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Una reflexión sobre la ciudad y sus desafíos a la pastoral PDF Imprimir Correo
Miércoles, 01 de Agosto de 2001 00:00
La pastoral de la ciudad es un tema que ha adquirido creciente interés en nuestras Iglesias locales, y que nos estimula a pensar en una acción evangelizadora abierta a nuevos desafíos y que debe estar dispuesta a experimentar las nuevas oportunidades que ofrece la ciudad a la Iglesia.

En relación con ese tema, hemos querido ofrecer en este Boletín la adaptación resumida de una ponencia presentada por el autor, con ocasión del Congreso Interamericano de Pastoral Urbana llevado a cabo recientemente en Ciudad de México.

Esperamos que estas líneas sirvan como una motivación para que los lectores del Boletín Pastoral nos hagan llegar sus reflexiones y aportes sobre esta materia.

ÍNDICE

 

I.- Dos posiciones teóricas aplicables a la ciudad Latinoamericana

 

II.- La ciudad de Santiago como un caso ilustrativo

 

III.- Algunos desafíos para la pastoral

 

En la actualidad la población urbana de América Latina y el Caribe representa aproximadamente el 75% de su población total, con lo que alcanza un porcentaje comparable al de Europa y los EE.UU. Más aun, la Región tiene hoy, más de 40 ciudades con población superior a un millón de habitantes, cinco de las cuales forman parte del grupo de veinte ciudades más pobladas de la Tierra. Son las denominadas "megaciudades".

 

Este incremento de población de la mayor parte de las grandes ciudades Latinoamericanas responde menos al crecimiento vegetativo, que a las corrientes de migración interna inducidas por factores de expulsión de sus lugares de origen y por la atracción que ejercen las ciudades: "Las grandes ciudades latinoamericanas se caracterizan, como tantas veces se ha escrito, por no haberse formado sólo a base de una atracción provocada por su crecimiento industrial, sino por ser receptáculo del aluvión del éxodo rural y de las pequeñas ciudades... De hecho, el desarrollo desigual que se expresa en las diferencias y contradicciones a nivel mundial, se manifiestan también en el interior de cada territorio nacional (con ciudades de atracción y zonas rurales de repulsión), así como en el seno de la estructura urbana de cada gran ciudad...". Estas particulares condiciones del desarrollo de las ciudades Latinoamericanas explican que ellas compartan una serie de problemas urbanos que les son característicos, y que aunque pueden ser descritos con matices diversos, son básicamente los siguientes:

  • infraestructura y equipamiento insuficientes (vivienda, red vial, servicios básicos);
  • situaciones críticas de índole socioeconómica (desempleo, hacinamiento, pobreza, segmentación territorial de los estratos sociales);
  • conductas desviadas (delincuencia, drogadicción, alienación);
  • colapsos ambientales (contaminación atmosférica, acústica y acuífera, degradación de suelos, ocupación de zonas riesgosas);
  • segmentación socioeconómica del espacio urbano;
  • indicios de que dichas desigualdades habrían estado aumentando en los últimos años;
  • posibles implicancias de la segmentación socioeconómica en la reproducción de la pobreza, la integración social y la persistencia o agudización de los problemas urbanos".

 

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I.- Dos posiciones teóricas aplicables a la ciudad Latinoamericana.

 

Para hablar de la ciudad en América Latina conviene revisar someramente cuál fue la aproximación teórica adoptada por algunos sociólogos clásicos, especialmente, por quienes se acercaron al fenómeno urbano haciendo una contraposición con la sociedad rural. Entre esos sociólogos, emerge la figura de Ferdinand Tönnies, que distinguía la vida urbana o de "sociedad", por oposición a la "comunidad" rural; y que otro sociólogo clásico, Emile Durkheim, conceptualizó haciendo una distinción entre la solidaridad "orgánica" o contractual existente en el medio urbano, en contraposición a una solidaridad "mecánica" o espontánea de la comunidad rural. Cabe señalar que esta perspectiva dualista sigue teniendo una fuerte raigambre en diversas vertientes del pensamiento social Latinoamericano.

