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Hace dos años, el Boletín Pastoral presentó una serie de artículos sobre la “misión” en el mundo de hoy. Desde un concepto algo limitado del “trabajo misionero” en el extranjero, la misión ha cobrado nueva importancia en el mundo pastoral actual con su acento en la necesidad de la dimensión misionera en la parroquia de hoy. Sabemos que las encíclicas papales y el “Noveno Sínodo de la Arquidiócesis de Santiago” (1997) nombraron la misión entre los temas de más urgencia en nuestra realidad eclesial. De un significado amplio, los artículos nos ayudaron a mirarla, desde una variedad de ópticas, como proceso de: evangelización, diálogo, inculturación, liberación humana, reconciliación, opción por los pobres y el poder del Espíritu.
La contribución del P. Robert Schreiter sobre los contextos y orientaciones de la misión cristiana en el tercer milenio, nos ofrece la posibilidad de examinar la naturaleza y la calidad de nuestra respuesta al llamado del Evangelio dentro de un mundo complejo. La naturaleza de los “contextos” dentro de los cuales nos encontramos tendrá su efecto sobre la forma que toma la misión de la Iglesia Católica en este milenio y, finalmente, decidirá el contenido y el modo de realizar nuestra tarea pastoral.
ÍNDICE
La misión hoy: los contextos y las orientaciones La segunda década de la globalización Sociedades en situaciones de post-conflicto Cuatro tendencias actuales de la misión
La misión hoy: los contextos y las orientaciones
Una de las muchas cosas que nos enseñó David Bosch en su magnum opus sobre la misión (1) fue la necesidad de tomar en cuenta el contexto para poder reconocer la forma de la motivación y actividad misionera. Los así llamados paradigmas de misión son organizados alrededor de los principios que, de alguna manera, encuentran resonancia en el ambiente cultural más amplio. Encontramos una clara ilustración en el contraste fascinante que se puede establecer entre el entendimiento medieval de Europa occidental respecto a la misión, por un lado, y las comprensiones que surgieron con los viajes de descubrimiento que empezaron al final del siglo XV.
Bosch nos recuerda que a través de gran parte de la Edad Media, fue Lucas 14:23 (“Anda por los caminos y por los límites de las propiedades y obliga a la gente a entrar, de modo que mi casa se llene”) el que sirvió como motivación bíblica para la misión. De acuerdo con esta comprensión, la misión no fue orientada tanto hacia el salir como al entrar. La Cristiandad (Christianitas- el nombre medieval para Europa) fue vista como el centro de las cosas, con un tipo de periferia alrededor. Los no cristianos fueron invitados a entrar a la Cristiandad. Como consecuencia, durante la última parte de la Edad Media, después de la conversión de Europa, existía muy poca actividad de tipo misionera organizada. Era la obra de individuos o pequeños grupos más bien que un esfuerzo sistemático misionero de parte de la Iglesia.
Fueron los descubrimientos del final del siglo XV los que expandieron las perspectivas respecto del tamaño del mundo y la extensión de la periferia alrededor de la Cristiandad. Se hizo necesario cambiar totalmente la manera de mirar el mundo. Justiniano von Welz (1621-1668) fue quien ayudó a efectuar este cambio. A través de su influencia, Mat 28:20 -el Gran Mandato (2) llegaría a ser la motivación para la misión. Muchos presuponen que el Gran Mandato siempre fue la fuerza y la motivación para la actividad evangelizadora, sin embargo, además de tener una historia mucho más corta, es de carácter claramente contextual.
Quiero mirar, primero, dos contextos en los cuales la misión de la Iglesia está sucediendo. Sin lugar a dudas, existen otros contextos pero estos dos merecen atención en nuestros esfuerzos para discernir la dirección de la misión cristiana hoy. En segundo lugar, quiero mirar cuatro orientaciones actuales en la área de la religión, que son el resultado de los contextos en los cuales se efectúa la misión. Varias de estas tendencias no son nuevas, pero han tenido sus modificaciones debido a aquellos contextos cambiantes. Por lo tanto, son “tendencias” en el sentido de que surgen de estos contextos y, en algunas instancias, también responden a ellos. Si queremos responder en forma fiel al llamado del Evangelio hoy, me parece necesario tomarlos en cuenta.
Las dos mayores características contextuales para la misión son: 1) La globalización que está entrando en su segunda década, y 2) la reconstrucción de sociedades que han sufrido del conflicto interior.
