| La misión como diálogo |
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| Miércoles, 01 de Mayo de 2002 00:00 | |||||||
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En este artículo seguimos la serie sobre “la misión” con una reflexión sobre la misión como diálogo. En el artículo anterior basado en el texto “La misión en el mundo de hoy”, reflexionamos sobre la complejidad de este término y la necesidad de aproximarnos al tema desde varios puntos de vista. El autor del texto que constituye la base de nuestra reflexión, Donal Dorr, teólogo y misionero en el extranjero, comenta que, tal vez, unos veinte años atrás él habría empezado su texto con un análisis de la “misión” como evangelización. Pero en el contexto histórico, eligió “la misión como diálogo” como más apropiada. Por la misma razón, decidimos utilizar esta llave para abrir el sentido de misión para hoy. Hay peligro en volver sobre los mismos temas de siempre; a veces es necesario tomar una senda nueva, buscar una perspectiva que, por su novedad, no nos permita quedarnos dormidos de aburrimiento.
ÍNDICE La dimensión de profundidad Diferentes tipos de diálogo El diálogo interior Cada una ofrece su don
El principal argumento a favor de iniciar un estudio sobre la misión con el tema del diálogo está en los efectos que produce. Es decir, ofrece un correctivo a la noción parcial de misión que dimos por supuesta en el pasado. Anteriormente, el mayor acento se ponía en el trabajo de los misioneros y el gran don que ellos traían a los países de misión, con muy poca atención sobre los receptores del don. Aquí encontramos una de las razones que explican la pérdida en el mundo de hoy del encanto y misterio que una vez envolvieron la noción de misión. La gente simplemente se ha dado cuenta de la falta de equilibrio en la posición anterior. Por otro lado, al empezar con la noción de que el diálogo es parte integral dela misión, damos testimonio de que el Espíritu está ya trabajando, tanto entre la gente que queremos evangelizar como en nosotros mismos, los evangelizadores. Así se reconoce que hay un dar y recibir de dones entre los misioneros y las personas entre quienes aquellos trabajan. Además, la noción de diálogo refuerza la impresión de que la misión no consiste sólo en hacer cosas para otros. Es, por sobre todo, un asunto de estar con la gente, de escucharla y compartir con ella. Esta noción es un desafío directo a la presuposición, oída frecuentemente en el pasado, de que el misionero exitoso ganaba muchos conversos y así fortificaba el crecimiento de la Iglesia. De hecho, todavía podemos encontrar algunos misioneros que se dedican al proselitismo. Sin embargo, suele pasar que el trabajo misionero se socava más por este tipo de insensibilidad que por tomarse el tiempo y la energía para entender las religiones no-cristianas. En el primer capítulo de la Biblia nos dicen que en el principio de la creación el Espíritu se movió sobre las aguas, creando orden del caos (Gen 1:2). Desde entonces, el Espíritu ha tocado nuestras vidas a través de la influencia de numerosos profetas, además por nuestros propios signos y sueños y por todo tipo de experiencias espirituales. Podemos ver las variadas religiones como esfuerzos para dar alguna forma institucional a tales movimientos del Espíritu de Dios y su gracia. En todas las religiones podemos encontrar rituales, símbolos y tradiciones que expresan, apoyan o encarnan las experiencias de las personas. Estos símbolos y rituales evocan en las personas el sentido de una presencia divina en sus vidas y en el mundo entero, una presencia que ama y sana. Sin embargo, como todas las instituciones humanas, las religiones pueden llegar a distorsionarse y corromperse. Cuando pasa esto, pueden promover el legalismo religioso, el fanatismo arrogante o prácticas supersticiosas o cuasi-mágicas. De aquí podemos hacer algunas deducciones: que las religiones no-cristianas son canales de gracia en algunos aspectos, mientras en otros, pueden desviarnos del buen camino. Sin embargo, cuando observamos el cristianismo no en su forma ideal sino en su desarrollo a través de la historia, estamos obligados a juzgarlo de la misma manera. Sin lugar a duda, ha sido y sigue siendo un instrumento poderoso de la gracia divina pero, al mismo tiempo, ha habido situaciones en que fue un obstáculo a la experiencia religiosa auténtica. Por esta razón, creemos, como parte de nuestra fe cristiana, que la Iglesia está siempre llamada a abrirse a la transformación por medio de la gracia de Dios. Como individuos y como Iglesia, debiéramos aceptar el dolor de ser llamados a la conversión por el testimonio de personas proféticas, inspiradas por el Espíritu Santo. A través del diálogo entre las religiones, encontramos