| ¿Dónde han ido los pecadores? |
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| Martes, 01 de Abril de 2003 00:00 | |||||||
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A través de los nueve años de publicación del Boletín Pastoral hemos presentado varios artículos sobre aspectos del sacramento de la Reconciliación, como parte de un tema de estudio serio y más amplio que abarca los sacramentos y la liturgia. Una vez más queremos ofrecer una reflexión sobre este tema, ahora desde la perspectiva del carácter esencialmente público del sacramento. El sacramento de la Reconciliación y su declive entre los católicos no dejan de ser una preocupación permanente para la Iglesia universal y son muchos los esfuerzos pastorales para volver a la práctica de antaño. Esperamos que esta reflexión y el planteamiento desde la esencia sacramental sean útiles para Ud. y su equipo parroquial.
La recepción del sacramento de la Penitencia, tan común entre católicos hace algunos años atrás, no es tan familiar para las personas que están bajo los treinta y aun cuarenta años de edad. No hace muchas décadas atrás los parroquianos, tanto jóvenes como adultos, tomaban parte en el ritual penitencial con frecuencia, algunos lo hacían mensual e incluso semanalmente. Un ritual muy simple, profundamente incorporado a la práctica católica de ese entonces, cuando la realidad del pecado era un hecho de la vida. Para los católicos de antes, cualquiera persona tenía innumerables ocasiones cada día para cometer pecados que exigían el perdón sacramental. A los católicos no les agradaba “ir a la confesión”, les costaba mucho aceptar la necesidad de enfrentar sus actos con honestidad y, luego, someterse al rito. Pero lo hacían. Era como un distintivo de su identidad religiosa. Sin embargo, con una rapidez asombrosa, la práctica de la confesión simplemente colapsó, dejando en muchos católicos una brecha que no ha vuelto a ser enteramente llenada. Muchos piensan que la tarea es hacer que la gente vuelva en forma regular al confesionario. Concluyen que sólo así el sacramento y las vidas de los católicos serán revitalizados. Para ellos es urgente volver a la práctica tradicional. Tal vez debiéramos mirar primero las razones ofrecidas por muchos analistas para explicar la decadencia en la participación durante los años después del Concilio Vaticano II. Aunque el Concilio no dijo casi nada sobre el sacramento, un descenso agudo fue visible casi inmediatamente después. Estadísticas de los Estados Unidos sacadas de estudios extensivos en los años 1965 y 1975 muestran que el número de católicos que se confesó mensualmente bajó de 38% a 17% en este período, mientras el número de aquellos que dijeron que se confesaban nunca o casi nunca, subió de 18% a 38%. La introducción en el año 1973 del llamado nuevo rito que instituyó la confesión cara a cara y, en algunas circunstancias, la absolución general, tuvo poco efecto para revertir el descenso. En 1977, otro estudio mostró que el 65% de los sacerdotes de ese país informó que oyeron menos de 20 confesiones en una semana. En Chile, encontramos estadísticas aun menos alentadoras. Un estudio publicado por el Centro Bellarmino en 1985(1) incluyó un universo de habitantes mayores de 18 años de las 32 comunas de la provincia de Santiago más las de San Bernardo y Puente Alto. Las estadísticas mostraron que 80% de las personas de ese universo no se habían confesado en los seis meses anteriores al estudio. Un cambio tan dramático requiere más explicación. Muchos piensan que la tarea es hacer que la gente vuelva en forma regular al confesionario. Concluyen que sólo así el sacramento y las vidas de los católicos serán revitalizados. Para ellos es urgente volver a la práctica tradicional. Pareciera ser de urgencia pastoral preguntarnos sobre la verdadera frecuencia de la confesión regular en la tradición católica. En el año 1215, el Cuarto Concilio de Letrán declaró que los católicos estaban obligados a confesarse al menos una vez al año. Más tarde, el Concilio de Trento (1545-1563) ratificó esta decisión declarando que era “necesario confesar todos los pecados mortales, callando, sin culpa, los veniales por ser expiables por otros medios”(2). Hasta hoy (3), el Magisterio de la Iglesia se mantiene igual respecto a la confesión individual. Sin embargo, nos referimos sólo a lo obligatorio para cada cristiano.