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Encontrando las huellas de dios en el camino iniciado en la biblia PDF Imprimir Correo
Jueves, 01 de Noviembre de 2001 00:00
La visión de Iglesia encuentra sus raíces más profundas dentro del viaje épico que nos muestra la Biblia. Habituados hoy a una variedad de posiciones y críticas frente a la Iglesia, es refrescante leer las palabras de un teólogo que nos llama a no permitir que nuestras discusiones y expectativas respecto a la Iglesia sean limitadas por luchas disciplinarias y guerras entre sectores. Antes bien, nos llama a alzar nuestra imaginación hacia el viaje de fe que marcó el origen de la familia humana y que orientará su fin.

 

Esperamos que el siguiente artículo sea una reflexión enriquecedora de su labor pastoral.

 

ÍNDICE

¿Dónde empieza la Iglesia?

La creación del mundo y de un pueblo

La experiencia del Éxodo

La experiencia en el desierto

La posesión de la tierra

El exilio

El viaje de vuelta

Los Evangelios y la Iglesia

Conclusión

 

 

En los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas retrata la primera reunión de la Iglesia después de la resurrección de Jesús. Fue un momento extático, porque la muchedumbre proveniente de todo el mundo mediterráneo convergió hacia Jerusalén, y Pedro, animado por el Espíritu, le habló citando las palabras de Joel:

 

En los últimos días, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre todos los mortales; sus hijos y sus hijas profetizarán; los jóvenes tendrán visiones y los ancianos tendrán sueños... (Hechos 2:17)

 

Sueños y visiones inspirados por el Espíritu. En muchos sentidos estas palabras de Joel describen la función de las mismas Escrituras dentro de la Iglesia. La Biblia no ofrece un plan para la Iglesia ni tampoco es su código legal. Tampoco nos describe un período de oro que debiéramos recapturar. Por el contrario, las Escrituras nos ayudan como una comunidad de fe a conjurar sueños y visiones acerca de quiénes somos realmente frente a Dios, de nuestro destino verdadero como familia humana. A través de sus grandes símbolos y narraciones, la Biblia tiene la capacidad en cada generación de levantarnos, de expandir nuestra imaginación, de refrescar nuestros espíritus caídos, dándonos el lenguaje para expresar nuestros más profundos anhelos y deseos.

 

Las transiciones extraordinarias que la Iglesia y, de hecho, toda la humanidad está ahora experimentando, requieren memoria e imaginación: recordando quienes somos de verdad frente a Dios e imaginando lo que podríamos llegar a ser en nuestro camino hacia el futuro que pertenece a Él.

 

La Biblia retrata un pasado, pero no un pasado privilegiado que demanda nuestra nostalgia. El idioma hebreo habla del pasado de manera muy particular, lo que nos sugiere el modo de funcionar de las mismas Escrituras. Cuando hablamos del pasado y del futuro decimos que el pasado está detrás de nosotros y el futuro está delante. En hebreo, al contrario, uno habla del pasado frente a mí y el futuro por detrás. El idioma hebreo es plástico: imagine a alguien remando un bote, cruzando un lago. La persona sólo puede ver lo que está delante- la ribera que se aleja de a poco- es decir el pasado. El futuro, adonde va, lo que no ha sido experimentado, está detrás del remero. De la misma manera, la Biblia mira al pasado para orientarse. Nosotros miramos al pasado para encontrar las huellas de Dios, no para capturar el pasado, sino para encontrar la dirección que necesitamos para enfrentar el futuro con imaginación y sin temor.

 

¿Qué nos sugieren las Escrituras respecto a lo que constituye el corazón de la Iglesia? ¿Qué visión de Iglesia ofrece la Biblia que nos pueda animar hoy? ¿Qué sueños y visiones podemos nosotros conjeturar como hizo Pedro en el primer Pentecostés? La visión bíblica de la Iglesia es rica, múltiple y diversa. Lo que ofrezco aquí es sólo un ejemplo.

