| Vida religiosa ¿quo vadis? |
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| Viernes, 01 de Junio de 2001 00:00 | |||||||
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Si existe un problema sintomático del contexto eclesial de nuestra sociedad posmoderna, ese es, seguramente, la escasez de vocaciones a la vida religiosa. Es un fenómeno tal vez más agudo en los países desarrollados, pero evidente también en América Latina. Hay un sinnúmero de libros y artículos que pretenden analizar las causas de este problema y ofrecer soluciones, pero para las congregaciones y para la Iglesia entera sigue siendo una preocupación. A continuación ofrecemos parte de un artículo de un hermano marista, psicólogo, que nos ilumina respecto a la juventud actual que despierta tantas expectativas entre sus mayores. Aunque se dirige a una Iglesia local diferente, hay muchos aspectos que pueden clarificar el contexto nuestro. ¿Cómo son nuestros jóvenes y qué es lo que buscan? ¿Acaso son capaces de la generosidad necesaria para vivir la entrega de la vida religiosa? ¿Y de qué vida religiosa estamos hablando? ÍNDICE Generación X y la Iglesia Generación X y la espiritualidad Generación X y sus mayores Los religiosos y la generación X Las vocaciones: primero, lo primero Plan de acción para el reclutamiento Hablando sobre el celibato El próximo paso Los compromisos permanentes El último punto Los desafíos para el futuro Desde un punto de vista puramente secular, ninguna organización puede continuar cumpliendo su misión en forma efectiva si no tiene éxito en atraer nuevos miembros y en retener los antiguos. Sin embargo, un buen número de religiosos parece sentirse abrumado por los desafíos que plantea el ingreso de nuevos miembros a sus congregaciones. Muchos insisten en que faltan las destrezas necesarias para la promoción vocacional. Otros se apoyan en las explicaciones populares de la falta actual de candidatos. Un buen número pregunta si es realmente justo invitar a los jóvenes a un estilo de vida que, aparentemente, ha perdido su norte. Otros, convencidos de que este modo de vivir está muriendo, se pierden en tareas profesionales y sus congregaciones menguan cada vez más como punto de referencia. Es un hecho que hemos puesto gran énfasis por largo tiempo en la formación de los laicos, de acuerdo con las prioridades del Concilio Vaticano II. Es difícil incorporar todas las prioridades en forma equitativa; normalmente una recibirá más atención en detrimento de otras. En este caso, es posible que así se debilitara la acción seria y concertada para revertir el descenso en el número de vocaciones. Como sea el proceso de la merma, hoy enfrentamos un desafío doble de responder a la crisis actual: primero, dar un sentido a la misma crisis, y, segundo, desarrollar las estrategias necesarias para enfrentarla. Una estrategia que nos ayudará a enfrentar esta crisis puede extraerse de la que tienen los misioneros al empezar su trabajo de evangelización en un pueblo nuevo. Su primera tarea es aprender el idioma, comprender y apreciar la cultura de la gente a quien se dirige. De la misma manera, para efectuar un ministerio vocacional hoy, se requiere que los religiosos aprendan el lenguaje y la cultura de la Generación X, título dado a la cohorte de juventud entre 19 y 39 años. Este grupo constituye el conjunto de hombres y mujeres más cultural y éticamente diverso que jamás existió en la historia. Ningún tipo de música, héroe o estilo de vestir define a los adscritos a esta generación. Vienen en todos los tamaños y formas, y aparentemente son más tolerantes de la diversidad que las generaciones anteriores. A pesar de sus diferencias, los miembros de la Generación X comparten una historia en común que ha moldeado su percepción de la vida. En los EE.UU., ellos constituyen la generación cuyos padres tomaron la píldora para evitar la concepción. El "trabajolismo", empuje insaciable para avanzar en la carrera, y el éxito económico reflejado por sus padres -los Baby Boomers (2)- han convencido a los X, que el bienestar de los hijos no tiene una alta prioridad entre sus mayores. Muchos de la Generación X vivieron su niñez con la llave