El sacerdote: una especie en peligro de desaparecer Imprimir
Jueves, 01 de Marzo de 2001 00:00
Volvemos una vez más a un tema que ha estado presente en nuestro boletín desde su inicio, en el año 1993. Nos referimos al "sacerdote", que sigue siendo para nosotros una preocupación pastoral continua. Vivimos en tiempos de extrema dificultad para el sacerdocio. Los escándalos por abusos sexuales en muchos países han dejado, tanto al público como a los sacerdotes, choqueados y desilusionados. Por otro lado, los fieles esperan que los curas cumplan con un sinnúmero de papeles en su ministerio, que los dejan, muchas veces, física y emocionalmente exhaustos. Las estadísticas indican que el número de vocaciones al sacerdocio ha bajado seriamente en los últimos años y algunos especulan que será aun más reducido en el futuro. No faltan los pronósticos de que esto podría ser el principio del fin del sacerdocio tal como lo conocemos.

 

 

En el artículo siguiente, el autor habla precisamente sobre el tema de esas alarmantes estadísticas. Es una reflexión sobre su significado y las luces que puede ofrecer respecto al futuro del sacerdocio ordenado. Queremos expresar nuestra gratitud al sacerdote que nos motivó el interés por este texto y pedirles a Uds. que sigan contribuyendo con el boletín en el futuro. Una vez más les reiteramos que nos interesa saber sus opiniones sobre el material que les hacemos llegar.

ÍNDICE

Una nueva experiencia religiosa

La percepción de Dios de los católicos tradicionales

Un sistema de mediación

La percepción de Dios del católico progresista

Una búsqueda de ideales

Un sacerdocio que comparte la búsqueda

Preguntas y dudas

El sacerdote tiene una perspectiva única entre las criaturas de Dios. Es probable que sea el único animal plenamente consciente de que está en la lista de las especies en peligro. Han desaparecido ya los dinosaurios y las palomas mensajeras sin conferencias ni talleres de planificación para preparar su defunción. El sacerdote ordenado es, sin embargo, un dinosaurio plenamente consciente. En sus meditaciones nocturnas, aquellas que tocan el meollo de su alma, tiene que preguntarse por qué su Iglesia no es capaz hoy de inspirar a la juventud a hacer los mismos sacrificios que él ha hecho por el servicio de Dios y de la Iglesia.

Cuando esta pregunta surge, el sacerdote podría recurrir a las típicas respuestas fáciles que escuchamos hoy. Vivimos en una época hedonista. La revolución sexual ha hecho del celibato una vocación casi imposible de seguir. El tamaño de la familia es pequeño, haciendo más difícil que los padres entreguen un hijo a la Iglesia, etc.

No quiero descartar estos posibles factores en el número bajo de sacerdotes. Sin embargo, estas respuestas son, al final, insatisfactorias. Aun peor, pueden permitir que descartemos el problema como condición de nuestra época perversa, en vez de reflexionar sobre él en forma más profunda.

Una nueva experiencia religiosa

No estoy convencido de que vivamos en tiempos más perversos que aquellos que nos dieron gran número de sacerdotes. Tampoco creo que el celibato sea más difícil hoy que en la década del '50. En lugar de estos argumentos, mi parecer es que la reducción en el número de vocaciones al sacerdocio se debe, en parte, más bien a la dinámica de una nueva experiencia religiosa que ha estado en desarrollo por más de un siglo, y que encontró voz y legitimidad en el Concilio Vaticano II. Esta nueva experiencia está haciendo obsoleto el sacerdocio tal como lo conocemos, aunque todavía no tenga una visión de lo que él debe ser.

En la tradición católica, el sacerdocio funciona como la representación de lo sagrado. El sacerdote canaliza la presencia divina en nuestras vidas. Ciertamente, el sacerdote ordenado no está solo en esta función. Sin embargo, en su rol de párroco y predicador en el ritual de la Iglesia, él funciona como un agente de la presencia divina. Si una nueva experiencia está a punto de nacer --si los cristianos católicos de hoy perciben la presencia de Dios en una forma diferente de los de antaño-- entonces el sacerdocio también está destinado a cambiar. El supuesto crucial aquí es la probabilidad de que el pueblo de Dios apoye y aliente un sacerdocio que cuadre con su vida religiosa, que desafíe sus debilidades y bendiga sus fortalezas. Por lo tanto, un cambio en la vida religiosa exigirá un cambio en el sacerdocio.

