Misión como poder del Espíritu
El poder de capacitar a
los demás
Hemos pasado seis meses reflexionando juntos sobre el significado del concepto de misión. A través del análisis de sólo algunos de los muchos aspectos de la misión, hemos podido profundizar nuestra percepción de su complejidad y la amplitud de nuestra vocación como cristianos.
En esta reflexión queremos mirar
detenidamente al papel del Espíritu en la vida y en el modo de ejercer el
ministerio de todos aquellos que comparten la misión de Jesús y de la Iglesia.
Tenemos mucho en común; entre otras cosas, nuestra humanidad, la fe que
compartimos y nuestro deseo de responder incondicionalmente al llamado de Dios.
Pero, no somos iguales, nuestros dones y estilos son diferentes y la llamada
del Espíritu a cada uno dependerá de esta bella singularidad.
Esperamos que esta mirada a la
misión otorgue inspiración y un
convencimiento sobre la importancia de la contribución de todos y de cada uno a
la misión de Jesús.
Todas las personas que comparten
la misión de Jesús, cualquiera sea su ubicación geográfica, ejercen una
variedad de ministerios. Estos van desde la predicación y la celebración de los
sacramentos, hasta el fortalecimiento de las comunidades de base, la promoción
de la salud, la educación adulta, la conservación de los recursos naturales y
los medios de comunicación, por nombrar sólo algunos.
Pero la diversidad en el trabajo
de la misión no depende solamente del
gran espectro de ministerios. Un corte transversal sobre las actividades
demuestra una variedad aun más significativa en el modo o estilo de las personas involucradas en los ministerios. Por
ejemplo, hay personas que trabajan de una manera muy visible y notable,
mientras otras lo hacen en forma silenciosa, casi invisible. De hecho, sería
posible subtitular esta reflexión: Estilos
de misión porque el contenido será
dedicado a cinco diferentes estilos o modos de actividad en los que se la puede
ejercer. Cada uno de estos modos
involucra el ejercicio de un poder profético específico, llamado así porque
viene del Espíritu de Dios. Además, cada uno de estos estilos revela un aspecto
o modalidad particular del llamado profético del Espíritu.
Antes de considerar estos
tipos de poder profético, es importante hacer una clarificación preliminar.
Existen tipos de poder y usos del poder que son opresivos, dominantes, abusivos y
manipuladores. Es obvio que no son de ninguna manera proféticos y no
serán considerados aquí. Pero es importante estar conscientes del peligro de
estos abusos del poder y mantenerse alerta frente a la posibilidad de que los
poderes proféticos, dones del Espíritu, sean contaminados y corrompidos.
El primer tipo del poder del
Espíritu puede llamarse el poder que
inspira. Me encontré recién con un hombre joven que, algunos años atrás,
fue presentado a la Madre Teresa. Ella lo miró a los ojos y le dijo: “Estás llamado a ser santo”. Desde
entonces él ha vivido sobre la base de este encuentro. El poder de inspiración de la Madre Teresa fue tan fuerte que hizo que su profecía se realizara. Al hablar
del poder que inspira, tengo en mente la capacidad de
convencer, inspirar y aun encantar a
los demás. Es evidente en los Evangelios que Jesús tuvo este poder en un grado
asombroso (Mt 4:20).
Esta inspiración puede surgir de
la predicación o de la enseñanza. También suele ocurrir simplemente a través de
la manera con que algunas personas tocan a los demás por la calidad de su
presencia. Este tipo de poder fue evidente en la Madre Teresa pero también en
los fundadores de congregaciones, órdenes y otros grupos, como San Ignacio, Don
Bosco, Santa Teresa de Ávila, etc. En el mundo más secular, este poder de inspiración
estuvo presente en figuras como Gandhi, Mandela, Martin Luther King, etc. La
lista sería interminable.
Vemos este poder en forma visible
en un gran profesor o conferencista capaz de mantener a sus oyentes fascinados.
Es la capacidad de algunas personas de persuadir a sus amigos a hacer cosas que
no harían jamás; por ejemplo, tomar parte en una aventura irracional. Es
evidente en la esfera pública, cuando un político persuasivo logra convencer a
grandes masas de personas a adoptar un programa particular. Lo vemos en un
líder religioso capaz de atraer cientos o miles de discípulos totalmente
devotos de él.
