| ¿…Y si la Iglesia es una Madre? |
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| Sábado, 01 de Noviembre de 2003 00:00 | |||||||
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El concepto de la Iglesia como “Madre” es antiguo en nuestra historia eclesial. “La Santa Madre Iglesia” es, tal vez, una de las metáforas eclesiales más utilizadas dentro de sus confines. Sin embargo, la metáfora de "Pueblo de Dios" es la que ha llegado a ser más conocida desde el Concilio Vaticano II. En sus “Líneas Pastorales para 2003 a 2005”, como en el sínodo de Santiago, la Conferencia Episcopal Chilena quiso destacar precisamente la misericordia, la acogida, la comprensión con los que tienen dificultades para una plena participación en la Iglesia, como aspectos del su rol maternal, abriéndose de este modo a un discernimiento interior sobre la verdadera reflexión de la maternidad que debería existir en las relaciones con sus hijos. En este boletín queremos reflexionar sobre otros aspectos de la metáfora de “Madre” para descubrir si tiene algo más que decirnos sobre la naturaleza de la Iglesia y su manera de funcionar. Puesto que vamos a estar hablando de la naturaleza de una “madre”, queremos considerarla desde la experiencia de una mujer que es, a la vez, madre de familia. La autora de este artículo, Sally Cunneen, nos ofrece sus reflexiones sobre la Iglesia como Madre, basadas en sus experiencias personales y las de otras mujeres en la Iglesia del norte. Desgraciadamente no tenemos reflexiones similares que pudieran expresar el parecer de las mujeres de nuestro continente. Sin embargo, es muy probable que sean semejantes. La maternidad es una experiencia universal y sus problemas son compartidos por todas las mujeres, dondequiera que vivan. Esperamos que esta reflexión sea de utilidad para su propia visión de la Iglesia y un reflejo de la riqueza que nos puede ofrecer la experiencia de nuestros laicos. ÍNDICE El poder y la autoridad Liturgia y sacramento La comunicación Las personas tienden a crear imágenes de sí mismas y luego descubrirse en esas imágenes. A través de los siglos, fueron estas mismas imágenes las que nos han dado nuestro sentido de identidad y la motivación de nuestro comportamiento. En otras palabras, nuestra imaginación está a la base de nuestra comprensión de quienes somos como seres humanos y el modo de relacionarnos con el mundo. En el pasado, la Iglesia ha jugado un rol prioritario en este intento pero, actualmente, parece ofrecer imágenes inadecuadas y, a veces, conflictivas, dejándonos así con el peso de encontrar solos el sentido de nuestras vidas. En mi caso, me sentí muy conmovida por la imagen de la Iglesia como "pueblo de Dios" propuesta por el Concilio Vaticano II. Nos ofreció una imagen que implica la unidad entre nosotros como seres humanos y con nuestra vida espiritual. Ofreció un contrapeso a la imagen más común de la Iglesia que aparece en los diarios a través de las fotos del Papa, los cardenales y clérigos que toman las decisiones sobre la política de la institución. Sin embargo, actualmente escucho cada vez menos la expresión "pueblo de Dios" y veo con más frecuencia estas fotos con sus mensajes sutiles de poder y autoridad. Es inquietante que tales imágenes sean aceptadas por católicos y no católicos como representaciones fidedignas de la Iglesia integral. Al nivel más simple, no representan a la Iglesia entera que no se define como masculina, célibe y europea. Tampoco ayudan a la gente a establecer sus identidades y sus vocaciones. No es nuestro propósito sugerir que exista intención deliberada de presentar tales imágenes como representativas de la Iglesia. Sin embargo, el efecto sugiere que alguien se ha hecho cargo de lo que, en realidad, es responsabilidad de todos nosotros. ************************************************************************* La tarea de la madre es ayudar a sus hijos a independizarse, hacerles capaces de funcionar sin ella. En el principio... debiera proteger y criarlos pero a la vez soltarlos y si no es capaz de hacerlo... reconocer que en el fondo ha fracasado. ************************************************************************* Como persona y como madre de familia, he experimentado por mucho tiempo la falta de una imagen eclesial