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A cuarenta años del Concilio PDF Imprimir Correo
Viernes, 01 de Agosto de 2003 00:00
Al final de 2002 celebramos cuarenta años de la inauguración del Concilio Vaticano II. El concilio, de carácter esencialmente pastoral,  inauguró un nuevo modo de ser Iglesia y inició un diálogo con el mundo. En medio de discusiones sobre la necesidad de un nuevo concilio, preferimos reflexionar respecto a los signos de los tiempos. Gracias a la gentileza del P. Juan Ochagavía, S.J. y de la Revista Mensaje, podemos repetir el artículo que apareció en la revista en noviembre de 2002. Debido a la excelencia y la gran aceptación del trabajo de P. Ochagavía, quisimos hacer el artículo accesible para un número más amplio de lectores. Esperamos que sea de gran utilidad para su reflexión personal.

ÍNDICE

El estudio de los borradores

Las esperanzas que entonces nos movían

La iglesia de comunión fraternal

Las experiencias vividas

El legado escrito

La iglesia postconciliar

Juan Pablo II

¿Hacia dónde sopla el Espíritu? El discernimiento

Conversión a la Iglesia

 

“Nosotros esperábamos...” (Lc 24, 21)

Que el Concilio fue un tiempo de gracia, todos lo sabemos. Pero en la Iglesia no estamos en paz con el Concilio. Muchos de los entusiastas de entonces tienen hoy un sentimiento de nostalgia y frustración. Como los del camino de Emaús, esperaban del Concilio mucho más de lo logrado hasta ahora. Y culpan de esto a la Jerarquía: involución, falta de coraje, conservantismo, miedo a lo nuevo. En su corazón, aspiraban a que el Concilio inagurara un progreso  siempre mayor, sin marchas atrás, en las líneas de los documentos conciliares. Pero sienten que no ha sido así, y hoy caminan descorazonados a Emaús: “Nosotros esperábamos..”.

Otros sienten que el Concilio fue como un terno que a la Iglesia le quedó demasiado grande. Pero el reproche lo dirigen no tanto a la Iglesia postconciliar sino al mismo Concilio, al que tildan de demasiado optimista, obra típica de obispos y teólogo de la década de los años sesenta, ignorantes de la capacidad asimilativa de la gente. Si el Concilio se excedió en sus metas, apuntando a objetivos altos en demasía, o proponiendo más reformas de las que las iglesias podían llevar en paz, esto es una debilidad y no un mérito suyo. Así juzgan personas críticas al Concilio.

Están también los tradicionalistas, que nunca vieron el Concilio con buenos ojos, aunque no lleguen a las posturas extremas de los lefevbristas. De estos hay muchos en todas partes.  Sienten que se abrieron las compuertas a la indisciplina, que las cosas morales no son claras como antes, que el diálogo sólo conduce a la confusión. Existen hoy día muchos signos nostálgicos del pasado. Como botón de muestra, sobre todo en ambientes de clase media y alta, es curioso cómo va volviendo el latín en algunas misas dominicales y en los cantos de matrimonios elegantes.
 

El estudio de los borradores

Las reflexiones que siguen las ofrezco a los lectores como un testimonio personal, que les pueda ayudar para situarse ante el Concilio y los desafíos que nos propone. Tienen el valor de lo visto y oído, porque me tocó vivir de cerca el Concilio. Yo estudiaba  en Alemania cuando Juan XXIII anunció a los cardenales su propósito de convocar un Concilio ecuménico (25 de enero de 1959). Por aquella época la teología alemana bullía con ideas y sueños atrevidos para reformar la Iglesia, instaurar un orden social justo y lograr la tan ansiada reunificación de católicos y evangélicos. Los profesores nos trasmitían sus inquietudes y propuestas.

Para el final del Mundial de fútbol, en junio de 1962, regresé a Chile. El cardenal Raúl Silva Henríquez me pidió que formara parte de un grupo de teólogos que se encargaría de estudiar y  proponer enmiendas a los borradores de los textos enviados a los obispos. En ese grupo había  gente de mucho saber y de ideas fascinantemente actuales, como Egidio Viganó, Joseph Comblin, Florencio Hofman, León Tolosa y el mismo Jorge Medina, que, en aquellos tiempos, abrazaba con fervor las posturas más renovadoras.

Nos reuníamos todas las semanas en la casa de la Alameda de la Facultad de Teología de la Universidad Católica, y criticábamos concienzudamente los borradores llegados desde la Curia romana. En general nos parecía que los textos eran poco bíblicos, poco ecuménicos, de un pensamiento muy abstracto y poco histórico, poco ayudadores desde el punto de vista pastoral, basados las más de las veces en las enseñanzas de los últimos cinco o seis Papas, pero desconectados de las otras riquezas milenarias de la Iglesia. Algunas veces, después de  rechazar como inservible todo un borrador, tuvimos la osadía de proponer un texto alternativo de más de 100 páginas. Esto sucedió con nuestra contrapropuesta acerca de la Iglesia, texto que difundimos en muchos episcopados y que influyó en el documento finalmente aprobado. Era un equipo de trabajo muy estimulante.