 

Es a partir de esta dicotomía rural-urbano, que algunos autores han ido elaborando una caracterización de la ciudad y un tipo de hombre urbano, que a veces incluye ciertas reminiscencias de una ruralidad bucólica perdida, y asociada con ella, una condena de la ciudad: "En la ciudad la relación del hombre con la naturaleza comienza a articularse bajo otro prisma. El entorno natural, cuyos productos el campesino disfruta con gratitud, cuya belleza contempla y a cuyo Creador reconoce y enaltece, pasa a ser visto como materia prima susceptible de ser transformada y alterada. Se modifican, de igual manera, las relaciones de los hombres entre sí, que de primarias se transforman en secundarias, específicas y funcionales, ampliando considerablemente su círculo de contactos individuales. Finalmente, la relación del hombre con Dios se torna problemática. La autonomía de las realidades terrestres y la autonomía de la historia que el hombre urbano reconoce y asume, acaba, por un efecto de reverberación, proyectándose sobre sí mismo. En la ciudad, el problema de Dios acaba siendo confinado al ámbito de la conciencia personal, sin vigencia social". Para algunos, la ciudad parece condenada a perpetuidad: "la ciudad no puede ser reformada... Es preciso procurar que la ciudad sea vivible, es preciso humanizarla, pero nada puede solucionar el problema fundamental de la ciudad. Uno puede procurar curarla, pero la huella de la maldición de Dios es imborrable... La ciudad es un parásito: absorbe y vampiriza todo lo demás. Es una inmensa tragadora de hombres... La ciudad no tiene nada para ofrecer en cambio de lo que recibe", dice el teólogo Jacques Ellul. Al contrario: "La ciudad tiene un poder de atracción al que no se resiste, con el resultado de que traga multitudes de hombres cuya vida modifica, tuerce, despojándolos de sus costumbres ancestrales, cambiando sus modos de pensar, sus estructuras mentales, para adaptarlas a las estructuras materiales de la ciudad". Son vanos los esfuerzos de los urbanistas que procuran racionalizar la vivienda, lograr casas soleadas, espacios verdes, que procuran arrancar la ciudad de su obsesión, cortarla de sus orígenes y de su historia. Dice Ellul: "El hombre no logrará cambiar la ciudad... No existe un buen uso de la ciudad. Es la ciudad la que utiliza al hombre. Sólo Dios puede hacer de la ciudad un instrumento neutro que se pueda orientar al bien, y sobre esta tierra resulta inútil esperar una Jerusalén celestial".

 

Haciendo abstracción de toda esta condena de la ciudad, hay que reconocer que la visión contrapuesta entre la ciudad y el mundo rural es muy útil por cuanto ella anticipa las tendencias que se prevén para el futuro de la ciudad; pero esta perspectiva dualista resulta discutible cuando idealiza exageradamente la ruralidad, y cuando desde esa dualidad extrae la existencia de un "tipo ideal" de hombre urbano, universal y único, que encarna en sí todos los rasgos de la modernidad, sin dar cuenta suficiente de la heterogeneidad que caracteriza precisamente a los hombres y mujeres que habitan la ciudad.

 

Surgen entonces nuevas perspectivas teóricas, dispuestas a recoger y dar cuenta de la diversidad urbana, para las cuales lo importante no es entender qué es lo específico de la ciudad y de su cultura, o cuáles son las diferencias que la separan del mundo rural, sino que por el contrario, las nuevas perspectivas tratan de poner su mirada en la diversidad y la multiculturalidad urbanas. Cuanto más heterogéneo es el asentamiento, es más urbe: "En ella habitan múltiples razas con sus actitudes específicas ante la vida, el tiempo, la religión, las demás personas, el trabajo, la educación, el sexo, etc.; se ejercen las más variadas profesiones y empleos; se utilizan como parte de la vida diaria la técnica y la ciencia; la urbe es el lugar en que el medio masivo de comunicación es más fuerte que el personal, en donde más se vive la influencia de culturas dominantes foráneas y se encuentra el supermercado de religiones". Estas nuevas corrientes teóricas proponen mirar a las ciudades de América Latina como articulaciones híbridas, heterogéneas y desiguales en tradición y modernidad, que permiten la coexistencia de múltiples lógicas de desarrollo". De hecho, es precisamente para dar cuenta de esta realidad plural, que las ciencias sociales han acuñado el término "hibridación", con el cual se quiere hacer referencia al "entrecruzamiento e interconección de elementos culturales, sociales y políticos muy diversos, que caracterizan a la realidad de las grandes ciudades. Como expresa García Canclini, en las grandes ciudades "se dispone de una oferta simbólica heterogénea, renovada por una constante interacción de lo local con redes nacionales y transnacionales de comunicación".