En mis investigaciones sobre este tema, indagué la razón de por qué algunos católicos eran capaces de cambiar con la Iglesia en el período postconciliar, mientras que otros no lo eran. Utilicé material autobiográfico y preguntas abiertas sobre Dios para penetrar la experiencia religiosa católica en forma profunda. Seleccioné con mucho cuidado a las 150 personas incluidas en el estudio, eligiendo deliberadamente tanto a los más tradicionales como a los más progresistas (usamos esta categoría sólo para designar a aquellos que mejor representan una experiencia religiosa que apunta a algo en proceso) formando así dos grupos del mismo tamaño. (1)

Descubrí que los dos grupos se diferenciaban en un nivel fundamental. Percibían su relación con Dios de diversa manera. La misma base de la experiencia religiosa respecto del sentido del mundo, de las relaciones con los demás, del sentido del tiempo y las metas en la vida, termina siendo un factor que separa a los progresistas de los tradicionales. Y cada uno de estos dos tipos de experiencia religiosa tiene consecuencias para el sacerdocio consagrado.

La percepción de Dios de los católicos tradicionales

Un católico tradicional resumió su autobiografía en estas palabras:

El ritual de la Iglesia era cálido y lleno de paz. El hecho de compartir a Dios con mi familia me hacía sentirme elevado. Y cuando el sol entraba por un vitral que mostraba un ángel de la guarda protegiendo una niña, sentía que Dios estaba en su cielo y todo estaba bien con el mundo.

En una forma breve y poética, esta persona toca varios temas centrales de la religiosidad tradicional. Percibe a un Dios que está en los cielos, trascendente, totalmente diferente, ubicado fuera de este mundo. En cuanto a los atributos de Dios, pone énfasis en la infinitud, en el Dios que sabe y puede todo. Para aproximarse a este Dios inaccesible, el católico tradicional recurre a los ángeles y a los santos, que sirven como mediadores. Dios queda lejos en su cielo; los ángeles y santos cuidan a la humanidad e interceden por nosotros. Cualquier persona que haya vivido el período preconciliar recordará nuestra dependencia de los ángeles de la guarda y de los santos patrones. Eran nuestras conexiones con el orden celestial, ellos nos daban un sentido de seguridad, protegiéndonos y mostrándonos que Dios nos estaba cuidando.

Para el católico tradicional, la meta de la vida humana es irse al cielo. Este mundo tiene poco o nada de valor; es un valle de lágrimas. La humanidad realiza su destino evitando las marañas de este mundo y buscando el cielo. En la Iglesia preconciliar, el ritual, la manera de celebrar la Misa, la arquitectura de sus edificios, las devociones a los santos, etc., llamaban la atención del católico desde este mundo hacia un mundo celestial.

Descubrí que el tema que más claramente separa a los católicos tradicionales de los progresistas es el concepto de la autoridad moral. Mientras ambos grupos reconocen la importancia de los Diez Mandamientos, sus razones para obedecerlos son muy diferentes. Los católicos tradicionales los perciben como la verdad revelada, reflejando el orden natural de la creación; mientras un progresista los guardará, probablemente, porque ofrecen una pauta que provee un sentido de orden social y un marco mínimo para la moralidad.

La brecha se ensancha cuando consideramos las sanciones. El católico progresista tiene dificultad para creer que Dios castiga en cualquiera forma. Para este tipo de católico, el castigo es la consecuencia de las acciones del individuo o una pena autoinfligida por haber fallado en la relación íntima con Dios. El católico tradicional no tiene dudas respecto a la acción punitiva de Dios cuando se rompen las leyes reveladas. Si el pecador no busca el perdón de Dios, se pierde el cielo y el individuo está sentenciado al purgatorio o al infierno.

