| La parroquia en América Latina II |
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| Sábado, 01 de Abril de 2000 00:00 | |||||||
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En el número anterior del Boletín Pastoral presentamos una síntesis de la primera parte del trabajo realizado por CISOC-Bellarmino por encargo del CELAM, sobre la Parroquia en América Latina. En el presente Boletín se publica la segunda y la última parte de dicha síntesis. ÍNDICE 3. PROPUESTAS PARA UNA PARROQUIA LATINOAMERICANA DE CARA AL TERCER MILENIO 3.1 Dimensión Kerigmática de la parroquia a) La catequesis b) La acción misionera c) La acción profética 3.2 Dimensión litúrgica y espiritual a) Vida espiritual y de oración b) La Eucaristía c) Los sacramentos 3.3 Dimensión solidaria 3.4 Dimensión del ejercicio de la autoridad 3.5 Dimensión comunitaria y organizacional a) Pastoral de conjunto b) Comunidad de comunidades y movimientos c) Estructura y vida orgánica 3. PROPUESTAS PARA UNA PARROQUIA LATINOAMERICANA DE CARA AL TERCER MILENIO Utilizando el mismo esquema de dimensiones de la parroquia utilizado para exponer sus "fortalezas" y "debilidades", en este capítulo se proponen algunas líneas de renovación parroquial. Es importante aclarar, eso sí, que estas proposiciones buscan ser respetuosas de la diversidad, y que por lo tanto, ellas deben entenderse como contribuciones para un discernimiento comunitario que debería realizarse en cada realidad particular. 3.1. Dimensión kerigmática de la parroquia a. La catequesis: La parroquia es un buen medio de evangelización y de catequesis inculturada, y puede serlo aun mejor si se deja renovar según las orientaciones del Vaticano II, la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, las Exhortaciones Apostólicas Tertio Millenio Adveniente y Ecclesia in América de Juan Pablo II y el magisterio latinoamericano. Para ello, toda la institución y estructura parroquial han de estar configuradas al servicio de la evangelización y no al revés. Esto implica que la catequesis sea un proceso ordenado, gradual, progresivo y permanente de educación en la fe, atento no sólo a las edades de los participantes, sino a sus particularidades y circunstancias. Es fundamental la apertura a las características siempre cambiantes del hombre y la sociedad Se debe tener en cuenta que en la nueva cultura urbana hay vastos sectores de personas de las grandes ciudades que están sometidos a una vida cotidiana esforzada, con grandes distancias a recorrer y enfrentados a duros trabajos y presiones. Ellos buscan la religión como goce. No quieren vivir lo religioso como un deber más, ya que el deber está asociado a las horas de trabajo y otras obligaciones de la vida laical. Por otra parte, existe una demanda de realización afectiva, de libertad, de espiritualidad personal, y un rechazo al activismo, al dogmatismo, y a la fría racionalidad doctrinal. Hoy día las verdades se discuten, se deliberan, se cuestiona a las autoridades con sus verdades impuestas. Hay un "ethos" democrático que la parroquia está desafiada a incorporar como parte de ella misma. b. La acción misionera: La parroquia existe para irradiar, para ir al encuentro del otro, para salir de sí misma, para la misión. Sin esta dimensión, la parroquia está destinada al inmovilismo sectario y a morir como institución. La acción misionera se entiende hoy desde el espíritu de la "Gaudium et Spes" del Vaticano II. Una Iglesia y una parroquia que quieren dialogar con el hombre de hoy y con todas las culturas, desde los grandes valores que la humanidad en su conjunto ha ido conquistando, y asumiendo las aspiraciones más universales de todos los hombres sin exclusiones, y buscando siempre la mutua colaboración para solucionar, en comunión y participación, los grandes problemas del mundo entero. Es el servicio al hombre, sobre todo a los pobres. El servicio a su dignidad y a los valores que engrandecen y reconcilian con Dios, con la creación, entre sí y consigo mismos. Una parroquia en diálogo, es capaz de denunciar lo negativo, pero reconociendo también lo positivo, así su crítica no se confunde con mera reticencia a lo nuevo. Una parroquia también capaz de dar testimonio ante el mundo con sus acciones. Que sale del templo, pero que también acoge con rostro materno y misericordioso a quienes sufren o se han alejado. c. La acción profética: La Palabra anuncia y denuncia al mismo tiempo. Ella, por la