N° 82, Año X
Mayo de 2002
La misión como
diálogo
En este
artículo seguimos la serie sobre “la misión” con una reflexión sobre la misión
como diálogo. En el artículo anterior basado en el texto “La misión en el mundo
de hoy”, reflexionamos sobre la complejidad de este término y la necesidad de
aproximarnos al tema desde varios puntos de vista. El autor del texto que
constituye la base de nuestra reflexión, Donal Dorr, teólogo y misionero en el
extranjero, comenta que, tal vez, unos veinte años atrás él habría empezado su
texto con un análisis de la “misión” como evangelización. Pero en el contexto
histórico, eligió “la misión como diálogo” como más apropiada.
Por la
misma razón, decidimos utilizar esta llave para abrir el sentido de misión para
hoy. Hay peligro en volver sobre los mismos temas de siempre; a veces es
necesario tomar una senda nueva, buscar una perspectiva que, por su novedad, no
nos permita quedarnos dormidos de aburrimiento.
El
principal argumento a favor de iniciar un estudio sobre la misión con el tema del
diálogo está en los efectos que produce. Es decir, ofrece un correctivo
a la noción parcial de misión que
dimos por supuesta en el pasado.
Anteriormente,
el mayor acento se ponía en el trabajo de los misioneros y el gran don que
ellos traían a los países de misión, con muy poca atención sobre los receptores
del don. Aquí encontramos una de las razones que explican la pérdida en el
mundo de hoy del encanto y misterio que una vez envolvieron la noción de misión. La gente simplemente se ha dado
cuenta de la falta de equilibrio en la posición anterior.
Por otro
lado, al empezar con la noción de que el diálogo es parte integral dela misión, damos testimonio de que el
Espíritu está ya trabajando, tanto entre la gente que queremos evangelizar como
en nosotros mismos, los evangelizadores. Así se reconoce que hay un dar y recibir de dones entre los misioneros y las personas entre quienes
aquellos trabajan. Además, la noción de diálogo refuerza la impresión de que la
misión no consiste sólo en hacer cosas
para otros. Es, por sobre todo, un asunto de estar con la gente, de escucharla
y compartir con ella.
Esta
noción es un desafío directo a la presuposición, oída frecuentemente en el
pasado, de
que el misionero exitoso ganaba muchos conversos y así fortificaba el
crecimiento de la Iglesia. De hecho, todavía podemos encontrar algunos
misioneros que se dedican al proselitismo. Sin embargo, suele pasar que el
trabajo misionero se socava más por este tipo de insensibilidad que por tomarse
el tiempo y la energía para entender las religiones no-cristianas.
En el
primer capítulo de la Biblia nos dicen que en el principio de la creación el
Espíritu se movió sobre las aguas, creando orden del caos (Gen 1:2). Desde
entonces, el Espíritu ha tocado nuestras vidas a través de la influencia de
numerosos profetas, además por nuestros propios signos y sueños y por todo tipo
de experiencias espirituales. Podemos ver las variadas religiones como
esfuerzos para dar alguna forma institucional a tales movimientos del Espíritu
de Dios y su gracia.
En todas
las religiones podemos encontrar rituales, símbolos y tradiciones que expresan,
apoyan o encarnan las experiencias de las personas. Estos símbolos y rituales
evocan en las personas el sentido de una
presencia divina en sus vidas y en el mundo entero, una presencia que
ama y sana. Sin embargo, como todas las instituciones humanas, las religiones
pueden llegar a distorsionarse y corromperse. Cuando pasa esto, pueden promover
el legalismo religioso, el fanatismo arrogante o prácticas supersticiosas o
cuasi-mágicas.
De aquí
podemos hacer algunas deducciones: que las religiones no-cristianas son canales
de gracia en algunos aspectos, mientras en otros, pueden desviarnos del buen
camino. Sin embargo, cuando observamos el cristianismo no en su forma ideal
sino en su desarrollo a través de la historia, estamos obligados a juzgarlo de
la misma manera. Sin lugar a duda, ha sido y sigue siendo un instrumento
poderoso de la gracia divina pero, al mismo tiempo, ha habido situaciones en que fue un obstáculo a la experiencia
religiosa auténtica. Por esta razón, creemos, como parte de nuestra fe
cristiana, que la Iglesia está siempre llamada a abrirse a la
transformación por medio de la gracia
de Dios. Como individuos y como Iglesia, debiéramos aceptar el dolor de ser
llamados a la conversión por el testimonio de personas proféticas, inspiradas
por el Espíritu Santo.
A través
del diálogo entre las religiones, encontramos una de las maneras más efectivas
para abrirnos a la influencia del Espíritu de Dios y su acción transformadora.
