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Muchos modelos pero una sola Iglesia PDF Imprimir Correo
Domingo, 01 de Octubre de 2000 00:00
No es sorpresa para nadie oír acerca de la diversidad de posiciones que existen en la Iglesia y de los conflictos que como resultado surgen entre sus miembros. En el boletín de marzo de 1998 publicamos el "Llamado a Ser Católico: la Iglesia en Tiempos Difíciles." Era una respuesta al "Proyecto de Base Común" del Cardenal Joseph Bernardin que en paz descanse. El Cardenal buscaba acabar con las divisiones en la Iglesia estadounidense y promover el diálogo fructífero entre hermanos. Aunque el grado de conflicto entre los miembros de la Iglesia Católica en Chile es mucho menor que el experimentado en Europa y en EE.UU.,sin embargo existen puntos de vista contrarios sobre muchas materias, algo que fue evidente, por ejemplo, en las discusiones previas al nombramiento del nuevo arzobispo de Santiago, en 1998.

La diversidad es deseable, permite el crecimiento y el avance hacia el Misterio de Dios. El problema está en el endurecimiento de las posiciones, la falta de diálogo y el inevitable conflicto que resulta de ello. Uno de los temas que muchas veces agrava las divisiones es el de los "modelos de la Iglesia". En el artículo siguiente ofrecemos una reflexión de un renombrado teólogo sobre los modelos más comunes y su verdadera función en la Iglesia. Esperamos que ayude a sembrar la unidad en medio de la diversidad que existe entre nosotros.

ÍNDICE

Los modelos de Iglesia

El cuestionamiento del uso de los modelos

Una posible posición frente a la catolicidad

Tal vez el cambio más dramático introducido en la vida de la Iglesia desde el anuncio del Concilio Vaticano II por el Papa Juan XXIII, es el espacio mucho más amplio que se ha permitido a la diversidad. Un mínimo de conocimiento sobre la historia de la Iglesia muestra que la diversidad en la expresión de la fe y la vida ha marcado a aquella desde su principio. Sin embargo, el respeto por las diferencias disminuyó durante el período moderno, en parte como resultado de la introversión de una Iglesia que se sentía bajo enormes ataques de la Reforma, la Ilustración y el Liberalismo, en parte por el crecimiento dentro de ella misma de un rígido sistema de control eclesiástico y teológico.

El Concilio Vaticano II fue el símbolo de la ruptura con esta actitud defensiva y con el sistema que la reflejó. El trabajo de los historiadores y los teólogos en las décadas antes del concilio, restauró en la conciencia el catolicismo más amplio y profundo, más seguro y diversificado de los siglos antes de 1054, cuando la ruptura con las iglesias del Oriente llevó a la Iglesia de Roma a contraerse. Esta recuperada tradición capacitó al concilio para proponer nuevas formas en las cuales la Iglesia podía vivir su vida e involucrarse en su misión en el mundo.

Reflejando al mismo tiempo una liberación del sistema de control y la recuperación de las dimensiones católicas de su misterio central, la Iglesia ha desarrollado un nuevo respeto por la diversidad. La evidencia es múltiple: en los ministerios, sobre todo en la definición de papeles más amplios para los laicos; en el ritual y el lenguaje litúrgico; en el involucramiento concreto con la sociedad; en nuevas formas de comunidad; en las consecuencias de un compromiso de inculturación; y en la teología.

Junto con esta nueva diversidad dentro de la Iglesia, emerge una serie de problemas de otra índole, sobre todo cuando se hace el contraste con hábitos previos de pensar y actuar. Se puede decir que el hilo único que liga todas las reuniones del Sínodo de los Obispos desde el Concilio Vaticano II, ha sido la reconciliación entre la diversidad y la unidad como por ejemplo en las relaciones entre el Papa y los obispos y en los temas mencionados en el párrafo anterior. Es muy probable que las tensiones alrededor del tema de la diversidad y la unidad vayan a ser una característica inevitable de la Iglesia universal durante muchas décadas futuras.

Lo que es evidente al nivel del Sínodo de Obispos, es también visible en la vida cotidiana de la Iglesia universal y de muchas iglesias locales. La Iglesia Católica ya no parece para los de afuera ni para los de adentro un ejército disciplinado, unificado en espíritu, confiado en sus campañas y siempre victorioso. En algunos casos, las apariencias demuestran exactamente lo contrario, con diversidades tan agudas y tan celosamente defendidas, que han llegado a transformarse en divisiones. Hasta tal punto es así, que uno puede preguntarse si realmente hay una sola Iglesia y si la gente quiere decir la misma cosa cuando usa la palabra Iglesia.

