La Comunidad Parroquial, el Misterio de la Muerte y un Servicio de Esperanza Imprimir
Sábado, 01 de Julio de 2000 00:00
En el Boletín del mes pasado reflexionamos sobre la liturgia funeraria y la necesidad de aprovechar el tiempo de la muerte y el duelo como un momento de gracia en la vida de nuestros fieles. Este mes queremos seguir con el tema desde la perspectiva de las obras de misericordia y su dimensión comunitaria. Hoy, en Chile, nuestras costumbres culturales frente a la muerte están todavía, en general, penetradas por valores cristianos pero ¿por cuánto tiempo resistirán la presión de la modernidad? Los antropólogos nos recuerdan que la manera como una sociedad entierra a sus muertos es uno de los indicadores más notables de sus valores culturales. Queremos reflexionar sobre esta dimensión de nuestra fe y la necesidad de llamar a la comunidad cristiana a dar testimonio de su esperanza aun en medio del dolor y la muerte. Sabemos que son estos los momentos cuando las puertas del corazón se abren de par en par al misterio de la inevitabilidad de la muerte. Son momentos de gracia que debieran ser aprovechados por la pastoral y no sólo por el sacerdote o el diácono, sino también por la comunidad parroquial entera que así extiende sus brazos para sanar las heridas producidas por la sombra de la muerte.

 

 

Esperamos que esta reflexión sea de utilidad para las comunidades de su parroquia.

ÍNDICE

Pastoral de Esperanza

El Misterio de la Muerte

La comunidad cristiana, encarnada en la parroquia local, tiene la gran responsabilidad de incorporar a su estilo de vida las obras corporales de misericordia. Recordamos que el mismo Jesús habla con mucha claridad sobre el Juicio Final en el Evangelio de San Mateo (25:31-46). Sus palabras fueron dirigidas a sus discípulos, la primera pequeña comunidad, y a través de ellos, a nosotros. En esta parábola sencilla Jesús nos explica el contexto y la base sobre las cuales seremos juzgados, las ovejas separadas de los machos cabríos.

Entonces el Rey dirá a los que están a la derecha:

¡Vengan los bendecidos de mi Padre! Tomen posesión del reino que ha sido preparado para Uds. desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y Uds. me alimentaron; tuve sed y Uds. me dieron a beber. Pasé como forastero y Uds. me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estaba enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver.

A esta lista la Iglesia añadió el sepultar a los muertos en memoria de estos amigos de Jesús, aquella primera comunidad que, en medio de su gran dolor, se arriesgaron para sepultar el cuerpo del Maestro después de su muerte en la cruz. Si reflexionamos sobre las palabras de Jesús que han sido incorporadas en lo que llamamos las obras corporales de la misericordia, no podemos negar que su esencia es netamente comunitaria. La comunidad entera y cada individuo serán juzgados finalmente por el cumplimiento de estos gestos profundamente humanos que han construido lo mejor de nuestra civilización. Veremos que amamos o despreciamos a Dios mismo en la persona de nuestro prójimo.

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Actividades que por esencia pertenecen... a la comunidad entera, serán devueltas a ella gracias a la fuerza de las circunstancias.

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Este modo de entender las obras corporales de misericordia nos desafía a acercarnos a ellas con otra mentalidad, en particular en este caso, a la necesidad de sepultar a los muertos. ¿Quién está llamado a sepultar a los muertos? De la comunidad parroquial ¿es solamente el sacerdote el que tiene la responsabilidad de ir al velorio, celebrar la Misa y acompañar a la familia al cementerio? En la mayoría de las parroquias esta ha sido y sigue siendo la costumbre. De hecho, los fieles así lo esperan a pesar de la falta de tiempo que la mayoría de los sacerdotes experimenta. En las consultas pastorales con párrocos y vicarios parroquiales de la Arquidiócesis de Santiago, CISOC-Bellarmino a lo largo de su trabajo de asesoría ha reunido datos indiscutibles. Un alto porcentaje de los sacerdotes de parroquia (entre 40 y 50%) quisiera delegar diversas actividades pastorales en los laicos, entre ellas, los funerales y, por supuesto, los velorios. Los párrocos prefieren tener más tiempo para labores de consejería, oración personal, visitas a sus colaboradores y a personas necesitadas. Su deseo de delimitar su rol parroquial surge de un exceso de trabajo que responde a las expectativas de los fieles. Expectativas que terminan siendo una carga abrumadora frente al número cada vez más bajo de sacerdotes dedicados a la labor pastoral. Como resultado del impasse, ellos quisieran compartir una serie de actividades que, a través de mucho tiempo y por razones históricas, llegaron a ser incorporadas al rol sacerdotal. Así, actividades que por esencia pertenecen más bien a la comunidad entera, serán devueltas a ella gracias a la fuerza de las circunstancias.

