Un modo bíblico de llevar un escándalo Imprimir
Sábado, 01 de Abril de 2006 00:00

Aunque se dio cuenta del problema en forma pública sólo unos años atrás, hoy el estigma de la pedofilia ha llegado a ser un tema que remece a la Iglesia entera. Como crisis eclesial, es un tema difícil de tocar, provoca tanto dolor como ira.

Es un hecho que el nivel de desilusión y desánimo entre laicos y el mismo clero ha subido visiblemente frente a los escándalos en el seno de la Iglesia. ¿Cómo llevarlos? ¿Cómo actuar frente a estos hechos? ¿Acaso tiene algo que ver con la misión misma sobre la Iglesia? ¿Tiene algo que ver con nuestra espiritualidad, con nuestra relación con Dios?

En el artículo siguiente, el P. Ronald Rolheiser nos ofrece una reflexión sobre esta situación y unas sugerencias para ayudarnos a entender lo que nos está pasando, cómo aprovecharlo y crecer a través de este gran dolor.


ÍNDICE

Introducción
La crisis en sí misma
La pedofilia como enfermedad
Cómo llevar el escándalo en forma bíblica
1) Hay que nombrar el momento
2) La llamada a la compasión
3) La sanación, no la auto protección y la seguridad
4) La necesidad de llevar esta crisis es ahora nuestro ministerio…
5) La humillación es una oportunidad de gracia
6) Llevar el escándalo en forma bíblica requiere de nosotros…
7) Es necesario “reflexionar" como lo hizo María
8) Hay que reafirmar nuestra fe en Dios como Señor
9) Debiéramos permanecer quietos en medio del dolor

 


Introducción

Tal vez un título más apto para este artículo sería: Desde una situación de estar escandalizado, hacia una decisión de ayudar a llevar el escándalo en forma bíblica.

Empiezo con una prevención: el abuso sexual clerical es un tópico difícil para todos nosotros. Está lleno de dolor y de ira. Y aquí no hay sólo un tipo de ira. La ira es múltiple: las víctimas están enojadas con los perpetradores; los sacerdotes están enojados con sus obispos; los obispos, enojados con la prensa; los católicos están enojados con la Iglesia y gran número de fieles no está seguro con quién debieran estar enojado. Y sospecho que, al terminar esta presentación, muchos estarán enojados conmigo.


La crisis en sí misma...

Para la Iglesia de los Estados Unidos y ahora para la Iglesia entera, esta es probablemente la crisis más grande de credibilidad que hemos enfrentado jamás. Los analistas insisten en que no es una crisis de fe tanto como una masiva crisis de credibilidad.

Aunque la Iglesia tiene 2.000 años de historia, la Iglesia en Norteamérica es mucho más nueva. Es una Iglesia inmigrante y todavía muy joven. En general, ha tenido una historia maravillosa, llegó con los inmigrantes, venía de donde el cristianismo debiera venir, desde abajo. En gran parte, el catolicismo romano de Norteamérica gozaba de una gran historia de confianza entre sus fieles... Hasta esta crisis.

Este escándalo ha generado la crisis más grande del alma y de credibilidad en la Iglesia norteamericana en toda su joven historia. Es, en efecto, “la noche oscura de alma” para esta Iglesia y tal vez para la Iglesia entera. Como la mayoría de las noches oscuras del alma, hiere en forma inesperada y en un lugar de nosotros especialmente vulnerable. Cuando uno lee la literatura sobre las noches oscuras del alma escrita por los místicos, se encuentra con que la noche oscura casi siempre ataca el “talón de Aquiles” sorpresivamente, y donde uno se siente más delicado y menos protegido. Podemos decir lo mismo sobre este escándalo. Todo el asunto de la sexualidad es uno de estos puntos vulnerables, y no solamente dentro de la Iglesia. A la sociedad le gusta pretender que el sexo no es un tema delicado, cuando en verdad es un tema de una magnitud enorme dentro de cada cultura y cada psique. La antropología nos asegura que el sexo es el instinto más poderoso en el planeta después de respirar el aire. Aunque no se ha desarrollado en forma perfecta, tampoco lo ha hecho tan mal, porque a través del sexo, la raza humana ha podido seguir desenvolviéndose, un logro bastante considerable. No obstante, es fácil ser escandalizado, sobre todo en el área religiosa, cuando están involucrados los asuntos sexuales.


