Año X N°83

Junio de 2000

 

 

La misión como evangelización

El que fue humano

¿Cuán necesario es Jesús?

La presencia previa del espíritu

Excesivo hincapié en las palabras

Esta tarea en la práctica

La dimensión personal-comunitaria

 

 

En la reflexión anterior ofrecimos un punto de entrada especial para entender el amplio y profundo concepto de la misión de  la Iglesia Católica de hoy. La noción del diálogo nos permite aprovechar la riqueza de los valores centrales de las tradiciones religiosas más importantes del mundo y, a la vez,  nos da la oportunidad de compartir la sabiduría y belleza del tesoro de nuestra fe. Sin embargo, las personas de otras tradiciones se abrirán a tal diálogo sólo si encuentran en nosotros sensibilidad por sus  valores profundos y respeto por sus experiencias espirituales.

 

En esta reflexión queremos  mirar otra faceta de la compleja noción de misión, es decir, mirarla desde el punto de vista  de la evangelización, que forma la base y contenido de nuestros esfuerzos pastorales. Esperamos que este texto, inspirado una vez más en el libro de R.P. Donal Dorr, sea de utilidad pastoral.

 

 

El significado literal de la palabra evangelización es traer la buena nueva, y aparece 24 veces en los evangelios sinópticos. La expresión clásica de esta Buena Nueva se encuentra  en las palabras de Jesús:

 

El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor  (San Lucas 4:18-21).

 

Hay tres aspectos claves en este texto. Primero, la Buena Nueva tiene que ver con

la liberación de la gente pobre, oprimida o discapacitada. Segundo, es algo nuevo traído por Jesús y, tercero, esta liberación toma lugar por el poder del Espíritu de Dios.

 

San Pablo dio un lugar central al concepto de la Buena Nueva  utilizándolo como descripción general del contenido básico de su predicación (ej. Gal 1:11; 2:2, 7,14). La frase se usa en este sentido unas 60 veces en las cartas paulinas. La gente  oye, por primera vez, algo desconocido hasta entonces -un misterio escondido en tiempos pasados pero revelado ahora a todas las naciones. El misterio es esencialmente Cristo mismo en quien mora la plenitud de Dios (Col 1:19), y que a la vez contiene y revela todos los tesoros de la sabiduría y conocimiento divino (Col 2:2). La Buena Nueva es que Dios tiene un plan, un propósito eterno que se realizará a través de Jesús quien nos da acceso al Padre (Ef 3:12). Tal vez el punto crucial de la Buena Nueva es que el camino libre al Padre no está limitado a los judíos sino abierto a todos los pueblos (Ef 3:4-6). El plan, entonces, es unir a todos los pueblos y todas las cosas en Cristo (Ef 1:9-10), para así traer la reconciliación y la paz a través de Él.

 

Dada esta base sólida en las escrituras, no debiera ser una sorpresa que los cristianos hablaran con tanta frecuencia de traer la Buena Nueva o predicar la Buena Nueva como descripción fundamental de la tarea de la Iglesia, que es  llevar adelante la misión de Jesús. Para traducir la  palabra griega que expresa Buena Nueva hay dos versiones: evangelismo y evangelización. La primera es propiciada por el ala evangélica del protestantismo y acentúa la tarea de fomentar la lectura de la Biblia.

 

La palabra evangelización tiene asociaciones más bien católicas. Como palabra tiene menos recorrido, pues aparece entre los teólogos y la jerarquía católica europea sólo hace unos treinta años. Es posible que su empleo se deba no sólo a la necesidad de diferenciarla del uso protestante, sino también a que era una alternativa para la palabra misión en un momento de confusión en la Iglesia. El Concilio Vaticano II había ampliado el significado de la palabra misión para abarcar la tarea entera de la Iglesia pues, desgraciadamente, para muchos católicos, esta palabra todavía evocaba imágenes de las misiones extranjeras. Evangelización parecía, entonces, una palabra más fresca, sin el viejo bagaje de misión, y, por lo tanto, aplicable al trabajo de la Iglesia en cualquier situación, sea donde sea.

 

 

Volver al índice

 

El que fue humano

 

Volviendo al contenido de evangelización, ¿en qué exactamente consiste la Buena Nueva? Las palabras de San Lucas y San Pablo ofrecen fórmulas que nos ayudan a tener visiones sintéticas de la Buena Nueva, que son de valor duradero para todos los cristianos de todos los tiempos. Pero es bueno recordar que están expresadas en el lenguaje e idioma de aquellos para quienes fueron originalmente escritas. Por lo tanto, es necesario expresar la Buena Nueva de tal forma que sea entendida por los cristianos y no-cristianos de hoy.

