| La cosecha pertenece a Dios |
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| Sábado, 01 de Marzo de 2003 00:00 | |||||||
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El nivel de desilusión y desánimo entre muchos laicos y clero ha subido visiblemente después de algunos hechos ocurridos en el pasado reciente en el seno de la Iglesia. Algo que parecÃa lejano a nuestra realidad chilena parece haberse vuelto común, por lo que estamos obligados a reflexionar seriamente sobre su significado. Desde hace décadas que estamos hablando de la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, de la baja participación de los fieles en las liturgias y del problema de financiamiento de la Iglesia. Parece que los escándalos recientes son el golpe de gracia que ahoga a muchos en un mar de desaliento y vergüenza. ¿A dónde vamos? La siguiente reflexión sobre el Evangelio de San Marcos podrÃa ofrecernos algunas luces en un momento doloroso para todos nosotros. Esperamos que asà sea. Una vez más reiteramos nuestro interés en recibir su opinión sobre este material que le hacemos llegar. Expertos bÃblicos contemporáneos insisten en que es necesario leer y entender los Evangelios como relatos de fe y no como documentos históricos. De ninguna manera son biografÃas de Jesús. Más bien fueron escritos para enfrentar situaciones muy particulares, problemas puntuales de una comunidad u otra. En cada instancia, se trata de la mejor manera de entender y responder a eventos históricos por los cuales estaban pasando la pequeña comunidad. Si tomamos el Evangelio de San Marcos dentro de su contexto histórico, vemos que refleja un trágico momento para el pueblo judÃo en general: el templo en Jerusalén habÃa sido recién destruido por los romanos (70 d.C) y la comunidad de seguidores de Jesús estaba enfrentando, además, la persecución de sus miembros. Atemorizados y confundidos, algunos aun habÃan abandonado el camino. El futuro era desconocido y muchos dudaban de que la comunidad pudiera sobrevivir. Se estima que Marcos escribió su relato alrededor de este tiempo, con el fin de ofrecer aliento y fortaleza al rebaño sufriente. Lo que nos llama la atención a primera vista es que este Evangelio es el más corto. También es simple y directo, sin los detalles literarios que embellecen el texto y que fascinan al lector. Sus frases son cortas y el movimiento es rápido. El autor escribe con urgencia; no pierde tiempo con lo no esencial. Por otro lado, el genio del autor se aprecia en su modo de caracterizar a los apóstoles, hombres sinceros pero algo torpes, que nunca alcanzan a entender el verdadero significado de ser discÃpulos de Jesús. Los utiliza como punto de contraste para poder delinear con claridad los rasgos de un discÃpulo verdadero, es decir, el que sigue el camino de la cruz con fidelidad. Dirigiéndose a los miembros de una comunidad que sufre de confusión y desesperanza, sus palabras les recuerdan que la vÃa dolorosa por la cual caminan es, irónicamente, el mismo camino de la cruz del Señor que los llevará al final a la vida eterna. Marcos empieza su relato con Juan en el desierto, y en unas treinta lÃneas cortas presenta el rol del Bautista, el bautismo de Jesús, su tentación por Satanás, el arresto de Juan y luego salta a la vida adulta de Jesús y su ministerio. El autor parece tener apuro. De repente, vemos a Jesús en Galilea y escuchamos sus primeras palabras: El plazo está vencido, el Reino de Dios se ha acercado. Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva (Mc 1:15). Tenemos aquà un resumen compacto del Evangelio. La plenitud de su significado se desenvuelve en los quince capÃtulos siguientes. La escena cambia abruptamente y vemos a Jesús por la orilla del lago de Galilea, eligiendo sus primeros seguidores, pescadores de la región. Es necesario recordar que Marcos no está ofreciendo un recuento histórico; su motivación es fortalecer y dar ánimo y esperanza a la comunidad a la cual está escribiendo. Si estudiamos el retrato que Marcos nos presenta, nos encontramos con un grupo de hombres que nunca alcanzaron a comprender el significado profundo del llamado de Jesús. A través de Marcos podemos vislumbrar lo que ellos realmente añoraban y cuán lejos estaban del camino de la cruz. Se hace más claro, tal vez, en esas