No hay humanidad nueva si no hay, en primer lugar,
hombres nuevos. La finalidad de la evangelización es, por consiguiente, este
cambio interior… de la conciencia personal y colectiva de los hombres… de sus
criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés… de las
líneas de pensamiento, fuentes inspiradoras y modelos de vida opuestos a la
Palabra de Dios y sus designios de salvación”.
La reflexión siguiente responde a extractos del libro
de R.P. Donal Dorr sobre el tema. Esperamos que sea de ayuda en su trabajo
pastoral.
Las
palabras de Paulo VI subrayan una verdad de gran importancia: que la evangelización
tiene que ver no sólo con la transmisión de ciertas creencias o la promoción de
ciertos valores, sino también con amplios patrones que plasman las formas de
pensar, sentir, actuar y, aun, el modo
de experimentar la vida. La Buena Nueva
tiene que encarnarse en las diferentes culturas, y este proceso ha llegado a
ser denominado inculturación.
No deja de
ser interesante el que haya habido, entre 1976 y 1990, dos encíclicas papales
sobre la misión. La insistencia papal
en la necesidad de repensar la evangelización del mundo contemporáneo demuestra
que sería un error nuestro suponer que la inculturación ha sido completada en
el mundo occidental, o que la cultura occidental está plenamente cristianizada.
La cultura occidental, como todas las culturas, también requiere
transformación. Pero, por otro lado, ¿podemos decir que la meta de la
evangelización sea la cristianización de las varias culturas del mundo?
La
respuesta es sí y no. Sí, en la medida en que uno espera que los patrones de pensamiento,
los valores y los estándares de cada cultura sean transformados en algo más
cercano a aquellos encarnados en el
Evangelio. Pero la respuesta es No si
se entiende como un proceso que se cumple en forma exitosa, creando así una cultura considerada, en verdad,
como cristiana. La transformación de una cultura por el Evangelio constituye un
proceso de nunca acabar. Es imposible apuntar a una cultura particular como una
encarnación perfecta de los valores evangélicos; en el mejor de los casos sólo
hay aproximaciones. Incluso, algunos patrones de vida que antes parecían
cercanos al ideal cristiano, se han demostrado débiles o tienen aspectos
que desafinan con los valores
cristianos.
Además, a veces
el proceso de evangelización puede mostrar síntomas de marcha atrás. Este
parece ser el caso en Europa. Sin embargo, es necesario matizar este juicio. El
hecho de que las iglesias ya no tengan el poder de antes para influir en los
sistemas legales y en la forma general de las sociedades, no indica
necesariamente un retroceso en el proceso de la evangelización. El hecho de que
los sistemas legales reflejen la enseñanza oficial de la Iglesia no es garantía
de que estos valores hayan sido encarnados en la cultura y vida de la
gente. Es difícil alcanzar un
equilibrio entre, por un lado, la posibilidad
de influir en los valores y el pensar de una sociedad y, por otro, una
presión inaceptable de parte de la Iglesia. Esta presión es experimentada como
una imposición sobre la libertad de los ciudadanos que tienen diferentes
posiciones. En esta era de la democracia
y pluralismo, el equilibrio
entre la libertad personal y los esfuerzos para plasmar la cultura debiera ser
bastante diferente del pasado.
Un aspecto
interesante del proceso de inculturación es que trae un enriquecimiento de la Iglesia misma. El resultado del
proceso de evangelización es una nueva
creación. Es la inculturación del Evangelio en lo que era una cultura foránea.
Esta nueva cultura enriquecerá a la Iglesia --y al mundo-- poniendo de
manifiesto aspectos de la Buena Nueva
previamente desconocidos o subdesarrollados. El Papa Juan Pablo, en su
encíclica Redemptoris Missio (N°52),
nos dice que a través de su inculturación en diferentes áreas del mundo, la
Iglesia llega a entender y expresar mejor el misterio de Cristo.
De esta manera,
la Iglesia llega a ser un mosaico de versiones ligeramente diferentes de
cristianismo. Todos compartirán los elementos fundamentales del Evangelio, pero
en cada caso será encarnado de una manera única y original. De esta manera, la
Iglesia no sólo crece en número, sino que es enormemente enriquecida en su
comprensión del Evangelio y en la manera en que responde con su fe. Desarrolla
su potencial pleno cuando la Buena Nueva
se expresa y se vive en una maravillosa variedad de culturas humanas.