más relacionada con la tarea positiva del proceso de maduración. Este proceso debiera incluir la capacidad de tomar decisiones morales, la cual implica el desarrollo de una conciencia personal que está íntimamente relacionada con la verdadera estructura física y psíquica y con las circunstancias actuales. He vuelto una vez más en mi imaginación a otra imagen, la antigua imagen de la Iglesia como “Madre”. Esta imagen ha tomado un nuevo significado para mí en los últimos veinte años debido a mi cercana relación con las mamás en mis clases sobre la familia y la tarea de los padres. Trabajando juntas durante varios años, formamos un equipo que incluyó una psicóloga, una antropóloga y una profesora de literatura, todas madres de hijos crecidos. Tal vez mi interés empezó cuando nos dimos cuenta de la frecuencia con que nos sentíamos culpables por los errores del pasado. Las expresiones de remordimiento eran frecuentes y nos preguntábamos una y otra vez: "¿Qué puedo hacer para mejorar como madre para mis hijos?" A través del trabajo se me ocurrió que tal vez sería interesante ver que la Iglesia actuara como una verdadera madre, admitiendo sus errores como hicimos nosotros, las mamás-profesoras. Me encontré con frecuencia haciendo comparaciones y descubriendo contrastes entre nosotras, las mamás, y la Iglesia como Madre. Descubrí finalmente que apuntaban a algunas realidades en la vida eclesial que normalmente olvidamos. Permítanme compartir unos pensamientos que se me han ocurrido en esta reconsideración de la antigua imagen de la Iglesia como Madre. Primero, la imagen de la Iglesia como Madre introduce el género que ha estado ausente de las fotos en los diarios -una omisión que pone a las mujeres y lo femenino en una situación de oposición. El concepto de la Iglesia como madre por el contrario, las ubica al centro del escenario cambiando así de inmediato nuestra idea de quién es la Iglesia y qué es lo que debiera hacer. Esta imagen hace revivir y delinea mejor el verdadero sentido del "pueblo de Dios", pero a la vez le da un énfasis diferente, uno más cercano a la experiencia diaria. Una Iglesia Madre no sería primordialmente ni legisladora ni maestra. Ella podría asumir estos roles como aspectos subsidiarios de una relación que concibe el desarrollo de las personas como primera prioridad, de acuerdo con el funcionamiento de la maternidad humana. También sugiere que la Iglesia tiene la misma naturaleza humana que aquellos hijos que pretende ayudar -la naturaleza humana con su historia de errores, caídas, con la continua necesidad de renovarse y pedir perdón. Me sorprendió descubrir que la imagen utilizada por los Padres de la Iglesia reflejaba una visión compatible con la del Concilio Vaticano II. Ellos hablaron de la Iglesia como "el gran Nosotros”, es decir, “los fieles reunidos en el Espíritu -una relación comunitaria, igualitaria de personas llenas del Espíritu Santo que participan en las tareas de la comunidad en medio de este mundo.” Pero ¿qué aspecto de la maternidad de la Iglesia sería más útil para nosotros hoy? Encontré ayuda en un análisis de nuestras suposiciones sobre el género y las luces que ofrecen en nuestra búsqueda respecto a las cualidades necesarias en la Iglesia. No estoy sugiriendo sustituir una imagen maternal por la paternal; es obvio que una madre es capaz de sofocar a sus hijos con un amor malentendido, como un padre puede dañarlos con su distancia e indiferencia. Sin embargo, creo beneficiosa una reflexión sobre la función de ser buenos padres como modelo para la misión de la Iglesia. Después de todo, Jesús dijo a sus discípulos que, de hecho, Dios era exactamente esto, un Buen Padre. En la historia del arte, la madre ha simbolizado los sentimientos más intensos de amor y compasión en las relaciones humanas, desde el nacimiento hasta la muerte. Por lo tanto, encuentro útil reflexionar sobre la maternidad en relación con la Iglesia. ************************************************************************ Falta una imagen de la Iglesia más relacionada con la tarea positiva del proceso de llegar a ser un adulto capaz de tomar decisiones morales, es decir, con el desarrollo de una conciencia moral. ************************************************************************* ¿Cómo debiera