| La Comunión testimonio de la Iglesia para el Mundo |
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| Miércoles, 01 de Octubre de 2003 00:00 | |||||||
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Durante II Seminario sobre Pastoral de Megapolis organizado por el CELAM que tuvo lugar en Santiago durante marzo de este año, un panel se dedicó a considerar los desafíos pastorales que presenta la evangelización de la Gran Ciudad. Entre las presentaciones hubo la siguiente del R.P. Cristián Precht Bañados, Vicario Episcopal de la Zona Sur de Santiago que gentilmente nos autorizó publicarla en el Boletín Pastoral. ÍNDICE Unanimidad eclesial en torno a la comunión El Evangelio de la comunión La profecía de la comunión La parábola de la comunión El sacramento de la comunión La espiritualidad de la comunión Algunos desafíos pastorales Una Iglesia donde está la gente Una Iglesia acogedora Una Iglesia que opta por la parroquia renovada Una Iglesia que promueve la asociatividad Una Iglesia de participación y corresponsabilidad Una Iglesia abierta al diálogo Una Iglesia que ora en el lenguaje de la gente Evangelizar la Gran Ciudad es un desafío de múltiples miradas. Una de ellas debe hacerse desde el punto de vista de la comunión. Y más precisamente sobre la comunión como “testimonio de la Iglesia para el mundo”. Siguiendo la reflexión del Papa Juan Pablo en Novo Millennio Ineunte, que nos invita a contemplar antes de actuar (1), expondré brevemente algunas consideraciones teológicas sobre la comunión y después me referiré a la práctica pastoral. Unanimidad eclesial en torno a la comunión Lo que merece destacarse, sobre cualquier otra consideración, es la impresionante unanimidad que hoy existe en la Iglesia sobre la importancia de la comunión tanto para su vida interior como para su misión. La comunión es un capítulo fundamental de la Exhortación Postsinodal Ecclesia in America (E in Am) y el tema de fondo de la Carta del Nuevo Milenio (NMI). A la vez, es una conclusión unánime presente en líneas y orientaciones pastorales de diversas Conferencias Episcopales así como en los Sínodos de Iglesias Particulares. La comunión y la solidaridad, como frutos del encuentro con Cristo Vivo, se consideran líneas maestras de una Nueva Evangelización que se propone evangelizar el corazón de la cultura. La comunión es un bien en sí mismo pues nos introduce al misterio de la Santa Trinidad. Y, por lo mismo, es la estructura fundamental del ser humano – imagen y semejanza de Dios – y, por cierto, de todas sus realizaciones. Por eso, al hablar de la comunión como un testimonio para el mundo, nos referimos a un aporte único, original y radical, de la Iglesia para la construcción de la sociedad. En este sentido se puede hablar de la comunión – y, por lo tanto, de la Iglesia-comunión - como un evangelio, como una profecía, como una parábola y como un sacramento: El Evangelio de la comunión La comunión es un Evangelio, una buena noticia. Es una noticia gozosa que se cumple a favor del hombre de todos los tiempos. Es el aporte original y novedoso que, si viene del corazón de Dios, está inscrito en el corazón de la humanidad. Por ser tan original y tan radical, encuentra con fuerza las insidias del maligno que, mentiroso y homicida, procura destruir la comunión. Siempre habrá fuerzas que se opongan a este bien primario pues lo propio del espíritu del mal es sembrar la cizaña de la desunión. En una ciudad construida sobre el individualismo, el anonimato y las exclusiones, con grandes contrastes entre ricos y pobres, anunciar el Evangelio de la comunión se vuelve prioridad impostergable. La pregunta espontánea es si los agentes pastorales creemos de verdad que la comunión sea un evangelio. De lo contrario será ocioso ponerla en nuestros planes pastorales. Y la verdad es que no pareciera que creamos en ella con todo el corazón pues es común ver el espectáculo de nuestras divisiones, de las luchas de poder –incluso en el episcopado- de vivir defendiendo nuestras parcelas