 

Pero también desde la heterogeneidad surge la segregación, que se expresa en los distintos sectores humanos que coexisten en un profundo desconocimiento e incomunicación recíprocos, marcando una división de las ciudades entre mundos insertos en la modernidad -a veces también en la opulencia y con fácil acceso a los artefactos y demás productos culturales- frente a los mundos de pobreza, con carencias de condiciones mínimas para sobrevivir: "Los pobres urbanos corren la mayor proporción de los riesgos ambientales por la situación en que viven. No disponen de agua, alcantarillado ni recolección de basura; están amenazados por inundaciones o deslizamientos; viven, generalmente, alrededor de enormes instalaciones industriales; contribuyen en alta proporción a las basuras no recolectadas y son afectados fuertemente por la contaminación atmosférica; carecen de espacio, de agua y de aire". Se refuerza así la incapacidad de las grandes ciudades Latinoamericanas para brindar trabajo, vivienda, transporte y otros servicios esenciales a una población creciente, acentuándose los problemas sociales de todo orden y el deterioro de la calidad del espacio urbano.

 

Pero aparte de las desigualdades, la segregación espacial se expresa también en el esfuerzo -consciente o no- de cada habitante de la ciudad, por ir elaborando y cercando un espacio propio. En el caso de los sectores más pudientes, esto se manifiesta en un repliegue al territorio conocido y tranquilo, donde parece más fácil protegerse de la inseguridad. Se trata de cerrar los ojos a la pobreza y evitar con ello cualquier atentado a la seguridad y la tranquilidad personal, incluida la de la propia conciencia: "La clase alta levanta sus muros, los grupos se corporativizan, para defender cada uno sus derechos contra los derechos de los otros. Las ideas se transforman en ideologías cerradas. Aumenta el prejuicio, la discriminación, la intolerancia y la violencia." Pero es preciso reconocer que cualquiera sea el segmento social, la vida en la ciudad impone la necesidad de aislar y elaborar un espacio propio y reducido en el cual parece más posible protegerse del anonimato y la masificación: "... vivir en una gran ciudad no implica disolverse en lo masivo y anónimo. La violencia y la inseguridad pública, la inabarcabilidad de la ciudad (¿quién conoce todos los barrios de una capital?) llevan a buscar en la intimidad doméstica, en encuentros confiables, formas selectivas de sociabilidad. Los grupos populares salen poco de sus espacios, periféricos o céntricos; los sectores medios y altos multiplican las rejas en las ventanas, cierran y privatizan calles del barrio."

 

 

Las dos posiciones teóricas acerca de la ciudad que se han presentado ofrecen pistas pastorales interesantes. Por una parte, quienes a partir de la dualidad rural-urbano enfatizan la existencia de un tipo universal de hombre urbano inserto en la modernidad, proporcionan orientaciones lúcidas sobre la dirección del cambio sociocultural que está operando en las grandes ciudades y anticipan con ello algunos desafíos para el futuro de la acción pastoral; por su parte, la posición teórica que pone énfasis en la hibridez de la ciudad, aporta una comprensión amplia de la heterogeneidad, profundizando en las diferencias, y ayudando a poner la mirada en cada uno de los mundos que componen la ciudad del presente, y por lo mismo, en la diversidad de retos que esos mundos plantean a la Iglesia.

 

 

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II.- La ciudad de Santiago como un caso ilustrativo.

 

En Santiago, igual que en otras ciudades del Tercer Mundo, coexisten elementos que podrían ser calificados como "modernos" junto a otros que pudieran ser denominados como "pre-modernos", tanto en lo social, político, moral, etc. La coexistencia de todas esas diferencias dan a la ciudad un carácter especialmente híbrido, y la distancian de un todo homogéneo, equitativo, y estable.

 

Desde el punto de vista religioso, Santiago tiene un 76,1% de habitantes que se declaran católicos, con un 11,1% de evangélicos. En cuanto al grado de adhesión de los católicos a su fe y a la Iglesia, los estudios realizados en Santiago muestran que la gran mayoría de sus habitantes dicen creer en Dios y le asignan importancia a Dios en sus vidas. En cuanto a la asistencia a Misa dominical, el porcentaje de santiaguinos que asiste se sitúa en valores cercanos al 25% del total de católicos, siendo la Iglesia Católica la institución más creíble a juicio de la población general.