 

 

¿Dónde empieza la Iglesia?

No fue necesario que Jesús fundara una Iglesia, porque ya existía en la comunidad de Israel. Dios ya estaba forjando un pueblo, dándole un destino y arrastrándole desde la muerte a la vida.

 

Este punto es fundamental para recordar y seguramente la comunidad primitiva estaba consciente de que su historia empezaba dentro de la gran odisea de Israel. Cada otoño el calendario litúrgico judaico celebra el festival de Simcat Ha Torah, el principio del ciclo de lecturas de la Tora, la historia que se extiende desde las narraciones del Génesis hasta los momentos del retorno del exilio. No debiéramos olvidar que es aquí donde empieza la visión bíblica de la Iglesia. Una historia que se extiende desde el momento de la creación hasta el momento del renacimiento y renovación. Es una narrativa que expresa nuestra visión de la vida en comunidad y de nuestra vida con Dios. Fue una historia que se desenvolvió en la iniciativa de Jesús y de los primeros cristianos quienes moldearon el Nuevo Testamento y, últimamente, la Iglesia misma. Al recordar los contornos de esta narrativa épica podemos descubrir algunos aspectos fundamentales de la visión bíblica de la Iglesia.

 

Vale la pena recordar de tiempo en tiempo la pauta fundamental de esta odisea. La Biblia la concibe como un largo viaje de fe del pueblo de Dios: un trayecto a través del espacio, tiempo y conciencia; un viaje arraigado en los principios del universo, que termina al final con la consumación del mundo y la realización del destino humano; un viaje que se origina en Dios y termina en comunión con Él.

 

El Viaje ha llegado a ser una metáfora trillada en nuestra conversación contemporánea, sobreusada en los escritos espirituales y en los himnos. Sin embargo, cuando lo recuperamos con toda la profundidad y seriedad que tiene en la historia bíblica, la noción de la experiencia cristiana como un pueblo en un viaje de fe, recobra su poder simbólico en nuestra experiencia como Iglesia. No es por accidente que los Hechos de los Apóstoles nos dicen que uno de los nombres más antiguos para el movimiento cristiano fue el Camino del Señor (18:25) o, simplemente, el Camino (19:9, 23; 22:4; 24:14, 22).

 

Permítaseme trazar ese viaje de fe tal como fue presentado en el canon hebraico.

 


La creación del mundo y de un pueblo

 

En la epopeya bíblica, el origen del viaje humano hacia Dios empieza con el relato de la creación. Vemos a Dios creando de la nada, sacando del caos vida, luz, orden y belleza. Él es el origen de toda vida, un Dios que se muestra abundante y pródigo en su creación. La Biblia afirma que la creación es una convocatoria a la vida, que prefigura la obra de la redención, donde de la muerte y el vacío, Dios saca vida, luz y belleza.

 

Los inicios del viaje épico de fe siguen y se extienden hacia la historia de las matriarcas y patriarcas. A Abraham y Sara que viajan desde Mesopotamia con sus animales y su clan a un destino ignorado. Sin embargo, este nómade y su clan serán los primogénitos de generaciones sin número, padres de muchas naciones. Es importante darse cuenta de esta conexión, que será amplificada en las tradiciones posteriores del Antiguo Testamento y tomará una posición central en la conciencia de la visión de la Iglesia en el Nuevo Testamento. Dios es el Dios de Israel, pero también de las naciones. Otro punto importante es que las posibilidades de Abraham y Sara de tener una multitud de descendientes estaban bastante oscurecidas por su edad. A pesar de todo, Dios les prometió un futuro.

