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Usted está aquí  : Home Estudios y Reflexiones Pastorales Boletín Pastoral 1995-2008 2005 Religión institucional y la Vida del Espíritu
Religión institucional y la Vida del Espíritu PDF Imprimir Correo
Domingo, 01 de Mayo de 2005 00:00
Con el énfasis en la espiritualidad, una característica destacada de este milenio, la dimensión personal, individual parece haber reemplazado la expresión tradicional y ha habido una merma notable en el aspecto institucional. Sin embargo, la sociología nos asegura que la institucionalización es un proceso que se encuentra en todas las religiones, y aunque trae consigo grandes peligros y dilemas, es inevitable y necesaria para asegurarles su permanencia en el tiempo. La rigidez y osificación, la persistencia de formas arcaicas, la excesiva formalización o burocracia son endémicas a toda institución. A la vez será necesario enfrentar la motivación mixta en las tendencias de sus seguidores; la degradación de sus símbolos a través del tiempo y su desconexión con toda vinculación interior; la necesidad de desarrollar un orden administrativo y el peligro de una excesiva burocratización; la sustitución del espíritu por la letra a causa de la excesiva elaboración del orden administrativo y una especie de legalismo;  finalmente, el problema del poder que surge al entrelazarse la institución en forma inevitable con los problemas de la estabilidad política y el orden público. Todos estos son efectos del tiempo, de la condición humana y de la sobreinstitucionalización. Pese a todos los peligros y dilemas anotados, la solución no está en la desinstitucionalización de la Iglesia sino en un control a través de la evaluación permanente de su funcionamiento institucional.

En el tema siguiente la autora expresa su convicción de que la religión necesita la expresión institucional para asegurar su continuidad histórica, y nos ayudar a redescubrir el valor de nuestras instituciones y tradiciones.

ÍNDICE


¿Dimensión profética y/o dimensión institucional?
La Iglesia y la vida del espíritu
 

Es posible considerar la vida espiritual en su dimensión de crecimiento personal y orientación individual hacia la Realidad, pero es imposible escapar al hecho de que esta vida regenerada aparece en la historia y más frecuentemente en asociación con un tipo de institución muy especial. Aunque sea imposible considerarla como si fuera la apariencia de una variación dentro de la especie, es posible mirarla como la formación de un nuevo clan o tribu. Ahora, donde esta variación aparece, y por su sentido de novedad, juventud y vigor se separa de la institución de donde surgió, se convierte normalmente en el núcleo alrededor del cual un nuevo grupo se forma. De esta manera el individualismo y sociabilidad se representan en la vida plena del Espíritu y, aunque su logro parece personal, tiene un aspecto claramente colectivo e institucional.

Cuando miramos la historia vemos que la Vida del Espíritu está estrechamente asociada con dos movimientos, aun en sus comienzos más primitivos. Primero con la tendencia de las personas a organizarse en comunidades o iglesias, viviendo bajo normas y reglas especiales. Luego, vemos la tendencia entre sus personalidades más destacadas de rebelarse, reformar o tratar de reactivar las iglesias desde adentro. De esta manera, la vida institucional de la religión persiste a través o a pesar de su tendencia a la rigidez, a perder su fervor, a las protestas, secesiones y renovaciones causados por sus hijos más renombrados. De este modo, Jesús protestó contra el formalismo judío; los grandes místicos protestaron contra el formalismo de la Iglesia Católica Romana, etc. Este constante antagonismo entre iglesia y profeta, entre autoridad institucional y la visión individual, no es sólo un fenómeno del cristianismo sino que está en todas las tradiciones religiosas históricas. Lo que queremos descubrir aquí es la necesidad imperiosa que yace bajo este conflicto: hasta qué punto la institución, por un lado, sirve a la vida espiritual y, por otro, obstaculiza o se opone a su libre desarrollo. Es un aforismo el que todas estas instituciones tienden a degenerar, tiranizar y convertirse en algo más bien mecánico. A pesar de estas características peligrosas ¿debiéramos seguir aceptándolas como esenciales, inevitables y deseables expresiones de la vida espiritual del hombre? O ¿es posible que esta vida espiritual florezca en libertad pura?


¿Dimensión profética y /o dimensión institucional?