actuar hoy una Iglesia Madre? Por supuesto, sería muy inteligente. Sabría lo que los niños necesitan para llegar a ser adultos sanos y generosos. Ella proporcionaría la mejor alimentación y protección pero también entendería que los niños aprenden sólo de la experiencia y que la creación de un sentido para la vida es la esencia de la lucha humana. Por lo tanto, poco a poco, ella soltaría su protección y su vigilancia, confiada de que así sus hijos crecerían para transformarse en adultos independientes. Ella trabajaría para crear instituciones y comunidades que fomentaran personas fuertes y creativas, que se preocuparan de la gran familia de Dios con todas sus diferencias. La Iglesia-Madre sería como los mejores padres de familia que conozco -hombres y mujeres que comparten su vulnerabilidad con sus hijos a través de las generaciones. El hecho de vivir a través del difícil proceso de maduración e interrelación humana me parece ser el mismo modelo de la tradición –el proceso de transmitir una identidad más profunda que cualquiera división causada por edad, genero, cultura u oficio. A veces me encuentro fantaseando sobre los funcionarios del Vaticano que son reemplazados por abuelos de todas las culturas. Por un lado: las imágenes de poder y autoridad de cardenales y clérigos como representaciones fidedignos de la Iglesia integral; por el otro, abuelos de todas las culturas. Reflexionando de esta manera, encuentro apoyo para vencer los supuestos y divisiones en mi propio modo de pensar que crean obstáculos a una relación más simétrica y menos conflictiva entre estas dos imágenes de la Iglesia. A continuación, quiero compartir unas reflexiones sobre este tema y sus consecuencias en tres áreas de la vida eclesial: el poder y la autoridad, liturgia y sacramentos y, finalmente, la comunicación. El poder y la autoridad Erich Fromm nos dice que existen dos tipos de poder que, como la autoridad, están basados en las relaciones: el poder de dominación o el poder de habilitar al otro. Una madre es, por definición, responsable de otras personas a la vez que está íntimamente relacionada con ellas. Su tarea es de ayudarlas a independizarse, hacerlas capaces de funcionar sin ella. En el principio ella debiera protegerlas y criarlas pero, al mismo tiempo, soltarlas y, si no es capaz de hacerlo, ella debe reconocer que en el fondo ha fracasado. En su análisis del poder en la Iglesia, muchos autores insisten en que las referencias evangélicas sobre el poder que Jesús quiso para las relaciones interpersonales dentro de su Iglesia tenían que ver más bien con el poder de apoderar o habilitar y no con el poder de la dominación. Este es el caso por sobre todo para aquellas personas que tienen algún oficio o responsabilidad en la formación de los demás. Como cualquier buen padre de familia, una buena Iglesia Madre entendería que la verdad no puede ser entregada en forma directa. Sabría que es necesario buscar el sentido de la vida a través de vivirla en todos sus encuentros, sus altos y bajos, porque es igual a crearse a uno mismo. Ella les diría eso a sus hijos una y otra vez durante su larga maduración. Y -lo más doloroso-, ella tendrá que soltarlos, como los padres de familia debieran hacer, guardando el contacto con ellos sin control o resentimiento. Si ella llegara a realizar esta tarea difícil, habría ayudado a sus miembros a llegar a ser una familia capaz de transmitir una tradición viva que comparte las mismas metas y es flexible y tolerante frente a los nuevos tiempos y demandas. *********************************************************************** Una Iglesia-Madre no sería primordialmente ni legisladora ni maestra aunque podría asumir estos roles como aspectos subsidiarios... del desarrollo de las personas... lo mismo que haría la maternidad humana. ************************************************************************ Nuestra investigación de las mujeres y madres de familia demuestra que sus vidas están totalmente definidas por el rol maternal y sufren mucho al tratar de soltar a sus hijos; les faltan la preparación necesaria. Y aquí entran los errores. Suele aparecer una tendencia a sobrecontrolar, regañar o actuar como mártires, dañándose a sí mismas y a sus hijos. Es imposible para una madre desarrollar