de sus casas colgada del cuello y pasaron más tiempo frente al televisor que con sus padres, ambos ausentes en su trabajo. Muchos se responsabilizaron de sus hermanos menores desde temprana edad. También es la generación que pagó el precio por la epidemia del divorcio. No es difícil, entonces, entender por qué para la gran mayoría de los X, son las relaciones de amistad más que los lazos de sangre las que constituyen su concepto de familia. Ellos confían en la amistad por sobre todas las demás relaciones. Son conocidos por su postergación de los compromisos de vida y por su búsqueda de un mundo y de una Iglesia que no tiemblen bajo sus pies. En el fondo, esta generación quiere compromisos de vida que realmente duren y, por lo tanto, se demuestra sumamente cautelosa antes de asentarse. Sus experiencias de vida le han enseñado a ser escéptica y a sospechar de las instituciones. Sin embargo, añora un mundo en que las personas y las instituciones sean lo que dicen que son. Por la observación de sus mayores en la casa, en la Iglesia, en el gobierno y en las empresas, ha aprendido a ser cínica respecto a los mayores que tienen más destreza para discutir sobre los problemas que para solucionarlos. Una generación que se asombra frente a un mundo adulto tan ambivalente en lo moral, que vacila en imponerse -rayar la cancha- respecto del comportamiento de la juventud. Cuestiona una visión del mundo que sigue tolerando el crecido torrente de patología y negativismo que está sofocando las vidas de hombres y mujeres jóvenes. Avances sorprendentes en la tecnología a través de los últimos 25 años han tenido un impacto significativo y duradero sobre el carácter de la Generación X. No puede imaginar la vida sin los artefactos tecnológicos. Gracias al desarrollo de Internet y el cable, ha aprendido a vivir más en la realidad virtual que en la vida real. Ha sido participante virtual en los grandes eventos históricos y en los desastres de los años '80 y '90. Todos los aspectos de la vida han sido moldeados por la realidad virtual. Los X están más preocupados por el desarrollo de las destrezas necesarias para aprovechar la computadora, que por aquellas para la interacción personal y social en la vida real, con personas de carne y hueso. Internet es su segundo hogar y no hay límites a lo que ha podido encontrar allí. Generación X y la Iglesia Los mayores dentro de la Iglesia han fracasado en su papel de entregar a esta generación los mejores aspectos de su herencia espiritual. Por lo tanto, la Generación X no recurre con confianza ni a las instituciones convencionales ni a las piedades baratas. Sospecha profundamente de ambas. Encuentra que el "cristianismo oficial" está demasiado involucrado con la cultura de la clase media del país. La Generación X desea reclamar, salvar a Jesús de las mismas instituciones que dicen hacer el ministerio en su nombre. Sin embargo, es doctrinal e históricamente analfabeta. Profesores universitarios de Teología y Escritura que enseñan a la Generación X saben que tienen que empezar de cero. La Generación X no está enojada con la Iglesia católica sino que es extrañamente indiferente a ella. Como consecuencia, se siente perpleja, confusa frente a la desilusión y a veces la furia que una generación mayor dirige hacia la Iglesia. ¿Por qué habría de quedarse dentro de una organización que aparentemente causa tanto dolor y ansiedad? La Generación X no está interesada en lo que los religiosos mayores han dejado de creer. Prefiere aprender sobre lo que todavía valorizan. La Generación X y la espiritualidad La palabra espiritualidad aquí se refiere a una relación con Dios. Sin embargo, no está desconectada de la espiritualidad asociada con la vida del espíritu humano. Debido al modo en que fue criada, el espíritu humano de la Generación X está generalmente poco desarrollado y, por lo tanto, necesitado de ser satisfecho. Por eso las relaciones humanas son tan importantes para ellos, lo que también explica por qué les es difícil imaginar que una vida célibe pudiera ser vital e inspiradora. Aunque su ignorancia sobre asuntos de fe y teología nos puede sorprender, la Generación X no es arreligiosa ni indiferente