La Iglesia en una cultura en transición Imprimir
Lunes, 01 de Mayo de 2000 00:00
El ensayo que sigue es una presentación del sociólogo de la Religión, Dr. Craig Dykstra, vicepresidente del área religiosa de la Lilly Endowment Inc., EE.UU. Como experto, fue invitado a exponer su posición sobre el futuro de la Iglesia Católica en el país del norte. Su análisis nos ofrece una percepción aguda de los efectos de la cultura moderna sobre la Iglesia Católica y sus miembros. Aunque algunos elementos del contexto católico estadounidense son diferentes del chileno, las palabras del Dr. Dykstra nos dan luces respecto a situaciones similares. Por ejemplo, ante los esfuerzos de nuestra Iglesia para inculturarse en el mundo moderno con el fin de entregar el mensaje de Jesucristo en forma entendible. De igual manera, la sociedad posmoderna tiende a manifestarse a través de los varios contextos culturales. Por ello, las palabras de este sociólogo nos pueden servir para comparar y reflexionar sobre el futuro de la pastoral aquí en Chile, en este nuevo milenio.

 

 

ÍNDICE

La búsqueda espiritual: la expresión religiosa de hoy

Hambre de la espiritualidad y rechazo de la religión formal

Búsqueda de identidad-Búsqueda de Dios

¿Qué pasa con las instituciones?

Los cambios institucionales

¿Cómo será el futuro?

La búsqueda espiritual: la expresión religiosa de hoy

Lo que pretendo es ofrecer una percepción del futuro de la religión en los Estados Unidos, basada en las investigaciones financiadas por la Fundación Lilly. Quiero mirar las corrientes generales de la cultura más amplia y ver cómo ellas están plasmando el carácter de la expresión religiosa en nuestros tiempos, con especial énfasis en la Iglesia Católica. En mi opinión, existen fuerzas poderosas que van cambiando la naturaleza de la expresión religiosa en forma callada, pero significativa.

Un buen lugar para iniciar nuestro análisis sería el fenómeno universal de la búsqueda espiritual dentro de la sociedad norteamericana. Sobre todo, entre la generación de la posguerra, es decir, de las personas que nacieron alrededor de 1945 y la generación que sigue después, la llamada Generación X. Creo que la forma de su búsqueda espiritual está ya replasmando la expresión religiosa norteamericana. No es solamente un asunto personal sino también institucional porque está dando, a la vez, de manera significativa, una nueva forma a nuestras organizaciones que tendrá consecuencias para el futuro. Por lo tanto, quiero examinar esta búsqueda espiritual en sus raíces culturales y luego hablar sobre algunas consecuencias para las iglesias y, en particular, para la Iglesia Católica.

Quiero iniciar esta presentación con unas palabras sobre el libro El Espíritu en el Trabajo: Descubriendo la Espiritualidad en el Liderazgo. La introducción habla de consecuencias para nuestra búsqueda de una comunidad espiritual. Publicado en 1994, el libro ilustra bien el tipo de búsqueda de que hablo y nos hace posible entrever algo de esta búsqueda y el tipo de persona involucrada. El autor, Jay Conger, afirma que está buscando la espiritualidad en su lugar de trabajo por la sencilla razón de que no ha podido encontrarla en ninguna otra parte. Pasa la mayor parte de su tiempo en el trabajo y se siente forzado a buscar la espiritualidad allí debido a la decadencia de otras comunidades que en el pasado nos servían para el desarrollo personal y para relacionarnos con los demás. El impacto de las iglesias que nos servían en el pasado como lugares importantes de interrelación, ha disminuido seriamente en la medida en que sus rituales y tradiciones se han alejado de la vida diaria de sus miembros. La comunidad cívica que en el pasado fomentaba nuestras necesidades de contribuir al bienestar social, ha caído víctima del cinismo y apatía y de la vida atareada de la mayoría de sus miembros. En unas pocas décadas, la capacidad de estas comunidades para proveer lazos satisfactorios con otros y con el bienestar más amplio, disminuyó en forma dramática.