La segunda década de la globalización
La globalización es un rasgo ineludible del siglo XXI. Si tomamos como punto de partida la caída del Muro de Berlín y el eclipse de las economías socialistas, estamos entrando en su segunda década. Mi deseo es destacar cuatro puntos que son particularmente prominentes
1) Nuevos patrones en la economía mundial
La globalización económica mundial es más visible a través de la difusión de las formas neoliberales de capitalismo. También es el aspecto que ha recibido más oposición. Está transformando no solamente el ámbito económico sino también las relaciones sociales. Algunos observadores sugieren que la transformación que vendrá a través de esos dos factores gemelos, como son los cambios en la tecnología de comunicaciones y la globalización económica, tendrán un impacto social comparable en extensión y profundidad a la Revolución Industrial. Estamos viviendo todavía en medio de estos cambios dramáticos.
Otros autores sugieren que la globalización económica está transformando la nación-estado -entidad política fundamental desde el fin del siglo XVIII- en un estado-mercantil que servirá al mejoramiento económico. Lo que queda claro es que la globalización económica está causando cambios violentos, sobre todo en los países más pobres. Las protestas en contra de la globalización parecen haber tenido efecto, visto que el Banco Mundial, la Organización de Comercio Mundial y el Fondo Monetario Internacional están refiriéndose más a las preocupaciones suscitadas. Incluso, personas que tuvieron posiciones de gran responsabilidad en estas organizaciones, han publicado críticas respecto al mal manejo de la globalización y los efectos devastadores en las sociedades mundiales. (3)
La segunda década de la globalización estará marcada por una preocupación para minimizar sus efectos negativos y por la búsqueda de maneras más humanas en su actuación. Es obvia su conexión con la situación de pobreza y, puesto que la misión ha sido definida en gran parte en las últimas tres décadas por su compromiso con los pobres, esta preocupación será de gran importancia en el pensar y actuar de la misión cristiana.
2) La falta de alternativas creativas
La globalización económica no sólo hizo desaparecer las formas alternativas de la organización económica -socialistas o economías locales de intercambio- sino también parece haber hecho imposible cualquier alternativa que desafíe su hegemonía. Lo mismo parece estar pasando a nivel político. EE.UU. se ha vuelto un súper poder militar cuya capacidad excede de tal manera la capacidad de otros países que se hace incontrovertible en asuntos de gran importancia. Es cierto que formas de poder más blandas existen pero la combinación del poder económico y militar, por su misma capacidad de exigir por la fuerza, está ejerciendo otro efecto en esta segunda década de globalización. Actualmente, el pensar crítico sobre posibles alternativas parece ser muy superficial. Existe una tendencia a revertir el pensar utópico de mediados del siglo XX, un modo de pensar que emergió de circunstancias muy diferentes. En aquel momento, el carácter bipolar de la política y de la economía fortaleció el pensar dialéctico, lo que suena casi arcaico en la realidad del siglo XXI. La alternativa mayor al pensar dialéctico ha sido un tipo de conformismo sin crítica al pluralismo o al relativismo del pensar postmoderno. En aquel modo de pensar no existe esfuerzo para establecer una narrativa abovedadora que podría actuar como un punto arquimédico de crítica de la situación actual. Un proceso dialéctico gastado, unido a una tendencia de gozar de un pluralismo postmoderno, no ofrece mucho a la imaginación; tampoco ofrece mucha esperanza o capacidad para resistir los excesos de la globalización. La paz norteamericana, que ha sido impuesta sobre el mundo, amenaza con silenciar cualquiera voz que llame a una alternativa más humana.
El meollo de la misión cristiana es el anuncio del Reino de Dios como alternativa clara a las estructuras de la sociedad actual. Parte de la preparación del adviento del Reino de Dios es imaginar un futuro diferente, lo que es ciertamente una tarea de la misión cristiana.
3) La pluralización de las sociedades
La migración, fuente de la fertilización cruzada de las sociedades desde el principio de la humanidad, ha sido muchas veces una parte de la globalización. Los avances en la comunicación y el transporte hacen posible períodos de gran interconexión. Un aspecto de la segunda década de la globalización muestra, por un lado, cómo la relativa facilidad y bajo costo de viajar han incrementado el flujo de la migración. Por otro lado, la naturaleza desgarradora del capitalismo liberal ha causado grandes migraciones, especialmente desde lugares rurales, en búsqueda de los medios de sobrevivencia. La migración ha llegado a ser, al mismo tiempo, más posible y más necesaria.