 

Estas historias de los orígenes, tanto aquellas que describen la creación del mundo como las que cuentan sobre la formación de un pueblo, ilustran el principio bíblico fundamental: que Dios desde caos y la esterilidad crea la belleza y todo lo bueno. Para la Biblia Dios es, por sobre todo, el Dios de Vida, la fuente de todo ser y el punto final del destino humano. Toda la narrativa se sitúa en la forma de un viaje de fe, un viaje en busca de paz y seguridad, una tierra y un nombre, pero también, al final, una búsqueda de Dios. En cada etapa de la popeya bíblica, Dios está experimentado de una manera diferente. Aquí, en los inicios, la Biblia lo presenta como Dios Creador, el Dios de vida y abundancia.

 


La experiencia del Éxodo

 

El Libro del Génesis había introducido la realidad de la maldad y de la muerte, pero el Éxodo despliega el poder último destructivo de esa realidad en la opresión, esclavitud y pérdida de la identidad. En medio de esta terrible experiencia, el Dios de la Biblia se revela como compasivo y salvífico, el Dios que de la muerte trae vida. En esta etapa de su historia épica, la Biblia puede afirmar que Dios no es sólo Creador sino también compasivo, que escucha los gritos de los pobres y está resuelto a responder. Es fundamental para la piedad bíblica unir tanto la experiencia de temor y reverencia ante un Dios que puede crear el mundo de la nada, desbaratar el poder del Faraón, como la experiencia de veneración a un Dios que puede sentirse afligido por un acto de tiranía y opresión. Cuando Moisés se saca las sandalias frente al arbusto que se quema, Dios le dice que Él ha escuchado los gritos de su pueblo Israel. Así que la formación del pueblo de Dios, el acto fundamental en que la Iglesia nace, al final es un acto salvífico que transforma a un pueblo sin esperanza o lazos en un pueblo con nombre y destino

 



La experiencia en el desierto

 

La Biblia demuestra que no es meramente una cuestión sentimental el hecho de no permitir que el gran viaje bíblico de fe se mueva gozoso y sin complicaciones desde la experiencia inicial de liberación, a la experiencia de su realización en la tierra. Aun en el momento de la liberación espectacular de las fuerzas de Faraón, el temor, la vacilación y la falta de rumbo comienzan. El régimen de cebollas y ajos que tuvieron en Egipto parecía más atractivo que las raciones del desierto (aun en la forma de maná) y la esperanza de una libertad duramente ganada. Ante las gentes que guardaban las fronteras sureñas de la Tierra Prometida, los exploradores enviados por Moisés volvieron aterrados para informar que se habían sentido como saltamontes frente a tales gigantes. Si las historias del Génesis presentan el nacimiento y la temprana niñez de Israel, tal vez la odisea del desierto describe su adolescencia. Israel se ve torpe en su libertad y rebelde frente a la disciplina requerida por la misma libertad. Sin embargo, en esta etapa de su viaje, Israel aprende su nombre, conoce más profundamente a Dios y está unido a Él con una alianza inquebrantable. Si el Dios del Génesis es creativo y abundante, el Dios del desierto aparece algo fugaz y purificador.

 

 

La posesión de la tierra

 

En la siguiente etapa del viaje bíblico, textos como los de Josué, Jueces, Samuel y Reyes muestran a Israel en su madurez y plenitud de fuerzas, tomando posesión de la tierra, edificando sus ciudades y su sociedad, mostrando una claridad de visión y abundancia de energía. Durante este período de madurez, la Biblia describe a Israel en el desarrollo de la monarquía, el momento de su gloria nacional más grande y de su mayor extensión. Luego viene la fundación de Jerusalén, la capital que une el norte y el sur. Después la edificación del Templo, la unificación del culto y la unión de la Iglesia y el Estado. La experiencia bíblica de Dios en esta etapa del viaje es de un Dios soberano y providente, el Dios que es Rey y Todopoderoso.