 

No deja de ser interesante el que en los Evangelios Jesús se refiera a sí mismo casi 75 veces como el Hijo del Hombre. Una mejor traducción sería el Humano. Adquiere enorme significado porque nos indica, primero, que a través del desarrollo de  una vida plenamente humana, Jesús reveló el sentido y el propósito de la existencia humana. En segundo lugar, indica que, a través de este ser plenamente humano, Jesús descubrió el carácter de nuestra relación con Dios, el camino hacia Él y aun Su misma naturaleza. Esta revelación de Dios no fue algo superior o más allá de la capacidad de la vida humana, es decir, nos mostró que no era necesario escapar de nuestra humanidad para llegar a Dios, sino que había que vivirla plenamente. Esta idea bien podría ser la base de un resumen de la Buena Nueva en el lenguaje de hoy. A modo de ejemplo, queremos ofrecer lo siguiente:

 

Jesús se llama a sí mismo “El humano”: así lo vemos con plena humanidad,  compartiendo nuestra vida, siendo el modelo perfecto de lo que significa “ser humano”. Él realiza en sí mismo todo lo que potencialmente permanece en germen en el resto de la humanidad.

 

Jesús es el “Camino”: nos muestra lo que estamos llamados a ser y cómo llegar a esa meta. Fue delante de nosotros para mostrarnos el camino; vivió la vida plenamente y enfrentó la muerte, llegando así a una vida nueva. Su ministerio consistió en  compartir esta energía vital con todos aquellos que eligieron seguirlo. Inspira y habilita a todos los que han puesto su fe en él. Jesús no nos dejó huérfanos; permanece con nosotros a través de su Espíritu que nos guía en cada paso del camino por la vida y la muerte, hasta llegar a la plenitud de Dios.

 

Cada persona humana está hecha a imagen de Dios pero Jesús es la imagen perfecta: en Él podemos ver a Dios y experimentar su presencia. Creemos que Jesús es divino porque sólo así puede ser la revelación perfecta de Dios. También porque, a través del Espíritu, evoca en nosotros la misma fe y confianza incondicional frente a Dios. 

 

El Dios revelado por Jesús es un Dios de amor, un Dios que se preocupa de sus hijos, a quien podemos llamar Abba (papi), como lo hizo Jesús.

 

Pero es un Dios que rechaza las injusticias contra las personas y el despojo de la naturaleza. Este Dios está del lado de los pobres y oprimidos y nos llama y nos hace capaces de seguir a Jesús en el trabajo de la liberación humana y en la creación de comunidades verdaderamente humanas. En ellas la gente puede vivir en la presencia de Dios, guiada por el Espíritu, con amor por todos sus hermanos y respeto por la tierra. 

 

El ejemplo anterior es sólo un esfuerzo por resumir la Buena Nueva en el lenguaje de los cristianos y no-cristianos de hoy. La idea es inspirar a otros para que creen sus propias recopilaciones, ojalá más logradas. Las síntesis han de diferir de una persona a otra, e incluso cambiarán. Las diversidades de cultura harán surgir síntesis de la Buena Nueva aun más diferentes.

 

Volver al índice

¿Cuán necesario es Jesús?

 

Es probable que nuestros compendios de  la Buena Nueva den un papel central a Jesús. Surge aquí una pregunta sobre la singularidad del Señor y la posibilidad de la salvación para los millones de personas que saben poco o nada sobre Él. Siendo un tema tan antiguo como el mismo cristianismo, ha adquirido gran importancia en los tiempos recientes porque vivimos en un mundo pluralista donde los cristianos comparten la vida, trabajan al lado y traban amistad con  personas de otras religiones y costumbres. A través de estas relaciones diarias, han aprendido mucho sobre la belleza y riqueza de estas creencias. Ahora no es cuestión de salir al extranjero, el mundo pluralista ha llegado a nuestra puerta.