ocasiones cuando Jesús hablaba de su pasión futura (Mc 8:27-10:52). Entonces las reacciones de sus apóstoles mostraban que esperaban otra cosa: poder, influencia y gloria. Jesús quiere cambios. Pues bien, para los apóstoles esas son las herramientas del cambio. Si el llamado a ser discÃpulo significa trabajar para influir en los acontecimientos, entonces el poder, la influencia y la gloria son imprescindibles. ¿O no? Jesús les ha dicho que ahora serán pescadores de hombres. Probablemente, para ellos, sus palabras tenÃan fuertes implicancias respecto a cambios polÃtico-sociales que, lógicamente, a la larga, tendrÃan su influencia también sobre el autoentendimiento religioso. Después de todo, el pueblo de Dios habÃa vivido demasiado tiempo bajo la dominación extranjera. Era tiempo de hacer cambios. Este sentimiento fue especialmente fuerte en áreas rurales y sabemos que Jesús hizo gran parte de su ministerio allÃ. Los doce esperan un plan, una estrategia y recursos. Cualquiera sabe que los cambios son los resultados de grandes esfuerzos y una planificación cuidadosa. Es evidente que Jesús tiene otra idea sobre la manera de hacer el ministerio, que no incluye mucha planificación. En el capÃtulo 6 de Marcos vemos a Jesús enviando a sus discÃpulos sin dinero ni alimentos ¡ni una muda de ropa o sandalias de repuesto! El mensaje de su predicación debiera ser igual a las palabras de Jesús en el principio del Evangelio, una invitación a la conversión. Jesús se muestra extrañamente insistente en que los discÃpulos se entreguen en manos de la Providencia para sus necesidades. Es probable que los discÃpulos se sorprendieran algo con sus instrucciones: sólo repetir la invitación en todas las aldeas y ciudades por donde pasaban (Mc 6:7-12). ¿Qué posible influencia podrÃa tener sobre las personas la repetición de una frase? ¿Qué relación podrÃa guardar con el cambio fundamental? Supongamos que seguÃan con sus viajes de predicación por un tiempo, tal vez sin cambios visibles. Después de un tiempo, quizás, decidirÃan entre sà evaluar con Jesús los efectos. No es que quisieran dejar el proyecto, sino que desearÃan tener una discusión seria sobre el asunto. Seguramente el Señor entenderÃa que las cosas no estaban saliendo como ellos habÃan esperado. No es difÃcil imaginar una posible conversación de esta Ãndole. Uno por uno, empezarÃan a contar sus experiencias, destacando la falta de resultados visibles a pesar de todos sus esfuerzos, las dificultades del viaje por no contar con recursos, etc. InsistirÃan en que no querrÃan dejar el proyecto, tampoco criticarÃan el método en forma directa. Simplemente quisieran ayudar y, la mejor manera de hacerlo pareciera ser organizarse mejor y crear un plan de acción. Seguramente Jesús verÃa la lógica de su argumento. Afortunadamente, los errores han sido detectados antes de que hubiese sido demasiado tarde para remediar la situación. Se puede imaginar a Jesús escuchando con interés y atención. Finalmente terminarÃan de presentar sus argumentos; se sentirÃan complacidos con el desarrollo de la discusión. Ahora le tocaba responder a Jesús. Aunque la parábola del sembrador aparece más temprano en el relato de Marcos, sabemos que los Evangelios no son historia y los eventos no están presentados en orden cronológico. Es fácil imaginar que Jesús, el Maestro de maestros, elegirÃa una ocasión como esta para enseñar a sus discÃpulos. Sus palabras bien podrÃan haber sido las siguientes: Escuchen esto: El sembrador ha salido de sembrar. Al ir sembrando la semilla, una parte cayó a lo largo del camino: vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, donde no habÃa mucha tierra y brotó enseguida por no estar muy honda la tierra. Pero cuando salió el sol, la quemó y, como no tenÃa raÃz, se secó. Otra parte cayó entre espinos: éstos al crecer lo ahogaron, de manera que no diera fruto. El resto cayó en tierra buena; la semilla creció, se desarrolló y dio fruto: unas produjeron treinta gramos por semilla; otras sesenta, y otras cien. El que tenga oÃdos para oÃr, que oiga. Después, sonriendo en forma enigmática, se habrÃa levantado y salido del grupo, dejando a los discÃpulos sin habla. Ahora, ellos conocerÃan bien la rutina del labrador del campo, pero ¿qué relación tendrÃa con los asuntos que ellos habÃan