a la espiritualidad. Pero la clave de su relación con Dios no se encuentra en los lugares tradicionales. Ha sido forzada a buscar los fundamentos de la espiritualidad en medio de profundas ambigüedades teológicas, sociales, personales y sexuales. Aunque esté espiritualmente hambrienta, parece demorar mucho en su búsqueda de valores humanos profundos. Está dispuesta a esperar una visión de vida que sea a la vez creíble y auténtica, que urja y desafíe. Se espera también que esos valores incluyan algunas líneas prácticas para vivirlos. Los jóvenes buscan un desafío en esta área -exigente y a la vez atractiva y audaz. En fin, añora algo que encienda su fuego, que prenda por dentro una pasión por la vida. Tal vez sea un redescubrimiento de la genuina tradición cristiana, y no el tradicionalismo, lo que pudiera ofrecer un primer paso hacia la satisfacción de su hambre. La Generación X añora implícita y explícitamente un encuentro casi místico con lo humano y lo divino. Pero encuentra lo religioso más fácilmente en la experiencia personal que en las verdades heredadas a través del credo o de las costumbres. La Generación X y sus mayores Años atrás la generación de los Boomer decía: "No confíe en nadie que esté sobre los 30". Hoy a los jóvenes conocidos como la Generación X les ha cambiado el enfoque de su sospecha. Existe una tensión notable entre los Boomers y la Generación X en términos de edad, entre hombres y mujeres de 19 a 30 y tantos, y aquellos entre poco más de 40 y 55. Los Boomers de mediana edad consideran a los de la Generación X como una gran desilusión: mal informados, intelectualmente obtusos, religiosamente conservadores e irremediablemente materialistas. Por otro lado, los de la Generación X cuestionan la autopercepción de los Boomers, quienes se consideran como la generación más creativa, idealista y moralmente consciente en la historia de la nación y de la Iglesia. La Generación X, al contrario, tiende a ver los resultados de este "idealismo": la epidemia de SIDA en vez de una liberación sexual; actividad nuclear en vez de la paz; el alto costo de la educación universitaria en vez de un acceso general. Por lo tanto, esperaría un poco de humildad de parte de una generación tan poco exitosa. Los X se consideran como el gran equipo de aseo del siglo y saben que, cualesquiera sean las consecuencias para sus conciudadanos, son ellos los que tendrán que cargar con la parte más dura. Su consejo a los mayores sería: dejar de lado las posiciones ideológicas y los epítetos y permitir que funcionen una vez más las cosas simples. Los religiosos y la Generación X Algunos de los religiosos contemporáneos de mediana edad le han puesto la etiqueta de reaccionaria y religiosamente conservadora a la Generación X. Su presencia en la comunidad es experimentada como una amenaza a los cambios ganados con gran dificultad a través de cuatro décadas: cambios en la vida comunitaria, oración, elección de ministerio, etc. Por su parte, los X dentro de la vida religiosa experimentan esta situación como igualmente opresiva. Para ellos el Vaticano II pertenece a la historia de otros. Por lo tanto, se cansan de ser clasificados como conservadores y reaccionarios respecto a las enseñanzas de la Iglesia y asuntos de la vida religiosa. Se sienten ofendidos cuando se refieren a ellos como "los que añoran volver a los años '50". Los jóvenes que piensan en la vida religiosa hoy están buscando dos cosas: 1) una vida en común y 2) una espiritualidad vibrante. Consideran que no es necesario ser religiosa, sacerdote o religioso para poder hacer ministerio; muchos están ya involucrados y lo hacen con notable eficacia. Lo que inspira su interés en la vida religiosa es ver hombres y mujeres felices y esperanzados, y experimentar la hospitalidad extendida a ellos por las hermanas, hermanos y sacerdotes, gente que son, en sí, una verdadera Buena Noticia. Quieren ser parte de algo más grande que ellos mismos y quieren vivir sus vidas de una manera que haga una diferencia en este mundo. Añoran darse a algo que requiera pasión y compromiso. Puesto en forma simple, aquellos interesados en la vida religiosa quieren tomar en serio lo que