 

Después de mucha polarización entre los teólogos respecto del tema, más recientemente se ha desarrollado una perspectiva inclusiva. Basándose en las escrituras más universalistas, los teólogos insisten en que el Espíritu trabaja a través de las religiones no-cristianas. Sin embargo, persisten las preguntas sobre la necesidad de conocer a Cristo y si Él es o no el Salvador único de la humanidad. De acuerdo con la perspectiva inclusiva, la fe y el compromiso de las personas no-cristianas de buena voluntad equivalen a una fe cristiana implícita. Puesto de otra manera, la creencia cristiana es un desarrollo más explícito de una fe prístina, articulada tal vez en términos no cristianos o, simplemente no articulada.

 

Entonces viene la pregunta: si la gente se salva sin conocimiento explícito de Cristo, ¿para qué comprometerse en la misión? Es una pregunta que causó confusión entre los teólogos a través de todo el siglo pasado. Años después del Concilio Vaticano II, apareció una serie de perspectivas luego desaparecidas, pero en los tiempos cercanos la tendencia ha sido dar fuerza a la idea de que la meta de la Iglesia es  servir al reino de Dios. Encontramos un ejemplo claro en la encíclica Redemptoris Missio N°20, donde se dice que este servicio se realiza en la predicación, en el establecimiento de comunidades cristianas y en la propagación de valores evangélicos.

 

Este hincapié en el reino de Dios es liberador para aquellos que quieren compartir la misión de Jesús. Pero no debiera reemplazar sino complementar la necesidad de edificar la Iglesia en sus aspectos comunitarios e institucionales. Pues sólo a través del testimonio de la vida diaria de sus fieles y de su organización eclesial es como se cumplirá la misma tarea de proclamar el reino, de ofrecer la vida de la Iglesia como testimonio de la presencia del reino y de desafiar a la sociedad para que se transforme de acuerdo con los principios del reino.

 

En su bautismo Jesús tuvo la maravillosa experiencia de ser llamado El Amado de Dios. Esto lo impulsó a compartir esta experiencia con los demás. En la medida en que compartimos esta experiencia de Jesús, nos encontramos también impulsados a compartir la Buena Nueva con otros. Desde este punto de vista, no debiéramos preocuparnos demasiado de la manera como Dios va a salvar a la gente que no tiene una fe explícita en Cristo. La salvación de cualquiera persona es siempre un misterio de la gracia de Dios. Lo más aconsejable es dejarlo en sus manos y seguir adelante con la desafiante y excitante tarea de compartir  con otros nuestra experiencia y fe en Jesús, mientras dialogamos con ellos sobre su propia experiencia religiosa.

 

 

Volver al índice

 

La presencia previa del Espíritu

 

Aunque sea una buena y útil palabra, evangelización no subraya todos los aspectos de la misión de Jesús y la Iglesia. Este hecho no debiera sorprendernos, porque lo que Dios ofrece en la humanidad de Jesús es una realidad tan infinitamente rica, un misterio tan incomprensible que es imposible expresarlo en forma adecuada en una sola palabra. La noción de Buena Nueva es un tipo de metáfora o imagen que utilizamos para evocar una comprensión, aunque sea parcial, del  contenido de la salvación que nos ofrece Jesús. Si nos limitamos a esta palabra, es posible pasar por alto algunos aspectos importantes de  la  misión.

 

Una de las dificultades que tenemos con la palabra evangelización es que da demasiada importancia a llevar la Buena Nueva, mientras que hoy muchos cristianos prefieren dar fuerza a la presencia previa de valores espirituales y del mismo Espíritu de Dios dentro de aquellos que todavía no han oído el Evangelio (y no es necesario salir del país para encontrarlos). El hecho de dedicarnos primero al tema del diálogo inter-religioso como forma de misión fue una señal de que la evangelización no puede ser tomada como comunicación en un solo sentido. Tiene tanto de ida como de vuelta.

 

La primera tarea del evangelizador es estar en medio de la gente, compartir su vida, entrar en su historia. Por ejemplo, la meta del aprendizaje de cualquier idioma local (que incluye la jerga de los jóvenes), no debiera ser la predicación ni la posibilidad de anunciar la Buena Nueva, sino simplemente una herramienta para escuchar a las personas, ser solidario con ellas y entenderlas. Solamente cuando reconocemos la presencia del Espíritu trabajando entre las personas  (tanto en China como en Chile) entonces es cuando nuestra evangelización puede encontrar un punto de entrada en sus vidas. Si  no somos capaces de reconocer y regocijarnos en esta presencia previa, entonces lo que queremos darles no será de ningún modo la Buena Nueva. Será más bien un insulto porque nuestro comportamiento indicaría que, hasta ahora, Dios no ha estado con esas personas o que a su presencia anterior le falta significado profundo.