Más de treinta años después del Concilio Vaticano II, hay factores que operan en nuestro contexto histórico-cultural - o sea en la realidad en que vivimos hoy como católicos - y que se comparten, en distintos grados, a través del mundo entero. Entre ellos queremos destacar de nuevo el número cada vez más bajo de sacerdotes debido a las pocas vocaciones religiosas. Esta escasez ha hecho cada vez más difícil la labor sacerdotal en las parroquias, sobre todo en parroquias urbanas. Otro factor de nuestro contexto histórico-cultural es la importancia del rol del laico, que encuentra su origen en el Concilio Vaticano y que sigue creciendo a pasos agigantados. Estos dos factores marcarán profundamente la forma de la pastoral del tercer milenio. En conjunto, cambiarán la faz de la pastoral y, sin querer, nos devolverán a un contexto pastoral menos clerical y más comunitario.

Pastoral de Esperanza

Una vez que aceptemos el cambio, se modificará también el modo de solicitar la ayuda de los fieles. En medio de los innumerables quehaceres parroquiales, el párroco se siente más urgido, tal vez, por la necesidad perpetua de formar a sus fieles. A veces se olvida de que una manera muy simple de ayudar a los cristianos a crecer en su fe es ofrecerles la ocasión de vivirla en forma práctica. Sabemos que la vida cristiana está muy vinculada con la muerte y la resurrección. El esfuerzo de aligerar nuestro apego por la vida para llegar a una nueva vida es un proceso que ocupa el núcleo de todos los ministerios pastorales. Cuando experimentamos la muerte física de un ser querido o de alguien cercano a nosotros, el núcleo de nuestro ser y de nuestra fe parece sufrir un impacto. Son momentos de gracia y mayor apertura a Dios y, por lo tanto, son oportunidades pastorales únicas. ¿En qué consistiría una pastoral de consuelo o de Esperanza frente a la muerte?

Escuchamos la experiencia de una parroquia donde iniciaron esta pastoral. La comunidad empezó con pasos pequeños, tentativos, que obedecieron más bien a la necesidad de buscar reemplazantes cuando el número de los velorios hacía imposible la presencia personal de los sacerdotes. Fue necesario buscar ayuda en los feligreses para poder cumplir el rol tradicionalmente asignado a ellos. Así empezó, pero después de varios meses los sacerdotes se dieron cuenta de que la razón que esgrimían para pedir ayuda no era la correcta. En realidad, los feligreses necesitaban ser llamados para asumir su propia responsabilidad de hacer las obras de misericordia .

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Se cambiará la faz de la pastoral y, sin querer, nos devolverán a un contexto pastoral menos clerical y más comunitario.

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Una vez conscientes del cambio en la manera de pensar respecto a la Pastoral de Esperanza, los sacerdotes cayeron en la cuenta de que el Señor estaba trabajando entre los miembros de la parroquia. Muchas personas se ofrecieron como voluntarios para estar con las familias durante el proceso de duelo. Algunas pusieron a disposición de la Pastoral sus propias capacidades profesionales, mientras que otras ofrecieron la posibilidad de dar unos cursos de formación especial. Pero la mayoría de los voluntarios podían servir de muchas maneras sencillas durante los velorios, en la Misa de Réquiem y en el cementerio. Rápidamente, la parroquia se organizó alrededor de las tareas incluidas en esta pastoral: asistencia a los velorios durante el día, y servicio de oración con las personas congregadas en las noches, planificación de la liturgia de la Misa de Réquiem y del momento del sepultamiento, etc. Los miembros de la parroquia se empeñaron en manifestar a las familias que ellas no estaban solas en su dolor sino que las estaba acompañando, en forma tangible, el Cuerpo de Cristo.

Aunque la parroquia se movía en esta dirección con gran fuerza, siempre había familias que insistían en la presencia de un sacerdote. En estos casos, los sacerdotes explicaron que la parroquia entera se preocupa de las necesidades de estas familias. Al mismo tiempo pidieron a un equipo de la Pastoral de Esperanza que dirigiera las oraciones en el velorio. De este modo, se utilizó cada ocasión para educar a los feligreses. Con el tiempo, las familias que inicialmente insistieron en la presencia de un sacerdote fueron convencidas por el cariño y compasión de los equipos de laicos de la Pastoral de la Esperanza.

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A veces se olvida de que una manera muy simple de ayudar a los cristianos a crecer en su fe es ofrecerles la ocasión de vivirla en forma práctica.