presentado a Jesús? Normalmente, el campesino sencillo era obligado a llevar su pequeño saco de semillas y desparramarlas sobre un pedazo de terreno lleno de rocas y espinos, aplastado y endurecido por los pies de los paseantes. Luego después, con su arado primitivo, tratarÃa de cubrir las semillas, en lo posible, con la poca tierra accesible. Normalmente, los resultados eran muy impredecibles, a veces mejores, a veces peores. Pero una vez más, ¿qué tenÃa que ver este pobre campesino con los discÃpulos, y menos con el desaliento que estaban experimentando? Los discÃpulos no captan la lección de la parábola porque no tienen oÃdos para oÃr. Sin embargo, Jesús está dirigiéndose directamente al desaliento de sus discÃpulos. La parábola presenta en un contraste audaz, la diferencia entre sembrar y cosechar. El campesino sólo puede sembrar su pequeño saco de semillas en este pedazo de tierra rocosa. Sin embargo, tiene confianza en que algo crecerá. Sabe bien que no puede crear una cosecha o forzar las semillas a crecer. Sólo Dios puede hacerlo. El agricultor hace lo que puede y deja lo demás a Dios. Su éxito consiste simplemente en sembrar y en dejar el relativo éxito de la cosecha en manos de Él. ¿Qué es lo que Jesús realmente quiere enseñar a sus discÃpulos a través de su parábola? Es probable que entre otras cosas quiera que ellos capten que su desaliento se debe a un enfoque distorsionado. Están obsesionados por la cosecha y su incapacidad de conseguir resultados. Sin embargo, no están llamados a cosechar sino a sembrar. La cosecha es de Dios y gran parte queda oculta en el misterio. Los discÃpulos debieron sembrar el mensaje o invitación sin depender de recursos, dejando los resultados en manos de Dios. Sin duda, se requiere de una fe fuerte para creer que lo que se siembra en tierra rocosa dará sus frutos de una manera y en un momento que sólo Dios sabe. En el fondo, se trata de la necesidad de aceptar la diferencia entre ser una criatura y ser Dios. Vemos esta misma lucha desde el jardÃn del ParaÃso donde Adán y Eva no pudieron resistir la tentación de ser como Dios (Gen 3). Sus esfuerzos fallidos solidificaron para siempre la distorsión fundamental con que todos los humanos debieron luchar, y aun hoy deben hacerlo: danos suficiente tiempo y la tecnologÃa necesaria y no hay nada imposible. Volviendo una vez más a nuestra lectura del Evangelio, San Marcos nos deja convencidos de que los doce nunca alcanzaron a entender bien las implicaciones reales de la parábola del sembrador. Parecen seguir su camino, persiguiendo sus propias metas, y terminan viendo que todo acaba en forma repentina con el arresto de Jesús. Sobrecogidos de terror y dolor, huyen. Marcos nos cuenta todo en forma clara y áspera: Y todos los que estaban con Jesús huyeron y lo abandonaron (14:50). Lo hace asà por una razón muy simple: para que la comunidad a la cual escribe, escuche, oiga y, a través de la lección de la parábola, aprenda, para no repetir los mismos errores. Desde este contexto del Evangelio de San Marcos, echamos una mirada detenida sobre el pasado reciente de nuestra Iglesia. Somos muchos los que podemos recordar el tiempo antes del Concilio Vaticano II, y los esfuerzos y esperanzas que tenÃamos al respecto. También recordamos con qué satisfacción recibimos los documentos, cómo los estudiamos y nos apresuramos a aplicarlos a nuestra pastoral. Fue una nueva primavera en la Iglesia entera. Pero, muy pronto vimos los efectos negativos, inesperados, en el número de sacerdotes y religiosas que dejaron la vida sacerdotal/religiosa. Tuvimos que enfrentar su disminución a todo nivel. Ahora, varias décadas después, no faltan miembros de la alta jerarquÃa y muchos laicos que estiman que el Concilio fue demasiado lejos, y que terminó en una falsa primavera. Hoy, en medio de los escándalos que han afectado a la Iglesia entera, hay una tendencia a pensar no tanto en términos de sembrar, sino en la necesidad de sobrevivir. Quizás serÃa útil volver a reflexionar sobre el planteamiento de San Marcos respecto del significado del camino de la Cruz. El evangelista lo desarrolla en forma detallada como el único auténtico significado del discipulado (Mc 8:27-10:52). Ofrecemos aquà tres extractos que ejemplifican el pensamiento del evangelista. Después