Sin embargo, no han disminuido nuestras nostalgias por la espiritualidad y comunidad, pero han sido descuidadas. Este descuido, a su vez, está fomentando entre la gente un hambre creciente. El autor del libro dice que han pasado varios años en la búsqueda de algún lugar, alguna comunidad, algún grupo con el cual podría comprometerse y en el cual podría pasar un tiempo significativo. Añora un lugar acogedor, benévolo, humano, que ofrezca comunidad y un sentido de propósito más alto. Pero también algo más. Busca una manera profundamente personal de relacionarse con todo eso, un modo que alcance sus emociones, su modo de pensar, su propio carácter.

El autor nos dice que buscaba experiencias personales pero de algo más grande que él mismo; que su vida espiritual había estado vacía durante demasiado tiempo. Creció dentro de una Iglesia, tal vez la Católica, pero para él los ritos siempre tenían un significado muy limitado, acciones sin emociones, y le faltaba algo. Su vida profesional como arqueólogo lo llevó a Turquía donde tuvo una experiencia fuerte y maravillosa, más allá de sí mismo, que le dio una gran serenidad frente a su propia mortalidad. Ahora quiere revivir estos momentos, quiere experimentar en forma diaria lo que es sentirse una persona pequeña y particular pero relacionada con la realidad cósmica. Este tipo de experiencia que significa tanto para él, nunca fue parte de su vida como miembro de la Iglesia. Ahora piensa cómo sería el mundo si él pudiera tener esta experiencia con más frecuencia.

Hambre de la espiritualidad y rechazo de la religión formal

¿Por qué esta hambre de espiritualidad y el sentido de reverencia y misterio relacionado con algo trascendente? Y, por otro lado, ¿por qué el rechazo de la Iglesia como lugar apropiado para hacer el viaje, es decir, para la búsqueda de la esencia de aquel misterio?

El mismo autor que comentamos nos dice que, históricamente, la religión ha estado asociada a sentimientos relacionados con lo trascendente por el hecho de fomentar experiencias espirituales en nosotros. Por ejemplo: la grandeza de un catedral, la experiencia de una oración o la letra de un himno que nos conmueve. La religión formal puede fomentar las experiencias espirituales. Incluso, puede definir nuestro sentimiento. Sin embargo, la espiritualidad y la religión no apuntan necesariamente a lo mismo.

Nuestras investigaciones empíricas demuestran que para la mayoría de los que nacieron después de la segunda guerra mundial y más jóvenes aun, el término religioso tiene una connotación casi totalmente institucional. Para ellos significa practicar rituales, adherir a doctrinas y participar en celebraciones litúrgicas pero de una manera externa a su propia vida. Algo que viene de afuera y no de adentro y que ni siquiera toca el interior de la persona.

El autor comentado nos lleva a pensar que tal vez estemos en una de esas coyunturas de la historia de Occidente, en que religión y espiritualidad se van desenganchando. Afirma que en la medida en que los aderezos institucionales y la doctrina de una religión se alejan de las necesidades diarias de sus seguidores, habrá más probabilidad de un cisma. En este caso, la gente rechaza sus instituciones religiosas como fuente de sustento espiritual y empieza a buscar otras fuentes dentro de sí misma o en nuevas comunidades. Esta parece ser una de las tendencias cruciales que se observan dentro de nuestra sociedad.

Junto con una significativa hambre de experiencia espiritual, existe una profunda sospecha de que las instituciones religiosas no son precisamente los lugares donde esta hambre será satisfecha. ¿Por qué esto es así? Creo que debajo de este desenganche universal hay factores sociales poderosos que se tienen que tomar en cuenta.

Ahora, miremos otra vez en forma más detenida la búsqueda de la espiritualidad mencionada por el autor del libro citado. Primero, él siente que para tener una espiritualidad es necesario buscar. Ella no es dada. Hay que buscarla y encontrarla. Hay que aventurarse y encontrarla por sí mismo. Segundo, ¿qué es lo que se está buscando? Creo sinceramente que la búsqueda es de uno mismo.

Búsqueda de identidad - búsqueda de Dios

El tema de esta presentación es la identidad religiosa católica y es precisamente la "identidad" la que nos indica el asunto crucial. Por supuesto la búsqueda, sobre todo de las personas de cuarenta a cincuenta años, está dirigida a la experiencia de lo trascendente. Pero es una búsqueda muy particular: uno busca verse reflejado en los ojos de lo trascendente, en el mismo cosmos. Podemos decir que sólo por accidente es una búsqueda de Dios. Primordialmente es una búsqueda de uno mismo, la búsqueda de un "yo" estable, pleno y sostenible.

