| ¿Estamos matando a nuestros sacerdotes? |
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| Martes, 01 de Mayo de 2001 00:00 | |||||||
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Volvemos una vez más a un tema que, sin lugar a dudas, interesará a nuestros lectores. Después de haber definido a los sacerdotes como "especie en peligro de desaparecer", queremos detenernos este mes en las causas de esta situación, con énfasis en el aspecto comunitario del problema. Esperamos que la referencia al sacerdocio en los EE.UU. nos ayude a considerar el problema en Chile desde otro punto de vista. Queremos reiterar nuestro deseo de escuchar sus reacciones frente a los artículos del Boletín, para poder evaluar si estamos o no respondiendo a las necesidades pastorales de nuestros lectores.
ÍNDICE El suicidio sacerdotal
Algunos de los sacerdotes más dedicados que yo conozco se están matando. Están trabajando tan duro que simplemente son incapaces de ver otra opción. Mientras más duro trabajan, más trabajo hay por hacer. Y, cuanto más efectivo sea su trabajo, más grande es la demanda por su servicio sacerdotal. Sacerdotes como ellos enfrentan el dilema de esforzarse por responder a las necesidades de una iglesia creciente, mientras sus propias energías y el número de sacerdotes activos van disminuyendo. Los obispos, nuestros sacerdotes primarios, están experimentando el mismo dilema de manera especialmente intensa. Monseñor Kenneth Untener de Saginaw, Michigan, describió la falta de sacerdotes como "una realidad que va empeorando..., el problema más grande que enfrento como obispo." Nadie parece encontrar una salida. Al mismo tiempo, hay una convicción entre estos sacerdotes dedicados de que "algo tiene que ceder."
Con frecuencia lo que más cede es la vida interior del sacerdote y luego la calidad de su vida personal y de su ministerio. Aquí encontramos la razón de por qué el trabajo compulsivo es suicidio para el sacerdote. Lo separa de su vida interior de la cual depende la integridad del resto de su vida y de su ministerio. Le quita el tiempo necesario, sus horas libres, la tendencia a reflexionar sobre su vida y ministerio y el cuidado de su propia alma como fruto de su oración y entrega personal. En forma gradual, crea distancia entre el sacerdote y sus necesidades físicas, sus amigos y sus pensamientos, sentimientos y recursos espirituales, que podrían permitirle enfrentar en forma creativa los desafíos crecientes de su vida personal y ministerial. Cuando los sacerdotes me hablan de sentirse "vacíos", o "de no sentirse sacerdotes sino robots, actores, máquinas sacramentales o empresarios religiosos", concluyo que están hablando desde ese lugar doloroso, sin sentido, donde el sacerdocio ha perdido su alma.
Si este tipo de "suicidio" sacerdotal está llegando a ser tan común como parece, entonces la pregunta clave pasa desde una pregunta personal a una más bien comunitaria: "¿Existe apoyo comunitario al suicidio de nuestros sacerdotes?" Personalmente, creo que estamos ayudando a matar a nuestros sacerdotes, aunque no intencionalmente. Pero sí lo hacemos en forma inconsciente. Las siguientes son algunas maneras cómo veo que la comunidad toma parte en este apoyo al suicidio:
• Hacemos demandas ministeriales no razonables, es decir, injustas, sin considerar la salud física, psicológica, espiritual, ni las limitaciones personales del sacerdote. • Alentamos y premiamos a nuestros sacerdotes por su tendencia a ser trabajólicos. • Tratamos el trabajolismo como un valor religioso y no como un comportamiento comunitario y espiritualmente destructivo. • Espiritualizamos y nos negamos a reconocer la situación ministerial cada vez más imposible de muchos sacerdotes. • Negamos, pasamos por alto, racionalizamos y escondemos los comportamientos inapropiados y compensatorios que muchas veces marcan la fase final del proceso de suicidio sacerdotal. • Rechazamos, condenamos y alejamos a los sacerdotes y obispos que no responden a nuestro ideal del sacerdocio.
