ncwebinc en progreso

Usted está aquí  : Home Estudios y Reflexiones Pastorales Boletín Pastoral 1995-2008 2001 Cómo enfrentar la crisis en el sacerdocio
Cómo enfrentar la crisis en el sacerdocio PDF Imprimir Correo
Domingo, 01 de Julio de 2001 00:00
A través de los últimos años, CISOC-Bellarmino y su Boletín Pastoral han dado una importancia particular al tema del sacerdocio. En este número queremos seguir con el tema en un artículo que reflexiona sobre la manera de enfrentar lo que hemos designado como la crisis sacerdotal. A través de estudios, datos y reflexiones hemos establecido que, fuera de algunos problemas puntuales, la crisis es universal y preocupa a la Iglesia entera.

El R.P. Donald Cozzens, rector del Seminario de Saint Mary y presidente de la Escuela Graduada de Teología, es también autor del libro: The Changing Face of the Priesthood: A Reflection on the Priest's Crisis of soul (La cara cambiante del sacerdocio: Una reflexión sobre la crisis del alma sacerdotal). Publicado en el año 2000, el libro ha sido muy bien recibido tanto por los sacerdotes como por obispos y laicos de los EE.UU. En este artículo el autor nos habla del coraje necesario para enfrentar, nombrar, asumir esta crisis sacerdotal y dialogar sobre ella. Su llamado al diálogo abierto y honesto ha sido el fin principal del boletín desde su inicio hace nueve años. Esperamos que las palabras y las sugerencias del P. Cozzens encuentren un eco en los corazones de nuestros lectores.

ÍNDICE

El coraje de hablar

El coraje de escuchar

El coraje para afirmar

 

 

Ha pasado una generación desde la clausura del Concilio Vaticano II y la Iglesia ha subrayado su extraordinario significado histórico-eclesial a través de la beatificación del Papa Juan XXIII en septiembre del año 2000. Sin embargo, al mismo tiempo, la beatificación de Pío IX acentuó la corriente de profunda ambivalencia que está sumergiendo no sólo a un gran número de los sacerdotes de hoy, sino también a gran cantidad de laicos y religiosos. La ambivalencia y la tensión psíquica resultante, tan característica de la Iglesia posconciliar, fueron captadas, como en una fotografía en blanco y negro, en la beatificación de estos dos pontífices tan diferentes --el ultramontano Pío IX y el profeta visionario de la renovación, Juan XXIII.

 

La ambivalencia de las últimas décadas del siglo XX y los inestables primeros días de la nueva era han creado su propia crisis en la Iglesia, desestabilizando el equilibrio de gran número de sacerdotes y obispos. Los sacerdotes, sobre todo, han luchado por su nueva y emergente identidad de líder- servidor con la sospecha de que su propia integridad estaba en juego. Han llegado a ser cada vez más conscientes de que su estilo de vida célibe ha estado cargado de peligros que ni siquiera se atrevían a admitir, mucho menos a enfrentar. Aunque la crisis tiene varias facetas, es, sin lugar a duda, una crisis de coraje. En el fondo, la pregunta es: Nuestros obispos, sacerdotes, líderes religiosos y laicos, ¿tienen la voluntad y el coraje de dirigirse a esta crisis en forma sincera y confiada, inspirados no en el temor y la sospecha sino en la apertura y confianza que marcaron el pontificado de Juan XXIII? La respuesta a esta pregunta definirá los temas de discusión y dará forma a las estructuras de la Iglesia en el siglo XXI.

 

Este ensayo reconoce las fuerzas y factores que están empujando y arrastrando el alma de los sacerdotes y obispos contemporáneos. Viviendo bajo un severo sitio psicológico, las presiones que soportan, frecuentemente con serena dignidad, han hecho titubear su confianza como pastores y portadores de la Palabra. El enfoque aquí, sin embargo, está en los primeros pasos fundamentales necesarios para enfrentar, con acción responsable, la crisis que sufre el sacerdocio contemporáneo. Una crisis que abarca un número cada vez más bajo de candidatos, el envejecimiento de los sacerdotes, el problema de la orientación sexual y el descubrimiento de un número significativo de sacerdotes abusadores de niños adolescentes en otras áreas del mundo católico. Temo que la crisis será enfrentada en forma honesta sólo con gran coraje moral. Con seguridad, el temple de la generación actual de sacerdotes y obispos será sometido a una prueba severa. Tendrá lugar en las áreas que se describen a continuación.

