Año X,
N° 86, Septiembre de 2002
Como siguiente paso en nuestra
serie sobre la “misión” queremos ofrecer un nuevo aspecto. En el boletín
anterior reflexionamos sobre “la lucha” con su dimensión negativa para el
trabajo de liberación, y su aspecto más positivo, “la transformación”. Ahora
queremos tratar la otra cara de “la lucha”, la misión como “reconciliación”.
Este ha sido un tema de enorme
importancia aquí en Chile en las últimas décadas y sigue siendo una meta
pastoral para la Iglesia. A pesar de un sinnúmero de esfuerzos sinceros a
diferentes niveles de la sociedad, continúa siendo un ideal efímero y casi
utópico para muchos. Algunos estiman que el país está estancado, que hay poca
posibilidad de realizar este sueño, que falta sinceridad y transparencia de
parte de uno u otro participante en el diálogo, etc. Hay otros que no quieren
tocar el tema porque hay poca posibilidad de que prospere en la práctica.
Invitamos a nuestros lectores, una
vez más, a prestar atención a este tema tan discutido, para poder aclarar su
papel dentro de la misión de Jesús y del gran Plan de Dios para el mundo.
Después de considerar la misión desde el punto de vista de la
liberación que incluye la noción de la lucha, es apropiado seguir aquí con la
dimensión complementaria de
reconciliación.
En su libro Las Bienaventuranzas: Evangelizar
como lo hizo Jesús, Segundo Galilea comenta: La evangelización es la simultánea proclamación de una justicia
liberadora y de la reconciliación. De esta forma, nos indica que son
complementarias. Galilea insiste en que restablecer la justicia es una
condición para la reconciliación cristiana, pero no es suficiente porque no
puede sanar heridas y hacer desaparecer las ofensas del pasado. Por ende,
Jesús, el liberador compasivo, nos llama no solo a luchar por la justicia, sino
también a amar a nuestros enemigos. La dificultad está en llegar al equilibrio
de saber cuándo hay que dar más importancia a la lucha por la justicia y cuándo
a la reconciliación.
Además, la reconciliación no es
una etapa simplemente añadida al final del proceso. Galilea la presenta como un
factor esencial que debiera acompañar al conflicto desde el principio. Aunque
suena utópico, su presencia tampoco debiera limitarse sólo a una aspiración
vaga, sino a encarnarse en formas muy prácticas. La prueba de la presencia de un verdadero compromiso con la
reconciliación se encuentra en el respeto de los antagonistas por los derechos
humanos durante el mismo conflicto.
Si es posible resistir la tentación de ganar a todo costo, entonces el germen
de la reconciliación está ya presente en medio de la lucha. Esto es igualmente aplicable si el conflicto
es político, dirigido contra un gobierno opresivo o una lucha
interpersonal con un individuo que nos
está tratando en forma injusta.
Podemos decir que la
reconciliación es un proceso en que las buenas relaciones entre individuos o
naciones están restauradas. La necesidad de la reconciliación surge de dos
tipos de situaciones:
Primero: donde la enemistad y el odio han surgido entre dos o más
bandos; por ejemplo, entre miembros de una familia o amigos, o entre
comunidades o naciones cercanas.
Segundo: donde uno de los bandos es opresor y el otro es víctima.
(El opresor podría ser un individuo, un grupo, una nación o un grupo de
naciones; lo mismo es aplicable a la
víctima.)
Sin embargo, en la práctica no es
siempre fácil distinguir entre estas dos situaciones. La lucha por liberarse de
la opresión muchas veces lleva tanto a los opresores como a las víctimas a
cometer horribles actos que dejan a ambos lados heridos y llenos de
resentimiento. Cuando la lucha es larga, es posible percibir cierta igualdad de ofensas, donde las injurias
de un lado están en equilibrio con las del otro lado. Pero tal igualdad no es lo mismo que “igualdad de poder” o de “injusticia
fundamental”. El hecho de que las víctimas de la opresión suelan cometer actos
horribles no significa que, entonces, ambos lados sean igualmente culpables por
la injusticia y odio que marcan la relación. Es necesario hacer un análisis racional que se remonte a las raíces
del conflicto. Sólo así se puede discernir si se está en presencia de una
escalada disputa basada en “devolver la misma moneda”, entre dos lados
más o menos iguales, o, al contrario, de un conflicto entre víctima y opresor.