pastorales en vez de abrazar la comunión eclesial. Tengo la impresión de que, en los hechos, la comunión es un bien al que adherimos pero sin mucho entusiasmo pues nos faltan experiencias de comunión y pedagogías de la comunión que nos enseñen a amarla, a valorarla y a vivirla. Así las cosas, el fundamento de nuestro testimonio se presenta mas bien frágil a los ojos de este mundo. La profecía de la comunión Bien sabemos que profeta es el hombre que habla en nombre de Dios. Es “boca de Dios” para su pueblo. Sabemos también que la profecía, para ser tal, debe tener como referencia la Alianza de Dios con su pueblo. Por eso la profecía es anuncio y denuncia y, por cierto, llamado a conversión. El profeta no sólo enrostra los pecados y delitos de su pueblo sino que muestra el Rostro de Dios de quien es vocero y, en su nombre, hace la oferta de una nueva oportunidad. Lo hace con palabras, lo hace con gestos, lo hace con el aval de su propia vida. En una cultura postmoderna que ha redescubierto al individuo –no siempre a la persona– y que, como en un nuevo renacimiento se vuele embelezada sobre sí misma, la comunión es – en el más puro sentido de la palabra- una profecía del “proyecto magnífico de Dios” (2). No desconocemos el valor de los procesos de individuación y de personalización. Pero el individualismo en la Gran Ciudad debilita el sentido de pertenencia y, con ello, los rasgos más profundos de la propia identidad. De ahí que quien viva comunión, quien proclame comunión, revelando el Rostro del Dios Uno y Trino, y llame a vivir en “nueva alianza”, es profeta de Dios para su pueblo. Y esto es lo que hace la Iglesia al proponer la pertenencia a una comunidad eclesial concreta y no sólo a una “comunidad genérica”, ni una mera adhesión a Cristo “a mi manera”. La comunión es una oferta que toca el corazón de la sociedad e, insisto, una profecía del don de Dios. Tal vez sea más llamativo trabajar por los derechos humanos y proclamar la profecía de la dignidad del hombre: lo esperan todos aquellos que están sometidos a injusticias intolerables y sufren la postergación, la miseria, los abusos del poder. Es más vistoso realizar la opción preferencial y profética por los más pobres y por los marginados: lo esperan los sin casa, los desplazados, las minorías sociales, el enorme contingente de desempleados… Sin embargo, la profecía de la comunión es la que interpela el corazón del sistema neoliberal y de la economía de mercado sobre las cuales se construyen hoy nuestras ciudades. Es una opción que, en mayor silencio y a plazo más largo, puede ofrecer algo nuevo a un mundo que se debate entre guerras y exclusiones. Lo esperan todos aquellos que –consecuentes con su ser más profundo– anhelan reconstruir los tejidos sociales, las organizaciones básicas (empezando por la familia) y las lealtades constitutivas de la vida. La parábola de la comunión En tiempos en que se redescubren los “relatos” parece importante escribir nuevas parábolas de comunión que hablen a la mentalidad postmoderna. Pues bien, en la comunidad ecuménica de Taizé, en Francia, el querido Hermano Roger Schutz propone vivir la comunión como una parábola para los tiempos nuevos de la humanidad. Es una parábola que se escribe con la vida. En una colina de la Borgoña comparten su vida cristianos de diversas Iglesias y comuniones. Tres veces al día se reúnen con belleza para la Liturgia de las Horas. Allá se trabaja, se convive, se ora, se participa en la Liturgia y, sólo si lo permiten las respectivas Iglesias, se practica la intercomunión. No pretenden fundar un movimiento ni hacer prosélitos para su comunidad. Se consideran simplemente un monasterio con vocación ecuménica al que Dios ha ido pidiendo un servicio en favor los jóvenes, de la unidad y de la paz. En consecuencia, se desplazan por los cinco continentes en una “peregrinación de confianza”, permaneciendo varias semanas en lugares marginados de la humanidad y organizan encuentros anuales que reúnen decenas de miles de jóvenes europeos de