¿Por qué este fenómeno de que tantas personas en nuestra cultura se buscan a sí mismas? En la mayoría de las culturas y en gran parte de las personas en la cultura de los EE.UU., a través de su historia, la esencia de la identidad - de lo que uno es como ser humano- ha venido en forma natural. Nos viene con el nacimiento y la niñez. Las culturas tienen modos de enlazar los pasos de la niñez a la adolescencia y luego a la madurez. A través de estos rituales de transición, las culturas les indican a las personas quiénes son y dónde se ubican en el cosmos. Este es un mundo de lazos de parentescos relativamente íntimos. Es un mundo de sólidos rituales que se comparten y que se perciben simplemente como "verdades" y no solamente como símbolos.

En este tipo de cultura el asunto de lo significativo no llega a ser la pregunta crucial. En realidad, no es una pregunta. Existe solamente el hecho de vivir la verdad de una cultura coherente y una comprensión coherente de uno mismo. Este hecho trae consigo códigos morales compartidos, percepciones compartidas de la excelencia, todo envuelto en un sistema o red que ayuda a definir la sociedad y la cultura en su totalidad. Envuelto en este contexto, el yo es recibido más que elegido. No hay necesidad de buscar la identidad, uno la recibe por el hecho de vivir en la comunidad. No existe la sensación de estar perdido en el cosmos; al contrario, el cosmos es el hogar natural de uno.

En el mundo moderno no hay una forma pura de este tipo de coherencia social-religiosa. Parte de lo que significa vivir en el mundo moderno viene del hecho de que se ha derrumbado el coherente cosmos social-religioso en el cual la identidad fuera transmitida de generación en generación de manera natural y automática. Esto es precisamente la definición de la modernidad.

Pero, de hecho, ha habido situaciones funcionales similares y han existido fuertes ejemplos de aquéllas, sobre todo en el catolicismo norteamericano. Existen hoy lugares donde el contexto religioso, con prácticas claras respecto a la manera de hacer las cosas, se entremezcla con las identidades étnicas y de clase reforzadas por parentesco y patrones estables de residencia. Puesto en lenguaje más simple que la jerga sociológica: si Ud. es un católico irlandés y su familia ha vivido en el mismo vecindario por tres generaciones, Ud. sabe cuándo hay que ponerse de pie y cuándo sentarse; sabe lo que hay que decir y cómo decirlo. Conoce los gestos requeridos para ser católico. Su identidad se lo da el hecho de encajar desde chico en los patrones culturales.

Pero el mundo moderno, sobre todo el mundo contemporáneo de mediados del siglo XX, ha sido marcado por lo opuesto a todo lo anterior. No existen patrones estables de residencia o comunidades íntimas de vida compartida. Vivimos en un mundo de alta movilidad. Virtualmente, todo el mundo se muda de casa y nos alejamos de nuestras familias extensas. Vivimos con diferentes tipos de personas, no con la gente con que crecimos.

Vivimos en un ambiente social de códigos morales contradictorios. Un ambiente en que estos códigos no se reciben sino que se constituyen a través de un proceso de desafío y discusión acalorada. Es especialmente así respecto a uno de los códigos sociales más fundamentales de cualquier sociedad, la sexualidad. Preguntas sobre el control de la natalidad y el aborto son absolutamente cruciales para los católicos.

Todos estos temas son fuertemente debatidos en la sociedad norteamericana y el papel de la Iglesia en relación con ellos es de ser un participante más en la discusión y no el centro desde donde se espera recibir las respuestas. ¿Qué quiere decir esto para la identidad? Significa que ahora hay que elegir la identidad. En este tipo de ambiente, persona por persona, todos nosotros tenemos que elegir y aun construir nuestras identidades, y no esperar que nuestro entorno social nos la entregue como algo hecho. La espiritualidad viene a ser, entonces, una construcción personal. La persona tiene que buscar un lugar donde se pueda encontrar una espiritualidad que sea personalmente significativa, dadas sus circunstancias particulares.

¿Qué pasa con las instituciones?

