| La Vida del Espíritu en el individuo |
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| Viernes, 01 de Julio de 2005 00:00 | |||||||
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Hemos considerado varios aspectos de la "Vida del Espíritu" en un esfuerzo por conocer la naturaleza de la "espiritualidad" que tanto nos fascina como factor significativo de nuestro nuevo milenio. A través de los boletines anteriores hemos presentado esta "Vida" a través de la misma historia y en la religión con su organización colectiva que es la Iglesia y su culto. A continuación, ofrecemos una reflexión sobre esta "Vida del Espíritu", sus características observadas en la vida del individuo, su aplicación práctica y las demandas que ella presenta al individuo. Sin despreciar la riqueza ofrecida por otras tradiciones religiosas, queremos descubrir y hacer accesible a las personas a cargo de la formación y dirección espiritual, aquellos tesoros de nuestra propia tradición cristiana respecto a la vida espiritual y los pasos del viaje de vuelta a nuestro hogar. Esperamos que esta materia ilumine nuestro viaje y el de los fieles. ÍNDICE ¿Qué es lo que demanda de nosotros la vida espiritual personal? El proceso de lograr la plenitud de la Vida del Espíritu Siguiendo el camino Y ¿Cuál será el próximo paso? ¿Qué es lo que debiéramos considerar como el corazón de la espiritualidad? Habiendo eliminado las características accidentales con que las variadas tradiciones religiosas han dotado esta vida, ¿qué es lo que claramente distingue a ciertos hombres y mujeres santos de aquellos ciudadanos moralmente buenos o de los altruistas más dedicados? ¿Por qué el santo cristiano, el rishi hindú, el arhat budista o el sufí islámico se parecen en el fondo como hombres y mujeres de la misma especie, viviendo una sola vida bajo diferentes tradiciones, dando testimonio de un solo hecho? ¿En qué consiste la diferencia? Estamos tratando aquí con las realidades más sutiles y solo tenemos la ayuda de palabras crudas e imperfectas, desarrolladas para otros fines. Pero seguramente nos acercamos a la verdad cuando insistimos en que: la vida espiritual en todas sus manifestaciones, desde las más pequeñas hasta el triunfo sobrenatural, es simplemente la vida que significa Dios en toda Su riqueza, inmanente y trascendente; y la respuesta al Eterno que cualquier persona es capaz de dar expresada dentro y a través de su vida terrenal. Esta vida requiere una certeza o visión objetiva, algo a que apuntar junto con la total integración de la persona y su dedicación a esta meta. Ambos términos: visión y respuesta son esenciales a esta vida. A primera vista, esta definición suele parecer algo insípida. Sugiere muy poco de esa belleza conmovedora y sobrenatural, ese heroísmo e inmensa atracción que pertenecen a la vida espiritual. Aquí estamos tratando con la poesía en acción, y sería más apta la música que las palabras para describirla como realmente es. Sin embargo, todas las formas, todas las bellezas variadas y los logros de esta Vida del Espíritu pueden ser resumidos como las reacciones de diferentes temperamentos a su amor. Es la respuesta de la totalidad de la persona: flexible, plástica, racional e instintiva, activa y contemplativa a todas estas experiencias religiosas objetivas que hemos considerado. En su plenitud, la respuesta evoca, por un lado, lo más heroico, más bello, más tierno de las cualidades humanas; todo lo que llamamos santidad, transfiguración de lo meramente ético por la belleza sobrenatural, la respiración de otro aire, la satisfacción de otros estándares diferentes a aquellos del mundo temporal. Por otro lado, esta respuesta de la persona íntegra está recompensada por una nueva sensibilidad y receptividad, un nuevo influjo de poder. Usando el lenguaje teológico, la voluntad recibe como respuesta la gracia y, en la medida en que la dedicación de la voluntad se haga más completa, tanto más fuerte es el influjo de la vida nueva. Entonces es claro que el inicio de esta Vida en nosotros -y esta reflexión es inútil si no es aplicada a nosotros mismos- aunque sea pequeño y humilde en sus inicios, exige no sólo una adicción a la vida sino también un cambio en la totalidad de nuestra escala de valores y una autodedicación. Lo que estamos presentando aquí como posible logro humano no es una vida de piedad confortable o el gozo de las sensaciones del místico de sillón. Al contrario, lo que se ofrece es un nuevo beneficio de vida, el acceso a la plenitud de las posibilidades de la naturaleza humana. Sin embargo, este beneficio viene con ciertas condiciones e incluye nuevas obligaciones respecto a esta vida, obligaciones que nos impelen continuamente a hacer elecciones duras y difíciles, y a rechazar en forma perpetua: la tentación de volver atrás, de caer en hábitos cómodos, de tomar el camino de menos resistencia. La vida espiritual no se vive a distancia segura de los Fuegos del Amor Divino. Demanda cosas a veces tan duras que nos parecieran casi sobrehumanas: una compasión inmensamente generosa, perdón, paciencia, gentileza, pureza, anonadamiento, etc. Significa una conquista completa de la tendencia perenne de evitar el esfuerzo, de aceptar voluntariamente privaciones y dolor. Si preguntamos cómo esto puede ser, y qué hace posible tal fuerza de voluntad y coraje humano, la única respuesta parece ser la del Cristo en el Evangelio de San Juan: una vida más abundante. ¿Qué es lo que demanda de nosotros la vida espiritual personal? Las vidas de los grandes representantes históricos de la vida espiritual mostraron que la línea general de desarrollo pasa desde la mera conversión física a una más espiritual y de allí, por medio de desilusión, conflictos morales y su resolución, termina en la unificación del carácter y en una plena integración de las dimensiones activa y contemplativa. El resultado es un incremento de capacidad y una dedicación completa al trabajo dentro del nuevo orden y para nuevos ideales. Hay algo del penitente, algo del contemplativo y algo del apóstol en cada persona que alcanza su estatura plena y realiza sus posibilidades latentes. Por sobre todo, se encuentra una fortaleza, un poder acabado para tratar con la existencia, que surge de la completa indiferencia frente al sufrimiento o éxito personales. Además, la psicología nos muestra que los esfuerzos y reajustes que prepararon esta Vida del Espíritu se alinean con aquellos que nos preparan para la plenitud de vida en otros niveles, es decir, el control de las energías de la naturaleza impulsiva, de tal forma que esas energías pueden ser aprovechadas para conseguir los fines elegidos por la conciencia: la resolución de conflictos y la unificación de la personalidad entera alrededor del interés dominante. Estos reajustes son apoyados por la aceptación voluntaria de las sugerencias y consejos religiosos recibidos en forma correcta por la mente, con su poder de persuasión; por la educación de la preconciencia de nuestra psique y por la formación de hábitos de caridad y oración. Los grandes escritores nos dicen: La vida espiritual personal debiera exhibir tanto el contacto legítimo como la renuncia de lo particular y efímero, así perpetuamente buscando y encontrando lo Eterno, profundizando y encarnando el trascendente "Otro" dentro de su propia existencia. Hay muchos elementos de gran riqueza incluidos en estas palabras. Ahora queremos abrir y desempacar sus aplicaciones prácticas: 1. Contacto legítimo con lo particular y efímero. Quiere decir: aceptación voluntaria de las tareas, obligaciones, relaciones, alegrías y penas de esta vida terrenal, la vida activa que abarca el proceso de llegar a ser, en toda su integridad. 2. También cierta renuncia de lo particular y efímero. Un rechazo a aprovechar todo lo posible de lo particular y efímero para uno mismo; de ser posesivo o atribuirle un valor absoluto. Involucra un sentido de desprendimiento o ascetismo; un destino y una responsabilidad para el alma que va mucho más allá que la felicidad o el éxito terrenal. 3. Junto con esto, una búsqueda y encuentro de lo Eterno no sólo en las horas de oración y devoción; una búsqueda que penetra enteramente nuestra sana y legítima acción terrenal con el mismo espíritu de la contemplación. 4. Y así profundizando y encarnando -es decir, dando forma y testimonio concretos a través de nuestro crecimiento personal- a aquel trascendente "Otro", al hecho real de la Vida del Espíritu aquí y ahora. La plenitud de la Vida del Espíritu ha sido declarada de nuevo como: activa, contemplativa, ascética y apostólica, aunque estas permanentes disposiciones humanas sean expresadas en otros términos, tal vez menos fuertes. Si las llamamos trabajo, oración, autodisciplina y servicio, tal vez parecerían algo menos alarmantes. Pero aun así, este arduo programa suele parecer enormemente difícil para la persona humana. Se requiere la búsqueda y la conservación del necesario equilibrio entre el contacto básico y propio con el mundo actual temporal y también su debida renuncia, junto con la penetración continua del mundo del tiempo con el espíritu de la Eternidad. Ahora, pongamos estos cuatro requisitos en un orden diferente. En primer lugar pongamos "una búsqueda y encuentro con lo Eterno no sólo en las horas de oración y devoción; una búsqueda que penetra enteramente nuestra sana y legítima acción terrenal con el mismo espíritu de la contemplación". Lo que aquí se requiere es llevar esto a cabo de una manera práctica. Es decir, en medio de nuestros esfuerzos normales, descubrimos que estamos en un mundo de secuencias y temporalidad donde sucede la mayor parte de nuestra búsqueda y encuentro; los momentos en que podamos tocar el mundo más allá de lo temporal y sensorial serán contados. Sigue entonces que los dos primeros requisitos serán plenamente satisfechos porque si sinceramente buscamos y encontramos a Dios mientras vivimos y experimentamos el contacto estrecho con lo particular y efímero, las ocasiones para aceptar y renunciar serán el fruto de esta misma experiencia. Además, el Otro Trascendente que para nosotros es la única fuente de la belleza, realidad y valor del mundo sensorial, será encarnado y expresado a través de nosotros en esta misma vida, y así cada vez más conocido y saboreado. Al precio de nuestros esfuerzos y amargas luchas, la belleza del Trascendente será cada vez más atraída hacia adentro de las limitaciones de nuestra humanidad, para colorear así nuestras actitudes y acciones. En la medida en que la hacemos propia, la belleza del Trascendente será entregada, una vez más, a otros a través de nosotros. No pretendo que una presentación como esta haga más fácil la vida espiritual personal. No hay nada capaz de eso. Pero eso sí, hace que su meta central sea algo más clara. Esta presentación muestra, al mismo tiempo, la dificultad y también la simplicidad de la vida espiritual porque al final depende de la subordinación consistente de cada impulso y acción a una sola meta dominante. Esta meta es la unificación de la personalidad íntegra alrededor de un centro, el más alto concebido por el hombre. En la perfecta unificación de la psique que es característica de la Vida del Espíritu, todo el comportamiento está canalizado en una corriente de propósito y dirigido hacia una finalidad trascendental. Esta simplificación le significa una liberación de los deseos antagónicos y, en consecuencia, un incremento de poder. Pero ¿cómo lo hacemos? El proceso de lograr la plenitud de la Vida del Espíritu Aquí, los hombres y mujeres de todos los tiempos y todas las tradiciones religiosas que han logrado esta plenitud de vida concuerdan en su respuesta: la parte que depende del hombre es el Amor y la Oración. Correctamente entendidos, estos no son dos movimientos de la piedad emocional sino disposiciones humanas fundamentales, actitud y acción típicas que controlan el crecimiento del hombre hacia una realidad más grande. Su importancia prioritaria sugiere la necesidad de nuestra atención. Primero, el Amor, esta palabra excesivamente repetida y mal usada, muchas veces confundida, por un lado con la pasión, y, por el otro, con la amabilidad o afabilidad. Si preguntamos a los psicólogos, algunos dirían que el amor es como el hilo psíquico en que todas las acciones del ciclo vital, aparentemente separadas, están enhebradas y unidas. En este sentido, no es necesario que el amor sea plenamente consciente y llegue al nivel de sentimiento. Pero sí tiene que ser un imperioso impulso interior. Si preguntamos a aquellos que conocen y han enseñado la vida del Espíritu, ellos también dicen que el Amor es una tendencia apasionada, un impulso interior vital que incita a cada ser viviente a perseguir la tendencia más profunda de su ser. Es un impulso que se manifiesta en forma consciente como autodonación y deseo que sólo encuentran su meta satisfactoria en Dios. Para ellos, el Amor es mucho más que sus manifestaciones emocionales. Santo Tomás de Aquino lo llama la causa fundamental de las actividades verdaderas de todas las cosas activas. Plotino dice que no es otro que el Espíritu que camina con cada ser. (1) Nos sugiere una vez más que, sea lo que sea el nivel de la experiencia, el anhelo psíquico, el urgente espíritu interior que nos impulsa hacia la vida es siempre uno y la sublimación de este anhelo vital, (su dirección hacia Dios) es la esencia de la regeneración -la transformación. En nuestra naturaleza instintiva -lo que nos hace el tipo de animal que somos- mora el poder de amar que realmente es el poder de vivir; la causa de nuestras acciones, el factor determinante de las percepciones, la fuerza que nos empuja a la experiencia -sin desviarnos por ningún obstáculo, al contrario, estimulándonos a una vida aun más enérgica. Cada nivel del universo importuna este poder: los mundos de los sentidos, del pensamiento, de la belleza y de acción. De acuerdo con el grado de nuestro desarrollo, la tendencia de la voluntad consciente será la respuesta y, de acuerdo con esta respuesta, será nuestra vida. El mismo mundo al cual la persona se dirige y en el cual se produce fruto, termina siendo su dueño. Es este mismo mundo que se manifiesta a través de ella. Los cristianos, bajo la autoridad de su Maestro, declaran que este amor a Dios requiere todo lo que tienen, no sólo de sentimiento sino de intelecto y poder pues Dios será amado con corazón, mente y fuerza. El pensamiento y la acción están involucrados en los niveles más altos porque se refieren no a un emocionalismo religioso, sino a la orientación de la persona entera hacia Él, siempre buscando y encontrando lo Eterno. Es la vinculación y encadenamiento de todo el comportamiento en un hilo continuo e intacto para asegurar que las elecciones duras, difíciles y a veces heroicas que esta vida demanda, sean hechas finalmente porque son inevitables. Aquí tenemos la verdadera naturaleza de la unión divina, sin conexión con el rapto, arrobamiento, éxtasis, o estados mentales anormales; es una unión orgánica, consciente y dinámica con el Espíritu Creativo de la Vida. Si queremos conocer, en lo posible, el modo de realizar esta unión, la respuesta será: a través de la Oración. Ahora, la oración se entiende aquí como una vida o estado, no como acto. Como el "yo social" se desarrolla por contacto con la sociedad, así el "yo espiritual" se desarrolla sólo por contacto con el mundo espiritual. El contacto humilde pero ardiente con el mundo espiritual -abriendo nuestros impulsos, fantasías, sentimientos, disposiciones interiores, pensamientos, etc. a sus sugerencias- es lo que constituye la esencia de la oración, entendida en su sentido más amplio. En este encuentro del corazón humano con la totalidad de lo que puede aprehender de la Realidad, no sólo la dependencia humilde sino también la alegría, paz y poder; no sólo el éxtasis sino también la oscuridad misteriosa, debieran ser entrelazados en el tejido de amor. A través de la obediencia completa a este amor exigente, haciendo cosas difíciles y generosas, renunciando a lo fácil y lo confortable, viviendo intensamente los niveles más altos, es como las personas experimentan, sienten en forma más profunda y entran por completo en la vida espiritual. Por otro lado, sólo por el contacto permanente y por el recurso a la Vida del Espíritu es que tenemos la energía que permite realizar esta dura y difícil vocación. En el plano físico, la persona humana depende totalmente de los recursos de alimentación y oxígeno para vivir. La vida espiritual depende también del ambiente vital que la penetra y la alimentación celestial que recibe. Necesidad de equilibrio: Volvemos una vez más a la necesidad fundamental de las dimensiones activa y contemplativa en la vida equilibrada. A pesar de esto, muchos creen que la vida espiritual requiere sólo creer en Dios, amar al prójimo y actuar de acuerdo. Como resultado, la vida del "cristiano social" es, en muchos casos, una vida hambrienta. No deja tiempo para el silencio, el retiro, la atención serena a lo espiritual, tan esenciales para desarrollar todas sus potencialidades. La ausencia de la vida balanceada o equilibrada se manifiesta tanto en una espiritualidad lánguida e ineficaz como en una vida apostólica apurada y agitada. San Juan de la Cruz nos dice: No falta escribir ni hablar -hay demasiado ya- se necesita silencio y acción. Porque el silencio unido a la acción produce la recolección y da una fuerza maravillosa al espíritu. Es mejor, más útil, y produce una gran fuerza el hecho de pasar diez minutos en la mañana en contacto con el Eterno que en ojear el diario. Solo diez minutos de este contacto nos enviarán a nuestro trabajo bien orientados, recogidos y dotados con el poder de tratar con las circunstancias que encontraremos durante el día. Hasta no darnos cuenta de esta verdad, no habremos ni empezado a vivir la Vida del Espíritu o entendido la conexión práctica entre tal disciplina diaria y el poder de hacer nuestro mejor trabajo, sea el que sea. Entonces el amor y la oración son las dos esenciales prioridades en la vida personal del Espíritu. Representan, por supuesto, solo el lado nuestro además de nuestra obligación. Porque este amor nuestro es sólo la respuesta al Amor que desemboca en nosotros y esta oración es la apropiación de la energía y gracia trascendental que nos llegan. Es imposible amar y orar sin Dios. No podemos hacer el trabajo sin Dios y Dios no quiere ni hará el trabajo sin nosotros. Sin embargo, la vida interior personal de amor y oración no debiera ser demasiado solitaria; se necesitan vínculos con el culto, con la vida de los hermanos, con la historia y con el pasado vital. El individuo hace los vínculos a través de su lectura de la cultura y experiencia de la humanidad. La persona gana bastante con esa comunión y con el humilde aprendizaje de su trasfondo cultural. Encontrará en la lectura de los escritores espirituales gran estímulo, belleza y alimentación para su alma y buenos estándares de comparación y camaradería en sus horas de luz y deprivación. Para las almas maduras estas lecturas llegarán a ser mapas para la vida interior, que ofrecen descripciones necesarias para el camino y maneras de controlar el individualismo. Siguiendo el camino ¿Cuál es el camino típico que seguiría un hombre o una mujer común de hoy? Cuando reflexionamos sobre la apariencia de la Vida del Espíritu en la historia nos damos cuenta de que suele empezar con un tipo de inquietud, una sensación de que hay algo más en la existencia, algún significado absoluto, algo que no hemos alcanzado. Aquella insatisfacción, incertidumbre y hambre podrán mostrarse primero al intelecto, a la naturaleza moral, a la conciencia social, aun a la facultad artística o directamente al corazón. Su carácter permanente es de contracción, limitación, insatisfacción con uno mismo y lo alcanzado. Su impulso es siempre el mismo, hacia un objetivo más grande, más duradero. Es una búsqueda de lo Eterno en alguna forma. Debido a la "niebla" de olvido y descuido en que vivimos en este mundo, esta búsqueda, y por sobre todo el encuentro con el Eterno, no es una tarea muy fácil para nosotros. El sentido de búsqueda, de desilusión, de la ausencia de algo es más común entre las personas modernas que su resolución en el descubrimiento. Sin embargo, la búsqueda en sí da evidencia de que existe una solución y que aquellos que perseveran debieran encontrarla al final. El mundo al cual nuestro deseo se torna en verdad es, de alguna manera, revelado a nosotros. Y esta revelación, siempre parcial y relativa, está condicionada por nuestra capacidad, el carácter de nuestro anhelo y las experiencias de nuestro pasado. Así, cuando la persona encuentra esta Realidad, el descubrimiento, aun parcial, es la revelación abrumadora de un Hecho objetivo. Se siente arrastrada por un amor y terror reverentes que ni siquiera supo que poseía. Ahora ve en forma obscura, pero desconcertante, la rica complejidad de la existencia como si fuera transmutada, lleno de caridad y belleza, gobernada por otra serie de arreglos. La vida entera le parece diferente; emana una fragancia nueva; los colores son incluso más fuertes. Sólo existe una cosa más desconcertante, ver este patrón de transformación actualizado en su prójimo: es decir, vivir cara a cara con la santidad humana en su gran simplicidad y amor, alegría y paz sobrenatural. Cuando vislumbramos la Belleza Eterna en el universo podemos decir que está más allá de nuestra capacidad. Al contrario, cuando la vemos iluminando el carácter humano, sabemos que no está más allá de la posibilidad de la raza humana, que está aquí y es posible. Su existencia como forma de vida crea un estándar y nos impone a todos una obligación. Lo que la persona humana ha hecho, la persona humana puede hacer. Supongamos que el alma urgida por esta nueva presión, acepta la obligación y empieza a medirse por este patrón. Luego se hace aparente que este Hecho tan buscado y vislumbrado no es algo meramente añadido a su antiguo universo. Esta Realidad penetrante ha transformado cada aspecto de su mundo antiguo. Ya posee una nueva y muy exigente escala de valores que le demanda una nueva serie de ajustes; pide, con autoridad, un cambio de vida. Y ¿cuál será el próximo paso? Luego, el alma se encuentra en una posición muy difícil. Está acuñada dentro de un orden físico con sus demandas y sugerencias incontables que han monopolizado su campo de conciencia por muchos años, formando hábitos en respuesta. Es necesario romper de alguna manera con este orden, o por lo menos con su apego, abriéndose más bien a los horizontes más amplios demandados por un nuevo mundo más grande. Además, su vida compleja contiene muchos elementos insubordinados de un pasado primitivo. Luego se empieza a experimentar el conflicto inevitable entre los viejos hábitos y las nuevas demandas; sólo cuando se solucione este conflicto será posible desarrollar su poder pleno. De este modo, el alma rápidamente se da cuenta de que la lucha entre la naturaleza y la gracia mencionada por los teólogos es una manera pintoresca de referirse a una situación real en que hay muchísimo por hacer. Aunque sea cierto que hay inmensa alegría y esperanza en ajustarse a este nuevo centro de la vida, el alma sabe que está comprometida en el avance de un Poder que puede ser lento pero que nada ni nadie puede detener. Por lo tanto, la primera cosa que este Poder demanda es el coraje, y el segundo es un esfuerzo vigoroso e incesante. Jamás podrá volver a vivir cómodamente como en el pasado. Ser consciente de una falta de armonía e imperfección trae la obligación de enmendar la desarmonía y alcanzar una nueva síntesis. Hábitos y caminos antiguos casi automáticos tendrán que ser abandonados y nuevos caminos creados, a pesar de la resistencia. De este modo, la Vida del Espíritu se introduce en el individuo, por tentaciones, conflictos y perplejidades que le aturdirán. Son los resultados de nuestro pasado biológico que siguen perturbando nuestro "presente" oscilante que aún sólo existe a medias. Esta percepción de nosotros mismos como emergiendo con dificultad de nuestro origen animal, enteramente teñido con las tendencias y hábitos egoístas que han primado en nosotros, es la verdadera. Este autoconocimiento es la verdadera humildad, la única tierra en que la vida espiritual puede germinar. El reconocimiento de su estatus de criatura trae la obligación de seguir el proceso de dolor y conflicto necesario para realizar las demandas del amor generoso, para que los muchos niveles de su naturaleza sean purificados y armonizados y sus poderes desarrollados. Este es el verdadero significado del arrepentimiento por el cual la persona demuestra no sólo su sinceridad sino también el valor y coraje en su aceptación de las demandas que impone. El alma sana, como el cuerpo sano, es capaz de dar la bienvenida a las pruebas, asperezas y dolores incluidos en esta educación que armoniza lo racional o ideal con la vida instintiva, produciendo el cambio de corazón que permite que la psique entera trabaje sin conflictos hacia un solo objetivo. Esta misma educación está planteada por los psicólogos como condición de una vida plena y sana. Sin embargo, su perfección se realiza solamente a través de la entrega completa del corazón y mente a un tercer término que trasciende tanto lo racional como lo impulsivo. Es la Vida del Espíritu en su autoridad suprema, con su identificación con los intereses humanos más altos, que sí realiza esta perfección, uniendo las energías ardientes de la persona humana en el servicio de la Luz. Entonces en la rica y abundante vida nueva en la cual la persona entra, la primera hebra tiene que incluir el arrepentimiento, catarsis, autoconquista y contrición como garantías de una profunda generosidad frente a la respuesta. Podemos decir, entonces, que la necesidad de autoescrutinio y autopurificación jamás se deja atrás. La segunda hebra se puede llamar recordación. La persona empieza a sentir un fuerte impulso al retiro interior, a la concentración y a alguna forma de la oración, aunque tal vez no utilice estas palabras ni reconoce el carácter de su disposición. En la medida en que se entrega a esta atracción, esta recordación o recolección parece más fácil. La persona encontrará un verdadero mundo interior, no meramente de fantasía, sino una experiencia de búsqueda en el corazón donde el alma está en contacto con otro orden de realidades y se reconoce como un heredero de la Vida Eterna. Aquí ocurren cosas singulares: un Poder trabaja y nuevas comprensiones nacen. Por primera vez la persona se encuentra tratando de crear un equilibrio entre la vida interior y lo exterior y de enriquecer su acción con los frutos de la contemplación. Si la persona dedica a la disciplina y refinamiento de su pensamiento afectivo sólo una fracción del esfuerzo que le daría al aprendizaje de un nuevo juego, será recompensada con una creciente purificación de su visión, un sentido de seguridad cada vez más firme y una creciente delicadeza en su discernimiento moral. La tercera hebra es la disposición a la entrega completa. En su avance en esta vida interior, la persona sentirá la atracción imperativa de la Realidad, de Dios, y debiera responder a esta atracción con toda su capacidad de coraje y generosidad. La forma que toma este impulso a la entrega varía con el carácter psíquico del individuo. Para algunos vendrá como un sentido de vocación: total dedicación a los fines del Reino. Para otros será la iluminación de la mente que ahora discierne los verdaderos valores. Y para los más bendecidos, será el quiebre, el destrozo y la rehabilitación del corazón. Sea como sea la forma que tome, cualquiera reserva, falta de sinceridad o egoísmo echarán a perder la armonía del proceso de la autosimplificación. Esta entrega no tiene como fin hacernos blandos y piadosos sino hacernos capaces de recibir más energía para hacer un mejor trabajo. Esta cuarta hebra de la vida nueva, el trabajo, nos induce a llevar adelante, en forma más perfecta, el impulso del Espíritu y lo que debiera ser la tarea prioritaria humana, encarnar el Eterno aquí y ahora. Así se completa la cuerda o el hilo que une los elementos de la Vida del Espíritu en el individuo. Consiste en cuatro hebras: dos que son disposiciones del individuo: penitencia y entrega, y dos que son actividades de carácter interior: recordación y trabajo. Las cuatro hebras hacen austeras demandas de fortaleza y buena voluntad al individuo pero, a la vez, se refuerzan mutuamente en una lucha íntegra y vital para responder con cada vez más fidelidad a la Realidad, al Espíritu. La Vida del Espíritu con su humildad, alegría amorosa, adoración, diligencia y dedicación incluye tanto la austeridad como la aventura. Está llena de fluctuaciones y tiene sus períodos de oscuridad como de luz. El elemento del riesgo no puede ser eliminado porque, al final, estamos obligados a confiar en el Universo y vivir por la fe. Por lo tanto, el alma despierta tendrá que experimentar la perplejidad, compartir hasta el final la presión y ansiedad del orden físico y, encadenada a una conciencia acostumbrada a este orden, tendrá que contentarse con pequeños destellos de comprensión y soportar largos períodos de privación cuando la luz permanece velada. Somos seres humanos y así lo quiere Dios. Con su avance en este camino, los períodos de privación le parecerán cada vez más amargos. Pero jamás escuchamos cosas dulces y gratas respecto al consuelo de la fe de los verdaderos hombres y mujeres del Espíritu porque la auténtica vida de fe otorga todo lo que vale la pena tener y toma todo lo que sea digno de ofrecer. Con golpes incesantes unifica el alma al Universo, sometiéndola al propósito universal, deshaciéndose de la llama de la separación. Aunque la alegría y la paz interior son características dominantes, incluso en la privación, el trabajo, abnegación y sacrificio constituyen su esencia. Sin embargo, estos no son experimentados como una carga pesada porque son la expresión de amor. Este camino requiere la elección consciente o voluntaria, junto con una noble capacidad para rechazar, elementos que no están necesariamente incluidos en el famoso:"afinarse con el Infinito". Con la madurez descubrimos que, aunque el oído humano recoge una variedad de melodías incompatibles desde el Infinito, no podemos oír la sinfonía entera. La melodía confiada a nuestro cuidado, la cual nos exigirá hasta los límites, tiene notas tanto de triunfo como de dolor y su marca distintiva no es la felicidad sino la vocación; es decir, el trabajo requerido y el poder otorgado pero bajo la condición de que lo gastemos, junto con nosotros mismos, en servir a los demás, sin límites. Si elegimos seguir esta vida del Espíritu, ¿cuáles son los beneficios que nosotros como hombres y mujeres comunes podemos esperar para nosotros mismos y para la comunidad que servimos? Esta Vida traerá un nuevo deleite; horizontes más amplios y la conciencia de más seguridad; un fresco sentido de la alegría que nos espera y del trabajo que nos queda. La verdadera conciencia espiritual es positiva y constructiva; no mira hacia atrás a los pecados y errores del individuo o de la comunidad, sino que mira hacia adelante en esperanza. Los hombres y mujeres espirituales son capaces de arriesgarse y vivir en forma peligrosa en el cumplimiento de sus ideales. Ellos están liberados de los temores y ansiedades irreales que nos atormentan a la mayoría de nosotros, y están convencidos de que las posesiones y el éxito no tienen importancia. La alegría que le espera al amor desinteresado y la confianza que viene después de la entrega, no les pueden fallar. Así es la persona completa, íntegra, que vive la Vida del Espíritu. Es de primera importancia recordar que esta vida espiritual, la Vida del Espíritu, no es de ninguna manera, una vida elitaria. Es una vida en que los aspectos fundamentales están incluidos en los tipos más tradicionales de la piedad y han sido manifestados una y otra vez por las almas más sencillas. Se requiere una entrega incondicional a la voluntad Divina, sea cual sea el símbolo bajo el cual la pensamos, porque sabemos que aun los símbolos más primitivos son suficientemente fuertes para unir el corazón con el Eterno. Un poco de silencio y un rato de tranquilidad, gran fidelidad, bondad y coraje: todo eso está al alcance de cualquiera persona a la que el Eterno le importa suficientemente y que está dispuesta a pagar el precio para unirse a Él. Extractos tomados de las conferencias de Evelyn Underhill presentadas en Manchester College, Oxford en 1921 y publicadas en "The Life of the Spirit and the Life of Today", Harper and Row, San Francisco, 1922. Nota: (1) Ennéadas III. 5,4.
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