 

Sin embargo, no deja de ser extraño que en el mismo momento de los triunfos más grandes de Israel, la Biblia afirma la pérdida gradual de sus ideales. Aquí la saga narra los errores trágicos de David, la arrogancia de Salomón, el desarrollo de la injusticia y una clase inferior, la división de la tierra entre Israel en el norte y Judá en el sur. Para contrarrestar esta pérdida de ideales e integridad, aparece dentro de la comunidad el movimiento profético, la conciencia de Israel. Aquí encontramos las historias espectaculares de Elías y Eliseo confrontando a Jezabel y Ajab. Aquí también la Biblia forja sus ideales de justicia en las palabras furiosas de Amós, el cuidador de los sicomoros; en las visiones penetrantes de Isaías, el gran profeta de la corte; o los lamentos de Jeremías. Desafiando el liderazgo y recordando los ideales de su anterior marcha con Dios, los profetas llaman a su gente a la renovación. Otra corriente de la Biblia que describe esta etapa del viaje es la reforma deuteronómica. En el mismo libro del Deuteronomio, Moisés está descrito como mirando desde lo alto a una tierra que jamás pisará. Sin embargo, a la gente que va a cruzar y entrar a esta nueva vida, él los desafía a recordar siempre quiénes son y desde dónde vinieron.

 

 

El exilio

 

Un capítulo trágico en el viaje bíblico de fe es el exilio, la pérdida de la tierra, de la monarquía, la destrucción del Templo. Si podemos hablar de la experiencia del Éxodo como nuevo nacimiento, la del desierto como su adolescencia y la posesión de la tierra como la madurez de Israel, esta nueva etapa del viaje podría ser el momento cuando Israel enfrentó su mortalidad, el fuego de su gloria cubierto con cenizas. Paradójicamente, algunos de los documentos más elocuentes de la Biblia fueron forjados durante este período. Como pasa muchas veces en los momentos de sufrimiento y pérdida, la visión de lo que realmente vale se clarifica. Desde este crisol de sufrimiento vinieron los grandes salmos de lamento de la Biblia y los cánticos del Servidor Sufriente de Yavé del Déutero-Isaías. A través del exilio el Dios bíblico fue experimentado como un Dios escondido, un Dios de sufrimiento.

 

 

El viaje de vuelta

 

Luego llegamos al capítulo final de la gesta bíblica, el viaje de vuelta del exilio, que no fue hecho en triunfo sino en modestia y humildad. La gente constituye sólo un pequeño resto reunido alrededor de Jerusalén. Empieza a reconstruir un Templo pequeño, a reencender las esperanzas frágiles, a volver a Dios como su única esperanza para el futuro. Aquí se forjan las bellas visiones bíblicas del paraíso: la visión de Ezequiel 38, los huesos secos en los cuales Dios insufla la vida; la visión en Ezequiel 39, el agua brotando del Templo en Jerusalén; el desierto florecido y el camino del Rey llegando a la ciudad santa, en Isaías 35; y el gran banquete final en Isaías 25, donde se reunirán todos los pueblos en Sión, con alimentos ricos y vinos exquisitos, donde la muerte será destruida y se secarán todas las lágrimas. En los momentos sobrios de la vuelta, el Dios que acompaña a Israel en su viaje de fe es ahora experimentado como un Dios Sanador, un Dios que reúne, un Dios del futuro, un Dios de esperanza.

 

Esta es la narrativa fundamental que nos lleva al umbral del Nuevo Testamento en la Biblia cristiana. Es la epopeya que Jesús bien sabía, la que alimentó su oración y forjó su imagen de Dios. En este punto sería bueno hacer una pausa y considerar los temas que se repiten en esta gesta, recitada anualmente en la lectura del canon hebraico e incorporada a las escrituras cristianas como el Antiguo Testamento:

 

1) El amplio lienzo sobre el cual la historia se desarrolla: las migraciones de pueblos, el choque de poderes del mundo, los anhelos de una nación, la construcción de una civilización, las experiencias de desarraigo y dislocación, pérdida y exilio. A través de todos estos eventos de la historia y las dinámicas de una cultura desenvolvente, el pueblo de Dios se moldea y es empujado a seguir su viaje de fe. Israel no pudo controlar su destino, tampoco la Iglesia puede hacerlo.