 

Más allá de los rasgos característicos de la modernidad o las conjeturas sobre el posible retorno a lo sagrado y a lo religioso, conviene destacar que en la ciudad de Santiago conviven, en forma simultánea, distintas eclesiologías y formas de expresión religiosa entre los católicos. Sirva como una simple ilustración de esta diversidad la presencia de católicos que acostumbrados a que la Iglesia fue la "voz de los sin voz" durante el gobierno militar aspiran a que ella siga cumpliendo un rol profético de anuncio y denuncia, comprometida con la defensa de los Derechos Humanos y los más pobres; también están aquellos católicos que apoyan una acción pastoral más centrada en la formación espiritual y en la moral individual de los fieles. Conjuntamente con las manifestaciones de piedad popular de los santuarios urbanos, está la expresión religiosa de los lectores de libros de espiritualidad y de autoayuda, los innumerables católicos que prestan servicios desde sus parroquias, colegios y movimientos apostólicos, pero también los "cristianos a su manera". Estos son sólo ejemplos de las muchas realidades a las que debe responder una pastoral urbana.

 

En el plano socioeconómico hay también rasgos de diversidad en la ciudad de Santiago. De hecho, el imaginario social ha elaborado una visión de la ciudad dividida en dos partes: "Plaza Italia hacia arriba" y "Plaza Italia hacia abajo"; se trata de dos segmentos que aparecen como míticamente homogéneos internamente, y diferentes entre sí, otorgando un sentido de pertenencia-exclusión (nosotros y ellos) y, en cierta medida, de apropiación de esos espacios urbanos. Una mirada más atenta permite observar con claridad la existencia de tres ciudades paralelas: la del sector oriente, que corresponde a un concepto urbanístico de "Ciudad Jardín", habitada por la población de estratos medio-altos y altos, que está dotada de una amplia infraestructura; una segunda ciudad central, con buen equipamiento público, que entrega servicios a todo el Área Metropolitana; y una tercera ciudad con fuerte predominio de construcción de baja altura y un notable déficit de áreas verdes, de servicios básicos y con deficiencias de infraestructura comunitaria.

 

Pero más allá de esta impresión visual, las diferencias de calidad de vida de la ciudad se pueden constatar mejor por medio de una serie de indicadores. Así por ejemplo, si se observa la distribución de ingresos de los hogares de la ciudad, se verifica que el primer quintil, es decir el 20% más pobre, suma un ingreso que alcanza al 3,4% de los ingresos totales de Santiago, mientras que el quinto quintil, que corresponde al 20% más rico, suma el 61,5% del total de ingresos, lo que equivale, en promedio, a un ingreso 18,1 veces más alto que el anterior. Estas desigualdades tienen una clara correlación espacial que se refleja nítidamente en la segregación de los territorios, constituyendo comunas ricas y comunas pobres: "La fuerte desigualdad social al interior del Área Metropolitana de Santiago se traduce en una estructura metropolitana caracterizada por una fuerte segregación urbana, que se materializa en la existencia de verdaderos 'ghettos' urbanos, unos para ricos, otros para pobres. Así por ejemplo, mientras en la comuna de Providencia -en el sector oriente- no hay personas en condición de pobreza ni indigencia, hay comunas de los sectores sur y occidente que tienen cifras bastante elevadas: 31,6% (Lo Espejo); 31% (La Pintana); 30,8% (El Bosque); 26,6% (Cerro Navia). De un modo similar, las tasas de desocupación de comunas periféricas como Lo Espejo (17,3%) y Huechuraba (14,6%) superan en más de cinco veces la tasa de desocupación de la comuna de Vitacura en el sector oriente de la ciudad. Estas diferencias se expresan también en índices como la calidad de las viviendas, según el cual, la comuna de Quinta Normal tiene un 8,9% de viviendas deficitarias, mientras que comunas del sector oriente como Providencia, Vitacura y Ñuñoa no tienen viviendas en condición de déficit. Todas éstas, y otras expresiones de la correspondencia entre condiciones sociales y localización urbana, han respondido a las leyes del mercado del suelo, pero también a políticas gubernamentales que procuraron, intencionalmente, concentrar la pobreza en sectores periféricos de la ciudad.

