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El año pasado dedicamos el Boletín a las dificultades que tenemos respecto a las formas de hablar sobre Dios y los verdaderos obstáculos que ellos significan en un mundo ya plagado de conflictos. La necesidad de reflexionar y evaluar nuestro discurso religioso parece ser urgente frente a la responsabilidad pastoral. Este año, queremos ofrecer una serie de artículos sobre el misterio divino basada en la experiencia humana, común para todos.
Según la narrativa cristiana, antes incluso de la encarnación de Dios en Cristo, se percibía la presencia del Espíritu de Dios invadiendo libremente el mundo. Este Espíritu dio impulso a la creación y colaboró en la renovación de todas las criaturas, tanto de los seres humanos como de la tierra. De acuerdo con nuestra fe, el Espíritu nos guía a cada uno y nos transforma a través del desarrollo de nuestra vida espiritual que es "la vida del Espíritu". Con este primer artículo del año queremos introducir a nuestros lectores en la nueva serie sobre la acción del Espíritu con una reflexión sobre esta Tercera Persona de la Santísima Trinidad, tan poca conocida por la mayoría de nosotros.
Tenemos un propósito fundamental en la presentación de esta serie. La Iglesia ha expresado más de una vez su preocupación con respecto a los católicos, quienes en búsqueda de la experiencia trascendental, han acudido a otras tradiciones religiosas que ofrecen procesos que prometen hacerlo más posible. Sin rechazar el enriquecimiento que otras tradiciones ofrecen, queremos descubrir y hacer accesible a las personas a cargo de la formación espiritual en la pastoral, aquellos tesoros de nuestra propia tradición cristiana respecto a la vida espiritual, su desarrollo y cada paso del viaje de vuelta a nuestro hogar; un viaje accesible a todos y cada uno.
ÍNDICE
1.- El mundo natural 2.- La experiencia personal e interpersonal 3.- La experiencia del Espíritu mediada por los macrosistemas 4.- El olvido del Espíritu
Yo, el más alto y ardiente poder, he encendido todas las chispas de vida y no he exhalado nada que pueda morir… Yo hago brillar desde arriba la belleza de los campos; yo doy luminosidad a las aguas; yo ardo en el sol, la luna y las estrellas. Y, por medio de un viento ligero, excito y pongo todo en movimiento con cierta vida invisible que sostiene todo… Yo, el poder ardiente, resido oculto en estas cosas y ellas brillan por mí. (1)
En la raíz de toda imaginería religiosa y de su elaboración doctrinal subyace una experiencia del misterio de Dios. Dado que lo que la gente llama Dios no es un ser entre otros seres, ni siquiera un Ser Supremo aparte, sino el Misterio que trasciende y abarca todo lo que existe, como el horizonte que a la vez abraza todos los horizontes, ese encuentro humano con la presencia y ausencia del Dios vivo tiene de mediadora a la propia historia en toda la vasta extensión de acontecimientos. El lenguaje cristiano ha dado tradicionalmente el nombre de Espíritu a este movimiento del Dios vivo que puede ser detectado en y a través de la experiencia del mundo.
Según la narrativa cristiana se da el caso de que, antes incluso de la encarnación de Dios en Cristo, se percibía la presencia del Espíritu de Dios invadiendo libremente el mundo, dando un impulso a la creación y colaborando en la renovación de todas las criaturas, tanto de los seres humanos como la tierra. De hecho, sin el poder del Espíritu resultaría impensable la propia vida y misión de Jesús en la tradición del Judaísmo, por no decir nada de su vida de resucitado en la gloria y en la iglesia.
Si nos preguntamos más en concreto por los momentos o acontecimientos mediadores del Espíritu de Dios, hemos de decir que potencialmente puede servir de mediación toda experiencia, el mundo entero. No existe una zona exclusiva, un ámbito especial, que pueda considerarse sólo religioso. Como el Espíritu es creador y dador de vida, la vida misma con sus complejidades, abundancias, amenazas, miserias y alegrías se convierte en la principal mediación de la dialéctica de presencia y ausencia del misterio divino. El mundo histórico se convierte en sacramento de la presencia y la actividad divinas, aunque sólo sea como una frágil posibilidad. Por tanto las complejidades de la experiencia del Espíritu tienen lugar en y a través de la historia del mundo: negativa, positiva y ambigua; ordenada y caótica; solitaria y comunal; afortunada y desastrosa; personal y política; oscura y luminosa; ordinaria y extraordinaria; cósmica, social e individual. Tenemos la experiencia del aliento del Espíritu siempre que nos encontramos con el mundo y con nosotros mismos como realidades sustentadas, abiertas a, dotadas de, lamentando la ausencia de (2), añorando algo que se hace presente de manera inefable más que inmediata, bien que ese “más” sea mediado por la belleza y la alegría o por la oposición a los poderes opresores. En este vasto horizonte de la experiencia histórica encuentra su origen y su hogar el lenguaje sobre el Espíritu de Dios.