2) A través de este viaje, el único elemento constante desde el punto de vista bíblico es la búsqueda de Dios y la presencia permanente, aunque muchas veces escondida, de Dios. El viaje de la fe es un viaje en el que la gente se forja como pueblo de Dios, en busca de Su Rostro misterioso y escondido, emprendiendo un viaje que tendrá momentos de triunfo y tragedia, fracaso y transformación. Esta alianza con Dios es lo que amarra a la comunidad de Israel como pueblo.

 

 

Los Evangelios y la Iglesia

 

El panorama del Evangelio no es tan vasto como el del Antiguo Testamento pero, sin embargo, saca su inspiración y dirección fundamental de la historia de Israel La visión del Nuevo Testamento está en continuidad con el viaje épico de Israel como pueblo de Dios. Jesús fue un judío y vio su misión fundamental como la restauración y renovación del pueblo de Dios. De este modo, la fundación de la Iglesia no fue una creación de la nada sino la reencarnación de un viaje de fe comenzado al principio de los tiempos, tomando su forma inicial en la historia de los ancestros sacados de las naciones e infundidos con forma y pasión en la gran épica de la historia de Israel.

 

Estas fibras bíblicas, inspiradas por el Espíritu de Dios y encajadas en la narrativa bíblica, también atraviesan la visión de la Iglesia del Nuevo Testamento, y siguen siendo instructivas para nosotros en nuestros esfuerzos para renovar la Iglesia en nuestros tiempos:

 

1) El viaje de Israel como pueblo de Dios es ahora recapitulado y encarnado para el cristiano en el seguimiento de Jesús.

 

No es un accidente que los evangelistas nos muestren la vida de Jesús en forma de un viaje, pero ahora un viaje en pos de las huellas de Jesús, quien encarna todos los sueños y esperanzas de Israel. El viaje, en el idioma evangélico, empieza con las historias de las llamadas mediante las cuales Jesús entra en las vidas de sus discípulos, llamándolos desde sus redes para seguirlo en su camino y compartir su misión.

 

Seguir a Jesús incluye los preparativos del viaje: es decir, dejar de lado los obstáculos, disminuir el equipaje, tener los ojos siempre en el Maestro. Los discípulos no caminan al lado de Cristo sino detrás de Él. El viaje recapitula, en forma notable, el de Israel, empezando con una explosión de vida con Jesús lleno del Espíritu Santo en el Jordán, tentado en el desierto y luego floreciente en Galilea. Sin embargo, al final este viaje de fe, el viaje del discípulo en pos de las huellas de Jesús, lleva a Jerusalén y a la experiencia de la cruz y la muerte y, más allá, a la resurrección y comunión con Dios. En los Hechos de los Apóstoles, Lucas utiliza el tema del viaje para describir la naturaleza de la primera comunidad, un viaje que empieza en Jerusalén y se mueve hasta los confines de la tierra.

 

El uso frecuente de esta metáfora para describir la experiencia de la comunidad en el Nuevo Testamento, nos recuerda que no hay nada completo respecto a la Iglesia; somos una labor en progreso, todavía en camino. Poco después de que el Papa Juan XXIII anunciara su intención de llamar a un nuevo concilio, utilizó esta misma metáfora para calmar a sus consejeros preocupados por lo que podría pasar. El Papa les señaló: La Iglesia está en viaje, no es un museo arqueológico; está viva, incansable y vivificadora, y hace su camino adelante de maneras no esperadas.

 

2) Los anhelos de Israel para ser un pueblo formado en el nombre de Dios y fiel a su Alianza, han sido encarnados ahora en la comunidad llamada en nombre de Jesús.

