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La persona contemporánea y la Iglesia PDF Imprimir Correo
Viernes, 01 de Octubre de 2004 00:00

Las características de las personas que viven en nuestro mundo postmoderno han sido enumeradas y evaluadas un sinnúmero de veces con respecto a los problemas que nos urgen hoy. El mismo boletín pastoral publicó un ensayo en agosto de 2000 sobre la complejidad del ethos dentro del cual estamos obligados a vivir nuestra fe (“La religiosidad en un contexto postmoderno”). La labor pastoral nos obliga a detenernos para estudiar nuestra realidad y aprovechar la sabiduría de aquellos que también han tenido que enfrentarla. En este número queremos ofrecer la intervención del Cardenal Godfried Danneels sobre su experiencia con el problema, presentada en el Consistorio extraordinario de los Cardenales en Roma, en 2001.


Como Cardenal arzobispo de Mechelen-Brusselas, Belgica, Godfried Danneels, tiene una profunda comprensión de la seriedad de la secularización que existe en Europa del norte, una situación que afecta a toda la Iglesia universal en un grado más o menos apremiante. Lo que encontramos notable es su selección de los problemas que él considera de más urgencia en la Iglesia. Al leer sus palabras es importante recordar que es una “intervención”, un hecho que lo define como algo necesariamente corto. Por lo tanto, no pretende tocar todos los elementos incluidos en un asunto, sino simplemente indicar un problema que requiere atención y sugerir el rumbo de los esfuerzos necesarios para responder en forma adecuada. 

Esperamos que las palabras del Cardenal nos ofrezcan materia para nuestra consideración y, ojalá, evoquen nuevas categorías para nuestra reflexión. Una vez más  reiteramos nuestro interés en recibir su opinión respecto a este material o cualquier otro que aparece en el Boletín.

ÍNDICE
1.- La débil percepción de la realidad sacramental: la persona contemporánea...
2.- La necesidad de la participación: a los hombres y mujeres modernos...
3.- La persona humana vacila antes de la Verdad...
 

Los problemas que enfrentan la Iglesia en nuestros tiempos son muchos. He elegido tres, plenamente consciente de que esta selección es incompleta y parcial. Con seguridad estoy bajo la influencia de la situación de Europa del norte donde las Iglesias están expuestas a los efectos negativos de la secularización. Sin embargo, me arriesgo hacer un breve análisis del personaje occidental contemporánea. A continuación, presento tres problemas urgentes para su consideración:
 

1.  La débil percepción de la realidad sacramental: La persona contemporánea
está enamorada de los ritos y de la ritualización en general, pero extrañamente alérgica a los sacramentos cristianos.

Las Iglesias occidentales del cristianismo establecido están pasando por una profunda crisis en su percepción de la sacramentalidad. Es como si la persona occidental tuviera un punto ciego. En el ministerio pastoral, los sacerdotes están tentados a replegarse hacia atrás, enfocando su ministerio más bien en la palabra y la diakonia  o servicio. La situación sólo se agrava por el descenso en el número de sacerdotes.

En todo caso, los sacramentos han dejado de ser el centro de gravedad para la pastoral católica. De hecho, aunque los hombres y mujeres contemporáneos todavía entienden el poder de la palabra y la relevancia del servicio diaconal en la Iglesia, tienen muy poca comprensión y apreciación de la realidad del mundo sacramental. Como resultado, la liturgia corre el peligro de ser dominada, en gran parte, por un exceso de palabras o, de ser considerada meramente como un modo de recargar las pilas para tomar parte en el servicio y en la acción social. La Iglesia parece ser nada más que un sitio donde uno habla y donde se ponga al servicio del mundo. La vida sacramental está cambiando su puesto desde el centro de la Iglesia, a la periferia. ¿Será tal vez comparable a una lenta e inconsciente protestantización de la Iglesia desde adentro?

Sea como sea, esta orientación podría tener consecuencias serias para la naturaleza de la Iglesia, para el ministerio del Orden y los sacramentos. Podría aun destruir el debido concepto católico de la predicación que no es la mera retórica del mercado, y de la diakonia  que no es meramente filantropía.

Las causas de esta situación son, sin duda, muchas y variadas. En todo caso, no es, como algunos insisten, que la sensibilidad simbólica corre riesgo de ser perdido. La verdad es que jamás ha existido un apasionamiento tan marcado por los ritos como en el caso de nuestros contemporáneos; florecen como la vegetación exuberante de una selva tropical. Inventan y encuentran mercado ritos seculares y cósmicos, ritos ligados a la religión natural para todos los acontecimientos de la vida humana: el nacimiento, la pubertad, el matrimonio y la muerte. ¿Acaso hemos vuelto a los tiempos de los druidas célticos o de las religiones arcanas?