La amplitud y profundidad de la experiencia capaz de hacer de mediadora del misterio divino es genuinamente inclusiva. No sólo abarca acontecimientos asociados a significados explícitamente religiosos, como la iglesia, la palabra, los sacramentos y la oración, aspectos obviamente considerados como mediaciones de lo divino, sino que, como el misterio de Dios sustenta el mundo entero, todo el amplio espectro de cuanto se considera secular o vida humana simple y común puede pasar por el tamiz de la experiencia del Espíritu-Sophia, de ese Espíritu que se acerca y al propio tiempo pasa de largo. Podemos considerar al menos tres mediaciones históricas.
1. El mundo natural
El mundo natural sirve de mediación de la presencia y ausencia del Espíritu. Por muy valiosa que pueda ser como orientación epistemológica, la vuelta kantiana al sujeto desemboca en una desafortunada restricción del interés teológico exclusivamente a los fenómenos humanos. Hasta hace poco no ha habido una reflexión continuada sobre lo que J.B. Metz ha llamado informalmente “la experiencia de los Alpes”, el sobrecogimiento que sentimos al contemplar la imponencia del mundo natural tal como existe más allá de nosotros y sin nosotros, de un mundo que está ahí, con su entrega y su belleza, su fragilidad y su exposición a la amenaza. El poder mediador de lo que yo llamaría “experiencia de Chernobyl”, ese momento de protesta que nos trasciende al sentirnos aterrorizados por la ruina a la que está sometida la naturaleza y sus cualidades generadoras de vida, ha sido igualmente ignorado por la teología, aunque empieza a cambiar poco a poco ante la actual crisis ecológica por la que está pasando la tierra. Cualquiera que se haya resistido o lamentado ante la destrucción de la tierra o la pérdida de una de sus especies vivas, o se haya extasiado ante la belleza del alba, la fuerza sobrecogedora de una tormenta, los espacios que ocupan prados, montañas y mares, el reverdecer de la tierra tras períodos de sequía o frío, los frutos de las cosechas, los peculiares estilos de vida de los animales domésticos o salvajes, o la multitud de fenómenos de este planeta y de su cielo, ha rozado la experiencia del poder creativo del misterio de Dios, Espíritu Creador. 2. La Experiencia personal e interpersonal
La presencia y la ausencia del Espíritu en la vida humana está mediada también por la experiencia personal e interpersonal. Como ponen de manifiesto los cantos de amor de la Biblia, el amor de Dios por el mundo se revela a través de la hondura del amor que pueden sentir entre ellos, los seres humanos. Nosotros buscamos al Espíritu y somos hallados por él en las relaciones amorosas de donación y recepción capaces de recrear a las personas, en cada reciente y particular descubrimiento de la belleza del otro, en la fuerza de la fidelidad permanente.
Por contraste, la angustia producida por las relaciones rotas es mediadora de las huellas de la ausencia divina y, quizás, de la compasión divina. Más aún el dinamismo de la pregunta, de la percepción en claridad u oscuridad, del descubrimiento de nuevas posibilidades, de la creación científica o artística es cauce del fuego del Espíritu inteligente, fuente de toda creatividad. El descubrimiento de la propia voz, aunque sea vacilante, comunica el poder del Espíritu que clama. El valor de escuchar la llamada de la conciencia y de seguir sus profundos impulsos incluso con riesgo de perder algo; el coraje de degustar la justa cólera y dejar que motive la resistencia crítica al mal; la voluntad de proclamar la palabra profética… todo esto deja el sello de la compasión del Espíritu en la ambigüedad del mundo. En el gozo y en el dolor cabales de concebir, dar a luz y criar; en el lugar de trabajo cotidiano común; en la vida en libertad con sus decisiones sopesadas; en la aceptación de la responsabilidad sobre nuestra propia vida y de su impacto sobre los demás; en la profundidad del pecado, la desesperación y el vacío; en la aceptación del perdón y en el gusto de concederlo; en la irrupción de la alegría y de la celebración; en la amistad con el extranjero y la preocupación por quienes carecen de una verdadera ayuda; en hacer las paces con nuestra finitud cuando descubrimos nuestras limitaciones; en esperar contra toda esperanza a pesar del agobio de la opresión, el sufrimiento o la muerte; en la decidida firmeza de seguir adelante a pesar de la ausencia de esperanza… en todos estos casos se comunica el Espíritu de Dios, presente y ausente.
