| Burnout en los Sacerdotes de Santiago |
|
|
|
| Domingo, 01 de Agosto de 2004 00:00 | |||||||||||||||||||
|
Desde hace un par de décadas, el término “burnout” se ha ido haciendo cada vez más familiar entre los profesionales que trabajan directamente con personas, como psicólogos, médicos, enfermeras, profesores, asistentes sociales, etc. Su traducción al castellano habla de alguien que está “fundido” o “quemado” y se utiliza para describir una constelación de síntomas, que van desde lo emocional a lo físico, propios de quienes se involucran cotidianamente con personas en problemas. Vale decir, se habla de “burnout” para referirse a un tipo particular de estrés laboral que se da en profesionales de ayuda. ¿QUÉ ES EL BURNOUT? Mientras trabajaba en una clínica de Nueva York para drogadictos, H. Freudenberger observó que, tanto en los voluntarios como en los profesionales, se producía una progresiva pérdida de energía, hasta llegar al agotamiento, así como desmotivación para el trabajo, junto con varios síntomas de ansiedad y de depresión. Se sorprendió con las reacciones de creciente insensibilidad de los voluntarios, aparejadas con el desarrollo de actitudes poco comprensivas y hasta agresivas en relación con los pacientes, con un trato distanciado y desinterés progresivo por sus problemas. Para describir este fenómeno eligió la misma palabra -burnout- que se utilizaba para referirse a los efectos del consumo crónico de las sustancias tóxicas. Freudenberger definió luego con más precisión el burnout señalando que se entiende como "una sensación de fracaso y una experiencia agotadora que resulta de una sobrecarga por exigencias de energía, recursos personales o fuerza espiritual del trabajador" (2). Este estado se encontraría al final de un proceso de elevado compromiso del trabajador en su labor: la "adicción al trabajo". Más comúnmente se habla de burnout como un proceso de desgaste y agotamiento de los recursos psicológicos para el afrontamiento de las crecientes demandas del trabajo con personas. Este desequilibrio prolongado, habitualmente no reconocido y mal resuelto, determina un esfuerzo crónico que tiende a perpetuar la sensación de “estar fundido” que es propia del burnout. Edelwich y Brodsky (3), proponen cuatro fases por las cuales pasa todo individuo con burnout: 1.-Entusiasmo, caracterizado por elevadas aspiraciones, energía desbordante y carencia de la noción de peligro. 2.-Estancamiento, que surge tras no cumplirse las expectativas originales. 3.-Frustración, núcleo central del síndrome y momento en que comienzan a surgir problemas emocionales, físicos y conductuales. 4.-Apatía, que sufre el individuo y que constituye el mecanismo de defensa ante la frustración. Paralelamente, Maslach y Jackson afinan el concepto a partir de varios estudios empíricos y entienden el burnout como "un síndrome tridimensional caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y reducida realización personal" (4). Esta tridimensionalidad del burnout es la que se expresa en el Inventario de Burnout de Maslach (MBI), que se ha convertido en el instrumento más utilizado en la medición del fenómeno. Cada uno de los componentes son definidos como: · Cansancio emocional: sensaciones de sobreesfuerzo físico y hastío emocional producidas como consecuencia de las continuas interacciones que los trabajadores deben mantener entre ellos, así como con los “clientes”. · Despersonalización: el desarrollo de actitudes pseudocomprometidas hacia las personas a quienes los trabajadores prestan sus servicios. · Reducida realización personal: pérdida de confianza en la realización personal y la presencia de un negativo autoconcepto, muchas veces inadvertido. Maslach y Jackson postulan que el síndrome ocurre exclusivamente en las profesiones de ayuda, y se desarrolla desde un punto inicial de gran motivación e involucración personal, a la pérdida del interés hacia las personas con las que trabajan, los colaboradores y la institución. En síntesis, hablamos de burnout como "un estado de agotamiento mental, físico y emocional, producido por la involucración crónica en el trabajo en situaciones emocionalmente demandantes" (5), que se da particularmente en personas que se comprometen fuertemente en lo que hacen, autoexigentes, idealistas, y que no cuentan con buenos soportes organizacionales y sociales. El agotamiento físico se caracteriza por baja energía, fatiga crónica, debilidad general y una amplia variedad de manifestaciones psicosomáticas. El agotamiento emocional incluye sentimientos de incapacidad, desesperanza y de alienación con el trabajo, también incluye el desarrollo de actitudes negativas hacia uno mismo, hacia el trabajo y a la vida misma. EL EJERCICIO DEL SACERDOCIO HOY: CONDICIONES DE VULNERABILIDAD El estudio sobre el burnout en los sacerdotes supone que éstos pueden ser considerados como profesionales de ayuda que cumplen un rol social de asistencia y de orientación, que trabajan utilizándose ellos mismos como herramienta para la acogida y resolución de problemáticas de las personas que acuden a ellos. A eso deberíamos agregar, como elementos que hacen más exigente la