Aquellos que toman parte en el diálogo
inter-religioso se están sometiendo a
sí mismos y a su propia tradición religiosa al juicio de Dios. En alguna medida,
el Espíritu hace su trabajo por medio del enriquecimiento de aquellos que toman
parte en este diálogo. Ellos crecen en admiración y en la profundidad de su
percepción cuando comparten algo de la experiencia religiosa de otra tradición.
Pero luego
se sentirán desafiados en un nivel religioso muy profundo y reconocerán que no
solamente tienen mucho que aprender de los demás, sino también que su propia
articulación de la espiritualidad está
algo distorsionada en algunos aspectos. Así se extiende la invitación a admitir
que Dios podría estar usando al compañero de diálogo religioso como instrumento
clave para mostrarnos esta distorsión o insuficiencia. Así crecemos y así Dios
transforma las tradiciones religiosas.
Existe el
peligro de que nosotros pudiéramos pensar el diálogo inter-religioso en
términos de un intercambio de información. Esta perspectiva nos llevaría a
dejar todo a los expertos, es decir, a aquellos que saben mucho sobre las
diferentes religiones. Actuar así es tratar a la religión de la misma manera
como tratamos la geografía, la historia o la mecánica, es decir, como un área
de información en que sabemos algo o muy poco. Es una perspectiva muy errada.
La fe religiosa abarca todos los aspectos de la vida humana. No es un área de
información sino una exploración de las preguntas más profundas de la vida que
están por debajo de nuestras preocupaciones diarias.
Por
ejemplo, cuando un niño está enfermo, los padres lo llevan al médico. Pero
supongamos que el niño muere a pesar de todos los esfuerzos de los médicos.
Esta muerte hace surgir profundas preguntas religiosas en la familia. ¿Por qué
permitió Dios la muerte de este niño inocente? ¿Por qué nos pasó esto a
nosotros y no a otra familia? ¿Nos está castigando Dios por algo malo que
hicimos? Muchas veces las preguntas nos llevan a asuntos aun más hondos: ¿Acaso
Dios nos quiere? Y si nos quiere, ¿Es realmente todopoderoso? La muerte de un
niño podría llevar a los padres a preguntarse
sobre el sentido de la vida y si vale la pena vivirla. Así que hay
preguntas espirituales o religiosas
escondidas detrás de las preocupaciones cotidianas sobre la salud y la
enfermedad.
Podemos
aplicar lo anterior a una escala más grande, en el caso de una comunidad que se
encuentra con un problema mayor. Por ejemplo, una herencia del colonialismo,
que aflige a muchos países, es la extendida corrupción de sus gobiernos. Es tan
arraigada que los ciudadanos comunes se sienten incapaces de cambiar esta
situación. Aunque sea un problema político-cultural, también tiene un aspecto
religioso importante.
Hay algunas
formas de espiritualidad o tradiciones religiosas que apoyan el fatalismo
frente a la maldad, y otras que, frente a la opresión y la injusticia, llaman a
una sumisión incondicional a la autoridad. Por otro lado, existen
espiritualidades o tradiciones religiosas que convocan a sus miembros a luchar
por su liberación. Ayudan a la gente a creer en su propia bondad, su poder y su
responsabilidad frente a su destino y el bienestar de su nación. Despiertan en
la gente la energía para resistir la opresión. El punto que queremos hacer
notar aquí es que el asunto político de desafiar la corrupción también tiene
una dimensión religiosa. Es igual de imposible separar la religión de la esfera
política como separarla de los problemas cotidianos personales y familiares.
Este mismo
punto está expresado en términos más técnicos en un documento de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano:
La religión es un elemento integral constitutivo de la
cultura en la cual radica y florece.
Además, todas las culturas más grandes incluyen la dimensión religiosa como
piedra principal del edificio que construyen…[1]
Así
acentúan el hecho de que el diálogo inter-religioso no es una actividad
marginal, sin relación con la vida diaria. Afecta y queda afectada por los asuntos políticos, sociales,
económicos y familiares que dan forma a nuestras vidas. Sería entonces un grave error presumir que
se puede dejar el diálogo a los especialistas. Es una preocupación de todos y
de cada uno.
No es
nuestra intención restar importancia al diálogo formal, intelectual. Las
reuniones y conferencias nacionales y
mundiales tienen un papel simbólico importante y ofrecen un estímulo, apoyo y
un enfoque para el diálogo. Sin embargo, se puede reducir el tema a una
simple retórica si no hay diálogo personal.
La
dificultad está en que la mayoría de las personas no tiene idea de cómo llevar
este diálogo al nivel básico más simple, donde todos puedan tomar parte.
