| Espiritualidad y la vida moral |
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| Miércoles, 01 de Noviembre de 2000 00:00 | |||||||
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Existe hoy un interés universal en el tema de la espiritualidad. Es una característica indiscutible de nuestro ethos posmoderno y tiene múltiples formas, aun dentro de la misma tradición religiosa. Algunas espiritualidades presuponen una divinidad, mientras que otras no lo hacen. Unas refieren a estructuras religiosas, pero otras no las incluyen. En el boletín de agosto pasado analizamos la posmodernidad, sus efectos sobre el compromiso de nuestros fieles y lo difícil que es hacer un juicio sobre su salud espiritual. Este mes queremos volver al tema de la espiritualidad en el contexto de la vida moral. La búsqueda de Dios que define la esencia de la espiritualidad, demanda una expresión en el modo de vivir la vida humana, es decir, una vida moral. En la siguiente reflexión queremos ampliar el tema de la espiritualidad, dándole un sello netamente cristiano. Esperamos que sea de utilidad para su labor pastoral.
ÍNDICE La espiritualidad La Moralidad Espiritualidad y Vida Moral Dios Jesús La virtud Conclusiones
Junto con el interés universal en la espiritualidad, nos llama la atención también una ola de cambio que afecta la teología moral católica. La teología moral está haciendo esfuerzos para reunir una vez más la moral con la espiritualidad. Por demasiado tiempo la moral y la espiritualidad han ido en direcciones paralelas. La teología moral se desarrolló como disciplina distinta después del Concilio de Trento (1545- 1563) y puso énfasis en la preparación de sacerdotes para escuchar las confesiones de los fieles. Desde entonces, la moral perdió sus vínculos con la espiritualidad. La orientación confesional limitó el pensar moral a las acciones y normas más que a la virtud y el carácter, que son elementos más relacionados con la espiritualidad. Sin embargo, ha habido grandes cambios desde entonces.
Tal vez el trabajo de P. Bernardo Häring lleva la delantera en este desarrollo. Para Häring, la vida moral debiera estar alimentada por la relación del individuo con Dios. Para él, el fin de la teología moral es facilitar la maduración del individuo en su semejanza a Cristo. Para Häring, la moralidad es la expresión de la espiritualidad del individuo. No es extraño, entonces, que podamos describir la santidad en términos morales, sobre todo en el lenguaje de la virtud.
Hoy es normal encontrar escritos teológicos que exploran las dimensiones de una vida moral que está penetrada por la espiritualidad. Es decir, tratan de describir cómo sería la vida moral cuando se toma en cuenta la espiritualidad no en cuanto una ayuda externa a aquella, sino como su corazón mismo. La reflexión siguiente ofrece una manera de relacionar la moralidad y la espiritualidad, y tiene como tesis fundamental que esta sin la moral es desencarnada, y la moral sin la espiritualidad es desarraigada. La espiritualidad es el verdadero manantial de la vida moral.
¿Me quieres? es el grito universal y persistente del corazón. Es la expresión de nuestro impulso más profundo, la búsqueda del significado. Sin significado nuestra vida vaga sin rumbo y la auto- estima se desgasta. El significado en nuestra vida viene de la suma de lo que amamos; no hay otra fuente. La espiritualidad pretende aquietar el corazón porque, en un sentido general, tiene que ver con un modo de vivir en relación con lo que finalmente amamos. Las espiritualidades pretenden satisfacer los anhelos más profundos del corazón y aunque algunas no se refieren al Transcendente, al Misterio o a las estructuras religiosas, la espiritualidad cristiana sí lo hace. Presupone una conciencia del amor de Dios para nosotros en Jesús y un compromiso de vivir en relación con este Dios como fuente y fin de nuestras vidas. Percibe a Dios revelado en Jesús como fuente y fin de todo amor, en quien todo tiene su significado y valor. Así, nuestra espiritualidad da forma a la perspectiva dentro de la cual vemos todo en relación con nuestro amor y anhelo más profundo, integrando así los fragmentos de nuestra vida en un todo, llenándola con significado y trayendo así el orden a un mundo caótico.