Después de la primera sesión, el cardenal Silva me invitó a acompañarlo, junto con Viganó y Medina, a las restantes sesiones conciliares. Había muchas conversaciones e intercambio de documentos y yo podía ayudarlo con los contactos hechos durante mis estudios. Fue así como en los años 63, 64 y 65 asistí a las mismas sesiones conciliares, con libre acceso a toda la información y a todos los participantes. He tenido muchas otras experiencias marcantes en mi vida, pero la del Concilio ocupa un puesto muy singular.
 

Las esperanzas que entonces nos movían

Pío XII fue un papa inteligente y culto, cosa que se evidenció en los primeros años de su pontificado. Al igual que su predecesor Pío XI, él también pensó en convocar un Concilio Ecuménico para renovar la Iglesia, pero los terribles estragos del facismo, nazismo, comunismo y la Segunda Guerra Mundial no se lo permitieron. Estas mismas circunstancias, a las que se sumaron sus enfermedades, hicieron que sus últimos años estuviesen marcados por cerrazón al mundo y rigidez doctrinal. Teólogos como Henri de Lubac, André Chenu, Yves Congar, John Courtney Murray —que después fueron estrellas conciliares— recibieron censuras de libros o prohibiciones de enseñar. Había desgobierno y al final nadie tenía claro quién mandaba en la Iglesia.

Cuando en 1958 eligen al papa Juan XXIII, éste desconcertó a todos con su estilo franco y bondadoso. “Me tienen metido en una bolsa”  (“Sono in sacco qui”), fue su manera de referirse a la poca capacidad de manejo que tenía un Papa en aquel entonces. Y él quería abrir las ventanas de par en par para que entrase luz y aire fresco a la Iglesia. Y lo consiguió, desatándose una enorme ventolera de preguntas, anhelos y propuestas. Convocó al Concilio precisamente para discernirlas en Iglesia con la luz del Espíritu que siempre la vivifica y rejuvenece.

¿Qué nos preguntábamos?, ¿qué soñabamos entonces? Hacer un elenco de estas preguntas y anhelos sería cosa inacabable. Me limito pues a algunos puntos principales.

* Deseábamos un retorno a la Palabra de Dios, a la Biblia. El movimiento bíblico, impulsado en sus inicios por anglicanos y protestantes, había sido ya asumido por algunos cuantos pioneros católicos. Pío XII lo promovió con la encíclica Divino afflante Spiritu, pero su asimilación en vasta escala (en los seminarios y universidades, en las parroquias y colegios, en los movimientos y asociaciones laicales) era  lenta e insuficiente. Vivíamos una cierta esquizofrenia entre lo que decíamos que queríamos hacer y lo que de hecho hacíamos. Salvo excepciones, la Palabra de Dios no impregnaba ni el Magisterio, ni la teología, ni la liturgia, ni la oración, ni la catequesis. Los cantos religiosos, destinados —al estilo de los Salmos— a proclamar la fe y mover los sentimientos, se quedaban en afectos sentimentales de poca hondura.

La Biblia es Palabra de Dios a nosotros y de nosotros a Dios desde lo actual, desde la historia. Por ser Palabra enclavada en el acontecer  del mundo, con sus altos y sus bajos, con sus grandezas y miserias, puede ser verdad salvadora. La valoración de lo histórico fue el aporte cristiano al pensamiento de Occidente. El Credo es historia. La liturgia es historia. Los escritos de los Padres y los de los mejores exponentes de la teología medieval desarrollan la historia y su sentido. Pero esto se desvirtuó, en gran parte, por el influjo del racionalismo moderno, dando lugar a un abstractismo que marcó muy fuertemente el dogma, la moral y el derecho canónico.

Deseábamos pues que la historia recuperase su lugar en la liturgia, la catequesis, el Magisterio, la teología, la moral y la vida de los católicos de la Iglesia. Queríamos dejar atrás los abstractismos que carcomen la fe y que nos impiden comprometernos a fondo con el mundo que Dios quiere salvar desde adentro.

* Queríamos una Iglesia más libre y misionera, más servidora de todos con su única riqueza, la alegre noticia de Dios que es Jesucristo. La misión exige una honda conversión. Decir esto implica muchas cosas.  En primer lugar, la renuncia al poder de los poderosos de este mundo para evangelizar. De ser una Iglesia “poseedora de la verdad”, que los demás debían abrazar, deseábamos pasar a ser una Iglesia respetuosa del otro y de la verdad que hay en cada persona,  en la sociedad y las culturas, en las otras Iglesias cristianas y en las religiones no cristianas. El Sembrador desparrama la semilla por todas partes. No son los misioneros los que primero la diseminan. Esto pide un cambio de método. En la terminología del Papa Juan XXIII, “fijarnos más en lo que nos une que en lo que nos separa”.

Una Iglesia misionera y humilde procura poner toda su esperanza y su fuerza en el Señor y renuncia al prestigio mundano de las riquezas y a triunfar gracias a las alianzas con los poderes políticos y económicos, los manejos, los lobbies.

* Soñábamos con una sociedad más justa y  una Iglesia que se jugase por ello. Europa occidental se estaba ya sobreponiendo de las heridas de la guerra. Alemania, Francia e Italia empezaban a dibujar el croquis de su gran sueño: la Unión Europea. Pero el olfato popular advertía ya entonces las asechanzas de una economía de consumo: “Vogliamo troppe cose!...” (“¡Queremos demasiadas cosas!”); “Es geht uns zu gut...”...(“¡Nos va demasiado bien!”), se decía allá.