Encontramos esta crucial pregunta: “¿Tenía Jesús intención de formar una iglesia?" La pregunta es relevante para aquellos que buscan la reconstrucción espiritual de la sociedad. En la práctica, se está preguntando si acaso los hombres pueden salvarse, regenerarse en solitario por sus respuestas directas a la acción del Espíritu o, más bien, esta Vida del Espíritu es encontrada y actualizada mejor a través de sometimiento a la tradición y en contacto con otras personas –es decir, a un grupo o iglesia? Y si es en un grupo o iglesia, ¿cómo debiera ser el carácter de esta sociedad? No habrá ningún avance hacia la solución de este problema si no abandonamos tanto la posición de institucionalismo como de individualismo ingenuo. Es necesario considerarla como parte del problema general de la sociedad humana a la luz de la historia, la psicología y la ética.

Es posible decir, sin exageración, que el juicio moderno (con la excepción del clero y el juicio oficial) es, en general, adverso al institucionalismo, por lo menos en su forma actual. Veríamos un mejoramiento enorme al comparar actitudes y rituales actuales con aquellos de cien años atrás. Si incluimos la población entera y no sólo una fracción piadosa, la idea de que la religión incluye la sumisión a las reglas y disciplina de una sociedad cerrada, ciertamente ha dejado de ser general entre nosotros. Podemos decir lo mismo sobre ideas como: “hay ganancias espirituales específicas vinculadas a la pertenencia a una religión” o, “la participación en rituales formales y colectivos es parte normal y necesaria de una vida buena.” Aquellos que trabajaron con nuestros soldados en la frente  (primera guerra mundial) quedaron impresionados por la fuerza del fenómeno de religión natural que existía entre ellos, junto con un casi total alejamiento de las instituciones religiosas.

Esta manifestación de la Vida del Espíritu parece poco o nada condicionada por alguna pertenencia eclesial. Habla en secreto a su Padre y la devoción privada y la auto-disciplina parecen ser suficientes. Sin embargo, observándola a través de la historia, esta actitud con su énfasis en la búsqueda y en el logro solitario de la eternidad no ha sido muy fructífera, y donde así parece, esta soledad ha sido sólo ilusoria. Cada personaje llamado a revelar la Realidad o a regenerar y renovar  una tradición, cada alma embriagada por Dios que ha logrado la trascendencia, debe algo a sus predecesores y a sus contemporáneos. Todo logro espiritual, igual a todo logro artístico, aunque parece totalmente espontáneo y  fruto de un amor y visión personal, está firmemente enraizado en su pasado humano. Cumple o realiza más bien que destruye; además, si su movimiento libre hacia la novedad y niveles frescos de experiencia pura no es balanceado por la estabilidad otorgada por las valiosas tradiciones y hábitos, terminará por degenerar en excentricidad y fracaso de sus esfuerzos. Aunque nada más que el descubrimiento y respuesta a los valores espirituales sean de alguna utilidad para nosotros, este descubrimiento y la respuesta jamás son tan solitarios como lo querríamos pensar. La memoria y el ambiente, natural y cultural, juegan sus roles. Después de la experiencia personal de la permanencia de la Realidad, el paso más natural y fructífero es siempre hacia nuestros prójimos, para aprender de ellos, para unirnos, ayudarlos y reafirmar nuestra solidaridad con ellos. Muchos grandes hombres y mujeres del Espíritu usaron su nuevo poder y alegría para restaurar las instituciones existentes a plena vitalidad, como en el caso de los renovadores de la vida monástica: San Bernardo, Sta. Teresa y también entre los santos de Sufismo. Otros formaron nuevos grupos, nuevos organismos, como en el caso de San Pablo, San Francisco de Asís, Kabir, Fox, Wesley, etc. En cada caso, sintieron que la vida plena y robusta del Espíritu demandaba una encarnación, un lugar en la historia y la sociedad, una disciplina fija y una tradición.