fuerza de la misericordia de Dios, hace ver el pecado personal y social y toca el espíritu y la voluntad para encaminarlos hacia la dignidad y la reconciliación. Por eso la tarea de la parroquia siempre se evaluará, en definitiva, por su capacidad de convertir a las personas y de cambiar las estructuras y situaciones que las humillan. Para el ejercicio de la acción profética la Iglesia invita a aprender juntos a discernir los signos de los tiempos, práctica cristiana de la primera hora, realizada por el mismo Jesús, que ayuda a descifrar, en los acontecimientos históricos y en las personas, lo que el Espíritu de Dios nos quiere enseñar e invitar a asumir como seguimiento de Cristo en medio de las realidades temporales. Nada fácil es el discernimiento cristiano y duros conflictos ha suscitado en el Continente americano. Pero no existe razón alguna para no seguir descubriendo su riqueza y la urgencia de su aplicación, más aun, a medida que la sociedad se hace más compleja, que la información se multiplica ante nuestros ojos. Así, la práctica de una profunda reflexión personal y comunitaria es algo cada vez más necesario. En ella hay que destacar la importancia de las homilías, aquel momento en que el sacerdote, como ministro de la Palabra, entra en contacto con una gran cantidad de fieles cada semana. Prédicas preparadas, capaces de tocar el corazón de quienes las oyen, representan uno de los caminos por excelencia para promover la reflexión y el discernimiento cristiano. 3.2. Dimensión litúrgica y espiritual a) Vida espiritual y de oración: En la época actual, uno de los aspectos de la vida religiosa que ha sido revalorizado positivamente es el de la "vida espiritual" y la capacidad de "hacer oración". En este sentido la relación íntima con Dios no está mediada tanto por elementos intelectuales o normativos, sino por un carácter más afectivo y simbólico. Las personas buscan experimentar alegría, libertad interior, gratuidad y plenitud de vida, como alternativas a la productividad y el deber. Esto sugiere revisar la orientación de la vida espiritual de muchas parroquias, para dar suficientes oportunidades de que los fieles sean conducidos a encuentros más profundos con su fe. Claramente la parroquia alcanzará un mayor protagonismo en la medida en que sea capaz de absorber y dar buen cauce a la necesidad de los fieles de recibir una educación de la fe, de "aprender a orar". De esta manera, la parroquia acentúa su inspiración espiritual. El gran desafío es que ella sea un centro de espiritualidad, sin abandonar el servicio ni la fraternidad comunitaria. b) La Eucaristía: La Eucaristía como celebración central en la parroquia está llamada a ser una experiencia de verdadero crecimiento espiritual. Para muchas personas la celebración de la Eucaristía dominical es su principal y a veces única forma de participación en la Iglesia. Por lo mismo, es fundamental que exista una preparación cuidadosa de la celebración. La cultura emergente desafía la dimensión estética de nuestras celebraciones. La belleza es un valor apreciado por las personas. A lo ya señalado sobre la inclusión de formas de expresividad, espontaneidad y alegría, es necesario incorporar la belleza en todos los momentos de la celebración de la Eucaristía. Atender a las diversas formas de expresión y compromiso religioso, hacer participar a los miembros de la comunidad en la preparación de la Eucaristía, promoviendo en la catequesis y otras instancias de formación una mejor compresión de la liturgia, y tratando de evitar la monotonía, la repetición y el excesivo alargue de sermones y ritos, se puede avanzar para hacer de la Eucaristía una celebración verdaderamente viva. c) Los sacramentos: La historia de la parroquia Latinoamericana deja ver que por muchos años la dimensión sacramental fue considerada de un modo restrictivo. Con el transcurso del tiempo se ha superado esta concepción reduccionista -a veces mágica- de los sacramentos, lográndose una mayor apertura evangelizadora y catequética. Sin embargo, todavía se puede hacer bastante para que los sacramentos sean una verdadera experiencia religiosa. Ciertamente que para muchos cristianos y no cristianos, la celebración de los sacramentos o la formación catequística pre-sacramental son la puerta de ingreso o de su reencuentro con la Iglesia a través de la parroquia. En muchos casos, la cercanía a los sacramentos hace renacer la vida activa en la