 

Volver al índice

 

 

Excesivo hincapié en las palabras

 

Existe también una tendencia a dar excesiva importancia a los aspectos verbales del cristianismo. Vemos esta tendencia en las palabras, imágenes y metáforas que se repiten una y otra vez: Buena Nueva, evangelización, predicación, enseñanza, Escrituras, mensaje, proclamación, catequesis, etc. Hay otros aspectos de la vida cristiana y su misión y existe el peligro de despreciarlos.

 

Vemos ejemplos de cierta desvalorización del testimonio, por ejemplo, en el documento conciliar Ad Gentes N°6. El texto dice que donde sea imposible predicar el evangelio en forma directa, pueden, por lo menos, dar testimonio del amor de Cristo y, de alguna manera, hacerlo presente. Esto significa que el testimonio es algo de segunda categoría, sólo una preparación para la manera auténtica, la predicación. Este estilo de pensar era común en el pasado en  expresiones como: evangelización indirecta y pre-evangelización. Vemos una manera de pensar algo más avanzada en la encíclica Evangelii Nuntiandi (21-2 y 41-2) del Papa Pablo VI donde habla del testimonio: la presencia, compartir la vida y la solidaridad como formas de proclamación. Como si fuera necesario interpretar estas actividades en categorías verbales para mostrar su importancia en la misión de la Iglesia.

 

Para corregir esta inclinación a entender la misión en términos verbales, queremos explorar diferentes aspectos de lo que significa ser cristiano. En vez de pensar el cristianismo como principalmente Nuevas (noticias), ayuda a considerarlo como una vida que se vive en una comunidad. De acuerdo con esta perspectiva, los cristianos son personas que viven por su fe en Jesucristo, y viven de acuerdo con el camino que Él enseñó.

 

Ahora, si la comunidad quiere transmitir esta vida a otros, no será suficiente comunicar una lista de creencias, pues esto es sólo un aspecto de esta comunidad. En realidad lo que se necesita es transmitir su manera de vivir a través de cuatro aspectos principales.

 

Primero, hay una historia: la historia de la salvación humana que tiene su centro en la historia de la vida, muerte y resurrección de Jesús. La historia de Jesús fluye de la historia del pueblo judío, el Antiguo Testamento, y de los Hechos de los Apóstoles que inicia la historia de los seguidores de Jesús  después que Él fue delante de ellos. Ciertos elementos claves de la historia han sido elegidos y formulados en creencias básicas que constituyen un Credo. Algunas creencias incluidas en los credos y catecismos se consideran implícitas en la historia y en las Escrituras.

 

Segundo:  el cristianismo ofrece no sólo una lista de creencias sino también un conjunto de valores. Los cristianos viven de acuerdo con ciertos principios morales, tanto en sus vidas personales y familiares como en su trabajo, sus grupos sociales, políticos y religiosos. Debieran promover la justicia, la paz y la reconciliación en la sociedad y en el mundo entero y  preocuparse de la naturaleza y de la tierra misma.

 

Tercero: Existe un gran cuerpo de símbolos y rituales utilizados por los cristianos, en la oración pública y privada, para dar expresión a sus creencias y actitudes. Entre ellos, los sacramentos, el agua bendita, estatuas, medallas, etc. Arrodillarse, doblar las rodillas, inclinar o juntar las manos para orar son sólo unos pocos ejemplos de ritos comunes. Para los cristianos, hay una multitud de imágenes que enriquecen y alimentan la fe, siendo la cruz la imagen central.

 

Cuarto: Finalmente, existe una variedad de instituciones, estructuras y funciones que determinan  cómo se organiza la comunidad cristiana y como se ejerce la autoridad dentro de ella. Por ejemplo, los obispos, sacerdotes, diáconos, lectores, ministros de la Eucaristía, etc. tienen sus papeles particulares en el servicio a la comunidad.

 

De esta manera, si vemos la tarea de evangelizar (es decir, la misión cristiana) como la transmisión de la vida cristiana, entonces debiéramos incluir todos los aspectos ya mencionados: comunicación de la historia, testimonio de sus valores, conocimiento y aprovechamiento del fruto de sus símbolos y rituales y el establecimiento de algunas de las más fundamentales instituciones cristianas (ej., comunidades cristianas vitales con los ministerios de ritos y de servicio) y algún sistema para asegurar que estos ministerios perdurarán en el tiempo.