de una discusión acalorada entre Jesús y Pedro que surgió de un serio malentendido sobre el significado de ser el MesÃas, Jesús ofrece esta enseñanza tanto a los discÃpulos como a la muchedumbre que lo escucha: Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sà mismo, tome su cruz y me siga. Pues quien quiera asegurar su vida, la perderá; y quien sacrifica su vida por mà y por el Evangelio, se salvará (Mc 8: 33-35). La enseñanza es obviamente parabólica y su intención primordial es de socavar nuestra presuposición fundamental respecto del significado de la vida. ¿Qué es la vida que estamos tratando de salvar? Tal vez no es la verdadera vida de un discÃpulo. La enseñanza se dirige a su entendimiento equivocado respecto de lo que constituye el discipulado. Para ellos ser discÃpulo se trata de poder, prestigio y seguridad. Pero la vida construida alrededor de estas metas no es ninguna vida. El verdadero discipulado consiste en el camino de la cruz que se traduce, en términos concretos, en el servicio a los demás y no necesariamente en la supervivencia de la Iglesia y sus estructuras. Nadie dirÃa que la Iglesia se entiende, erróneamente, en términos de la búsqueda de poder, prestigio y seguridad. Tampoco los discÃpulos del Evangelio de San Marcos. Pero tal vez el desaliento y desánimo palpable actualmente entre muchos católicos podrÃan estar sutilmente relacionados con la probable pérdida de poder, prestigio y seguridad, como resultado de los escándalos. No es ningún secreto que la autoridad de la Iglesia ha menguado en general en estas últimas décadas. También el prestigio se ha visto menoscabado en forma profunda. Respecto a la seguridad, sabemos de los efectos muy concretos entre los laicos católicos estadounidenses, acostumbrados a financiar las obras de su Iglesia. Muchos han dejado de hacer sus contribuciones por temor a que se haga uso de las platas para enfrentar las demandas de las vÃctimas de los escándalos. Aunque el caso sea diferente, es posible que la seguridad que la Iglesia chilena ofrece a un gran sector de la sociedad a través de sus colegios, apoyo social y dirección moral y espiritual también sea afectada. Sin la seguridad de un financiamiento regular, ¿qué futuro puede esperar la Iglesia para mantener sus obras? El siguiente ejemplo para la reflexión sacado de este Evangelio surge del segundo pronóstico de Jesús sobre su pasión (Mc 9:30-32). Dice el Evangelio: Ellos no entendÃan lo que les decÃa y tenÃan miedo de preguntarle.          El Evangelio los presenta caminando juntos hacia Cafarnaúm y, una vez en casa, Jesús les pregunta: ¿Qué venÃan discutiendo por el camino? Ellos se quedaron callados porque habÃan discutido entre sà cual era el más importante de todos. El contraste aquà entre Jesús y sus discÃpulos no podrÃa ser mayor. Como respuesta a ellos, Jesús les dice: Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos. Para evitar cualquier equivocación respecto al significado de sus palabras, Jesús: tomó un niño y lo puso entre ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: El que recibe un niño como éste en mi nombre a mà me recibe; y el que me recibe, no me recibe a mÃ, sino al que me envió. De nuevo, la enseñanza es parabólica. El prestigio o ser el primero para Jesús es equivalente a tomar el último puesto y ser servidor de todos. Este es el significado de prestigio en el camino de la cruz. Metafóricamente, significa ser igual a un niño. No tiene nada que ver con la inocencia, la vulnerabilidad o algo relacionado con la puerilidad. En el mundo de Jesús, el niño era el último peldaño de la escala social, sin derecho alguno. No quiere decir que los niños no fueran amados o bien cuidados, sino más bien se refiere a su estatus social, y a su lugar en la comunidad adulta. Sin lugar a dudas, este ejemplo era sumamente claro y chocante para los discÃpulos: en suma, ser discÃpulo se trata del servicio y anonadamiento. Ellos, por su parte, se están moviendo exactamente en la dirección opuesta. Quizás si de alguna manera el servicio a los demás pudiese llevarlos al prestigio entonces la situación podrÃa ser más tolerable. Pero, de acuerdo con Jesús, no es el caso. Para él y su camino de la cruz, el servicio significa el anonadamiento. Ahora, en los documentos conciliares, la Iglesia se