La pedofilia como enfermedad

Existe una gran equivocación respecto a la enfermedad de la pedofilia. Es necesario subrayar su frecuencia en nuestra cultura, su naturaleza como enfermedad, la devastación total que causa en sus víctimas y las necesidades de las víctimas genuinas.

Primero, algunas estadísticas chocantes sobre su frecuencia: es de gran importancia tomarlas en cuenta para poder contextualizar la crisis en que estamos. Aunque estos números pertenecen más bien a Norteamérica, sospecho que no es muy diferente en otras partes del mundo. Duele decirlo, pero en Norteamérica, una de cada cuatro o cinco personas, niñas y niños, llega con cicatrices a la edad adulta después de haber sido violada sexualmente. Sea que la violación haya sido en forma traumática o en alguna manera menor, aunque es raro que una violación sea menor, porque todo abuso sexual es serio. En términos de una imagen, el significado es el siguiente: En cada cuarta o quinta casa en el mundo occidental, está sucediendo alguna forma de abuso sexual. Es importante tenerlo en mente porque el abuso sexual es un problema masivo en la cultura general.

Debido a la manera en que el asunto se presentó, es demasiado fácil para nosotros identificar la palabra pedofilia en forma simplista, con los sacerdotes o con el mal manejo de los obispos del clero acusado. No estoy tratando de disculpar a los sacerdotes sino de contextualizar el problema en términos de su frecuencia en la cultura general para hacernos conscientes de que los sacerdotes son menos de 0.01% del problema masivo. De hecho, la enfermedad es marginalmente más baja entre el clero y los religiosos que en la población en general.

Además, la pedofilia no es una enfermedad célibe ni homosexual; ni de casados, ni de hombres o de mujeres. Es una enfermedad pura y simple y, como alcoholismo, cruza todos las fronteras, afectando en forma similar al clero y laicos, hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, casados y solteros. Como el alcohol, no tiene favoritos. Es enfermedad y no tiene relación ni con el hecho de tener o no tener la fuerza de voluntad, ni con la carencia de actividad sexual.

Podemos compararla con el alcoholismo. Sesenta o setenta años atrás, la sociedad no entendía el alcoholismo como enfermedad. Creía que era un fracaso de la fuerza de voluntad. Ahora entendemos que es una enfermedad y que tiene que ser tratada como tal. La falta de comprensión de la naturaleza de la enfermedad es una de las razones de los tempranos errores de los obispos. Ellos creyeron en las buenas intenciones de los perpetradores de no volver a repetir sus actos. Y estos eran sinceros pero incapaces de ser responsables. En la gran mayoría de los casos, había poca posibilidad de no volver a repetirlos.

¿Cuáles son las causas de la pedofilia? Aunque no existe acuerdo total sobre el postulado de que “cada abusador fue abusado primero”, todos están de acuerdo de que viene de un trauma profundo en la niñez. En muchos, tal vez la mayoría de los casos, los perpetradores fueron abusados cuando niños. Lo que fuera el trauma, el consenso es que fue profundo y que es parte de la misma naturaleza de la enfermedad. Seguimos aprendiendo sobre la naturaleza de esta enfermedad que es la peor forma de violencia al alma en este planeta; nada se le aproxima en gravedad. Por ser un trauma tan devastador, suele ser sepultado profundamente en la memoria y, los perpetradores de estos actos suelen sepultar los recuerdos de sus actos en forma semejante, dándoles increíbles mecanismos de negación. He visto un pedófilo pasar bien dos pruebas seguidas del detector de mentiras. Lo que hace difícil, cuando no imposible, tratar esta enfermedad.

La anatomía misma de la enfermedad nos ayuda a entenderla. El pedófilo es alguien que se siente atraído por un niño que no ha llegado a la pubertad. El adulto normal no siente atracción sexual por niños prepúberes, entonces ¿por qué esa atracción en el pedófilo? La literatura dentro del área nos explica que la razón principal tiene poco o nada que ver con el sexo mismo sino que con el trauma experimentado por el perpetrador cuando niño. Es decir, la atracción patológica es hacia el niño perdido en el trauma de su niñez. El trauma temprano del perpetrador mató el niño dentro de ellos. Puesto en forma sencilla, la atracción patológica sexual hacia los niños existe en el pedófilo porque su niñez fue robada.