 

De la misma manera que Moisés reunió una comunidad en el desierto, transmitió la Alianza e inició el viaje a la tierra prometida, Jesús también reúne una comunidad de discípulos para formar el núcleo de la restauración de Israel. Gran parte de la historia evangélica está dedicada a los esfuerzos de Jesús por forjar a la nueva comunidad. Él llama a los discípulos, asustados y espantados, a seguirlo como un pueblo renovado de Dios. Jesús transmite a sus discípulos el corazón de la enseñanza de Dios, interpretando la ley con un instinto infalible que tenía en su centro los valores de misericordia, justicia y compasión. Enseña no sólo por sus palabras y ejemplos, sino también por las comidas que caracterizan su ministerio y ofrecen una imagen sobrecogedora de la Iglesia. Comidas inclusivas y desafiantes, con invitados desde los caminos y callejuelas; una mesa donde los pobres fueron alimentados y quedaron satisfechos.

 

Los Evangelios presentan a Jesús como alguien que reúne, que llama desde los márgenes hasta el centro a la gente que parece perdida e ignorada: Mateo desde su mesa de recaudador de impuestos; la mujer cananea desesperada por su hijo enfermo; Zaqueo desde su árbol; el ciego Bartimeo empujado hacia la orilla del camino; la mujer del pozo; los discípulos en su barco. Como una gran fuerza convergente, Jesús atrae a las personas marginales y dispersas hacia el círculo de la vida.

 

Jesús puso ojo en los descarriados y sus parábolas, como sus sanaciones, transmiten en cada instancia la imagen de una comunidad donde las personas no solamente son aceptadas y reconciliadas, sino activamente buscadas. Imágenes como estas abundan en las parábolas del evangelio: la búsqueda de la oveja y la moneda perdidas, el hijo pródigo, los mensajeros mandados por los caminos y los límites de las propiedades. Tal vez deberíamos esperar que una comunidad inclusiva, tal como Jesús la concibió y que la Iglesia toma como su visión fundamental, no fuera una comunidad ideal sino real. La epopeya de Israel debiera ser instructiva aquí también: el acto del asesino Caín, las vacilaciones de Moisés, la locura de Saúl, el abuso de poder de David, la traición de Jezabel, el dolor y la pérdida del exilio, el prejuicio de Jonás, etc. La lista es muy larga. La Biblia no nos presenta una comunidad ideal sino una muy humana y falible en su búsqueda de Dios.

 

Por supuesto, la comunidad de Jesús que se ve en el Nuevo Testamento no es diferente. Vemos a los discípulos como obtusos y muchas veces peleadores, capaces de traición, negación y deserción. Lucas en los Hechos se esfuerza por presentar un cuadro ideal de la Iglesia de Jerusalén, como una comunidad de una mente y un corazón, compartiendo todo en común para que no hubiera nadie con necesidad. Sin embargo, nos cuenta a la vez sobre Ananías y Safira y su decepción, y sobre las disputas entre Pablo y Bernabé que llevan, al final a deshacer el primer equipo misionero de la Iglesia. Las cartas de Pablo son muchas veces un testimonio crudo sobre la dimensión humana de la Iglesia, que podemos leer en sus quejas contra los Gálatas, sus dificultades con Pedro en Antioquía y las críticas hechas por miembros de la comunidad contra su propio trabajo.

 

Dietrich Bonhoeffer advierte a los que desean vivir en una comunidad cristiana sobre los sueños irreales. Los discípulos de Jesús que aceptan vivir en una comunidad tal como la Iglesia, no debieran vivir en un mundo de sueños sino en el mundo real que Dios nos entrega. No debiéramos entrar a la comunidad con nuestros requisitos, sino como agradecidos receptores. El que ama su sueño de comunidad más que a la misma comunidad cristiana llega a ser destructor de la comunidad, aunque sus intenciones personales sean muy honradas, sinceras y sacrificadas.

 


3) El destino del papel de Israel como luz de las naciones está encarnado en la misión de la Iglesia de transformar el mundo.