La vida moral es posible porque Dios ha tomado el primer paso en amarnos. Nuestro camino hacia Dios se inicia sólo porque Él se acerca a nosotros a través de su creación, por sobre todo en Jesús, pero también en todas las personas y eventos de nuestras vidas. La teología moral explora el tipo de persona que debiéramos ser y los actos que debiéramos hacer para encarnar el amor de Dios en nuestras vidas. Desde esta perspectiva, la moralidad encarna la espiritualidad porque una vida moral es el modo de responder a este amor de Dios para con nosotros. La pregunta clave para relacionar la espiritualidad y la moral es entonces: ¿cómo debiéramos vivir si verdaderamente creemos que Dios nos ama y si nosotros queremos responder a este amor con el nuestro?
Es claro que los modelos de la moralidad más comunes están centrados en el acto, es decir, ley/obligación, premio/castigo. Estos modelos fueron heredados de la época del Manual de Teología y sólo lograron separar la vida moral de sus raíces espirituales. Aunque las normas y obligaciones (los Diez Mandamientos y el Gran Mandamiento de Jesús) siempre tendrán su lugar en la orientación de la vida moral hacia su más plena expresión de amor, el término análogo correcto para la vida moral no es la obligación legal sino la relación personal, por sobre todo nuestra relación con Dios. Una vida moral es la expresión dinámica de una vida vivida en íntima relación con Él.
Llegar a ser bueno es llegar a ser santo. Este viaje empieza dentro de aquel espacio espiritual donde aceptamos que Dios nos ama y nos despertamos a la responsabilidad para con nosotros mismos, con otros y con el mundo. La espiritualidad no puede ser separada de la moral como si fuera un apoyo externo que nos ayudara a ser buenos. La espiritualidad está presente en las raíces mismas de la vida moral, como la conciencia de que somos amados y como el compromiso de vivir de manera de hacer de este amor una presencia real y transformadora en este mundo.
El kerygma básico del Cristianismo es que Dios nos amó primero. El hecho de aceptar este amor nos abre para poder amar a todas las cosas en recompensa. La vida moral cristiana empieza con el amor de Dios para con nosotros y debiera guardar este amor como lo central. Lo que hace para nosotros el amor de Dios es análogo a lo que hace el amor humano. Saber que alguien nos ama, que para él o ella somos especiales, no sólo nos acerca a la persona amada sino también nos fortifica, nos consuela, nos permite ser lo mejor que podemos ser y nos capacita para amar todo lo que le importa al amado. El hecho de decir: Dios le ama podría parecer trillado, aun trivial. Hemos oído esto tantas veces que podría sugerir una piedad vacía. Sin embargo, la buena noticia de la fe cristiana es precisamente que el amor de Dios es real, creativo, constante e invencible. El hecho de que Dios nos ama es la suprema verdad, el fundamento más profundo sobre el cual edificamos una vida moral y espiritual. Como cualquier principio fundamental, no lo podemos probar pero podemos deducir desde él. Una vez que lo aceptamos, podemos ver cuánto se sigue de este principio inicial. Podemos ver que toda la vida vivida en la presencia de Dios es una respuesta a Dios y tiene valor en relación con el amor de Dios. Si entendemos que la meta y el propósito de esta vida es vivir en amistad con Dios, entonces es imposible que haya una separación real entre la vida espiritual y la vida moral. Nuestra búsqueda del significado, el hambre de amor, el anhelo de establecer redes de conexión o buscar la autorrealización, son, en sí mismos, respuestas al amor de entrega de nuestro Dios.
Si la espiritualidad se refiere a nuestra conciencia de Dios y el vivir nuestro compromiso con Él como el amor último de nuestra vida; y si la vida moral es la expresión dinámica de nuestra relación con Él, entonces el hecho de tener o no tener una experiencia de Dios y cómo experimentamos lo divino, tendrá mucho que hacer con el tono y la calidad de nuestra vida moral.
