| La Hospitalidad. Una reflexión teológica |
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| Viernes, 01 de Septiembre de 2000 00:00 | |||||||
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Hermano, obras fielmente en todo lo que haces con tus hermanos y más aun cuando son forasteros. (3Juan:5)
Uno de los temas más candentes de la pastoral es cómo recibir a los hermanos católicos alejados cuando vuelven a la Iglesia. Las razones para dejar la Iglesia involucran, en muchos casos, los requisitos de la Ley Canónica y plantean profundos obstáculos al reencuentro. En el fondo, se trata de la hospitalidad como actitud y de la Iglesia definida como comunidad hospitalaria. En el siguiente artículo, el autor examina el tema y reflexiona sobre la hospitalidad como actitud central del ministerio de Jesús y sugiere unas preguntas para evaluar la hospitalidad en nuestras parroquias. Sus comentarios sobre el estado de los católicos alejados y su relación con la hospitalidad ofrecen mucha materia para nuestra reflexión pastoral. ÍNDICE La hospitalidad de Jesús y la controversia que motivó
¿Cuán hospitalarias son nuestras iglesias?
Otros problemas preocupantes alrededor de la hospitalidad: los católicos "excluídos"
La comunión entre cristianos bautizados en Cristo
Entre los temas más pedidos por audiencias de católicos alrededor de los EE.UU. hay uno que se titula: ¿Quiénes son aquellos que se alejan de la Iglesia Católica y por qué lo hacen? Los católicos parecen estar buscando maneras prácticas de animar a sus amigos y familiares a volver a la práctica de su fe. Las experiencias con estos grupos han sido la base para mi propia reflexión sobre la Iglesia como comunidad abierta y hospitalaria. Volvamos a sus inicios para nuestra reflexión.
La Iglesia primitiva creció en un proceso análogo a la división celular. Una pequeña ekklesia (comunidad) se reunía en una casa particular hasta que el tamaño hacía necesario buscar una segunda casa. Ahora, ¿eran estas comunidades pequeñas abiertas a todos? Muchas veces aquellos que quisieron entrar a la comunidad crearon problemas que demandaron soluciones. Por ejemplo, ¿podían entrar mujeres para ser miembros de la comunidad? En aquel momento histórico existían varios cultos, como el de Mitra, que no admitían a las mujeres. Y respecto a los gentiles que entraron a la Iglesia, ¿sería necesario que se comprometieran con las obligaciones de la Ley Judía?
Unas cuantas cartas de San Pablo reflejan una amarga controversia sobre esta última pregunta. Si San Pablo no hubiera ganado en ella respecto a los gentiles, el movimiento cristiano podría haber terminado como una pequeña secta dentro del judaísmo. De hecho, el desarrollo de la ekklesia como una comunidad hospitalaria a la cual todas las personas que quisieran entrar pudieran hacerlo, permitió a la Iglesia cristiana aspirar a la catolicidad, es decir, a la universalidad. Sólo aquellas personas que vivían opuestas al espíritu de Jesucristo fueron excluidas de la comunidad, pero aun ellas, al enmendar sus vidas, también fueron invitadas a ser miembros. Después de todo, fue el mismo Pablo quien insistió en que el verdadero significado del bautismo es morir a lo antiguo para nacer de nuevo.
Obviamente, la hospitalidad de la Iglesia no fue, ni tampoco es, perfecta. A veces, las presiones culturales actuaron como restricciones del concepto de la hospitalidad. Durante las primeras décadas del siglo XX, en el sur de los EE.UU. y en otras partes del mundo, muchas iglesias eran segregadas de acuerdo con las ideas racistas de la cultura prevaleciente. Sin embargo, el ideal de la Iglesia como una comunidad abierta a todos ha sido siempre sostenido como premisa fundamental. Tal concepto de hospitalidad refuerza toda la labor de evangelización y cuando funciona a nivel local, es un instrumento poderoso de esta evangelización. Conversos a la Iglesia católica del siglo XX tan diversos como santa Edith Stein y Tomás Merton, dijeron que uno de los primeros pasos en su proceso de conversión fue la experiencia de ver personas de diferentes clases y condiciones rezando en silencio en las iglesias urbanas, fuera de los horarios de culto formal.