otras personalidades íntegras si no tiene su propio "yo" a donde volver en estas circunstancias. No queremos esto para la Iglesia Madre. Tal vez tenemos aquí un mensaje para la Iglesia entera. Somos muchos los católicos que hemos dado poca importancia al desarrollo humano y a nuestras relaciones, pensando que la vida espiritual es algo separado de ellos. Una Iglesia Madre sana nos haría recordar que si nosotros no nos ayudamos mutuamente en el proceso de transformación como seres humanos, estaremos en peligro de hacer un cortocircuito respecto al desafío de llegar a ser el pueblo de Dios. Erich Fromm comenta que cuando las personas son capaces de realizar su potencial sobre la base de libertad y su propia integridad no sienten la necesidad de dominar a los demás. En la medida en que nosotros nos habilitamos a través de encuentros y decisiones genuinos en la vida, tal como hizo Jesús, nosotros, que somos Iglesia, seremos capaces de habilitar a los demás. Vemos el sentido de dependencia mutua activo entre las madres de familia que se sienten tan importantes como aquellos a quienes quieren criar. Liturgia y sacramento Siendo evidente la cooperación humana en el nacimiento del hijo, los padres de familia siempre ven la llegada del niño como algo divino y milagroso. De la misma manera, la Iglesia Madre debiera inclinarse a no ver división alguna entre lo divino y lo humano, sino más bien una relación constante entre los dos. Lo material tiene la capacidad de ser la forma y expresión del espíritu cuando está correctamente orientado. Como la zarza ardiente, todas las cosas son potencialmente sagradas: la amistad, el hecho de compartir una comida, la claridad de una idea, la belleza de un cuadro o de una persona, todos son recuerdos del Creador y razones para ofrecerle el agradecimiento que la Eucaristía significa. Esta conciencia de las cosas nos pide respetar toda la naturaleza y sus criaturas. Ve nuestra tierra como icono santo de la posible unidad en la diversidad. Esta perspectiva sería un correctivo profundo para los siglos en que la Iglesia se ha visto en oposición a la naturaleza y separada de ella. Una Iglesia Madre jamás la vería así. Mujeres comoTeresa de Ávila, que podríamos llamar las "madres de la Iglesia", solían animar a sus súbditos enfermos a reírse o tomar un plato de sopa cuando estaban deprimidos en vez de castigar aun más sus cuerpos. Me acuerdo bien que Dorothy Day, fundadora del Catholic Worker, siempre decía que no existía autoridad alguna en su institución fuera de la cocinera. Es una idea muy perspicaz respecto al rol de la jerarquía. La autoridad se revela en el modo de nutrir, en la importancia de la selección de alimentos y en la riqueza de la dieta en la formación y crecimiento de la persona. Nos recuerda a la vez que cada comida podría ser una Eucaristía y que el Sacramento no está separado de la vida sino es más bien una celebración pública de ella y un testimonio de la santidad de esta vida que los fieles tienen que volver a vivir. La comunicación Somos primordialmente hijos de Dios con un rol maternal que ejercemos frente a los demás en forma recíproca. Una Iglesia Madre describiría este rol en términos de hacerse responsables del otro en su proceso hacia la libertad y diversidad, dentro del contexto de la interdependencia. Pero los requisitos para el cumplimiento de este rol son extremadamente exigentes. Demandan que escuchemos, quienquiera que sea, con atención a lo que los demás tienen que decir, convencidos de que no tenemos acceso a la verdad entera y que la fe necesita toda la verdad. Escuchar los diferentes estilos de conversación requiere tanto disciplina como humildad. La apertura al diálogo, a escuchar con respeto a los demás, tienen enorme importancia a cada nivel eclesial. Una vez más encontramos un modelo en el rol maternal. ************************************************************************ ¿Cómo sería una Iglesia Madre hoy?...Sabría lo que sus hijos necesitan para llegar a ser sanos y generosos adultos... entendería que los niños aprenden sólo de la experiencia... Ella dejaría su protección y su vigilancia confiada de que sus hijos crecerían para llegar a ser adultos. ************************************************************************* Las preguntas