Los modelos de Iglesia

Veinte años atrás el P. Avery Dulles, S.J. publicó su muy leído y discutido libro Models of the Church (Modelos de la Iglesia), en parte para referirse precisamente a esta lamentable realidad eclesial. Ofreció su libro como un servicio al diálogo intra-eclesial. Su deseo y esperanza era que los católicos llegaran a ser más modestos, cautos y autocríticos en sus propias posiciones y, más respetuosos de las opiniones de los demás. Su raciocinio era que ellos apreciarían la incapacidad de cualquier visión de la Iglesia para agotar la riqueza de su misterio. De esta forma, la diversidad de conceptos teológicos y prácticos de la Iglesia no sería solamente tolerada sino necesaria y los católicos podrían dedicarse más prontamente al diálogo respetuoso, la forma más efectiva de prevenir que la diversidad terminara en divisiones.

Aunque los deseos y esperanzas del autor no se realizaron, hubo un nivel de reflexión teológica en que su libro fue plenamente aceptado: la historia de los desarrollos en la eclesiología en este siglo.

Dulles señaló el dominio del modelo institucional en los textos eclesiales oficiales -es decir, el que presenta a la Iglesia como una sociedad perfecta, distinta y autónoma vis-à-vis el Estado y en gran parte preocupada del poder. Mostró que este modelo empezó a ser desafiado mucho antes del Concilio por el recuperado sentido de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Esta noción dio a los católicos un alto ideal de Iglesia como organismo viviente. Un organismo que comparte la vida de Cristo Resucitado y la realiza en la celebración de la Eucaristía, que une a los miembros a Cristo, su Cabeza, y entre sí. Más aun, este ideal inspiró muchos de los vibrantes movimientos apostólicos que caracterizaron a la Iglesia preconciliar. De alguna manera, la idea de la Iglesia como sacramento surgió de esta visión, desarrollando su base litúrgica y ofreciendo una diferente articulación teológica del papel de la Iglesia en la historia.

En las décadas del '40 y '50 empezó a emerger la nueva noción de Iglesia como pueblo de Dios. Fue bien acreditada por sus raíces bíblicas, sus implicancias ecuménicas y su utilidad en la articulación del carácter histórico y peregrino de la Iglesia. Altamente respaldada en el Concilio Vaticano II, sigue siendo la noción eclesial más popular, la más utilizada en discusiones sobre las relaciones entre iglesias, y la justificación de la actuación eclesial en los desafíos históricos actuales. Los últimos dos modelos de Dulles -heraldo y sirviente- se pueden ver como descripciones específicas de la noción de pueblo de Dios.

Sin embargo, llegó a ser obvio que la identificación y la exploración de diferentes conceptos de Iglesia no terminaron necesariamente en un buen diálogo y comprensión mutua. En la evaluación de la recepción del Concilio Vaticano II hecha por el Sínodo de los Obispos en 1985, los debates mostraron claramente que existía tensión entre la noción de la Iglesia como pueblo de Dios y el concepto de la Iglesia como comunión y misterio. Se criticó la noción de pueblo de Dios como una interpretación demasiado sociológica, como si la Iglesia fuera algo que hacemos más que algo que recibimos de Dios. También porque la Iglesia se hace manipulable en cuanto instrumento de opciones políticas. Las críticas insistieron en que, por el contrario, una concentración en la Iglesia como comunión en el misterio de Dios podría contrarrestar estas negativas tendencias y restaurar un sentido más trascendente de la identidad de la Iglesia.

Aun cuando uno estuviera de acuerdo con las críticas a la noción del pueblo de Dios y con la necesidad de restaurar el sentido de la Iglesia como comunión en misterio, no es fácil estarlo con el informe final del Sínodo. Este informe afirma la necesidad de elegir entre estas dos ideas o estar condenado a moverse en forma incoherente desde una a la otra. Sin embargo, Lumen gentium se mueve fácilmente y sin ruptura desde su primer capítulo "El misterio de la Iglesia", al segundo, "El pueblo de Dios." La comisión doctrinal que preparó este texto sinodal informó a los obispos que su teología integrada de la Iglesia (que se movía de una idea o de un modelo a otro) había sido dividida en dos capítulos sólo por una razón muy práctica: ¡era demasiada materia para un solo capítulo! Es una traición a la eclesiología del Concilio tratar de contraponer el pueblo de Dios y la comunion en el misterio. De hecho un resumen más fiel de la posición del Concilio Vaticano II sería la formulación de que la Iglesia es el pueblo de Dios constituido por nuestra comunión en el misterio de Cristo.