Bajo estas circunstancias ¿qué pasa con las instituciones? La Iglesia termina siendo no tanto el lugar donde se encuentra un mundo social coherente, donde las personas pueden crecer en términos de su inserción, sino un lugar para construir. Creamos nuestras liturgias, nuestros ritos de transición, nuevas maneras de ser parroquia. Aun más, la Iglesia puede llegar a ser no tanto un lugar donde una manera de vivir es transmitida de una generación a otra, sino el espacio donde uno puede expresar lo que ha descubierto en la propia búsqueda espiritual. Un lugar donde uno puede expresarse y no sólo participar sin gran conflicto en lo que ha sido transmitido a través de los tiempos. Tradiciones, creencias, doctrinas, códigos, etc., llegan a ser posibilidades para considerar y no verdades que hay que aceptar. Lo central de todo esto es que en la expresión religiosa, la espiritualidad, se basa en la autonomía personal y no en un estilo de vida colectivo o atribuido.

El uso de la jerga sociológica causa, a veces, más confusión que claridad. Las investigaciones financiadas por la Fundación Lilly demuestran que la enorme transición que empezó a mediados del siglo XX consiste precisamente en un cambio profundo en la expresión religiosa, que anteriormente fue sostenida por un mundo social compartido (colectivo) y por una fe atribuida a la expresión individual. Ahora se basa en un mundo y una fe creados por el individuo desde sus experiencias eclécticas, en una amplia diversidad de contextos sociales, y que luego expresa en algún contexto de comunidad.

¿Qué significa esto? Significa que la necesidad de elegir es ahora la característica primordial de nuestras vidas. Es obvio en muchas áreas de la existencia. Elegimos lo que queremos consumir. La carrera o vocación que queremos seguir. Elegimos con quién vivir y dónde. Existen elecciones y alternativas por doquier. Nos volvemos, sobre todo, en gente que escoge. Nuestra identidad llega a ser precisamente esto: electores -expresado muchas veces en términos de consumo- pero, fundamentalmente, electores.

En este mundo moderno, si consideramos nuestra identidad en relación con la religión, podemos elegir una entre todas las religiones o elegir no tener ninguna. Digamos que somos católicos de cuna; sin embargo, aun dentro de nuestro catolicismo, podemos elegir estar a favor o en contra de ciertos elementos de esta tradición. Muchos católicos se muestran optando- por ejemplo- continuamente en contra de la posición de la Iglesia sobre el control de la natalidad. Uno elige a favor o en contra de ciertos elementos y los pone en un conjunto de acuerdo con su propio parecer o con el del grupo al cual pertenece. Se puede elegir esta parroquia o aquella otra; creer una cosa pero no otra. Se puede elegir participar en una parte de la liturgia y ausentarse de otra, apoyar una parte del proyecto y rechazar otra. El sentido de obligación que antes nos urgió a aceptar y apoyar en forma integral lo dicho y lo hecho por la Iglesia, empieza a evaporarse en este tipo de ambiente social.

Este proceso ha estado en marcha durante la mayor parte del siglo XX pero se aceleró en las décadas del '60 y '70 con la revolución sexual. Durante este período hubo un aumento tanto en el fuerte entendimiento anti-institucional de la moralidad, como en la movilidad de la clase media y la disolución de la identidad y los grupos étnicos en dicha clase. Todo esto afecta más profundamente a la Iglesia Católica que a otras.

Los protestantes, en cambio, han sido siempre individualistas. Para ellos la autonomía ha sido parte de lo que significa ser cristiano. La conciencia individual es parte de la doctrina calvinista. Desde este punto de vista, los protestantes crearon una cultura del mercado y también la sociedad democrática norteamericana. En la medida en que los católicos lleguen a ser parte de la mayor corriente de la vida cultural, social y económica de los EE.UU., dejando de lado su pasado inmigrante y sus identidades étnicas, veremos derrumbarse los mismos elementos que en el pasado mantuvieron este tipo de catolicismo. Entonces, el individualismo que ha sido siempre parte del protestantismo, lo será también del catolicismo. El resultado será una Iglesia muy diferente.

Ahora, quiero ofrecer algunas consecuencias institucionales de este fenómeno.

