| Religión institucional y la Vida del Espíritu: el Culto |
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| Miércoles, 01 de Junio de 2005 00:00 | |||||||
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Volvemos al tema del boletín anterior, esta vez para tratar del segundo aspecto de la religión institucional, el Culto. ÍNDICE El culto influye en nuestras actitudes a través de sus vocaciones El culto influye en futuras disposiciones por la repetición de los actos El mundo de la simbología Conclusiones: la tarea que nos obliga La consideración de la dimensión institucional de la religión nos lleva ahora al segundo aspecto, el Culto, y nos hace preguntar sobre el modo en que la Iglesia hace su trabajo especial de crear un ambiente y compartir un secreto. ¿Cómo se transmite el depósito tradicional de la experiencia espiritual, cómo se atrae al individuo para que entre en la corriente de la historia espiritual y se asegure su permanencia ahí? Hay que acordarse que la Iglesia no existe para fomentar y transmitir sólo la vida moral, la vida terrenal de la perfección, sino también la vida espiritual en todo su misterio y esplendor -la vida de perfección de la dimensión trascendental, la poesía de la bondad, la vida que se orienta hacia Dios. Y no sólo en las almas predilectas que, sin duda, perseveran en tal búsqueda sin la ayuda de la Iglesia, sino que en todas las personas que lo necesitan. ¿Cómo lo hace? La respuesta: más que nada a través de actos simbólicos y por medio de la sugerencia y la imitación. Todas las iglesias organizadas se encuentran eventualmente comprometidas con un Culto organizado. Podría ser sólo rudimentario en su forma o llegar incluso a un alto nivel de perfección estética. Es un hecho histórico que aun los que se rebelan exitosamente contra las ceremonias muertas terminan, normalmente, inventando ceremonias a su turno. Aprenden por experiencia la verdad de que los hombres forman hábitos religiosos más fácilmente y tienden a tener experiencias religiosas cuando se juntan en grupos y participan en estos actos. Es así porque la psique humana es plástica frente a las sugerencias que recibe y esta apertura a ellas aumenta cuando la persona vive una vida gregaria o social como miembro de una comunidad unida y participa en actos colectivos. Los ejercicios y maniobras del soldado son necesarios para la solidaridad de las fuerzas armadas, y, aparte de otras consideraciones, los servicios religiosos, en alguna forma, también son esenciales a la solidaridad de la Iglesia. El culto influye en nuestras actitudes a través de sus evocaciones No debemos tener miedo de reconocer primero que, desde el punto de vista psicológico, una razón principal del valor y de la necesidad de las ceremonias religiosas se encuentra en esta sugestionabilidad colectiva de la persona humana y, segundo, que una de las funciones de estas ceremonias es producir en la persona la movilidad del umbral, o sea, de su conciencia espiritual generalizada. Como la madre moderna musita consejos benéficos al oído de su niño dormido, así la Iglesia toma a sus hijos en el momento de menos resistencia y les sugiere todo lo que ella desea para ellos. Es interesante notar cuán perfectos son los rituales de cristianismo histórico para provocar la aparición de la mente intuitiva y un estado de sugestionabilidad máxima. Mientras más complejo y solemne el ritual y mientras más arcaicos y universales los símbolos utilizados, tanto más poderosa será la persuasión para las personas capaces de someterse a ello. La música, el cantar rítmico, gestos simbólicos, períodos solemnes de oraciones recitadas, todo contribuye al efecto. En las iglesias cristianas de tipo católico, cada objeto que salta a la vista, cada fragancia, cada actitud que nos anima a asumir, nos empuja en la misma dirección si los dejamos hacer su legítimo trabajo. Para los temperamentos menos inclinados a someterse a la sugestión, existe el silencio colectivo, deliberado y realmente ceremonial de los Cuákeros -la quietud de la mente en espera, la actitud de expectación, la abstracción de la imagen visual- todo esto funciona para conseguir el mismo fin. En cualquiera de los dos casos, el fin es producir una conciencia colectiva especial que consiste en reforzar en el individuo el sentimiento y aptitud de abrirse confiado a la sugestión de la muchedumbre. Vemos este fenómeno en su forma más cruda entre los predicadores que usan medios algo carnavalescos para despertar la fe entre su audiencia. A un nivel más alto, es visible en las ceremonias dramáticas elaboradas de la celebración de la Semana Santa en la Iglesia Católica Romana. Pero el sentimiento cálido, lleno de devoción de una buena comunidad al terminar de cantar un himno favorito, también pertenece al mismo orden de fenómenos. Las frases rítmicas, generalmente sin significado profundo o atracción intelectual, ejercen un efecto casi hipnótico sobre la superficie analista de la mente, induciendo una condición de recepción