significa seguir a Jesús y servir a Dios de una manera radical, algo que sólo puede suceder si sirven junto con otros. Aunque sea posible vivir la "comunidad" en múltiples formas, ellos quieren compartir la vida en conjunto, de una manera más que casual, con otros que tengan la misma visión y valores; desean ser parte de una comunidad donde la preocupación mutua, el apoyo y la vida de oración sean la base fundamental del ministerio. Quieren hablar sobre Jesús, la oración y la fe y sobre lo que significa tener con Dios una relación que requiere sacrificio. Se sienten confundidos cuando encuentran religiosos extrañamente callados sobre estos temas. Más que nada quieren una vida religiosa que les exija algo. Quieren saber si los valores y prioridades de la congregación valen la entrega de sus vidas. Las experiencias de vida de la Generación X les han dejado con preguntas que todavía no tienen respuestas: ¿Quién me necesita a mí? ¿Con qué puedo yo contribuir? Buscan una comunidad y un sentido de pertenencia. Añoran también un estilo de vida sencillo y algunos medios para expresar su preocupación por el mundo. Buscan algo que dé significado a sus vidas. Hubo una vez cuando a este algo lo llamábamos "lo sagrado". Cuando los religiosos mayores identifican los obstáculos o los desafíos más grandes en la promoción y mantención de vocaciones, citan factores como los siguientes: la falta de identidad colectiva, falta de visibilidad, falta de aprecio por lo que son como religiosos, falta de capacidad para cambiar y aceptar las diferencias, falta de hospitalidad, cansancio, tensiones en la Iglesia, etc. Sin embargo, los religiosos jóvenes que obviamente no son perfectos, nos aseguran que tampoco están buscando congregaciones de personas perfectas. La atracción que sintieron por sus congregaciones fue la claridad de su visión, la vida en común, ministerios que responden a las más profundas necesidades humanas, un enfoque común y la convicción de que el mensaje evangélico y una vida de oración son fundamentales para la vida del grupo y su trabajo en conjunto. Las vocaciones: primero, lo primero Los sociólogos de la vida religiosa nos recuerdan que los incentivos tradicionales para la promoción de vocaciones han sufrido una merma desde el Concilio Vaticano II. Es importante entender que no se pueden hacer desaparecer los factores sociales que afectan el descenso en el número de vocaciones a la vida religiosa. Sin embargo, hay posibles maneras de fomentar esas vocaciones. Sus estrategias debieran desarrollarse dentro de los parámetros de las posibilidades reales. Para que el trabajo de promover las vocaciones tenga fruto, tendrá que ser hecho dentro del marco de una vida que vibre con la oración personal y comunitaria. Los grupos que desean invitar a nuevos miembros tendrán que definir su identidad, ser claros sobre su misión, tener un sentido sólido de quiénes son y a dónde van. Para llegar a este punto, aquéllos tendrán que tomar decisiones, tal vez difíciles, para clarificar lo que es primordial para ellos y lo que les hace diferentes de otros grupos en la Iglesia. Los autores de estudios sobre la vida religiosa han indicado en sus informes que la revitalización de la vida consagrada en los EE.UU. requiere la resolución de conflictos en ocho áreas claves: la naturaleza de la vocación, liderazgo, autoridad, identidad colectiva, claridad del rol, multiculturalismo, materialismo y el Evangelio y carisma. Observaron que hay hombres y mujeres dentro de las congregaciones que sí tienen claridad respecto a lo que hace distinta su vocación hoy. Radicalmente dependientes de Dios, poseen un profundo deseo de unión con su Creador. Su altruísmo es también evidente: tienen la capacidad de entrar en la vida de los demás para el bien del otro y no por necesidad personal. Profundamente comprometidos con sus congregaciones, están dispuestos a pagar el alto precio de un compromiso de este tipo. Sin embargo, la generosidad potencial de otros miembros se encuentra corroída por tres factores: preocupación por sí mismo e individualismo, dificultades psicológicas y una reducida disposición para hacer sacrificios por el grupo. Es obvio que