Este poder es un don que algunos
individuos tienen en un grado excepcionalmente alto, pero que la mayoría de nosotros
poseemos en grado menor. La calidad magnética y fascinante de este poder nos
hace sentir a veces que tiene algo de misterioso o mágico. Se trata de un poder
que se deriva del Espíritu profético que tiene la función de inspirar y
movernos. Es una participación en un aspecto particular de la energía divina;
es decir, el poder de tocar los corazones de los demás, inspirar sus mentes y
moverlos a la acción. Es un don maravilloso que necesitamos y es de importancia
particular para los líderes religiosos, y, tal vez, sobre todo para aquellos
que quieren compartir la misión de Jesús.
Aunque el poder que inspira viene
del Espíritu profético de Dios, no deja de ser un poder muy humano que integra
y perfecciona tanto la inteligencia como nuestra capacidad natural de
persuadir. Surge del hecho de que estamos creados a imagen y semejanza de Dios y, por lo tanto, compartimos el
misterio divino tan fascinante y atractivo para los demás. Además, es una
habilidad que puede crecer y ejercer cada vez más poder dentro de nosotros. El
Espíritu creativo nos plasma más y más profundamente a imagen de Dios, de modo
que sea cada vez más difícil distinguir entre las acciones que son puramente
humanas y aquellas en que estamos compartiendo la misma vida de Dios. No hay competencia
entre la gracia de Dios y nuestra humanidad. En la medida en que el Espíritu se
mueve dentro y a través de nosotros, llegamos a ser verdaderamente humanos.
Hemos puesto énfasis en el aspecto profético, es decir, en el hecho
de ser don del Espíritu. Ahora es tiempo de volver a insistir en que estamos
hablando de un poder real. Si Dios
nos da la capacidad de tocar e inspirar a otros, nos está capacitando para
realizar un ministerio vital, aquel de guiar a la gente más allá de las
experiencias y preocupaciones diarias, y abrir para ellos los bellos, maravillosos y misteriosos
aspectos de la vida. Podemos reflexionar
acerca de cómo la gente se sentía atraída a seguir a Jesús y, mil años
después, a unirse a Francisco de Asís y Clara y a muchos otros más.
La mayoría de nosotros puede
recordar aquellos momentos cuando nos
sentimos fascinados por las palabras o la presencia de alguna persona
destacada. Al mismo tiempo, algunos podrán recordar alguna ocasión cuando fueron
capaces de inspirar a otros. Pero no hay garantía de que aquellos que tienen
este poder vayan a utilizarlo con sabiduría o aun con moralidad. La leyenda del
Flautista de Hamelin trata del abuso
extremo de este tipo de poder. Esta leyenda refleja nuestra realidad en el caso
de los gurús religiosos que son culpables de llevar a la gente a la
destrucción. Recordemos los extremos demenciales a los cuales Jim Jones condujo
a más de 900 personas en Guyana en 1978, también los líderes de cultos en Waco
(Texas), Suiza, Japón y Uganda del norte. Existen también muchas instancias de
abuso de este poder en líderes políticos, como Hitler.
A pesar de que el ejercicio de
este tipo de poder puede ser un don genuino del Espíritu que nos puede otorgar
mucha satisfacción, creo que es importante para las personas involucradas en
las fronteras de la misión saber despojarse de él. No quiero decir que no
debieran usarlo nunca, mas no debemos confiar ni contar con este poder, y estar
conscientes de que hay alternativas. Al renunciar a él, estamos siguiendo el
ejemplo de Jesús. Fue sin duda una persona que inspiraba a los demás; cuántas
personas dejaron sus casas y trabajos para seguirlo con devoción. Sin embargo,
cuando el Evangelio nos cuenta de sus tentaciones en el desierto, está
señalando que Jesús rehusó basar su ministerio sobre este tipo de poder. No fue
su motivación el impresionar a la gente como un mago. Sus milagros parecían ser
un producto de la maravilla que él mismo fue. Resistió la tentación de fascinar
a la gente de una manera tal que los despojara de su libertad espiritual.
Eligió, a cambio, un estilo menos apremiante, dando más importancia a la
libertad personal y a la responsabilidad de aquellos que quisieran seguirlo.
La razón fundamental para tener la
voluntad de despojarse de este tipo de poder se encuentra en el peligro de
abusar de los demás a través de la dominación o manipulación. Es demasiado
fácil acostumbrase a tener a la gente colgada de las propias palabras. Incluso,
uno puede terminar considerando como algo normal la obediencia incuestionable
de otros. En la medida en que la persona utiliza el poder de inspirar, tanto más grande será la tentación de ser
autocrática. Existe una razón más positiva para despojarse de este tipo de
poder. De esta forma será posible ejercer otros tipos de poder profético que
tal vez sean más fructíferos para los demás y ofrezcan formas más efectivas de
responder al llamado a la misión.