Finalmente, y tal vez lo más importante de todo, es necesario clarificar los efectos del abuso sexual en sus víctimas. Jamás deberíamos minusvalorar la completa devastación del alma experimentada por las víctimas del abuso sexual. No existe una forma de violencia más profunda para el alma, nada la destruye tanto como el abuso sexual; nada cicatriza; literalmente la rompe. He oído a dos respetados psiquiatras decir que, en su opinión, el 80% de los suicidios entre los adolescentes es causado por el abuso sexual. Sospecho que también es la verdad en los suicidios de adultos. El abuso sexual deja cicatrices muy profundas. Muchos años después del incidente, las personas adultas continuan sufriendo reacciones físicas extremas. No es algo excepcional, sino más bien la norma.

¿Qué es lo que quieren de nosotros las víctimas? Cuando se les pregunta sobre lo que piden de nosotros como Iglesia, nombran varios elementos:

1) Un reconocimiento sincero de que otra persona está enferma es importante para la curación de la víctima. Generalmente, el abusador no es capaz de hacerlo, por lo tanto, tendrá que ser el obispo, el provincial, el Papa u otra persona. Alguien que represente a la Iglesia debería decirle a la víctima: “Nosotros la dañamos, fuimos incorrectos y pedimos perdón.” Debiera existir un reconocimiento y una disculpa que no fuera una racionalización o media disculpa. Hoy esto se hace difícil debido a las ramificaciones legales. Existe enorme tensión en la Iglesia y en los obispados entre la compasión y la Biblia, entre lo que Jesús nos demanda y lo que nuestros abogados nos aconsejan. Un autor escribió recientemente que dado el estado de las cosas, tenemos que asumir el juego legal pero a la vez tenemos que reconocer también que a veces es contrario a lo que la Escritura nos llama a hacer. Lo bíblico y lo legal suelen trabajar de manera diferente. Legalmente uno es inocente hasta que sea probado que es culpable, después se administra el castigo. De acuerdo con la Biblia, si uno admite su culpa, es declarado inocente y no hay castigo. Con la Biblia hay perdón pero legalmente las cosas son muy diferentes. Hoy en día es muy difícil hacer las cosas de acuerdo con la Biblia.

2) Las víctimas también nos ruegan: “Que no se asusten con nuestra ira”. En las ocasiones en que hablé sobre este tópico frente a grupos, llamé primero a un número de víctimas conocidas para preguntarles sobre lo que ellas quisieran decir. En cada caso, una de las respuestas siempre era: “Por favor, dígales que no se asusten con nuestra ira.” De una manera general, no creo que las hayamos oído.


Como llevar el escándalo en forma bíblica

Como cristianos, nos están llamando a llevar este escándalo bíblicamente. ¿Qué quiere decir esto? Significa varias cosas que se traslapan entre sí:

1) Hay que nombrar el momento

No es posible arreglar o curar todo. Sin embargo es necesario poner nombre a las cosas en forma correcta. Jesús llamó este proceso “lectura de los signos de los tiempos.” El escándalo, en este tiempo particular en nuestra historia como Iglesia católica, es un momento de humillación, un momento de abatimiento, un momento de poda. Tenemos que iniciar el proceso de sanación a través de nombrar el momento con claridad y coraje, evitando a toda costa la tentación de escapar de la humillación y el destino al que nos llama, por una actitud defensiva o por el distanciamiento de los perpetradores.

2) La llamada a la compasión

Siendo bíblica, nuestra fe nos pide primeramente irradiar la compasión de Cristo. Suena algo obvio pero, en tiempos de crisis, muchas veces la primera cosa que se pierde es la compasión y la comprensión de Cristo. Con demasiado frecuencia, dejamos de lado los principios fundamentales porque se considera nuestra causa tan urgente que podemos despreciar y omitir los elementos esenciales de la compasión: respeto, tolerancia, paciencia, benevolencia y comprensión. Llevar algo en forma bíblica significa, primero, reestablecernos sobre estos elementos no negociables de la compasión cristiana. La ira irracional, la falta de respeto, la amargura, la distancia y el rencor no ayudan a llevarla a algún término sensato y significativo. Y nuestra compasión debiera irradiarse primero hacia la víctima. La cruz nos enseña esto. Pone de relieve a la persona excluida, dañada; la empatía mueve primero hacia la víctima.