 

Volver al índice

 

Esta tarea en la práctica

 

Pero después de todo, ¿dónde empezar esta tarea? ¿Hay que hacer una lista detallada de actividades necesarias? ¿Buscar las respuestas de algún teólogo de la misión?

 

Podemos decir con seguridad que la evangelización o la misión se preocupa de los mismos cuatro factores antes mencionados. Es decir,  que no es posible reducir la evangelización a sólo una categoría de acción, como predicar, enseñar, distribuir la Biblia, celebrar los sacramentos, formar ministros y líderes cristianos o promover los derechos humanos y el desarrollo.

 

La encíclica Redemptoris Missio, (N°41-60) nos ofrece nueve diferentes caminos o maneras de llevar a cabo la evangelización:

 

1) testimonio; 2) proclamación inicial de Cristo, el Salvador; 3) conversión y bautismo; 4) fundación y desarrollo de iglesias locales; 5) formación de comunidades eclesiales de base; 6)  encarnación o inculturación del Evangelio en las culturas; 7) diálogo con gente de otras religiones; 8) promoción del desarrollo humano a través de la formación de la conciencia; y 9) la caridad, principalmente en el sentido que la Iglesia debiera estar del lado de los pobres.

 

Es importante notar que son caminos y no etapas en la evangelización. El orden en que se lleven a cabo dependerá de la situación particular y habrá mucha variedad de un lugar a otro. Tampoco significa que algunos de los caminos o formas de evangelizar sean más importantes o centrales que otros. La prioridad dada a cualquiera dependerá de las circunstancias locales. Los evangelizadores individuales pueden especializarse en una esfera particular de acción, por ejemplo, trabajar por la paz, formar comunidades cristianas, crear liturgias de mucho significado, etc., pero nadie puede actuar como si su especialización fuera el único elemento esencial de la evangelización. Sin embargo, es importante volver a insistir en la importancia del diálogo. De hecho, tiene cierta prioridad lógica o psicológica en la tarea integral de la misión o evangelización.

 

 

Volver al índice

 

La dimensión personal-comunitaria

 

La meta  de la evangelización desde un punto de vista personal- comunitario es promover la conversión a través de una espiritualidad cristiana integral. Lo que esta meta realmente abarca será más claro al reflexionar sobre las palabras claves de esta frase.

 

Espiritualidad: La elección de la palabra espiritualidad en vez de religión indica que la evangelización no está limitada a la promoción de  creencias y prácticas religiosas.  Su meta es algo que penetra la vida entera. En este sentido, evangelizar es ayudar a la gente a encontrar un significado profundo en las cosas pequeñas de sus vidas diarias y asegurar que, en lo posible, todas sus actividades sean hechas en la presencia de Dios.

 

Que la espiritualidad sea integral: Se trata de una espiritualidad equilibrada que no está limitada a los aspectos personales y privados de la vida. Debiera abarcar, en forma balanceada, las relaciones con los demás: la pareja, familia, amigos, conocidos, las comunidades de pertenencia, y las estructuras de la sociedad más amplia (ej. trabajo a favor de la justicia social), sin descuidar las necesidades de la salud física y psicológica personal.

 

Que sea una espiritualidad cristiana: No es suficiente ayudar a la gente a descubrir una dimensión espiritual en cada parte de su vida. La meta es relacionar esta vida con la visión de Jesucristo y su modo de vivir.

 

Una espiritualidad que llama a la conversión: Cualquiera persona que adopta una espiritualidad centrada en Jesús está invitada a la transformación personal. Habrá, por supuesto, cierta continuidad con el pasado, pero también habrá un movimiento hacia la disgregación, es decir, un librarse de ideas y suposiciones, de ideales y valores que han dejado de ser relevantes para nuestro seguimiento de Jesús. Esta es la mente nueva (metanoia, ej. Lc 5:32; Hechos 13:24) de que habla el Evangelio. Estamos llamados, entonces, a vivir de una manera diferente. En las palabras de San Pablo:

 

No sigan la corriente del mundo en que vivimos, más bien transfórmense por la renovación de su mente. Así sabrán ver cuál es la voluntad de Dios,  lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto (Rom 12:2).

 

Volver al índice

Esta reflexión está tomada del capítulo 5 del libro “Mission in today’s world”, (La misión en el mundo de hoy) del teólogo R.P. Donal Dorr, Columba Press, Blackrock, Co. Dublín, Irlanda, 2000, pp.76-90. (Con la debida autorización).