las diferencias que existen entre los dos grupos de religiosos requieren resolución si la congregación entera quiere llegar a una clara identidad y misión. Aunque los miembros que han emigrado a las periferias de sus congregaciones han hecho contribuciones significativas en términos del ministerio, poco tienen que ver con la vida religiosa en sí. El futuro de estas congregaciones descansa en su capacidad de decidir entre el alto costo de la vida evangélica del grupo entero y las demandas de un concepto individualista de algunos miembros. Respecto a la comunidad, los jóvenes ponen un desafío a los religiosos de hoy. Después de casi 40 años de experimentación, tal vez los religiosos sean capaces de crear junto con los nuevos miembros un novedoso modelo de vida religiosa para el siglo XXI. El crecimiento de las iglesias cristianas fundamentalistas, el rápido desarrollo de sectas y cultos y el interés en una multitud de movimientos sugieren la existencia de un profundo hambre espiritual en la sociedad americana. Las congregaciones religiosas contemporáneas enfrentan el desafío de desarrollar estrategias para poder responder a esta necesidad espiritual que involucra a un porcentaje significativo de sus miembros. Ahora la parte difícil. Los religiosos tienen que decidir si la misión de su congregación es tan vital y urgente hoy como lo fue en el momento de su fundación. Es también esencial preguntarse si los laicos que trabajan con compromisos de tiempo completo o parcial, podrían reemplazarlos en la continuación de esta misión. Si la misión es vital y los laicos no pueden reemplazarlos, entonces es claro que la promoción vocacional debiera ser una prioridad para los próximos diez años. Las antiguas razones para no involucrarse en esta promoción --no tengo tiempo, soy demasiado viejo, faltan destrezas, ya existe un director de promoción, etc.-- requieren análisis. Es el momento en que toda la congregación necesita tomar una decisión sobre la pregunta central: ¿Acaso quiero un futuro para la misión y vida de mi congregación? Plan de acción para el reclutamiento Cualquier plan debiera considerar tres desafíos que confrontan a los religiosos en la promoción vocacional: 1) cambiar la imagen pública de la vida religiosa; 2) educar el público sobre la verdadera naturaleza de la vida religiosa; 3) invitar a los jóvenes a compartir dicha vida. Sin lugar a dudas, la imagen pública de la vida religiosa requiere cirugía plástica. Las imágenes de esos hombres y mujeres en los medios de comunicación van desde lo sórdido a lo ridículo: abusadores de niños, religiosos irritados con su Iglesia, congregaciones divididas entre liberales y conservadores, etc. Es difícil que los jóvenes tengan deseos de involucrarse con personas como aquellas. Nuestro desafío: difundir la verdad de que los sacerdotes, hermanas y hermanos son un grupo de personas felices y mucho más variado que lo que los medios de comunicación sugieren. Será necesario corregir informes falsos y publicidad engañosa cuando aparecen. Se necesita acción también en otro frente: los religiosos debieran desarrollar narraciones positivas y precisas sobre su manera de vivir, y asegurar que aparezcan en los medios de comunicación lo más frecuentemente posible. Por ejemplo, ¿por qué reciben tan poca atención la dedicación y el trabajo de las religiosas en los medios de comunicación? Para cambiar esta situación, los líderes congregacionales debieran desafiar a los escritores, dramaturgos y expertos de medios de comunicación en sus grupos, junto con su contraparte de laicos, a utilizar sus dones para desarrollar artículos para revistas, diarios y libros que describan la vida religiosa contemporánea con más precisión. Hay que acordarse del impacto del libro de la Hermana Helen Prejean: Hombre muerto caminando, que luego fue una película. Si los religiosos se sienten algo choqueados debido a los cambios extraordinarios en su modo de vivir durante las tres o cuatro décadas pasadas, hay que imaginar las reacciones del católico medio. Muchos se sienten traicionados por los religiosos; no pueden entender, por ejemplo, por qué ellos no son accesibles en las formas antiguas y