que emplea una buena madre y su capacidad de escuchar las respuestas son parte de una conversación mutua que habilita y autoriza a sus hijos. La capacidad de escuchar la crítica de un hijo a cualquier edad es esencial. Sólo así puede una madre crecer en el entendimiento y madurar en la virtud. En el curso de criar a sus hijos, una madre afectuosa tiene que abrirse a la posibilidad de que sus hijos la menosprecien. Ella misma debiera desilusionarlos con el fin de permitir que su idealización y las creencias en su poder y magia desaparezcan. Los hijos tienen que llegar a verla tal como es y, finalmente, reconocer sus propias fuerzas. Debiéramos decir lo mismo de la Iglesia Madre. Sin lugar a dudas este proceso de retroalimentación es esencial para la Iglesia porque, como Karl Rahner nos asegura, ella no es solamente la Santa Madre sino también una Iglesia de pecadores. Ella debiera oír toda la verdad para poder desilusionar a sus hijos sobre su "perfección", para así poder servir a Dios en este mundo. Quiero terminar respondiendo a la pregunta del título de este artículo: ¿Y si la Iglesia es Madre? Si esta imagen tradicional tiene alguna validez hoy día, sugiere que la misión de la Iglesia es, primordialmente, otorgar poder y habilitar a sus hijos para compartir en forma responsable los bienes y las verdades de un Creador amante. Puesto que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia en términos de "personas", entonces la Iglesia somos nosotros. Tendremos que llegar a entender que nuestras raíces en la tierra, en nuestras personalidades, en nuestras culturas y circunstancias forman la misma materia de nuestra vida espiritual y responsabilidad mutua. La peor cosa que podríamos hacer sería distanciarnos y abstraernos de la realidad en vez de tratar con ella; de presumir que sabemos o poseemos toda la verdad en lugar de seguir buscándola y de vivir de acuerdo con ella. En conformidad con lo anterior, reflexionar sobre la Iglesia como Madre me ha ayudado a descubrir conexiones con la imagen corriente de la jerarquía. Hace posible mirar más allá de mi sentimiento inicial de separación de esta profunda capa de la humanidad que nos une. En realidad, me ayuda mucho escuchar que haya obispos que se sienten tan incómodos como yo con la imagen corriente de la Iglesia. Un obispo estadounidense comentó hace poco: "¿Hasta cuándo tendré que preocuparme sólo de la Iglesia–hogar que vive en armonía, sin poder preocuparme de aquellos que han sido profundamente heridos y en consecuencia buscan separarse de ella?". Por supuesto, me siento espiritualmente muy unido con él y su posición. ************************************************************************* La Iglesia Madre debiera inclinarse a no ver división alguna entre lo divino y lo humano. Lo material es la forma y expresión del espíritu... todas las cosas son potencialmente sagradas. ************************************************************************* Entonces, si la Iglesia es realmente una Madre, habrá muchos cambios y, entre ellos, continuaremos descubriendo y fortaleciendo las relaciones en la Iglesia que son más profundas que aquellas basadas en género, edad, oficio o cultura. Tal vez ocurrirá primero en nuestras imaginaciones, pero luego después, aparecerá en nuestras acciones porque nos comportaremos como una comunidad de iguales, fortificada y robustecida por nuestras diferencias. Tomaremos parte en diálogos que podrían enriquecernos de manera todavía impensada. Reconociendo la dimensión política de lo personal y nuestra profunda interrelación con todos los demás, seguirémos esforzándonos para llegar a formar una comunidad de apoyo mutuo, cada vez más cerca de una verdadera opción por los pobres. Estaríamos así moviéndonos hacia la alternativa de un nuevo orden mundial, contrarrestando un mundo que parece estar al borde de adoptar los antiguos métodos de dominio y sumisión. Si la Iglesia es una Madre, entonces será necesario tomar en serio el desafío de hacer finalmente realidad el concepto conciliar, "pueblo de Dios." ******************** La autora del artículo anterior es Sally Cunneen, profesora, autora y madre de familia. Fue publicado en la revista América, el 30 de noviembre de 1991.
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