Los cambios institucionales

Primero: El lugar o sede de la autoridad cambia. Los individuos y los pequeños grupos llegan a ser el asiento de autoridad, en vez de la tradición religiosa o de sus intérpretes autorizados. Este es un cambio absolutamente radical para el catolicismo. Se desafía culturalmente la autoridad del sacerdocio y de la jerarquía a cada nivel, lo cual cambia el papel del sacerdote u obispo, haciéndolo diferente de lo que fue en el pasado. Ello significa diferentes modos de relacionarse entre las personas en la Iglesia, diferentes nociones de la disciplina, de la obligación, de la obediencia, etc. No es tanto un desafío a estos elementos sino más bien que ellos dejan de ser inteligibles como antes. No quiere decir que las nuevas generaciones sean muy desobedientes. Lo que pasa es que no entienden el significado de la obediencia en este nuevo contexto social.

¿En qué consiste la disciplina? La disciplina, sobre todo la externa que ha sido transmitida de una generación a otra, deja de ser funcional en este tipo de sociedad. Esto viene acompañado por la disminución de la automática lealtad institucional, sea a la Iglesia universal o a la parroquia local. Se manifiesta en la participación irregular en el culto, en un liderazgo de corta duración y/o laical. Hablamos mucho de la falta de vocaciones religiosas. Bueno, el liderazgo laical está reemplazando, en gran número, al que se basaba en las vocaciones permanentes. Todo este proceso tiene sentido para la gente a la luz del mismo cambio del contexto cultural, el cual sostiene e ilumina todo.

Segundo: Hay una exaltación del profesionalismo. Las personas se hacen expertas en su propio trabajo y esperan el mismo profesionalismo de parte de la Iglesia en sus asuntos, a todo nivel. Esta pericia es compartida; no está ubicada en una fuente única de autoridad.

Tercero: Cambios en la manera de dar dinero a la Iglesia. El dinero no se da ahora por un sentido de obligación sino para comprar los bienes y servicios necesarios. De esta manera, si la Iglesia puede producir los bienes y servicios que la persona quiere en su búsqueda espiritual y si aquellos encajan con la identidad que la persona está construyendo, entonces pagará por los servicios. Si no es así, la persona no pagará. La gente no apoya a las instituciones por amor al arte o por lealtad. Las lealtades se basan en la satisfacción personal. Es necesario mover a la gente a contribuir por razones que sintonizan con los valores y aun los gustos del dador, y no por un sentido de obligación o disciplina.

Cuando las personas dan, insistirán en la responsabilidad de parte de los que reciben su dinero. Quieren ver el impacto, la efectividad de su plata. Insistirán en ver la evidencia de este impacto y querrán tener algún control y participación en la toma de decisiones.

Cuarto : Otro elemento que suele acompañar esta situación es un aumento de politización entre los cuerpos eclesiales. Con la apariencia del deseo de controlar, de la participación en la toma de decisiones y la pérdida del sentido de códigos morales compartidos, surge el poder dentro de varias agrupaciones en el seno de la Iglesia, porque la única autoridad deja de ser la autoridad jerárquica de antes. Ahora la autoridad es más bien el poder persuasivo, el poder de conseguir lo que se quiere. Es decir, el poder de convencer a un grupo de tamaño significativo y poderoso de elegir lo que una agrupación quiere. Así se pierden las motivaciones comunitarias anteriormente compartidas por casi todos.

Quinto: Uno de los elementos más positivos que surge de este ethos cultural y sus implicaciones institucionales tiene que ver con la espiritualidad y la expresión religiosa (religiosidad) que se está reformulando en relación con una cultura más amplia. Esta reformulación sondea las raíces de la sabiduría y el entendimiento de la tradición, modificando así al mundo religioso, haciéndolo encajar más cómodamente en un mundo cultural cambiante, ser más sensible a este mundo, haciéndolo funcionar como un actor más constructivo en su futuro.

Pero la otra posibilidad es que la espiritualidad exprese sólo lo que queremos como individuos. Si la persona tiene algún lazo con la religión, su espiritualidad simplemente bautizará lo que ya piensa y pondrá un barniz religioso encima de la identidad elegida, sin asumir en forma seria los recursos de la tradición. Como resultado, la expresión religiosa, la vida espiritual, tendrá unos 500 km de anchura y sólo unos centímetros de profundidad. Es decir, será demasiado inclusiva y demasiado poco profunda, o sea, superficial.