La manera de dirigirse a Dios y el momento cuando uno se siente más cerca de él también separan a los católicos tradicionales de los progresistas. El modo de dirigirse a Dios de los primeros sería probablemente: Maestro o Señor. Si se usara el término Padre, normalmente lo modificaría: Padre celestial, Padre todopoderoso. Por el contrario, los progresistas se dirigen a Dios en términos más relacionales: Amigo, Amante, Compañero. Modificaría el término Padre con expresiones cariñosas: Abba, Padre amado, etc.

Los momentos cuando ambos grupos se sienten cerca de Dios también son diferentes. Los católicos progresistas probablemente mencionarán experiencias de adulto, como por ejemplo, programas de renovación, el nacimiento de un hijo, la muerte de un ser querido, etc. Los tradicionales se inclinan más bien a los eventos religiosos de la juventud, por sobre todo, momentos ritualistas: primera comunión, confirmación, etc. Como adultos, tratan de reproducir las experiencias de la inocencia de su niñez para así rejuvenecer sus propias vidas religiosas y para incorporar a sus niños en experiencias similares.

Un sistema de mediación

El sacerdote es crucial en el mundo tradicional. En los tiempos preconciliares, el sacerdote parroquial pasaba la mayor parte de su tiempo dentro o cerca del santuario. No era necesario solamente para la Misa y los sacramentos, sino que presidía un conjunto de eventos piadosos: novenas, horas santas, la bendición, el rosario público, las estaciones de la Cruz, la veneración de los santos, etc. Hoy, el católico tradicional todavía requiere estos servicios y espera que el sacerdote los provea. Siendo la persona que preside los actos litúrgicos, el sacerdote tiene un acceso único al mundo encantado de los ángeles y santos. Es parte crucial del sistema de mediación entre el Dios trascendente y la humanidad. Desde esta posición privilegiada fluyen otras tareas sacerdotales. Cuando visita a los enfermos o bendice un hogar, por ejemplo, está actuando como parte de un sistema de mediación.

Puesto que el código moral del católico tradicional es revelado, el sacerdote como intérprete de él, posee un control social considerable. Como confesor, conoce bien las fallas de la gente a la que sirve. Posee el poder de las llaves; puede perdonar el pecado o no hacerlo. Si el último castigo o premio depende de la absolución, el sacerdote obviamente tiene enorme autoridad moral.

En este sistema de creencias, la forma actual de la vida sacerdotal tiene sentido. Puesto que la meta última está fuera de este mundo la vida sacerdotal es idealmente monástica. En algún grado, cada sacerdote debiera ser pobre, célibe y obediente. Debiera vivir en forma aislada y seguir la rutina monástica de oración. Puesto que vive unos pasos alejado de los embrollos del mundo, él puede ser una parte efectiva del sistema de mediación entre la humanidad y un Dios lejano.

La Iglesia institucional pretende mantener esta forma del sacerdocio aunque la experiencia religiosa que la apoya sea limitada sólo a un segmento de la población católica. La razón de que este apoyo se esté corroyendo tiene que ver más con los desarrollos dentro de la Iglesia que con las fuerzas sociales externas. En el Concilio Vaticano II, la Iglesia oficial reconoció otras formas de religiosidad. Cuando el Concilio llamó a cada persona a una santidad de acuerdo con su estado de vida, estaba socavando el apoyo al sacerdocio tal como lo conocemos hoy. El sacerdote ya no tiene un acceso privilegiado a la dimensión espiritual, porque la santidad ya no se define por la participación en un reino trascendental reproducido ritualmente en nuestros santuarios. Cuando la Iglesia se abrió a este cambio, descubrió que los católicos contemporáneos ya habían desarrollado otro sentido de lo sagrado que no requiere un sistema de mediación como lazo entre un Dios trascendente y la humanidad.

La percepción de Dios del católico progresista

Las diferentes maneras de buscar el consuelo ante la muerte podrían ilustrar las diferencias entre la religiosidad del católico tradicional y la del progresista. En el período preconciliar, la asistencia a las misas de difuntos era numerosa y los fieles visitaban los templos lo más posible en el día de los difuntos. Prácticas como éstas manifiestan la creencia de la participación en la dimensión trascendental.