labor del sacerdote -y pudiesen eventualmente hacerlos más propensos- algunos requerimientos propios de la condición sacerdotal como son, la ambigüedad en las demandas de los fieles, las exigencias al rol sacerdotal, así como las transformaciones socioculturales y su impacto en la religiosidad. a) Sobre la condición sacerdotal: el sacerdocio más que una profesión constituye una condición ontológica, es decir, la ordenación sacerdotal toca al ser y sólo secundariamente al hacer. Aproximarse entonces al sacerdocio como un conjunto de funciones o de competencias sería incompleto. Se es sacerdote las veinticuatro horas del día y todos los días de la semana. Ello en virtud de la acción de la Gracia que ubica al estado sacerdotal en un límite difuso entre lo humano y lo sobrenatural. El Decreto Presbiteriorum Ordinis elaborado durante el Concilio Vaticano II señala: “Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, son en realidad segregados en cierto modo, en el seno del Pueblo de Dios: pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena, ni podrían tampoco servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos” (6). Es decir, el sacerdote, para cumplir con sus tareas es uno más, convive con los otros hombres, está inserto en el mundo, pero su experiencia de una “vida distinta” a la de este mundo -la cual sólo es posible en medio de una consagración absoluta a Dios-, lo marca de tal manera que se abre una brecha entre él y la realidad cotidiana, o mejor dicho, produce una transformación de las formas de la cotidianeidad, descubriendo en ésta otra dimensión, normalmente invisible (7). Aún confiando en la intervención divina, lo anterior requiere de un complejo proceso psicológico de desidentificación, el cual fácilmente puede entrar en contradicción con el perfil heroico con el cual ingresan los seminaristas (8) y con la manera de entender el llamado a la perfección que está en los textos del mismo Magisterio, que proponen un “modelo” a seguir. En el documento conciliar ya citado, por ejemplo, se alude a las “virtudes sacerdotales” (trato humano, bondad de corazón, sinceridad, urbanidad, etc) (9), y se señala que los presbíteros consagrados por la unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo “mortifican en sí mismos las obras de la carne” (10). Se propone entonces avanzar hacia la perfección por el camino de la voluntad, el cultivo conciente de ciertas virtudes y buenos hábitos, así como la prevención contra las tentaciones. Se entiende que el sacerdote muchas veces no sepa manejar su humanidad, y que pueda sentirse expuesto a la evaluación, o que la impronta del rol se transforme en una pesada carga. b) Las demandas de los fieles: históricamente -en especial en nuestros países latinoamericanos- hasta hace poco, las órdenes religiosas, las parroquias y los sacerdotes cumplieron una enorme y diversa cantidad de funciones, conservando hasta hoy una alta centralidad y alto estatus social. En especial en los sectores más pobres, el sacerdote es consultado en todo tipo de materias y se espera que dé respuestas ante una gran variedad de problemas. Cabe destacar que en un estudio realizado por CISOC-Bellarmino con párrocos de Santiago hace algunos años, en un contexto laboral descrito como "agobiante", sobre el 70% de los participantes declaró que eran un problema importante para su trabajo pastoral las excesivas demandas de los fieles(11). En ese mismo estudio, una cifra similar de sacerdotes manifestaba que se le hacía problemático tratar de compatibilizar las expectativas de la gente con las de la Jerarquía. Vale decir, la dificultad para manejar las peticiones de los fieles, así como la discrepancia entre lo pastoral y lo doctrinal parecen ser fuentes importantes de tensión. Otro estudio realizado posteriormente, evidenció que las expectativas que tienen los sacerdotes respecto del propio rol no siempre coinciden con las de los laicos. Mientras los sacerdotes tienden a delegar las tareas sacramentales en los diáconos, los laicos las consideran mayoritariamente propias del sacerdote. Los laicos ven más al sacerdote como un consejero, de lo que ellos se ven a sí mismos. Los laicos, en su mayoría, ven al sacerdote con menos protagonismo en el Consejo Parroquial que los propios sacerdotes. En fin, existen percepciones diferentes respecto de lo que es la labor sacerdotal (12). A esto se puede agregar que hay importantes diferencias respecto de lo que se le pide a un sacerdote de acuerdo al sexo, la edad y el nivel socioeconómico de los fieles. Cabe señalar también, que las demandas de los laicos, y en particular de quienes están más cerca de los sacerdotes, suelen ser ambiguas, e incluso contradictorias: “Por una parte, se le pide al sacerdote que se humanice, que salga al mundo, que se empape de la realidad cotidiana, tal cual es, para así ser más comprensivo, más aterrizado en sus consejos y homilías; por otra parte, no se quiere renunciar a ver al sacerdote como un hombre diferente, a veces un superhombre, no sólo de gran versatilidad por su formación, sino de cualidades excepcionales, capaz de inspirar a la comunidad parroquial con su sola