El segundo tipo de poder profético
que consideramos es la habilidad de capacitar a los demás. Igual que el poder
de inspirar, es parte del llamado a la misión
y puede ser, en algunos casos, aun más valiosa que la capacidad de inspirar
y cautivar. Esto quiere decir que es posible que seamos llamados a despojarnos
de nuestra respuesta a la misión. En
términos prácticos, significa ser generoso y dar menos importancia a nuestro
poder de inspirar, para esforzarnos en la
capacitación de las personas con quienes trabajamos. Requiere una serie
de respuestas concretas.
El poder de capacitar a los demás consiste en la facilidad de hacer
posible que los demás se pongan en contacto con sus propios esfuerzos, sus
propios dones, su propia creatividad. Para algunas personas parece ser un don
natural, para el resto de nosotros es necesario dedicar mucho esfuerzo para
aprender cómo trabajar con los demás en forma fructífera. El aprendizaje
incluye una serie de ejercicios de “escucha”, cooperación, planificación y
evaluación en conjunto. Para ser una
persona que sabe escuchar, no basta
escuchar las palabras de los demás sino
comprender también su lenguaje corporal. Es decir, las señales y mensajes que
dan inconscientemente a través de las muecas faciales, su modo de sentarse y
moverse. También es necesario saber cómo mandar señales de afirmación y
estímulo, distinguir cuándo sea
necesario empujar a los demás y, por otro lado, cuándo contenerse.
Aun más importante que estas
destrezas son las actitudes con que nos acercamos a los demás. Necesitamos
estar realmente interesados en ellos, ser respetuosos, pacientes y comprensivos. De otra forma, nuestras
destrezas corren el peligro de llegar a ser sólo técnicas para manejar o
manipular a los demás.
La habilidad de capacitar a otros
o darles el poder de actuar como líderes puede funcionar en forma individual:
en la dirección espiritual, el consejo o en el diálogo personal. Pero en
términos de frecuencia, sucede más en grupos, comités y equipos de todo tipo.
Se trata del desarrollo del liderazgo y las destrezas de animación entre
personas comprometidas, dispuestas a servir a sus comunidades y a la sociedad.
De este modo, utilizamos el poder de capacitar para crear comunidades
verdaderamente respetuosas y participativas.
El poder de inspirar y el poder
de capacitar tienden a llevarnos en direcciones opuestas. Por ejemplo, si
estoy invitado a dar una presentación,
tengo que utilizar mi capacidad de inspirar a otros. En esta situación habrá
una tendencia a fijarme en las personas que demuestran interés en lo que estoy
diciendo. La inclinación es dirigirme más y más a ellos, mientras me pongo
progresivamente insensible frente a aquellos que tienen poco o nada de interés
en lo que estoy diciendo. Por otro lado, si mi tarea es la facilitación del
grupo, trato de hacer contacto con mi habilidad de capacitar a los demás.
Entonces, mis antenas tratarán de captar señales de aquellos que parecen no
tener interés o están en los márgenes del grupo.
El peligro de apoyarse demasiado
en el poder de inspirar es caer en
la tendencia de crear un círculo
cerrado que excluye a las personas sin gran interés en mi tema. Supongamos que
estoy haciendo una presentación y ha llegado el momento para las preguntas y
respuestas. Es posible que en vez de un diálogo mutuo entre mis oyentes y yo,
termine siendo solo una oportunidad de usar las preguntas para desarrollar aun más mis propias ideas,
sin crear espacio para dejarme inspirar por sus
ideas. Podemos describir esta manera de llevar la situación como un caer en la modalidad transmisora.
Tomar conciencia de la presencia
del patrón anterior, requiere que se
cambie rápidamente a la modalidad
receptora. Significa que es necesario cambiar
sombrero, es decir, hacer un
esfuerzo consciente de zafarse del uso del poder inspirador y, deliberadamente,
moverse hacia el rol de facilitador. No es fácil hacerlo porque nos
entusiasmamos demasiado con las ideas que surgen de adentro. Por lo tanto, es
de gran ayuda decidir desde antes el papel preciso que hay que ejercer. Si la
función de la que somos responsables es ofrecer ideas o contenido, entonces es
mejor recibir la colaboración de un
facilitador cuyo papel es más bien cuidar el proceso en el grupo. Esta persona
llevará las riendas para, así, frenarme si pierdo contacto con mis oyentes.