Y en nuestro país, todo lo que el Padre Hurtado sintió y predicó acerca de la justicia, los pobres y la pobreza, siguió creciendo en la conciencia de muchos católicos del tiempo anterior al Concilio.

Pero junto con esa formidable recuperación de la economía de los países europeos de post-guerra, aumentaba la brecha entre el primer mundo y el tercero, las dependencias económicas y la pobreza de cientos de millones.

La encíclica de Juan XXIII Mater et Magistra (año 1961) se hizo eco de estas inquietudes y planteó la urgencia del desarrollo económico: “..hay que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán por crear y ampliar nuevas empresas...”. Pero, advierte, “...el fin no es el aumento de los productos, ni la ganancia, ni el poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuenta sus necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas. De todo hombre, decimos, y de todo grupo de hombres, sin distinción de raza o continente” (64)...” El desarrollo económico debe permanecer bajo el control del hombre. No debe quedar en manos de unos pocos o de grupos económicamente poderosos en exceso, ni tampoco en manos de una sola comunidad política o de ciertas naciones más poderosas... Es preciso que en el plano internacional el conjunto de las naciones pueda tomar parte activa en la dirección del desarrollo” (65).

Eran los tiempos de John F. Kennedy, de la “Alianza para el progreso”, de los “cuerpos de paz” y de muchos otros voluntariados que salían por el tercer mundo a sanar heridas y promover desarrollo. El sueño del “Papa bueno” prendió en muchos corazones. Esperábamos que el Vaticano II significase un impulso decidido en esta dirección. Entre los obispos católicos y  las Iglesias ortodoxas y protestantes, representadas en el Concilio por sus observadores, ¿no estaban allí reunidos todos los pueblos cristianos, que son los creadores del sistema económico causante de tanta riqueza y de tan grande opresión?

* Por lo mismo, esperábamos una Iglesia más cercana a los pobres y a la sencilez de vida del Evangelio. En decenios anteriores a los años 60 surgieron en Europa figuras y movimientos muy amantes de los pobres y del valor cristiano de la pobreza: León Bloy, Silone, Cardijn y la JOC, los Hermanitos y Hermanitas de Foucald, los sacerdotes obreros de la Misión de Francia. También los hubo en muchas otras partes del mundo. En Chile, el Padre Hurtado es el más conocido, pero él es uno entre muchos otros más, a los cuales hay que añadir las religiosas que por siglos viven el servicio a los más pobres.

Estos movimientos han existido siempre. Lo nuevo de los años 60 es que unieron el amor  y el servicio a los más pobres con la voluntad de luchar contra las injusticias estructurales, viviendo con ellos y como ellos.

Antes y durante el Concilio se acuñó el término “Iglesia de los pobres”. Juntamente con la creación de un orden social nuevo y la lucha contra las injusticias, este término expresaba el deseo de un estilo de vida más sencillo. Que la Jerarquía dejase de lado tradiciones, casas, fórmulas de saludo, gestos, joyas, vestidos más propios del estilo de las cortes de los reyes del pasado y que distancian de la gente corriente. Así pedíamos que el Papa, el Vaticano, los obispos, el clero y los laicos, todos los cristianos, optásemos por combatir las injusticias y vivir un estilo de vida sencillo y  cercano a los pobres. Esperábamos que así poco a poco se  iría configurando la “Iglesia de los pobres”.
 

Iglesia de comunión fraternal

* Queríamos una Iglesia fraterna y comunitaria. Un enfoque clave de los estudios preconciliares sobre la Iglesia  era el término bíblico “Pueblo de Dios peregrino”. Otro fue el término igualmente bíblico “Iglesia comunión”. El primero sirve para expresar las condiciones humildes de la marcha de la Iglesia; la verdad tan honda e iluminadora de que caminamos no en la plena luz sino en la oscuridad de la fe y en la fortaleza de la esperanza. En cambio, el término “Iglesia comunión” nos recuerda que somos todos hermanos y que estamos cimentados en el amor y llamados a vivir el amor cristiano. Así estos dos términos conjugan la fe, la esperanza y el amor, las tres grandes fuerzas que impulsan todas nuestras relaciones con Dios y los demás, que nos mueven a construir un mundo fraternal, como lo merece el hombre y nos lo pide Dios.

Una Iglesia de comunión fraternal la soñábamos al estilo de las comunidades de la Iglesia primitiva de Jerusalén (Hch 2, 41-47; 4, 32-35; 5, 12-16), en que todo se pone en común y se celebra. Sería una Iglesia de participación, atractiva, pobre, alegre, servicial. Sería una Iglesia de reuniones comunitarias en que la fe se comparte, en que conocemos los rostros de los demás, en que se supera el anonimato del corazón. Para ello, queríamos liturgias vivas, acogedoras, no en latín sino en la lengua vernácula, inculturadas con signos propios del país, de la región y del grupo celebrante.