Es un hecho que no solamente la historia del alma sino todo logro humano que vemos en las grandes personalidades creativas nos demuestran que estos logros siempre tienen dos aspectos. En primer lugar, está la visión o revelación solitaria y el trabajo personal de acuerdo con esta visión –es decir: la experiencia directa de Dios en la persona religiosa y sus esfuerzos para responder; la percepción intensa de la belleza del artista y su esfuerzo por traducirla en forma concreta; el sueño del poeta y su difícil expresión en palabras; la intuición de la Realidad del filósofo traducida al pensamiento. Hay experiencias personales e inmediatas y ninguna alma humana alcanzará su estatura plena sin la necesaria libertad y soledad que demandan. Sin embargo, en segundo lugar, existen todos los contactos sociales y históricos que estos tipos creativos tienen con el pasado y con el presente. Este enorme torrente del pasado con toda la riqueza de la historia humana y sus esfuerzos les otorga, aunque no lo reconozcan, los mismos conceptos iniciales necesarios para entrar en contacto especial con la Realidad y les da su color especial; esta misma corriente les apoya y demanda de ellos su propia contribución al tesoro de la especie y a la actualidad. De este modo, el artista, además de sus horas solitarias de contemplación y esfuerzos, debiera dedicar tiempo también al estudio del pasado y al intercambio con otras artistas. Es un hecho de que grandes y duraderas formas artísticas han surgido con más frecuencia dentro de una escuela que en situaciones de completa independencia de tradiciones. Parece, entonces, que tanto los defensores de la religión colectiva como de la personal tienen razón y que un camino intermedio que evite ambos extremos de simplificación sea más cercano a los hechos de la vida. No tenemos razón alguna para suponer que estos principios que la historia nos enseña hayan dejado de funcionar; tampoco podemos asegurarnos el mejor progreso espiritual para la humanidad a través de romper con el pasado y las instituciones en las cuales se conserva. Las instituciones son claramente necesarias si queremos preservar tanto el equilibrio entre la estabilidad y lo novedoso, como aquellos vínculos con la historia y nuestros semejantes y, si queremos lograr esta plenitud de vida colectiva e individual en los altos niveles que nos recomiendan la historia y la psicología.

El tema sobre la dimensión institucional de la religión y las demandas válidas que debiéramos tener respecto a ella tiene dos aspectos que requieren un tratamiento por separado. Primero tomaremos lo que concierne al carácter y utilidad del grupo, organización o sociedad: la Iglesia. En segundo lugar, hablaremos sobre sus prácticas: el Culto. Bajo cada aspecto será necesario preguntar sobre sus características necesarias, sus dones esenciales para el alma y los peligros y limitaciones involucrados. 
 

La Iglesia y la Vida del Espíritu

¿Qué es lo que hace una Iglesia para el individuo que busca a Dios, para un alma que quiere vivir una vida plena, completa y real, que ha experimentado en una u otra forma de experiencia religiosa la presencia y compulsión de la Realidad Eterna en su soledad?

Podemos decir que la Iglesia-institución entrega a sus miembros:

1) La conciencia de su pertenencia al colectivo o grupo.
2) La unión religiosa no sólo con sus contemporáneos sino con la humanidad entera, es decir, con la historia. Podemos mirarlo como una extensión hacia el pasado y, por lo tanto, un enriquecimiento de aquella conciencia del colectivo.
3) La disciplina y con ella un tipo de firmeza espiritual que lleva a nuestras almas fluctuantes más allá de los inevitables períodos de flojedad y decaimiento, y corrige el subjetivismo.
4) La cultura, por la transmisión de los descubrimientos de los santos.

En la medida en que la persona independiente alcanza cualquiera de estos cuatro elementos, lo hace finalmente gracias a alguna fuente institucional, aunque sea en forma indirecta. Por otro lado, la institución que representa sólo el elemento de estabilidad de vida no ofrece experiencia espiritual directa, ni impulso hacia la novedad, ni la frescura del descubrimiento o interpretación en la esfera espiritual; tampoco debiera esperase que lo haga. Sus peligros y limitaciones están relacionados precisamente con cierta posición de disgusto frente a esos fenómenos. Tiende a exaltar lo colectivo y estable y desestimar lo inconstante e individual. Su instinto natural es hacia el exclusivismo, el círculo cerrado, el conservatismo y comodidad. Dejada a sí mismo, se complacería en un ambiente y punto de vista más bien maduro. Podemos considerar estos puntos en mayor detalle.