Se hace imprescindible tal análisis porque hay una diferencia notable entre el
tipo de reconciliación necesario en ambos casos.
La reconciliación entre dos
litigantes que son más o menos iguales, requiere la voluntad de ambos lados de perdonar y tender la mano comprensiva
hacia el otro. La reconciliación entre opresor y víctima es más compleja. Sin
duda, requiere el perdón y la comprensión por ambos lados, pero también necesita
un mutuo y claro reconocimiento de que ha habido opresión y desigualdad
fundamental en la relación. En situaciones donde ha existido esta falta de
equilibrio y una seria opresión por parte de un lado, es importante ver que
esta reconciliación no es solamente la resolución de un conflicto. Tiene dos
etapas: el reconocimiento de la injusticia primero, y luego la restauración de
una buena relación entre el que fue víctima y su antiguo opresor.
Es importante recordar que esta
opresión podría haber sido inconsciente, o sólo parcialmente consciente. Por
ejemplo, en el mundo patriarcal en que la gran mayoría de nosotros hemos vivido
y seguimos viviendo, los hombres ( y muchas mujeres) no tenían conciencia de
las muchas maneras en que las mujeres eran oprimidas. Igualmente, gente blanca
que creció en una sociedad totalmente racista, permaneció casi ciega respecto
de las enormes desigualdades a su alrededor. Era más o menos ignorante respecto
del carácter opresivo e injusto de las leyes que reforzaban esas desigualdades.
Hay que tomar en cuenta que, debido a la realidad de una internalización de la opresión, tanto las mujeres como las víctimas
de racismo ignoraban que estaban siendo oprimidas. Eran incapaces de verse como
iguales a aquellos que las tenían sojuzgadas.
Por esta razón, el primer paso
hacia una verdadera reconciliación podría ser, en algunos casos, un aumento de conciencia de parte de las
víctimas de la opresión. Sólo así podrán ver con claridad y nombrar la
injusticia bajo la cual ellas han sufrido. Este aumento de conciencia puede parecer algo perturbador, sobre todo
para aquellos que se beneficiaban de la situación opresiva anterior. Es claro
entonces que participar en la labor de reconciliación es algo complejo y
requiere evitar la toma de una opción fácil. Es decir, la
reconciliación entre opresor y víctima no es auténtica si hay intento de
excusar la opresión, la injusticia y la desigualdad que caracterizaron la
relación en el pasado. Es necesario recordar las palabras del profeta Jeremías
en su condenación de los falsos profetas: Quienes
dicen paz, paz, donde no hay paz. (Jer 6:14).
Es posible mirar la reconciliación
desde tres puntos de vista: el religioso, el psicológico y el político. Esta reflexión
propone dar una mirada sobre cada uno y mostrar cómo ellos están vinculados
entre sí.
La reconciliación es una gracia y
la iniciativa viene, en primer lugar, de Dios. Es Dios quien llama al opresor a
arrepentirse y a la víctima a perdonar, y el proceso puede empezar en
cualquiera de los dos extremos. La autenticidad del perdón es sospechosa si la
injusticia no es nombrada y reconocida, por lo menos, por la víctima. Por lo tanto,
en el trabajo con aquellos que fueron víctimas, es importante evitar paliar o
excusar la maldad hecha. Si nos movemos con demasiada rapidez, la víctima se queda con una ambivalencia espiritual y
psicológica frente al asunto, y el proceso de
sanación no puede progresar.
Es claro que el perdón de la
víctima es favorecido por el reconocimiento de la injusticia por parte del
opresor. Tan importante es este reconocimiento que puede llevar a la víctima y
al opresor a una reconciliación plena. Pero, finalmente, el perdón no depende
del arrepentimiento del opresor; al contrario, muchas veces el perdón de la
víctima es anterior al reconocimiento del opresor. La razón es clara: la
capacidad de perdonar y estar abierto a la reconciliación es una gracia que viene
de Dios.