La empatía hacia la víctima generalmente nos trae un sentimiento de dignidad. Sin embargo, esta crisis nos pide llevar la compasión a otro nivel. Nos pide tener compasión igualmente con el victimario porque esta persona también fue víctima y está enferma, con una enfermedad totalmente insostenible. Ahora, ninguna enfermedad es admisible pero la mayoría de las enfermedades no tienen connotaciones morales tan horrorosas. Es fácil ser selectivo en nuestra simpatía, ofreciendo nuestra compasión sólo en los casos donde nos sentimos buenos y limpios al darlo, y reteniéndola frente a personas y lugares que no nos hacen sentir ni buenos ni limpios. La compasión por el pedófilo es una prueba bíblica respecto a la real medida de nuestra compasión: ¿somos capaces de amar y ofrecer la empatía cuando nuestro amor no parece ni se siente muy limpio?

3) La sanación, no la auto-protección y la seguridad

Para llevar este escándalo en forma bíblica, nuestra primera preocupación debiera ser la sanación, no la necesidad de proteger nuestra seguridad. En el caso de los obispos, provinciales, superiores religiosos y oficiales eclesiales, hay gran peligro (entendible) de perder la perspectiva frente a las acusaciones del abuso sexual. De hecho, la hemos perdido muchas veces. En el vórtice de esta crisis, ¿cuál debiera ser nuestra preocupación primaria? Proteger a los inocentes y efectuar la sanación y la reconciliación. Todo lo demás: preocupaciones sobre la seguridad, los procesos judiciales, el rol de los medios de comunicación, etc., vienen después. Respecto a los medios de comunicación, es demasiado fácil echarles la culpa a los medios en esta crisis. Ellos no son el problema; de hecho nos hicieron un gran servicio a nosotros, al mundo y a la Iglesia, prescindiendo del dolor que sentimos. Es cierto que el reportaje periodístico no ha sido totalmente justo, pero finalmente no es el asunto. Debajo de todo, lo esencial es verdadero.

4) La necesidad de llevar esta crisis es ahora nuestro ministerio primario y no una distracción al ministerio

Henri Nouwen solía decir: “Por años me molestaban las distracciones en mi trabajo, hasta me di cuenta que las distracciones eran mi trabajo real”. Es también la verdad en el caso del escándalo del abuso sexual. Para nosotros no es una distracción al verdadero ministerio, sino es el mismo ministerio prioritario de nuestra Iglesia. La necesidad de llevar este escándalo en la forma correcta es precisamente lo que la Iglesia está llamado a hacer por el bien de la cultura. Es fácil perder esta perspectiva. La Iglesia existe por el mundo, no al revés. Jesús dijo: “Mi cuerpo es alimento para la vida del mundo (no por la vida de la Iglesia).” En esencia, Jesús vino “para ser consumido por el mundo”. Por eso, en forma simbólica, nació en un pesebre y termina en una mesa, un altar, para ser consumido. La Iglesia existe por el bien del mundo y debiéramos tenerlo en mente frente a esta crisis. ¿Qué es lo que significa?

En este momento, los sacerdotes representan menos de uno por ciento del problema general del abuso sexual. Sin embargo, estamos en las primeras páginas de cada diario y el asunto está concentrado en nosotros. Psicológicamente, es muy doloroso, pero bíblicamente no es algo tan malo. El hecho de ser la víctima propiciatoria que paga el pato por las culpas de los demás, ayuda a la sociedad a llevar a luz el problema del abuso sexual. La devastación del alma humana como consecuencia del abuso es más comprendida; de este modo, estamos ofreciéndonos como “alimento para la vida del mundo” y como Jesús en su crucifixión, estamos ayudando a “quitar los pecados del mundo”. Insistimos que esta no es una distracción para la vida de la Iglesia; es tal vez la cosa más importante que podemos hacer actualmente para el mundo y para nuestra cultura. Si el precio es la humillación y la bancarrota financiera, que así sea. Las crucifixiones nunca son fáciles y exigen la sangre real.