En el año
1991 el Vaticano publicó un documento titulado Diálogo y Proclamación. En el párrafo N° 42 se distinguen cuatro
formas de diálogo entre las religiones:
1) el diálogo de vida: compartir las alegrías, penas y preocupaciones;
2) el diálogo de acción: colaboración en el desarrollo humano y en la
liberación;
3) el diálogo de intercambio teológico;
4) el diálogo de la experiencia religiosa: compartir las riquezas espirituales de cada tradición, por
ejemplo, las formas de oración.
Es
importante recordar que todos nosotros podemos estar involucrados, de alguna
manera, en los números uno, dos y cuatro, dejando el tres para los
especialistas. Estas formas de diálogo debieran ser más comunes ahora que en el
pasado por los efectos de la movilidad y el pluralismo de nuestro mundo actual.
En el pasado, Chile era un país religiosamente homogéneo; con la presencia de nuestros hermanos
protestantes-evangélicos y judíos se ensanchó nuestra experiencia religiosa y
creó entre nosotros una perspectiva judeo-cristiana. Ahora, debido a una movilidad y un pluralismo cada vez más
fuerte, existen aquí en Chile, grupos
numéricamente significativos que representan otras tradiciones religiosas bastante diferentes de la nuestra.
El movimiento
dentro de las iglesias cristianas, tan común en el resto del mundo, nunca tuvo
mucho éxito en Chile. En décadas pasadas, había cooperación entre algunas
iglesias cristianas respecto a la lucha por los derechos humanos, pero, por una
serie de razones, no se extendió a otras áreas eclesiales. Queremos sugerir que
el nuevo milenio ofrece, tal vez, un momento propicio para empezar.
Es posible
que la desconfianza evidente en círculos eclesiales frente a la posibilidad de
abrirnos al diálogo con las otras tradiciones religiosas, surja de un temor a
perder la pureza de la fe o, aun, a los mismos fieles. Los hechos nos muestran
que, de todos modos, los estamos perdiendo hace tiempo, tanto con respecto a
otras iglesias cristianas como a otras
religiones. Sin embargo, el mismo Vaticano está fomentando el diálogo, no sólo
con las demás iglesias cristianas, sino con todas las tradiciones religiosas.
Además de los
cuatro tipos de diálogo religioso ya mencionados, hay uno aun más fundamental.
Más que un diálogo entre personas, este diálogo toma lugar dentro de cada
persona. Es cuestión de buscar una manera de entrar dentro de la perspectiva
religiosa de las personas de tradiciones religiosas diferentes. Es decir,
descubrir el diálogo interior del corazón, más que un diálogo verbal o
intelectual.
La
diferencia entre las religiones no es que ellas ofrezcan diferentes respuestas a las preguntas fundamentales
sino que aspiran a responder a diferentes preguntas.
Expresándolo de otro modo, cada una de las tradiciones más importantes
tiene un núcleo central muy distintivo. Cada una enfoca un valor religioso o un
set de valores muy particular. En consecuencia, cada religión nos ofrece una
perspectiva distintiva sobre las dimensiones más profundas de la vida.
Estas
perspectivas no son, de ningún modo,
mutuamente excluyentes. Al contrario, tienden a suplir y reforzarse
mutuamente. Podríamos decir que una espiritualidad plenamente comprensiva e
integral tomaría en cuenta estos diferentes valores. El vivir una vida
espiritual rica y plena requiere un aprecio de las perspectivas variadas de las diferentes religiones y, aun, la
capacidad de cambiar a veces de una perspectiva a otra.
Tal vez es útil mencionar algunos de los valores
que son centrales o de mayor
importancia para una o más de las grandes religiones del mundo.
Sentirse elegido- Judaísmo;
La soberanía de Dios y el sentido del destino-
Islam;
Estar en armonía con el flujo de la vida-
Taoísmo;
Estar enraizado en la naturaleza y el cosmos y la
experiencia mística- Budismo e Hinduísmo;
La iluminación- Budismo;
La compasión- Budismo e Hinduísmo;
La integridad humana y la sensibilidad - Hinduísmo y Budismo;
La dignidad humana: base de los valores éticos de justicia y
participación- Cristianismo.
Muchos dirían
que el cristianismo fomenta (o debiera fomentar) todos estos mismos valores, y
estamos de acuerdo. Pero existe mucho trecho entre el cristianismo ideal y su
realidad en diferentes áreas del mundo, y entre diferentes sectores de
cristianos. Actualmente, uno de los
valores más apreciados entre muchos cristianos del Occidente es la apertura a
los valores de otras religiones. Curiosamente, es un fenómeno que no tiene más
de 50 años. Antes, la tendencia general era mostrar hostilidad frente a las otras religiones y a sus valores. No cabe
duda de que el Espíritu está trabajando entre los hijos de Dios y nos
urge a cerrar esta brecha entre la realidad y lo ideal del cristianismo.
