La Vida Moral, revivificando la virtud cotidiana (Segunda parte) Imprimir
Jueves, 01 de Septiembre de 2005 00:00

En el boletín del mes anterior ofrecimos una visión de la moralidad católica actual con énfasis en el mismo corazón de  la moral, es decir la espiritualidad. No existe moralidad sin espiritualidad y no hay espiritualidad sin la moral. La moralidad es la cara pública de la espiritualidad. Pero es necesario desarrollar una espiritualidad auténtica que se demuestra en una vida edificada sobre el respeto a la dignidad de las personas, la empatía con la creación, la mutualidad en las relaciones, la reciprocidad, la igualdad, la compasión y la justicia.

En este artículo, el autor tratará acerca de las prácticas espirituales y la virtud como el contexto apropiado para entender la acción moral. Esperamos que esta materia sea de utilidad para su propia reflexión y en su trabajo pastoral.


ÍNDICE

 

La experiencia del amor de Dios
Cómo las decisiones someten a prueba nuestra identidad
Formando el carácter día a día
Las prácticas espirituales y los casos morales
Resumen y conclusión
 

La experiencia del amor de Dios

La espiritualidad cristiana está centrada en la experiencia del amor de Dios que nos ama en Cristo, a través del Espíritu en la Iglesia. Las prácticas espirituales tales como oraciones vocales, la meditación basada en las Escrituras y rituales, como la Eucaristía, alimentan nuestra conciencia de ser amados por Dios. Tales prácticas habituales llegan a ser una manera de vivir centrada en el amor de Dios a nosotros y nuestro amor a Él. Si una práctica religiosa espiritual no nos lleva a vivir una vida moral, entonces nuestra espiritualidad es como una frase incompleta –sin predicado, sin hacer afirmación alguna sobre el sujeto. Las prácticas espirituales debieran realzar y avivar nuestra sensibilidad frente a las responsabilidades morales. A su vez, la vida moral debiera devolvernos a nuestras prácticas espirituales, allí donde somos dependientes de Dios. Esta reciprocidad afirma la inseparabilidad del amor de Dios y del prójimo.

Los escritos devocionales reconocen que la manera de alimentar nuestro amor hacia Dios no es precisamente a través de ideas y argumentos dirigidos a una mejor comprensión de Dios, sino a través de prácticas espirituales deliberadas y metódicas que abren en nosotros un espacio receptivo donde experimentamos a Dios. Mientras hacemos estas prácticas con la intención de expresar nuestro amor por Dios, ellas influyen nuestra formación moral. Las prácticas, que terminan siendo hábitos, evocan disposiciones que pueden desarrollar el carácter y la virtud. La dinámica moral inherente en la práctica plasma nuestra vida con virtudes y valores que expresan lo que significa amar a Dios y a nuestro prójimo.

Tomemos, por ejemplo, la práctica de empezar cada día con la oración -sea esta oración con las Escrituras, oración de intercesión a favor de aquellos que encontraremos durante el día, o la meditación silenciosa como oración. En la oración con las Escrituras experimentamos a Dios que viene de maneras sorprendentes; quedamos abiertos a lo inesperado que encontraremos, preparados para experimentarlo como una epifanía de gracia. De la oración de intercesión podremos adquirir la empatía hacia aquellos por quienes rezamos y estar preparados para saludarlos con una palabra de estímulo en vez de una crítica. En la meditación tranquila creamos un espacio abierto en nuestros corazones que está pronto a escuchar y aprender.
 
No rezamos, por lo general, para poder llegar a ser humildes, preocupados o abiertos, sino para profundizar nuestra relación con Dios; sin embargo, la oración nos llevará a vivir desde la convicción de que Dios está presente y activo en el mundo, haciendo que las cosas trabajen juntas para conseguir el bien. Prácticas espirituales como esas son moralmente formativas en la medida en que nos ayudan a adquirir el carácter para ver las cosas de otra manera y las virtudes para responder de otra forma. Las prácticas son formativas cuando nos abren a ver y juzgar todas las cosas en relación con nuestra experiencia de Dios y nuestro compromiso de estar preocupados por las cosas que importan a Dios.

Sin embargo, se necesita aquí una palabra de precaución: nada es automático. No hay garantía de que adquiramos carácter y virtud si hacemos prácticas espirituales. Las conexiones entre las prácticas espirituales y la vida moral no son simples sino complejas. La conexión causal no es inevitable. Las prácticas espirituales podrían mantener viva nuestra relación con Dios y engendrar una manera de ver las cosas en relación con Él. Pero el esfuerzo intencional o consciente es necesario para implementar nuestra experiencia y visión espiritual.

Las prácticas espirituales no tienen un monopolio en la determinación del carácter y la virtud. Las influencias culturales y personales también tienen su rol en el proceso. Si creemos que estas prácticas son suficientes para hacernos amantes del mundo, estamos profundamente equivocados. Hay múltiples factores que nos influyen. Dados los muchos factores que influyen en nuestro desarrollo moral y el hecho de que no todas las personas toman parte en las prácticas espirituales con un compromiso consciente, no es realista esperar que estas prácticas aseguren un tipo particular de carácter y de virtud. Es mejor decir que, aunque las prácticas espirituales no son necesariamente el único factor determinante en la formación de nuestra vida moral, sin embargo tienen gran potencial para la formación moral, siempre que participemos en ellas con la correcta intención y un profundo compromiso.
 

Cómo las decisiones someten a prueba nuestra identidad

Ahora, es necesario mirar hacia atrás para ver cómo los teólogos de la moral llegaron a su paradigma actual. En los años después del Concilio Vaticano II, la teología moral católica siguió la línea preconciliar con su interés por responder a problemas urgentes usando el raciocinio moral que honraba el lugar de los principios, pero de una manera diferente. La teología moral posconciliar tomó en serio tanto la dinámica del cambio en un mundo todavía desenvolviéndose y  la ambigüedad de la experiencia moral. Tomó en serio también la búsqueda de la verdad moral en la capacidad relacional de la naturaleza humana en vez de la experiencia solitaria de la acción moral.

Para hacerlo más concreto, durante ese tiempo la teología moral católica estaba desarrollándose para responder a la revolución sexual de los años ’60, la crisis de autoridad después de la encíclica Humanae vitae, la aparición de la bioética, el renovado interés en las estrategias nucleares durante la Guerra Fría y el incremento en el número de los pobres. La primera generación de los teólogos revisionistas como Bernard Häring, Josef Fuchs, Louis Janssens en Europa y Richard McCormick y Charles Curran en los Estados Unidos estaban mayormente preocupados con la clarificación de lo correcto e incorrecto de las acciones y en la solución de problemas morales. En el período posconciliar inmediato, la preocupación prioritaria fue el desarrollo de un método apropiado para una ética centrada en el acto pero dentro de un contexto personalista.

Bueno, el sol se ha puesto sobre el horizonte de esta primera generación de revisionistas. La nueva generación de moralistas católicos han mostrado otras prioridades. Se concentran menos en una acción y mucho más en cómo incluir al agente o gestor con su experiencia moral en la evaluación total de cualquier asunto moral. Los problemas morales no van a desaparecer y hay necesidad de aprender las destrezas del razonamiento moral para solucionarlos; sin embargo, es muy importante también lo que pasa a la persona que resuelve el problema. La solución de problemas con principios no es suficiente para satisfacer lo que la persona que toma las decisiones tiene que enfrentar en el momento de desenchufar la máquina, dejar caer la bomba o negarse a pagar sus impuestos. Los asuntos de la vida nos confrontan con la necesidad de tomar decisiones y actuar pero, en forma más profunda, nos obligan a ser de una manera determinada. Las decisiones ponen la identidad a prueba. Lo que queda después que se aplican los principios es la dimensión de la ética que llamamos ética de la virtud.

La ética de la virtud está preocupada de la necesidad de ser una buena persona. Enfoca esos rasgos de carácter llamados virtudes: humildad y hospitalidad, fidelidad y amistad, compasión y coraje, misericordia y justicia, etc. Es precisamente a esta dimensión de la ética a la que queremos dar nuestra atención.
 

Formando el carácter día a día

Hay dos aspectos de la ética de la virtud que nos traen buenas noticias hoy. El primero: las acciones ocurren como expresiones de la identidad o carácter personal. Carácter es el término utilizado para expresar la identidad por la cual una persona es reconocida en el presente y considerada como la misma persona a través del tiempo. Quiere decir que la ética de la virtud toma en serio que lo que somos afecta lo que hacemos y lo que hacemos afecta a la persona que llegaremos a ser. Las virtudes expresan el carácter por apuntar y hacer notar la profundidad y la calidad de la persona. En contraste al método de la moral centrada en el acto que pregunta: ¿Cuál es el acto correcto?, la ética de la virtud pregunta: ¿Desde qué lugar interior haces este acto? Ser moral requiere mucho más que simplemente hacer la cosa correcta. Nuestras acciones deberían surgir del lugar interior correcto. Por ejemplo: el hecho de jugar con nuestros hijos por sentimientos de culpa no es lo mismo que jugar con ellos por amor. El carácter es crucial a esta diferencia porque es la fuente de motivación, intención, perspectiva y afecto.

El segundo aspecto de la ética de la virtud que hoy renueva la teología moral, es su tendencia a restaurar la calidad moral de la vida cotidiana. La vida no tiene una zona libre de la moral. La ética de la virtud nos demuestra que la vida moral es algo que sigue en forma continua; no es algo que encendemos y desconectamos con la necesidad ocasional de tomar decisiones difíciles. La ética orientada hacia los problemas se mueve en el reino episódico de ética hecha para la televisión, basada en el drama de casos controversiales. La ética de virtud se compromete con las acciones cotidianas, ordinarias, continuas, exentas de acontecimientos notables como el lugar preciso donde la vida moral acontece. La calidad moral de la vida no está en las decisiones dramáticas, ocasionales que a veces son necesarias sino en el carácter que formamos por vivir día a día y por hacer y rehacer las mismas cosas. Después de todo, somos lo que hacemos habitualmente.

La ética de la virtud percibe cada acción que hacemos con un propósito o fin determinado, con su efecto particular, no solamente sobre el mundo sino también sobre la persona que estamos llegando a ser y sobre nuestro modo de actuar en el futuro. La manera en que vivimos cada día crea un ímpetu moral. Así que, si manejo como maníaco, es probable que me convierta en un loco. Si trato mis amigos con respeto, es probable que llegue a ser respetuoso y a tratar aun a los extraños con respeto. Si siento que tengo que corregir los errores de los demás cada vez que los veo, es probable que termine controlando en forma obsesiva.

Tomando en cuenta la continuidad y la consistencia del carácter, no esperaríamos que un mentiroso diga la verdad; que un calumniador alabe su víctima o que un jefe controlador estimule la colaboración. Es lo que explica en parte por qué un director quiere una referencia de carácter antes de contratar alguien. El carácter ayuda a explicar no solamente por qué actuamos en el presente de una manera determinada sino también por qué es probable que sigamos actuando así en el futuro. Nuestra manera de actuar en tiempos difíciles  surge de los hábitos que formamos un día tras otro en el curso de nuestras vidas.  Entonces, si queremos ser más amables, más benévolos, más sinceros, más afectuosos y amigables, tenemos que actuar de esta manera cuando tengamos la oportunidad.

Por supuesto, el carácter aunque estable, no está determinado. Somos todos obras en progreso. Nadie está completo. Usamos las virtudes para crear una visión de la vida buena y para determinar las metas personales para la persona en que queremos convertirnos. La ética de la virtud estimula la autorreflexión crítica para chequear nuestro progreso con la visión de la vida buena que nos atrae. La ética de la virtud nos urge también a comprometernos con el mundo porque es imposible llegar a ser virtuoso sin practicar las virtudes en forma concreta.

Al final, las virtudes nos vinculan a la acción a través de un compromiso autodirigido hacia los valores en juego, sean o no prescritos por regla u observados por alguien. Después de todo, la prueba de nuestra virtud está en nuestra manera de actuar cuando nadie nos está observando o cuando es necesario enfrentar una situación inesperada, sin tiempo para ensayarla.


Las prácticas espirituales y los casos morales

¿De qué manera nos ayudan las prácticas espirituales a percibir lo que debiéramos hacer frente a casos difíciles en nuestra vida moral? Si nuestra práctica de invocar a Dios a través de oraciones de alabanza, gratitud y petición no nos ayuda a saber lo que debiéramos hacer, entonces ¿qué relevancia tiene la oración para nuestros esfuerzos de vivir una vida moral?. Prácticas espirituales como la oración son definitivamente íntegras para el  discernimiento. Estas prácticas no nos rescatan de la necesidad de gastarnos en el análisis moral que incluye tomar la medida de la situación, clasificar y seleccionar los valores involucrados, consultar con la autoridad, tomar en cuenta los principios como guías. Las prácticas espirituales son íntegras al discernimiento no porque nos dicen lo que hay que hacer, sino porque informan y transforman las personas que somos -nuestra visión moral, nuestras sensibilidades y virtudes. Nos hacen cambiar.

Tomemos el caso de tener que decidir dar tratamiento o no a nuestra madre que está terminalmente enferma. ¿Debiéramos insistir en otra intervención médica más, o dejarla morir en forma natural? En el cuidado de los enfermos, la oración es tan común y necesaria como la dieta prescrita por el médico. Pero ¿de qué manera contribuye a nuestra búsqueda de ayuda para tomar decisiones?

La oración nos orienta hacia Dios. No rezamos con el fin de poner a Dios a nuestra disposición para así conseguir lo que queremos como un milagro. Tampoco aplacamos ni negociamos con Dios para disipar la ira divina, asegurando así conseguir lo que queramos sin miedo de ser condenados. Más bien, invocamos a Dios y le rezamos para estar conscientes de su presencia en todo lo que pasa a nuestro alrededor. El invocarlo a Él nos orienta a todo lo demás en relación con Dios.

Cuando veamos todo en su relación con Dios, entonces nos enfrentaremos con nuestro estado de humildes criaturas. Cuando enfrentemos nuestros límites y nuestra dependencia final como criaturas, no creadores, entonces aceptaremos la vida como un regalo precioso, un bien que debiéramos cuidar en forma razonable, sin hacer un ídolo de la vida física, ni de la propia ni de la de nuestra madre. Tampoco exaltaremos el poder de la tecnología médica para prolongar la vida porque aquella también comparte nuestras limitaciones de criatura, y está limitada en lo que puede hacer.

Abrirnos a Dios en la oración también transforma nuestras emociones y capacita nuestras sensibilidades morales de tal forma que entienden mejor lo que sería más beneficioso en una situación y lo que sería más bien una carga, sea para la madre, la familia o la comunidad entera. Cuando recemos pidiendo por nuestra madre, veremos que estamos relacionados no sólo con ella sino también mutuamente. Reconoceremos nuestra interdependencia con todos los otros que la quieren y están afectados por su vida.

Rezar por ella me dispone a ser afable con ella, con todos los que la cuidan y con todos los que están afectados por ella y la echarán de menos si muere. La oración que alimenta la afabilidad me ayuda a abrirme a lo que ella valoriza de la vida y así poder juzgar mejor lo que realmente le convendría.

Las prácticas religiosas, como la oración, son íntegras al discernimiento no por las respuestas que nos dan sino porque forman y transforman la persona que somos frente a situaciones que requieren decisiones. Estas prácticas influyen aspectos de nuestro carácter como contexto para el discernimiento en una forma que muchas veces ignoramos cuando dirigimos la atención racionalista a principios y cuando damos prioridad a los derechos por sobre las virtudes. La oración frente a la necesidad de tomar decisiones sobre una intervención médica puede abrirnos para ver todas las cosas en relación con Dios, para aceptar nuestros límites como criaturas, ser empáticos frente a lo que sirve mejor los intereses del otro y reconocer la ambigüedad de nuestro mundo donde no podemos controlar todo y donde todavía esperamos la plena realización del Reino de Dios.
 

Resumen y conclusión

La teología moral católica-romana surgió de la necesidad pastoral de servir a los sacerdotes en la dispensación del sacramento de la penitencia. Sin embargo, esta herencia al ser prolongada, contribuyó a formar una teología moral exageradamente orientada a la acción, centrada en el pecado, relacionada con la ley y controlada por los seminarios. La disciplina de la teología moral heredada por los católicos al inicio del Concilio Vaticano II fue plasmada por hombres para hombres destinados al sacerdocio y su rol de análisis de pecados como confesores.

Todo esto ha cambiado. De hecho gran parte del crecimiento de la teología moral se debe a su desclericalización, es decir, por tomar en cuenta una variedad de puntos de vista de los laicos, especialmente de las mujeres. Estos puntos de vista no-clericales han expandido el rango de interés en la teología moral, más allá de la aplicación de reglas morales en el confesionario. Hoy, la teología moral anima y estimula más la atención a las relaciones personales y al carácter virtuoso digno de un discípulo. Mientras persiste la necesidad pastoral de servir a los penitentes, el método ético se ha movido desde la deducción de juicios morales a través de reglas y normas, a un discernimiento del llamado personal para responder a la presencia de Dios dentro de las relaciones múltiples de la vida.

El futuro de la teología moral descansa en el éxito que logre en integrar la vida moral dentro de los horizontes de la espiritualidad, con la que tiene un punto común de referencia –la experiencia de Dios. A través de reconectarse con la espiritualidad, la teología moral demuestra un mayor interés en la calidad de las relaciones entre las personas y con el medio ambiente. Además, en vez de episodios ocasionales de casos difíciles, hoy la teología moral está legítimamente situando los asuntos morales dentro del contexto del desenvolvimiento de la vida virtuosa.

La buena noticia de la renovación progresiva de la teología moral católica es que nos está ayudando a apreciar la moralidad como una manera de llevar la vida. La vida moral responde a la pregunta, ¿Qué debiéramos hacer frente a lo que somos? Como cristianos, nuestro carácter y nuestras elecciones debieran ser la expresión dinámica de nuestra experiencia de ser amados por Dios. El desafío para nosotros, que vivimos La Vida del Espíritu de Dios revelado en Jesús, es expresar, en forma concreta, a través de las cosas simples de cada día, nuestra gratitud por ser tan amados.
 

Esta segunda parte del artículo “La vida moral” del R.P. Richard M. Gula, SS, profesor de la teología moral en Graduate Theological Union en Berkeley, California, EE.UU., fue publicada  en la Revista CHURCH,  Otoño de 2004.

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