 

De la misma manera que el Antiguo Testamento nos mostró un pueblo que caminaba incesantemente a través de la historia, buscando a Dios y su paz, los Evangelios y todo el Nuevo Testamento presentan a la comunidad cristiana no como una comunidad doméstica, absorta en su propia dinámica y preocupaciones sino, al contrario, nos muestra una comunidad misionera dirigida hacia el mundo. Jesús llamó a sus discípulos a seguir sus pasos, a ser pescadores de hombres, a tomar parte en su propio compromiso de transformar y renovar el mundo que pertenece a Dios. El mandato de Jesús a los doce era fundamental para la Iglesia entera, era precisamente su propia misión ya compartida con los demás:

 

Mientras vayan caminando, proclamen que el Reino de Dios está cerca. Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Den gratuitamente, puesto que recibieron gratuitamente. (Mat 10:7-8)

 

Vemos a Pablo con ese sueño ambicioso que leemos en Romanos 15. Hizo sus viajes alrededor del mundo mediterráneo hacia Roma, y finalmente a España. Tuvo planes de fundar nuevas iglesias entre los gentiles, de poder llevar aun a Israel al Evangelio y, finalmente, de entregar el mundo entero al Cristo resucitado, quien lo entregaría todo a su Padre. Nunca realizó su sueño, y quedó atormentado por un futuro que no pudo ver. Mateo soñó con una Iglesia como una comunidad donde judíos y gentiles comerían de una misma mesa. Tampoco vio su sueño realizado.

 

Tenemos recordatorios en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles de que el Espíritu va más allá de las fronteras de la comunidad y no está limitado a sus horizontes. Pedro y los apóstoles de Jerusalén se sorprendieron con el don de fe dado a Cornelio, el centurión romano. Sólo lentamente llegaron a la conclusión de que Dios quiso dar la salvación ¡aun a los gentiles! (Hechos 10-11). Fue claro que Pablo, quien persiguió a los primeros cristianos, no esperaba ser su vocero más elocuente.

 

El Espíritu que mueve a la Iglesia a cumplir su misión es un Espíritu sorprendente, y sus actos, totalmente inesperados. El Espíritu del Dios de Israel, el Espíritu de Jesús derramado sobre la Iglesia, es un Espíritu inquieto y sorpresivo, un Espíritu que actúa mucho más allá del perímetro de la Iglesia o de la historia épica de Israel, un Espíritu que infunde la misma creación y lleva el mundo hacia Dios, muchas veces a pesar de sí mismo.

 

Conclusión

 

El corazón de la visión bíblica de lo que es la Iglesia puede ser detectado en el viaje épico que la Biblia muestra: un viaje que va más allá de la historia de la misma humanidad, que empieza con la creación y termina en las esperanzas de un futuro con Dios. No podemos permitir que nuestras discusiones respecto a la Iglesia y las proclamaciones que hacemos de ella estén circunscritas a nuestras luchas disciplinarias o a las guerras entre bandos. No. La Biblia nos desafía a elevar nuestra imaginación hacia una esfera más alta y más profunda, hacia el mismo viaje de fe que marcó el origen de la familia humana y orientará su fin; hacia la búsqueda de la humanidad entera para ver, finalmente, el Rostro de Dios. La presentación bíblica de este viaje de fe nos protege del escándalo y de la desesperación al descubrir que la Iglesia es una comunidad muy humana: atormentada por divisiones y miedos; a veces desviada; débil y torpe en su modo de seguir al Espíritu de Dios en el camino hacia la salvación. Este hecho por sí solo debiera hacer a la Iglesia inclusiva y misericordiosa.

 

Sin embargo, esta saga bíblica nos asegura que somos el pueblo de Dios y que Dios no nos abandonará. La forma auténtica de la Iglesia del futuro, de la parroquia del futuro, de cualquier comunidad cristiana, debiera estar animada por el Espíritu y las cualidades de este gran viaje iniciado por nuestros antepasados en la fe y encarnado en la historia de Jesús.

 

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El artículo anterior es del R. P. Donald Senior, C.P. Presidente del Catholic Theological Union en Chicago. Fue publicado en la revista Church en verano de 1999.

 

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