Pero, ¡ojo!, una cosa es decir que
el perdón de la víctima puede venir antes del arrepentimiento del opresor, y
otra muy diferente creer que la reconciliación puede suceder sin el
reconocimiento de la injusticia involucrada. Es un grave error no distinguir
entre estas dos situaciones. Para
alcanzar una verdadera reconciliación, tanto víctima como opresor tienen que
admitir que sucedió algo malo. Sólo entonces pueden tenderse las manos uno al
otro en completa honestidad y apertura a la reconciliación.
La reconciliación no es la
restauración de la situación que existió antes de la opresión. Es algo
totalmente nuevo. Las víctimas llevarán las cicatrices de su opresión anterior,
pero ahora pueden llegar a ser instrumentos poderosos del poder salvador de
Dios. Los opresores conversos tampoco pueden recuperar su inocencia perdida
pero, junto con las víctimas, serán también instrumentos de Dios. El poder que
surge de la reconciliación es muy diferente del poder de dominar. Es más bien
el poder misterioso que Dios usa para sacar el bien del mal. Este poder es
evidente en la tortura y muerte de Jesús, la prueba primaria de que la sanación
y la esperanza pueden surgir desde la injusticia y la maldad. Por lo tanto, los cristianos dan el título
de poder de la cruz al poder
misterioso presente en tales situaciones. Pero no está limitado a la cruz de
Jesús ni a los cristianos. Todas las personas espiritualmente despiertas,
cristianos o no-cristianos, pueden encontrar en sus vidas instancias similares
de un poder trascendente y reconciliador que saca una nueva y más profunda vida
del sufrimiento y la maldad. De hecho,
estas experiencias podrían ser pruebas de la existencia de Dios, pruebas que
son más efectivas que cualquier argumento racional.
¿Tiene lugar en esta reflexión la
reconciliación con el mismo Dios? Sí. Estar reconciliado con Dios tiene
algunos elementos similares a la
reconciliación con los demás. Involucra la experiencia de arrepentimiento y de
ser perdonado; pero en otros aspectos, esta reconciliación es bastante
diferente. No tenemos peleas con Dios de la misma forma en que peleamos con los
demás, y no podemos imaginarnos
como oprimidos por Dios, y menos
oprimiéndolo a Él. En otras palabras, la reconciliación con Dios no involucra
una mutua renuncia de odio y de lucha que caracteriza la reconciliación entre
los humanos.
Uno de los mensajes principales de
ambos Testamentos es la imposibilidad de estar reconciliado con Dios si no
estamos dispuestos a reconciliarnos con los demás. (Mt 5:23-4;1Juan). El
Evangelio sugiere que la reconciliación con los demás es la única evidencia
convincente de que estamos reconciliados con Dios. Pero es solo Dios quien
permite y nos capacita para reconciliarnos con los demás. La reconciliación con
nuestros hermanos es experimentada como un don de Dios, o sea, pura gracia.
Es evidente que no es posible
reducir la reconciliación a un proceso puramente psicológico, siendo ella un
don gratuito de Dios. Sin embargo, para ser auténtica tiene que incluir alguna
medida de sanación psicológica de las heridas del odio y de la lucha. Este es
el caso sobre todo cuando la reconciliación tiene lugar entre opresores y
víctimas, porque la opresión siempre daña la humanidad, tanto la del opresor
como la de la víctima.
Es un grave error pensar que es
posible tener una reconciliación puramente espiritual que no tome en cuenta
estas heridas psicológicas. También es un error imaginar que puede existir una
reconciliación política efectiva y duradera
sin enfrentar seriamente el dolor, la sospecha y amargura que son la
herencia de la opresión del pasado.
Donde ha habido opresión pública y
extensa, la sanación debiera ocurrir
tanto en el ámbito individual como público. Es muy valioso ayudar a la víctima a clarificarse y llevar el dolor
y la ira a la luz. Tal vez requeriría una terapia psicológica porque suele
suceder que el dolor y la ira son, por lo menos, parcialmente reprimidos y, por
lo tanto, no inmediatamente accesibles para la víctima. Si la opresión tuvo
lugar en la juventud de la persona, será tan profundamente sepultada después,
que no tendrá memoria directa. Mientras los recuerdos permanecen sepultados,
sus efectos son dañinos para el comportamiento de la persona y para su
autoimagen. Es posible que requiera una larga terapia para que los recuerdos
vuelvan a ser conscientes.