Es importante
también recordar que la totalidad de los asuntos religiosos más profundos no
pueden ser reducidos a un aspecto básico. Al contrario, hay una gran
constelación de preocupaciones que son espirituales o religiosas. Los aspectos
más profundos de nuestras preocupaciones e intereses del diario vivir son los
mismos para toda la humanidad. Las
religiones difieren unas de otras, principalmente en la importancia que dan a
estos asuntos. La clave para un fructífero y desafiante diálogo interior con
las diferentes religiones es un entendimiento compasivo de sus intereses y
valores centrales. Así nos preparamos para abrirnos a los dones que nos pueden
ofrecer.
De hecho,
compartimos mucho con el judaísmo; nuestras oraciones y ritos surgen
directamente de estas raíces, y compartimos los fundamentos de la ética
judeo-cristiana. Por otro lado, nuestro conocimiento del Islam es bastante
limitado y los ataques terroristas recientes no estimulan el esfuerzo por
conocerlo. Sin embargo, hay una riqueza importante que el Islam nos ofrece
a través de sus prácticas y oraciones:
el sentido profundo de la soberanía de Dios y de la sumisión total de la
persona humana a Su voluntad.
Respecto
al Oriente, los misioneros hablan de la profunda influencia del Budismo e
Hinduísmo con sus enseñanzas de compasión y la no-violencia; mientras el
Taoísmo y Confucianismo han desarrollado los valores de armonía, dignidad,
estabilidad, respeto y la capacidad de fluir con la vida en vez de tratar de
controlarla.
Aunque
existen grandes diferencias entre los
rituales, símbolos y enseñanzas formales de las religiones del mundo, los
valores detrás de ellos son de enorme importancia para nosotros. A través de
las últimas décadas, las naciones de Occidente han descubierto, con gran costo,
que no pueden dar por supuestos estos valores. Vemos alrededor de nosotros,
tanto en Chile como en el resto del mundo, la fragmentación de la sociedad y el
daño a los individuos cuando hay un extendido derrumbamiento del vínculo
familiar y de la cohesión en las comunidades. No cabe la menor duda de que hay
mucho que aprender de un diálogo interior y externo con estas religiones o
tradiciones.
Nuestra
hipótesis es que cada una de las religiones más importantes del mundo tiene un
don especial que ofrecernos. Es decir, cada una es única y ofrece una
contribución vital y tal vez irremplazable a la experiencia y entendimiento de
las personas de otras creencias. Ningún creyente religioso tiene el derecho de
decir: “Nuestra religión es completa en
sí misma, en el sentido de que no tenemos nada significativo que aprender de
las demás.”
Esto se
aplica tanto a los cristianos como a los no-cristianos.
Algunos
preguntarán si esta actitud es aceptable, incluso ortodoxa. Después de todo,
hemos escrito tanto sobre el problema de la religiosidad
en Chile: la ignorancia doctrinal, la poca participación, la falta de interés
en posiciones morales de la jerarquía, etc. Otros insistirán en los riesgos de
una posible sobresimplificación e
incluso de los posibles malentendidos de un
diálogo entre personas que no son especialistas.
La verdad
es que a simple vista podemos observar lamentables situaciones públicas dentro
de la Iglesia: falta de entendimiento, tensiones, confusión y conflictos que
son aun más riesgosos porque causan desconcierto. Incluso, en algunos
casos, la gente involucrada podría ser
calificada de especialista.
Concluimos que al lado de una realidad tan cuestionable, la posibilidad de
malentendidos en un diálogo inter-religioso no nos parece tan peligrosa.
Mirándolo
desde otro punto de vista, como cristianos estamos llamados por el Espíritu de
Dios a abrirnos, con entusiasmo y con humildad, a involucrarnos en un diálogo
de mente y de corazón con los fieles de otras religiones, también hijos del
mismo Dios. De esta manera, será posible despertar de cierto letargo y
autosuficiencia para caminar hacia un entendimiento más rico, más profundo y
más completo de nuestra propia fe cristiana. Si tomamos en serio esta
invitación, no sólo se profundizará nuestro entendimiento de la fe. La fe misma
crecerá y florecerá de una manera jamás imaginada.
Francamente,
encontramos este último escenario no sólo más atractivo, sino también más
cercano al corazón de Dios.
La
reflexión anterior está basada en gran parte
en el libro de Donal Dorr, Mission in Today’s World, (La Misión en el
mundo de hoy), Columba Press, Blackrock, Co. Dublin, Irlanda, 2000, pp. 16-25.
(Con la debida autorización.)