| El escándalo de las religiones |
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| Jueves, 01 de Abril de 2004 00:00 | |||||||
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En medio de un mundo cada vez más violento, donde pueblos enteros sufren los efectos de guerras civiles con poca esperanza de un mejoramiento, la paz parece cada vez más lejana e ilusoria. Estamos convencidos de la necesidad de construir una nueva cultura universal basada en la paz para toda la humanidad. Pero ¿dónde empezar? Este año, queremos ofrecer una serie de reflexiones sobre la cultura de la paz y los cambios que requiere, incluso en nuestra manera de entender y vivir la religión y hacer la teología. Esperamos que los artículos sean de utilidad personal y pastoral y, como siempre, nos interesa oír sus comentarios. ÍNDICE La praxis La Teoría La interpelación del Espíritu Mientras escuchaba a los que me han precedido en el uso de la palabra en esta Conferencia se me presentó un interrogante desgarrador: si bien lo que ustedes dijeron sobre las religiones es fantástico, y lo suscribo de todo corazón, el interrogante irreprimible es el siguiente: Si las religiones son tan buenas, ¿por qué el mundo va como va? Sé que el problema es delicado y que no podemos achacar toda la responsabilidad a la religión, pero también creo que achacarlo todo a la maldad humana y solazarse con mesianismos escatológicos no es suficiente. Esto me lleva a realizar con ustedes un breve examen de conciencia. En otro lugar no habría osado decir lo que voy a decir a continuación, sin hacer más matizaciones: para una gran parte del mundo contemporáneo, la religión es un escándalo. Creo que a nosotros nos conviene oír esta afirmación. Quisiera hacer este examen de conciencia en tres puntos: primero, la praxis; segundo, la teoría; tercero, la interpelación del Espíritu (la conversión). La praxis El testimonio de la historia nos muestra dos cosas: una, que las religiones químicamente puras no existen, como tampoco existen los elementos químicamente puros. Una religión no encarnada en los hombres y en la historia no es más que una ideología. Por otro lado, constatamos que los frutos de esta encarnación no son muy halagüeños; en este sentido, el testimonio de la historia es cruel: las religiones que predican la paz hacen la guerra, las religiones que predican la familia humana se dividen en sectas, castas y varias organizaciones que no se tratan entre sí, cuando no se combaten. Por eso pienso que esta nueva Iniciativa, a cuyo inicio tuve el privilegio de aportar mi granito de arena, podría ser un factor muy positivo. Ahora bien, no hay que refugiarse en lo que leemos en el profundo y bien intencionado libro de Nikolái Berdiáiev, un gran filósofo al que quiero y valoro, aunque sea crítico con el título de su escrito de hace ya más de medio siglo: La dignidad del cristianismo y la indignidad de los cristianos. Es muy fácil excusarse tras las buenas teorías y atribuirlo todo a la maldad humana. La responsabilidad no radicaría en el cristianismo, que es perfecto, ni en el budismo, que es maravilloso, ni en las Bienaventuranzas que entusiasman a cualquiera. Las religiones serían entonces teóricamente puras y fantásticas, pero cuando se ha vivido en países donde el cristianismo no llega ni al uno por mil, la única forma de explicar qué es el cristianismo es viendo qué hacen los cristianos. En el inicio, cuando eran perseguidos, la gente se decía: Mirad cómo se quieren. Ahora no sé si se podría decir lo mismo. Por los frutos los conoceréis. Y los frutos de todas las religiones, sin excepción, desde el punto de vista histórico, no parecen ser ni muy maduros ni apetitosos. Se comprende perfectamente que una gran parte de los que llamamos nuestros hermanos, estos seis mil millones de personas que constituyen el conjunto de la humanidad, tuerzan el gesto cuando les hablan de religión. Se impone un examen de conciencia: no podemos pasar sólo la responsabilidad a 1a praxis y encargar al "brazo secular" la ejecución de los veredictos de las inquisiciones, mientras nosotros rogamos a Dios. Esto ya no tiene