¿Existe la pluriformidad
en la Iglesia?
Habiendo
dicho todo eso, es necesario añadir aquí que actualmente existe una
controversia teológica con implicancias serias. Una alta autoridad eclesial, el
cardenal Ratzinger, insiste en que no debiéramos seguir utilizando la palabra inculturación, sino reemplazarla por inter-culturalidad[1].
¿Por qué se siente inquieto respecto a una palabra tan ampliamente aceptada? En
la década del ’60 aparecieron unas ideas algo radicales que proponían la
presentación de un Evangelio
supracultural, sin interpretación e inmutable. Varios años después de su
publicación estas ideas fueron redescubiertas por muchos cristianos de
Occidente que se sentían inspirados para aplicarlas en forma mucho más amplia.
Algo similar se dio entre los misioneros de India y Sri Lanka. De allí
surgieron nuevas preguntas. Entre ellas: ¿Sería posible usar arroz en vez de
pan en la celebración de la Eucaristía? ¿Por qué no tener una versión india de
cristianismo para reemplazar el modelo occidental que la gente percibe como
foráneo? Luego, las preguntas apuntaron a temas teológicos más básicos: ¿No
existe una historia asiática de la salvación paralela a la que empieza con
Abraham? ¿Por qué es necesario visualizar la salvación humana en términos de un
paradigma histórico centrado en la historia judaica? ¿Sería posible verla en
términos cósmicos, algo más de acuerdo con las religiones no occidentales?
Las
reservas del cardenal y su propuesta de la palabra interculturalidad en vez de
interculturación surgen desde este trasfondo. Es claro que quiere guardarse de
dos peligros: primero, el sincretismo que contaminaría al cristianismo o su
dilusión con elementos de las religiones no-cristianas. El segundo peligro es
el relativismo que mostraría varias versiones antagónicas de cristianismo,
todas vistas como igualmente válidas o verdaderas. En la opinión del cardenal,
la palabra inculturación ha sido mal
interpretada y por lo tanto, asociada a estos errores. Cree el cardenal que las
personas que utilizan esta palabra tienen una idea incorrecta de la fe o del
Evangelio, en el sentido de algo que se puede meter dentro de una variedad de diferentes culturas, permitiendo
así el desarrollo de versiones diversas de cristianismo. Su posición es
clara: la fe cristiana no puede ser desligada de la forma histórica
en la cual fue desarrollada. Concluye él que la contribución histórica de la
cultura occidental al cristianismo no es algo que pueda ser omitido; es parte
de lo que es el cristianismo. Para el cardenal, no se puede empezar de nuevo a
relacionar el Evangelio con cada cultura; él se opone a la posibilidad de
desprenderse de todo el bagaje cultural del
pasado, para desarrollar una nueva encarnación de la fe en cada cultura. Esto
lo considera sólo una reacción errada contra la imposición de una versión
europea de cristianismo.[2]
Aylward
Shorter, teólogo y antropólogo, expresa su acuerdo con el cardenal respecto a
una simple vuelta al pasado pero, en otros aspectos, toma una posición bastante
desafiante. Para Shorter, el cristianismo tiene su propio patrimonio: una
acumulación de imágenes y significados derivados de una variedad de fuentes
culturales. Para él, el patrimonio es variable y mutable y no debe ser
identificado con la tradición sagrada que no puede ser abandonada pero que
requiere una reformulación en otras culturas. En la medida en que la Iglesia se
mueva hacia adelante en el tiempo y hacia otras culturas, algunos elementos del
patrimonio serán retenidos, pero otros reformulados y algunos, sin utilidad,
desechados. Para el teólogo, la evangelización tiene dos momentos: el inicial
--aculturación-- que fluye en una sola dirección, desde la cultura de los
evangelizadores. Pero luego ellos se tornan culturalmente permeables y algunos
de los elementos importados mudarán para ser reemplazados por elementos
autóctonos más apropiados. Es el momento de la inculturación que abarca la re-evaluación del patrimonio[3].
¿Centralización o pluriformidad?
Frente a
preguntas de tal magnitud no es fácil ofrecer criterios precisos que no
terminen en generalidades. Es cierto que la fidelidad a Cristo, las Escrituras
y los Credos tienen su papel, igual que el Magisterio de la Iglesia, la
continuidad con el pasado y el sensus
fidelium. Pero también es cierto que podrían ser invocados tanto por los
que favorecen una política centralizante con extrema cautela, como por aquellos
que buscan amplia experimentación cultural con grandes variaciones en las
formas.