(4) En el siglo XVI, San Ignacio escribió un libro acerca de la confesión y comunión frecuentes, una recomendación devocional, difundida por los jesuitas hasta hoy en sus misiones, Ejercicios, Congregaciones Marianas y colegios. Gracias a Pío X (1910) y el movimiento litúrgico del siglo XX esta recomendación cobró fuerza entre los católicos, impulsándolos a recibir la Comunión mensual e, incluso, semanalmente. Sin embargo, durante la primera parte del mismo siglo pasado los resabios de una línea más bien jansenista inculcaron actitudes heréticas (5) frente a esta práctica religiosa. Se insistió en que los católicos debían confesarse antes de recibir la Comunión, creando así entre muchos la idea de la confesión regular como obligación. La exageración de esta influencia se produjo durante los años ‘40, ‘50 y la mitad de los ’60 cuando se desarrolló la costumbre de la confesión regular, en gran parte, por razones equívocas. Pues bien, durante la larga historia previa, los católicos solían confesarse, por lo general, una o dos veces al año o aun menos. ¿Quién se atrevería a decir que durante todos esos siglos los católicos no habían tenido sentido del pecado? A lo largo de esa historia eclesial tampoco encontramos relatos de líderes eclesiásticos lamentando la ausencia de largas filas de penitentes esperando confesarse. Aunque algunos afirman la pérdida del sentido del pecado entre la gente de la última mitad del siglo XX, otros nos recuerdan que hoy los católicos se dan cuenta de que existen otras alternativas para conseguir el perdón y la reconciliación. Y es un hecho que algunos católicos han experimentado el perdón a través de muchas alternativas terapéuticas, incluso en forma más eficaz que antes en el confesionario. Los laicos de hoy, más sofisticados, saben muy bien de la existencia de otros caminos que llevan al perdón y la reconciliación. Lo que Dios puede hacer dentro de este sacramento, lo puede realizar fuera de él. Dios no está limitado, nos puede alcanzar por un sinnúmero de caminos.
El hecho de que la liturgia esté en un lenguaje que la gente puede entender, permite que se experimente el perdón de Dios tanto en el mismo rito penitencial de la Misa, como en la Eucaristía, en la dirección espiritual y también en la predicación. En el siglo V, el Sacramentario Gelasiano declaró que se ejerce el ministerio de la reconciliación a través de la predicación del Evangelio. A pesar de la frecuencia de las críticas que se escuchan sobre las homilías, hoy son más las personas que oyen la buena noticia del amor y del perdón de Dios que en los últimos siglos. Muchas personas, tanto laicos como del clero, se dan cuenta de que la Iglesia practica el ministerio del perdón y la reconciliación de muchas otras formas además del sacramento específico de la reconciliación, formas tanto sacramentales como no-sacramentales. Esto es algo sobre lo cual ni siquiera los sacerdotes eran conscientes antes del Concilio Vaticano II. Recibimos, además, la enseñanza de que el penitente está ya perdonado antes de recibir la absolución en el confesionario. Entonces ¿por qué el penitente ya reconciliado debiera buscar absolución? Tomás de Aquino responde que es necesario para recibir la gracia especial del sacramento que ayuda al penitente a moverse desde la contrición imperfecta a la perfecta. Hoy podemos ofrecer otras razones, más relacionadas con nuestra misma identidad como cristianos. Las razones anteriores se refieren al penitente individual y lo que puede aprovechar del sacramento. ¿Qué es lo que uno debiera aprovechar del sacramento? La persona legalista diría que se necesita el sacramento porque la Iglesia lo requiere. Es cierto sólo cuando alguien ha cometido un pecado mortal, y para la mayoría de los penitentes, no es el caso. ¿Acaso este sacramento existe solamente para remover la culpa que tiene el pecador y reconciliarlo con Dios? Seguramente no, si seguimos a Tomás de Aquino que insiste en que la reconciliación se efectúa en el momento del arrepentimiento. Así que la pregunta realmente no es lo que debiéramos aprovechar del sacramento sino lo que uno hace en el sacramento. Vemos la exageración de esta influencia (de jansenismo) durante los años ’40, ’50 y la mitad de los ’60 cuando se desarrolló la costumbre de la confesión regular por razones equívocas. El concepto de procurar, obtener o aprovechar algo a través de cualquier sacramento define una posición claramente individualista. Describe una actitud que no comprende que los sacramentos son, ante todo y por sobre todo, actos de liturgia pública. Su fin, su valor y su importancia no consisten en conferir algún beneficio espiritual al individuo. Como actos litúrgicos públicos, su fin primordial es alabar a Dios por su bondad y misericordia hacia nosotros. Karl Barth dijo una vez: Se da demasiado poca importancia al Bautismo en cuanto glorificación de Dios. ( La Enseñanza de la Iglesia respecto al Bautismo). Se puede decir lo mismo sobre la reconciliación y los demás sacramentos. Los sacramentos son una