familiares. Para remediar esto y debido al rol y tarea distintos que los religiosos llevan en la Iglesia, es urgente desarrollar una campaña sobre la vida religiosa, cuidadosamente diseñada y orientada hacia los laicos, hombres y mujeres. Hablando sobre el celibato La castidad del celibato es un área en que la educación es profundamente necesaria porque es una preocupación seria para los jóvenes católicos. La juventud, los padres y los medios de comunicación tienden a presentar la vida célibe como algo trunco, incompleto, lleno de soledad. El celibato entendido así rechaza las relaciones profundas y cariñosas. Sin embargo, los religiosos sólo pueden culparse a sí mismos por los conceptos erróneos respecto al celibato. Cuando se preguntan las razones por la decisión de vivir su sexualidad de esta manera, ellos responden con clichés: por amor al Reino, para ser más accesible a todos y no solamente a una persona, etc. Luego respiran profundamente y esperan que no sigan preguntando. En el fondo, lo que la gente quiere saber cuando expresan su curiosidad respecto del celibato es el lugar de la intimidad en la vida de los religiosos; no buscan información sobre su sexualidad genital. La mejor respuesta a preocupaciones como estas es la presencia en la vida religiosa de personas equilibradas, con amigos muy queridos y la capacidad de relacionarse con otros con facilidad. En la medida en que las congregaciones desarrollen estrategias para ganar nuevos miembros, pueden aprovechar las del reclutamiento usadas por las empresas. ¿Pero no es Dios la fuente de todas las vocaciones? Esta apelación a lo divino podría ser sólo una excusa para contribuir poco o nada al trabajo duro de conseguir nuevos miembros para las congregaciones. Para los cristianos, el respeto absoluto y la cooperación de Dios con la libertad humana es un gran misterio. La gracia de Dios está siempre presente, pero nuestro papel es de cooperar con Él en fomentar las llamadas a la vida religiosa. Se cumple, en parte, al crear dentro de nuestras congregaciones un ambiente que promueva las vocaciones. Y hablando de este contexto, no faltan religiosos que actúan como padres de mediana edad que están gozando de sus años de jubilación y ven a los niños como una molestia en la casa. Si los religiosos mayores y de mediana edad consideran a estos jóvenes adultos como molestias, debieran entender que son en verdad molestias muy necesarias. Algunos religiosos se sienten incómodos en compañía de gente más joven porque les faltan las destrezas necesarias para relacionarse con ellos o porque los jóvenes incomodan su plácido modo de vivir. Ninguna de estas razones tiene que ser permanente. Uno puede aprender las destrezas necesarias, y si hay demasiada comodidad, tal vez sea tiempo de estar perturbado por el bien de la misión. Los religiosos se sorprenderían si supieran del número de jóvenes católicos que se siente indigno de entrar a la vida religiosa. Creen que no tienen lo necesario para vivir bien esa vida. A través de una invitación personal, los religiosos contemporáneos podrían reducir su ansiedad y asegurarles que, de hecho, poseen lo necesario. El próximo paso Los sacerdotes, hermanas y hermanos debieran dirigirse a los lugares donde hay generosos jóvenes católicos: programas de voluntarios y grupos de jóvenes católicos, alumnos, profesores de escuelas primarias, secundarias y universidades, equipos diocesanos y parroquiales para retiros, las pastorales de juventud, etc. Que salgan de las oficinas de administración para volver a las salas de clase en los colegios; que tomen posiciones en pastorales universitarias y secundarias como consejeros o capellanes. Debieran aprender a gastar tiempo con los jóvenes y extender a estos nuevos miembros potenciales una invitación personal para compartir su vida. No cabe duda de que una invitación personal a compartir la vida religiosa ha sido y sigue siendo una de las más fuertes herramientas accesibles para la promoción vocacional. Desafortunadamente se usa hoy muy poco. Sin embargo, si un grupo ha hecho todo lo posible para fomentar las vocaciones en el contexto de un ministerio particular sin éxito, es cuestionable continuar