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La Iglesia responde a la posmodernidad PDF Imprimir Correo
Sábado, 01 de Octubre de 2005 00:00

Sus efectos sobre la vida y el ministerio parroquial.

La Iglesia se encuentra hoy en una lucha para ejercer su liderazgo en un mundo pluralista y cambiante. La parroquia, la Iglesia en miniatura, a su vez, debiera tomar su parte en el proceso para poder ejercer su rol como institución. Este rol incluirá los elementos básicos de siempre: la conversión real de sus miembros y la formación de una verdadera comunidad. Sin embargo, las características mayores de la posmodernidad son los peores desafíos de su labor: la desconfianza en todas las instituciones, el individuo visto como único árbitro de la verdad, el relativismo absoluto y la mezcolanza de creencias religiosas que penetra la fe.

En el artículo siguiente, la autora reflexiona sobre los efectos de la posmodernidad en las parroquias actuales y ofrece algunas recomendaciones prácticas. Esperamos que este texto sea de utilidad para su ministerio parroquial.


ÍNDICE


Antiguos modos de percibir al mundo
¿Qué es lo que encendió la postmodernidad?
Las características mayores de la postmodernidad
Diferentes respuestas en las parroquias
La conversión: el llamado a la transformación
Dónde empieza la conversión
 

Te ruego delante de Dios y de Cristo Jesús, y te digo: Predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, rebatiendo, amenazando o aconsejando, siempre con paciencia y preocupado de enseñar. Pues vendrá un tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina sino que buscarán un montón de maestros según sus deseos. (2 Tim 4:1-5)

Cualquiera que trabaja actualmente en la pastoral parroquial se encuentra frente a un ambiente particularmente difícil. A veces uno siente que está colocando parches para tapar hoyos en un barco a punto de hundirse. ¿Qué es lo que ha pasado? En verdad, mucho, sobre todo los cambios culturales incluidos bajo el tema posmodernidad. Durante las últimas décadas la visión mundial posmoderna ha plasmado nuestra cultura occidental y, aunque la discusión de la posmodernidad está normalmente limitada a círculos académicos, sus efectos son experimentados en ambientes pastorales. Por lo tanto, es importante para los párrocos y dirigentes parroquiales entender el impacto de la posmodernidad en nuestra Iglesia local.

 
Antiguos modos de  percibir al mundo

Lo que muchos expertos llaman la premodernidad se extiende desde el principio de la historia escrita hasta el Renacimiento, en el siglo XVI. En la percepción del mundo de ese entonces, Dios no estaba separado de nosotros; sea lo que sucediera, para bien o para mal, era la voluntad de Dios. El mundo para la mayoría de la gente era un lugar pequeño, no se extendía mucho más allá de su pueblo o ciudad. El trabajo era manual. El derecho divino de los reyes reclamaba autoridad sobre la verdad y, en consecuencia, no había separación entre gobernantes y la religión. 

El Renacimiento cambió todo esto. Con la asimilación del método científico, las creencias religiosas fueron cuestionadas. En adelante lo confiable era lo mensurable, lo que era reducible a teoremas y lo que podía ser probado.  Siglos más tarde, la revolución industrial añadió otro elemento, acotando el valor del ser humano a su capacidad de producir.  En la medida en que la tierra llegó a ser algo para dominar por su utilidad, creció la distancia entre las culturas industriales y la naturaleza misma; mientras, invenciones como la imprenta, el teléfono, el automóvil, el avión, el refrigerador, la lavadora, etc. rescataban a un gran número de hombres y mujeres de las labores pesadas. Esta nueva percepción o visión condujo el mundo desde el siglo XVI hasta la década de ’60 del siglo XX.
 

¿Qué es lo que encendió la posmodernidad?

Los orígenes de la posmodernidad se encuentran en los tempranos años de la década del ’60. Con el incremento exponencial de la información y el diálogo entre naciones, culturas y religiones, el esfuerzo por aferrarse a una sola visión consistente del mundo empezaba a desmoronarse. La corrupción de los gobiernos, el movimiento a favor de la igualdad entre los sexos y la recuperación de culturas oprimidas por largo tiempo también influyeron en los cambios. Además, la globalización y la comunicación libre e inmediata de ideas y eventos a través de la televisión y luego del Internet también han hecho su contribución a los efectos de la posmodernidad. Las ciencias, sobre todo los descubrimientos respecto a los orígenes del universo, han encontrado una base para el diálogo con la religión. Finalmente, ha crecido un sentido de la interdependencia de los ecosistemas de la tierra y de nuestra parte en el proceso.

 
Las características mayores de la posmodernidad
 
Aunque parezca algo simplificado, creo que la claridad requiere de la enumeración de algunas características comunes de la posmodernidad que son marcadores identificables e inconfundibles. Después de explicarlas, quiero aludir a por lo menos un ejemplo familiar de su influencia en la vida parroquial.
 
Falta de confianza en las instituciones
 
La posmodernidad rechaza las instituciones como fuentes de verdad y sabiduría. En la vida parroquial se oyen comentarios que muestran algo de esta falta de confianza, como por ejemplo: “Soy espiritual pero no religioso”. La corrupción en los gobiernos, en los deportes, las empresas y, recientemente, en la misma Iglesia han contribuido a la merma de la confianza. Acusaciones de hipocresía y el rechazo de las normas eclesiales y de la autoridad moral podrían venir en parte también de esta fuente.
 
La autorreferencia
 
Cuando las instituciones pierden su autoridad, el sentido de ésta puede ser alojado ahora en la persona, haciendo al individuo el árbitro principal de toda verdad. El auge del individualismo que empezó en la década del ‘60 y ha sido alimentado desde entonces por la propaganda de la publicidad, rechaza la sabiduría y cualquier autoridad fuera del yo mismo. Aun en las parroquias escuchamos el eco de este modo de pensar en comentarios como: “Si no me significa algo en este momento, no lo quiero en mi vida. Si no tiene sentido para mí ahora, no tiene valor; puedo adorar a Dios mejor en mi casa.” Tal vez haya razones legítimas para elegir de entre un conjunto de creencias; tal vez algunas enseñanzas no sean suficientemente persuasivas; o el hecho de disentir podría ser un acto de conciencia. Sin embargo, los individuos posmodernos pueden elegir adherirse sólo a aquellas creencias y prácticas que significan algo para ellos.
 
El pluralismo

A través de la comprensión cultural y la expansión de ideas, reconocemos hoy que ningún punto de vista por sí solo puede capturar la totalidad de la verdad o el misterio del mundo. Ya en 1962, los documentos del Vaticano II muestran el respeto de la Iglesia por las creencias de las otras tradiciones de fe (Cf. Lumen Gentium Nº16 y La Declaración sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas Nº 2) Este es un desarrollo positivo. El problema surge cuando las personas escogen esmeradamente entre aspectos de las espiritualidades religiosas. El resultado es una mezcolanza de prácticas y creencias que han sido desarraigadas del contexto profundo de donde brotaron y terminan como experimentos superficiales con respecto a lo Divino. Hoy en día no es excepcional encontrarse con cristianos que creen en la reencarnación o que desean incorporar ritos célticos de solsticio en las celebraciones parroquiales de Adviento.
 
La reflexividad

La humanidad está en contacto con los fundamentos y las razones de sus acciones a través de un proceso de control o censura social. La tradición es un modo de integrar este proceso dentro de una continuidad de pasado-presente-futuro. Sin embargo, con la modernidad, el pensamiento y la acción están constantemente refractados uno sobre el otro por un proceso llamado reflexividad. Ahora, las acciones no están legitimadas como antes por su relación a la tradición, sino por el soporte ofrecido por conocimientos que vienen desde afuera de la tradición. De este modo, la fuente de autoridad y la naturaleza de los métodos de validación están transformadas a través de estos conocimientos que no se justifican por la tradición anterior.

Como personas posmodernas que experimentan el pluralismo del mundo, reconocemos que nuestra historia cristiana es sólo una entre muchas que tratan de describir el significado de la existencia. Otras culturas tienen sus propias escrituras con historias de la creación y el diluvio; tienen sus grandes profetas, maestros, milagros, etc. El punto de vista cristiano se encuentra desafiado de maneras no conocidas por generaciones del pasado. Sin embargo, hay muchas personas, sobre todo los menores de 50 años, que no conocen bien su propia tradición, y por lo tanto se encuentran incapaces de enfrentar las tradiciones ajenas. De allí comentarios como “Es poca la diferencia entre las religiones” que luego caen en el relativismo absoluto de “Las religiones son igualmente buenas”. Sin embargo, cuando las prácticas espirituales son arrancadas del contexto vivo de su tradición plena, no se vuelven planta de semillero, sino que se hacen como una flor cortada que se marchita porque es incapaz de crecimiento sostenible.

 
Diferentes respuestas en las parroquias

Muchas parroquias han tratado de resolver el problema del desarrollo de una fe viable en nuestro mundo posmoderno. Las descripciones de diferentes puntos de vista que ofrecemos a continuación, podrían parecer algo exageradas pero contienen los aspectos principales de cada posición. Cada una, llevada al extremo, recalca de manera exagerada algún aspecto que es dañino para la parroquia en general.          

La iglesia como asamblea social

Una de las ideas más populares es la de la parroquia como un lugar de buena acogida. Escuchamos comentarios como: “Jesús acogió a todos”. Una parroquia de este tipo termina siendo un centro social. Su principio de fondo es invitar a la gente tal como es y dejarla decidir el nivel de dedicación de su compromiso. Algunas parroquias, incluso, dan la bienvenida a todas las personas que quieren comulgar, sea cual sea su denominación religiosa. Sin embargo, así Cristo puede permanecer al margen y no en el centro de la vida de los miembros de este tipo de parroquia. En su forma más exagerada, la parroquia no puede esperar, ni menos insistir en que sus miembros tengan un compromiso más profundo por el temor de que la insistencia los ahuyente de la Iglesia.

La Iglesia como obediencia a la ley y la tradición

Al contrario, algunas parroquias ponen a la Iglesia como baluarte de toda verdad. Las verdades precisas y la estricta adhesión a la ley son de suma importancia porque la fidelidad a las reglas será la demostración de que los miembros de la parroquia son buenos cristianos. Esta respuesta elitista a la fe infiere que es necesario actuar así o no se es católico fiel. 

La Iglesia como medio del cambio social

Otros creen que la Iglesia debiera ser entendida como medio de cambio social. Estas parroquias entienden el cristianismo primordialmente como “la edificación del reino de Dios”. La liturgia podría llegar a ser una forma de reunión con el objetivo de entusiasmar a los fieles a la acción social. Cualquiera persona puede venir y predicar, siempre que comparta la agenda de reforma social. En parroquias de este tipo, la más amplia tradición universal de la Iglesia tiende a ser débil o, incluso, falta.

La Iglesia como liturgia

En algunas parroquias, de tendencias conservadoras o más liberales, existe un énfasis especial en la liturgia como la respuesta más importante en el desarrollo de una comunidad de fe. Para ellas, el crecimiento espiritual de los fieles dependerá del estilo de la liturgia. Estas parroquias tratan de atraer a los fieles por el estilo y la belleza de su liturgia, sea por el cántico Gregoriano, sea por una Misa jazz. Algunas parroquias logran atraer a un buen número de fieles usando la liturgia como imán. En su forma más exagerada, estas parroquias dependen de una forma de fe basada en la entretención; se piensa que una buena liturgia puede, por sí sola, llevar a la gente a la fiel práctica religiosa. 
  
La Iglesia como educación católica

En ciertas parroquias, la vida gira alrededor de su escuela católica. Gran parte de los recursos de la parroquia va a la escuela, mientras otros ministerios, especialmente la formación adulta, son descuidados. La parroquia cree que el fomento de la fe en el contexto de la escuela producirá católicos más fieles. Desafortunadamente, muchas familias que mandan a sus hijos a la escuela no van a Misa ni participan en la vida parroquial.

 
La conversión: el llamado a la transformación

¿Qué es lo que sugerimos como alternativa? Como los sociólogos y teólogos nos señalan, la religión tiene dos funciones: la más nombrada es el consuelo del creyente, lo que incluye la interpretación de los eventos de la vida, el significado de la vida misma y el sostenimiento del orden social. Sin embargo, su más alta función es la de guiar al creyente al anonadamiento de su ego, para que sea transformado en la intimidad con el mismo Misterio de Dios que busca en sinceridad. La negación del ego o anonadamiento es el camino hacia la intimidad con Dios. A veces se llama esclarecimiento, otras veces conversión. Las personas que utilizan la religión para traducir el sentido de los eventos son responsables también de llevar a los creyentes por el camino de la transformación. La pregunta es: “¿hasta qué punto estamos comprometidos con la transformación?” ¿No sería más fácil para muchos quedarse en un estado más cómodo? ¿Es posible que una parroquia siga con una actitud de hospitalidad, con sus puertas y sus escuelas abiertas, mientras llama a su gente a la transformación?

Tal vez el problema está en nuestra decisión de dar sólo el consuelo de la religión en el nombre de la sensibilidad pastoral, por temor de que nuestros fieles puedan rechazar el cristianismo. Tal vez sea necesario reconocer el hecho de que si impulsamos a los cristianos a servir a los demás, no todos elegirán seguir a Cristo. Estoy convencido de que no llamamos a nuestros fieles a la transformación porque tratamos de hacer lo posible por complacer a los autorreferentes, los que se creen árbitros de toda verdad. Como resultado, la Iglesia se ve debilitada en la fe e impotente para crear el reino de Dios deseado por Jesús. Desgraciadamente, muchas familias llegan a la Iglesia solamente cuando buscan un sacramento. Tratan los sacramentos como productos de consumo para la niñez, no de acuerdo con su significado esencial, como puertas de entrada a la comunidad de fe.

Creo que sólo una Iglesia de profunda conversión puede responder a los problemas de nuestro tiempo y tornarse en un camino viable para la fe. Pareciera que hemos olvidado quiénes somos. Mientras no nos preocupemos primero de nuestra identidad como personas cuyo fundamento es Cristo, seguiremos atrapados en la trampa cultural que valoriza a la Iglesia por su producción religiosa: mejores liturgias, parroquias más hospitalarias, mejores colegios, etc. Estos ministerios son buenos, pero en sí mismos no son suficientes. Sólo cuando la identidad de la comunidad con Cristo sea profunda, sólo entonces podrá existir una respuesta auténtica al Evangelio.

 
Dónde empieza la conversión

 

Una de las profundas percepciones que nos ha dado el posmodernismo es la convicción de que todas las categorías creadas y todas las divisiones y separaciones que hemos edificado son precisamente lo contrario de lo que realmente existe. Los científicos saben que compartimos nuestro ADN con absolutamente cada elemento de la creación y sólo a través de la búsqueda cada vez más profunda de la interdependencia será posible prosperar y seguir evolucionando. Sólo a través de la conversión aprenderemos a celebrar la unidad de todas las cosas, porque la conversión nos enseña cómo dejar de lado la tendencia a autorreferirnos. En el trabajo de la conversión, la Iglesia, a la vez que desafía con audacia los efectos del individualismo, sostiene lo positivo y deseable del pluralismo y de la diversidad. Esta dinámica siempre ocurre en comunidad; la auténtica conversión requiere la comunidad. Muchas personas creen que pueden pertenecer a la Iglesia sin participar en ella. Sin embargo, sin comunidad la vida se vive sin la confrontación.

¿Cómo puede haber conversión cuando la falta de confianza en las instituciones es tan endémica? No puede ocurrir si insistimos en un approach más bien vertical, normas que simplemente emanan desde arriba, porque muchas personas no adhieren a las reglas simplemente por ellas mismas.
 
Una Iglesia de conversión a Cristo es posible solamente cuando las relaciones están unidas desde adentro. Las parroquias tienen que ayudar a las personas a sentir afecto de nuevo por la Iglesia -no como institución sino como una comunidad de fe viviente. Debiéramos preguntarnos si lo que hacemos como parroquia puede reforzar los lazos de comunidad, dando a los parroquianos una experiencia real de la mutua interdependencia, en vez de una seudo-comunidad dependiente de una serie de programas.

En la Iglesia, por supuesto, nuestra imagen de la interdependencia es el Cristo en la cruz que se anonada en Dios y, al hacerlo, enciende la nueva vida de la resurrección. El hecho de ayudar a nuestros fieles a comprometerse a esta tradición con profundidad y fidelidad de prácticas, nos lleva al diálogo auténtico con otras tradiciones que apuntan a la unidad de todas las cosas, que es Dios mismo.

Las instituciones continúan teniendo el propósito no de guardar el pasado como reliquia, sino de reunir a la comunidad para compartir su vida en Cristo. La Iglesia tendrá que remarcar su misión como un cuerpo viviente que crece en sabiduría a través de la participación de sus miembros en Cristo. Las instituciones que guardan la sabiduría colectiva de las edades pasadas, pueden enseñarnos cómo desprendernos de nosotros mismos, anonadarnos para así llegar al verdadero Yo Mismo. Los posmodernos tendrán que redescubrirlo.

Una parroquia comprometida a la conversión percibe que la formación de adultos, y no la de los niños, es su responsabilidad prioritaria e insiste en que el compromiso semanal de reunirse para la Eucaristía dominical es el corazón de la vida comunitaria. La Eucaristía debiera ser una acción formativa que nos manda al mundo para hacer una realidad el Reino de Dios. Una parroquia comprometida a la conversión se basa en la enseñanza y la predicación audaz sobre lo que significa vivir con Cristo en el centro de nuestras vidas. ¡Nos costará! Valorizaremos la reconciliación por sobre la represalia, la generosidad por sobre el consumo, el servicio por sobre los privilegios, la responsabilidad por sobre los recursos limitados.

En contraste con una cultura de materialismo e individualismo exagerados, el cristianismo enseña que la vida debiera ser vivida para los demás, no para uno mismo. Creo que la Iglesia debería desafiar la tendencia reflexiva en la moral y en la espiritualidad y  llamar a los individuos a dejar de lado las preferencias personales y  confiar en la sabiduría mayor de la comunidad de Cristo. Será necesario tener el coraje de decir que la vida evangélica es difícil; que es algo mucho más que el esfuerzo de ser agradable. No a todos les va a gustar esta insistencia; algunos podrían dejar la comunidad. Pero el discipulado es un llamado que nos desafía. Nuestros tiempos, complicados y confusos, demandan elecciones difíciles.


La mayor parte del artículo anterior es de Mary Testin de la “Oficina de Culto” de la Arquidiócesis de Seattle, y actualmente directora de la formación adulta de la parroquia de Sto. Tomás de Aquino, Minnesota, EE.UU. Ha sido modificado para el contexto chileno. Fue publicado en la revista CHURCH, invierno 2004, Vol. 20, Nº4. 

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