una de las maneras más efectivas para abrirnos a la influencia del Espíritu de Dios y su acción transformadora. Aquellos que toman parte en el diálogo inter-religioso se están sometiendo a sí mismos y a su propia tradición religiosa al juicio de Dios. En alguna medida, el Espíritu hace su trabajo por medio del enriquecimiento de aquellos que toman parte en este diálogo. Ellos crecen en admiración y en la profundidad de su percepción cuando comparten algo de la experiencia religiosa de otra tradición. Pero luego se sentirán desafiados en un nivel religioso muy profundo y reconocerán que no solamente tienen mucho que aprender de los demás, sino también que su propia articulación de la espiritualidad está algo distorsionada en algunos aspectos. Así se extiende la invitación a admitir que Dios podría estar usando al compañero de diálogo religioso como instrumento clave para mostrarnos esta distorsión o insuficiencia. Así crecemos y así Dios transforma las tradiciones religiosas. La dimensión de profundidad
Existe el peligro de que nosotros pudiéramos pensar el diálogo inter-religioso en términos de un intercambio de información. Esta perspectiva nos llevaría a dejar todo a los expertos, es decir, a aquellos que saben mucho sobre las diferentes religiones. Actuar así es tratar a la religión de la misma manera como tratamos la geografía, la historia o la mecánica, es decir, como un área de información en que sabemos algo o muy poco. Es una perspectiva muy errada. La fe religiosa abarca todos los aspectos de la vida humana. No es un área de información sino una exploración de las preguntas más profundas de la vida que están por debajo de nuestras preocupaciones diarias. Por ejemplo, cuando un niño está enfermo, los padres lo llevan al médico. Pero supongamos que el niño muere a pesar de todos los esfuerzos de los médicos. Esta muerte hace surgir profundas preguntas religiosas en la familia. ¿Por qué permitió Dios la muerte de este niño inocente? ¿Por qué nos pasó esto a nosotros y no a otra familia? ¿Nos está castigando Dios por algo malo que hicimos? Muchas veces las preguntas nos llevan a asuntos aun más hondos: ¿Acaso Dios nos quiere? Y si nos quiere, ¿Es realmente todopoderoso? La muerte de un niño podría llevar a los padres a preguntarse sobre el sentido de la vida y si vale la pena vivirla. Así que hay preguntas espirituales o religiosas escondidas detrás de las preocupaciones cotidianas sobre la salud y la enfermedad. Podemos aplicar lo anterior a una escala más grande, en el caso de una comunidad que se encuentra con un problema mayor. Por ejemplo, una herencia del colonialismo, que aflige a muchos países, es la extendida corrupción de sus gobiernos. Es tan arraigada que los ciudadanos comunes se sienten incapaces de cambiar esta situación. Aunque sea un problema político-cultural, también tiene un aspecto religioso importante. Hay algunas formas de espiritualidad o tradiciones religiosas que apoyan el fatalismo frente a la maldad, y otras que, frente a la opresión y la injusticia, llaman a una sumisión incondicional a la autoridad. Por otro lado, existen espiritualidades o tradiciones religiosas que convocan a sus miembros a luchar por su liberación. Ayudan a la gente a creer en su propia bondad, su poder y su responsabilidad frente a su destino y el bienestar de su nación. Despiertan en la gente la energía para resistir la opresión. El punto que queremos hacer notar aquí es que el asunto político de desafiar la corrupción también tiene una dimensión religiosa. Es igual de imposible separar la religión de la esfera política como separarla de los problemas cotidianos personales y familiares. Este mismo punto está expresado en términos más técnicos en un documento de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano: La religión es un elemento integral constitutivo de la cultura en la cual radica y florece. Además, todas las culturas más grandes incluyen la dimensión religiosa como piedra principal del edificio que construyen… (1) Así acentúan el hecho de que el diálogo inter-religioso no es una actividad marginal, sin relación con la vida diaria. Afecta y queda afectada por los asuntos políticos, sociales, económicos y familiares que dan forma a nuestras vidas. Sería entonces un grave error presumir que se puede dejar el diálogo a los especialistas. Es una preocupación de todos y de cada uno. Diferentes tipos de diálogo No es nuestra intención restar importancia al diálogo formal, intelectual. Las reuniones y conferencias nacionales y mundiales tienen un papel simbólico importante y ofrecen un estímulo, apoyo y un enfoque para el diálogo. Sin embargo, se puede reducir el tema a una simple retórica si no hay diálogo personal. La dificultad está en que la