La hospitalidad de Jesús y la controversia que motivó
La hospitalidad de que estamos hablando no tiene nada que ver con algún tipo de afabilidad social. Más bien indica aquella actitud de apertura de parte de la comunidad de creyentes, que imita el ejemplo hospitalario de Jesús. Los evangelios muestran que la hospitalidad dada y recibida fue un aspecto esencial del ministerio de Jesús. Basta que nos limitemos a aquellas ocasiones cuando Él eligió compartir la mesa con un amplio espectro de la humanidad, para darnos cuenta de que Jesús es nuestro mejor modelo de hospitalidad.
El Evangelio de Lucas es especialmente sensible a esta apertura a los demás en el contexto de una comida. En por lo menos nueve ocasiones encontramos a Jesús con los comensales o comentando sobre la hermandad en torno a la mesa, de tal modo que el significado de esta hermandad llega a ser el sello del carácter del Reino. Jesús come dos veces con los miembros de su propia comunidad -una vez con la suegra de Pedro al iniciar su ministerio (4:9) y una vez con sus discípulas Marta y María (10:38-42). También, a pesar del enojo de los fariseos, come dos veces con los odiados recaudadores de impuestos, como Leví (5:29-32) y Zaqueo (19:1-10). Como contrapunto a estas comidas con "pecadores", Jesús también acepta la hospitalidad de los fariseos en, por lo menos, tres ocasiones: (7:36-50; 11:37; 14:1ss). Aun estos momentos hacían surgir varios puntos de controversia.
En dos oportunidades, Jesús describe el contexto de una comida con el fin de subrayar un punto serio respecto al banquete mesiánico del Reino de Dios. Su parábola del banquete (Lc 14:15ss) retrata la invitación abierta a un lugar en la mesa para aquellos que normalmente, por razones de clase o impureza ritual, jamás recibirían una invitación: invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos, a los ciegos, y serás feliz porque ellos no tienen con qué pagarte (14:13-14). Y para reforzar el punto, Jesús cuenta una larga historia sobre un hombre rico y el pobre paria, Lázaro (16:19-31). El punto preciso de la parábola es éste: el hombre rico se encuentra en los tormentos del infierno no sólo por el pecado de haber excluido a Lázaro de su mesa, sino también por haberle negado las migajas de la comida. Subrayemos el punto: el hombre rico está condenado por el pecado de la inhospitalidad.
No es por casualidad que estos incidentes de la hermandad en torno a la mesa están incluidos en Lucas. Son claramente una parte deliberada del propósito del Evangelista que queda claro en el episodio del encuentro de Jesús con los discípulos en el camino de Emaús, Lc 24, capítulo propio de Lucas. Entre las varias afirmaciones de gran fuerza en este capítulo, una destaca en particular. Los discípulos que se encuentran con Jesús en el camino, lo invitan a compartir su hospitalidad porque caía la tarde. En un trozo lleno de imágenes eucarísticas, mientras estaban en la mesa, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron (24:30-32). Como observó el teólogo inglés, Nicholas Lash, la Iglesia nació en este acto de hospitalidad.
Sin embargo, la hospitalidad como concepto teológico no puede quedar limitado sólo a la hermandad en torno a la mesa. En forma más general, la hospitalidad es también el calor con que damos la bienvenida al forastero entre nosotros. Tal es el caso implícito en las palabras de la Escritura: No dejen de practicar la hospitalidad; Uds. saben que al hacerlo, algunos sin saberlo dieron alojamiento a ángeles (Heb 13:2). San Benito en su Regla (cap. 53) va aun más lejos cuando dice, inspirado por Mt 25:35, Todos los huéspedes que se presentan debieran ser recibidos como Cristo. Volver al índice
¿Cuán hospitalarias son nuestras iglesias?
Comparadas con estos antecedentes, tenemos que preguntarnos si acaso nuestras parroquias son comunidades hospitalarias. Tal vez hemos reducido la hospitalidad simplemente a otro ministerio que se queda en lo superficial de saludar a la gente antes y después de la misa o de ofrecer refrescos en la sala parroquial. Gestos amigables como estos son, por supuesto, dignos de alabanza, pero el concepto de la hospitalidad requiere mucho más para poder vincularlo con las urgentes tareas de la evangelización y la profundización de la unidad cristiana.