los países del este y del oeste. Así ayudan a construir y reconstruir la reconciliación mientras proclaman la hermandad radical que los une. Así escriben con sus vidas una “parábola de la comunión” que hasta los analfabetos saben leer y agradecer. Experiencias como éstas son un llamado a nuestras comunidades eclesiales, especialmente a las Iglesias Particulares y a las parroquias, a buscar formas de vida más acogedoras, más invitantes, abriendo las puertas y ventanas al aire fresco del ecumenismo y del diálogo interreligioso, dejando esa actitud sectaria que nos lleva a oponernos a las “sectas” con las mismas armas que en ellas criticamos. A la cerrazón de una secta hay que ofrecerle el corazón abierto de quien quiere acoger y construir la “nueva Jerusalén” y no esa maldita “Babel” siempre encerrada sobre sí misma. Y al habitante individualista de nuestras Megápolis hay que contarle estas parábolas que le hagan añorar la calidez de la comunión perdida. El sacramento de la comunión Los sacramentos, lo sabemos, son los signos salvadores de Dios en favor de su pueblo y actos de alabanza a Dios Padre por Jesucristo. Nosotros los referimos, en primer lugar, a la celebración de los misterios que ponen de manifiesto la salvación y la realizan a favor de su pueblo. Pero, el sentido del sacramento supera la liturgia sacramental y se convierte en una categoría para entender el misterio de la Iglesia comunión. Así lo hace el Vaticano II al encabezar la principal de sus Constituciones con esas palabras tan citadas: “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” y, por esa razón, se propone el Concilio “presentar a todos los fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal” (3). La vocación más íntima de la Iglesia-comunión la hace, entonces, ser una manifestación y un instrumento, a la vez, de la comunión del género humano y no sólo de los creyentes. De ahí la necesidad de que la Iglesia se presente con mayor transparencia y con más autenticidad ante los hombres de su tiempo… como experta en humanidad. En ella la gente de la Gran Ciudad debería ver un ejemplo de cómo se da la comunión en la diversidad de propuestas, de razas, de culturas, de situaciones económicas, etc. En palabras de Ecclesia in America cada “Iglesia Particular tiene la misión de fomentar el encuentro de todos los miembros del Pueblo de Dios con Jesucristo, en el respeto y promoción de la pluralidad y de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino que le confieren el carácter de comunión” (4). A estas formas de comunión la Iglesia une indisolublemente el llamado a la participación y a la corresponsabilidad, terrenos en los que hay mucho que avanzar para dar efectivo protagonismo a los laicos y quitar algo (o mucho) del peso clerical a la Iglesia. Es decir, para dar al sacramento del Bautismo su lugar primordial y para ayudar al sacramento del Orden a redescubrir nuestra misión de servidores del Pueblo de Dios. Entonces haremos más transparente el sacramento de la Iglesia-comunión en una Megápolis en que cada persona está llamada a ser un “ciudadano” y a ejercer sus derechos como tal y no a ser un simple vecino o residente. Estos cuatro pilares – evangelio, profecía, parábola, sacramento– nos introducen de lleno a la vocación de la Iglesia misterio, comunión y misión, y ofrecen un marco eclesiológico a lo que el Papa propone como “espiritualidad de comunión” (5). La espiritualidad de la comunión La parte medular de la Carta del Nuevo Milenio se centra en la “espiritualidad de comunión”. Y lo hace en un texto genial, en que no sobra ni falta ninguna palabra, y que por eso citamos con el mayor agrado (6). En él establece, como condición básica del ejercicio de esta espiritualidad, el que se la proponga “como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, las familias y las comunidades” (7). Podríamos decir, en consecuencia, que la condición de nuestro “testimonio para el mundo” es que la Iglesia en todas sus instancias se someta al escrutinio de la puesta en