 

La segregación espacial facilita que ricos y pobres no se vean las caras, especialmente, porque existe la tendencia de los sectores altos a constituir territorios separados, con rejas, portones y sistemas automatizados de seguridad y alarma. De hecho, existe un floreciente negocio vinculado a todas las formas de seguridad para los hogares que responde también a una manifestación de la polarización social de la ciudad, como es el incremento de la delincuencia y la conflictividad urbana que ya tienen una enorme y creciente influencia en la vida de los santiaguinos. En efecto, los sondeos de opinión confirman la importancia que atribuyen los ciudadanos a la inseguridad cotidiana, asociada a la delincuencia: "Casi ocho de cada diez personas entrevistadas por CEP-PNUD (Centro de Estudios Públicos y Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo) en Julio de 1997, estiman muy probable o medianamente probable que pueden ser víctimas de un robo o intento de robo en la calle, seis de cada diez mujeres entrevistadas temen ser víctimas de una violación o agresión sexual y cuatro de cada diez entrevistados consideran muy probable o medianamente probable otro tipo de agresión". Todo esto contribuye a reforzar la imagen de una ciudad acosada, atemorizada, vigilada y enrejada, en la que, como en otras ciudades de Latinoamérica, comienzan a configurarse verdaderas fortalezas urbanas y adquieren popularidad las propuestas del tipo "tolerancia cero", la detención por sospecha, las organizaciones de defensa vecinal, etc.

 

A estos problemas se agrega el explosivo crecimiento del área urbana, con su incidencia en la organización de la vida cotidiana, en las distancias, la congestión vehicular y la disponibilidad de tiempos para el descanso y la recreación.

 

 

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III.- Algunos desafíos para la pastoral.

 

Sin perjuicio de reconocer que son muchos y variados los desafíos para una pastoral urbana, en las líneas que siguen me limitaré a mencionar sólo algunos retos que se desprenden de la descripción hecha en este documento.

 

 

1) Atender a la diversidad de la ciudad.

Prestar atención a la diversidad significa, en primer término, tomar conciencia de que es necesario abrirse a conocer y a acoger las muchas realidades que componen cada ciudad, desconfiando de las imágenes simplificadoras que pretenden la existencia de un único "hombre urbano". Tal como se ha señalado en este informe, la atención puesta en las tendencias modernizadoras predominantes de la cultura son una ayuda para anticipar las necesidades de la pastoral del futuro, pero la atención de la pastoral urbana no puede desatender la multiplicidad y complejidad del presente, a riesgo de dejar fuera a gran parte de los habitantes reales de la ciudad. Atender a la diversidad de la ciudad significa desarrollar la capacidad de observar y escuchar sin prejuicios, posibilitar el diálogo con las culturas, estar atentos a sus valores, y apreciar las semillas de bien que ellas tienen para ofrecer a la Iglesia de la ciudad: "Es necesario que la Iglesia escuche a la ciudad... sus aspiraciones, sus modos de expresión".

 

Atender a la heterogeneidad supone también: "Diversificar la oferta…no sólo en cuanto al rito, sino en el nivel de fe, pues no todos creen de la misma forma ni en la misma intensidad". Se ha señalado que una de las características de la vida de las ciudades es la convivencia de una multiplicidad de ofertas religiosas para elegir. La ciudad desafía pues a que la Iglesia incorpore un concepto de "cliente", no en cuanto al cobro de los servicios religiosos, sino que al hecho de que el cliente es alguien por quien es preciso competir, a quien se lo atrae, se le invita, se le consulta, se lo mantiene informado, se lo acoge y cuida.

 

La capacidad de mirar y escuchar atentamente la realidad urbana multiforme tendría que ser seguida de una voluntad de atender a toda esa diversidad, por medio de una pastoral urbana que no haga exclusiones ideológicas a priori en cuanto a sus destinatarios, convencidos de que todos los habitantes de la ciudad tienen el derecho de recibir, conforme a su condición, el mensaje de Buena Nueva.

 

 

2) El esfuerzo de integrar a la ciudad en un todo.