Presentar
la Buena Nueva en forma
supracultural, es decir, desprovista del bagaje cultural, para así poder
encarnarla en una cultura, no es una posibilidad real, y mucho menos ideal. No
se puede reducir la integridad de la fe cristiana solo a los relatos del Antiguo Testamento y de Jesús. El
Espíritu ha estado trabajando en el mundo y en la Iglesia desde los tiempos de
Jesús y, por lo menos, algo de este trabajo es relevante para la humanidad. Por
lo tanto, debiera ser parte de la Buena
Nueva. En otras palabras, la revelación no se clausuró con la escritura del
Nuevo Testamento. No tenemos derecho
de eliminar de la revelación lo que el Espíritu ha estado trabajando cuando
compartimos el Evangelio con otros.
Respecto a
las reservas del cardenal Ratzinger, podemos ofrecer el antiguo adagio latino: Contra factum non datur argumentum. Una libre traducción sería: “ningún argumento
es suficientemente fuerte para refutar un hecho.” En este caso, el hecho es que ya existe un grado extraordinario
de pluriformidad dentro del cristianismo. Tenemos la rica y profunda tradición
de las Iglesias Orientales, con su teología, espiritualidad y tradición
litúrgica bastante diferentes de aquellas de Occidente. También el rito
maronita, el de los “cristianos de Sto. Tomás” en India, la Iglesia copta, los
caldeos y los cristianos etíopes. Aun en Occidente, la Iglesia tiende a
desarrollar diferencias de un país a otro, sin mencionar las diferencias entre
la Iglesia Católica y las varias Iglesias Protestantes y Pentecostales. Además,
a través del siglo pasado, cientos de iglesias indígenas han emergido en muchas
partes de África, Asia, Oceanía y América Latina. Tomando en cuenta todos estos
diferentes modos de ser cristiano, uno está obligado a decir que el hecho de
que el modelo occidental no sea el único ha sido un enriquecimiento para la
Iglesia y para el mundo.
Sería un
error muy grave imaginar que las diferencias entre iglesias, incluyendo el
modelo occidental, se deben solamente a su incapacidad de entender el meollo de
la Buena Nueva o de responder a él en forma adecuada. Por
supuesto, existen errores y fracasos pero la variedad de formas tomadas por el
cristianismo merece una evaluación positiva. Su existencia es una indicación
irrefutable de que el Evangelio es tan rico que ninguna cultura puede
encarnarlo en forma adecuada. La misma pluriformidad del cristianismo nos ayuda
a entender que no estamos tratando con un sistema sino con un misterio. Se pueden considerar las
diferentes versiones de la fe como facetas a través de las cuales la luz del misterio alumbra nuestro mundo.
Desde este
punto de vista, la mejor manera de proceder parece ser que las autoridades
eclesiales y los fieles en general fomenten el florecimiento y expansión de
todas las tradiciones que han sido aceptadas como auténticas y están en
comunión con el resto de la tradición cristiana. Crecerían y florecerían a
través del diálogo con las otras ramas de la tradición y con la gente de otras
religiones y modos de vivir. Su trabajo pastoral sería algo esperado y alentado
en la misma forma que su particular testimonio del Evangelio.
Hablamos
de las ramas de la tradición para
indicar que la imagen utilizada es la de un árbol. Un árbol tiene muchas ramas y de cada una brotan otras más, cada
una con su originalidad. Nadie puede negar que un árbol tiene unidad; pero es
una unidad orgánica, muy diferente de la unidad de una institución o de un
sistema burocrático. En los Evangelios, Jesús nos dice que un buen árbol da
buen fruto (Mt 7:18). Si vemos las iglesias orientales y occidentales como dos
ramas mayores del árbol de cristianismo en el mundo, entonces nos alegramos
cuando se expanden. Se puede decir lo mismo respecto de las demás ramas que
están menos desarrolladas actualmente. Al mismo tiempo, los Evangelios nos
dicen que aun las ramas más fructíferas requieren poda para que tengan más frutos (Jn 15:2). Esta poda se hace
principalmente a través del diálogo sincero entre las diferentes ramas de la
tradición, pero requiere alguna estructura de autoridad para coordinarla y
velar por su efectividad. Como, por ejemplo, las Iglesias Católica y Anglicana
que tienen mucho para aprender entre sí respecto a las ventajas y desventajas
de las estructuras anglicanas más sueltas y de las más herméticas y estrechas
del Vaticano.