práctica de este principio educativo: en la familia (8), en la comunidad pequeña, en la Parroquia (9), en la Escuela, en la Universidad, en los Seminarios, etc. El Papa nos da el ejemplo sometiendo a revisión las formas de ejercer el Ministerio Petrino. No sería malo hacerlo en nuestras Conferencias Episcopales y en las estructuras cotidianas de la Iglesia en que mucho cuesta trabajar en comunión. El cultivo de la espiritualidad de comunión, tal como la enseña el Papa Juan Pablo, es clave para dar el testimonio que nos pide nuestra vocación. Se trata de una comunión que incluye el perdón como una forma original de hacer la historia: no ya unos contra otros, no los unos sin los otros, sino una Iglesia y un mundo de pecadores redimidos que se aman y se necesitan mutuamente. Nosotros estamos llamados a vivir contando con los demás… “como uno que me pertenece”… despertando la “capacidad de reconocer ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios”… “dando espacio a los demás, llevando mutuamente la carga de los otros” (10)... Las notas que caracterizan la espiritualidad de la comunión se refieren, en primer lugar, a nuestras relaciones personales, pero no sólo a ellas. En el espíritu de la Novo Millennio Ineunte podemos aplicarlas a nuestras relaciones grupales entre parroquia y movimiento, entre colegio y comunidad eclesial, etc. Por lo tanto, considerar tal comunidad o tal movimiento como “uno que me pertenece” para “ver ante todo lo positivo” que hay en él, “un don para mi” y, en consecuencia, dejarle “el espacio” que este necesita para su pleno desarrollo... Es decir, aplicando las actitudes esenciales de la espiritualidad de la comunión a la Iglesia misterio y a la Iglesia institución (11), para que entonces sea fielmente y eficientemente una Iglesia en misión. Es fácil imaginar el contagio positivo que una tal actitud puede producir en la sociedad secular. Es estimulante imaginar el bien que puede despertar entre los partidos políticos, las asociaciones laborales, los colegios profesionales, las instituciones del Estado. No cabe duda que en esto habría un aporte original y radical de la Iglesia para transformar el poder en servicio, el competir en compartir, y para evangelizar el dinamismo del lucro con el dinamismo de la solidaridad. Para lograr este objetivo, se requieren escuelas, pedagogías, experiencias, y no sólo declaraciones y discursos. Por eso, un desafío para nuestras Iglesias es abrir escuelas de comunión y que nuestras instituciones se abran al dinamismo de esta espiritualidad. Así la Iglesia será efectivamente “la casa y la escuela de la comunión”, lo que el Papa no duda en llamar “el gran desafío” que tenemos ante nosotros “si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo” (12). “Mirad como se aman” sigue siendo el testimonio insustituible de la comunidad de los discípulos de Jesús. Es el aval de la Palabra que predicamos, la señal del mundo nuevo en que creemos, la sal que preserva lo mejor de la humanidad, la luz que atrae a los que buscan las fuentes de la vida. Algunos desafíos pastorales Podríamos continuar la reflexión. Pero es oportuno pasar de la contemplación a la acción y sugerir algunos desafíos más concretos que podrían caracterizar la acción de la Iglesia en medio de la ciudad: Una Iglesia que está donde está la gente Hemos visto que hoy la gente se reúne en las nuevas plazas y los nuevos areópagos de la humanidad representados por los Medios de Comunicación Social y los grandes Centros Comerciales. Son, entonces, los lugares donde debe estar la Iglesia si quiere anunciar el Evangelio a los hombres de este tiempo: Debe estar en las “plazas” de los centros comerciales – en Santiago se llaman “Mall Plaza” – donde la gente se reúne, o por lo menos transita, en especial los fines de semana. Para dimensionar la magnitud de esta presencia es interesante notar que en Chile, país de 15 millones de habitantes, hay 96 millones de visitas anuales a los Centros comerciales… ¿No será oportuno tener en ellos lugares