autodefine en términos del servicio al mundo, en una forma u otra. Es posible, entonces, que el desaliento sea, por lo menos en parte, el resultado de una preocupación por el prestigio de la Iglesia y sus instituciones, cuyas imágenes han quedado seriamente dañadas. El último ejemplo del Evangelio de San Marcos está relacionado con el tercer pronóstico de la pasión (Mc 10:32-34). Los discÃpulos, aquà representados por Santiago y Juan, no comprenden el sentido de las palabras de Jesús, debido a su preocupación con las posiciones de poder y gloria simbolizadas en el sentarse a su lado en el reino (Mc 10:35-40). Una vez más, como respuesta a su falta de entendimiento, Jesús presenta una enseñanza correctiva: Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los que tienen algún puesto hacen sentir su poder. Pero no será asà entre ustedes. Al contrario, el que quiere ser el más importante entre ustedes, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser el primero, que se haga siervo de todos. Asà como el Hijo del Hombre que no vino para que lo sirvieran sino para servir y dar su vida como rescate de una muchedumbre. (Mc 42-44) El poder y la dominación no son parte del significado del seguimiento de Jesús. Una y otra vez, Jesús pone énfasis en el servicio a los demás como ingrediente clave del discipulado. Concluye esta enseñanza con referencia a sà mismo: El Hijo del Hombre no vino para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida como rescate de una muchedumbre. Este es el modelo para el discÃpulo, un modelo que no tiene nada que ver con la sobrevivencia, sea personal o de las instituciones eclesiales. Tiene que ver más bien con la autoentrega de la vida por los demás y requiere un profundo compromiso de fe. No es servicio como lo entiende el mundo en que vivimos. De acuerdo con la percepción mundana, aquello se llamarÃa más bien autodestrucción. En los evangelios se llama ser discÃpulo.  De acuerdo con la enseñanza de San Marco, el discipulado auténtico tiene mucho más que hacer con la siembra que con la cosecha. El rol de hacer que las cosas crezcan, es decir, crear la cosecha, es mucho más atractivo. Nos hace sentir realizados, poderosos, en control. En verdad, estas son las fuerzas primarias que manejan el mundo de hoy. La siembra, al contrario, es una actividad que depende de muchos factores. Nunca se sabe cómo serán los resultados. Aun los criterios para evaluar el éxito o el fracaso no son claros para el sembrador. Sembrar es, por su naturaleza, una actividad que requiere fe. Gran parte del desánimo y desaliento actual surge, tal vez, de un énfasis equivocado en la cosecha. Si reflexionamos sobre Jesús y sus discÃpulos como se presentan en el Evangelio de San Marcos, es claro que el desaliento y confusión de la situación actual no son algo nuevo, sino que han estado presentes desde el principio del movimiento iniciado por Jesús. En la medida en que el movimiento creció y se desarrolló en una institución, fue cada vez más difÃcil recordar aquello a lo que estamos llamados a ser. La tentación ha sido siempre la misma, hacer todo a nuestra imagen y semejanza y luego insistir que nuestra creación ha venido de las manos de Dios. Estamos convencidos de nuestra responsabilidad no sólo frente a la siembra sino también respecto de la cosecha. Por lo tanto, ha sido necesario repetir la misma lección una y otra vez: que el discipulado auténtico es el servicio, ser el último de todos, perder su vida, anonadarse. Es de esperar que esta lección ayude a calmar nuestra preocupación por lo que parece estar perdido como resultado de los escándalos recientes en la Iglesia: poder, prestigio y seguridad. También que nos ayude a poner de relieve la calidad de nuestra vocación de discÃpulo y la profundidad de nuestra fe frente a los desafÃos de la realidad de hoy. Finalmente, esperamos que nos libre de una carga pesada para redescubrir que nuestra vocación tiene que ver sólo con la siembra, y que sólo a Dios pertenece la cosecha. Un alivio para muchos y una muy buena noticia para la persona de fe. El argumento básico de este ensayo viene del artÃculo Discouragement viewed through Mark’s Gospel de Eugene Hensell, OSB, de la revista Review for Religious, Sept-Oct. 200
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