mayoría de las personas no tiene idea de cómo llevar este diálogo al nivel básico más simple, donde todos puedan tomar parte. En el año 1991 el Vaticano publicó un documento titulado Diálogo y Proclamación. En el párrafo N° 42 se distinguen cuatro formas de diálogo entre las religiones: 1) el diálogo de vida: compartir las alegrías, penas y preocupaciones; 2) el diálogo de acción: colaboración en el desarrollo humano y en la liberación; 3) el diálogo de intercambio teológico; 4) el diálogo de la experiencia religiosa: compartir las riquezas espirituales de cada tradición, por ejemplo, las formas de oración. Es importante recordar que todos nosotros podemos estar involucrados, de alguna manera, en los números uno, dos y cuatro, dejando el tres para los especialistas. Estas formas de diálogo debieran ser más comunes ahora que en el pasado por los efectos de la movilidad y el pluralismo de nuestro mundo actual. En el pasado, Chile era un país religiosamente homogéneo; con la presencia de nuestros hermanos protestantes-evangélicos y judíos se ensanchó nuestra experiencia religiosa y creó entre nosotros una perspectiva judeo-cristiana. Ahora, debido a una movilidad y un pluralismo cada vez más fuerte, existen aquí en Chile, grupos numéricamente significativos que representan otras tradiciones religiosas bastante diferentes de la nuestra. El movimiento dentro de las iglesias cristianas, tan común en el resto del mundo, nunca tuvo mucho éxito en Chile. En décadas pasadas, había cooperación entre algunas iglesias cristianas respecto a la lucha por los derechos humanos, pero, por una serie de razones, no se extendió a otras áreas eclesiales. Queremos sugerir que el nuevo milenio ofrece, tal vez, un momento propicio para empezar. Es posible que la desconfianza evidente en círculos eclesiales frente a la posibilidad de abrirnos al diálogo con las otras tradiciones religiosas, surja de un temor a perder la pureza de la fe o, aun, a los mismos fieles. Los hechos nos muestran que, de todos modos, los estamos perdiendo hace tiempo, tanto con respecto a otras iglesias cristianas como a otras religiones. Sin embargo, el mismo Vaticano está fomentando el diálogo, no sólo con las demás iglesias cristianas, sino con todas las tradiciones religiosas. El diálogo interior Además de los cuatro tipos de diálogo religioso ya mencionados, hay uno aun más fundamental. Más que un diálogo entre personas, este diálogo toma lugar dentro de cada persona. Es cuestión de buscar una manera de entrar dentro de la perspectiva religiosa de las personas de tradiciones religiosas diferentes. Es decir, descubrir el diálogo interior del corazón, más que un diálogo verbal o intelectual. La diferencia entre las religiones no es que ellas ofrezcan diferentes respuestas a las preguntas fundamentales sino que aspiran a responder a diferentes preguntas. Expresándolo de otro modo, cada una de las tradiciones más importantes tiene un núcleo central muy distintivo. Cada una enfoca un valor religioso o un set de valores muy particular. En consecuencia, cada religión nos ofrece una perspectiva distintiva sobre las dimensiones más profundas de la vida. Estas perspectivas no son, de ningún modo, mutuamente excluyentes. Al contrario, tienden a suplir y reforzarse mutuamente. Podríamos decir que una espiritualidad plenamente comprensiva e integral tomaría en cuenta estos diferentes valores. El vivir una vida espiritual rica y plena requiere un aprecio de las perspectivas variadas de las diferentes religiones y, aun, la capacidad de cambiar a veces de una perspectiva a otra. Tal vez es útil mencionar algunos de los valores que son centrales o de mayor importancia para una o más de las grandes religiones del mundo. Sentirse elegido- Judaísmo; La soberanía de Dios y el sentido del destino- Islam; Estar en armonía con el flujo de la vida- Taoísmo; Estar enraizado en la naturaleza y el cosmos y la experiencia mística- Budismo e Hinduísmo; La iluminación- Budismo; La compasión- Budismo e Hinduísmo; La integridad humana y la sensibilidad - Hinduísmo y Budismo; La dignidad humana: base de los valores éticos de justicia y participación- Cristianismo. Muchos dirían que el cristianismo fomenta (o debiera fomentar) todos estos mismos valores, y estamos de acuerdo. Pero existe mucho trecho entre el cristianismo ideal y su realidad en diferentes áreas del mundo, y entre diferentes sectores de cristianos. Actualmente, uno de los valores más apreciados entre muchos cristianos del Occidente es la apertura a los valores de otras religiones. Curiosamente, es un fenómeno que no tiene más de 50 años. Antes, la tendencia general era mostrar hostilidad frente a las otras religiones y a sus valores. No cabe duda de que el Espíritu está trabajando entre