abierta a todas las influencias del lugar y de las demás participantes. En Efesios 5:19-20, después de mandar a los cristianos a juntarse para rezar salmos y cánticos espirituales, San Pablo les dice: Canten y celebren interiormente al Señor. Está describiendo una de las funciones principales de estas ceremonias religiosas. A través de ellas, nos estamos hablando a nosotros mismos, la parte más interior y plástica, dándonos una sugerencia poderosa a nosotros mismos y a todas las personas a nuestro alrededor. A través de estas afirmaciones rítmicas y recitaciones colectivas, ofrecemos una afirmación de la misma función del ritual y de nuestras aspiraciones en la forma que mejor facilite su absorción. Este hecho confiere gran responsabilidad a las personas que eligen los salmos e himnos para la comunidad porque podrían ser tanto instrumentos para revitalizarla y ofrecer ideas constructivas, como herramientas de la superficialidad emocional y melancolía fanática. Al decir todo eso no se trata de desacreditar las ceremonias religiosas, ni las ingenuas ni las más sofisticadas. Al contrario, creo que al efectuar este cambio en nuestro tono mental, al impulsar la aparición de este estado normalmente suprimido, las ceremonias están haciendo su verdadero trabajo. Debieran estimular y dar expresión social a esta actitud de adoración que es el corazón de la religión, ayudando a aquellos que no pueden ser devotos por sí solos, a participar en el sentimiento devoto comunitario. Entonces, si queremos recibir los dones que el ritual colectivo nos puede dar, debiéramos someternos sin resistencia o crítica a su influencia, de la misma manera que nos entregamos a la influencia de una gran obra de arte. Esta influencia es capaz de sintonizarnos a una conciencia, aun pasajera, de la realidad espiritual y cada apariencia del sentimiento trascendental es a favor de uno. Es verdad que los objetos que evocan este sentimiento serán solamente simbólicos pero, después de todo, nuestros mejores conceptos de Dios son solo símbolos. No pedimos, ni debiéramos pedir que sean verdades científicas. Su función es darnos poesía, una intuición artística concreta de la realidad, y ponernos en una actitud poética. Lo importante es que a través de estas prácticas litúrgicas colectivas y de nuestro sometimiento a ellas, podemos prevenir este congelamiento de los pozos profundos de nuestro ser que ocurren con tanta facilidad entre aquellos que debieron vivir vidas material o intelectualmente exigentes. Nos permite mantenernos flexibles y las facultades espirituales permanecen accesibles y susceptibles a la educación. El culto influye en futuras disposiciones por la repetición de los actos La religión ceremonial organizada insiste en que semanalmente atendamos, por un tiempo, a las cosas del Espíritu. Nos ofrece sugerencias y nos protege, en lo posible, de las insinuaciones conflictivas, aunque la mera apariencia de nuestros prójimos suele ser suficiente para traerlas. Nada es más seguro que esto: primero, nunca conoceremos el mundo espiritual si no nos dan la oportunidad de atenderlo y, segundo, este mundo espiritual no producirá su efecto real en nosotros si no penetra debajo de la superficie consciente para entrar en las profundidades de la mente instintiva, amoldándola de acuerdo con la idea reinante. Si se quiere recibir los dones del Culto es necesario traer consigo por lo menos lo que uno trae en el momento de apreciar las grandes obras de arte: atención, sometimiento, empatía. De otro modo, como cualquier obra de arte, permanecerá externa al observador. Gran parte de la sincera crítica y disgusto tan común frente a la ceremonia religiosa surge entre aquellos a quienes les falta poner su parte. Son como críticos apresurados que rechazan una obra de arte porque no es representativa o históricamente precisa. Desgraciadamente, pierden al mismo tiempo el valor estético que fue creado para comunicar. Tomemos un cuadro de la Madona. La mente, en sus diferentes niveles, podrá encontrar: la representación pura, historia bíblica, teología, satisfacción estética o verdad espiritual. El campesino verá a la Madre de Dios; el crítico una fase de la evolución artística; el místico verá más allá de la pintura para hacer nuevos contactos con el Espíritu de la vida. Recibimos de acuerdo con la medida de lo que llevamos por dentro. Ahora, consideremos el caso paralelo de una gran liturgia dramática enriquecida con los significados derramados en ella por la historia. Por ejemplo, la Misa de la liturgia Católica Romana. Los diferentes niveles de la mente encontrarán magia, teología, misterio profundo o la conmemoración de un evento bajo símbolos arcaicos. Pero más allá de todo eso, podrá encontrar la solemne emoción colectiva de la Iglesia Cristiana y una recapitulación del movimiento del alma humana hacia la plenitud de la vida. La Misa, como todas las demás ceremonias, puede parecer externa, muerta, irreal, sin contenido religioso para la mente que niega rendirse frente a