¿Quién es el Dios que experimentamos como influyendo nuestra visión del significado de la vida? La mayoría de nosotros hemos elaborado nuestras imágenes de Dios a partir del modo utilizado para enseñarnos sobre Él, sobre todo de la manera cómo nos trataron en el nombre de Dios. Es muy difícil deshacernos de estas imágenes. Parecen haberse enraizado en los rincones esquivos de nuestro inconsciente y siguen influyendo en nuestros sentimientos y pensamientos sobre nosotros mismos y también en nuestra perspectiva sobre cómo debiera ser el mundo.
Para poder empezar a experimentar el Dios de Abrahám, Isaac, Jacob y Jesús, será necesario destruir todo nuestro panteón de dioses falsos e imágenes distorsionadas. Todos tienen estas imágenes y hemos quemado incienso frente a nuestros dioses favoritos. La imagen de un Dios distante, que guarda un registro de todo lo que hacemos, que espera pillarnos en los momentos de debilidad y que tiene el poder de vida y muerte sobre nosotros, engendra terror y culpa más bien que libertad y autoestima. Pero la imagen de un Dios que desea nuestra alegría, que quiere vernos gozar de toda su creación como regalo que hay que cuidar y proteger, no como posesión para acumular o abusar, esta imagen engendra asombro, creatividad y esperanza.
Lo que distingue la espiritualidad y moralidad cristianas de cualquier otra, es su forma de relacionar el hecho de la encarnación con la totalidad de la vida humana. Los cristianos miran a Jesús como modelo de la mejor manera de vivir la vida moral y este Jesús se encuentra no sólo en los cuatro evangelios sino también a través de una participación en la vida de la Iglesia donde estos relatos cobran vida. Propias a la espiritualidad y la moralidad cristianas son una reflexión sobre estos relatos evangélicos bajo el amparo del Espíritu, llena de reverencia y oración, y la participación activa en la vida litúrgica de la Iglesia. Lo que hace de Jesús la última norma para la espiritualidad y moralidad cristianas no es algo que dijo o hizo sino lo que era y lo que es: la revelación plena del amor divino y la más plena respuesta humana del autoanonadamiento amoroso. La espiritualidad cristiana entonces es vida en el espíritu de Jesús y la moralidad cristiana es la imitación del amor divino expresado en Jesús.
Lo que llamamos virtudes son expresiones de la presencia de Dios en nosotros. Estas cualidades son de Él y nuestra labor es dejar que se manifiesten a través de nosotros. Es decir, que la opacidad de nuestros egos deje de ser obstáculo para la revelación de la vida divina por dentro. Es un trabajo intenso de parte nuestra, y las virtudes que se manifiestan en el proceso son de Él.
La fe hace perseverar al cristiano al lado de Jesús y se manifiesta en la fidelidad y en la confianza. Estas virtudes le permiten esperar-confiar en la bondad de Dios y de los demás y así hacen más posible recibirnos el uno al otro como regalo y no como amenaza.
La esperanza es una actitud de apertura al reino de Dios; permite al cristiano vivir en un mundo disonante sin perder el significado, el propósito o el rumbo. Es nuestra ancla en medio de las sacudidas por las tribulaciones de la vida; nos ayuda a perseverar y persistir. La esperanza vive con la confianza de que las cosas que parecen destruir la hermandad humana sean también capaces de ser restringidas y transformadas. A pesar del resultado de las cosas, con la confianza seremos capaces de encontrar el sentido detrás de todo porque creemos en la bondad fundamental que nos sostiene y nos cuida, haciendo que al final, todo vaya a resultar para nuestro bien. La caridad, la más grande de las virtudes, es nuestro amor por Dios, que no es más que una respuesta a su amor para con nosotros. Sería imposible responder sin que Él nos amara primero. La hospitalidad es la cara del amor en acción. Consiste en poner atención a lo que pasa en nuestro alrededor. En consecuencia, crearemos un espacio de bienvenida donde sea posible experimentar los vínculos de comunicación y convivir con todos los que quieren poner sus dones al servicio de los demás.