presencia. Se le pide que salga, pero a la vez, que esté cuando se lo necesita; que delegue, pero no se tiene claridad de lo que corresponde al laico... En fin, no se puede dejar de mencionar una cierta pasividad del laicado, una actitud de demanda y dependencia hacia el sacerdote”. (13) c) El rol del sacerdote en una Iglesia en transición: “No hay que ser muy perspicaz para captar que estamos asistiendo, desde el punto de vista eclesial, a una mutación histórica: la lenta pero imparable sustitución del modelo de Iglesia como 'sociedad perfecta', por otro, el de una 'Iglesia de comunión'. Este modelo ya posee una expresión teológica sólida (una eclesiología), pero está aún a la espera de una traducción jurídica e institucional coherente…” (14). Hace cuatro décadas, el Concilio Vaticano II recogió las voces que pedían un cambio en el estilo tradicional, vertical y jerárquico de funcionamiento en la Iglesia, invitó a la participación y compromiso de todos los bautizados en idéntica dignidad (llamados todos a su vez al sacerdocio), valorando la pluralidad de vocaciones y carismas, convocados como Pueblo de Dios a través del misterio de la comunión. Esto constituye un giro en el estilo predominante de ser y hacer Iglesia durante siglos, e indudablemente toca el imaginario y la posición social del clero, así como la autoridad, las funciones y los énfasis del trabajo sacerdotal. La Iglesia vive en gran medida cruzada por distintas interpretaciones del Concilio, ante el desafío de su implementación, ensayando fórmulas para encarnar esta nueva eclesiología, lo cual supone cuestiones organizacionales que hacen que el rol del sacerdote (y el estilo con que se ejerce) sea más difuso que antes y quede más expuesto a las circunstancias y a las expectativas de los fieles. d) Cambios culturales y su impacto en la religiosidad: Quizás este es el punto más trabajado y sobre el cual existe mayor conciencia en la Iglesia: la secularización de la sociedad propia de la modernidad vive en estos días un acelerado proceso de profundización, en especial, en países como el nuestro. Lo religioso institucional pareciera tener cada vez menos peso en la construcción del sentido de vida de los sujetos. Por el contrario, los grandes relatos, las grandes utopías y movimientos sociales van siendo desplazados por la autonomía y el deseo de autorrealización del ser humano, y la búsqueda espiritual individual asume mayor importancia frente a la afiliación a una institución mediadora. La sociedad se pluraliza y la “oferta” religiosa se hace más amplia, aumentando en número los cristianos sin iglesia o las prácticas mixtas. Por otra parte, el concepto tradicional de autoridad se ve cuestionado. Todo lo anterior hace necesaria la introducción de cambios profundos en la posición social del sacerdote y en su relación con la comunidad de creyentes en general. METODOLOGÍA Tomando en cuenta lo anterior más la experiencia de trabajo de años de CISOC-Bellarmino con el personal consagrado, quisimos contar con una medida objetiva sobre la sensación desgaste de los sacerdotes, que permitiera hacer comparaciones con otros grupos. Así se decidió realizar este estudio sobre el burnout sacerdotal, mediante la aplicación del Inventario MBI (Maslach Burnout Inventary) (15), a una muestra de sacerdotes de Santiago. Esta muestra se construyó invitando a la totalidad de sacerdotes de la Arquidócesis a participar voluntariamente a través de sus respectivas Vicarías Zonales. Finalmente, se obtuvieron 127 respuestas válidas, lo que equivale al 15,17% de los sacerdotes de Santiago. La información obtenida se analizó por medio de las herramientas que contiene el paquete estadístico para ciencias sociales (SPSS), estableciendo estadísticas descriptivas básicas para cada ítem y escala del Test MBI, y explorando correlaciones entre estos resultados con los obtenidos en una encuesta aplicada paralelamente, en la cual se recogía información sobre clima y satisfacción laboral, las redes sociales, y sentido de pertenencia eclesial.
La primera recomendación que surge del estudio es tomar conciencia del problema e informarse sobre éste. A partir de ello, se pueden revisar los estilos de vida individuales y las actitudes frente al trabajo, además de las condiciones y formas en que se organizan las labores sacerdotales, en particular parroquiales, como también la vida comunitaria. La segunda recomendación es incorporar, a nivel del clero, algo que ya forma parte del lenguaje de los profesionales que trabajan con personas: la noción de "autocuidado". Así como el autocuidado ya está incluso contemplado en las mallas curriculares de diversas profesiones, ¿por qué no pensar que se pudiera incorporar en los planes de formación para la vida religiosa?. También se propone la realización de talleres y desarrollar activamente estrategias de prevención. Todas estas iniciativas sin dejar de considerar la necesaria importancia de la vida de oración y el acompañamiento espiritual de cada sacerdote. Gonzalo Miranda Hiriart Javier Romero Ocampo
Powered by !JoomlaComment 3.26
3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved." |
|||||||||||||||||||