Un efecto ha sido una aguda pluralización de las sociedades, especialmente en las ciudades. Como consecuencia, asuntos de cohesión social, coexistencia pacífica, cooperación e identidad ocupan el primer plano. ¿Cómo podemos vivir juntos con tantas diferencias y en tan cercana proximidad? En su segunda década, la globalización tendrá que tomar en cuenta, en forma crítica, la pluralización de las sociedades. Desde Pentecostés hasta la visión de los 144.000 del Libro de Revelación, el cristianismo ha sido relacionado con una visión de personas de diferentes pueblos y culturas reunidas en paz. La misión cristiana debiera ayudar hacia la realización de esta visión.
4) El desgarro, el desplazamiento y el desapoderar
Otra característica notable de esta segunda década de la globalización es la experiencia del desgarro, deslocalización y pérdida del poder. El desgarro se demuestra en la alteración de los patrones sociales y económicos locales por los medios de comunicación, nuevas formas sociales y nuevos acuerdos económicos. Sociedades rurales que vivían en economías de intercambio y cultivaban distintos modos de vida se encuentran embaucadas por formas foráneas. Estas influencias nuevas no han sido invitadas a entrar en las comunidades sino que se meten en ellas y hacen sentir su presencia en forma aguda. La experiencia de vivir en ambientes premodernos, modernos y aun postmodernos -a la vez- agudiza este sentido de desgarro. Se siente en forma particularmente aguda entre las diferentes generaciones.
Una segunda forma del desgarro experimentado tanto por ricos como pobres, es la inestabilidad social y la incertidumbre creada por el terrorismo internacional. Para aquellos que han vivido en ambientes físicamente seguros, la experiencia de la inseguridad es profundamente perturbadora. Para los que han estado viviendo en ambientes inestables, la posibilidad de encontrarse en la línea de fuego de terroristas y los que tratan de suprimirlos, crea nuevas formas de peligro. Este elevado sentido de inseguridad mundial es algo que empieza a caracterizar la segunda década de la globalización.
Respecto al desplazamiento, hemos mencionado la migración. Algunos han experimentado el desplazamiento por conflictos civiles; otras por su búsqueda de solución al problema de pobreza. Números significativos de personas que han vivido en ambientes relativamente homogéneos se sienten desubicados por la pluralización de su medio ambiente. La falta del sentido de espacio o su pérdida, e incluso la sensación de que uno está gradualmente perdiendo su espacio, empujado por la llegada de otros, tienen efectos profundamente desorientadores para individuos y poblaciones. Las ansiedades respecto a la inmigración en Europa contemporánea son indicativas de este asunto (ej. El eslógan: Este país está repleto o Wir sind kein Zuwanderungsland). La misma aceleración de la globalización intensifica el sentido de deslocalización y desorientación. (4)
El desgarro y la desorientación llevan a una tercera experiencia en la segunda década de la globalización, específicamente el sentido de ser despojado de poder. Se experimenta en forma más fuerte al nivel económico donde figuras anónimas toman decisiones sobre el empleo y subsistencia de individuos. Las protestas contra la globalización que muchas veces parecen tan difusas, son indicativas de la sensación de ser alejado de poder: se sabe que se está perdiendo el poder sobre la vida pero no es posible localizarlo actualmente. Aunque existen elementos positivos, pongo énfasis en lo negativo por el peligro enorme que significa en la lucha para la paz y la sobrevivencia. Si no nos dirigimos a ellos, los efectos positivos, en gran parte, desaparecerán.
Sociedades en situaciones de post-conflicto
La década de ’90 vio el crecimiento de la violencia en muchas partes del mundo. En algunas instancias, fue el resultado del relajamiento de las restricciones impuestas por un orden mundial bipolar que había reprimido los conflictos durante mucho tiempo. En otras instancias, fue más bien un asunto de defensa étnica con la esperanza del desarrollo de nuevas naciones-estados (el número de naciones-estados se incrementó en forma dramática durante esta década). En otros casos, el relajamiento de las tensiones bipolares permitió que los individuos y grupos trataran de hacerse dueños de recursos y poder. Todos estos casos en conjunto llevaron a un crecimiento de nuevos conflictos dentro de los estados y no entre ellos. También, los regímenes represivos llegaron a su fin. Una por una, las dictaduras y guerras civiles de larga duración terminaron en América Latina entre 1985 y 1995. El régimen de apartheid en Sudáfrica también terminó en la década de ’90 y los países del antiguo bloque soviético se emanciparon del dominio comunista.