Ante el imperialismo cultural de los grandes intereses económicos mundiales, que arrasa con lo diferente y lo concreto, la Iglesia comunión quería ser el lugar donde el todo, lo católico, lo universal, se desposa pacífica y alegremente con las particularidades de lo local y lo concreto. Por eso esperábamos una Iglesia muy variada y a la vez muy una. Y una Iglesia en que la fiesta fuese el estilo dominante de las liturgias, y no sólo el silencio, fácil escape para refugiarnos de nuestros temores e individualismos.

“Iglesia de comunión” e “Iglesia Pueblo de Dios en marcha” nos proponen un modo nuevo de ser Iglesia en el que superamos la dicotomía “Jerarquía”, por un lado, y “laicos”, por otra. Por siglos  habíamos vivido en una mentalidad   en que los laicos eran “los que aprendían” (la Iglesia discente) y la jerarquía los que enseñaban y mandaban (la Iglesia docente). En la Iglesia  Pueblo de Dios y de comunión todos tienen ministerios y todos reciben carismas, desde los muy especiales hasta los más cotidianos. Todos sirven a los demás y se complementan, desapareciendo así la falsa pregunta de quién es el más importante. Esto requiere un laicado participativo, bien formado, comprometido, que le infunda alma al mundo desde dentro (Carta a Diogneto, de autor anónimo del siglo II). Como también una Jerarquía cercana a la gente, capaz de ejercer nuevas formas de liderazgo.

Esperábamos que esta Iglesia peregrinante y de comunión sobresaliese por la misericordia a los más débiles y por visitarlos en sus aflicciones. Se pensaba con esto en muchas cosas concretas, pero especialmente en mostrar un camino de esperanza a las parejas que por justificadas razones no pueden tener más hijos; lo mismo que a algunos casos especiales de separados, vueltos a casar, a los que se les prohibe la comunión eucarística.


Las experiencias vividas

El Vaticano II se propuso pasar de un régimen sociocultural de cristiandad a una Iglesia de diálogo y servicio al mundo; de una Iglesia a la defensiva a otra Iglesia que se arriesga  y siempre espera; de una Iglesia vertical a otra estructurada participativamente. No se reunía para condenar sino para renovarse a la luz del Evangelio de Cristo (Juan XXIII).

En pura cronología se puede decir que, aunque las cuatro sesiones duraron sólo cuatro años, la  actividad del Concilio fue muy larga: desde enero de 1959, fecha de su primer anuncio, y el 11 de octubre de 1962, su apertura oficial, hasta su clausura, en diciembre de 1965, la publicación de algunos documentos conciliares (1965 y 1967) y el nuevo Código de Derecho Canónico en 1983, hacen un total de 24 años.

Hay ciertos hechos que no están en los documentos, pero que son logros marcantes del Concilio. Por ejemplo, el que haya sido para los obispos una escuela en la que aprendieron a lidiar en modo nuevo con las cuestiones más diversas: valoración de la Escritura, atención a una eclesiología trinitaria, reconsideración del papel del laico, reconocimiento de los pecados históricos de la Iglesia, puntos controvertidos de moral, como ser la jerarquización de los fines del matrimonio y las casi imposibles condiciones para justificar una guerra. En todo ello  se fue viendo cada vez más claro el valor de pasar de una ortodoxia a-histórica, abstracta y objetivista (de la verdad “ahí afuera”) a una teología histórica, más viva, atenta a la realidad  del sujeto, las culturas y su entorno.

Otro hecho importante es la libertad de opinión. La Iglesia perdió el miedo a la autocrítica y a pensar algunos problemas delicados. La opinión pública estuvo realmente bien informada a través de los 400 periodistas acreditados. En la práctica se abolió el secreto conciliar. Esto servía de estímulo a los trabajos, era una gran catequesis a escala mundial  y en algún momento funcionó de control para detener a algún grupo que intentó desviar el rumbo del Concilio.

En este orden, hay que resaltar el conocimiento y amistad que se fue creando entre los obispos del mundo entero. Estos lazos fructificaron en mil iniciativas: intercambio de experiencias apostólicas, envío de misioneros, becas y ayudas económicas. La colegialidad episcopal fue practicada mucho antes de su aprobación doctrinal. Esto significaba el ocaso de una concepción verticalista, según la cual el obispo se comunicaba sólo con el Santo Padre y los dicasterios de la Santa Sede.

 
El legado escrito 

El legado escrito del Vaticano II fue muy vasto: cuatro Constituciones (Liturgia, Iglesia, Palabra de Dios, Iglesia y mundo), nueve Decretos (Ecumenismo, Obispos, Presbíteros, Religiosos, Laicos, Misioneros, Formación en Seminarios, Medios de Comunicación, Iglesias Católicas Orientales) y tres Declaraciones (Relación con las religiones no cristianas, Educación y Libertad religiosa). El producto plasmado en estos documentos es, por regla general, de excelente calidad.