Al hablar de hospitalidad en las iglesias locales se corre el riesgo de la abstracción debido a la existencia de enormes diferencias en la composición y ubicación de las comunidades parroquiales. Por ejemplo, las parroquias urbanas y rurales varían mucho y, por lo tanto, los tipos de hospitalidad practicados en cada una también variarían en forma muy amplia. Tal vez sería útil hacer un pequeño examen de conciencia respecto a varias áreas de la hospitalidad y su relación con el espíritu de la evangelización, el deseo de una más profunda unidad y la oportunidad de desarrollar un sentido más hondo del discipulado cristiano. En otras palabras, lo que sigue es una reflexión teológica sobre la hospitalidad y un plan de acción para hacerla una parte esencial de la comunidad parroquial. Concluiremos con algunos problemas de la hospitalidad para los cuales no hay soluciones fáciles pero que son de tanta importancia que es necesario llevarlos a la atención de todos.
Las preguntas no están en orden de su relativa importancia; debieran ser consideradas de acuerdo con su aplicabilidad.
• 1. ¿Tiene la parroquia local un planteamiento explícito de cómo la liturgia nos vincula a aquellos que no están presentes cuando se reúne la comunidad?
El equipo parroquial bien puede visitar los hospitales, a los que no pueden salir de sus casas, las cárceles y los hogares de ancianos; pero ¿existe una visión articulada de cómo estas labores están conectadas con el culto común de la comunidad? ¿Acaso la comunidad manda a estos ministros en forma regular y reconocida por ella? ¿Acaso sabe la comunidad toda que estos ministerios se cumplen en su nombre? Y a los ausentes, ¿se los nombra frente a la asamblea y se los reconoce como miembros íntegros de la ekklesia local? Y nosotros, ¿reconocemos que esta práctica es también parte de la Comunión de los Santos ?
• 2. Nuestras obras de caridad y nuestro testimonio por la justicia social, ¿acaso derivan de una comprensión profunda de que son gestos sacramentales que hace al mismo Cristo presente en los demás?
Para un entendimiento explícito de este punto ver Mt 25:31-46. Se debe preguntar si hacemos estas obras sólo en forma reactiva o, al contrario, invitamos en forma activa a los cojos, los ciegos y los pobres de hoy a la mesa del Señor.
• 3. ¿Acaso somos conscientes de los forasteros y los viajeros que hay entre nosotros?
En las comunidades que tienen visitas en forma regular, ¿reciben ellas una bienvenida y se las reconoce en la liturgia? ¿Las incluimos en las oraciones? ¿Les dejamos en claro que vengan de donde vengan son hermanos cristianos y no simplemente forasteros? Y ¿qué pasa con los forasteros que viven entre nosotros y no toman parte en el culto? ¿Existe un programa activo que les permita compartir con nosotros como nuevos cristianos o uno que les dé la bienvenida una vez más si no han tomado parte activa antes? ¿Somos conscientes de que la investigación pastoral muestra que los alejados vuelven porque alguien los ha invitado? Y si vuelven, ¿tenemos las estrategias para recibirlos y hacerles sentir que son bienvenidos? ¿Nos hemos preguntado a qué cosa les estamos invitando a volver?
• 4. ¿Somos conscientes de aquellos hermanos cristianos que pertenecen a otras tradiciones o a otras comunidades cristianas?
¿Acaso ejercitamos la hospitalidad en la búsqueda de oportunidades para la oración en común o para la colaboración en las obras de misericordia y justicia social? Y en forma más general, ¿es realmente ecuménica nuestra comunidad parroquial de acuerdo con el espíritu de la convocatoria del Concilio Vaticano II?
• 5. ¿Son nuestros templos lugares de hospitalidad?
¿Están penetrados de la presencia de Cristo, y conducen no sólo al culto formal sino también a la oración privada, la meditación y las devociones? ¿Ayuda el templo a este tipo de oración? ¿Existen lugares designados para la adoración eucarística, para las devociones marianas y los espacios icónicos tan característicos de los templos católicos?