de encuentro, de oración, de acompañamiento e incluso de celebración dominical? Quizá no sean los lugares en que espontáneamente querríamos estar como tampoco le fue “espontáneo” al Señor realizar sus gestos salvadores en el territorio de la decápolis. Y, sin embargo, los hizo admirando la fe de quienes se los pidieron; Debe estar también en las “plazas” de la televisión masiva que congrega a tanta gente que se reúne a la hora del deporte, del noticiero o de los programas de esparcimiento. Y para hacerlo tendrá que aprender el lenguaje de estos medios más proclives al impacto emocional que a la profundidad temática; Y debe estar presente en las “plazas” virtuales de internet. Podríamos crear “espaciosdeencuentro.com”, realizar misiones evangelizadoras virtuales para dialogar con los más jóvenes; páginas virtuales que propongan experiencias místicas, introduciendo a la oración con la ayuda de la música y la iconografía, o brindando simple información sobre la vida y la misión de la Iglesia. ¿Dónde más está la gente en la Gran Ciudad? Dondequiera esté allí debe haber una presencia eclesial. Una Iglesia acogedora En esta situación cultural postmoderna o de tardía modernidad una necesidad imperiosa es ser una Iglesia acogedora que, en el corazón de la ciudad, dice las palabras y realiza los gestos de Jesús, para que “los pobres se sientan en su casa” (13), los migrantes en su propia tierra, las mayorías marginadas se sientan reconocidas y las minorías sociales estigmatizadas sientan que Jesús les tiende la mano, como lo hizo con la mujer hemorroísa o los leprosos del camino… Hoy las “nuevas pobrezas” afectan a menudo a grupos que no carecen de recursos económicos pero que están “expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social”… Estas situaciones como las antiguas pobrezas marcan la hora de “una nueva imaginación en la caridad” que promueva no tanto ni tan sólo “la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como una limosna humillante, sino como un compartir fraterno” (14). En otros términos, podríamos hablar de una Iglesia “hogar” en un mundo inhóspito, que fortalece la Iglesia doméstica para construir lazos de relación y pertenencia. Ello también nos permitirá tener un “lugar” donde se encuentre la tradición de los mayores con las experiencias más “líquidas” de los jóvenes. La necesaria “traditio” de la vida, de la fe y las convicciones más vitales, se produce de manera más comprensible y creíble en las relaciones personales que se dan en el hogar o en la familia con mayor facilidad que en las relaciones institucionales hoy más difíciles de aceptar. La Iglesia de la acogida debe dar gracias a Dios por los Santuarios que jalonan nuestra geografía, donde el pueblo se siente en casa con sus propias expresiones religiosas y profundamente acogido por la Virgen María y los santos patronos. En el pasado y el presente, estos son lugares de “ciudadanía” popular donde una vez al año se realizan los ritos fundamentales de la vida, y donde se aprende la fraternidad en los días del “tiempo ordinario”. Una Iglesia que opta por la parroquia renovada “La Parroquia es un lugar privilegiado en que todos los fieles pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia eucarística”, es decir, receptiva, solidaria, abierta, integradora, abiertas a proyectos supra parroquiales (15). Nos referimos, en primer lugar, a la Parroquia “comunidad de comunidades y movimientos” (16). Ella sigue siendo un lugar y un espacio insustituible en la Gran Ciudad que aporta acogida, identidad y pertenencia a los habitantes de un barrio que se considera como la “síntesis afortunada de la vida comunitaria” (17). Por eso se aconseja “la formación de comunidades y grupos eclesiales de tales dimensiones que favorezcan verdaderas relaciones humanas” (18). Nos referimos también a la constitución de “parroquias flotantes” o personales al servicio de migrantes y otros grupos culturales para ayudarles a dar el paso a esta nueva situación en que se encuentran lejos de su