*La Iglesia se libera de una eclesiología por la que se la identificaba unilateralmente con la Jerarquía. Todos formamos la Iglesia, Pueblo de Dios en marcha hacia la Patria. La votación en el aula conciliar de anteponer lo común a todos al tratamiento de lo que toca a las partes – Jerarquía, Laicos, religiosos – es de una fuerza muy grande. La pertenencia a la Iglesia es vista en forma no unívoca sino análoga, obteniéndose así un principio teológico que permite afirmar la unión existente entre los católicos, los demás cristianos y los no cristianos. En esta forma las fronteras de la Iglesia se agrandan hasta donde llega la acción vivificante del Espíritu de Cristo y se da un nuevo impulso al diálogo, un nuevo método y una nueva esperanza misionera. Se enriquece la doctrina de la colegialidad episcopal, con lo cual se complementa la doctrina del primado e infalibilidad del Papa definida en el siglo XIX. Con esto se realza la figura del obispo y se da una base teológica para las Conferencias Episcopales y para los Sínodos de Obispos, que el Concilio crea para que en adelante sea una especie de senado en el gobierno de la Iglesia.

*La ansiada reforma litúrgica, después de largos siglos de pasividad favorecida por el uso del latín, restablece el principio de la participación activa de los fieles en los sacramentos. La  Palabra de Dios retoma su lugar privilegiado y se inculca la diversificación de los ritos y oraciones conforme a los usos y manera de ser de los pueblos y sus culturas.

*La Constitución de la Revelación divina promueve con mucha decisión la centralidad y el uso de la Escritura. Pone al Magisterio eclesiástico “al servicio de la Palabra de Dios”, afirmación de extremo valor para avanzar en la unión de los cristianos.

*La Constitución sobre “La Iglesia en el mundo de nuestro tiempo” plantea una manera positiva de situarse ante el mundo y las realidades creadas, como son la ciencia, los estados, la economía, la cultura. Declara decididamente que ella no existe para sí misma sino para servir al mundo. Cristo, el Señor de la Iglesia, es también el Verbo eterno y creador del mundo. Las realidades mundanas transparentan la acción divina. La Iglesia no puede cerrarse a esa transparencia. En el diálogo entre Iglesia y mundo  ambas partes dan y ambas reciben, ambas se respetan: ni la Iglesia ha de violentar la autonomía de lo temporal, ni el mundo debe tratar de instrumentalizar a la Iglesia para fines temporales. Esto influye en la manera de plantearse cuestiones cruciales para el mundo actual como la institución matrimonial, la cultura, la vida socioeconómica, la paz internacional  y la construcción de una comunidad mundial.

En resumen, tenemos una nueva visión de la Iglesia en su misterio y estructuras, un nuevo contacto con los cristianos no católicos y una nueva manera de situarnos frente a las realidades del mundo.
 

La Iglesia postconciliar

Sin embargo, el giro de la Iglesa no fue sin dolor. Después de dos o tres años dedicados con entusiasmo a dar a conocer el Concilio en las diócesis, entre los religiosos y los movimientos laicales, se inició la crisis interna, que era parte de una crisis más general, de carácter mundial: crisis de la obediencia, de las vocaciones, de la identidad sacerdotal, de la vida familiar y sexual. Comienza a estallar el mundo nuevo en que ahora estamos.

Al final de los sesenta el mundo occidental fue alcanzado por una crisis cultural generalizada, cuya consigna era la contestación radical al establishment. En el caso concreto de  la sociedad de EE.UU., la guerra de Vietnam pasó a ser el signo más fuerte del derrumbamiento cultural de entonces. De éste se  hizo portavoz el mundo universitario. Son los aires del 68, del revolucionarismo sin causa, del hippismo. Chile tuvo experiencia ya en 1967 de un movimiento universitario, el de la Católica de Valparaíso, que buscaba nuevos horizontes socioculturales y una mayor democratización de la universidad.

Los ecos de esta crisis no tardaron en llegar a la Iglesia. Hechos esperanzadores como la recepción del Concilio por la Iglesia latinoamericana en Medellín (1968) y el surgimiento de la teología de la liberación, se combinaron con signos preocupantes.

Pablo VI ya había detectado la presencia de ciertas corrientes arbitrarias: “En algunos sectores de la opinión pública, todo se convirtió en discutido y discutible, todo apareció difícil y complejo..., todo se hizo dudoso..., hasta que comenzó a hacerse oír, suave, meditada, solemne, la voz del Concilio. Viene por esto ...el momento de los propósitos, el de la aceptación y de la ejecución de los decretos conciliares... A la acción del arado que revuelve la tierra sucede el cultivo ordenado y positivo” (Discurso al Concilio del 18 de noviembre de 1965).

Seis años más tarde el Papa reconocía una crisis en esa asimilación y ejecución. Datos como la pérdida de la identidad cristiana, la crisis del sacerdocio y de la vida religiosa, el descrédito de la doctrina social de la Iglesia y las simpatías por el socialismo real, ofrecían un panorama para muchos desalentador.

Se produjo por eso una reacción. Es conocido el cambio de actitud del entonces profesor de Teología Josef Ratzinger ante el tono que iban adquiriendo las exigencias universitarias en Regensburg y Munich. Algo paralelo sucedió en Santiago de Chile, cuando el susto ante el marxismo empezó a ser la pasión dominante en las mentes de muchos cristianos. La reacción de miedo y confusión aumentó ante la crítica acogida de la encíclica Humanae Vitae (1968) por parte de obispos, teólogos y cristianos progresistas.
 