 



El coraje de hablar

 

Posiblemente el juicio de sus colegas es lo que mantiene a gran número de sacerdotes en silencio sobre sus experiencias y las ideas que se les ocurren. Tal vez hablan en privado con un sacerdote amigo o en pequeñas reuniones de sacerdotes bien conocidos, pero rehúyen la posibilidad de hablar con honradez sobre sus vidas y sus preocupaciones relacionadas con problemas pastorales y con la misma Iglesia, salvo en situaciones más protegidas. En su presentación a la Asociación de Sacerdotes de Chicago en el año 1968, Mons. John Tracy Ellis observó:

 

Lo que encuentro particularmente desilusionante y deprimente... es que mientras numerosos sacerdotes se expresan en forma clara en privado sobre la infelicidad que sienten respecto a sus situaciones, no toman los pasos para mejorarlas cuando se les ofrecen las oportunidades a través de canales aprobados como, por ejemplo, los comités de sus senados diocesanos.

 

Esta tendencia a no hablar abiertamente que tanto molestó a Mons. Ellis en 1968, es evidente en muchos, si no en todos los sacerdotes del año 2000.

 

Hablar desde su propia experiencia y reflexión en todos los ambientes, no sólo en los más seguros y confiables, podría significar una amenaza para la superficie tranquila mantenida por el lenguaje cauteloso común en las reuniones sacerdotales. Opiniones impopulares, resentimientos latentes y ansiedades reprimidas, adormecidas por los escapes de la vida moderna, pueden surgir para turbar y aun fracturar la ecuanimidad y alegre ambiente que marcan las reuniones típicas del clero. A través del tiempo, esta falta de coraje, aparentemente menor, fácilmente corroe la autoestima y aun la base moral sobre la cual el sacerdote está parado. Después de participar con poca franqueza en reuniones con sus hermanos sacerdotes, con frecuencia vuelven a sus casas parroquiales sintiéndose misteriosamente disminuidos. Estamos conscientes de que los sacerdotes se sienten emocionalmente sostenidos por su experiencia de pertenecer al cuerpo colectivo de sus hermanos, prescindiendo de sus sentimientos positivos o negativos respecto a aquellos hermanos. Cualquier cosa que los pudiera empujar a los márgenes de su comunidad fraternal, como por ejemplo, la crítica o sospecha de sus colegas, los deja inquietos y los hace sentirse marginados.

 

Conscientes de este lado oscuro de su cultura clerical, necesitan arriesgarse para hablar con honestidad y coraje sobre la crisis que enfrenta el sacerdocio. Un riesgo aun más grande sería guardar un silencio discreto y así socavar su propia integridad.

 



El coraje de escuchar

 

Hablar desde su centro con honestidad y coraje supone que la persona que habla haya aprendido el arte de escuchar con respeto, o sea, una escucha genuinamente abierta a la sabiduría de la comunidad y sus líderes. Este tipo de escucha nos lleva al discernimiento que, a su turno, conduce a otra calidad de habla. El coraje necesario para este tipo de escucha es similar al que necesitan los sacerdotes para hablar con honestidad de sus experiencias pastorales y personales, de sus alegrías y tristezas.

 

Por su formación y experiencia pastoral, sin embargo, los sacerdotes y obispos han aprendido a escuchar en función de detectar la pregunta o el problema que un individuo les trae, para así poder responder en forma clara y pastoral a las preguntas, y con sabiduría y prudencia a los problemas pastorales. Este tipo de escucha tiene su lugar porque los sacerdotes, y por sobre todo los obispos, son los maestros en la Iglesia. No obstante, es una forma jerárquica de escuchar, inapropiada y aun dañina cuando está en juego un caso de discernimiento y no un problema pastoral.

 

Si quieren llegar al diálogo --tan desesperadamente necesario en este momento de crisis-- los sacerdotes y obispos debieran escuchar como miembros de una comunidad de fe. Esta calidad de escucha es muy diferente de aquella a la cual están acostumbrados los líderes de la Iglesia. Requiere una muy particular actitud de corazón, una voluntad para suspender su papel eclesial en la comunidad, poner entre paréntesis sus convicciones y suposiciones y escuchar, tanto para informar como para transformarse. En otras palabras, requiere que uno se entregue a la posibilidad de convertirse a una comprensión más profunda de una visión nueva de lo posible.

