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Cinco “movidas” para un camino largo. La espiritualidad del ministerio PDF Imprimir Correo
Domingo, 01 de Octubre de 2006 00:00

Hemos hablado y escrito mucho de la espiritualidad; es un tema importante para hoy, incluso entre personas aparentemente sin gran apego a la religión. El hecho de captar el interés general es algo muy positivo; el tema ha salido de las iglesias y se halla en las calles y mercados de la sociedad. Nuestra relación con lo trascendente es un tópico que llama la atención como nunca antes. Hablar de la experiencia de Dios ya no es el tabú de antaño; descubrimos que roqueros, empresarios, médicos, universitarios y un sinnúmero de otros se prestan para compartir sus experiencias con lo trascendente.

Para nosotros dedicados al ministerio, la espiritualidad tiene una importancia primordial. A continuación, el ensayo del P. Ronald Rolheiser nos ofrece cinco jugadas o “movidas” que harán del largo camino del ministerio una experiencia pedagógica y transformadora. Es nuestro deseo que este ensayo sea de gran utilidad para su reflexión y en el mismo ministerio.


ÍNDICE

1.- Moverse desde la preocupación por sí mismo hacia una actitud de oblación de sí mismo como “alimento para la vida del mundo”.
2.- Pasar de la necesidad de tener razón hacia una preocupación por la construcción de comunidad
3.- Moverse desde la búsqueda de carrera y comodidad a la solidaridad con los pobres.
4.- Moverse de la tiranía de la ortodoxia, del “programa”, de las “causas”, a la compasión y la prudencia de Cristo
5.- Moverse desde la compensación la oración efectiva

 

 

Una vez el jesuita Daniel Berrigan escribió un pequeño manual sobre la justicia social titulado Mandamientos para un camino largo. Es un título muy apto porque es práctico y nos presenta el ministerio como una maratón más que como una carrera corta y rápida.  Decidí elegir un título similar para estas reflexiones que también son prácticas y quieren tomar en serio la naturaleza del ministerio como una maratón. Una sana espiritualidad de ministerio nos pide plasmar nuestras energías de manera particular y sostenerlas a través de un período largo de tiempo. En vez de usar la palabra mandamientos sugiero cinco jugadas o “movidas”. Esencialmente son invitaciones a una conversión permanente que marcha hacia adelante, una conversión necesaria para hacer el ministerio en el nombre de Jesús. Cada movida constituye un viaje de toda la vida, un ideal, un lugar donde queremos estar. ¿Cuáles son estas invitaciones? Si contemplamos a la persona de Jesús y su ministerio, descubrimos que para hacer el ministerio en su nombre se requieren, en particular, cinco formas de conversión, cinco maneras de marchar hacia delante en pos de Él.

 

1. Moverse desde la preocupación por sí mismo hacia una actitud de oblación de sí mismo como “alimento para la vida del mundo”

¿Qué quiero decir con esto? Hace poco, escuché una entrevista con el obispo de una diócesis importante. En su momento, el entrevistador le preguntó: “Como líder en la Iglesia hoy, cómo describiría su tarea más importante? El obispo, un hombre sincero y devoto respondió: “Mi más importante tarea es proteger la fe.”

El cardenal Basil Hume de Inglaterra dio una respuesta muy diferente a la misma pregunta. Un periodista le preguntó sobre la tarea más importante que enfrenta la Iglesia hoy. Respondió: “Ayudar a salvar el planeta.” Dos respuestas muy diferentes, pero creo que solo una se identifica mejor con la misión de Jesús.

Al definirse a sí mismo y su ministerio, Jesús dijo: “Mi cuerpo es alimento para la vida del mundo.” Es fácil perder el verdadero contenido de sus palabras. Fíjense bien, Jesús no dice que su cuerpo es alimento para el ministro o por la vida de la Iglesia. Su cuerpo es alimento para la vida del mundo y el mundo es más grande que el ministro o la Iglesia. Jesús vino al mundo para ser consumido por el mundo. No es un accidente que haya nacido en un pesebre, en una artesa de alimentos donde los animales van a comer.

