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Desafíos pastorales para la Iglesia en el plano afectivo-sexual con las parejas de sectores populares PDF Imprimir Correo
Lunes, 01 de Marzo de 2004 00:00

En este nuevo año estamos enormemente complacidos por iniciar la publicación del Boletín Pastoral con el artículo del P. Orlando Contreras, S.J., párroco de Jesús Obrero. El artículo sigue la línea del último boletín del año pasado: la Iglesia como Madre buena que vela por la formación de sus hijos, sabiendo que de la experiencia aprenden a ser adultos capaces de tomar decisiones morales. Sólo así desarrollarán  una conciencia moral. Una vez más queremos dar las gracias al P.Contreras por su bondad en compartir su experiencia con sus hermanos en la pastoral y reiteramos nuestro interés en recibir la opinión de ustedes sobre el material que les hacemos llegar.


ÍNDICE

¿Cuáles son esos desafíos y preguntas que percibo?

Primera pregunta y desafío

Segunda pregunta y desafío

Tercera pregunta y desafío

Cuarta pregunta y desafío

Quinta pregunta y desafío

Conclusión

 

Introducción

Lo que planteo a continuación está pensado desde una perspectiva pastoral. Esto tiene como base el contacto permanente con parejas estables y más bien adultas de la parroquia que me ha sido confiada como pastor. Ese contacto me ha hecho muy sensible a los interrogantes y desafíos que surgen para la labor evangelizadora de la Iglesia en el tema en cuestión. Pongo énfasis en esto porque si habláramos de los jóvenes el asunto tendría otras dimensiones y, por lo mismo, los desafíos serían otros.

Hablo también desde una parroquia inserta en un barrio de cultura popular, pobre, donde la inmensa mayoría de sus habitantes son pequeños comerciantes, feriantes, obreros de la construcción, empleados y ex-ferrocarrileros. Yo mismo provengo de una familia que vivió y vive en los sectores populares. Todo esto tiene mucha importancia a la hora de pensar en cómo anunciar la buena nueva de Dios en el plano de la vida afectivo-sexual.

Esta parroquia cuenta con más de 100 parejas activas y responsables de toda la labor pastoral de nuestra comunidad. Me consta el interés de ellas en nuestro tema y el deseo de continuar creciendo en el proceso de evangelización y conversión que viven desde que llegaron a la comunidad parroquial. Hace dos años, en nuestra comunidad decidimos implementar una área pastoral que difundiera y promoviera los métodos naturales. Esto ha sido muy difícil. El proceso que han vivido el equipo y las parejas interesadas en el tema, me ha llevado a cultivar una actitud contemplativa del mundo popular en el plano afectivo-sexual; procurar captar cuáles son los problemas que viven las parejas en esta dimensión; y ver qué desafíos pastorales surgen para nuestra labor evangelizadora en el plano afectivo sexual. Por último, dado lo delicado del tema, creo que es bueno tener claro de que lo que diré tiene, entre muchas otras limitantes, la de ser pensado y dicho por un varón y sacerdote.
 

¿Cuáles son esos desafíos y preguntas que percibo?

1. Al tratar el tema de la sexualidad lo primero que hemos de tener presente es que la Iglesia es portadora de una buena noticia vinculada intrínsecamente con la persona de Jesús. Señalo esto porque cuando tratamos el tema afectivo-sexual tendemos a pensar que las normas morales y las leyes de la Iglesia están desvinculadas de la buena noticia que Dios anuncia y regala a todo ser humano y a cada pareja para vivirla en todos los ámbitos de la vida.

La actitud de toda persona frente a las leyes y las normas es estar a la defensiva y buscar el resquicio para actuar según su conveniencia y quedar con la conciencia tranquila. Esto se refleja con toda claridad en las personas que preguntan: "Padre, ¿la misa del sábado por la tarde me vale por la misa del domingo?".

2. Otro problema en la misma línea es desvincular el comportamiento de los cristianos de su relación con Dios. Lo que valdría es lo que manda hacer la Iglesia por medio de sus normas. Aquí conviene recordar que lo esencial no es lo que nosotros hacemos o dejamos de hacer sino lo que Dios hace en nosotros. Y, según los evangelios, lo que Dios hace es amar gratuitamente a todo ser humano independientemente de su cultura, raza, posición social o de su comportamiento moral. El comportamiento del cristiano (y de la pareja en su vida afectivo-sexual) ha de mostrar justamente esa acción de Dios en su vida y no lo que él o la pareja haga por Dios. Cuando se hace esta descontextualización la moral cristiana se distorsiona y adquiere una imposición gravosa y deja de ser "una carga ligera" y un "yugo suave", tal como lo quería Jesús.