El punto
crucial del asunto de la inculturación es que, como quiera que haya sido la
importancia de la iglesia occidental durante los últimos mil años, no es la
única versión auténtica de cristianismo. El cardenal Ratzinger está en lo
correcto en decir que no podemos ignorar la inserción del Evangelio en la
cultura occidental, pero tampoco debemos olvidar su inserción en las culturas
de Europa oriental y Grecia. Esta contribución también es fundamental para la
vida de la Iglesia en su desarrollo histórico. Es
importante acercarse a la rica
espiritualidad de la Iglesia Oriental para profundizar la propia nuestra. Los
que toman parte en la evangelización, donde sea que lo hagan, debieran estar
conscientes de esta contribución.
El dominio de la tecnología occidental
Hubo una
vez en que el imperio romano trajo
avances de tecnología y civilización que deberían haber parecido irreversibles:
los acueductos, grandes sistemas de carreteras, un sistema legal altamente
desarrollado, una sofisticada tecnología militar y un sistema gubernamental
relativamente eficiente. Pero se derrumbó todo y pasaron casi mil años antes
que otra tecnología avanzada emergiera una vez más. Este patrón puede
repetirse. Nuestro mundo tecnológico también puede desplomarse como resultado
de una guerra o del despojo ecológico. Es posible que Occidente no mantenga su
dominio en el mundo del futuro. Pero el Evangelio siguió floreciendo en
Occidente, aun cuando la tecnología romana falló. En forma similar, la
importancia de la encarnación occidental del Evangelio no es dependiente, ni
ahora ni en el futuro, de la extensión y el dominio de la tecnología
occidental.
Algunos
ven el dominio tecnológico de Occidente como un obstáculo serio al Evangelio.
Incluso sugieren que existe una alianza entre aquellos que promueven la
europeización (¿o tal vez la
americanización?) secular del
mundo y los líderes eclesiales occidentales que se niegan a distinguir entre
unidad y uniformidad. Creen que la
hegemonía socioeconómica de Occidente trae como consecuencia la manipulación de las iglesias locales en las áreas pobres del mundo porque son
económicamente dependientes del Occidente. De esta forma los valores religiosos
de las culturas indígenas no reciben el respeto que merecen y no están
incorporados en la encarnación local del Evangelio.
Un momento para la humildad y la confianza
Es un consuelo recordar que la forma actual de la
Iglesia occidental no se desarrolló a partir de un discernimiento cuidadoso de
líderes eclesiales bajo la influencia del Espíritu. Gran parte fue el producto
de luchas y abusos de poder. El recordarlo tal vez ayudaría a no ponerse tan a
la defensiva respecto de todos los aspectos del patrimonio del pasado. La
historia nos enseña sobre las muchas veces que líderes eclesiales del pasado
confundieron sus intereses egoístas con el bienestar de la Iglesia e invocaron
el Espíritu de Dios para apoyar su visión limitada. Estar consciente de nuestra
historia ayudará a ser cautos para
insistir en la propia interpretación de la ortodoxia, y más dispuestos a
confiar en que el Espíritu pueda estar trabajando aun más allá de los límites
del propio horizonte.
Sin despreciar los desarrollos del cristianismo
occidental, no debemos exagerarlos ni usar su versión del Evangelio como el
único o el mayor criterio para la inserción del Evangelio en otras culturas o,
aun, para transformar la propia. Hay que insistir en evitar una simple
extensión de la Iglesia occidental que es casi monocultural y que tiene
estructuras altamente centralizadas. Tenemos que recuperar nuestro contacto con
las diferentes ramas del cristianismo del pasado y del presente.
Así, anclados en esta tradición pluriforme, podremos,
con confianza, tomar parte en un diálogo con las mayores religiones del mundo,
la religión original y el mundo occidental actual. El camino a la
inculturación pasa por el diálogo religioso; son las
dos caras de la misma moneda. El desafío y el estímulo para los cristianos de
estos tiempos está en tomar parte en el diálogo y comprometerse a la
inculturación, confiados en la dirección del Espíritu que guía la Iglesia a un futuro que no podemos
ni predecir ni controlar.
La reflexión
anterior viene del texto “La misión en el mundo de hoy”, de R.P. Donal Dorr,
capítulo VI, pp. 91-108, con el permiso de Columba Press, Blackrock, Co.
Dublín, Irlanda.