Aparte de la heterogeneidad a la que se ha hecho referencia, hay también fuerzas disgregadoras que actúan para fragmentar la unidad de la gran ciudad. Hemos señalado que en el caso de la ciudad de Santiago, tanto las fuerzas del mercado del suelo como también algunas decisiones conscientes de política urbana, han apoyado los procesos de segregación social y espacial en la ciudad. Integrar a la ciudad como un todo, significa que, sin contradecir el respeto por la diversidad, la pastoral urbana debe hacer el esfuerzo de potenciar un sentido de totalidad de la ciudad, tanto desde el punto de vista de la existencia de líneas pastorales unificadoras -aunque atentas a la diversidad- como también porque la pastoral urbana debe operar como una fuerza de cohesión, de afianzamiento de la identidad y del sentido de pertenencia a una totalidad urbana. Esto nos abre a dos grandes desafíos: el de una pastoral urbana orgánica, y el desafío de una pastoral de la solidaridad y de la justicia social en la ciudad.

 

Una pastoral orgánica de la ciudad es la que invita a participar en ella a los más diversos actores -personas, organismos eclesiales, movimientos, etc.- sin excepciones, aceptando la heterogeneidad de la propia Iglesia y siendo respetuosa del pluralismo dentro de ella: "... hay que aceptar, como una situación real, el pluralismo dentro de la misma Iglesia católica romana, tanto en la manera de abordar el mensaje evangélico en relación a la urbe, como en la teología de la ciudad". Los obispos de México llaman nuestra atención sobre esto, cuando al referirse a la variedad de experiencias pastorales, escriben: "Esas legítimas diversidades, lejos de comprometer la unidad eclesial, la enriquecen y contribuyen de manera muy valiosa a la construcción de la unidad, que no es homogeneidad, sino constatación de que "la verdad es sinfónica...". El desafío de una pastoral urbana es, entonces, poner en práctica este pluralismo, aunque en la Iglesia, como en todo grupo humano, tenemos la tendencia de asociarnos con quienes piensan parecido, y a refugiarnos en la tibieza de lo conocido, rehuyendo el riesgo de la confrontación con el diferente, o acudiendo al recurso tranquilizador de la profecía auto-cumplida: (¿Para qué invitar a sumarse a nuestras tareas a quienes sabemos que no van a venir?). El desafío es ser pluralistas en el trabajo de pastoral orgánica, aunque en ocasiones parezca difícil la colaboración entre sectores de católicos con diversas posturas teológicas, eclesiológicas o ideológicas.

 

Señalábamos también, que este esfuerzo integrador de la pastoral urbana supone apoyar decididamente la solidaridad y la justicia social en la ciudad. No me extenderé en este tema por razones de espacio. Sólo quiero destacar que la Iglesia tiene una presencia repartida a lo largo y ancho de la trama urbana, con la que cubre todos los territorios y espacios de la ciudad, y posibilita la puesta en contacto entre habitantes muy distantes y distintos, para que puedan conocerse entre sí y tomar conciencia de fraternidad a pesar de la heterogeneidad social y la diversidad culturalÄ . Esta tarea de la pastoral urbana es especialmente importante si se toma en cuenta la tendencia, ya señalada, de poner límites dentro de la ciudad, circunscribiendo a esos espacios la propia movilidad espacial y las redes personales de interacción y sociabilidad. Este esfuerzo de la pastoral urbana por la integración de la ciudad supone ayudar a abrir fronteras, especialmente para que la población con más recursos tenga mayor conciencia de la existencia de la pobreza y la marginalidad urbanas, haciéndose más solidaria con los problemas de los desposeídos: "La acción de la Iglesia en el campo de la promoción humana y de la lucha contra la pobreza se constituye en una obligación moral, no solamente por denunciar y atacar las determinantes estructurales de la pobreza urbana, sino por expresarse en gestos concretos, propugnando incluso un nuevo orden económico más justo y humano". La vigencia de la misión de la Iglesia por impregnar a la cultura urbana de valores solidarios y de justicia social -que es un imperativo permanente- resulta más urgente cuanto menor es la presencia de esos valores en la vida de la ciudad. Al menos en Chile, la Iglesia ha gozado de una gran credibilidad en materias de promoción de la justicia social y de defensa de los Derechos Humanos, que no debiera llevarla a una auto-complacencia, sino que a exigirse a sí misma una renovada presencia profética. Por último, debe destacarse que el protagonismo y la responsabilidad que tiene la Iglesia en estos temas debería interpretarse también, como un imperativo al apoyo y la cooperación con los esfuerzos desarrollados por la sociedad civil que se encaminan en la misma dirección: "En la última década se constata, sobre todo en las ciudades, la irrupción de organizaciones sociales de cuño diverso que concretizan la lucha por la justicia social... los agentes de Iglesia tenemos la obligación de aprender a luchar por la justicia, más que inventando mediaciones, inspirándonos y/o uniéndonos en el trabajo pastoral con estas personas, organismos, grupos, equipos, organizaciones, uniones, sindicatos, etc., en los que se da una verdadera lucha por instaurar la justicia en sus distintas vertientes..."