Presumimos que normalmente la
terapia o el consejo son necesarios para sanar heridas profundas y, de este
modo, avanzar la sanación. Pero ¿qué hacer cuando sociedades enteras, millones
de personas, han sufrido de las heridas del racismo o por el sexismo y el
patriarcado? En una situación como esta, existe una necesidad urgente de
ejercitar maneras de hacer las técnicas de sanación psicológica en forma lo más
extensa posible.
Los pequeños grupos de apoyo ofrecen oportunidades para llegar a una gama amplia de personas, sobre todo a
los pobres que no tienen acceso a la terapia profesional o les falta el dinero
necesario. La meta de estos grupos es crear un ambiente donde cada persona
pueda contar su propia historia en la forma que más le convenga. De este modo,
puede ponerse en contacto con sus sentimientos de dolor, ira, vulnerabilidad y
temor, sin interrupción y sin necesidad de recibir consejos u opiniones de los
demás. Muchas veces sólo la oportunidad de expresar estas emociones lleva a las personas a una gran libertad
interior.
Sin embargo, será necesario en
muchos casos un trabajo de terapia formal, más profundo. Aquí se necesitan
terapeutas más experimentados, como por ejemplo, en la terapia corporal. Acá la
persona no está limitada a la historia contada en palabras, sino que es animada
a buscar en su cuerpo dónde y de qué manera se han encarnado las heridas y
recuerdos reprimidos del pasado. Ayuda a la persona a ser consciente de las
maneras en que ha internalizado la opresión del pasado. Es un paso importante
para poder arrojar esta opresión y alcanzar una verdadera libertad interior.
El perdón es crucial al proceso de
la reconciliación, y el rechazo o la incapacidad de perdonar crea un obstáculo
para el crecimiento de la persona, su
sanación y la recuperación de su plena humanidad. Sin embargo, es inútil y un
grave error insistir en presionarse uno mismo o a otros a perdonar antes de
tiempo.
Una manera de acercarse a la
reconciliación es crear una situación en que la víctima sea capaz de confrontar
al opresor con lo que ha hecho y con las consecuencias de sus actos. Por
supuesto, los opresores del pasado debieran ser sinceros en su búsqueda de la
reconciliación y estar dispuestos a escuchar las historias de sus víctimas. Al
mismo tiempo, la situación debiera fortalecer la confianza, y la víctima
sentirse totalmente segura para abrirse frente al otro. No es fácil conseguir
el ambiente necesario, y hemos visto
las dificultades aquí en Chile. Sin
embargo, se recibe un apoyo sorpresivo de los rituales que parecen ayudar a
allanar y suavizar el proceso de la reconciliación.
Los rituales dan expresión solemne
y formal a los sentimientos y valores que suelen estar sepultados de manera tan
profunda que resulta imposible expresarlos verbalmente. Ofrecen a la anterior
víctima y al opresor arrepentido una manera de reconocer:
la maldad perpetrada,
el sufrimiento y la ira justa de
la víctima
la experiencia de arrepentimiento
y el deseo de perdón de parte del
opresor,
la voluntad de la víctima de
perdonar y del opresor y la víctima de dejar sus quejas para reconciliarse.
Además, la solemnidad y formalidad
de las rituales ofrecen un ambiente seguro. En el caso de la reconciliación de
cristianos, ambos lados se sienten en presencia de Dios y, por lo tanto, más
abiertos a su acción reconciliadora.
La efectividad de los rituales se
debe a su capacidad de sellar y dar expresión formal y pública a la
reconciliación. Juegan un papel importante en hacer la reconciliación
verdaderamente memorable, es decir, algo que se puede recordar, celebrar y
renovar una y otra vez. Así, su importancia entra en la conciencia de un
pueblo. Puede consistir en un evento especialmente diseñado, algo nuevo que
trae nueva esperanza, o algo tradicional, antiguo y solemne. De los posibles rituales, los mejores
combinarían lo antiguo y lo nuevo,
incorporando en su contexto una fórmula de reconciliación.
La política es más arte que una
ciencia, por lo tanto no podemos esperar reglas fáciles para controlar el modo
de realizar la reconciliación en esta esfera. Pero es posible ofrecer algunas
líneas orientadoras.
Primero, es importante insistir en
que la reconciliación no es una alternativa para la liberación. El deseo de
reconciliación no es auténtico si el opresor propone que la víctima ignore u
olvide las injusticias del pasado para
construir una relación puramente sobre la base de la situación actual. Es
preciso reconocer las injusticias del pasado y comprometerse a deshacerse de sus consecuencias.
Este compromiso asegura que haya
un esfuerzo empeñado en vencer las injusticias estructurales encarnadas en la
sociedad como resultado de las relaciones de desigualdad en el pasado. Por
ejemplo, la brecha enorme entre los ricos y los pobres en Chile requiere que
cualquier reconciliación verdadera incluya un compromiso de trabajar por una
sociedad más equitativa. Pero estos cambios sociales y políticos, y la rapidez
con que se desarrollan, requieren acuerdos negociados. Aquí entramos en la
esfera política.
Es incorrecto tomar la
reconciliación interpersonal como modelo para la reconciliación política. La
reconciliación entre dos individuos puede involucrar una disculpa de parte del
opresor frente a la víctima. Pero en una situación política, tal vez no sea
posible ni necesario. Por supuesto, es posible encontrar un alto nivel de
reconciliación política, capaz de llevar a las personas a cálidas relaciones de
amistad. Sin embargo, existe un nivel relativamente más bajo de reconciliación
que también es genuina. Suele ser lo mejor que se puede esperar, por lo menos
en términos inmediatos. Encontramos gran sabiduría en las palabras de Isaak
Rabin respecto a sus encuentros con Yasser Arafat:
No estamos negociando ni hacemos las paces con nuestros amigos sino con
nuestros enemigos.
Este nivel, relativamente más bajo
de la reconciliación política, demanda un mínimo respeto mutuo y, por lo menos,
un reconocimiento tácito de la opresión en el pasado. La prueba ácida de este
respeto es la voluntad de ambas partes de
acatar los acuerdos que han negociado y las normas generales del proceso
político democrático.
La negociación y la diplomacia son
esenciales para la realización de una reconciliación política genuina. En
circunstancias normales es irreal que la víctima espere una disculpa
incondicional de parte del agresor. Si los representantes políticos de los
opresores anteriores se humillasen completamente y se pusiesen a merced de las víctimas de antaño, serían
repudiados por las mismas personas que ellos pretenden representar. En consecuencia,
serían reemplazados por otros de línea más dura. Vemos cómo, en estas
circunstancias, no tiene sentido buscar una solución que es teóricamente justa,
pero ilusoria en la práctica.
Si tomamos en cuenta las
circunstancias concretas de cualquier situación, la solución correcta será aquella
libremente aceptada por el consenso de ambos lados. Donde ha habido una
herencia de opresión del pasado, debiera existir por lo menos un reconocimiento
tácito de esta maldad y un compromiso de repararla, aunque sea en forma
gradual.
En un diálogo que pretenda llegar
a la reconciliación política, la destreza esencial que se requiere de los
negociadores es la capacidad de encontrar caminos que eviten situaciones donde
la ventaja de un lado significa la pérdida para el otro. La meta sería trabajar
por conseguir acuerdos en que todos ganen. En la vida real es común encontrarse
en situaciones políticas donde es necesario negociar la reconciliación con un
grupo de oposición que no inspira
confianza. La desconfianza surge del convencimiento de que el otro busca
su ventaja particular. A la larga, ningún grupo se beneficia buscando ventajas
inmediatas a costa del otro. Es posible encontrar caminos que permitan a ambos
lados progresar en forma gradual. Pero
sólo sucederá si la confianza mutua crece en forma gradual. La posibilidad real
de este crecimiento depende de la voluntad de ambos lados de resistir la
tentación de lograr una ventaja rápida.
En esta reflexión hemos tratado de
analizar la reconciliación desde diferentes puntos de vista. Pero, por sobre
todo, queremos recalcar, una vez más, que es un ministerio que comparte la
misión de Jesús e interpreta un aspecto muy necesario de la compleja misión de
su Iglesia hoy.
Esta reflexión está basada
en gran parte del libro de Donal Dorr, “Mission in Today’s World” (La misión en
el mundo de hoy), Columba Press, Blackrock, Co. Dublin, Irlanda, 2000, pp.
128-143 (con la debida autorización)