La conciencia de pertenencia a un grupo que una iglesia debiera otorgar a sus miembros, es de un tipo especial. Es axiomático que algún tipo de organización colectiva es necesaria para la vida humana. La historia nos ha mostrado la tendencia de todos los movimientos espirituales de encarnarse en alguna forma concreta, sea esta una iglesia u otra forma colectiva. Cada rebelión sucesiva contra el institucionalismo decadente termina en la formación de un nuevo grupo o en su extinción después de que muere su fervor inicial. Sin embargo, este impulso social de formar grupos espontáneos de maestros y discípulos, aunque sea valioso, no demuestra por completo todo lo que significa o hace una iglesia. Es verdad que la Iglesia es o debiera ser, en cada momento de su existencia, una sociedad espiritual viva, o sea, una iglesia-doméstica de fe. Es esencialmente una comunidad de personas que tienen o debieran tener un sentimiento común: creencia firme, reverencia para su Dios y un propósito común definido: es decir, la promoción de la vida espiritual bajo las modalidades religiosas particulares. Pero cada orden, secta, grupo o reunión de curso podría reclamar lo mismo; sin embargo, ninguno de estos puede llamarse iglesia.

Una iglesia es mucho más. En la medida en que es vital, es un organismo verdadero, lo que la distingue de una muchedumbre o de un conjunto de personas con un fin común. Demuestra en el plano religioso las características principales de la vida organizada: el desarrollo de una tradición y hábitos complejos; la diferenciación de funciones; la docilidad al liderazgo; la conservación de valores, es decir, su transmisión del pasado al presente. Como el estado, es la historia encarnada y como tal, vive con su propia vida, una vida que trasciende y abarca las vidas individuales de los miembros que la constituyen. Aquí, en la unión de su carácter social y histórico se encuentran las fuentes tanto de su enorme importancia para la vida humana como sus inevitables defectos.

Las condiciones necesarias para el desarrollo de una verdadera vida orgánica eclesial:

- Primero, la continuidad de su existencia, lo que involucra el desarrollo de un cuerpo de tradiciones, costumbres y prácticas, es decir, el Culto.
- Segundo, una organización autoritaria a través de la cual las costumbres y las creencias pueden ser transmitidas, vale decir, una jerarquía, orden de ministros o su equivalente.
- Tercero, un interés común, una creencia o idea, es decir, un Credo.
- Cuarto, la existencia de grupos o condiciones antagónicos que desarrollan la lealtad.

Estas características: continuidad, autoridad, creencias comunes y lealtad son aspectos notables de una sociedad espiritual vital. Se encuentran ejemplos claros en las comunidades cristianas primitivas y en las grandes órdenes religiosas durante sus épocas de florecimiento. En general, son más evidentes en la Iglesia católica que en las de tipo protestante. Sin embargo, podemos, de alguna manera, considerarlas esenciales para cualquier marco institucional que pretenda ayudar la vida espiritual de la persona humana.

Concluimos que para realizar los requerimientos de la psicología del grupo, debiéramos comprometernos con la imagen de una iglesia o institución espiritual que es en esencia: litúrgica, eclesiástica, dogmática y militante, cuatro bocados decididamente indigeribles para la mente moderna. Sin embargo, el sentimiento del grupo demanda una expresión común si este sentimiento es elevado desde el plano de una simple noción al de un hecho. La disciplina requiere alguna autoridad y una medida de devoción a ella. La cultura involucra la transmisión de una tradición. Decimos que estos son los dones principales que la institución entrega a sus miembros, entonces podemos mirarlos como símbolos de valores actuales y también una advertencia. Porque ni la historia ni la psicología fomentan la creencia de que una amable fluidez sirve los más altos propósitos de la vida. Tenemos entonces, cuatro dones:

- Primero, prácticas y costumbres comunes que hacen posible que el individuo permanezca en unión con las tendencias principales del grupo, y que ofrecen los rieles para guiar la vida instintiva y la maquinaria para difundir las sugerencias provechosas;
- Segundo, la disciplina y la oportunidad para la humilde sumisión;
- Tercero, un estándar tradicional y teológico, y
- Cuarto, el entusiasmo de los esfuerzos misioneros.

Debieran existir en cualquier corporización de la vida espiritual si quiere tener efecto en las almas de las personas. De hecho, las rebeliones periódicas contra las iglesias y el clericalismo no van en contra de las sociedades donde estos cuatro dones están vivos, sino al contrario, luchan contra aquellas que exageran la tradición formal y la autoridad, a la vez que han perdido su entusiasmo y la identidad de su propósito.