La convicción del valor del papel
de facilitador lleva a la persona a desarrollar las destrezas que se requieren.
Entre otras cosas, es necesario conocerse bien para poder vencer los obstáculos
personales que bloquean el buen desempeño. Es necesario aminorar la tendencia a
permanecer ensimismado y con hambre de aprobación, lo que limita la capacidad
de estar atento a lo que dicen los demás y a sus preguntas. Esto requiere mucho
trabajo y, en el proceso, uno empieza a conocerse en forma más profunda. Con el
tiempo se admite que estas tareas jamás terminarán, y esta convicción nos
llevará a dedicarnos a la oración.
A pesar de los esfuerzos
personales, ha crecido la convicción de que el poder de capacitar a los demás
es, más que nada, un don de Dios. Sólo la inspiración del Espíritu nos ayudará
a encontrar la respuesta correcta para el dolor o la alegría de un individuo o
grupo, o saber cómo profundizar, de mejor manera, su búsqueda o fortalecer su
confianza. De este modo, el facilitador debiera tener, más que nada, una
apertura al Espíritu, aunque tal vez no se usen estas palabras. Esta apertura
se expresa por sobre todo en la confianza: en uno mismo, en la otra persona, en
el grupo y en el divino Espíritu profético.
El uso frecuente de los poderes
anteriores nos puede dejar bastante rendidos. Por lo tanto, será tal vez un
alivio descubrir que el Espíritu puede trabajar a través de nosotros de manera
muy diferente. Es posible que nos utilice como palanca para hacer pasar cambios importantes con, relativamente,
poca energía.
En muchas situaciones existe la
posibilidad de hacer una intervención clave que pueda tener efectos mayores en
un proceso. Esta intervención suele ser una acción o unas palabras, que, en
otras circunstancias no serían muy significativas pero, en el momento dado,
hacen toda la diferencia. Por esta razón hablo del poder de la palanca -la persona utilizándolo ha podido ubicar un
punto clave en el proceso. Un ejemplo notable es la decisión del papa Juan
XXIII de convocar el Concilio Vaticano II que trajo cambios trascendentales en
la Iglesia.
Pero ¿cómo identificar el punto
exacto para hacer una intervención clave de este tipo? Hay personas que parecen
tener un sentido intuitivo respecto a tales momentos pero, para la mayoría de
nosotros, es necesario desarrollar y alimentar este tipo de discernimiento a
través de la contemplación profética.
Y la primera tarea de los profetas
bíblicos era leer los signos de los
tiempos. A través de las enseñanzas del Espíritu, fueron capaces de
interpretar los grandes movimientos de la historia, tiempo para destruir y tiempo para construir; tiempo para la guerra y
otro para la paz (Ec 3:3,8). Fue el
Espíritu el que les enseñó cuál era cuál y lo que Dios quería de su pueblo.
Vemos algo similar en Jesús, que
pasaba largas horas de la noche en oración. Durante estas horas, el Espíritu le
llevó a entender los signos de los
tiempos y lo que sería más efectivo para sus seguidores y su misión. Hay indicaciones
en el Evangelio de que a veces cambiaba sus actitudes, y podemos suponer que
estos cambios en la estrategia misionera eran fruto de su oración.
Esta inspiración del Espíritu no
está limitada a los profetas o a Jesús;
tampoco a situaciones y eventos mundiales conflictivos. Cada uno de
nosotros podemos pedir con confianza y esperar la asistencia del Espíritu en la
búsqueda de luz para saber lo que Dios quiere de nosotros en una determinada
situación. La Biblia suele dar la impresión de que la inspiración les vino a
los profetas repentinamente, como un relámpago. Pero es claro que fueron
hombres de mucha oración, por lo tanto es más probable que haya sido más bien
un proceso que buscó ligar el misterio del amor de Dios con la realidad del
mundo a su alrededor. Señala la necesidad de ocupar tiempo en la contemplación
profética, que consiste más bien en llevar la realidad de nuestra situación
frente a Dios y mirarla a la luz de su amorosa voluntad. De esta contemplación
surge una clara percepción acerca de lo
que está realmente pasando y cómo se debiera responder con una intervención o,
simplemente aprender a esperar. Este tipo de poder no va a reemplazar
completamente los demás poderes. Sin embargo, nos ofrece la libertad de aceptar
que la organización y la acción no son las únicas auténticas respuestas a
situaciones insatisfactorias.