En un estudio sobre la relación entre las creencias religiosas y las prácticas financieras, los investigadores encontraron que, básicamente, se usa la religión para justificar las prácticas financieras que la gente ya tiene. La religión no cambia nada y no ayuda a la gente a actuar o pensar en forma diferente de lo que haría si no la tuviera. En este caso, la búsqueda está dirigida realmente por el ethos cultural más bien que por la tradición religiosa o por la herencia.

Así veo el gran cambio crucial y fundamental en proceso en nuestra cultura. El cambio va de una comunidad edificada sobre un ethos religioso, a otra edificada por individuos más o menos autónomos y aislados.

¿Cómo será el futuro?

Frente a esta realidad ¿qué posibilidades hay para el futuro? ¿A dónde vamos? Bueno, una posibilidad es que la autonomía termine sencillamente en un secularismo aislado o en una expresión religiosa muy superficial que provea cierto barniz pero que finalmente se agote. Se llegaría a una sociedad cada vez más secular en la que la autonomía institucional estaría continuamente inventándose.

¿Será así el futuro? Francamente, no creo. ¿Por qué? Porque los seres humanos son profundamente religiosos. Este tipo de autonomía es, al final, insostenible. Cae muchas veces, por su propio peso, en el autoritarismo. El resultado sería de mucha violencia, grupos de personas rígidas e incapaces de reflexionar y todo eso porque es muy difícil vivir como seres humanos autónomos y aislados. Sería necesario encontrar algún grupo o núcleo al cual pertenecer. Necesitamos encontrar un hogar, crear un orden. Cuando necesitamos encontrar el modo de dar sentido a la vida, muchas veces, en la desesperación, lo hacemos juntándonos con grupos y expresiones religiosas rígidos y reaccionarios. Pero esto tampoco nos alimentará.

La otra posibilidad que podemos considerar, en forma lógica, es la de volver a una vida cultural y social más homogénea. Estamos hablando de grupos limitados, culturalmente uniformados, donde no nos alejamos de nuestros padres y permanecemos dentro del sector pequeño. De hecho, existen tales grupos; sin embargo, vivimos en una cultura donde el grupo homogéneo es insostenible y casi imposible. Los cambios tecnológicos del siglo XX nos permiten comunicarnos con demasiada gente y viajar con facilidad a través del mundo, haciendo difícil vivir en pequeños grupos aislados unos de otros.

Parece entonces que la tercera posibilidad que nos queda es la única viable. Es decir, algún tipo de revivificación cristiana en medio de la diversidad creciente. Hay necesidad de reedificar lo religioso en nuevas formas y contextos a través de una recuperación de la profunda sabiduría de la fe apostólica cristiana. La autonomía tiene sus límites. La comunidad que necesitamos edificar no puede constituirse sólo con gente como nosotros, sino que debiera ser -como los Evangelios nos dicen - una comunidad que refleja la diversidad, donde los extranjeros y aun los enemigos puedan compartir y sentirse aceptados y queridos. Sabemos que no podemos crear identidad y comunidad de unos fragmentos culturales que vamos juntando y que se deshacen una y otra vez. Necesitamos respuestas a preguntas como: ¿Qué es lo que hace que la vida valga la pena vivirla? ¿Por qué les pasan cosas terribles a los inocentes? ¿Dónde se encuentran las fuentes de alegría y gracia? ¿Qué nos hará menos temerosos frente a nosotros mismos y a los demás? Todas las personas, sean como sean, buscan respuestas a preguntas como éstas y esperan una sabiduría más profunda que la que le ofrece nuestra cultura.

Creo que hemos pasado por todo esto antes. Las grandes manifestaciones de expresión religiosa vital han surgido históricamente en tiempos como el nuestro, cuando el tejido cultural que ofrecía una manera de ser cristiano se derrumbó. Una y otra vez fue necesario extraer desde la profundidad de los recursos tradicionales, los materiales necesarios para reconstruir la forma de ser cristiano y la manera de ser católico en una nueva situación social cultural. Esta es la tarea que nos queda, una tarea que, ciertamente, requiere enormes energías e inteligencia, pero que nos urge a todos.

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