credibilidad. No hace falta que me extienda en una descripción prolija del testimonio de la historia. Me limitaré a decir que persecuciones, violencias e injusticias han caracterizado a todas las religiones sin excepción a lo largo de miles de años de historia y que pasar la responsabilidad sólo a la debilidad de los hombres es una explicación demasiado lateral. El problema es complejo. La naturaleza humana no es inocente. Quizá estaríamos todavía peor sin el freno de las religiones. Pero ello no exime de hacer un examen de conciencia. Yo puedo criticar las multinacionales o la bolsa, por ejemplo. Pero estas instituciones no nos engañan: nos dicen claramente que lo que quieren es ganar dinero. Las religiones pretenden transformar al hombre, mejorarlo. Es diferente. Repito: por sus frutos los conoceréis. Y si algo produce unos resultados tan desconcertantes, significa que el examen de conciencia debe ser más profundo y no sólo un examen moral: todos debemos querernos, debemos ser más buenos, lo dicen todas las religiones. Pero eso no basta. Si falta la gracia, el coraje, la fuerza, quizá haya algo que habría que profundizar un poco más. Y ésta diría que es la responsabilidad de casi todos nosotros que somos súper privilegiados, que tenemos ocio para pensar, para reflexionar, para meditar e incluso para rogar (y digo súper privilegiados porque mucha gente no tiene este ocio). Sí, es cierto que las religiones son lo mejor del hombre: lo ponen en contacto con este misterio que no tiene nombre pero que puede tener muchos, que le entusiasma y le lleva a hacer las acciones más heroicas y sublimes; pero, al mismo tiempo, hay que reconocerlo también, son lo peor: los crímenes más crueles se han cometido en nombre de la religión, las guerras más sangrientas también han llevado el estandarte de Dios en sus banderas. Por eso el examen de conciencia debe llegar un poco más al fondo. Y éste es mi segundo punto, el teórico. La teoría El peligro es real: es el peligro de la degeneración o el peligro de lo demoníaco cuando se junta con lo divino, utilizando estas dos palabras como símbolos. La vida es riesgo, la vida misma es peligrosa. La religión es a la vez divina y demoníaca; y si no discernimos entre espíritus, podemos caer en las mismas trampas de la historia milenaria de las que he hablado. Hoy nos damos cuenta de la necesidad de diálogo entre las religiones. No somos los primeros. Cuando me hablan, por ejemplo, de diálogo interreligioso como si de una novedad se tratara, no puedo menos que pensar en la India, donde este diálogo se practica teórica y prácticamente desde hace al menos veinticinco siglos. No vayamos a creer ahora que hemos inventado el diálogo y descubierto al otro. Sería una ignorancia histórica clamorosa. ¿Qué ha pasado con las religiones? Permítanme que haga una pequeña reflexión teórica. Las religiones tratan de una forma u otra del Absoluto (a mí no me gusta el término, pero ahora sirve) y cuando uno se halla frente al Absoluto -lo digo como símbolo- todo lo demás pasa a ser tan intrascendente, superficial, indiferente, poco importante, que nos parece que lo podemos dejar de lado (podríamos citar al obispo que eliminó a los cátaros: Irán al cielo, si son buenos; que también significa que, si son malos, se lo tienen merecido). Cuando tratamos con el Absoluto, nos invade un sentimiento de santa indiferencia que es lo que permite condenar a muerte, como aceptan tantas y tantas religiones (aunque, como indicaré más adelante, ahora este tema está empezando a cambiar). Cuando nos enfrentamos al Absoluto, lo eterno, definitivo, inmutable, que es mucho más profundo que todo lo demás, parece un corolario deducir que todas estas otras cosas son bagatelas, futilidades a las que no vale la pena conceder mucha importancia, y por eso entonces sentimos que podemos tratar los asuntos seculares sin prestar mucha atención: para cuatro días que vamos a vivir en este mundo.... Dicho de otro modo: cuando nos obsesionamos con el Absoluto, acabamos pensando que las cosas más importantes se desarrollan en otro nivel y que no vale mucho la pena preocuparse por las cuestiones terrenales. Esta especie de fascinación por el Absoluto ha acarreado un cierto desdén hacia los hechos históricos. Hemos pecado de autosuficiencia y también de otra cosa que es el fruto de los últimos siglos, tanto en Oriente como en Occidente. Me refiero a la manía de la objetivación. Hemos hecho de la religión un objeto, incluso un objeto de estudio, de tal guisa que se imparte la asignatura de religión como se puede impartir ingeniería. Hemos objetivado la religión y hemos dejado de lado el sujeto, llamémosle creyente, persona o ser humano; por eso, en última instancia, estamos discutiendo sobre ideologías, sobre ideas y sobre creencias, eliminando o dejando de lado lo que podría ser la verdadera fe que salva, que se vive y nos hace vibrar. Hemos identificado la religión con una doctrina, con una institución, y la religión es más, no menos. La religión es mucho más que una doctrina o que una institución. Hemos reducido toda la riqueza de la religión a un mero concepto: ¡son tantos los libros que hablan de este tema! Pero la religión no es un concepto. Si fuese un concepto sería lo abstracto, que ni salva, ni entusiasma, ni mueve. Hemos identificado la religión con una verdad objetiva como algo impersonal, que no mira al otro, y que cuando se cree que se posee, se convierte en absoluto. La objetivación de cualquier cosa acarrea, a la larga, la deshumanización. Visto desde otro punto de vista, el escándalo cultural de Occidente (y solamente desde la Revolución francesa, si bien de un modo más intenso desde entonces) se pone de manifiesto en el hecho de que la religión se convierte en fenómeno sectario en el sentido más estricto de la palabra, como si fuese una práctica privada. Ello constituye ya la degradación de lo que es el núcleo religioso del hombre. Acaso habría que meditar un poco qué es la religión. En la liturgia católica de hoy el texto del evangelio debería hacernos pensar: Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mt 24,35). Las palabras, por ser palabras, se han de oír. No dice mis escritos no pasarán, no dice la escritura no pasará (la letra mata, también se dice en la misma escritura cristiana). Ahora bien, para que las palabras sean palabras se han de escuchar, y para escucharlas debo guardar silencio en mi interior, y para devenir consciente del sentido del silencio necesito toda una disciplina que es la que me permitirá escuchar la palabra. Dicen los Veda: Si mil textos sagrados me dicen que el fuego no quema, no los creeré. Si nuestra religión, la que sea, no es una experiencia vivida, entonces estamos creando las condiciones para que se reduzca a un mero concepto. La palabra debe ser escuchada, por eso las religiones vivas no se pueden reducir a religiones del libro, sino que son religiones de la palabra: The Devil can quote Scripture to suit his purpose, reza un proverbio inglés, porque las interpretaciones de un libro pueden ser diferentes. Pero para escuchar la palabra se ha de tener un corazón limpio, puro y guardar silencio interior, algo que con frecuencia está en tensión con la trepidación del mundo moderno. Hemos objetivado las cosas, empezando por la verdad, olvidando lo más tradicional: que la verdad es una relación, por eso nos puede hacer libres. El peligro de la objetivación acaso sea más sutil que caer en la trampa del egoísta que se cree en posesión de la verdad. Y esta trampa es un peligro muy próximo a un cierto espíritu supuestamente religioso: "Yo, pobre de mí, no he llegado (¿todavía?) a comprender la verdad; pero nosotros, como religión, sí que tenemos esta verdad objetiva, por encima de todo sujeto". Doctores tiene la Iglesia... Nuestra religión es la Verdad. Como hecho significativo, recuerdo el cambio de sentido que se dio a un libro de San Agustín. El título era De vera religione que quería decir De la religiosidad verdadera, auténtica. Y se interpretó como De la religión verdadera. Pero no debo extenderme más y paso a la tercera parte, a un desafío sobre todo a nosotros, que nos otorgamos más o menos el papel de intelectuales. La interpelación del Espíritu Si las cosas han ido por el camino expuesto someramente, ¿no será que acaso debemos reconsiderar más profundamente qué es la religión y superar esa dicotomía entre una teoría que nos parece perfecta y una praxis que es muy imperfecta? Primero necesitamos la conversión de las religiones. Es relativamente fácil ver que no hemos sido fieles a sus mensajes: ¿qué se ha hecho, por ejemplo, del Sutra del Loto? Quizá las religiones, como estamentos sociológicos, han traicionado en mayor o menor medida sus mensajes, y es un momento de esperanza que nos permite ver que se van dando cuenta cada vez más; pero darse cuenta exige también arrepentimiento, implica también cambio. Las religiones no han sido fieles a sí mismas, pero demos otro paso. Quizá la propia religión, lo que nosotros entendemos por religión, necesita en estos albores del llamado siglo XXI, un cambio radical; de lo contrario no llegaremos muy lejos. Más de tres mil años de experiencia nos demuestran que no basta con hacer las cosas con buena voluntad; hace falta algo más. Y aquí nosotros, aunque no solos, desempeñamos una función positiva, activa y creadora. Hay muchas personas que no quieren ser títeres, pequeñas marionetas que bailan al son de las modas de las multinacionales, de mass media o de la inercia de la historia. Para que “rebeliones de los esclavos” no sean aplastadas de buenas a primeras, antes que nada hace falta liberarse del sentimiento de esclavo; para esta liberación interior de las religiones, antes que nada necesitamos librarnos de cualquier temor; creer sinceramente en la fuerza liberadora, esto es, salvadora, del Espíritu. ¿Qué significa una concepción más profunda de la religión? Para responder a esta pregunta en el marco de una intervención tan breve me veré obligado a hacer simplificaciones muy importantes. Quizá deberíamos convenir que ha habido tres momentos kairológicos en la comprensión del ser humano y del hecho religioso (los llamo kairológicos y no cronológicos, porque no creo que el tiempo sea como una autopista que lleve al cielo, al infierno, a la nada o a ninguna parte). Las palabras que uso para referirme a estos tres momentos kairológicos pueden parecer muy desgarradoras pero, sin duda, no hay mala intención detrás de ellas. Sólo quiere aludir a un conjunto de cosas que aquí solamente puedo sugerir. Estos tres momentos son: a) El momento totalitario de la religión: La religión comprende toda la actividad del hombre, con sus consiguientes peligros y también sus enormes ventajas. La religión se vive como un hecho cultural y antropológico que tiene sus construcciones culturales, sus instituciones, sus prisiones, sus catedrales, etc. La religión lo ocupa todo, es el círculo que impregna toda la circunferencia de la vida humana. b) Debido a reacciones históricas muy complejas, de forma gradual, y no sólo en Occidente, las religiones se han ido desplazando hacia la perifería, se han marginado, hasta quedar relegadas al ámbito de la libertad individual o de grupos particulares, toleradas como algo casi estrictamente privado. Hemos reaccionado contra esta especie de dominio heteronómico de la religión del primer momento, es decir, de la religión que lo quiere todo, que lo quiere ocupar todo, y la hemos marginado, hemos hecho de ella una especialidad. La religión se ha ido confinando hacia los límites externos del círculo, hacia el más allá, hacia otro mundo, para así respetar la autonomía de las otras actividades humanas.
c) Siguiendo la metáfora espacial, creo que ha llegado el momento de considerar la religión ni como el todo, ni como un fenómeno marginal, sino como el centro de todo la realidad, de toda la vida humana, de toda actividad; pero el centro no es el círculo ni la circunferencia, el centro casi no tiene dimensiones, el centro no tiene influencia ni tiene poder pero posibilita el círculo y la circunferencia, que las cosas sean plenamente. La imagen del centro creo que supera la marginación de un lado y el totalitarismo del otro. Lo cual constituiría la ontonomía de la dimensión religiosa con todas las demás actividades del hombre. Raimon Panikkar
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