Si sólo algunas de estas tendencias sonaron verosímiles a su experiencia, entonces el asunto de la "muerte" de nuestros sacerdotes es claramente comunitario y sistémico. Este hecho llegó a ser dolorosamente claro para mí durante los siete años de ministerio en un centro de terapia con sacerdotes aproblemados y "fundidos". Nuestro dedicado equipo de profesionales formado por religiosos y laicos, fue capaz de crear un ambiente en el cual los sacerdotes podían vivir y rezar juntos y aprender a apoyarse entre sí en la creación de una vida sacerdotal en que la oración, reflexión, trabajo, ejercicio y recreación encontraran un sano equilibrio. En este ambiente tuvimos verdaderos milagros de sanación, conversión y transformación.
Lo que no pudimos hacer como grupo terapéutico fue cambiar el ambiente de donde venían los sacerdotes y al cual tendrían que volver. No tuvimos control sobre aquel ambiente. Después de completar el programa, muchos sacerdotes regresaron a una situación ministerial que sólo había empeorado en su ausencia y al mismo ambiente amenazante que habían dejado. Para cambiar un ambiente de este tipo el mismo obispo y la comunidad parroquial tendrían que someterse a una conversión radical sobre la manera de relacionarse con los sacerdotes y en su autoconocimiento como pueblo sacerdotal. La forma de esta conversión se clarifica cuando enfrentamos finalmente el problema de por qué estamos matando a nuestros sacerdotes.
¿Por qué estamos matando a nuestros sacerdotes ? Aunque la siguiente no sea necesariamente una explicación que responda a todos los aspectos del problema, hay cuatro razones, íntimamente relacionadas, que creo explican el porqué estamos matando a nuestros sacerdotes. En gran parte estas razones permanecen inconscientes. En primer lugar, menospreciamos la magnitud del problema. Segundo, estamos exactamente en el mismo lugar que nuestros sacerdotes. Tercero, necesitamos sacerdotes trabajólicos. Cuarto, asimilamos el paradigma actual del sacerdocio exclusivo, masculino, célibe y clerical con la esencia del sacerdocio. Miremos detenidamente cada una de estas razones.
• Menospreciamos la magnitud del problema
La falta de sacerdotes, tanto la situación actual como la proyectada, debiera ser un problema de primera magnitud para un pueblo sacerdotal. Nuestros esfuerzos para minimizarlo sólo lo exacerba. Para ilustrar la urgencia de un problema que es realmente universal, ofrecemos datos sobre la población sacerdotal estadounidense, una proyección publicada en el año 1995.
La población sacerdotal habrá disminuido 40% entre 1966 y 2005, mientras la población laical habrá crecido en 65%. La proporción laico-sacerdote, una medida bastante precisa de demanda y respuesta, se doblará entre 1975 y 2005 desde 1.100 a 2.200 católicos por sacerdote activo. Además, esta cifra es sólo una estimación conservadora porque no toma en cuenta que la población hispanoamericana está creciendo cinco veces más rápido que la población general. Al mismo tiempo, el reclutamiento y la perseverancia permanecerán como problemas crónicos mientras el número de jubilados y muertos crecerá. Las últimas cifras muestran unos 21.000 sacerdotes diocesanos activos en el 2005, o sea 40% menos que los 35.000 registrados en 1966. Este grupo de sacerdotes activos, reducidos no sólo en tamaño sino en fuerza y juventud, se encontrarán recargados con la necesidad de responder a las demandas, sacramentales y otras, de más de 74 millones de católicos norteamericanos.
Un estudio más reciente prueba que las proyecciones anteriores se han mostrado precisas no sólo para el país en general, sino también en la mayoría de las diócesis particulares. Extendiendo las proyecciones hasta el año 2015, se pronostica una diminución de 45% de la población sacerdotal de 1966. Un párroco comentó que en los últimos cinco años el número de sacerdotes activos de su diócesis ha bajado desde 150 a 96, es decir, un descenso de 33%. Un descenso tan dramático en el número de sacerdotes activos tiene implicaciones ministeriales pavorosas. Crea un ambiente desalentador tanto para sacerdotes como para laicos. También tiene un poderoso impacto negativo en el reclutamiento vocacional y en la perseverancia de las vocaciones. Muy pocos hombres quieren ser miembros de - o permanecer en- un grupo que está claramente muriéndose.