5) La humillación es una oportunidad de gracia

La purificación, la poda y la humillación nos llevan a la humildad. Este es un momento de purificación para la Iglesia. El resto de la cultura también es culpable, pero nosotros por demasiado tiempo gozamos del privilegio clerical. Ahora nos están podando, somos humillados y devueltos al lugar donde debiéramos estar, con los pobres, los desechados, los parias. Ahí pertenecemos. Jesús resistió todo tipo de poder, salvo el poder moral. Con demasiado frecuencia buscamos el poder. Hoy el Cuerpo de Cristo está humillado y tenemos la oportunidad de alcanzar la humildad a través del dolor del proceso. Es una oportunidad de gracia para todos nosotros dentro de la Iglesia. Bíblicamente, es nuestra “agonía en el huerto”.

¿Cuáles son las implicancias? Primero: la aceptación del hecho de ser chivo expiatorio. En el huerto de Getsemaní, Jesús invitó a sus discípulos a vigilar, “vigilen y oren” les dijo. Jesús quiere que aprendan una lección. Pero se quedaron dormidos, vencidos no por el vino o por cansancio, sino por la tristeza. Durmieron a causa de su desilusión, como nosotros hacemos frecuentemente -y perdieron la lección. ¿Qué lección? Escuchamos la respuesta en el siguiente capítulo de Lucas, en el camino a Emaús: “¿No tenía que ser así...?” Hay una conexión necesaria entre la humillación y la redención. Será posible llevar este escándalo en forma bíblica solo si reconocemos y aceptamos esta conexión, la redención viene a través de este tipo de dolor. Y aprendemos esta lección a través de vigilar y observar como Jesús lo hizo. “Permanece despierto, vigila, ora”. No podemos dejar que nos gane el sueño debido a la desilusión.

Segundo: el escándalo nos está ubicando, al clero y la Iglesia, donde pertenecemos, con los excluidos del mundo. Jesús murió, fue crucificado entre dos ladrones. Había tres cruces en el Calvario. Los espectadores no hacían distinciones, no vieron a Jesús como inocente, juzgando a los otros dos como culpables. Vieron a tres criminales; para la gran mayoría, Jesús estaba igualmente comprometido y manchado. Llevar el escándalo en forma bíblica significa precisamente aceptar este tipo de juicio y humillación sin protesta. Respondemos que es injusto, que somos inocentes. Es la verdad, no es justo, pero en la cruz Jesús no está protestando su inocencia: “esto no es justo para mí; no soy culpable como estos dos; no deben confundirme con ellos.” Al contrario, Jesús les ayuda a llevar su pecado, el pecado del mundo.

La encarnación sigue en el tiempo; Cristo está siempre colgado, crucificado entre dos ladrones. Es la verdad en el caso de los sacerdotes inocentes y en el caso de todos nosotros en la Iglesia. La invitación que se extiende a nosotros, adultos cristianos, es de ayudar a llevar este escándalo y no tratar de distanciarnos y proteger nuestra inocencia. También significa no proyectarlo simplemente sobre la jerarquía diciendo: “Ellos sí tienen un gran problema que solucionar”. Entonces, ¿cuál debiera ser nuestra respuesta? Nosotros somos la Iglesia, todos nosotros, y todos tenemos que llevar este escándalo en conjunto. Pertenecemos a la tradición judeo-cristiana que se remonta hasta casi 4 mil años atrás. Es la tradición en que vivimos y que llevamos pero necesitamos llevarla en su totalidad; no solamente las partes maravillosas. Estamos en la tradición de Jesús, de Pablo, de los grandes mártires y de todas las gracias que han entrado en la historia a través de la Iglesia histórica. Pero también estamos en una tradición que lleva el asesinato, la esclavitud, la Inquisición, papas que tenían sus amantes, el racismo, el sexismo, infidelidades de todo tipo y la pedofilia. No se puede reclamar la gracia y luego distanciarnos del pecado. Es necesario llevarlo todo, como Jesús llevó todo, la gracia y el pecado, lo bueno y lo malo, sin protestar su inocencia, aunque él era inocente.

6. Llevar el escándalo en forma bíblica requiere de nosotros “un cántico nuevo”


¡Cante al Señor un cántico nuevo!, nos invitan las Escrituras. Pero si vamos a cantar un cántico nuevo, será necesario saber cómo fue el antiguo y en qué será diferente el nuevo.

Jesús es muy claro al especificarlo. Nos dice que a menos que nuestra virtud sea más profunda que aquella de los escribas y los fariseos (el cántico antiguo), no entraremos en el Reino de los Cielos. ¿Cuál era la virtud de los escribas y los fariseos? De hecho era muy elevada. Era una ética de justicia y equidad: ojo por ojo, diente por diente; devolver a todos de acuerdo con la misma moneda. ¿Qué hay de malo en la simple virtud de la justicia? En su más importante homilía, donde Jesús presenta el criterio central para la ortodoxia en nuestra fe, apunta también al defecto en una ética de justicia sola.

¿Qué hay de malo en una ética de pura justicia? ¡Es demasiado fácil! Cualquiera puede vivir la virtud de la justicia a cierto nivel; no es difícil ser bueno con los que son buenos con uno mismo, o perdonar a los que nos perdonan o amar a los que nos aman. Pero, ¿acaso puedes ir más allá? ¿Puedes amar a los que te odian; perdonar a los que no te perdonan; ser benevolente con aquellos que te maldicen? Esta es la prueba real de la ortodoxia cristiana y es precisamente lo que se nos pide en este escándalo. ¿Será posible amar, perdonar, tender la mano; ser compasivos de una manera nueva? ¿Será posible tener compasión tanto con las víctimas como con los perpetradores?... ¿Y con los líderes eclesiales que cometieron grandes errores? ¿Será posible seguir dando nuestro dinero cuando tememos que esté pagando los pecados de otros? Será posible llevar uno de los momentos más oscuros de nuestra historia sin protestar por la injusticia y sin poner distancia entre nosotros y la desgracia? ¿Será posible llevar esta tensión que parece injusta con nosotros, por un bien mayor? ¿Será posible llevar algo que no nos hace sentir buenos y limpios?

7. Es necesario “reflexionar” como lo hizo María

Empezamos con una imagen: María al pie de la cruz. ¿Qué está haciendo allá? Públicamente, nada. Fíjense en esto: María, aparentemente, no está haciendo nada al pie de la cruz. No está tratando de impedir la crucifixión, ni protestando la inocencia de Jesús. No está diciendo nada; abiertamente, no está haciendo nada. La Escritura nos dice que “junto a la cruz estaba su madre”, de pie debajo de la cruz. Para un hebreo, esta era una posición de fuerza; María fue fuerte bajo la cruz. ¿Qué estaba haciendo María debajo de la cruz? Estaba reflexionando, deliberando en el sentido bíblico. ¿En qué consiste? En el sentido bíblico quiere decir: retener, llevar y transformar la tensión para no devolverla de la misma manera.

Tal vez sea más entendible si miramos a su opuesto en las Escrituras. En los Evangelios, el contrario de reflexionar y deliberar sobre algo es quedarse atónito, paralizado o asombrado por algo. Vemos unas instancias donde Jesús dice o hace algo que sorprende mucho a la muchedumbre y los autores de los Evangelios dicen que “ellos quedaron asombrados”. Quedar asombrado o atónito es dejar que la energía de la muchedumbre fluya por uno, como un alambre eléctrico conduce la corriente. Un alambre eléctrico simplemente conduce la corriente y entrega el voltaje tal cual. Estar asombrado y pasmado es maravilloso en ciertos eventos como conciertos de Rock o en los estadios de fútbol pero también es la raíz del racismo, de la rebelión y de un sinnúmero de enfermedades sociales. Nadie retiene, lleva y transforma la energía; todo el mundo simplemente la devuelve en la misma moneda. Esta es la falla que Jesús indica en la virtud de los escribas y los fariseos, simplemente devolvían lo que recibían, en la misma moneda: justicia por justicia, amor por amor, odio por odio.

En los Evangelios, solamente dos personas no están asombradas: Jesús y María. María reflexiona, delibera y el sudor de Jesús se convirtió en sangre. Ellos absorben la energía, buena y mala, la retienen, la llevan, la transforman y la devuelven en otra forma. Jesús es nuestro modelo en eso. Absorbió el odio, lo retuvo, lo llevó, lo transformó y devolvió amor; absorbió la amargura, la retuvo, la transformó y devolvió benevolencia; absorbió maldiciones, las retuvó, las transformó y devolvió bendiciones; absorbió la traición, la retuvo, la transformó y devolvió perdón. Este es lo que significa reflexionar, deliberar y es el contrario del asombro.

Dos imágenes nos pueden ser útiles para comprender la diferencia. Asombrarse, de acuerdo con la Biblia, es ser como un alambre eléctrico, un simple conducto para la energía, recibiendo y devolviendo la corriente en la misma forma. Reflexionar bíblicamente es ser semejante al purificador del agua, absorbe todo tipo de impureza junto con el agua pero retiene las impurezas dentro de sí mismo y devuelve solo el agua pura. Es lo que hizo María bajo la cruz: retuvo, llevó y transformó la tensión para no devolverla en la misma moneda. Estamos llamados a hacer lo mismo, ayudando a llevar este escándalo a través de retener, llevar y transformar la tensión para no devolver daño por daño, amargura por amargura, acusación por acusación, ira por ira, censura por censura.

Como María debajo de la cruz, tal vez significaría para nosotros que no hubiera nada que decir, ninguna protesta que se pueda hacer. Más bien estaríamos limitados a quedarnos debajo la cruz, en silencio, en fuerza, reteniendo y llevando la tensión; esperando hasta que podamos transformarla. Solo así será posible hablar palabras de benevolencia, perdón y sanación. No será fácil. Lucas nos dice en su Evangelio que el precio es sudar sangre. Hay pocas frases bíblicas tan aptas para describir lo que estamos llamados a hacer, como la frase críptica del evangelio de san Lucas: sudar sangre.

8) Hay que reafirmar nuestra fe en Dios como el Señor

Este momento también pasará. Habrá una resurrección. Dios es Dios y todavía a cargo del universo. Nuestra oración en tiempos de crisis tendrá que afirmar que Dios es todavía Señor de este mundo. Cuando oraba en el huerto de Getsemaní, Jesús en su momento de más angustia empezó su oración con las palabras: “Abba, Padre, para ti todas las cosas son posibles.” En esencia le está diciendo a Dios: “Abba, estás enteramente en control de este mundo, aunque esta noche no parece que fuera así.”

En medio de esta crisis de la Iglesia, es necesario afirmar nuestra fe en el poder y dominio de Dios. Dios está a cargo de todo, el centro está firme – no obstante la traición, malas decisiones de algunos obispos, el reportaje inflado de los medios de comunicación y los pronósticos de la ruina por todos lados. La Iglesia no está muriendo, las crucifixiones no ponen término a la vida sino llevan a una vida nueva y enriquecida.

9) Debiéramos permanecer quietos en medio del dolor


Estamos viviendo una noche oscura del alma y, como cualquiera noche oscura, su finalidad es estirar y ensanchar el corazón. El que uno sea estirado es siempre doloroso y el impulso normal es siempre hacer algo para terminar con el dolor, hacerlo desaparecer. Pero el dolor no va a desaparecer hasta que aprendamos la lección que debe enseñarnos. El dolor del corazón nunca nos deja hasta que “captamos” lo que tenía por objeto enseñarnos, y hasta que los corazones sean estirados como Dios quiere. Este dolor permanecerá con la Iglesia hasta que aprendamos la lección.

¿Cuál es la lección que pretende enseñarnos más allá de una nueva humildad? Creo que es una lección sobre el terrible dolor que existe actualmente dentro de nuestra cultura: la desolación del alma causada por el abuso sexual. Nosotros, la Iglesia, estamos llamados a ser como Cristo, llamados a dar el “cuerpo” para alimentar el mundo; para que esta herida se abra a la sanación.

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El artículo anterior es del P. Ronald Rolheiser, OMI, profesor y autor premiado, presidente de la Escuela de Teología de los Oblatos en San Antonio, Texas.

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