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Reflejando el desarrollo de este ministerio, los sacerdotes se aseguran de que la parroquia entera y todos sus miembros se sientan más interconectados, más unidos en estos momentos cuando la soledad es más dolorosa. Esto ha hecho posible que las familias se sienten abrazadas por la comunidad, aun cuando ellas hayan estado alejadas de la Iglesia durante largos años. Los voluntarios de este ministerio han podido crear un ambiente lleno de fe y esperanza para familias cuya fe era, muchas veces, débil o aun no existente. Por otro lado, la generosidad de los voluntarios ha sido un signo de la gracia de Dios trabajando entre nosotros. Ellos mismos insisten en que son los beneficiarios de la pastoral, que ha crecido tanto su fe como su deseo de servir a sus hermanos.

Sin embargo, el proceso de duelo no se termina en el cementerio. El dolor de haber perdido un ser querido puede durar largos meses después del funeral. Precisamente después de las ceremonias del entierro cristiano, cuando la realidad demanda la reincorporación a la vida cotidiana, es cuando las personas se sienten más solas y aisladas. Es entonces cuando se necesita un grupo de personas que se dedique a entregar apoyo y cariño a través de una serie de actos: la preparación de un almuerzo después del entierro; las llamadas telefónicas durante las semanas, y tal vez meses, de duelo; visitas a la familia y la voluntad de pasar tiempo con ellos; su presencia en las misas aniversarias, etc. Nadie encuentra fácil enfrentar el dolor propio o el del otro. El dolor nos hace sentir vulnerables, desgraciados, aislados. La soledad del dolor debería abrirnos a Dios pero, desgraciadamente, con frecuencia nos cierra y nos quita la esperanza. A menudo se trata de evitar conversar con aquellos que han experimentado un gran dolor porque simplemente no sabemos qué decir, cómo consolarles; nos damos cuenta de nuestra propia falta de esperanza. Por lo tanto, el ministerio de Esperanza ofrece la oportunidad de enfrentar nuestra propia actitud frente a la muerte y al hermano de la muerte, el dolor. Volver al índice

El Misterio de la Muerte

Aquí entramos en el ámbito del Misterio de la Muerte. Cuando reflexionamos sobre la dificultad de enfrentar el dolor y la muerte, es necesario tomar en cuenta a las personas seriamente enfermas, las de edad avanzada y las que saben que les queda poco tiempo de vida. El Misterio de la Muerte es muy amplio y su sombra cae sobre gran parte de la vida. Sabemos que moriremos algún día, pero la muerte sólo nos toca en forma profunda y más tangible en la enfermedad, la vejez y la proximidad del deceso final. Vivimos en un mundo que rinde homenaje a lo joven y desprecia lo viejo. Son pocos los que visitan los hospitales sin tener obligación, son menos aun los que acompañan a los moribundos. Muchos dicen que se sienten incapaces de tratar con ellos, que no tienen nada que decirles, que no encuentran modo de consolar o compartir con ellos. En el fondo, no son capaces de enfrentar su propia muerte; no encuentran forma de expresar sus sentimientos y se sienten terriblemente incómodos.

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El Misterio de la Muerte es muy amplio y su sombra cae sobre gran parte de la vida... Nos toca en forma profunda y más tangible en la enfermedad, la vejez y la proximidad del deceso final.

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Por todas estas razones, la gente de edad, los enfermos y los moribundos sufren de soledad y de aislamiento. Su mismo estado les separa de los demás y les priva del consuelo y de la compañía que tanto necesitan.

Son muchas las costumbres antiguas que hemos dejado. Por ejemplo, el cariño y respeto por la sabiduría de aquellos que han vivido más, el uso de ropa negra durante períodos de luto o las visitas en forma regular a las tumbas de nuestros queridos difuntos. Ofrecemos muy buenas razones que explican los cambios, pero la verdad es que la sociedad moderna tiene poco aprecio por las personas no productivas y la tendencia es de esconder la realidad de la muerte. Se ha escrito mucho sobre esta situación pero lo cierto es que en nuestra sociedad hay un rechazo generalizado hacia la muerte, y por lo tanto, no se puede esperar algo diferente del individuo. Nuestro mundo está lejos de ese entonces cuando la muerte fue aceptada como parte normal de la vida, con una confianza plena en la sabiduría del Dios de la misericordia.

Podemos, por tanto, comprender, sin aprobar, la forma en que el individuo moderno actúa ante el dolor y la muerte. Pero también sentimos la urgencia de replantear la visión cristiana frente al Misterio de la Muerte en toda su amplitud. De aquí la necesidad de considerar la posibilidad de una Pastoral de Esperanza que se abra tanto a la vejez como a los enfermos y los moribundos. Hace tiempo que la Iglesia inició su labor entre las personas de la tercera edad. Es posible mirar esta labor como un primer paso hacia una más extensa Pastoral de Esperanza que abarque toda la amplitud de la vida tocada por la sombra del Misterio de la Muerte.

La autora del artículo es la Hna. Katherine Gilfeather, MM, encargada del Boletín Pastoral

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