El cuestionamiento del uso de los modelos

Es evidente que entre los obispos del Sínodo de 1985 hubo una clara tendencia a aceptar la necesidad de elegir entre las diferentes nociones de la Iglesia. Esto nos lleva a cuestionar la viabilidad del uso de los diferentes modelos como herramientas para tratar tanto las diversidades que caracterizan a la Iglesia, como la reflexión teológica eclesial que de aquí surge. Por supuesto, para poder llegar a una visión sintética de la vida de la Iglesia es posible elegir, por ejemplo, la palabra, sacramento o servicio como el principio organizacional. En forma similar, existen varias maneras en que la Iglesia ha sido organizada y realizada concretamente a través de su historia y a través de las culturas, dentro de una misma generación. Se puede utilizar este hecho para justificar la exploración de las varias formas concretas que toma la Iglesia cuando ella se realiza en comunidades locales de fe tan diferentes como las de Bogotá, Beirut, Berlín y Boston. Lo que voy a decir a continuación no cuestiona ninguna de estas dos observaciones.

Sin embargo, al nivel de la síntesis teológica, aproximarse a la tarea en términos de modelos es abrirse a tres grandes peligros. El primero consiste en el hecho de que hablar de modelos parece endurecer las posiciones, sobre todo cuando se los considera como conjuntos completos, coherentes e incompatibles entre sí. Por ejemplo, en el Nuevo Testamento y aun más en la tradición anterior, existe una abundancia de imágenes y metáforas de la Iglesia: un campo de trigo, un banquete matrimonial, una red de pescador, un barco, una casa, un cuerpo. Como imágenes son, por supuesto, incompatibles: un campo no es una red ni una casa, pero sólo un crítico literario exagerado podría quejarse sobre el empleo de ellas.

Pero una imagen no es un modelo teórico y no debiera ser confundida con tal. Para mí, un modelo es algo que ha sido desarrollado a nivel de pensamiento crítico y reflexivo y, como tal, tiene como meta (que llega a ser un criterio para enjuiciarlo) la integración de todas las ideas generadas y comunicadas por las varias imágenes empleadas en el lenguaje común. El pensamiento crítico y sintético busca juntar la maravillosa variedad del lenguaje común en una unidad inteligible que es, a la vez, reconciliadora y enriquecedora. El esfuerzo de transformar las imágenes en modelos confunde dos niveles de lenguaje y pensamiento y corre el riesgo de comprometer la integridad de ambos.

En segundo lugar, la eclesiología reflexiva busca unir todas las dimensiones de la vida eclesial en una inteligible relación mutua. Uno podría utilizar los cinco modelos de Dulles para describir algunas de estas dimensiones esenciales: comunión en la vida de Cristo, acción litúrgica, la predicación y la catequesis, el servicio en el mundo, los roles institucionales, etc. Pero, ¿es aconsejable utilizar estas dimensiones como la base para modelos distintos de la Iglesia? No creo. Ellas representan lo que una eclesiología debiera relacionar en forma inteligible, para así mostrar cómo todas ellas son inherentes a la vida de la Iglesia; para mostrar cuál es previa a los demás y cuáles son derivadas; para describir la relación, por ejemplo, entre la predicación y el sacramento o entre la comunión y la institución. Tratar de construir distintos modelos teóricos de Iglesia, basados en una selección de las dimensiones esenciales, es desde un principio dirigir la discusión erradamente.

Un tercer peligro está en la tendencia de transformar los modelos teóricos de Dulles en modelos prácticos para describir las tensiones actuales en la Iglesia o en la planificación para el futuro. Esta tendencia transforma los modelos en diferentes iglesias. Este tipo de confusión fue aparente en algunas críticas injustas de su libro, como el caso de la mala interpretación de su severa crítica del modelo institucional. Muchos la tomaron erróneamente como un rechazo a las instituciones de la Iglesia.

Pero tal vez hay ejemplos más recientes y familiares. Es imposible dar un curso sobre la Iglesia sin escuchar quejas sobre la Iglesia institucional. Uno todavía puede escuchar a la gente decir Iglesia cuando quiere decir Papa y/u obispos. No es mucho mejor diferenciar entre la Iglesia como comunidad y la Iglesia institucional. Estos contrastes reflejan tensiones y divisiones dentro de la Iglesia, sobre todo entre los laicos y la jerarquía, divisiones que requieren atención. Pueden referirse a diferentes personas, grupos, perspectivas, énfasis o deseos dentro de la Iglesia. Pero el punto es precisamente que son tensiones dentro de la Iglesia y no entre iglesias. Hablar de las comunidades de base como un modelo de Iglesia y el cuerpo institucional o jerárquico como otro modelo es invitar a la confusión desde un principio. No sólo sugiere una oposición entre comunidad e institución que es imposible de defender teológica o sociológicamente, sino también impide el diálogo, sobre todo cuando las diferencias y la coherencia interior de los modelos reciben tal énfasis que tanto los modelos como las "iglesias" que reflejan se consideran incompatibles.