3. La experiencia del Espíritu mediada por los macrosistemas
Esta experiencia también tiene lugar a nivel de los macrosistemas que estructuran a los seres humanos como grupos y afecta en forma profunda la toma de conciencia de las relaciones y a sus modelos. Siempre que una comunidad humana se resiste a su propia destrucción, trabaja por su renovación o cuando los cambios estructurales están al servicio de la liberación de los pueblos oprimidos; cuando la ley subvierte el sexismo, el racismo, la pobreza y el militarismo; cuando las espadas se convierten en arados o las bombas en alimentos para la gente famélica; cuando se sanan las heridas de viejas injusticias; cuando los enemigos se reconcilian tras el cese de la violencia y el dominio; siempre que cesan las mentiras, las violaciones y los asesinatos; cuando la diversidad es sostenida por la koinonía; cuando la justicia, la paz y la libertad experimentan un progreso transformador, entonces se percibe la mediación de la presencia viva del misterio de bendición entre las grietas de nuestro mundo. Y lo reconocemos no en campo abierto, por así decir, sino como el fundamento de la praxis de libertad que sobrevive e incluso prevalece frente a una violencia masiva; como fundamento de esos parciales, fragmentarios desconexos, pasajeros, tenues, pero transformadores, renacimientos que hacen que la historia siga adelante en medio de vastos sinsentidos y discontinuidades.(3)
Tan universal es el poder compasivo y liberador del Espíritu, tan vasto el alcance de lo que la Escritura llama el dedo de Dios y los antiguos teólogos cristianos llamaron la mano de Dios, que no hay virtualmente rincón o grieta de realidad potencialmente intactos. La presencia del Espíritu en la praxis de libertad es mediada entre profundas ambigüedades, percibida a menudo más en la oscuridad que en la luz. Se ve frustrada y violada por el antagonismo humano y por sistemas de perversión colectiva. Con todo, donde irrumpe con fuerza la vida, donde la nueva vida surge a borbotones hasta en forma de esperanza, incluso cuando la manifestación de vida es violentamente devastada, sofocada, amordazada y asesinada… donde existe auténtica vida, allí está en acción el Espíritu de Dios. (4) Esto no quiere decir que todo el que reflexione sobre el mundo deba llegar a la misma conclusión. Pero en la tradición de la fe judía y cristiana, la presencia salvífica del Espíritu en un mundo en conflicto es descubierta en todas partes, en todas las manifestaciones, siempre acercándose y pasando de largo, dando forma a nuevos inicios de vitalidad y libertad.
Algunas imágenes cristianas primitivas ilustran el significado teológico del lenguaje sobre el Espíritu situándolo en un marco trinitario. Si Dios, como origen primordial, es pintado como el sol, y el Dios encarnado (Cristo) como un rayo de esa misma luz que se derrama sobre la tierra, entonces el Espíritu es el punto de luz que en realidad llega a la tierra e influye en ella con su calor y su energía. Y es una y la misma luz. El misterio del Dios trino puede ser representado también como una fuente de agua que mana (el Padre), la acequia que fluye (el Hijo) y el canal de riego que contacta con la tierra y la humedece (el Espíritu). Y se trata de una misma agua. El Dios trino puede ser comparado también con una planta florecida, con su raíz profunda e invisible, su tallo verde que aflora a la superficie y su flor (el Espíritu) que se abre bella y fragante y deja su fruto y semilla en la tierra. Y se trata de la misma planta. (5) Aquí nos interesa tener en cuenta que lo que llamamos Dios Espíritu significa la presencia activa de Dios en este mundo ambiguo. Sea descrito como calor y luz proporcionados por el sol, como agua vivificante que fluye de una fuente o como flor que brota de la raíz, repleta de semillas, decir Espíritu significa decir Dios que se acerca y pasa de largo vivificando, sosteniendo, renovando y liberando con su poder en medio del fragor de la historia. Tan verdad es lo que estamos diciendo que, cuando la gente habla de Dios de manera genérica, la mayoría de las veces se están refiriendo al Espíritu.