Juan Pablo II

El 6 de agosto de 1978 muere Pablo VI y el 26 de agosto es elegido Albino Luciani (patriarca de Venecia) como Juan Pablo I. Su gobierno fue muy corto. Sólo 34 días. Y el 15 de octubre asume Juan Pablo II (Karol Wojtyla).

Además de cambio de Papa, el final de los setenta y los ochenta fue un tiempo en que la Iglesia enfatizó la afirmación de su propia identidad. En estos años la lucha por la ortodoxia se concentrará en el ataque al marxismo y en la defensa de la Humanae Vitae y de su epistemología subyacente. Nombramientos de obispos y profesores —y también algunos “desnombramientos”— dependerán de sus posturas ante estos dos temas.

Se trata, en conjunto, de un movimiento de consolidación de los propios bastiones amenazados por el marxismo y el relativismo consumista. También se trata de ganar aquellos sectores de la Iglesia más tradicionalistas, que habían recibido mal el Vaticano II y que se estaban automarginando de ella.

Muchas diócesis retiran sus seminaristas de las facultades de Teología por temor a la ortodoxia reinante en ellas y por un inmediatismo apostólico con poca visión de futuro. Como consecuencia, empiezan a pulular los Seminarios que dan una formación más hacia adentro de la Iglesia y menos en diálogo con la sociedad y el mundo actual. Los signos externos de la visibilidad se hacen más patentes. Regresa el cuello romano, la sotana, el latín (éste más bien para lucirlo, no tanto para saberlo y usarlo en lo debido). Hay una necesidad muy marcada de mantener las filas compactas. La facinación por la frontera, la búsqueda y el diálogo con los alejados pierden fuerza. Más bien se siente que hay que afirmar la cohesión; por eso se subraya la verticalidad de la obediencia y la disciplina.

Los procedimientos de participación —consultas, atención a los organismos colegiados, escucha a los laicos, diálogo con las bases— son olvidados y dejados de lado. Algunos nombramientos de obispos parecen ignorar el sentir de la jerarquía local y de los fieles. En estos años sobresalen determinadas Congregaciones Romanas por su celo excesivo en emitir normas en los temas más variados.

Juan Pablo II, conforme con su discurso programático al inicio de su pontificado, asume un protagonismo nuevo a través de su intensa actividad internacional. Es portavoz y aglutinante de la identidad que se está buscando. La pastoral de las Iglesias locales imita, talvez sin pensarlo, los viajes papales y promueve eventos masivos. Habrá numerosos años y numerosos encuentros nacionales e internacionales: “Año X o Z después del Concilio”, “Año del Jubileo”, “Encuentro Internacional de Jóvenes”. En el ranking eclesiástico obtienen puntaje más alto las asociaciones y movimientos laicales que consiguen llevar más gente a estos eventos, sobre todo si son en torno al Papa. Con esto sufren desmedro el estudio, la formación seria y callada y el apostolado sin brillo en lo cotidiano.

Me consta que en sus viajes el Papa y su equipo se esfuerzan por ponerse al servicio de las Iglesias locales, solicitando su colaboración en fijar la agenda, los temas de los discursos y todo lo demás. Pero, de hecho, aunque el Papa se proclame públicamente al servicio de las Iglesias locales, por la fuerza de las imágenes su persona, su estilo y sus intervenciones se constituyen en el referente eclesial primario. Sufre así menoscabo el papel que tendría que desempeñar más activamente el obispo local o la propia conferencia episcopal del país y se desequilibra la sana complementariedad entre lo universal y lo particular, entre el estilo de Roma y el de las diferentes regiones y culturas. Últimamente (Encíclica Ut unum sint, 1995), el mismo papa Juan Pablo II ha pedido a obispos y teólogos que le den ideas para buscar una forma de ejercer el primado papal de una manera que ayude más a la unión de todos los cristianos. El contexto de este documento es el de la unión entre los cristianos, pero subyace a esta preocupación algo que toca al modo de gobierno de la Iglesia católica.

En el terreno de lo social y político, el Concilio trazó líneas que Juan Pablo II ha continuado y profundizado. Temáticas como la necesidad de la redistribución de los bienes, del valor de la persona del trabajador por sobre el del trabajo mercancía, la condenación de los dos bloques, la urgencia en crear un nuevo orden social, político y económico, reciben una atención insistente. La causa de los pobres no se pone en duda. Sí, en cambio, la convivencia con el mundo marxista. Las dos Instrucciones sobre la Teología de la Liberación son muy explícitas en este punto. Los episcopados en la escala mundial han seguido estas directivas y han sancionado con severidad cualquier intento de remar en sentido contrario. La cuestión que se plantea a este propósito es entonces si ese gran esfuerzo correctivo por parte de la jerarquía de los años ochenta y noventa no ha sido tan grande que al final se ha resentido la opción efectiva por los pobres y los marginados de la sociedad. Un exceso de ortodoxia puede disminuir o frenar la ortopraxis, en modo semejante como ha acaecido con la moral sexual después de Humanae Vitae, en que tantas condenas a los que la criticaron ha llevado a que muchos moralistas hayan renunciado a ocuparse de esos temas por una simple necesidad de subsistir en paz dentro de la comunión eclesial.