de las dos formas principales de dar testimonio de la presencia de Dios y de su acción salvífica en el mundo de hoy. Edward Schillebeeckx nos dice que: La Palabra y el Sacramento son los ardientes puntos de enfoque de esta manifestación del Señor que abrasa el mundo entero en la acción de la Iglesia (Revelación y Teología). Por el Bautismo, los cristianos están llamados a una vida de testimonio en el nombre de Cristo resucitado, en el mundo de hoy. En el sacramento de la reconciliación damos expresión visible al perdón y al amor reconciliador de Cristo en nuestras vidas. Alabamos y damos gracias a Dios por esto y lo hacemos abiertamente, frente a todo el mundo. A través de este testimonio, actuamos como grupo de apoyo para la fe y esperanza de los demás. Es también una manera importante de atestiguar ante los no cristianos el amor misericordioso de Dios. Así se define lo que realmente significa ser cristiano. ¿Cuántos cristianos entienden así su vocación bautismal? Al parecer, no muchos. A la mayoría todavía le falta entender que la Iglesia es misión y que esto significa dar testimonio también a través de la palabra y los sacramentos, tal como lo hace en sus vidas. El testimonio dado a través de los sacramentos es algo distintivamente católico. Sólo cuando entienda eso, la gente podrá captar la verdadera importancia de la celebración del sacramento de la reconciliación. Desafortunadamente, los esfuerzos de algunos líderes eclesiásticos para renovar este sacramento ponen demasiado poco acento en su fin primordial. Sus exhortaciones se dedican al tema de las necesidades individuales, necesidades que reciben a veces mejores respuestas desde otras fuentes. Esta situación no es sorprendente cuando reflexionamos sobre la manera cómo este sacramento y otros han sido psicologizados desde mucho antes del Concilio Vaticano II. ¿Cuántas veces el sacramento de la reconciliación ha sido presentado como sustituto para el sofá del La posición individualista no comprende que los sacramentos son ante todo, y por sobre todo, actos de liturgia pública. Su fin, su valor y su importancia no consisten en conferir algún beneficio espiritual al individuo… su fin primordial es de alabar a Dios por su bondad y misericordia hacia nosotros. psicólogo? A veces a los adolescentes se les hace difícil ver la diferencia entre el lugar dedicado al sacramento de la reconciliación en la Iglesia y la oficina del orientador del colegio. ¿Será posible renovar el sacramento de la reconciliación hoy si se sigue con esta forma individualista? La respuesta es no, salvo que no sea posible convencer a nuestra gente de que existe otra manera de alcanzar el perdón y la reconciliación con Dios. Pero es demasiado tarde para eso, aun si quisiéramos hacerlo; nuestra gente sabe muy bien que no es así. ¿No sería más bien el momento para poner el acento en la naturaleza comunitaria del sacramento? Las nuevas celebraciones comunitarias del sacramento que han aparecido en las últimas décadas han intentado reforzar esta dimensión. Sin embargo, aunque normalmente consisten en preparaciones comunitarias para la recepción del sacramento, la celebración actual sigue ubicada dentro del confesionario con la confesión y absolución privadas. En su contexto y espíritu, estas ceremonias están orientadas hacia el perdón y la reconciliación del individuo. Normalmente no se presentan como liturgia pública que da expresión visible a la actividad invisible de Dios en nuestras vidas. De hecho, no se hacen con este fin. Sin embargo, esta es la naturaleza misma de un sacramento: dar expresión visible a lo que Cristo resucitado está haciendo en forma invisible en nuestro mundo. De esta manera, la Iglesia actualizaría su naturaleza como sacramento fundamental de Cristo. Pero hay otro aspecto del problema. Muchas veces se anima a los laicos a aprovechar el sacramento de la reconciliación con el fin de que reciban dirección espiritual. El hecho de dar importancia a la dirección espiritual dentro de la confesión individual tiende a empeorar aun más el proceso que socava el carácter público de este sacramento. Como hemos dicho, la reconciliación, como todos los sacramentos es por sobre todo y ante todo un acto litúrgico público. Durante la década del ’80 hubo teólogos en los EE.UU. que opinaban que la razón de la caída de la práctica de la penitencia sacramental se podía encontrar en el hecho de que los predicadores y profesores habían remarcado tanto la interioridad y tan poco la vocación e identidad eclesial. Al afirmar la primacía de la confesión individual, estaban colaborando con el individualismo de la cultura en el socavamiento del carácter público social y sacramental de la tradición católica.