Dadas las distintas experiencias que sirven de mediación al misterio de ese Dios que siempre está llegando, el lenguaje sobre el Espíritu rompe con decisión las barreras de una neta codificación o de una sola metáfora. La teóloga medieval Hildegarda de Bingen teje una serie de imágenes que pone claramente de manifiesto lo que venimos diciendo. Según ella, el Espíritu es la vida de la vida de todas las criaturas; el modo en que cada cosa es penetrada de relación y reciprocidad; un fuego ardiente que ilumina, enciende e inflama los corazones; una guía entre la niebla; un bálsamo para las heridas; una serenidad radiante; una fuente que se derrama por todos lados. Es vida, movimiento, color, brillo y calma reparadora en el tráfago. Su poder hace que todo lo marchito se recupere y que las almas vuelvan a reverdecer con el jugo de la vida. Purifica, absuelve, fortalece, sana, reúne a los perplejos, busca lo perdido. Derrama el jugo de la contrición en los corazones endurecidos. Interpreta música en el alma, siendo la misma melodía de alabanza y gozo. Despierta una esperanza sin límites, soplando por doquier vientos de renovación en la creación. (6) Y este es el misterio de Dios en el que vivimos, nos movemos y desplegamos nuestro ser.
4. El olvido del Espíritu
¿Qué ha ido mal entonces? A pesar de la presencia aplastante de la experiencia dialéctica del Espíritu, la articulación teológica sobre el Espíritu ha estado tradicionalmente muy a la zaga de la reflexión sobre Dios como fuente sin origen de todo y como Dios encarnado, denominados en la teología clásica Padre e Hijo respectivamente. A pesar de que quedase reflejado en la teología del siglo IV y oficialmente expresado en la confesión de fe ampliada de Nicea que el Espíritu es Señor y dador de vida, que debe ser adorado y glorificado junto con el Padre y el Hijo, lo cierto es que el Espíritu no recibió la atención correspondiente a esta confesión. En la mayoría de los textos patrísticos y en los tratados medievales occidentales posteriores a la ruptura con el Oriente, el Espíritu es tratado en tercer lugar, tras las cuestiones relativas a la creación y la redención divinas y después de haber examinado en detalle las intrínsicas relaciones entre el Padre y el Hijo.
Esta tradición pneumatológica occidental, más bien pobre, es la responsable de que la plena dimensión de la realidad y la actividad del Espíritu se haya perdido virtualmente en gran parte de la conciencia teológica cristiana. Quizás el Espíritu es objeto de tan poca atención especialmente en Occidente debido a la naturaleza de los sistemas de pensamiento que subrayan más la trascendencia divina que sus aspectos relacionales. Hubo un empobrecimiento con la ruptura de la iglesia occidental en el siglo XVI. La teología y la piedad protestantes privatizaron tradicionalmente el espectro de actividades del Espíritu, centrándose en la obra justificadora y santificadora del Espíritu en la vida del individuo creyente y subrayando la certeza personal como don del Espíritu.