fe. En ese sentido, se debe ver en los sacramentos una verdadera oportunidad misionera para la parroquia, para entrar en diálogo con muchos niños, jóvenes, hombres y mujeres de hoy, y para irradiar un testimonio cristiano en ellos. Esto requiere desarrollar una profunda espiritualidad sacramental, sin intentar que desde el extremo de una concepción popular, social o mágica de los sacramentos se pase al otro extremo de la obligatoriedad de instancias agobiantes de formación. Esto supone creatividad y la firme creencia en la acción de la Gracia de Dios. 3.3. Dimensión solidaria La parroquia latinoamericana del próximo siglo está llamada a sostener y fortalecer la dimensión social que ha sido consustancial a su historia. Una parroquia que no se agota hacia adentro, que vive en el amor fraterno, que se declara servidora del hombre de hoy; y que se muestra sensible a su entorno, que presta servicios y se compromete con los problemas, anhelos y sufrimientos de las personas, para ser signo visible del Reino del amor de Dios en medio de los hombres. Esta dimensión solidaria plantea a lo menos tres grandes desafíos: a) hacer de la acogida y la solidaridad un estilo y una actitud de vida al interior de la parroquia, b) ser un lugar de sensibilización social y educación en la fraternidad, y c) realizar obras de misericordia y de promoción humana. En lo que se refiere a un estilo de funcionamiento solidario, es vital lograr que la parroquia sea un espacio donde no se renuncia a crear una cultura cooperativa, que tomando en cuenta el deseo de autonomía de los individuos, es acogedora y próxima, para que las personas sientan el calor humano y salgan de la frialdad anónima, sobre todo, de la gran urbe. Más que nunca en estos tiempos se hace patente la necesidad de que la parroquia sea una experiencia de gratuidad y alegría para quienes participan; del encuentro amoroso con Dios, más allá de la lógica de la eficacia y la productividad. No se trata, de ninguna manera -como a veces se ha supuesto ingenuamente- de despreocuparse de la planificación y del desarrollo eficiente de las actividades, sino de encarar en forma colaborativa las tareas y dificultades, de apoyarse mutuamente y de responder como comunidad a quienes pasan por un mal momento. El segundo desafío es la creación de una cultura evangélica, en que la fraternidad es un mandato que surge de la condición de ser hijos del mismo Dios. Este desafío convierte a la parroquia en un lugar de sensibilización social, donde más allá de un ambiente solidario, se promueva el compromiso social de los creyentes. Esto enlaza la tarea solidaria de la parroquia con la acción profética y también con la catequesis, porque la educación de la fe es también orientación en temas como los derechos y el respeto de la persona humana, y porque el acompañamiento de los fieles implica ayudarlos a abrirse a realidades de miseria que desconocen. La Iglesia, por medio de sus parroquias distribuidas a lo largo y ancho de los países del Continente, ha construido redes de solidaridad. Ella tiene una credibilidad que facilita a los cristianos de mayores recursos solidarizar con los más pobres por su intermedio. Seguir siendo un puente para la solidaridad es una vocación que las parroquias continuarán asumiendo en el próximo tiempo. Esto reafirma también la importancia de establecer caminos de solidaridad entre parroquias. Sabemos que hay diócesis que han logrado implementar, con bastante éxito, procedimientos de redistribución de los ingresos entre las parroquias. Estas iniciativas son una expresión concreta y visible del compromiso con la comunidad eclesial más amplia y de promoción de una cultura cristiana solidaria. En tercer lugar, hay que destacar aquel aspecto más visible y difundido de la tarea solidaria de la parroquia, es decir, la realización de acciones de misericordia y de promoción humana. En este plano, vemos que la parroquia está llamada a mejorar su labor solidaria superando la orientación paternalista, la improvisación y el aislamiento con el que se suelen desarrollar estos programas, para apoyar una liberación evangélica integral, que se orienta a que toda persona sea sujeto de su historia, en igualdad de oportunidades y dignidad. 