En 1990 un estudio preparado por la Conferencia Nacional de los Obispos Católicos de los EE.UU. reconoció la verdad de esta afirmación con estaspalabras: Una perspectiva individualista parece dominar en la confesión individual de los pecados . A pesar de esta declaración, la confesión individual sigue siendo la forma recomendada a nuestros católicos para la recepción de la dirección espiritual, lo cual constituye un fin netamente individualista. Presumiendo que las personas sienten una real necesidad de dirección espiritual, ¿será el sacramento de la reconciliación el mejor contexto para recibirla? Iniciada tempranamente por los monjes de Oriente, la práctica de combinar el sacramento de la reconciliación con la dirección espiritual fue llevada hasta los monasterios de Irlanda. A su turno, los misioneros irlandeses la llevaron a los monasterios del sur de Francia durante la Edad Media y se hizo extensiva a los laicos a través de aquellos monasterios. Podríamos cuestionar la sabiduría de combinar la dirección espiritual con el sacramento de la reconciliación. En sí, la dirección espiritual es un asunto muy privado, mientras el sacramento es un acto público. La primera enfoca la vida interior del individuo, mientras el segundo pone el acento en la expresión visible y pública. Ambas son prácticas recomendables pero, tal vez, no hay que confundirlas en un solo acto. Poner énfasis en la dirección espiritual… podría empeorar aun más el proceso de debilitar el carácter público del sacramento de la reconciliación… sin querer, podríamos estar colaborando con el individualismo de nuestra cultura en socavar el carácter público, social y sacramental de la tradición católica. Seguramente habrá ocasiones en que la dirección espiritual sea apropiada o aun necesaria durante una confesión, pero otra cosa es que el sacramento sea utilizado para esto en forma regular. Sencillamente no es el fin de un sacramento; la liturgia pública de la Iglesia no se trata de eso. Sin embargo, las personas que más insisten en el uso frecuente del sacramento en su forma de confesión privada, citan la dirección espiritual como su fin y su valor principal. Aquí hay dos funciones religiosas separadas, con dos fines separados. Es recomendable que sean practicadas, como regla, en dos ocasiones separadas y en contextos diferentes. Para resumir, la confesión individual actualmente tiene dos fines. Para aquellas personas que son conscientes de haber cometido un pecado mortal, la Iglesia la exige. El otro fin es la dirección espiritual o el consuelo de aquellos que quieren aliviarse de alguna carga interior. Los esfuerzos pastorales renovadores del sacramento de la reconciliación han tenido que tomar en cuenta la legislación del concilio tridentino y el Derecho Canónico. Aunque jamás exigieron la confesión de pecados específicos, salvo en el caso de personas conscientes de haber pecado mortalmente, la propuesta de una liturgia pública comunitaria encierra grandes dificultades. Una liturgia dedicada a la mayoría de la gente presente, que a la vez dejara para el final la confesión privada para aquellas personas que la necesitan, está prohibida por el Canon N°961 por razones obvias. Se necesita reconocer la necesidad imperativa de respetar la privacidad de conciencia de las personas. Nos encontramos frente a un dilema que hace extremadamente difícil una ceremonia de este tipo. Sin embargo, una celebración litúrgica de esta naturaleza se mantiene como desafío pastoral. No sólo ofrecería un instrumento para la revitalización integral del sacramento y la formación de nuestros fieles. También preservaría la integridad del sacramento como acto litúrgico público y corregiría el enfoque individualista actual. La reflexión anterior se basa en algunos conceptos enunciados en un artículo del R.P. Richard J. Schlenker, teólogo sistemático de la Escuela de Teología del Sagrado Corazón, Hales Corners, Wisconsin publicado en la revista America, del 17 de febrero de 1996. (1) Religiosidad en el Gran Santiago 1985, Patricia Van Dorp, CISOC-Bellarmino. (2) El Magisterio de la Iglesia, Enrique Denzinger, trad. Daniel Ruiz Bueno, Barcelona (Herder, 1955), N°437,899. (3) Canon 989 “Todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar, al menos una vez el año, los pecados graves de que tiene conciencia.” (4) El Catecismo de la Iglesia recomienda la confesión de pecados veniales para ayudar a formar la conciencia en la lucha contra las malas inclinaciones. N°1457. (5) “Algunos mandamientos de Dios son imposibles para los hombres justos…por más que quieran y se esfuercen; les falta la gracia con que los hagan posibles”. Augustinus de Cornelio Jansenio. Errores de C. Jansenio , Denzinger, op.cit. N° 1092.
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