propia tierra. Es necesario hacer más fluida la relación entre de la Parroquia-institución a la Parroquia-comunión, de puertas abiertas, que da la bienvenida y alienta las diversas asociaciones que la componen y que se relaciona con el barrio, la población o la villa donde está inserta. Entre estas comunidades destacan las escolares especialmente importantes para la comunidad local. Y, cuando se trata de escuelas o colegios confesionales, conviene preguntarse si no están llamadas a convertirse en parroquias personales cuando están bien servidas desde el punto de vista pastoral. Hay que considerar la estabilidad en el tiempo de la comunidad escolar y las oportunidades que en estos se tiene para hacer experiencias y desarrollar pedagogías de comunión. Las Parroquias, además de atender a las personas que las componen, pueden convertirse en “centros pastorales” que congregan a la gente según sus búsquedas e inquietudes. Así como hay parroquias universitarias, puede haber otras dedicadas a servir especialmente la pastoral familiar, o al mundo político, artístico o empresarial. Puede esta ser una manera de servir a los sectores más pudientes de la ciudad en que hay menor sentido de barrio que en los sectores populares. Y, en fin, dejamos insinuado el tema de los jóvenes llamados a ser miembros activos de la comunidad parroquial. De lo contrario estaríamos formando comunidades sin futuro. Y, si de jóvenes se trata, hay que estar abiertos a la cultura juvenil que hoy se expresa, por ejemplo, en “tribus” urbanas que dejan estampadas sus firmas en los muros de las casas. Es decir, se trata de parroquias abiertas y misioneras, disponibles a acoger a los habitantes reales de la Gran Ciudad y no sólo a los más “apegados” a la Iglesia. Una Iglesia que promueve la asociatividad La Iglesia-comunión debe tener el mayor interés por promover diversas formas de asociación, en ella y en la sociedad, sin afán de dominar ni de capitalizar haciendo proselitismo en su favor. En tal sentido pensamos que se deben promover y apoyar las Unidades Vecinales o Juntas de Vecinos, Colegios Profesionales, Centros Juveniles, de Adultos Mayores, Clubes Deportivos, etc. Siempre que hay dos o tres reunidos para una obra de bien podremos descubrir al Espíritu que las inspira y las anima. Y, si nuestra propuesta es comunión, nos interesa que ésta se experimente de lleno en la vida en sociedad más aún en estos tiempos marcados por el individualismo y la indiferencia. Por lo mismo, hay que favorecer una Iglesia del cenáculo, de los pequeños grupos de fe, donde se compagina la experiencia de Dios, la fraternidad, la celebración, la solidaridad y la formación. Y alentar, a la vez, una sociedad de comunión con diversas expresiones organizadas de la sociedad civil. Por otra parte es necesaria la participación de los cristianos en el seno de las diversas asociaciones sociales, políticas, gremiales, organizaciones dedicadas a la salud, la justicia, la ecología, etc. Hay que evitar el purismo malsano de no mezclarse en las organizaciones por miedo a que no sean tan buenas ni tan puras como a veces las pensamos cuando las idealizamos. Una Iglesia de participación y corresponsabilidad Comunión y participación son dos palabras que ya tienen historia en nuestro Continente y en el Magisterio ordinario de la Iglesia. Comunión, participación y corresponsabilidad, son tres palabras-actitudes que deben vivirse en conjunto para hacer crecer la verdadera comunión: Hay que fomentar los Consejos Pastorales y las diversas instancias de Consejo en la conducción pastoral en los diversos niveles de la Iglesia. Y, si queremos promover una Iglesia de “ciudadanía” será necesario que – bajo el principio de la comunión – revisemos las formas de ejercer autoridad. Si lo hace el Papa, sometiendo a escrutinio el ejercicio del ministerio petrino, no vemos por qué no pueda hacerse con respecto al ejercicio del ministerio episcopal y presbiteral para ofrecer un lugar de corresponsabilidad efectiva al laicado. Es común que en