en este ministerio. Los compromisos permanentes En sus esfuerzos para enfrentar la crisis vocacional actual, los religiosos también pueden desafiar la sabiduría convencional respecto a los compromisos permanentes. La Generación X es muy lenta para echar raíces. Su vacilación se debe, en parte, a lo que ellos observaron durante los años de su niñez: la desintegración familiar y el colapso de varias instituciones muy respetadas. Muchos creen que estarán más libres si retienen sus opciones. La libertad verdadera significa ser autodeterminante, tener autonomía. No se conoce mejor manera para llegar a ser autodeterminante que echar raíces en un compromiso permanente. Además, existen algunos compromisos en la vida para los cuales las palabras para siempre son apropiadas: el matrimonio y la vida religiosa son dos de ellos. Tal vez sea tiempo también de reevaluar la pregunta sobre la mejor edad para iniciar el proceso de formación. Después del Concilio Vaticano II se suponía que un candidato de mayor edad traería más madurez y sabiduría al proceso de formación. Desafortunadamente, había muy poca evidencia empírica para apoyar esta suposición. La postergación de la edad de entrar a la vida religiosa no parece tener mucha influencia sobre la capacidad de manejar las tensiones de la vida que vendrán más tarde. En cambio, la identidad personal -es decir, el sentido de quién soy y dónde voy en la vida- sí ayuda a enfrentar las tensiones inevitables que acompañan el crecimiento y el cambio. Entonces la postergación de la edad de compromiso de los candidatos a la vida religiosa de ninguna manera asegura que ellos alcanzarán un sentido de identidad sólido. La solución tampoco parece estar en volver a programas de formación anterior al Concilio Vaticano II. La verdad es que los desarrollados desde el Concilio tampoco han producido el resultado prometido. ¿Es posible que un hombre o una mujer de 19 a 20 años conozca su mente suficientemente como para permitir que su aceptación a una fase residencial de la formación religiosa se transforme en el paso correcto? ¿Habrá llegado para las congregaciones religiosas el momento propicio de pensar en crear casas de discernimiento? Estos centros tendrían como meta ayudar a los jóvenes, hombres y mujeres con interés en la vida religiosa, a echar una mirada seria a este modo de vivir el Evangelio. Los centros tendrían miembros profesos que trabajarían en ministerios afuera, y también algunos jóvenes trabajando tiempo completo. Grupos como estos tendrían que tener claridad sobre su identidad y estar marcados por una vida regular de oración y servicio. Los miembros se comprometerían a crear una comunidad adulta de creyentes en la tradición del fundador de la congregación. Las expectativas respecto a los jóvenes involucrados incluirían una vida similar a los miembros profesos y la participación en la dirección espiritual regular. Después de un año de vida con un grupo de este tipo, un joven tendría una idea mucho más clara sobre lo que el Señor quiere de él. La misión, la comunidad y la oración forman la columna vertebral de la vida religiosa. Los Boomers hicieron una contribución significativa a nuestro entendimiento de la misión. La Generación X nos está desafiando sobre la vida comunitaria y la espiritualidad. Si recordamos cuán difícil y a la vez significativo fue el proceso a través del cual logramos clarificar la Misión, deberíamos, entonces, dar la bienvenida a este nuevo desafío.
Las preguntas de los X sobre la espiritualidad y su modo de hablar sobre Jesús, la oración y la fe, preocupan a muchos religiosos contemporáneos porque en el pasado un enfoque similar podría haber degenerado en una espiritualidad egoísta: Dios y yo. Tal vez las preguntas de la Generación X nos pueden indicar, al contrario, el camino hacia una espiritualidad apostólica genuina. Uno debiera pensar que en vez de la muerte de la vida religiosa apostólica, lo que estamos observando es más bien el momento cuando, finalmente, será posible vivirla por primera vez. Los miembros de la Generación X podrían ser una parte importante y necesaria en esa aventura.
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