Y ¿ahora? Todavía rezamos por los muertos, pero un católico progresista buscará consuelo probablemente en un psiquiatra o en un grupo de apoyo. La pregunta surge: ¿Qué pasó con la otra dimensión, el mundo de los ángeles y los santos?

El católico progresista tiene otro concepto de la ubicación de Dios, que hace innecesaria la intercesión de mediadores celestiales. Él ve a Dios como inmanente, muy cerca de la humanidad. O, tal vez siente que Dios vive dentro de su ser como Espíritu morador. En cualquiera de los dos casos, el sistema de mediación del católico tradicional es innecesario. Dios mora muy cerca, dentro de la historia, junto a o dentro de la humanidad.

El modelo tradicional nos ha llevado a lo que los sociólogos llaman el desencanto. Uno puede creer en el mundo celestial de ángeles y santos pero los católicos no los necesitan para llegar a Dios. En cambio, miran los tiempos contemporáneos, sus relaciones o aun la profundidad de sus propias almas para descubrir la presencia de Dios. Esta forma de religión socava ciertos rituales auxiliares de la Iglesia, como novenas y horas santas. Sin embargo, los sacramentos de la Iglesia permanecen vitales porque se ven como fuentes de unión entre Dios y la humanidad.

El católico progresista evalúa este mundo en forma positiva. No es necesario escapar del mundo. De hecho es el locus de la acción de Dios o, mejor, el lugar donde Dios y la humanidad se hacen socios.

Para el católico progresista, la moralidad se concibe en términos de la autenticidad. Tiene una visión ideal de sí mismo y del mundo. Estos ideales son difíciles de definir. En este período de transformación es imposible concebir una presentación sistemática, pero se siente llamado a realizar estos ideales en el mundo actual. Se preocupa de una sociedad buena y justa, una comunidad vibrante y de sí mismo como cada vez más vital. Un católico progresista escribió así:

Gran parte de mi vida ha sido una búsqueda de una meta, una vocación, una respuesta a la pregunta: "¿Cuál es la meta de mi vida? ¿Para qué estoy aquí?"

Aquí descubrimos un ideal pero es difícil definirlo. La vida de uno, entonces, es una búsqueda de un sí mismo y de una sociedad ideal.

El movimiento hacia estos ideales constituye una vida auténticamente buena. Para las personas que prefieren los absolutos morales revelados, esta respuesta suena evasiva y resbaladiza. Sin embargo, el católico progresista no lo ve como un camino fácil hacia la auto-realización. De hecho, confiar demasiado en uno mismo se considera un fracaso o un pecado. La relación con Dios, vista como amistad o el trabajo en conjunto, requiere cuidadosa mantención para que el ideal auténtico sea realizado.

Una búsqueda de ideales

La participación en la construcción de un mundo ideal es de enorme importancia para el progresista, tanto en el ministerio en el mundo como en la organización de la Iglesia. Hablando en forma general, el católico progresista es alguien interesado en la educación permanente: en los seminarios, talleres y cursos, en escuchar cassettes sobre temas de importancia, en leer y tomar parte en pequeños grupos. Abrirse a los demás, compartir y buscar son actividades cruciales en cualquier esfuerzo por definir la vida ideal. Después de todo, la visión de una vida cristiana auténtica para nuestros tiempos no es fácil de imaginar, no hay modelos a mano como el modelo del monje que funciona para el católico tradicional. Las personas en mi estudio inclinadas hacia la experiencia religiosa progresista son aquellas que han pasado un sinnúmero de horas en definir estos ideales.

Un modelo del sacerdocio para la Iglesia progresista aún no ha sido concebido. Desde la perspectiva de la experiencia religiosa progresista, no se desean y, desafortunadamente, no se respetan las características del estilo trascendente monástico del sacerdocio actual. Las disciplinas del celibato, la sotana y la vida de la casa parroquial, diseñadas para aislar al sacerdote con el fin de que cumpla su rol de mediador entre un Dios trascendente y la humanidad, bien podrían ser desechadas. Esta es una razón por la cual el sacerdocio está en aparente decadencia. En su forma actual, no está arraigado en la experiencia religiosa de un segmento significativo de la población católica.