Esto es de particular importancia en relación con la vida afectiva y sexual pues los problemas ético-sexuales se plantean mal al señalarlos como una condición para participar en la Eucaristía y por ende merecer la salvación. El planteamiento es más bien al revés: participamos en la comunidad y la Eucaristía como consecuencia del amor de Dios por nosotros y porque hemos acogido a Jesús que, sin mérito nuestro, nos salva. Por eso se puede afirmar que una pareja que practica los métodos naturales no es mejor que otra que no los practica. Tampoco se hace merecedora de la salvación de Dios, pues Dios ofrece la salvación gratuitamente a todos. Acoger a Jesús es vivir un permanente proceso de conversión en el que Dios lleva la iniciativa y nos mueve a transformar toda nuestra vida desde donde estamos y según las posibilidades que tenemos. Él es quien lleva la delantera en nuestra conversión con una paciencia infinita tal como se muestra en los evangelios con los apóstoles, particularmente con Pedro.

¿Qué importancia tiene lo que he señalado desde el mundo de los pobres y nuestra parroquia? La importancia radica en dos cosas.

La primera es que nunca hemos de olvidar que nosotros no somos anunciadores o defensores de una moral sino portadores de una buena  noticia, especialmente para los pobres. Toda nuestra acción debe apuntar a que esa Buena Noticia sea acogida libremente y que, en un segundo momento, brote un comportamiento coherente con esa buena noticia que se ha acogido. En el fondo, se trata de moralizar evangelizando y no al revés.

La segunda es que hay que partir del siguiente dato de la realidad de nuestras parroquias en sectores populares. Ellas son un espacio de humanización, de personalización, de evangelización y de conversión para la gran mayoría de los niños, jóvenes, parejas y familias que toman contacto con las comunidades cristianas. En nuestras poblaciones hay muchos signos positivos y gestos de extrema solidaridad. Pero también hay elementos muy negativos, como la droga, el alcohol, la promiscuidad, la delincuencia y el machismo. Todos estos elementos resultan ser muy nocivos para la vida de la pareja en todos sus planos. Por eso una pareja que se integra a la comunidad cristiana comienza a vivir un proceso de humanización, de personalización y de conversión. La pareja vive y descubre la Iglesia como una buena noticia para sus vidas. Al plantear el tema de los métodos naturales o de la paternidad responsable hemos de partir de lo que he señalado: lo que Dios está haciendo en la vida de esa pareja por medio de esta experiencia eclesial y no al revés. Todo lo que se quiera hacer en el plano de la vida afectivo-sexual tiene que poner el acento en la acción gratuita de Dios en la pareja; en el proceso de humanización que está viviendo; y en que el vínculo con la Iglesia es y seguirá siendo buena noticia para ellos a pesar de que, en su debido momento, la pareja descubra que hay elementos de la doctrina del evangelio que son muy duros de vivir. Pero estos, vinculados al actuar de Dios en sus vidas, serán una "carga ligera de llevar y un yugo fácil".

3. No cabe duda de que nuestros tiempos están marcados por el hedonismo, la búsqueda del placer por el placer, la falta de compromisos estables y definitivos y una fuerte desvaloración de todo lo que pueda significar sacrificio y austeridad. En este contexto, la vida afectivo-sexual ha sido vaciada de su sentido más profundo y de su dignidad. Por eso, el desafío que tenemos es proclamar, con nuestro testimonio de vida, la grandeza y dignidad de lo afectivo-sexual.

Sin embargo, hemos de reconocer que, como Iglesia, a lo largo de nuestra historia, hemos cometido un grave error y pecado. Este error no ha sido a nivel doctrinal sino más bien en nuestra actitud y consejos que, como pastores, hemos dado, sea en el confesionario o en la conversación, a las parejas que nos consultan.

"Es un hecho que durante siglos hemos vivido una especie de obsesión con respecto al pecado sexual. No hemos visto a veces sino pecado en el amor y sobre todo en la sexualidad, y el sexto mandamiento se ha convertido para muchos en el principal, por no decir el único, pecado... La pesadilla del sexto mandamiento ha condicionado enormemente la teología moral, la predicación y especialmente la confesión".