las Parroquias todas las decisiones recaigan finalmente en la persona del Párroco y que a los laicos se les trate, en la práctica, como a “menores de edad”. En cambio, en los movimientos y otras asociaciones laicales, los laicos deciden y a los presbíteros se nos pide acompañar, asesorar y celebrar los Sacramentos del Perdón y la Eucaristía. Por esa razón, los laicos que en ellos participan, suelen sentir especial ciudadanía: la que no siempre experimentan en sus parroquias respectivas. ¿No podrían nuestras parroquias compartir sus decisiones –el ejercicio de la autoridad- con el laicado? ¿Será normal que un presbítero recién ordenado tenga, por la imposición de manos, más autoridad que los patriarcas de nuestras comunidades que, con inmensa fidelidad, han soportado el peso del día y del calor? No niego la gracia recibida. Y, como la gracia supone la naturaleza, es normal que el joven presbítero madure humanamente y en el ejercicio de una autoridad proporcionada antes de ejercerla en responsabilidades mayores. Por otra parte, creemos que hay que promover los ministerios y servicios confiados a los laicos –otra forma de alentar la corresponsabilidad pastoral- sin invadir ni confundir lo propio del ministerio ordenado ni clericalizar al laicado. En este campo las Iglesias Particulares del Continente tienen riquísimas experiencias desde los albores de la primera evangelización. Gracias a Dios contamos con mártires silenciosos y admirables que han dado la vida por sostener la fe de su pueblo como es el caso de los Delegados de la Palabra. Esta es una materia que ha madurado suficientemente en la conciencia de la Iglesia y ya es tiempo de hacer propuestas al respecto. En fin, en esta misma línea, nos parece que hay que hacer más nítida la opción eclesial por la mujer (19) y alentarla a asumir las decisiones que le corresponden tanto en la sociedad como en la Iglesia (20). No se entiende una Nueva Evangelización sin el concurso decidido de la mujer, ni tampoco el gobierno civil sin el aporte femenino. En esta materia no hay que jugar en la Iglesia al “todo o nada”. Una cosa es que las mujeres no sean ordenadas presbíteras y otra es que no reciban otros ministerios instituidos en que se les reconozca la autoridad de lo mucho que de hecho realizan en las comunidades de Iglesia (21). [ Una vez más - y no es por molestar pues me incluyo en la crítica -podemos pasear la mirada por esta asamblea y darnos cuenta que estamos mirando la Gran Ciudad sólo con perspectivas masculinas y faltan absolutamente voces y sensibilidades femeninas para estudiar la ciudad deseable y la pastoral deseada… Algo semejante sucede en casi todas las instancias en que se toman decisiones en la Iglesia: ausencia de laicos y ausencia de mujer]; Una Iglesia abierta al diálogo La Iglesia del Vaticano II es una abierta al diálogo, que no se encierra sobre sí misma sino que promueve el ecumenismo (22), el diálogo interreligioso (23) y con las diversas expresiones de la cultura (24). Es una Iglesia abierta a un mutuo aprendizaje de la verdad que “subsiste” en la Iglesia pero que no se agota en ella (25). Si bien este es un tema que será abordado en otra exposición, séame permitido subrayar la importancia de promover en todos los niveles eclesiales, el diálogo teológico y el diálogo pastoral. Esto significa promover el ecumenismo de la oración, el de la reflexión teológica y el ecumenismo de los santos y de los mártires propuesto por el Papa en el año Jubilar. Obviamente que estas modalidades de diálogo y encuentro varían de acuerdo a la entidad cristiana con que nos encontramos: si se trata de las Iglesias históricas o las Comunidades eclesiales nacidas del movimiento pentecostal o del protestantismo. Con todas ellas, siempre está la posibilidad del ecumenismo de la acción al servicio de las necesidades urgentes que no faltan en nuestros pueblos. Pensamos por ejemplo en trabajos que se pueden emprender en defensa de los Derechos Humanos, en la prevención del consumo de droga, en la rehabilitación