Se trata de la capacidad de
estar en tan plena armonía con la vida, la naturaleza, las personas y el mundo
entero a nuestro alrededor, que las cosas tomen sus lugares respectivos de una
manera fácil y orgánica. Es el poder de dejar que el proceso entero de la vida
se desenvuelva en su propio tiempo.
Tal vez la mejor manera de
entender el significado de este poder es recordar las veces que experimentamos
lo opuesto a esta fluidez. Me refiero a las veces que sentimos la falta de
sincronismo con la vida, cuando todo parecía ir mal. Por otro lado,
ocasionalmente, experimentamos que las cosas parecen fluir de una manera que
nos sorprende. Nos sentimos dotados de un don que nos hace maravillarnos de la
misteriosa fuerza que lo hace posible.
Esta es una experiencia culminante del
poder de fluir con la vida.
En estos casos somos
extremadamente poderosos y efectivos, sin nuestro esfuerzo. Sin empujar o
manipular, podemos tener una influencia mayor sobre los demás. Este poderoso
efecto no surge de algo dicho o hecho por nosotros sino de la calidad de
nuestra presencia. San Francisco de Asís tenía este poder y muchos piensan que
el Dalai Lama también ejerce semejante poder en el mundo a través de su
capacidad de fluir con la vida en esta forma.
La capacidad de comunicarse con
este poder ayuda a distinguir entre dos diferentes formas de tomar distancia y
dejar que las cosas simplemente sucedan. La manera equivocada es evadirse de la
responsabilidad, o tratar de disociarnos de los eventos que se desenvuelven a
nuestro alrededor. La manera correcta es exactamente la contraria; es necesario
sintonizarse con el proceso de tal manera que no sea necesario manipular o
forzar a la gente para conseguir los efectos deseados. Más bien, se trata de
una sensación de que las cosas simplemente caen en su lugar, que uno encaja
bien en el papel asignado en el proceso y, que está dispuesto a hacer lo
necesario y dejar el resto para que pase cuando deba pasar.
La expresión papel asignado implica
que existe algún tipo de gran plan detrás
de todo lo que pasa. Alguna idea de esta naturaleza está por lo menos implícita
en la noción del poder de fluir con la
vida. Cristianos que tienen una fuerte fe explícita en la divina
providencia y en la voluntad de Dios no tendrán dificultad con este concepto.
Pero aquellos que reaccionan contra ideas de un plan divino se sienten
incómodos con lo que perciben como
aspectos deterministas. Están reaccionando más bien contra el uso
anterior de la voluntad de Dios que
servirá para imponer una obediencia ciega a favor de autoridades arbitrarias.
Es de esperar que aquellos que tienen dificultades con la divina providencia puedan verla en forma más positiva al percibirla
no como algo impuesto por maestros de religión, sino, al contrario, algo que
surge de la propia experiencia personal.
Esta experiencia de sentirse en
sincronía con el flujo de la vida --lo
que escritores orientales llaman el Tao,
o el Camino-- podría llevar a
vislumbrar un misterioso diseño divino revelado en el crecimiento casi orgánico
de nuestro mundo. No es un plan impuesto desde afuera sino un diseño fluido y
emergente que presupone y respeta nuestra libertad. En otras palabras, una
conciencia del poder de fluir con la vida
puede ayudar a estas personas a redescubrir su fe en la divina
providencia, o descubrirla por primera
vez.
El uso del poder de fluir con la vida demanda la capacidad
de vivir en el presente. Esta capacidad ofrece un enfoque para la vida en cada
momento. Nuestra atención está normalmente demasiado esparcida; estamos
preocupados con el pasado, el futuro y nos queda poca energía para el aquí y
ahora. Tratamos de controlar el futuro, planificando cómo enfrentar las
innumerables posibilidades que nos
esperan. A consecuencia, es imposible saborear la riqueza del momento
presente, lo maravilloso del proceso que se desenvuelve, momento a momento.
Al contrario, si nos enfocamos en
el presente, habrá un estimulante intercambio de intereses entre nosotros y
aquellos que se encuentran a nuestro alrededor. Empezamos a compartir la
energía que ellos entregan y reciben de vuelta de sus vidas y, a su vez,
compartimos con ellos nuestra pasión por la vida. Existe cierta paradoja aquí.
En la medida en que nos enfocamos en el
momento presente, dejando de lado nuestros esfuerzos por anticipar las varias
posibilidades y peligros que amenazan el futuro, entramos en contacto con el
flujo de la vida. Así, la vida se torna una aventura a la que nos permitimos
ser llevados por las corrientes de energía que corren a través de nosotros y a
través del mundo, en cada instante de nuestras vidas.