En este contexto no fue raro, en el pasado, que a muchas mujeres se les dijera que después de cada relación sexual debían confesarse. Muchos de nosotros hemos visto y sentido el sexo como un tabú. Hemos recibido todo lo referente al sexo como algo malo. Esta desviación ha llegado a tal punto que ha tocado un dogma de la Iglesia. Digo esto porque en nuestros barrios no es raro escuchar que la Inmaculada Concepción de María es tal no porque "Nuestra Señora" estuviera llena de gracia, sino porque ella no tuvo relación sexual ya que el sexo es malo y es pecado. Gracias a Dios, hoy en día, esto está superado, pero es  parte de nuestra formación y experiencia y está presente en el inconsciente de la persona a la hora de tocar el tema.

Este hecho de nuestra práctica pastoral, que no podemos negar, nos ofrece una hermosa oportunidad de estar en la senda de lo que el Papa Juan Pablo II nos pidió con ocasión de la Celebración del Gran Jubileo del año 2000. Esto es, hacernos conscientes de nuestro pecado y convertirnos de él, porque nuestros modos de pensar y actuar han hecho no poco daño a muchas parejas y al mismo tiempo fueron verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo. Textualmente el Papa Juan Pablo II dice:

"Es justo que... la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio"... "Es bueno que la Iglesia dé este paso con la clara conciencia de lo que ha vivido en el curso de los últimos diez siglos... Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy".

Esta actitud nos ayudará a entrar por la senda de anunciar, a tiempo y a destiempo, que la afectividad y la sexualidad son queridas por Dios; que somos creados como hombres y mujeres sexuados; y que el ejercicio de la sexualidad es algo bueno, bello y noble y que en el ejercicio de la sexualidad de la pareja Dios mismo está actuando. Tanto es así que el matrimonio por la Iglesia solo es indisoluble una vez que la pareja, en el contexto del amor y como expresión del mismo amor, ha realizado el acto sexual.

4. Antes señalé que la gran mayoría de los feligreses de la Parroquia Jesús Obrero y también de las parroquias vecinas viven en situación de pobreza y son de cultura popular en su modo de pensar, de actuar y de hablar. Deseo compartir los desafíos pastorales que veo desde esta situación.

4.1. El primero es el que brota de vivir en la pobreza. Esto significa que la mayoría de nuestras familias no cuenta con lo básico para llevar una vida mínimamente digna en salud, en educación, en vivienda y en espacio físico y psicológico como para crecer integradamente. En lo concreto y para el tema que aquí nos interesa, hay que partir de la base de que las parejas no tienen privacidad. En sus dormitorios hay dos o tres camas. No pocas veces ellas mismas no pueden dormir solas. Si es que llegan a contar con dormitorios para ellas solas, las paredes no permiten la privacidad mínima como para tener relaciones sexuales con la certeza de saber que nadie está escuchando o mirando. En este sentido, no es raro escuchar de las parejas que una de las razones del uso de los métodos artificiales es estar siempre listas para tener la relación sexual no cuando ellas lo deseen, sino cuando se les presenta la oportunidad porque los niños no están o porque casualmente han quedado solas. Señalo esto no para justificar el uso de los medios artificiales en los sectores pobres, sino para mostrar la complejidad y la dificultad de adoptar los métodos naturales cuando se vive en una permanente situación de falta de privacidad para la vida íntima.

Frente a tal situación, la pregunta básica no es si la pareja cumple o no con la doctrina de la Iglesia en lo sexual sino más bien ¿cómo poder ayudar a la pareja para que, en medio de esa situación pueda vivir con tranquilidad, paz y en consonancia con el evangelio su vida afectivo-sexual? En este sentido, más de alguna vez me ha tocado escuchar que para muchas de nuestras parejas ir a una casa de retiro (como P. Hurtado u otras) con ocasión de una jornada, retiro o encuentro matrimonial, es el momento de tener vida íntima con paz, alegría y serenidad. Es más, muchas veces cuando he preguntado qué recuerdan de tal jornada, la respuesta es: "pudimos hacer el amor con mi señora como pocas veces podemos hacerlo". Por esto creo que la pastoral familiar frente a la vida afectivo-sexual no puede dejar de preguntarse por los desafíos que surgen para su acción desde esta realidad de pobreza y falta de privacidad en la que vive la inmensa mayoría de los miembros de nuestras comunidades en los barrios pobres.

4.2. Desde el punto de vista de la cultura popular veo varios desafíos en el plano afectivo sexual para nuestra labor.

A. El primero es que la Iglesia no debe olvidar que la cultura popular es tremendamente machista. Esto significa, entre otras cosas, que a nosotros, los varones, desde niños se nos enseña que "los hombres no lloran"; "que expresar nuestras lágrimas es de mariquitas"; "que la mujer es de la casa y el hombre de la calle". Esto tiene como consecuencia el que los hombres desarrollemos una actitud de represión de nuestros afectos y sentimientos. Esta actitud, cultivada a lo largo de toda nuestra vida, se refleja en el modo como nos relacionamos con los demás, particularmente con la mujer. Obviamente que también se refleja en forma negativa en la vida íntima de la pareja. De aquí que uno de los desafíos para la acción de la Iglesia en esta dimensión sea el preguntarse cómo ayudar, particularmente al varón, a que deje fluir todo ese mundo de afectos y sentimientos por tantos años reprimido. ¿Cómo hacerle ver que la mujer, particularmente en la intimidad, necesita que le expresen los afectos y que espera delicadeza de parte de los hombres?

B. El segundo desafío brota del hecho que para muchos varones ser hombres es procurar tener muchas mujeres. Aunque muchas veces esto no es verdad, por lo menos hay que ufanarse de haberlas tenido y que somos "secos para el trago", "pues somos hombres". Así la mujer pierde su calidad de persona. Ella es un objeto del placer masculino y siempre tiene que estar dispuesta a los requerimientos del hombre. Da lo mismo si ella quiere o no. Da lo mismo si el hombre está "bueno y sano" o "con trago". Ella siempre tiene que estar lista. La Iglesia no debe olvidar nunca que por el problema del alcohol en nuestros barrios, no pocas mujeres tienen que soportar muchas humillaciones en la cama y que, para ellas, la vida sexual no tiene nada de placentero. En este sentido no es raro escuchar de las mujeres: "yo me siento usada en la cama"; "a él no le importa si yo tengo o no el orgasmo". "Una vez que él se satisfizo, a dormir se ha dicho y yo ahí quedo". Por eso creo que el aporte evangelizador de la Iglesia en el plano afectivo-sexual, en medio de los sectores populares, es primariamente favorecer la conversión que he señalado y no insistir tanto en el método que se usa para regular la natalidad. La conversión debe ser de la pareja, pero creo que hay que insistir en ayudar al varón a dar el salto de no ver en la mujer un objeto sino una persona; que ella tiene sentimientos y una visión de la vida que complementa la nuestra.

C. La tercera consecuencia de la cultura machista es que desde niño uno ve que en los hombres ser infiel a la mujer es normal e incluso esto es valorado por los amigos. Como dije antes, aunque esto no sea verdad, hay que dar la impresión que sí lo es, porque de por medio está en juego la virilidad e identidad del varón. Por cierto que la mujer también cae en la infidelidad. Pero en ella esto no es bien visto, por eso ninguna mujer puede ufanarse de haberle sido infiel a su esposo.

Esta situación de infidelidad nos plantea un gran desafío como Iglesia: hemos de trabajar y hacer todo lo posible por cultivar el valor de la fidelidad. Ahora bien, dado el alto porcentaje de infidelidad, hemos de poner el acento en ayudar a las parejas a entrar por la senda del perdón y la búsqueda de reconstruir la relación de pareja. Decir esto es muy fácil, pero es uno de los desafíos más grandes que tenemos en el plano de la relación afectivo-sexual de la pareja. No pocas, veces la falta de perdón es el principal obstáculo para que la pareja acoja y asuma los métodos naturales.

D. El cuarto desafío brota de la ignorancia que tenemos en todo lo referente a lo sexual y afectivo. En este sentido puedo dar testimonio que a mí jamás mis padres me hablaron de este tema ni me dieron la oportunidad de hablarlo. Esto, no porque ellos fueran malos, sino porque era un tema tabú. Todo lo que aprendí del tema fue en la calle y, por supuesto, muy distorsionado. Obviamente que esto tuvo consecuencias hondas y muy negativas en mi vida. Sin embargo, todas ellas no han impedido que viva un proceso de conversión que me ha llevado a vivir en la actualidad, con la ayuda y gracia de Dios, la castidad en la vida religiosa. Por eso creo que el desafío para la acción de la Iglesia en lo afectivo-sexual en el mundo popular no es el método, sino hacer todo lo que sea posible para cambiar concepciones muy arraigadas en nosotros; curar muchas heridas, fruto de experiencias negativas que vivimos en medio de la promiscuidad de nuestros hogares y de todo lo que recibimos en forma tergiversada en la calle. Es necesario que la Iglesia sea un espacio en que podamos hablar del tema con altura de miras y en un proceso de personalización. Puedo dar testimonio que eso lo he vivido personalmente desde que me incorporé a la Iglesia en los años 70 y he visto cómo muchas parejas también lo viven desde que soy sacerdote.

5. Por último deseo plantear un error pastoral en el que hemos caído, particularmente los sacerdotes, a la hora de aconsejar a las parejas o a las mujeres que de hecho son las que sufren y nos plantean el drama. Este error, me atrevo a decir, es fruto de una mala comprensión de la doctrina de la Iglesia. Me explico.

Si un grupo de laicos o comunidad cristiana con inquietud por lo social nos pregunta sobre problemas de tipo económico o social nosotros hacemos un análisis mostrando la complejidad de los problemas, los valores que están en juego en la situación y la interdependencia de esos problemas con otros de la misma sociedad. Para orientar el actuar de esa comunidad recurrimos al planteamiento que Pablo VI hizo en la Encíclica Octogessima Adveniens. En esa encíclica, el Papa parte de la base de que los cristianos, esparcidos por el mundo, se encuentran en diversas situaciones. Muchas de esas situaciones son contrarias a la voluntad y al plan de Dios. Por lo mismo "es difícil pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con valor universal". Para Pablo VI no se trata sólo de que, por la diversidad de situaciones, sea difícil decir una palabra única, sino que "ni es el propósito ni la misión de la Iglesia el hacerlo". ¿Cuál debería ser la actitud del cristiano en esas situaciones? ¿Qué es lo que habría que hacer? El consejo que damos como Iglesia es animar y pedir que se haga discernimiento. Textualmente la encíclica dice lo siguiente:

Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de cada país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la historia... A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se consideren de urgente necesidad en cada caso.

Ahora bien, si una pareja de esa misma comunidad nos plantea sus problemas en su vida íntima y nos pregunta ¿qué puede y debe hacer?, nosotros, recurriendo a la doctrina de la Iglesia, damos respuestas bastante precisas: "las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal". Por lo mismo, con toda claridad decimos: ¡No al preservativo! ¡No a los métodos artificiales! Planteamos el asunto de tal manera y en tal forma que a las parejas solo les cabría escuchar y acatar. Así, no damos oportunidad a que ellas hagan su propio discernimiento y tomen su decisión. Con este modo de proceder estamos negándole algo que la misma doctrina de la Iglesia defiende como un derecho inviolable de la pareja. El Concilio Vaticano II lo dice así:

En el deber de transmitir la vida humana y de educarla... los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión con dócil reverencia hacia Dios, se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por nacer, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en ultimo término deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al magisterio de la iglesia, que interpreta auténticamente esa ley a la luz del evangelio".

Por lo tanto, impedir que las parejas hagan su propio discernimiento es una negación de la doctrina de la Iglesia. Me atrevo a decir que una actitud como ésta de parte nuestra refleja una falta de confianza en que Dios actúe en el corazón de cada persona y de cada pareja; no creemos en la sinceridad y drama de la pareja cuando nos plantea estos problemas; no creemos que Dios pueda sorprendernos con su modo de actuar en la misma pareja. Creemos que los esposos son niños y los tratamos como tales. Incapaces de discernir. Incapaces de pensar. Incapaces de tomar sus propias decisiones.

En la línea del acompañamiento a las parejas en este tema, un desafío que tenemos, en especial los  sacerdotes, es que antes de aconsejar o decir una palabra hemos de desarrollar una actitud de aprender de las parejas y formar mejor nuestra conciencia para ayudar más y mejor.

En este sentido, el error que cometemos es creer que nosotros tenemos una conciencia recta y bien formada porque hemos estudiado mucho y porque conocemos bien la doctrina de la Iglesia sobre el tema. De esta manera nos cerramos a la oportunidad de que la práctica pastoral, el contacto con las parejas y el vernos enfrentados a situaciones complejas y difíciles, sean una manera de formar mejor nuestra conciencia más allá de lo que sabemos por los libros, para acompañar mejor a las parejas.

Es importante también no olvidar que la mayoría de los sacerdotes experiencialmente desconoce elementos que, según testimonio de las parejas, son claves para comprender la riqueza y complejidad de la vida sexual. Pues bien, no es raro entre nosotros dar cátedra sobre lo que no sabemos. Lo mismo pasa con el desconocimiento que, por lo general, tenemos de la sensibilidad y sicología femenina respecto de la sexualidad.

Con esto no quiero afirmar que por no tener experiencias o por no ser mujer no podamos opinar y decir una palabra oportuna. Lo que planteo es que, respecto del tema afectivo-sexual, los pastores hemos de estar más abiertos para escuchar, aprender y consultar antes de aconsejar a la pareja, sobre todo en situaciones difíciles. Como ya hemos señalado, en este tema es mucho el daño que hemos hecho por tener una actitud cerrada y poco comprensiva del drama de las parejas en su vida afectivo-sexual. Por lo mismo, se impone de parte nuestra una actitud más humilde y sencilla. De ninguna manera esto ha de significar rebajar o disminuir las exigencias del evangelio y la doctrina de la Iglesia.

En relación con la gran mayoría de las parejas que han optado por emplear métodos no naturales creo que hay que partir con el principio de salvarle la proposición al prójimo. Hemos de creer y confiar que esa opción no es por mala voluntad sino "todo lo contrario, porque es la única manera que tienen de vivir responsablemente el amor". Evidentemente, existe la tentación del egoísmo y de la comodidad, pero de allí a afirmar que esta sea siempre la razón de fondo del uso de los métodos artificiales es simplemente desconocer la realidad de muchas parejas, particularmente de las parejas de los sectores populares y pobres de nuestro país que son la inmensa mayoría de Chile.

Si bien es cierto que como Iglesia hemos asumido una postura determinada para orientar la conciencia de los cristianos respecto de la manera de vivir la sexualidad y de regulación de la natalidad, al surgir un auténtico "conflicto de conciencia", después de un serio discernimiento que haya tomado en cuenta el pensamiento de la Iglesia, rige el principio básico de la inviolabilidad de la conciencia moral. "En el análisis final, la conciencia es inviolable, y el hombre no debe ser forzado a actuar en forma contraria a su conciencia, como afirma la tradición moral de la iglesia". Los pobres, por el hecho mismo de serlo, son privados de muchas cosas y muchos derechos. En cualquier conflicto social, ellos son los primeros en perder. Sin dejar de acompañarlos en su proceso de conversión (conversión que nosotros también debemos vivir), no hemos de privarlos del derecho que tienen a decidir en conciencia lo que deben hacer en su vida íntima. Porque "los pobres no pueden esperar", seamos nosotros los primeros en defender sus derechos.
 

Conclusión


Creo que como Iglesia tenemos una gran y hermosa tarea que hacer en la evangelización de los sectores populares. Soy, somos testigos de la buena noticia que ella es en medio de esos sectores. Los desafíos señalados no deben, por ningún motivo, llevarnos a proponer un Evangelio "aguado". Todo lo contrario. Con más ganas y fuerzas hemos de mostrar, con nuestro testimonio, la Buena Noticia del Evangelio. Pero también debemos ser lúcidos frente a los desafíos que nos plantea la vida afectivo-sexual en los sectores populares para evangelizar con un "nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión". Jesús mismo nos invita a que seamos astutos como la serpiente y prudentes como la paloma para fortalecer todo lo bueno que hacemos, corregir los errores y saber distinguir entre estas situaciones.

 

 
P. Orlando Contreras SJ.
Párroco Jesús Obrero


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(1)    Cf. Mateo 11, 28-30.

(2)    Cf. P. Tony Mifsud, Moral de Discernimiento, Reivindicación Ética de la Sexualidad, Tomo 3, pág. 191.

(3)    Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente,  Ediciones San Pablo; Nro.33; págs. 40-41.

(4)    Cf. Pablo VI, Octogessima Adveniens.

(5)    Cfr. Papa Pablo VI, Octogessima Adveniens, Nro.3.

(6)    Cf. Pablo VI, Carta Encíclica Humanae Vitae (25 de julio de 1968).

(7)    Cf. Concilio Vaticano II; G.S. Nro.50.

(8)    Cf. Tony Mifsud,  Moral de Discernimiento, Reivindicación Etica de la Sexualidad;  Tomo 3, pág.317.

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