Como consecuencia, las sociedades se encontraron en una encrucijada. En muchas instancias, la organización masiva de la resistencia colectiva había alcanzado su meta y las sociedades eran liberadas de las hegemonías anteriores. Muchos creyeron que su nueva libertad resultaría en nuevas formas sociales y en un estilo de vida democrático. El camino de resistencia fue relativamente claro: la lucha contra un enemigo común. Pero ¿cómo proceder hacia el futuro? Aquí surgieron diferentes agendas y los compañeros de lucha se separaron. Muchas veces aquellos que lideraron la resistencia no sabían cómo hacer la transición hacia un consenso y negociar los compromisos necesarios entre los ideales de diferentes bandos. En muchos casos los recursos necesarios para la reconstrucción de la nueva sociedad no existían y los recursos síquicos se habían agotado a consecuencia de los muchos años de experiencias traumáticas. Bajo estas circunstancias solía emerger una tendencia a moverse con excesiva velocidad para escapar al dolor del pasado y movilizar las energías para el futuro. Sin embargo, cuando estas realidades no son enfrentadas, pueden reaparecer después para obsesionar a la nueva sociedad de manera dramática e inesperada.
La guerra extensiva, con su destrucción también agota los recursos físicos para la reconstrucción de una sociedad. En estas circunstancias, las sociedades se encuentran incapaces de indemnizar a aquellos que sufrieron en el pasado, o para reconstruir su sociedad de tal forma que las maldades del pasado no vuelvan a dominarla.
Podemos ver, entonces, que las situaciones de post-conflicto proponen un nuevo desafío para la misión de la Iglesia hoy, donde sea que el llamado del Evangelio reciba respuesta. Gran parte de la energía para la misión fue dirigida a la resistencia en décadas anteriores. Por ejemplo, las teologías de la liberación fueron elaboradas alrededor de los males con el fin de combatirlos. Sin embargo, los desafíos de sociedades en situaciones de post-conflicto requieren que el pensar sea dirigido más bien hacia la reconstrucción. Aunque la reconstrucción incluye muchos temas del período anterior (como, por ejemplo, la justicia), también requiere que se hagan opciones difíciles entre posibilidades y recursos limitados. Aquí tenemos los dos importantes desafíos contextuales que están moldeando el foro para la misión cristiana hoy: el rumbo que está tomando la globalización y la necesidad de cambiar la perspectiva, de dirigir la vista y las energías hacia las necesidades más urgentes en situaciones de post-conflicto.
Cuatro tendencias actuales de la misión
Junto con los desafíos contextuales, existen, entre otras, cuatro tendencias o direcciones que necesariamente afectan nuestro modo de llevar la Buena Noticia al mundo actual; sería peligroso ignorarlas. Estas tendencias son especialmente significativas para nuestro modo de percibir la misión en futuras décadas.
1) El resurgimiento de la religión y sus lazos con la violencia, 2) La difusión de la fe pentecostal, 3) Cambios en la topografía de la secularización, 4) La importancia emergente de la dimensión contemplativa de la espiritualidad.
1) El resurgimiento de la religión y sus lazos con la violencia
Es necesario entender que nuestro mundo es más religioso hoy que antes y este hecho tendrá un impacto sobre la misión. Gran parte del modo de pensar sobre la religión ha sido condicionado por el punto de vista de la Ilustración europea. Después de la guerra de los Treinta Años del siglo XVII, los pensadores de la Ilustración trataron de minimizar el papel de la religión en la sociedad, destronándola de su posición de abovedadora. La importancia de la religión no sólo disminuyó, también fue compartimentalizada. La idea de un papel restringido para la religión dominó no solamente en Europa y América del norte sino que fue comunicada también a las elites coloniales durante los siglos XIX y XX. De este modo, la secularización que nació en Europa sería el paradigma para el futuro de la religión en todas partes.
Sin embargo, al llegar a 1990, la religión empezó a reafirmarse alrededor del mundo, tanto en sus formas negativas como positivas. Los intelectuales occidentales y los científicos políticos eran incapaces de explicar este fenómeno; todos sus modelos habían relegado la religión a un papel insignificante.