de drogadictos, en el apoyo necesario a los enfermos de SIDA y tantas otras situaciones en que unidos podemos conocernos mejor mientras damos a la sociedad el ejemplo del Buen Samaritano. Un ejemplo de este tipo de ecumenismo lo vivimos en Chile en el Comité Pro Paz – ecuménico e interreligioso – y en a Vicaría de la Solidaridad. El diálogo interreligioso también será diverso, dependiendo del interlocutor. Mucho se ha avanzado en el diálogo con los judíos y menos, en América Latina, en el diálogo con los musulmanes, por ser menor su presencia en este Continente. Variado será el diálogo con las diversas corrientes representativas del New Age. Lo importante es que se perciba a una Iglesia abierta, acogedora, que con humildad ofrece su patrimonio teológico y espiritual, así como se muestra dispuesta a dejarse tocar por éstas otras miradas sobre el misterio de Dios, el servicio al mundo, el crecimiento personal. En estos tiempos en que se invoca el Nombre de Dios para hacer la guerra, es importante que se vea que este no es el discurso de la Iglesia ni de otras religiones. Este está representado por el “espíritu de Asís” expresado por quienes allí asistieron en enero del 2001, invitados por el Papa, cuando comenzaba a sonar el redoble de los tambores que llamaban a la guerra en los albores del conflicto de USA con Iraq. Fue un signo para el mundo de la Iglesia comunión. En fin, en esta sociedad abierta, en que también hay agnósticos y ateos, es importante mostrar a una Iglesia experta en humanidad que contribuye a humanizar todas las expresiones de la vida, en particular, la Gran Ciudad. Una Iglesia que ayuda a personalizar a los individuos favoreciendo espacios de mutua relación. Una Iglesia que construye el humanum como el nexo básico que, en un mundo multicultural y plurireligioso, contribuye a relacionar a la gente y a establecer las bases de una nueva convivencia. Una Iglesia que ora en el lenguaje de la gente Un lugar de encuentro y comunión lo constituye, de manera singular, la celebración de la fe. En nuestros pueblos de matriz cristiana y católica la gente se reúne para Bautismos, Matrimonios y Exequias que se convierten en lugares privilegiados de una evangelización acogedora. Para los católicos practicantes la Eucaristía dominical es el encuentro más necesario y la reunión más esperada. Mucho se ha hablado sobre la calidad de nuestra Liturgia y la expresividad festiva que esta debería tener para responder mejor a nuestra cultura caribeña y latinoamericana. Es tiempo, entonces de pasar del discurso a la celebración renovada de la Liturgia que ofrece amplísimas posibilidades de inculturación. Necesitamos dar pasos más decididos para celebrar la liturgia en el lenguaje del pueblo creyente, promoviendo la participación “plena, consciente y activa” que demanda el Vaticano II. La Iglesia de íconos y sacramentos, de vitrales y mosaicos, debería sentirse muy a gusto con la cultura de la imagen y no sentirla como una asechanza. Esto requiere de nuevos aprendizajes o “escuelas” como pide el Papa al referirse precisamente a la oración, a la comunión, a la santidad. Bueno será, entonces, tener escuelas de oración y experiencias pedagógicas en el campo de la liturgia para brindarlas a aquellos que desconocen la riqueza inmensa de la Liturgia de la Iglesia o, simplemente, a aquellos hermanos y hermanas que proceden del mundo secular. P. Cristián Precht Bañados Vicario Episcopal Zona Sur Arquidiócesis de Santiago Notas (1) Cf. NMI 43.2 (2) E. Am. 33 (3) L.G. 1.1 (4) E Am. 36.2 (5) NMI 43 (6) Ibid. (7) NMI 43.2 (8) Cf NMI 47 (9) Cf E. Am. 41.2 (10) NMI 43.2 (11) Cf NMI 45.2 (12) NMI 43.1 (13) NMI 50.3 (14) NMI 50.2 (15) E Am. 41.1 (16) E. Am. 41.2 (17) II Seminario Megápolis, Documento previo N. 3 (18) E. Am. 41.2 (19) Juan Pablo II, “Mulierem dignitatis” (15.08.88), “Carta a las Mujeres” (25.06.95) (20) Cf E. Am. 45.3 (21) E. Am. 45.1 (22) NMI 48 (23) Cf NMI 55-56 (24) NMI 56 (25) NMI 56.3; LG 8.2
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