Por otra parte, la teología postridentina católica se orientó tradicionalmente en la dirección opuesta, hacia la institucionalización del Espíritu, vinculando estrechamente la actividad del Espíritu al oficio eclesiástico y al ministerio ordenado. Los manuales neoescolásticos de este período, ampliamente usados, disponían su material en bloques sucesivos, procediendo de Dios a la Iglesia pasando por Cristo. De este modo aseguraban el control de la libertad radical del Espíritu mediante su subordinación al orden y disciplina eclesiásticos. Esta forma de pensar ha quedado cristalizada en el hecho de que la certeza de la fe Católica se basa en la triada sagrada: Dios, Cristo, Iglesia. (7)
De acuerdo con el análisis de Yves Congar, la piedad Católica de este período tendía a desplazar muchas funciones del Espíritu aplicándolas al Papa, al culto al Santísimo Sacramento o a la Virgen María. (8) Respecto a María, ella es llamada intercesora, mediadora, auxiliadora, abogada, defensora, consoladora y consejera, funciones que en la Biblia pertenecen al Paráclito (Jn 14, 16 y 26; 15, 26; 16,7) Gran parte de la predicación y de la piedad fueron fieles a la línea señalada por el Papa León XIII, que escribió: Toda gracia concedida a los seres humanos pasa por tres grados: de Dios se comunica a Cristo, de Cristo pasa a la Virgen, y de la Virgen desciende a nosotros. (9)
Como consecuencia, de tantos factores entonces, cuando la mayor parte de nosotros decimos Dios, nunca nos imaginamos inmediatamente al Espíritu Santo; el Espíritu parece más bien un accesorio de la doctrina de Dios. Privado de nombre propio, el Espíritu es definido por muchos teólogos actuales con un lenguaje muy colorista, como el Dios olvidado. Como dice Walter Kasper, el Espíritu no tiene rostro; es como una sombra, según John Macquarrie. En palabras de otro teólogo, de las tres personas divinas, el Espíritu es la más anónima, el pariente pobre de la Trinidad o como dice Yves Congar, medio-conocido. Según el análisis de Joseph Ratzinger, la doctrina del Espíritu Santo ha carecido de hogar, curiosamente aligerada de su plenitud bíblica dice Wolfhart Pannenberg, mientras G.J. Sirks llega a llamar la doctrina del Espíritu la Cenicienta de la teología. (10)
En esto puede resumirse nuestro lenguaje sobre el Espíritu: sin rostro, fantasmal, anónimo, a medio conocer, sin hogar, aguado, casi sin relación, Cenicienta, marginado por haber sido modelado a partir de la figura de las mujeres. Según la aguda observación del teólogo Kilian McDonnell, “cualquiera que escribe sobre pneumatología (teología del pneuma, palabra griega para decir espíritu) se va agobiado por la carga del pasado” (11).
Lo más desconcertante del olvido del Espíritu es que lo minusvalorado es ni más ni menos que el misterio del compromiso personal de Dios con el mundo en su historia de amor y de desastres; nada más que la presencia fortalecedora de Dios, dialécticamente activa en el mundo, al principio, a lo largo de la historia y al final, presencia que exige una praxis de vida y libertad. Olvidarse del Espíritu no es ignorar una tercera hipótesis difuminada y sin rostro, sino el misterio de un Dios más cercano a nosotros que nosotros mismos, que se acerca y pasa de largo derramando compasión.
La reflexión anterior contiene fragmentos del libro “La que Es” de E.A. Johnson, ed. Herder. S.A. Barcelona, 2002. PP. 169-173; 174-177.
Notas:
(1) Tomado de Hildegarda de Bingen: Mystical Writings, ed. F.Bowie y O. Davies (Nueva York: Crossroad, 1990) 91-93. (2) La autora se refiere aquí a la percepción de la persona que “siente” la ausencia del Espíritu en ciertos acontecimientos que duelen o que son incomprensibles. La verdad es que vivimos en Él, y sin su continua providencia dejaríamos de existir. (3) Peter Hodgson, Dios en la Historia: Formas de la Libertad (Nashville, Tenn.: Abingdon, 1989) cap. 3 y 4 (4) Kasper, Walter, El Dios de Jesucristo (Salamanca: Sígueme. 1976), Der Gott Jesu Christi, Mainz 1982, (véase cap.2, n.11) 202. (5) Imágenes sugeridas por Tertuliano, Adversus Praxeas 8. (6) Hildegarda de Bingen, Scivias, (véase cap. 1n.12) 190 y passim. (7) Karl Adam, The Spirit of Catholicism, trad. J. McCann (1923; reim. Nueva York: Macmillan, 1955) 51. (8) Yves Congar, Je Crois en l’Esprit Saint, Paris 1980; La Parole et le souffle, Desclée, 1984. (9) León XIII , Iucunda Semper 5. Un análisis crítico en Heribert Mühlen, Una mística persona: Die Kirche als das Mysterium der Identität des Heiligen Geistes in Christus und den Cristen (Munich: Schöningh, 1968) 461-494. (10) Kasper, Dios de Jesucristo, ibid. p.198.223; Macquarrie, Principios de teología cristiana (Nueva York: Scribner’s, 1966) 294; Congar, Creo en el Espíritu Santo, 3:6; Ratzinger, Introducción a Cristianismo (Nueva York: Herder & Herder, 1970) 256-257; Pannenberg, El Credo de los Apóstoles: a la luz de las preguntas de hoy (Filadelfia: Westminster, 1972) 130; Sirks, La Cenicienta de teología: La doctrina del Espíritu Santo, Harvard Theological Review 50 (1957) 77-89. (11) Una Teología Trinitaria del Espíritu Santo, TS 46 (1985)191.
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