Hay momentos cuando un actitud de "esperemos y veamos" es razonable y prudente. Sin embargo, tomar esta actitud frente al problema de la falta de sacerdotes en este momento no es ni razonable ni prudente.
•Necesitamos sacerdotes trabajólicos Aunque no queramos admitirlo, el hecho es que la creciente falta de sacerdotes activos ha creado una situación en que necesitamos desesperadamente sacerdotes trabajólicos por la sencilla razón de que ni sacerdotes ni laicos somos capaces de jerarquizar las prioridades pastorales. No podemos hacer frente a la demanda sacramental sin ellos. Porque necesitamos hombres que puedan hacer el trabajo de dos o tres sacerdotes, hemos llegado a esperarlo de ellos. Sin reconocerlo, esta necesidad impone enormes exigencias sobre las vidas de nuestros sacerdotes y sobre nuestros esfuerzos de reclutar y retener candidatos para el sacerdocio.
•Asimilamos el actual paradigma de un sacerdocio exclusivo, masculino, célibe y clerical, con la esencia del sacerdocio
Para mí, el hecho de que hemos absolutizado el actual paradigma de un sacerdocio exclusivo, masculino, célibe y clerical, igualándolo con la esencia misma del sacerdocio, es una razón clave del "asesinato" de nuestros sacerdotes. Afecta todo lo que hacemos y lo tiñe de forma particular. Nos lleva a inhibir cualquier discusión de posibles formas alternativas del sacerdocio y a sostener a priori que serían impensables. Nos hace presumir que la situación trabajólica en que nos encontramos sería manejable si nuestros sacerdotes y nosotros pudiésemos trabajar un poquito más duro. Nos hace ciegos a las buenas vocaciones sacerdotales que no caben dentro de nuestro paradigma actual. Al definir el sacerdocio en términos del statu quo, hacemos de nuestra sombría realidad sacerdotal actual, el único futuro imaginable.
Empujados por esta visión, multiplicamos respuestas ad hoc al problema de la falta de sacerdotes con el fin de preservar la forma actual del sacerdocio. Estrategias de este tipo son: combinar parroquias, edificar mega-iglesias, negar sabáticos sacerdotales, extender la edad de jubilar, reincorporar sacerdotes ya jubilados, importarlos del tercer mundo para administrar la Iglesia. En gran parte, no surgen de las necesidades pastorales y de las preferencias de nuestro pueblo sino de la necesidad organizacional de mantener a toda costa la forma actual del sacerdocio. La práctica de ordenar diáconos casados y de nombrar religiosas y laicos de ambos sexos como administradores también podrían ser consideradas no como pasos audaces hacia formas alternativas del sacerdocio, sino como acomodaciones necesarias para apoyar la estructura del sacerdocio en su forma actual. Visto así, la crisis que estamos experimentando actualmente ya no parece estar enraizada en la falta de vocaciones sacerdotales. No, está enraizada más bien en el endurecimiento letal de nuestras categorías.
•¿Acaso Dios quiere que nosotros sigamos en esta dirección? Para saber si estamos actuando como personas de fe, la pregunta espiritual clave es: ¿Acaso Dios quiere que sigamos en esta dirección?
Personalmente, encuentro difícil creer que Dios quiera que sigamos en una dirección que está matando a nuestros sacerdotes, privándonos de los sacramentos y amenazando con socavar nuestra identidad como un pueblo sacerdotal. Creo que a través del problema de la falta de sacerdotes, Dios nos está llamando a abrirnos a experimentar un cambio paradigmático, una conversión radical en nuestra manera de entendernos como pueblo sacerdotal, y a entender a los sacerdotes que nos sirven. Creo que la fidelidad a este llamado requeriría apertura a todas las opciones de formas alternativas del sacerdocio y, en nuestro modo de discernir el problema, a un cambio desde una posición estrecha y autoritaria, al amplio proceso de diálogo que animó el Concilio Vaticano II. Creo firmemente que tal fidelidad valiente nos hará experimentar de nuevo las profundidades del misterio sacerdotal que está operando dentro de nosotros y nos permitirá expresar este misterio en formas creativas durante este nuevo milenio.
El autor de este texto es Francis Dorff, O. Praemonstratense (Norbertinos)
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