Para poder entender la respuesta de las sociedades frente a la globalización y el desafío de la reconstrucción en situaciones de post-conflicto, es necesario considerar la religión como elemento clave en la respuesta al impacto de la globalización. En primer lugar, está ligada con asuntos de identidad. Intelectuales occidentales y otros bajo su influencia, inspirados por la Ilustración, cometen el mismo error: separar la religión de la vida política y social. Es una distinción que no tiene cabida en la psique de gran parte de la población del mundo. En segundo lugar, la globalización contribuye al surgimiento contemporáneo del fundamentalismo. Este último representa, entre otras cosas, un reducto, una protección contra el ataque de la modernidad (post modernidad) que viene con la globalización. La religión también ofrece a la vida la alternativa de una protección toda inclusiva para contrarrestar el impulso de producción y consumo engendrado y diseminado por la globalización.
Además, la religión forma parte de la percepción del mundo de muchas sociedades en situaciones de post-conflicto que se encuentran ya en vías de reconstrucción. A la vez, es uno de los recursos más poderosos para la sanación de las heridas del pasado. Testimonios dados en lugares como Sudáfrica, dan ejemplos de personas capaces de enfrentar y asumir los traumas del pasado sin ayuda psicológica; fue su fe religiosa lo que les ayudó. Dado los hechos, es obvio que la religión debiera figurar en forma más prominente en las narraciones sobre la acción y la intervención humana. A pesar de la importancia que dan a la religión, tanto misioneros como agentes pastorales, sobre todo en Occidente, tienden a tomar la posición de la Ilustración, por lo menos inconscientemente. (5)
El elemento notable en el resurgimiento de la religión es su vínculo con la violencia, por sobre todo desde los ataques del 11 de septiembre de 2001. Un número creciente de artículos ha aparecido desde entonces, dedicados a examinar este vínculo e interpretar instancias concretas. Muestran dos caminos claramente demarcados. El primero analiza aquellas situaciones en que la religión está vinculada con la violencia para determinar si es realmente un factor causal o si es utilizada para tapar motivos viles y despreciables, por ejemplo, la búsqueda de poder, la codicia o el resentimiento social. Gran parte de la llamada violencia religiosamente motivada está motivada por otra cosa. El segundo camino consiste en la exploración de las hebras de tradiciones religiosas que promueven la violencia. Todas las grandes tradiciones religiosas se presentan como proveedoras de la paz, lo cual es cierto. Pero existe en ellas también una velada promoción de la violencia. El modo de tratar con estas dimensiones de las tradiciones religiosas es de enorme importancia para el futuro bienestar de la sociedad humana en este planeta. No es suficiente el esfuerzo de entender la relación entre la religión y la violencia. En una sociedad donde el pluralismo religioso es cada vez más notorio, es necesario darnos cuenta de que no solamente los misioneros en tierras lejanas se encuentran en medio de situaciones de violencia o de posible conflicto. Hace falta la comprensión y una clara articulación del papel de los líderes religiosos en situaciones de violencia y tensión religiosa. Ayudaría a todos los agentes pastorales en su labor pastoral de paz y reconciliación a todo nivel y aseguraría la protección de las personas que sufren en estas situaciones.
2) La difusión de la fe pentecostal
En las últimas tres décadas, el pentecostalismo y otras formas carismáticas de cristianismo han crecido en forma exponencial. Se estima que hay trescientos millones de tales creyentes presentes en todos los continentes, pero mayoritariamente en América Latina y África del oeste. Se cita un amplio rango de factores como posibles causas del crecimiento dramático de la fe pentecostal. Algunos la descartan como prueba del concepto de Karl Marx respecto a la religión como opio del pueblo. Otros la consideran como un complot para usar el enfoque trascendental pentecostal como medio para silenciar la protesta política y la búsqueda de justicia. Algunos prefieren mirarla desde la óptica de la religión extática de posesión, mientras otros la ven como una respuesta a la modernidad que permite a los pobres y a quienes carecen de poder aprender las disciplinas necesarias para hacer el cambio desde ambientes rurales premodernos a ambientes urbanos modernos, ejerciendo y demostrando su propia capacidad. El pentecostalismo es un fenómeno que no debiera ser descartado, puesto que es posible que sea un jugador mayor en la remodelación del cristianismo mundial en este siglo y, como tal, tendrá importancia significativa duradera. Hay una generación de intelectuales pentecostales que han escrito su propia crítica del movimiento desde adentro y sus conclusiones son valiosas.