Una iglesia verdadera tiene algo que dar a cada uno de sus miembros y algo que pedirles, por eso la falta de pertenencia a una iglesia es una pérdida genuina para la persona. La iglesia perdura a través de un proceso permanente de descartar y renovarse, por lo tanto sus miembros compartirán la riqueza y la experiencia de una vida espiritual que excede su propia época, una verdad concretizada en la doctrina de la Comunión de los Santos. Los adeptos entran en una conciencia colectiva que refuerza la suya en la medida en que se someten a ella; que les rodea de sugerencias positivas y les da la precisión del hábito a su instinto para la eternidad. El simbolismo arcaico de la catedral gótica con sus evocaciones de civilizaciones pasadas y antiguos niveles de cultura, de la conservación de verdades eternas y la unión de lo sublime y lo feo crea una imagen digna de la iglesia como institución de la humanidad. Tal vez el conservatismo asociado con la catedral representa también el reproche tan común contra las iglesias y sus tendencias a preservar la estabilidad a expensas de la novedad, de cristalizar y aferrarse a los hábitos y costumbres que han dejado de servir un fin útil. En esto la iglesia es como un hogar donde se encuentran las antigüedades y donde hábitos antiguos y absurdos muchas veces perduran. Sin embargo, tanto el hogar como la iglesia pueden ofrecer algo que no existe en otra parte y representan valores que sería peligroso ignorar. Una vez que el carácter histórico de la realidad sea comprendido por nosotros, veremos que alguna organización de este tipo es esencial para la continuidad espiritual de la raza. Sólo así los valores realizados serán conservados y llevados adelante; los hábitos útiles, aprendidos y practicados; las intuiciones del genio y revelaciones del profeta sobre la realidad, interpretados y trasmitidos. Por estas razones la iglesia, o su equivalente, tendrá que ser un factor en la reconstrucción espiritual de la sociedad.

De la misma manera que el bebé se beneficia enormemente por nacer dentro de un marco social en vez de hacerlo en la libertad ilusoria de la naturaleza pura, el crecimiento del alma es o debiera ser ayudada y no obstaculizada por la crianza recibida de la sociedad religiosa dentro de la cual nace. Sólo a través de la vinculación, abierta o virtual, por la vida o por la literatura con algún grupo religioso, puede el alma nueva vincularse con la historia y así participar en los valores espirituales atesorados de la humanidad. Aunque sea una percepción general de la vida nos inclinamos a alguna apreciación del principio del Baron von Hügel: “Las almas que viven una vida espiritual heroica dentro de las grandes tradiciones religiosas alcanzan una percepción, convicción y realidad religiosa de tal volumen e intensidad pocas veces al alcance del contemplativo que camina solo, por muy ardiente que sea.”

La historia nos da una razón para esto y la psicología otra. Las personas que viven con intensidad su vida con Dios, comparten y están bañadas en la conciencia colectiva de su iglesia, tal como los miembros de una familia, distintos en temperamento, comparten y están modificados por la conciencia colectiva del hogar. El proceso mental del individuo está profundamente afectado cuando piensa y actúa como miembro de un grupo. La capacidad de ser influenciado está enormemente incrementada y sabemos la importancia que tiene la sugestión para nosotros. Además las influencias que surgen del grupo siempre tienen prioridad por sobre aquellas que vienen de afuera, porque la persona humana es gregaria, intensamente sensible a la mentalidad de la manada. Entonces, la mente de la Iglesia es algo real. El individuo fácilmente se tiñe con su color y la tradición que encarna e imita a sus compañeros. Cada acto y pensamiento es un paso tomado en la formación de un hábito y le deja algo diferente de lo que era anteriormente.

No queremos decir que la pertenencia eclesial nos dejaría a merced de las influencias emocionales, reduciendo la espontaneidad a costumbre y aminorando la energía y responsabilidad del individuo frente a Dios. Todo lo contrario, la buena influencia colectiva refuerza, estimula y no embrutece la acción individual. Si puedo rezar con más devoción por la actitud piadosa de aquellos que participan junto conmigo en el ritual, entonces despreciar su ayuda y negar reconocer la acción del Espíritu Creador sobre mí a través de ellos sería una presunción despreciable. Uno de los rasgos más bellos de una religión corporativa es que, dentro de ella, los miembros, sea cual sea su nivel, pueden ayudarse mutuamente a acercarse a Dios un poco más de lo que podrían haber logrado por sí solos. Aunque no estoy hablando de los individuos que poseen aptitudes especiales, las vidas de los santos nos enseñan que aun los mejores de entre ellos tenían sus altos y bajos y necesitaban el apoyo de los demás. En la Vida del Espíritu, la incorporación institucional tiene un papel que nada puede reemplazar. Es más fácil “contagiarse” con la bondad y la devoción que instruirse sobre ellas; las personas se forman y se transforman por el poder de la sugerencia, la simpatía y la imitación. Sólo se desarrollan plenamente cuando están reunidas en grupos donde existe plena oportunidad para la acción benevolente de estas virtudes. Ahí las almas santas y fuertes -vivos y muertos- entregan su gran don a la sociedad; ahí los débiles, los no transformados y arrogantes, reciben lo que necesitan. En la medida en que los educados y los intelectuales participan con sencillez de corazón en las devociones y prácticas piadosas de los pobres, se elevarán más alto en la religión del Espíritu.