Además de las virtudes teologales hay otras que merecen la atención como modos de irradiar la presencia divina que mora dentro de nosotros. La autoestima es la manifestación de nuestra íntima aceptación de ser amados por Dios. Hace la vida moral posible porque nos hace capaces de gozar de lo que somos y de hacer todo lo posible para crear vínculos de amistad. La humildad es la verdad, nos hace realistas frente a nosotros mismos. Nadie tiene todos los dones ni es capaz de hacer todo. Este hecho nos llama a la solidaridad y a la hermandad. La gratitud nos hace recordar que todo viene de Dios como regalo para compartir, no como posesiones para acumular. Mira a la vida no para encontrar lo que falta, sino para reconocer que lo que somos es el resultado de la obra de Dios y del apoyo y cariño de los demás. El perdonar manifiesta el espíritu de Jesús, nos llama a amar a nuestros enemigos en forma concreta. Hace posible convivir con los demás sin permitir que la venganza y la violencia dominen nuestras vidas. Estas virtudes y muchas más son realmente aspectos del mismo Dios, pertenecen a su esencia y será posible para nosotros irradiarlas sólo en la medida en que muramos al ego y vivamos en el espíritu de Jesús.
¿Adónde vamos con todo eso? En pocas palabras, la espiritualidad y la moralidad no pueden permanecer en dos esferas separadas. No se puede restringir la espiritualidad a una serie de prácticas sacramentales o devocionales, aunque sí las incluye. Nuestra fe afirma que la tierra rebosa de cielo. Quiere decir que toda la creación puede hablarnos de Dios si le damos la oportunidad. La celebración de los sacramentos y las devociones tienen como fin alimentar nuestra conciencia con la presencia de Dios, expresar nuestra amor a Él y disponernos a amar lo que Dios ama. Pero la espiritualidad es más aun. Es la expresión de la totalidad de nuestra vida en relación con Dios en Cristo como el valor absoluto de la vida. De esta forma influye nuestra perspectiva frente a la vida y apoya el carácter moral y el estilo de vida que brotan de nuestro compromiso con Dios.
Tal como la espiritualidad no puede ser reducida a las prácticas religiosas, de la misma manera la vida moral no puede ser reducida a nuestras acciones o a las decisiones que tomamos y las justificaciones que usamos para apoyarlas. Nuestra capacidad de identificar un problema y, aun más, buscarle una solución es una medida para evaluar nuestra espiritualidad. Si la moral se preocupa de la calidad de la persona que debiéramos llegar a ser y la calidad de vida que debiéramos vivir día a día, entonces la vida moral encarna nuestra espiritualidad. Es decir, la vida moral expresa nuestra visión de la vida, las actitudes básicas frente a la vida y el estilo de vida, todo fundado en nuestra experiencia de Dios. Y como no podemos crecer solos en la santidad, se requiere que nos relacionemos con aquellos que comparten la misma meta.
Entonces, podemos pensar que la espiritualidad y la moral requieren un ensamble. La santidad y la bondad moral son aventuras cooperativas. Requieren una relación estable y duradera con una comunidad de amigos -la Iglesia- que compartan con nosotros lo que consideramos importante en la vida, que estén comprometidos a buscarlo junto con nosotros y que nos quieran suficientemente para ayudarnos a vivir de una manera que demuestre que todo es posible cuando tomamos en serio el amor de Dios para con nosotros. En nuestra vida en conjunto debiéramos ser capaces de mostrar que la violencia no es inevitable, que la vida en armonía con la tierra es posible, que el egoísmo puede ser vencido por la generosidad, que el cuidado, la compasión y el perdón son maneras de llamar a los demás a una vida plena.
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Los argumentos básicos de esta reflexión vienen de un artículo del R.P. Richard M. Gula, S.S., profesor de teología moral en la Escuela de Teología Franciscana del Graduate Theological Union, Berkeley, California. Fue publicado en la revista CHURCH, Otoño 1999.
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