De hecho, y como signo de estos tiempos, se da entre los jóvenes un impresionante desinterés, no tanto por el pobre, sino por buscar reformas estructurales a sus desmedradas e injustas condiciones de vida.

Un análisis parecido puede hacerse en el trato recibido por la liturgia en el postconcilio. Primero vino un período de mucha imaginación y creatividad. Hubo de todo. Mucho bueno en la producción de libros, cantos, sentido de la asamblea litúrgica, valoración de la comunidad. Gran parte de lo rico de entonces aún queda. Pero se dio también el caos, el culto de la improvisación y del  cambio por el cambio, el mal gusto. Y sobrevino entonces la reacción reordenadora, que ha ido más allá de lo que pretendió el Concilio al establecer el principio de la adaptación de la liturgia a la diversidad de las culturas. Por el momento estamos en una situación que dista aun mucho de haber logrado una adaptación feliz de la liturgia a la diversidad de edades, culturas, subculturas  y condiciones de personas. Y, por si fuera poco, el rubricismo  y un cierto neo-clericalismo se han puesto en boga.
 

¿Hacia dónde sopla el Espíritu? El discernimiento

Al comenzar esta reflexión decíamos que la Iglesia de hoy no está del todo en paz con el Concilio. Algunos acusan a la Iglesia actual de infidelidad y falta de coraje para llevar adelante el Concilio. Otros lo critican de haber ido demasiado lejos y que la corriente conservadora, hoy dominante, es la justa, la que está poniendo las cosas en su sitio. Para otro sector, el Concilio nació con el pecado original de haber sido desmedido en sus anhelos de reforma, algo que la Iglesia no es capaz todavía de asimilar en paz. Y, dentro de estas posiciones, se da toda una gama de variaciones.

¿Qué pensar de esto? A  partir de los años setenta,  comenzó y se extendió por todas partes una búsqueda de espiritualidad que se manifestaba de mil maneras: yoga, sufi, efusiones carismáticas,viajes al Nepal, incienso y campanitas. Ante la pérdida del sentido se acudía a una cierta fuente de sentido. Hubo un revivir de la oración y de lo religioso.

Dentro de este contexto religioso, en medios católicos se empezó a hablar de discernimiento. No era una idea nueva más, sino la revaloración de algo central del vivir cristiano: que sea el Señor, no nosotros, el que conduzca nuestras vidas. El discernimiento nos permite reconocer el paso de Dios en situaciones complejas personales y grupales, a nivel local o mundial. Discernir es lo que enseña a hacer Jesús a los desalentados discípulos de Emaús. Discernir mejor el Concilio y su desarrollo posterior es lo que se requiere que hagamos hoy día.

*Si nos ceñimos a la reglas del discernimiento espiritual, no podemos poner en cuestión ni el origen del Concilio ni sus orientaciones y documentos. Desde la inspiración llena de gozo que tuvo el papa Juan XXIII, pasando por su acogida por parte de la Iglesia, su desarrollo y hasta el término de sus trabajos, el Concilio — con sus altos y bajos, diversidad de posturas e ideas y discusiones propias de todo proceso humano— estuvo marcado por la paz, gozo y unanimidad final, que son los signos de la conducción y presencia del Espíritu de Dios. Negar esto sería cegarse a una realidad.

*En cuanto a juzgar el postconcilio, el discernimiento exige de nosotros que renunciemos a prejuicios personales y visiones parciales. En el lenguaje de San Ignacio, hemos de “hacernos indiferentes”, es decir, vencer nuestras maneras desordenadas de ver y juzgar las cosas y dejarnos llenar de la manera con que Dios dirige y lee la historia.

*En el curso de esta reflexión hemos señalado varios puntos en los que la Iglesia ha echado marcha atrás en relación al espíritu y documentos conciliares. No podemos ignorarlos o negarlos. Pero lo negativo no puede ocupar toda la pantalla de nuestra mente. Ante lo negativo lo cristiano es pedir perdón y enmendar rumbos.

*Más en concreto, hemos de recuperar el aire de libertad y respeto a las posturas diferentes, pero que están dentro de la ortodoxia; hemos de crear condiciones de diálogo para que pueda haber en la Iglesia opinión pública libre de temores insanos; hemos de revisar el equilibrio entre cuidado de la ortodoxia y fomento de la ortopraxis. Igualmente, la enseñanza y los impulsos del Concilio sobre los laicos requieren que sacerdotes y religiosos revisemos nuestras actitudes de dominio y que aprendamos (o reaprendamos) a trabajar juntos. Ojalá que muchos respondan al pedido de Juan Pablo II de proponer ideas para conciliar el primado papal con los logros hechos en materia de ecumenismo, facilitando así el camino a la unión de las Iglesias cristianas. Otro tanto se ha de avanzar para lograr un equilibrio fructífero entre las iglesias locales (y las conferencias episcopales como expresión de éstas) y la iglesia de Roma, entre el Papa y los obispos.