Para hacer funcionar la idea institucional y responder a las necesidades actuales es imprescindible cumplir con cuatro condiciones primarias:

· La religión institucional debiera ofrecer una vida social que desarrollara la conciencia colectiva respecto a nuestros intereses y responsabilidades eternos, utilizando una disciplina verdadera, junto con las influencias de liturgia y credo.

· Sin embargo, no debiera uniformar y socializar esta vida de tal forma que no deje lugar a la libertad personal en el reino del Espíritu, a las “experiencias de las personas en su soledad” que forman el corazón mismo de la religión.

· No debiera ser tan rígida, tan exclusiva, tan condicionada por el pasado al punto de que la voz del futuro no pueda ser escuchada claramente, es decir, la voz del profeta con su expresión fresca de las verdades eternas; y no solo la voz que surge dentro de las fronteras, sino también la que viene desde afuera.

· Por otro lado, debiera evitar el desprecio del pasado con sus símbolos valiosísimos al punto de desprenderse de la tradición, perdiendo así la estabilidad cuya preservación es su especial obligación.

Pero el don de la vida familiar de la institución religiosa ideal tiene su precio. Su disciplina razonable y fortificante, su don de refugio, su solicitud para la tradición y su formación de hábitos y conciencia colectiva, tienen el mismo precio exigido por toda vida familiar: acomodación mutua y sacrificio; espacio para la puerilidad, para los obtusos, los lentos, los ancianos; la necesidad de suavizar las demandas de los eficientes y racionales, los apasionados y adelantados; la tolerancia de la imperfección. De este modo, para los miembros apasionados, eficientes y racionales de la familia eclesial, como en cualquier familia, hay permanente oportunidad para la humildad, el anonadamiento, la aceptación compasiva, para ejercer el amor que debiera estar unido al poder y a una mente sana si la vida plena del Espíritu está presente. En el reino de lo sobrenatural esto es ganancia sólida aunque no sea algo apreciado como tal durante nuestra juventud. Si tuviéramos la capacidad de mirar a la institución religiosa no como fin en sí misma sino simplemente en su función de hogar: que da, por un lado, refugio y formación, oportunidad para la lealtad y el servicio mutuo, y conserva la estabilidad y buenas costumbres, por otro, entonces sería más fácil apreciar sus dones y ser más misericordiosos con sus defectos. Seríamos tolerantes frente a su conservatismo, a su tendencia a afirmar la dependencia y obediencia y a sospechar de las iniciativas individuales. Dejaríamos de esperar que proporcionara la novedad y la libertad o de que estuviera en la vanguardia de la vida en su empuje adelante. Para esto no debiéramos mirar a la institución que es el vehículo de la historia, sino hacia el alma venturosa que es el vehículo del progreso –al profeta, no al sacerdote.

Estas dos grandes figuras: el Guardián y el Revelador que son prominentes en cada religión histórica, representan las dos mitades de la plena vida espiritual. El progreso del hombre depende tanto de la conservación como de la exploración y cualquiera incorporación plena de esta vida que pretende servir los intereses espirituales actuales de las personas, debiera encontrar espacio para ambas manifestaciones.

La segunda parte de esta conferencia, sobre el culto y su papel en la religión institucional será el tema del próximo boletín.

Extractos tomados de las conferencias de Evelyn Underhill presentadas en Manchester College, Oxford 1921 y publicadas en The Life of the Spirit and the Life of Today, Harper & Row, San Francisco, 1922.
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Yanka  - El Rincón de Yanka     |213.60.16.xxx |2008-12-12 14:27:00
Gracias por vuestro trabajo.
Feliz Navidad
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