ella o rehúsa moverse en sintonía con su movimiento. Entonces, tal mente permanece aislada en su crítica. Sin embargo, los que se entregan completamente, con toda naturalidad al movimiento de una ceremonia de este tipo, al final tal vez no habrán aprendido nada nuevo pero sí habrán vivido algo. Cuando recordamos que ninguna experiencia de la vida de devoción se pierde, llegamos a la conclusión de que bien vale la pena someternos a una experiencia a través de la cual avanzamos, aunque sea por unos cortos minutos, a valiosísimos niveles de vida y nos ponemos en contacto con valores más altos. Si consideramos el enriquecimiento de la vida visible en aquellas personas que participan en el mundo de la religión ceremonial con docilidad, sin conflicto interior, aceptando su disciplina y sus dones, veremos que ellos muestran una falta de juicios negativos respecto al mundo ceremonial. Tomemos el caso de una mujer piadosa que se levanta a las seis de la mañana para participar en una ceremonia que ella cree agrada a un Dios personal. Hay un mundo de experiencias espirituales que la separa de un filósofo que medita sobre el Absoluto en un cómodo sillón. Nadie tendrá dudas respecto a quien de los dos lleva ventaja. Aquí nos aproximamos al punto siguiente. El Culto, con su liturgia y disciplina, existe para promover la repetición de actos que son, fundamentalmente, la expresión de la inclinación del hombre hacia Dios. A través de ellos -o de la repetición de cualquier otro acto- nuestra vida instintiva, flexible y dúctil recibe una tendencia particular, determinada. Sabemos por las investigaciones psicológicas que la ejecución de cualquier acto de una criatura viva influye en la realización de todos los futuros actos similares. Quiere decir que la memoria se concierta con cada estímulo fresco para alertar y reforzar nuestra reacción al mismo estímulo. En su libro El análisis de la mente, Bertrand Russell comenta que: Prácticamente todo lo que es distintivo en el comportamiento físico y mental de los organismos vivos está ligado a la influencia persistente del pasado y la mayoría de los actos y las respuestas pueden estar reunidos bajo las leyes causales sólo por incluir los incidentes pasados en la historia del organismo como parte de las causas de la respuesta actual. De hecho, los fenómenos de percepción forman sólo un aspecto de la ley general. Sabemos que todo lo que hemos percibido en el pasado condiciona lo que percibimos en el momento actual, y, de la misma manera, todo lo que hemos hecho en el pasado condiciona lo que haremos en el futuro. Por lo tanto, a pesar de la ira y rebelión de la juventud y la sofisticación de la madurez, la temprana formación religiosa, sobre todo los actos religiosos repetidos, probablemente tendrán su influencia a través de la vida entera. Aunque todo su significado anterior parece muerto o irreal, sólo se ha retirado al trasfondo oscuro de nuestra conciencia y allí vive. La tendencia que marcó persiste; no podemos librarnos de ella. Pareciera muchas veces que una iglesia pierde a sus hijos, lo mismo que suele pasarles a los padres humanos. Sin embargo, ellos retienen su sello invisible y permanecen como hijos. En casi todas las conversiones que ocurren durante los años de madurez o en las vueltas desde el escepticismo a la creencia tradicional, gran parte se explica por los recuerdos de la niñez y de la temprana disciplina religiosa del individuo que surgen de nuevo y hacen su contribución a las nuevas aprehensiones de la Realidad. El mundo de la simbología Si el Culto no hiciera nada más, sería responsable por lo menos de dos cosas de enorme importancia. Influye en nuestra actitud actual por sus evocaciones y también en nuestra futura disposición a través de la memoria inconsciente de los actos que el ritual requiere. Sin embargo, la verdad es que el Culto hace mucho más. Tal vez su función más importante es proporcionar la expresión artística concreta para nuestras percepciones espirituales, devociones y deseos. Vincula lo visible con lo invisible mediante la traducción del hecho trascendente en términos simbólicos y aun sensibles. Por esta razón, los seres humanos que tienen cuerpo además de espíritu no pueden permitirse el lujo de prescindir del Culto. Los trascendentalistas a ultranza suelen olvidar esta verdad, estableciendo estándares espirituales a los cuales la raza humana, anclada a este planeta y al orden físico, no puede conformarse. Uno puede tener dificultades con algunas historias bíblicas por los detalles que llevan. Por ejemplo, alguien diría que uno no está obligado a creer que la virgen María fue visitada por un ángel corpóreo, vestido de manto blanco. Tal vez no, pero el ángel tendría que vestirse de algo. Y aquí hay una gran verdad teológica detrás de palabras que suelen sonar infantiles. Los contactos fugaces y las realidades sutiles del mundo del espíritu tienen que vestirse de algo para que nosotros lleguemos en algún momento a verlos y entenderlos. Es decir, para que la gran masa de las personas llegue a comprender el mundo trascendental, aun en forma infinitesimal, ese mundo tendrá que vestirse de algo fácilmente reconocible para el ojo y el corazón humano, para esta alma folklórica medio consciente que existe en cada uno de nosotros, que se mueve en la profundidad del ser buscando, a su manera, a su Creador. Comentar sobre los símbolos religiosos es un asunto delicado; son como amigos íntimos. Aunque en el fondo de nuestros corazones sabemos que estos símbolos son sólo humanos, nos molesta profundamente que nos recuerden esto. Como el amor de los seres humanos en su estado más perfecto va más allá de su objeto inmediato, transfigurándose y disolviéndose en la naturaleza de todo amor; así también pasa con la devoción hacia una figura puramente simbólica, si hablamos de Krishna del hinduismo, de la Madre de Misericordia del budismo o de los objetos de la piedad cristiana familiar a nosotros. Es característica de la mente primitiva que encuentre gran dificultad con los universales y se sienta más cómoda con los particulares. El éxito del cristianismo como religión mundial reside, en gran parte, en su capacidad para responder a esta necesidad humana. Es notorio que la persona de Jesús, y no el Dios absoluto, es el objeto de la devoción del protestante promedio; de la misma manera, el campesino católico encuentra más fácil aproximarse a Dios a través de un santo especial o de la Virgen local. Es corolario inevitable del nivel psíquico en que vive el campesino y, para nosotros, hablar de sus "supersticiones" no viene al caso. Otras grandes tradiciones de la fe han sido obligadas a responder a esta misma necesidad de un objeto particular en el cual la conciencia religiosa primitiva pueda anclarse; hemos mencionado ya ejemplos en el culto de la Gran Madre en el budismo y del Krishna en el hinduismo. Como sea su destino, así empieza la vida del Espíritu, emergiendo silenciosamente de nuestros impulsos y necesidades humanas más simples. Sin embargo, lo Universal se manifiesta en cada uno de estos particulares, por lo tanto no nos corresponde a nosotros negar a la masa de las personas su medida de comunión con el Espíritu Creativo de Dios, de acuerdo con la manera que su nivel psíquico la hace natural. Están viviendo ya una vida espiritual, de acuerdo con esta medida. Estos objetos del Culto religioso y todo el simbólico mundo de fe construido de ellos -con sus ángeles y demonios, su claramente definido cielo e infierno, las personificaciones divinas de los atributos de Dios, la pureza y suavidad de la Madona, la simplicidad e infinitas posibilidades del Niño, la entrega divina de la Cruz, el aceite, pan y vino de sus sacramentos- todos estos pueden ser considerados como las vestiduras que el hombre ha dado a los inefables hechos espirituales, en una u otra etapa de su progreso. Como en el caso de otros vestidos, han llegado a ser identificados con lo que llevan puesto. Sacar las vestiduras nos pone en gran peligro porque, aunque complacería al intelecto, nos podría dejar cara a cara con un misterio al cual no nos atrevemos mirar ni comprender.
Podemos decir entonces que los cultos han hecho algo grande para la humanidad en su evolución y conservación del sistema de símbolos a través del cual el Infinito y Eterno pudiera, de alguna manera, ser expresado. Ya sabemos que la historia de estos símbolos se remonta a la infancia de la humanidad y se adelanta hacia los últimos productos de la imaginación religiosa; todos los cuales permanecen marcados con la imagen de nuestro pasado. Son como monedas que varían en su belleza, mientras algunas, como monedas de poco monto, tienen poco valor intrínseco. Sin embargo, son de importancia enorme como parte de la moneda espiritual corriente, aceptada como representativa de la riqueza espiritual real. En sus símbolos, el Culto preserva todos los niveles antiguos de respuestas religiosas alcanzadas por la raza humana y los teje juntos para así formar la tela de la religión, llevándolos hacia adelante, al presente. Todos los movimientos instintivos de la mente primitiva: su temor de lo invisible, su autosometimiento, su confianza en los actos rituales, amuletos, hechizos, sacrificios; su tendencia a localizar el numen en ciertos lugares o santuarios; de comprar o sobornar lo desconocido, de establecer magos y mediadores, todos estos movimientos están representados en los símbolos. Su función es característica del conjunto humano más que individual. Es el trabajo artístico, la pinacoteca, del alma folklórica en la esfera religiosa. Aquí la facultad creativa del hombre se agarra de la materia prima que le concede la intuición religiosa y de ella construye formas significativas. Interpretamos mal todo el carácter del simbolismo religioso si le exigimos la racionalidad o si tratamos de adaptar su conjunto de imágenes a la mente moderna sofisticada, con sus conclusiones lúcidas, pero probablemente erróneas.
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