El último tipo de poder profético
asociado con el llamado a la misión es la otra cara del poder de fluir con la vida. Si este último es el
poder de estar en contacto con la vida con toda su riqueza, el poder de ceder significa la capacidad de
despojarse con dignidad; de reconocer el momento correcto para dejar la lucha o
aceptar que la marea de la vida está menguando. El poder de ceder es la
capacidad de rendirse frente al fracaso, a la debilidad o a la muerte cuando es
el único camino auténtico hacia adelante.
El autor del libro de Eclesiastés
nos recuerda que hay un tiempo para parir, y para reír y otro para morir (Ec 3:2).
Es imposible distinguir entre esos tiempos por nuestra propia luz, ni decidir
cuándo nos toca ceder frente a la muerte. Necesitamos la dirección del Espíritu
para saber cuándo es necesario enfrentar la muerte o aceptar las pequeñas muertes, fracasos o rechazos
que son parte de la vida.
Aunque sea muy diferente de las
otras formas de poder, es, sin embargo, un poder muy real. El ejemplo más claro
de este poder es la muerte de Jesús en la cruz. A través de su vida pública
luchó con valor contra sus enemigos y perseveró en la fidelidad hacia sus
amigos. Pero cuando llegó su hora (Jn
7:30, 8:20) sabía que le quedaba solo encontrar la manera correcta de dejar de
luchar y permitir que su vida terminara como pre-destinada.
En Getsemaní, Jesús llegó a aceptar
que había fracasado desde el punto de vista humano. Solo le quedaba entregarse
en las manos del Abba, que le había
encomendado la misión. Muriendo en la cruz, Jesús se dirigió a su Abba
diciendo, Padre, en tus manos encomiendo
mi espíritu. Estaba impulsando o evocando el poder de ceder, lo que fue una sorpresa total, tanto para sus
amigos como para sus enemigos. Pero no sólo era el tiempo de ceder o entregarse
al fracaso y la muerte; era también el momento de su glorificación. El hecho de
poder entregarse al proceso de la muerte de esta manera trajo vida para Él e
hizo de Él una fuente de nueva vida inmensamente poderosa para la
humanidad.
Jesús es claramente el ejemplo
supremo del uso del poder de ceder.
Pero podemos ver el mismo poder funcionando en Juana de Arco y en el P. Damián
el Leproso. Mucho antes del momento de nuestra propia muerte, la hora para ceder viene de diversas formas: el
desconcierto que produce la muerte trágica de alguien joven, o enfrentarse al
odio implacable, la crueldad pervertida o la insensibilidad ciega que socava y
confunde la vida. Entonces es hora de ceder y seguir el ejemplo de Jesús,
entregándose en las manos benévolas de un poder más alto.
Una vez que sabemos que el
Espíritu está con nosotros hasta el fin
–aun en lo que parece ser el fracaso último- entonces podemos confiarnos
plenamente al Espíritu en vivir la vida
en forma plena. Solo entonces será posible seguir el llamado profético en todas
sus manifestaciones.
El aspecto común que atraviesa los
cinco poderes proféticos es la confianza.
Los poderes del Espíritu juegan un papel crucial en la vida de todos los que se
sienten llamados a trabajar en las fronteras de la misión. Para responder en
forma exitosa a este llamado no es necesario obtener resultados visibles. Lo
esencial es el uso sabio de los poderes del Espíritu. Es preciso entender que
el poder del Espíritu no está limitado a capacitarnos para hacer cosas, a pesar de lo maravillosas que podrían ser estas
acciones. Somos mortales y finitos, y muchas veces nos encontramos a merced de
la maldad. Por lo tanto, la última intervención del Espíritu tiene que venir en
la forma de capacitarnos para saber cuándo
dejar de hacer cosas y cuándo despojarnos y entregarnos con plena confianza
a la divina providencia. Vale decir que, como Job, ponemos nuestra confianza en
Dios para reivindicarnos (Job 19:25-27).
La última fundación de nuestra
esperanza, y de toda esperanza cristiana, es
creer que Dios puede sacar el bien sin límites de lo que parece ser el
fracaso total. El meollo de nuestra fe es, precisamente, creer que el poder
divino que hizo surgir nueva vida y esperanza del fracaso y muerte de Jesús,
está todavía trabajando en nuestras vidas y en nuestro llamado a la misión.