los hijos de Dios y nos urge a cerrar esta brecha entre la realidad y lo ideal del cristianismo. Es importante también recordar que la totalidad de los asuntos religiosos más profundos no pueden ser reducidos a un aspecto básico. Al contrario, hay una gran constelación de preocupaciones que son espirituales o religiosas. Los aspectos más profundos de nuestras preocupaciones e intereses del diario vivir son los mismos para toda la humanidad. Las religiones difieren unas de otras, principalmente en la importancia que dan a estos asuntos. La clave para un fructífero y desafiante diálogo interior con las diferentes religiones es un entendimiento compasivo de sus intereses y valores centrales. Así nos preparamos para abrirnos a los dones que nos pueden ofrecer. De hecho, compartimos mucho con el judaísmo; nuestras oraciones y ritos surgen directamente de estas raíces, y compartimos los fundamentos de la ética judeo-cristiana. Por otro lado, nuestro conocimiento del Islam es bastante limitado y los ataques terroristas recientes no estimulan el esfuerzo por conocerlo. Sin embargo, hay una riqueza importante que el Islam nos ofrece a través de sus prácticas y oraciones: el sentido profundo de la soberanía de Dios y de la sumisión total de la persona humana a Su voluntad. Respecto al Oriente, los misioneros hablan de la profunda influencia del Budismo e Hinduísmo con sus enseñanzas de compasión y la no-violencia; mientras el Taoísmo y Confucianismo han desarrollado los valores de armonía, dignidad, estabilidad, respeto y la capacidad de fluir con la vida en vez de tratar de controlarla. Aunque existen grandes diferencias entre los rituales, símbolos y enseñanzas formales de las religiones del mundo, los valores detrás de ellos son de enorme importancia para nosotros. A través de las últimas décadas, las naciones de Occidente han descubierto, con gran costo, que no pueden dar por supuestos estos valores. Vemos alrededor de nosotros, tanto en Chile como en el resto del mundo, la fragmentación de la sociedad y el daño a los individuos cuando hay un extendido derrumbamiento del vínculo familiar y de la cohesión en las comunidades. No cabe la menor duda de que hay mucho que aprender de un diálogo interior y externo con estas religiones o tradiciones. Cada una ofrece su don Nuestra hipótesis es que cada una de las religiones más importantes del mundo tiene un don especial que ofrecernos. Es decir, cada una es única y ofrece una contribución vital y tal vez irremplazable a la experiencia y entendimiento de las personas de otras creencias. Ningún creyente religioso tiene el derecho de decir: “Nuestra religión es completa en sí misma, en el sentido de que no tenemos nada significativo que aprender de las demás.” Esto se aplica tanto a los cristianos como a los no-cristianos. Algunos preguntarán si esta actitud es aceptable, incluso ortodoxa. Después de todo, hemos escrito tanto sobre el problema de la religiosidad en Chile: la ignorancia doctrinal, la poca participación, la falta de interés en posiciones morales de la jerarquía, etc. Otros insistirán en los riesgos de una posible sobresimplificación e incluso de los posibles malentendidos de un diálogo entre personas que no son especialistas. La verdad es que a simple vista podemos observar lamentables situaciones públicas dentro de la Iglesia: falta de entendimiento, tensiones, confusión y conflictos que son aun más riesgosos porque causan desconcierto. Incluso, en algunos casos, la gente involucrada podría ser calificada de especialista. Concluimos que al lado de una realidad tan cuestionable, la posibilidad de malentendidos en un diálogo inter-religioso no nos parece tan peligrosa. Mirándolo desde otro punto de vista, como cristianos estamos llamados por el Espíritu de Dios a abrirnos, con entusiasmo y con humildad, a involucrarnos en un diálogo de mente y de corazón con los fieles de otras religiones, también hijos del mismo Dios. De esta manera, será posible despertar de cierto letargo y autosuficiencia para caminar hacia un entendimiento más rico, más profundo y más completo de nuestra propia fe cristiana. Si tomamos en serio esta invitación, no sólo se profundizará nuestro entendimiento de la fe. La fe misma crecerá y florecerá de una manera jamás imaginada. Francamente, encontramos este último escenario no sólo más atractivo, sino también más cercano al corazón de Dios.
La reflexión anterior está basada en gran parte en el libro de Donal Dorr, Mission in Today’s World, (La Misión en el mundo de hoy), Columba Press, Blackrock, Co. Dublin, Irlanda, 2000, pp. 16-25. (Con la debida autorización.) ------------------------------------------------------ (1) Fe y la inculturación, N°8.
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