Una posible posición frente a la catolicidad

Una década antes del Concilio Vaticano II, Yves Congar escribió un artículo muy agudo titulado: Diversidad y las divisiones. Exploró los principios de la unidad y la diversificación en la Iglesia, examinó las posibles dolencias de cada principio e hizo algunas sugerencias para realizar un equilibrio sano entre ellos. Fue severo en su crítica de la tendencia de los ministros de la unidad en la Iglesia de confundir la unidad con la uniformidad. Pero no fue menos crítico de lo que él llamó un esprit de chapelle en la Iglesia, un particularismo muchas veces asociado con compromisos étnicos, nacionales o políticos que transformaban la única Iglesia en una serie de pequeñas sectas. Y estas, incapaces o sin deseo de hablar entre sí; cada cual convencida de que representaba la iglesia verdadera. Congar esperaba que una renovada apreciación de la catolicidad -la diversidad en unidad- podría ofrecer un medio para vencer las dos tendencias destructoras.

El Concilio trató de restaurar el sentido de catolicidad descrito por Congar. En Lumen gentium Nº 13, encontramos una especie de definición:

En virtud de esta catolicidad, las partes individuales traen sus propios dones a las demás partes y a la Iglesia entera, para que la Iglesia entera y sus partes individuales sean enriquecidas; porque todas están en una mutua comunicación, trabajando para conseguir la plenitud en unidad.

Desde entonces esta rica noción de la catolicidad ha inspirado los esfuerzos para realizar las genuinas iglesias locales, en las cuales, según el comentario del Papa Juan Pablo II sobre esta definición, las distintas experiencias cristianas de la gente influyen en la manera que reciben la palabra de Dios, celebran sus liturgias y viven su vida diaria. La única Iglesia Católica, dijo el Papa, es la comunión a través de la cual estas distintas iglesias locales viven, una dentro de la otra, enriqueciéndose y estimulándose mutuamente. El Papa también presentó el ministerio papal dentro de la misma perspectiva, como servicio para la comunicación mutua y el enriquecimiento de las iglesias locales.

Encontramos esta idea en el mismo párrafo Nº13 de Lumen gentium donde el Concilio Vaticano habla de la catolicidad en términos de la variedad de órdenes, papeles y condiciones de vida que existen dentro de la Iglesia, que unen al clero, a los laicos y a religiosos en una vida y una tarea común. Es tal vez sorprendente entender la catolicidad en referencia a las órdenes religiosas, los papeles y estilos de vida, pero hay mucha sabiduría en hacerlo. Seguramente, la plenitud en la unidad que define la meta de la catolicidad es igualmente aplicable aquí. La vida interna de la Iglesia también debiera ser una vida en común, donde todos los miembros tienen dones para compartir con otros y con toda la comunidad. La palabra iglesia no puede ser reclamada por ningún miembro o grupo: la Iglesia es el todo viviente, la plenitud en la unidad que se realiza en la vida y el esfuerzo común.

La plenitud en la unidad es el sinónimo utilizado por el Concilio para la catolicidad. La plenitud refiere al derecho y a la obligación que todos tienen de participar en la realización del misterio de la Iglesia, tanto los pueblos diversos del mundo como los miembros diversos que moran en ella. La validación de este derecho y esta obligación constituye uno de los más grandes logros del Concilio y está entre los desarrollos más significativos de su vida desde entonces. Pero es aquí precisamente donde encontramos la dificultad. No existe catolicidad si la plena diversidad no se realiza en la unidad. Unidad, en primer lugar, bajo Cristo y el Espíritu; en segundo lugar, en comunión con todas las demás iglesias y sus riquezas, y, finalmente, con todos los demás miembros de la única iglesia. Comprometerse a la catolicidad es comprometerse, al mismo tiempo, tanto a la diversidad como a la unidad.

Dos años después del Concilio, John Courtney Murray comentó: Hoy existe todo tipo de tendencias, corrientes de pensamiento, ambientes de opinión. Se le preguntó cómo sería posible prevenir que esta variedad terminara por caer en exclusivismos y errores. Y respondió: Creo que la rectificación está en la voluntad en favor de una comunidad -de pensamiento y amor. Esta sugerencia vino de un hombre que insistió, como ningún otro, en que la manera como su país podría llevar a cabo el experimento de la unidad política dentro de la diversidad religiosa y cultural, sería a través del diálogo civilizado. Es de esperar que un diálogo similar sea una implicación aun más atractiva en la voluntad en favor de una comunidad entre católicos que son conscientes de los dones maravillosos recibidos por cada uno, no en forma individual y separada, sino dentro de una comunión de vida, amor y verdad.

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El artículo anterior es del eminente teólogo R. P. Joseph A. Komonchak, profesor de teología de la Universidad Católica de América, Washington, D.C. Fue publicado en la revista Church, primavera, 1993.

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