Lo que está en peligro aquí es la fundación histórica y cristológica de los ritos sacramentales cristianos que distinguen los sacramentos de la Iglesia, en forma singular, de los ritos y símbolos humanos-universales. Además, los ritos de la religión natural se encuentran completamente frustrados por tres problemas que todos nosotros tenemos que enfrentar: la brevedad de la vida humana, la muerte que nos espera y el pecado. Estos ritos nuevos no nos pueden ofrecer la verdadera conversión de corazón sino sólo ilusiones terapéuticas.

De este modo se prolonga el énfasis en la “palabra” y se practica la diakonia -“servicio” con gran generosidad pero, desafortunadamente, dejamos de un lado el tesoro más precioso de la Iglesia Católica: la liturgia y los sacramentos. ¿No fue la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano Segundo que afirma que la liturgia, lejos de ser agotada, es la fuente desde donde todo fluye, y el final hacia donde todo lo que la Iglesia hace por la salvación de la raza humana, converge?
 

2. La necesidad de la participación: A los hombres y mujeres modernos les encantan la participación y, al contrario, tienen mucha dificultad con la autoridad.
            
El tema de la colegialidad en la Iglesia es, quiere o no, la primera prioridad eclesial en la agenda de la opinión pública y de los medios de comunicación. Además es, eminentemente conciliar. Mientras el mundo se expande y es cada vez más diversificado, sigue persiguiendo la unidad, la integridad. Aquí tenemos un desafío enorme para la Iglesia del futuro: guardar firmemente su unidad dentro de una amplia inculturación y una generosa diversidad. También, la paradoja perenne de la Iglesia sigue siendo: la relación entre Pedro y los Once, es decir, entre la primacía de Pedro y la colegialidad de los obispos. Esta paradoja es congenital y atraviese los milenios. Para el tercer milenio, el problema de la colegialidad será uno de los desafíos más grandes que nos enfrenta.

La Iglesia jamás será protegida de tensiones con respecto a la colegialidad. Algunos sueñan con solucionar el problema por la exaltación de alguno de los polos extremos al perjuicio del otro, sea a través de elevar la primacía de Pedro al detrimento del colegio episcopal o, por reducir el papel de Pedro a favor de los obispos. Sin embargo, la solución no puede consistir en bailar en un solo pie. Requiere el refuerzo de ambos polos, tanto la primacía como la colegialidad. Un mundo en expansión, con todas sus diferencias que añoran la unidad, requiere un Pedro más fuerte y sólido y un Colegio Episcopal más vigorosamente efectivo.

No tenemos el instrumento perfectamente apropiado para realizar este equilibrio; las herramientas para activar la colegialidad no están preparadas. Debiéramos encontrar una configuración y articulación más precisa y efectiva entre los cuatro componentes: la Curia romana, las conferencias de obispos, los sínodos y el consistorio de los cardenales.

Mis hermanos cardenales han propuesto una cierta decentralización, vis-a-vis las iglesias locales, respecto al procedimiento de elegir obispos, la administración de justicia en la Iglesia y las relaciones entre la Curia y las conferencias episcopales locales. Su propuesta merece una seria consideración, aunque tal vez una resolución no sea inmediatamente alcanzable.

Respecto al sínodo de los obispos, es ciertamente el instrumento privilegiado de la colegialidad pero su buen funcionamiento requiere un mejoramiento. En su actual modo de funcionar, no permite un verdadero debate en el Colegio Episcopal alrededor de Pedro. Su Santidad Juan Pablo II comentó, hace poco, que las primeras dos semanas (del sínodo) ofrecen un mapa geográfica interesante del problema. La tercera semana -dedicada a los grupos pequeños- es demasiada corta y sufre de una mala dirección: no permite una verdadera confrontación de ideas. Los informes en las sesiones plenarias que siguen son, francamente, decepcionantes y frustrantes. Respecto a la cuarta semana, el proceso arduo y doloroso del “trabajo suplementario” termina produciendo apenas unas pocas propuestas. Afortunadamente, el Santo Padre nos salva a través de su exhortación pos sinodal.