*El discernimiento pide que abramos la mirada más allá de nuestro territorio o nuestro continente. Que la crisis de los viejos países cristianos de Occidente no nos impida reconocer que en muchas otras partes del mundo la Iglesia postconciliar está dando frutos abundantes que son una promesa para el Evangelio. Pensemos en las iglesias de los países que han salido hace poco de la clandestinidad comunista y que se abren con vitalidad al Concilio. Fijémonos en la fuerza de las comunidades cristianas en Corea, India, Filipinas, Madagascar, Zambia, Mozambique. Muchas de éstas son iglesias nuevas en que los católicos son minoría. Vemos allí una gran comunión en torno a los obispos, abundancia de vocaciones sacerdotales y religiosas, variados ministerios laicales. Es bueno abrir nuestra mirada a estas realidades nuevas y promisorias para no ahogarnos en estrecheces, para que nuestro corazón se expanda y nuestra esperanza se fortalezca.
 

Conversión a la Iglesia

*Pienso que el Espíritu impulsa a la Iglesia a continuar profundizando el Concilio y llevarlo a la práctica. A  40 años de su comienzo, ya próxima a desaparecer la generación que hizo el Concilio, el continuarlo implica primero que todo un trabajo al corazón, para no dejarnos llevar por estados emotivos infundados, por ilusiones o desilusiones demasiado fáciles. Frases como “el Concilio ya está superado” o “tenemos que pensar en un nuevo Concilio” no ayudan a hacer la tarea que la Iglesia tiene ante sí de poner en práctica el Vaticano II. Los estados de ánimo negativos no suelen ser buenos transportadores de los impulsos del Espíritu.

*La Iglesia necesita renovarse en el conocimiento y en el espíritu del Concilio. No se trata con esto de un conocimiento libresco de su historia y documentos. Es mucho más una cosa de sintonía, de acoger sus impulsos fundamentales y procurar vivirlos en nuestro presente. Pero también se necesita estudio, una catequesis conciliar para las diversas edades y situaciones.

*El Concilio pensado y vivido en el año 2002 será el mismo y a la vez distinto del de hace 40 años. Esto porque han cambiado los horizontes y nosotros también con ellos: cultura de la globalización, surgimiento de nuevas iglesias locales, los progresos en el ecumenismo y en el diálogo interreligioso. Pero las raíces de estos cambios ya estaban presentes en los documentos más renovadores del Concilio y por lo mismo son capaces de iluminarnos hoy y mañana.

*Con arrepentimiento de habernos dejado llevar a veces más por nuestros miedos que por la esperanza en Dios, retomemos los impulsos conciliares para la Iglesia: Iglesia Pueblo de Dios que peregrina en la comunión de la Trinidad; Iglesia acogedora y cercana a los pecadores, no condenadora; Iglesia de los pobres, amante de su sencillez y comprometida con sus luchas por la justicia; Iglesia dialogante con las otras religiones; Iglesia humilde servidora del mundo y sus  valores.

*En la corrección de los desvíos postconciliares estemos atentos a respetar las tensiones y los movimientos pendulares. Las mentes rectilíneas no son las que mejor se acercan a la verdad. Las posturas en tensión buscan renovar la Iglesia, sintiendo los unos más una cosa y los otros, otra. Fieles a Juan XXIII y al Concilio, ver en ellas más los puntos de convergencia que los de separación. Y tratar de andar juntos porque construir Iglesia es un asunto comunitario. Esto pide el cultivo de la espiritualidad y la praxis del diálogo. Dialogar también con los que rehuyen el diálogo: ¡ganárselos!

*La fidelidad al Concilio pide de nosotros una permanente  conversión a la Iglesia, porque ella va cambiando y nosotros también cambiamos. Nuestra vivencia de Iglesia tiene rasgos de la relación a la madre y a la esposa. ¡Y sabemos qué cambiantes pueden ser estos sentimientos! También los nuestros hacia la Iglesia. Pasamos por muy diversos y mudables estados interiores: dependencia infantil, entusiasmo y vibración juvenil, idealización ingenua, independencia para afirmar nuestra autonomía, alejamiento, rutina y apatía, desilusión, miedo por ella, “prefiero el Reino”, resentimiento, aceptación y reconversión madura, amor crucificado pero resucitado en la esperanza.

*No es raro que al mismo tiempo coexistan en una persona o grupos de personas sentimientos mezclados y aun opuestos: vibración juvenil por mi parroquia, mi diócesis, mi movimiento, mi congregación religiosa... y desilusión y desesperanza respecto al resto de la Iglesia; admiración de un exponente de la Iglesia como “mi héroe” y negatividad hacia el resto. Esto es lo que sienten muchos respecto al Concilio, al que admiran, y a la Iglesia, a la que ven cansada y sin fuerzas nuevas.

*Ayudará a esta conversión a la Iglesia lo que el Concilio nos dice acerca de su condición de peregrina. La Iglesia peregrina “en la carne”, y por lo tanto en penas y glorias, hacia la Patria del cielo. Con todas sus manchas y arrugas, Dios la ama intensamente. Si Dios así la quiere, también yo debiera quererla. Tener siempre ante la mirada como Cristo la mira, la ama, la llama, la purifica, la envía y la urge a trabajar por el reinado de su Padre. Jamás separar el Reino de la Iglesia, aunque los dos no se recubran adecuadamente. Este sentir “en” y “con” y “desde” la Iglesia es, en el fondo, sentir con los sentires de Cristo. Y esto es lo que buscamos por medio del discernimiento.
 

Juan Ochagavía, S.J.
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