Aunque no es la costumbre en Chile, nuestros templos debieran estar abiertos, en la medida en que fuera posible, para ofrecer oportunidades para la oración y la meditación privada. El hecho de poder aprovechar la hospitalidad simbolizada por el templo abierto ha sido una gracia para muchas personas. La arquitectura de los templos que a veces reduce el espacio a una simple sala de conferencias, no ofrece el contexto adecuado para la oración y la meditación. Los templos verdaderamente hospitalarios, aunque no son bodegas de confusión devocional, sí ofrecen suficiente estímulo para avivar el sentido de que uno está entrando en el espacio de Dios. Este sentido no es distinto de la exigencia ignaciana de que nosotros debiéramos empezar nuestra oración contemplativa con una conciencia viva de lo que los Ejercicios llaman la composición del lugar. Volver al índice
Otros problemas preocupantes alrededor de la hospitalidad: los católicos "excluidos"
A pesar de su importancia, las cinco áreas anteriormente mencionadas no tocan varios de los problemas más preocupantes relacionados con la hospitalidad cristiana. En estas reflexiones tan breves es imposible tratar estos enormes problemas en forma adecuada. Sin embargo, es necesario mencionarlos. Uno podría empezar, por ejemplo, con el problema de las parroquias sin sacerdotes. Es una situación mundialmente común y que va creciendo. Las personas que forman parte de una comunidad que no tiene la oportunidad de participar en la liturgia están, en cierto sentido, "excluidas".
Muchas personas estiman la excomunión como un tipo de castigo jurídico, pero literalmente significa prohibir que alguien participe en la mesa eucarística. En forma más genérica, ella puede simplemente significar exclusión de la mesa común. En la tradición monástica, un malvado podía ser castigado con la exclusión de la mesa común por un período de tiempo, y condenado a comer sentado en el suelo como humillación adicional. En el uso común, muchas veces los padres mandan a sus niños desobedientes a la cama sin comer, lo que significa en efecto, exclusión de la mesa familiar.
Desgraciadamente, hoy existe una enorme cantidad de personas genéricamente excluida de la mesa eucarística, una exclusión no necesariamente jurídica. En un número creciente de países, los católicos se divorcian con una frecuencia muy cercana a la que se produce en la población general. Es decir, casi la mitad de los matrimonios católicos terminará en divorcio. Aquellos que se divorcian y vuelven a casarse sin pasar por el proceso canónico de anulación, no pueden recibir la Santa Eucaristía. Sabemos que este es un enorme problema pastoral, pero también sabemos que se han hecho esfuerzos para idear alguna estrategia pastoral que estimule a estas personas a no sentirse excluidas de la Iglesia. Volver al índice
La comunión entre cristianos bautizados en Cristo
En segundo lugar, se necesita en forma urgente una reflexión explícitamente teológica y no sólo jurídica sobre el asunto de la intercomunión entre los cristianos bautizados en Cristo. Mientras los detalles de este asunto pueden tener muchas ramificaciones, tanto sacramentales como eclesiológicas, una pregunta se mantiene constante: ¿La Eucaristía es solo un signo de la unidad ya realizada o es también un instrumento para encontrarse en unidad?
En las dos instancias ya mencionadas, tal vez sería provechoso volver al testimonio del Nuevo Testamento para reflexionar sobre estas preguntas. Jesús estuvo presente en la mesa no solamente con aquellos que eran jurídicamente correctos (los fariseos), sino también con aquellos que eran excomulgados, como los recaudadores de impuestos y los pecadores públicos. Además, es cierto que fue sólo en la mesa eucarística donde los discípulos aturdidos y frustrados en el camino de Emaús, reconocieron al Señor resucitado al partir el pan .
Repensar estos asuntos dentro del contexto evangélico no es más audaz que hacer los esfuerzos que hizo Pablo para crear la unidad. Fue necesario que él luchara contra las objeciones de aquellos que insistían en que cualquier persona que entrara a la nueva ekklesia estuviera en armonía y obedeciera a los requerimientos de la ley judía. La resistencia de Pablo a esta imposición de la ley fue tan vigorosa como consecuente.
La victoria de Pablo en esta batalla aseguró que la Iglesia fuera un hogar con una mesa hospitalaria para todos los que entraran en ella, porque en Cristo no había diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre... entre hombre y mujer (Gal 3:28). Además, para terminar, su victoria sólo fue posible porque estaba preparado para discutir, cara a cara, con la más alta autoridad cristiana de ese momento, el apóstol Pedro (Gal 2:11ss). Esta observación no es una invitación a la confrontación que ocurre con demasiada frecuencia hoy. Sólo indica que hay una serie de problemas pastorales que no desaparecerán si los ignoramos. Una complacencia tal iría en contra del significado más profundo de la catolicidad. Volver al índice
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Los argumentos básicos de esta reflexión vienen de un artículo cuyo autor, Lawrence S. Cunningham, es profesor de teología en la Universidad de Notre Dame, EE.UU. El artículo fue publicado en la revista CHURCH, invierno de 1999.
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