Considero que es necesario fomentar una verdadera cultura de debate en la Iglesia. También es cierto que los mismos padres sinodales podrían ser más francos y más pertinentes en sus intervenciones. La falla no está solamente en el método de los procedimientos (ordo procedenti). “Para todo hay una temporada oportuna”, dice Eclesiastés. Hay un momento oportuno para las homilías y otro momento apropiado y preciso para las intervenciones sinodales.

¿Debiéramos tener miedo frente al debate en la Iglesia? Todo el contrario. Si los padres sinodales pongan el amor de la Iglesia por sobre todo sus preferencias personales y aquellas de sus iglesias locales, si tienen el coraje de protegerse de las influencias y presiones exteriores –por dondequiera que vienen- y si tienen una fe profunda en el ministerio de Pedro y en la asistencia del Espíritu Santo, entonces una cultura de debate sería beneficiosa, provechosa y aun, indispensable. Es importante recordar que un sínodo, antes de ser un asunto de la gestión y administración de la Iglesia, es primero y ante todo un asunto de celebración. ¡El Espíritu Santo está presente!

 


3. La persona humana vacila antes de la Verdad; se siente impotente antes de lo Bueno pero ama la Belleza.

Para evangelizar a los hombres y mujeres contemporáneos es ciertamente necesario ser sólidamente enraizado en las Escrituras y la tradición. Pero es igualmente importante que las personas dedicadas a la evangelización tengan una profunda afinidad con la cultura de su tiempo. Sería una falla seria en la formación de nuestros seminaristas, sacerdotes y laicos sí los curricula de nuestras instituciones de educación fueron limitados y restringidos por nuestra pusilanimidad y falta de coraje para evaluarlos. Es de absoluta necesidad que las personas dedicadas a la evangelización sean conscientes de la inmensa riqueza de la cultura contemporánea: su ciencia y tecnología, la vida de la mente en sus diversas corrientes, la literatura, los artes, el teatro –en sumo, la fascinante vida entera de nuestro mundo de hoy.   Nuestros sacerdotes y laicos comprometidos indudablemente necesitan un marco sólido de conocimientos bíblicos, dogmáticos y morales, capaz de resistir las tempestades otoñales de una civilización envejecida, amenazada por una osteoporósis cultural. Pero también se necesitan gran sensibilidad frente a las variaciones de su ambiente cultural, lo cual requiere una formación amplia y verdaderamente pluralista.

Siguiendo el mismo hilo de pensamiento, me pregunto si estamos aprovechando suficientemente una de las puertas más accesibles para llegar a Dios- la puerta llamada la Belleza. De veras, Dios es la Verdad, la Santidad y la Perfección Moral pero Dios es también la Belleza. Uno puede encontrar a Dios a través de la puerta de la verdad porque la verdad nos atrae. Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos hacen eco a Pilato con su pregunta: “¿Qué es la verdad?” y permanecen afuera, sin entrar por esta puerta. Dios como la perfección moral y la santidad también nos atrae. Pero muchos dirán, “Aunque me atrae, soy incapaz de la perfección”, y ellos también permanecen afuera, marcados e incapacitados por su debilidad moral. Pero la Belleza nos desarma, es irresistible para los hombres y mujeres contemporáneos. Alumnos jóvenes discuten y estudian cursos sobre asuntos dogmáticos (la Verdad) y la moralidad (lo Bueno) pero después de escuchar la “Pasión según San Mateo” de Johann Sebastián Bach, se quedan sin habla frente a su belleza. La Iglesia tiene tantas cosas bellas para decir y mostrar al mundo, no sólo de su herencia artística pero también de tantos santos que brillan por la belleza de sus vidas, San Francisco de Asís con su Cántico del Sol, San Juan de la Cruz y su poesía, para nombrar sólo dos. Se requiere un cambio de énfasis.

Hay mucho más aquí que la estética. Para aquellos que todavía tienen sus dudas, permítenme recordarles que la belleza tiene todo que ver con la verdad: “La Belleza es el esplendor de la verdad”. Y la belleza tiene todo que ver con lo bueno. Los griegos juntaron las dos palabras en una sola: kaloskagathos.  La Belleza puede hacer, entonces, una síntesis de la verdad y la bondad.

Verdad, Bondad, Belleza. Tenemos aquí tres caminos de acceso a Dios pero la Belleza ha sido muy poco explorado como acceso a lo divino en la teología y catequesis de nuestros días.

¿No sería el momento de atender a este vacío?
 

Publicado en la revista “America”, julio 30 – agosto 6 de 2001.

 

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