 

 

3) Idear nuevas formas de comunión y fortalecer la participación en la Iglesia.

No hace falta recordar los fundamentos teológicos y eclesiológicos de la comunión ni el sustento que tiene una de sus expresiones concretas: la comunidad. Sólo quisiera plantear, a la luz de lo ya señalado, que la vida en la ciudad no facilita, sino que por el contrario, ella dificulta la formación y la estabilidad de muchas comunidades, porque el tiempo es un bien escaso y existe la tendencia hacia una nuclearización de la vida social: "La lógica de la fe católica y eclesial se basa en lo comunitario. Se produce una permanente contradicción entre el discurso teológico pastoral y la lógica urbana... La lógica urbana no tiene centros, sino intereses alrededor de los cuales se reúnen las personas. También favorece momentos comunitarios, pero no la creación de comunidades". Así pues, las dificultades que la ciudad impone a una vivencia comunitaria de la fe obligan a idear formas nuevas de vivir las relaciones interpersonales, de un modo en que resulte posible la relación entre sus miembros y también su acompañamiento pastoral, contando con una menor frecuencia de relaciones cara a cara. Hace falta entonces abrirse a las posibilidades que hoy se ofrecen al sostenimiento de relaciones interpersonales mediadas por la tecnología: "Ya no se puede pensar una pastoral urbana desconociendo el mundo de las redes de comunicación, de la informática de la telemática. Se abren posibilidades pastorales inimaginables, no restringidas ya al territorio parroquial, sino que rompen las barreras espaciales en aras de ese nuevo mundo de las comunicaciones. Las grandes ciudades se presentan como laboratorio excelente de nuevas experiencias en este campo". Por otra parte, la escasez de tiempo libre impele a la Iglesia a crear, o a fortalecer, una pastoral en los lugares de trabajo, allí donde las relaciones de amistad y camaradería facilitan la posibilidad de compartir hechos vitales como el matrimonio, el nacimiento de un hijo, una enfermedad, la muerte de un familiar, etc., dando ocasión para desarrollar pequeños momentos de encuentro para la reflexión y la oración, que puedan o no, originar relaciones comunitarias más estables. Ofrecer estímulos para compartir la fe y la vida en los lugares de trabajo es entonces un desafío urgente de la pastoral de la ciudad.

 

Tanto o más importante que lo anterior, es tomar conciencia de que la práctica de una eclesiología de comunión y participación significa que los niveles jerárquicos de la Iglesia acepten el riesgo que supone la pérdida de poder para hacer posible una mayor comunión. La ciudad desafía no sólo a la Iglesia, pero también a ella, a avanzar en el desarrollo de relaciones más simétricas de autoridad; a adoptar sinceras actitudes de escucha, especialmente hacia la divergencia, valorando positivamente la consulta, el diálogo y la participación en las decisiones. Todas éstas son condiciones para una mayor madurez personal y son también requisitos necesarios de una verdadera comunidad.

 

 

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Quisiera terminar estas líneas invitando a los lectores del Boletín Pastoral a establecer un diálogo amplio sobre pastoral urbana: "Las estructuras pastorales exigen un diálogo interdisciplinar entre urbanistas, sociólogos y arquitectos, quienes conocen la ciudad por una parte; y los pastores y los teólogos, que conocen e implementan el designio de Dios para la ciudad..." Quedamos a la espera de aportes y sugerencias.

 

 

 

GABRIEL VALDIVIESO R.

Sociólogo

Director de CISOC-Bellarmino

 

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