 

Donde la ambivalencia posconciliar ha cedido frente a un nuevo espíritu de evangelización y misión, los líderes eclesiales, como unos miembros más de la feligresía, han aprendido a escuchar, prestar oídos a sus hermanos y hermanas en la fe, desde la profundidad de sus corazones. Por supuesto, este tipo de escucha comunitaria requiere mucho coraje --y humildad-- y, felizmente, numerosos sacerdotes y obispos han dominado esta forma de escuchar. No obstante, la pregunta es si ellos constituyen la masa crítica necesaria para sostener el diálogo y enfrentar la crisis actual.

 

 

El coraje para afirmar

 

El cardenal Emmanuel Suhard dijo que uno de los primeros servicios del sacerdote al mundo es decir la verdad. Cuando los sacerdotes, obispos, laicos y religiosos hablan con honestidad y escuchan con humildad, una verdad sube a la superficie, la cual, al principio, parece hacer cualquier otra cosa menos ubicarnos en la libertad. Será una verdad que espontáneamente evoca negación y refutación, porque muchas veces sugiere un nuevo horizonte, un nuevo entendimiento de la Iglesia y el ministerio, que está más allá de las fronteras de nuestra imaginación. El nuevo horizonte puede fácilmente poner en tela de juicio las estructuras eclesiales y clericales que ofrecen considerable satisfacción a los sacerdotes y prelados, sobre todo cuando ellos están enredados en una crisis que actualmente desafía el sacerdocio mismo. Y, por supuesto, el nuevo horizonte sugiere el cambio --una transformación suficiente para dar crédito al proverbio latino que dice: Veritas odium parit (la verdad engendra el odio).

 

Si los sacerdotes y obispos logran ser capaces de dirigirse con confianza y coraje a las realidades de este mundo, si son capaces de escuchar con una actitud de respeto y aun reverencia, encontrarán considerable rechazo. Esta carga adicional en un momento de enorme aumento en las demandas pastorales, haría temblar la resolución de los hombres más fuertes. Frente a la crítica de dentro y fuera de la Iglesia, estos sacerdotes necesitan y merecen afirmación y estímulo. Aunque no son los únicos en tomar parte en el diálogo, los sacerdotes son participantes esenciales, que personalmente ponen mucho en juego.

 

Los sacerdotes de hoy, en su gran mayoría, son de mediana edad y aun más viejos. Con diferentes grados de éxito, han vivido la ambivalencia y las tensiones de las décadas después del Concilio Vaticano II. En muchos casos, su perseverancia y compromiso han sido heroicos. Son pocos los que reconocen los ajustes difíciles y valientes que han tenido que hacer en las últimas décadas del siglo XX para poder proteger su bienestar psíquico y espiritual. Van a seguir necesitando el apoyo de sus hermanos sacerdotes, de sus obispos y de sus feligreses si hablan con honestidad y escuchan con humildad.

 

La crisis actual que tiene cogido al sacerdocio es compleja y seria. Llevará a un sacerdocio ministerial renovado y fortalecido en la medida en que los velos de negación y de minimización sean rasgados. Esto pasará sólo si se estimula un diálogo lleno del Espíritu que une los niveles diocesano y nacional de la Iglesia.

 

Creo que nuestro optimismo debiera ser cauteloso. Lo que se necesita, en forma urgente, es la sabiduría y el coraje de líderes eclesiales como Juan XXIII. Aparentemente encarnó lo que los fabuladores esquimales llaman un isumataq, una persona que puede crear un ambiente por su propio espíritu de verdad y reverencia. Un ambiente que permite que la sabiduría se muestre. Dicen que los isumataqs no sólo crean un clima que fomenta la verdad, sino también dejan al descubierto la sabiduría presente en la misma gente.

 

Es tiempo de que los nuevos isumataqs avancen. También es tiempo de que el resto de nosotros hablemos en forma simple, desde nuestros corazones, y que prestemos oídos a la sabiduría prometida al pueblo de Dios.

 

 

_______________________

El artículo fue publicado en la revista America, del 4 de noviembre de 2000.

 

Comentarios
Añadir nuevo Buscar
Escribir comentario
Nombre:
Email:
 
Website:
Título:
Código UBB:
[b] [i] [u] [url] [quote] [code] [img] 
 
Por favor introduce el código anti-spam que puedes leer en la imagen.

3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved."