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El Padre Hurtado PDF Imprimir Correo
Sábado, 01 de Mayo de 2004 00:00
Interrumpimos nuestra serie sobre la cultura de la paz para compartir unos breves escritos del Padre Alberto Hurtado. La aprobación del segundo milagro del Padre por la "Congregación por la Causa de los Santos" en Roma nos acerca aun más a su canonización. De esta manera el proceso queda en manos del Papa Juan Pablo II, quien deberá ratificar la decisión y declararlo Santo. Como colaboración con los preparativos para este gran día, queremos publicar estas breves reflexiones y comentarios suyos sobre varios temas de la vida espiritual. Ellas nos dan muestras de la belleza de su vida interior, de su pasión por Dios y de la profundidad de su entrega a la voluntad divina.

Es de enorme importancia para nosotros, que este hombre santo, que creció, sufrió y alcanzó la meta de santidad, nos permita apreciar el sabor de una santidad encarnada en un hijo de nuestra tierra, de nuestro pueblo; un hombre cuya vida incorpora lo mejor de nuestro carácter, de nuestros valores y tradiciones. El Padre Hurtado permanece como testimonio innegable de la verdad del llamado divino al corazón humano y refuerza la convicción de que "lo que el hombre ha hecho, el hombre puede hacer".

Esperamos que sus palabras ofrezcan inspiración para su reflexión personal.

ÍNDICE

Búsqueda de Dios

Una Espiritualidad sana

El examen de conciencia

Enemigos de mi dependencia de Dios

La Compunción

Conocer los peligros personales

 

Búsqueda de Dios

Muchos continúan pronunciando el nombre de Dios, no pueden olvidar esas enseñanzas que desde pequeños les enseñaron sus padres, pero se han acostumbrado al sonido de la palabra DIOS, como algo cotidiano y se contentan con ella sola, tras lo cual no hay ningún concepto. O se contentan con el concepto vacío de toda realidad, o al menos de toda realidad que pueda compararse en lo grande y terrible, en lo tremendo y arrobador a la realidad: Dios.

Esos hombres no niegan a Dios, lo nombran, lo invocan, pero nunca han penetrado su grandeza y la bienaventuranza que puede hallarse en Él. Dios es para ellos algo inofensivo con lo que no hay que atormentarse mucho. La existencia misma de Dios nunca se ha interpuesto en su camino, gigantesca e inaccesible como una montaña. Dios queda en el horizonte como un volcán que está bastante lejos como para no temerle, pero aun bastante cerca para darse cuenta de su existencia.

A menudo Dios no es más que un cómodo refugio mental. Todo lo que es incomprensible en el mundo o en la propia vida se le achaca a Dios: ¡Dios lo ha hecho! ¡Dios así lo ha querido!…A veces Dios es un cómodo vecino a quien se puede pedir ayuda en el apuro o en la necesidad. Cuando no se puede salir del paso, se reza, esto es, se pide al bondadoso Vecino que lo saque del peligro, pero se volverá a olvidar de Él cuando todo salga bien. Estos no han llegado a la presencia, hasta la abrumadora proximidad de Dios.

Al hombre siempre le falta tiempo para pensar en Él. Tiene tantos otros cuidados: comer, beber, trabajar y divertirse. Todo esto tiene que despacharse antes que él pueda pensar con reposo en Dios. Y el reposo no viene; nunca viene.

Hasta los cristianos a fuerza de respirar esta atmósfera estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de Él. Nos absorben las mil ocupaciones, gentes de la casa, del negocio, de la vida social…Todo lo que es más propio del cristiano, conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y aun denigrado: nos parece superfluo.

Felizmente, el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca…Y cuando lo ha hallado, su vida descansa como en una roca inconmovible; su espíritu reposa en la Paternidad Divina, como el niño en los brazos de su madre.

La hondura de la vida, su belleza, son el fruto del conocimiento de la Divina Amabilidad, de las mercedes que de Él emanan y las fuerzas que Él brinda.

Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él. Frente a Dios todo se desvanece; cuanto a Dios no interesa, se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en Él.

Hay también un dolor de Dios, dolor indescriptible e inconmensurable que tortura el alma con espanto y asombro. Hay un temor de Dios: el de arrojar una sombra sobre la imagen del amado. Temor de ofrecer tan poco al que todo se le debe.

Al que ha encontrado a Dios… todas sus dudas están en la superficie, en lo hondo de su ser reina la paz. Lo duro, las contrariedades, se deslizan; en el centro de la vida perdura el conocimiento del ser y del amor de Dios. La entrega del que reposa en Dios es un olvido de sí. No le importa ni mucho ni poco cual sea su situación, si escucha o no sus preces. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Ante este hecho calla su corazón y reposa.

Esta confianza es fruto de un magnánimo y humilde amor. Si Dios quita algo, aun con dolor, es Él y esto basta. Esto lo hace feliz y enciende todas las luces de su alma. No es un amor sentimental, es amor sencillo, simple y que se da por sobre entendido. Es así porque no puede ser de otro modo.

En el alma de este repatriado hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es a la vez su paz y su inquietud. En Él descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando; tiene que guarecerse en la inquietud. Cada día se alza Dios ante él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada…

El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por Él, y en Él descansa como en un vasto y tibio mar. Ve ante sí un destino junto al cual las cordilleras son como granos de arena. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida y esta vida sólo tomo sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre en todas partes y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las mugientes olas y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos.
 

Una espiritualidad sana

Los que se preocupan de la vida espiritual no son muchos y desgraciadamente, entre ésos no todos van por buen camino.

¡Cuántos durante decenas de años, hacen meditaciones y lectura sin sacar gran provecho! ¡Cuántos más preocupados de seguir un método que el Espíritu Santo! ¡Cuántos quieren imitar literalmente tal o tal santo, rehacer sus prácticas, renovar sus oraciones! ¡Cuántos aspiran a estados extraordinarios, a lo maravilloso, a las gracias sensibles! ¡Cuántos olvidan que forman parte de una humanidad adolorida y se fabrican una espiritualidad egoísta que no se acuerda de sus hermanos! ¡Cuántos leen y releen los manuales o buscan recetas sin conocer el Evangelio, sin acordarse de San Pablo!

Para otros, la vida espiritual se confunde con los ejercicios de piedad: lectura espiritual, oración, exámenes. La vida activa viene a ser un pegote que se le agrega, pero no una prolongación, ni una preparación de su vida interior. Las preocupaciones de su vida ordinaria, las dificultades que tienen que vencer, su deber de estado, son echados fuera de la oración; les parece indigno mezclar Dios a esas banalidades.

Así llegan a forjarse una vida espiritual complicada y artificial. En lugar de buscar a Dios en las circunstancias en que nos ha puesto, en las necesidades profundas de mi persona, en las circunstancias de mi ambiente temporal y local, preferimos actuar como hombres universales o abstractos. Dios y la vida real no aparecen jamás en el mismo campo de pensamiento y de amor. Pelean para mantener en sí una sentimentalidad afectiva de orientación divina, para mantener, con esfuerzo, la mirada fija en Dios para sublimarse intensamente; o bien se contentan con las fórmulas azucaradas de libros llamados de piedad. Esto hace pensar con Pascal: el hombre no es ni ángel ni bestia, pero el que quiere hacer el ángel obra como bestia.

Cosa más grave: sacerdotes, hombres de estudio que trabajan materias sobrenaturales, predicadores que preparan su predicación de mañana… no tendrán ni siquiera la idea de introducir estas materias en su vida de oración.

Seglares que dirigen obras de acción se prohibirán pensar en estas materias durante su oración. Hombres que pasan su vida sobre las miserias del prójimo para socorrerla, apartarán el recuerdo de sus pobres mientras asisten a la misa. Apóstoles abrumados de responsabilidades con miras al Reino de Dios, considerarán casi una falta el verse acompañados por sus preocupaciones y sus inquietudes.

Como si toda nuestra vida no debiera ir orientada hacia Dios, como si pensar en todas las cosas por Dios, no fuera ya pensar en Dios; o como si pudiéramos liberarnos a nuestro arbitrio de las solicitudes que Dios mismo nos ha puesto. Es tan fácil, en cambio, tan indispensable, elevarse, perderse en Él, partiendo de nuestra miseria, de nuestros fracasos, de nuestros grandes deseos. ¿Por qué, pues, echarlos de nosotros, en lugar de servirnos de ellos como de un trampolín? Con sencillez, pues, arrojar el puente de la fe, de la esperanza, del amor entre nuestra alma y Dios.

Una espiritualidad sana da a los métodos espirituales su importancia relativa, pero no la exagerada que algunos le atribuyen. Una espiritualidad sana es la que se acomoda a las individualidades y respeta las personalidades. Se adapta a los temperamentos, a las educaciones, culturas, experiencias, medios, estados, circunstancias, generosidades… Toma a cada uno como él es, en plena vida humana, en plena tentación, en pleno trabajo, en pleno deber. El Espíritu que sopla siempre, sin que se sepa de donde viene ni a donde va (cf. Jn 3,8), se sirve de cada uno para sus fines divinos, pero respetando el desarrollo personal en la construcción de la gran obra colectiva que es la Iglesia. Todos sirven en esta marcha de la humanidad hacia Dios; todos encuentran trabajo en la construcción de la Iglesia; el trabajo de cada uno, el querido por Dios, será el que a cada uno se revelará por las circunstancias en que Dios lo colocará y la luz que a él dará en cada momento.

La única espiritualidad que nos conviene es la que nos introduce en el plan divino, según mis dimensiones, para realizar ese plan en obediencia total.

Todo método demasiado rígido, toda dirección demasiado definitiva, toda sustitución de la letra al espíritu, todo olvido de nuestras realidades individuales, no consiguen sino disminuir el ímpetu de nuestra marcha hacia Dios… En todo camino espiritual recto, está siempre al principio el don de sí mismo. Antes que toda práctica, que todo método, que todo ejercicio, se impone un ofrecimiento generoso y universal de todo nuestro ser, de nuestro haber y poseer… En este ofrecimiento pleno, acto del espíritu y de la voluntad que nos lleva en la fe y en el amor al contacto con Dios, reside el secreto de todo progreso.  

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El examen de conciencia

Formas del examen de conciencia:

1 ¿Estoy contento de mí?: de Séneca, los estoicos o aun los budistas. Es un examen de corrección, es frío y seco. Desconoce la fe y la caridad.

2. ¿Está Dios satisfecho conmigo?: Algunas pasan en esto. La dificultad está en que debilita mi esfuerzo, provoca insatisfacción y lleva al complejo de inferioridad o a dejar el examen. No sé lo que Dios piense de mí, lo sabré en el cielo.

3. ¿Estoy contento de Dios?: Examen ignaciano. ¿Estoy contento de su voluntad, de lo que manda, de mi deber de estado, de mis superiores, de mi tiempo? ¿Coopero en el sitio y forma que Él me ha puesto, sin protestas? San Francisco de Sales afirma: El que muere totalmente satisfecho de Dios, no pasa por el purgatorio.

El fruto de este examen: de renovar cada día mi entrega, mi voluntad de cooperar, mi docilidad alegre y entera a mi Jefe, doliéndome de mis deficiencias. Al verme a mí contento con Él y con toda su voluntad, Él estará contento conmigo.
 

Enemigos de mi dependencia de Dios:

1. La falta de amor

2. Los "diablos":

a.      El gran diablo de la rebelión, se llama "No". Es menos peligroso porque es demasiado explícito.

b.      Los diablejos, cada uno con su nombre:

-          El "Sí" condicional. Se contenta con virtudes condicionales, que es lo mismo que ilusorias. Si sana el enfermo… si pasa el examen… todo con un si.

-          El "Pero", la objeción… Limita la entrega. No es donación total.

-          El "Salvo", menos excepto, es el diablo de la excepción. Con una excepción todas las virtudes se tornan paralíticas… Nada se hace si falta algo esencial. Es lo que hago yo al limitar mi entrega. Todo puedo perderlo si limito mi entrega.

Conclusión: expulsar al diablo y a los diablillos, origen de todos nuestros pecados y desórdenes y dar lugar al verdadero amor que no conoce condiciones, objeciones ni excepciones. Así nuestra alma estará dispuesta a la cooperación honrada con Nuestro Señor.

C.   La Compunción

La contrición humana es la amargura por mi falta que me empequeñece. La contrición cristiana puede hacerse sin la gracia. No es para aplastarse sino para aplastar al pecado. No matar al hombre con pretexto de matar al pecado. No usa fórmulas hechas y artificiales. Es la verdad: Digo al Señor lo que pienso de mí. Le cuento mi vida real… voy a mi Padre que me aguarda en mi casa, la Iglesia, con todos los de Dios y los míos. Con confianza: Dios respeta siempre los lazos que ha creado. Le digo que quiero ser mejor y le pido perdón por medio de todos mis hermanos, cuyos méritos son también míos. Presentarme ante Dios como el que va sin entrada al teatro, en medio del grupo, y entra por los méritos del grupo.

Los frutos: la contrición cristiana se traduce en caridad: reconozco bienhechores en todos. Se traduce en humildad: agradecido yo de su ayuda para mi perdón. Se traduce en alegría: porque es la verdad y me anima a cooperar. Se traduce en unidad: cada uno beneficiándose de los demás y a los demás y sintiéndose unido a ellos. Se funda en la verdad, la justicia, el orden: engendra paz y caridad.

La contrición verdadera y perfecta es la que produce desapego al pecado. La que me mueve a detestarlo… Lo detesto porque afea a la Iglesia y porque hace daño a su obra.


D.   Conocer los peligros personales

Cada uno tiene sus peligros propios y hay que conocerlos. Hoy se jactan de decir "lo se todo". Todo menos yo mismo.

Pueden decirte cuál era el punto más vulnerable de la armada de Aníbal, pero no cuál es el punto más vulnerable de su propio corazón. Han estudiado la composición de los terrenos cuaternarios o primarios, pero no el fondo de su corazón. Poseyendo las ciencias paleontológicas, viven en la superficie de su alma. Conocen la historia del universo, ignoran la propia.

El demonio nos da el ejemplo de la necesidad del examen, pues estudia nuestros puntos débiles para atacarnos.

Alberto Hurtado, S.J.
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