3.4. Dimensión del ejercicio de la autoridad Tal como se decía a propósito de las "fortalezas" y "debilidades" de la parroquia, vemos que muchas veces el ejercicio de la autoridad en ella, se ve tensionado por el tránsito desde una autoridad tradicional hacia un modelo de comunión y participación. Ante esto, parece conveniente que los párrocos y demás agentes pastorales se abran hacia las experiencias y aprendizajes que provienen de las ciencias sociales y administrativas. Desde allí, constatamos que un buen líder es alguien que es capaz de inspirar a otros, porque conoce el camino, y porque cree en él. Es también un constructor y conductor de equipos, sabe delegar y dejar que otros actúen con autonomía. Motivar a otros supone la capacidad de involucrarlos, de integrarlos en el trabajo, de responsabilizar y acompañar esa responsabilidad. Las parroquias requieren de sacerdotes que sean formadores de laicos con pensamiento crítico e independiente, capaces de pensar por ellos mismos, creativos, innovadores y que se atrevan a contraargumentar, si es preciso, a sus superiores. Un párroco no se debe conformar con tener personas "disponibles" en la parroquia, sino que buscar que ellas sean "corresponsables" con su misión. Una autoridad se hace creíble cuando conoce su trabajo, es competente y puede mostrar resultados. Alguien visible, cercano y que predica con el ejemplo. Capaz de organizar el trabajo en equipo, atendiendo tanto a los desafíos que presenta el difícil manejo de las relaciones interpersonales, como también la productividad y los resultados concretos de la tarea que el equipo haya asumido. Estimulando a que las personas se desarrollen, y den, paulatinamente, lo mejor de sí. En ese sentido, la formación de un verdadero pastor implica su capacitación en el discernimiento de las funciones posibles de asumir por otros, entregando así una cuota de poder y participación en la toma de decisiones. Ahora bien, es interesante constatar cómo todas estas recomendaciones "laicas" son perfectamente aplicables al liderazgo cristiano; se diría que más bien, que éste último las incorpora, agregando otros elementos que enriquecen al liderazgo del ministro ordenado. Estas características surgen de un modelo: Jesús. La Iglesia cuenta con una fuente de sabiduría extraordinaria en la vida de Jesús, que hablaba con autoridad aun sin contar con una autoridad formal, que supo escoger colaboradores y supo delegar en ellos su misión, que recordaba cada cierto tiempo que trabajaba para el Padre y no para sí mismo, que supo ser tierno pero también firme, que se concebía como un "buen pastor" –que conoce a sus ovejas- y no un mero administrador. 3.5. Dimensión comunitaria y organizacional Actualmente las parroquias del Continente tienen que abordar el gran desafío de construir una comunidad abierta, viva, atrayente y funcional. Abierta a trabajar con otros organismos pastorales y comunidades en la construcción del Reino de Dios, enfatizando la corresponsabilidad y el protagonismo laical; atrayente como testimonio de amor, pero también eficaces para la evangelización. En esta línea, algunos de los aspectos importantes a destacar son la pastoral de conjunto, la parroquia como comunidad de comunidades y movimientos, y el tema de las estructuras y la vida orgánica parroquial. a) Pastoral de conjunto: Hay que considerar que la sociedad en general tiende a la globalización y al intercambio, existiendo muchos polos de información, participación y servicios. La parroquia no puede marginarse de este proceso de apertura e integración. No debe visualizarse a sí misma como una comunidad aislada, autosuficiente y exclusiva, sino que se hace cada vez más necesario un trabajo en conjunto con otros organismos eclesiales. El trabajo en conjunto en un decanato, zona, o entre parroquias y colegios, permite la necesaria complementación entre organismos que tienen distintas riquezas y recursos. b) Comunidad de comunidades y movimientos: Es crucial que la Iglesia adopte un modelo sinodal, un modo de organización en el que diversos grupos, comunidades y movimientos caminen juntos, conservando su fisonomía propia. Esto requiere la superación de juicios preconcebidos, y en cambio, actitudes abiertas y pluralistas que valoren los aportes de cada uno y busquen efectivamente el diálogo. Requiere de parroquias dispuestas a "dejar hacer" y a "ayudar a hacer" a las diferentes comunidades que coexisten bajo su techo. En función de estos objetivos, la parroquia debe diversificarse internamente para abrir espacios a distintos grupos y movimientos, y abrirse externamente a los alejados. Requiere también de liderazgos visionarios y de estructuras que permitan que la parroquia no pierda la identidad que le es propia, para que exista una relación de cooperación entre grupos que comparten una misión común. La comunidad parroquial debería ser un verdadero testimonio de amor, donde las personas con diferentes niveles y tipos de participación puedan sentirse acogidas, valoradas y respetadas. Un espacio de cercanía, perdón, reconciliación, esperanza y alegría, como signos de la presencia de Jesús. En ese sentido, la definición de "comunidad de comunidades y movimientos" no agota el funcionamiento de la parroquia. Hoy es preciso contar con templos y oficinas parroquiales abiertas, disponibles para responder a las demandas y mostrar el rostro maternal de la Iglesia. La parroquia debiera ser también un espacio abierto para la reunión, donde pueda expresarse la sociabilidad comunitaria, incluso para actividades que no sean explícitamente religiosas, de modo que en ella tanto practicantes ocasionales como no practicantes puedan sentirse comprendidos y acogidos. c) Estructura y vida orgánica de la parroquia: La concepción comunitaria de la parroquia no debería contraponerse con una visión donde es crucial la efectividad de los equipos de trabajo. Acorde con la búsqueda de efectividad, se pueden formular tres sugerencias principales: a) flexibilidad de las estructuras; b) claridad de funciones y relaciones; y c) participación y corresponsabilidad. La flexibilidad tiene que ver con la adecuación de la estructura parroquial a las condiciones reales de las personas y recursos con que cuenta. Una vez más, hay que decir que no existen modelos únicos y universales de organización; por el contrario, ellas deben adecuar se estructuración y funcionalidad a la realidad de las personas y de los grupos. El segundo criterio a tener en cuenta para el diseño de las estructuras pastorales es la claridad de funciones y relaciones. Se trata, básicamente, de que las personas y grupos que trabajan en la parroquia sepan qué se espera de ellos, cuáles son sus tareas, responsabilidades, dependencias y atribuciones. Muchos de los conflictos interpersonales que aparecen en el trabajo parroquial tienen su origen en la ambigüedad de la asignación de tareas y responsabilidades. Es recomendable que la parroquia elabore un plan o proyecto que permita una adecuada organización al servicio de la evangelización, y ayude a compartir objetivos comunes, visiones y metas. Muchas veces, se crean estructuras, cargos, se realizan jornadas o se programan reuniones sin que esto se desprenda de una planificación que les dé sentido. Esta planificación debe contener objetivos concretos, acotados, y alcanzables, que por supuesto no agotan la gran misión evangelizadora, pero permiten evaluar avances y desempeños, lo que es muy importante en la motivación de los equipos. La posibilidad de realizar evaluaciones del trabajo pastoral, es un aspecto de enorme relevancia. En cuanto al tercer criterio, de participación y corresponsabilidad, se puede sostener como norma general, que la mayor participación incrementa la efectividad del trabajo parroquial y favorece el involucramiento y el sentido de corresponsabilidad de los laicos. Ayudar a asumir responsabilidades es un proceso educativo que debiera ser estimulado en las parroquias, convencidos de que, como todo proceso de aprendizaje, requiere de paciencia y persistencia. Por último, no se puede eludir la importancia de la corresponsabilidad en lo que se refiere al financiamiento y la administración económica de la parroquia, la que debe integrar la contribución económica en el marco de una eclesiología que impulse la participación activa y responsable de los laicos en la Iglesia. En el buen sentido de la palabra, se trata de que se "apropien" de la parroquia y, por lo mismo, se sepan responsables de ella y cooperadores en la continuación del trabajo redentor de Jesucristo. Ello exige como contraparte, en el administrador, competencia y transparencia. En síntesis, en materia de estructura y organicidad, la parroquia evangelizadora y misionera debería aprender a trabajar en equipo y fortalecer la participación y la corresponsabilidad laical en los diferentes ámbitos de la vida parroquial. Es un mandato de los tiempos y una exigencia de coherencia con una Iglesia que asume, de verdad, la eclesiología de comunión y participación.
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