No es ninguna novedad que los católicos quieren que sus sacerdotes sean accesibles y no aislados; que no ven mucho valor en el celibato y que buscan una predicación informada por experiencias que hagan eco a las suyas.

Más allá de lo anterior, ¿existe en la experiencia religiosa progresista la necesidad de un sacerdocio ordenado? ¿Es posible encontrar algún tipo de sacerdocio que pueda encajar con la experiencia religiosa de la Iglesia progresista? Puesto que existen tanto el ministerio laical como la restauración del sentido del pueblo de Dios como un pueblo sacerdotal, ¿tienen sentido tantos esfuerzos para salvar el sacerdocio ordenado? Hasta aquí las posibilidades de la sociología. Valiosa para el análisis y la descripción, la sociología es menos confiable para pronosticar y prescribir. Sin embargo, si se me permite una opinión, creo que todavía existe razón para un sacerdocio ordenado. A continuación, trataré de describir algunas de sus características.

Un sacerdocio que comparte la búsqueda

Si hay una palabra que caracteriza nuestros tiempos y la experiencia religiosa de un sinnúmero de nuestros católicos, es la de búsqueda. Un sacerdote ordenado tendrá que tomar su parte en esta búsqueda o perder su relevancia. Veo la necesidad de un ministerio sacerdotal y profético en búsqueda de la autenticidad. Creo que un sacerdocio que comparta la búsqueda y participe en el viaje es vital para nuestra imaginación religiosa. El papel sacerdotal es bendecir, elevar y ofrecer lo mejor de lo que somos y hacemos sobre el altar de Dios. La vida definida como una búsqueda sin tapujos está en el meollo de la experiencia contemporánea. Necesitamos un ministerio sacerdotal que participe en esta búsqueda, que conozca bien tanto la revelación como la tradición, para poder así descubrir si estamos o no desviados y para poder celebrar todo: las dudas, las luchas, las luces y los avances ocasionales.

También necesitamos un ministerio profético que pueda desafiar los ídolos del escenario contemporáneo. Sin contar con padrones de santidad -el monje o la religiosa- nos hemos abierto a fuerzas sociales que no nutren la vida espiritual. Nuestro sentido de ser compañeros de Dios, el sentido de amistad y cercanía, pueden desintegrarse en un monólogo en que lo contemporáneo se vuelve ídolo y el ego se transforma en la medida para todo lo demás. Una persona que tenga una confianza ganada a través del estudio serio y prolongado de la revelación y la tradición, que tenga una profundidad espiritual, puede llamarnos la atención, en forma profética, sobre los ídolos de nuestros tiempos, recordándonos que Dios nos espera, aquí y ahora, para llevarnos adelante.

Preguntas y dudas

¿Cómo sería este sacerdocio? ¿Es posible describir sus características? ¿Qué formas tomaría? ¿Cómo funcionaría en una parroquia? Estas preguntas tendrán respuestas solamente si se crea el espacio para trabajar las posibilidades, es decir, para experimentar. Requeriría deshacerse de algunos aspectos del bagaje espiritual y administrativo con que se carga actualmente al sacerdocio.

Con tristeza tengo que admitir que la probabilidad de la creación de tal espacio es muy pequeña. La creatividad existente se está usando para estirar más allá de sus límites los recursos sacerdotales actuales. Estoy convencido de que la nueva experiencia religiosa del cristiano católico merece y necesita un ministerio sacerdotal. Tal ministerio puede desarrollarse sólo si está enraizado, en debida forma, en el sentido de lo sagrado compartido por esta población católica.

El artículo anterior se basa en el trabajo del P. Robert Schmitz, "Of Dinosaurs, Carrier Pigeons and Disappearing Priests" publicado en la revista América, el 12 de octubre de '96. El autor fue director de investigación y planificación para la arquidiócesis de Cincinnati, EE.UU. Actualmente, es párroco de la iglesia Sta. Catalina de Siena de la misma ciudad.

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