Críticas teológicas de pentecostalismo también muestran un amplio rango de opiniones. Algunos se preocupan por el Evangelio de la prosperidad que suele ser propagado junto con la fe pentecostal. Otros sospechan del enfoque demasiado trascendental que hace poco por contrarrestar la miseria actual, mientras algunos alaban su capacidad de dar poder a los pobres, sobre todo a las mujeres pobres. No pocos, sin embargo, dudan de los métodos de proselitismo de algunos pentecostales. Es un fenómeno complejo y no puede ser ignorado. Como respuesta a ciertos aspectos de la globalización y por su capacidad de crear espacio en sociedades traumatizadas, el pentecostalismo está ligado, de alguna manera, con importantes elementos contextuales de la misión cristiana actual.
3) Cambios en la topografía de la secularización
A través de gran parte del siglo XX, predominó la hipótesis de Max Weber respecto a la secularización y la desaparición gradual de la religión. Las críticas y dudas al respecto empezaron a proliferar al principio de la década de ’90, dado el resurgimiento de la religión en el mundo. Hoy, un número creciente de sociólogos se están preguntando respecto a los patrones de la secularización en Europa: ¿no será que aquellos patrones de la secularización son más bien un Sonderweg, es decir, un caso especial, (6) y no el patrón que todas las sociedades debieran seguir? Son palabras alentadoras para la Iglesia que observa la situación europea con preocupación. Una mirada a Europa podría ayudarnos.
Dentro de Europa la topografía de la secularización está cambiando en por lo menos dos áreas. En primer lugar, el trabajo de Davie y otros (Danielle Hervieu-Léger y Karl Gabriel) cuestiona precisamente lo que se entiende por secularización. Sí, existe un nivel disminuido de observancia religiosa y una crecida ignorancia de conocimientos religiosos en la población; sin embargo, un número significativo de personas dice que cree en Dios. Además, hay un marcado interés en cosas religiosas y espirituales entre los miembros de la generación más joven. En las palabras de Davie, La memoria religiosa está transformándose, alterándose, no está desapareciendo. Entonces, lo que hasta ahora hemos definido como la secularización, ahora se lo percibe como la religiosidad tomando la delantera de una manera diferente. Palabras reconfortantes para aquellos dedicados a responder a las exigencias del Evangelio. Pero ¿cuál es su significado para el trabajo concreto de la pastoral?
En segundo lugar, la religiosidad de muchos inmigrantes a Europa ha hecho surgir el tema una vez más entre los europeos. La religión de la gran mayoría de aquellos inmigrantes no es cristianismo ni judaísmo sino islam o hinduismo. ¿Qué significado tendrá para Europa y sus cristianos? Podemos decir algo semejante sobre muchos países del mundo. ¿Estamos realmente preparados para vivir en una sociedad cada vez más religiosamente pluralista? En vez de lamentar la pérdida de las observancias religiosas tradicionales, la Iglesia debiera apoyar el discernimiento de la cara cambiante de la religión que emerge en sus sociedades, por medio de la investigación interdisciplinaria y la creatividad de su pastoral.
4) La dimensión contemplativa de la religión y la misión
Una cuarta dimensión que está emergiendo es un interés renovado por la dimensión contemplativa de la religión y de su misión. En primer lugar, la atención por la espiritualidad entre los adultos jóvenes es notable. Como sea la manera de entender la espiritualidad, existe un creciente interés en la meditación y en formas contemplativas de la oración. La razón de su manifestación en este momento está abierta a varias interpretaciones. En algunos países de Europa, los padres de familia habían luchado con sus dudas sobre la fe y dejaron sus iglesias. En consecuencia, la mayoría de la generación de adultos jóvenes creció en un ambiente sin religión y se aproxima al asunto de la religión sin la carga de estas luchas. Al mismo tiempo, es posible que la velocidad acelerada de la sociedad, creada por innovaciones en las comunicaciones y por la misma globalización, demande alternativas que ofrezcan tranquilidad, meditación y reposo.
Por otro lado, el resurgimiento del interés en la oración contemplativa podría ser parte de un cambio más amplio en la topografía religiosa del mundo y, en este caso, compartiría algo con el crecimiento de pentecostalismo y la fe carismática en otras partes del mundo. Sin duda, una crecida preocupación por el ambiente físico -importante para esta generación- también evoca una perspectiva contemplativa.
En la reconstrucción de las sociedades en situaciones de post-conflicto, la importancia de la oración contemplativa se está demostrando. El trabajo agotador de la reconciliación y reconstrucción parece llevar a las personas involucradas a un alto nivel de quiebre integral (burnout). Desde una perspectiva cristiana, la reconciliación es primero y por sobre todo, el trabajo de Dios en el cual participamos y seremos exitosos en la medida en que mantengamos contacto con su trabajo reconciliador. La falta de una conciencia más amplia de nuestra dependencia de lo divino en este trabajo parece estar relacionado con el burnout, una experiencia tan común, por sobre todo entre las personas dedicadas a la reconciliación.
Todo lo anterior sugiere ciertas consecuencias respecto a la contemplación para el trabajo de la misión cristiana, donde sea que se realice. Siempre hemos creído que el trabajo del testimonio al Evangelio se hace a través del Espíritu Santo y que los corazones y mentes son tocados por la gracia de Dios y no por nuestras palabras y actos. Con la sanación de recuerdos traumáticos y la reconstrucción de la sociedad, la misión vista como reconciliación (7) se muestra más significativa que nunca. Es, a la vez, una manera de recuperar una perspectiva muchas veces olvidada, el concepto de misio Dei, es decir, ver la misión primero y por sobre todo, como el “trabajo de Dios”. En la medida en que entreguemos nuestros esfuerzos a Dios, experimentaremos un nuevo poder en los momentos de impotencia.
En concreto, la dimensión contemplativa de la misión se muestra en tres importantes prácticas. La primera es la oración de presencia que nos abre un espacio totalmente contrario a la experiencia del desgarro y deslocalización de la globalización, una experiencia sufrido por tanta gente en el mundo. El hecho de recuperar la presencia contrarresta la experiencia de velocidad acelerada que agota a tantas personas hoy. Nos recuerda que nuestras relaciones con Dios requieren una nueva alineación.
En segundo lugar, nos permite contemplar nuestras heridas y las de otros. Sólo reconociendo y asumiendo nuestras heridas será posible vencer los traumas del pasado. En el trabajo de la reconstrucción de las sociedades de post-conflicto, (8) la contemplación ofrece un espacio para presenciar estas heridas, tanto de los que trabajan para la reconciliación como de aquellos que han sufrido los traumas.
Finalmente, los nuevos patrones de significado emergerán sólo en medio de la contemplación. La globalización promete sólo una extensión de lo que ya existe -más acelerado, mejor y más abundante. Suele pasar que las personas encargadas de reconstruir las sociedades y vencer los recuerdos traumáticos no logran ver más allá de los traumas del pasado. Se sienten más arrastradas hacia el status quo de antes en vez de abrazar un futuro desconocido. Sólo dentro del momento contemplativo pueden emerger los rasgos del futuro: una sorpresa, algo en discontinuidad con el pasado, una oportunidad no solicitada. Nosotros, dedicados a la pastoral-misión y al futuro del Reino de Dios, tenemos la enorme responsabilidad de crear y utilizar estos momentos contemplativos. No son simplemente aconsejables, sino de profunda necesidad si encontráramos la visión y la fuerza para compartir la misión de Dios.
R.P. Robert Schreiter, CPPS Catholic Theological Union, Chicago, Illinois, EE.UU.
Notas:
(1) Transforming Mission:Paradigm Shifts in the Theology of Mission (Maryknoll:Orbis Books, 1991).[1] (2) “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo.” (3) Joseph Stiglitz, Globalizacion and Its Discontents (New York: W.W. Norton, 2002). (4) Ve el trabajo del teórico y crítico cultural francés, Paul Virilio, respecto a la aceleración social que lo define como dromologie. (5) A modo de ejemplo chileno sería la tendencia de mirar la religión con cautela, como un asunto privado, que no debiera tener voz en la política, o incluso con cierta sospecha frente a la posibilidad del utilitarismo individual o del fatalismo providencial de la religiosidad popular. Es necesario examinar el modo de llevar nuestra pastoral para descubrir cómo la influencia de la Ilustración ha moldeado nuestro pensar, tal vez en forma muy sutil.(Ed. Boletín) (6) Grace Davie, Religion in modern Europe: A Memory Mutates (Oxford University Press, 2000). (7) Ve el Boletín Pastoral N°86, septiembre de 2002: Misión como reconciliación. (8) Entre ellas, podemos incluir a Chile.
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