Es necesario tener siempre este horizonte frente a nosotros en medio del ministerio. El peligro más grande en el ministerio no es el burnout  entre los agentes pastorales,  sino la tendencia a estar demasiado preocupados consigo mismos y de protegerse demasiado de vivir la vulnerabilidad que es en verdad la médula del ministerio de Jesús. Un ministro está destinado a la vulnerabilidad, a estar suficientemente abierto para dejar que sea herido, sea dado por supuesto y, finalmente, consumido por las necesidades del mundo. Si omitimos  acordarnos con constancia sobre esto, el ministerio fácilmente llega a ser más bien un asunto de: alimentarnos a nosotros mismos, de parecer bien frente a los demás, de tener éxito con los proyectos o de crear pequeños espacios seguros contra el mundo. 

Estamos invitados a ejercer el ministerio más allá de nuestra necesidad de comprobarnos a nosotros mismos, nuestra competencia y habilidad.  Una vez, conversando con un artista, él compartió conmigo lo que consideró las etapas de maduración de un buen artista de ejecución. “La primera vez que uno canta en forma viva, dijo, uno se enamora  de uno mismo; es imposible evitarlo. Eventualmente, el progreso llega al punto de poder enamorarse del público. Pero uno llega a ser gran artista solo cuando empieza a enamorarse de la canción.”

En cierto sentido, el ministerio sigue el mismo patrón. Cuando empezamos, somos incapaces de evitar el esfuerzo de comprobarnos a nosotros mismos; comprobar que somos buenos para eso. Es posible que, de hecho, seamos muy capaces, pero finalmente,  gran parte de lo que estamos haciendo tiene más que ver con aparecer bien que con Dios o con las personas a las que estamos sirviendo. Con el tiempo, llegamos a estar más seguros de nosotros mismos y nuestro enfoque cambia hacia aquellas personas. Esto es progreso. Pero al final, somos realmente efectivos solamente cuando nuestro enfoque es Dios. Sólo entonces podemos permitirnos ser vulnerables y es entonces cuando empezamos a enamorarnos del canto mismo.

Cierto que no es fácil llegar a este punto. Sin embargo, solamente cuando nuestro enfoque no está puesto en nosotros mismos ni en nuestras comunidades, sino en Dios, es cuando empezamos a movernos desde una actitud de auto-promoción y auto-protección al estado de “ser alimento para la vida del mundo”. Una buena espiritualidad del ministerio nos desafía a movernos desde una actitud de alimentar y protegernos a nosotros mismos hacia la alimentación y protección del mundo.

 

2. Pasar de la necesidad de tener razón hacia una preocupación por la construcción de comunidad

Varios años atrás, cuando era decano de una escuela de teología,  recibí una llamada de un párroco local. La conversación fue algo así: “¿Ud. es el decano de teología en el seminario?, preguntó. “Sí”, contesté. “Bueno, quiero informarle que sus alumnos son un gran dolor de cabeza. Van al seminario, toman unos cuantos cursos y vuelven a sus parroquias locales para aterrorizar a todos con sus nuevos conocimientos. No hay nada que les satisfaga en adelante, ni nuestra liturgia ni la teología. Sin duda son correctos pero ¿acaso no les pueden enseñar algo de compasión?”   

Sus comentarios subrayan un aspecto clave del ministerio, es decir, el hecho de “tener razón” no es la única cosa de importancia. Como ministros, somos bíblicamente pastores, hombres y mujeres que tratan de construir comunidad. En esta tarea, la verdad correcta no es suficiente. Necesitamos tanto la energía “correcta” como el corazón “correcto”. Es posible ser intelectualmente brillante y correcto pero a la vez, disfuncional y perjudicial. Una buena espiritualidad del ministerio nos invita a movernos más allá de nuestra necesidad de tener razón. Nos dice “presentemos nuestra verdad en forma de parábolas”, para que, como Jesús, podamos irradiar una compasión y un entendimiento bastante amplios para abrazar a todos aquellos que son diferentes, heridos, eclesialmente analfabetos, políticamente incorrectos o, de cualquier modo, incapaces de seguir el camino  delineado en nuestros textos favoritos de teología.

Una parte de esta compasión incluye la voluntad de tomar cierta distancia de nuestros temperamentos, ideologías, y eclesiologías (tanto liberales como conservadoras) cuando sea necesario, para tener la compasión de Jesús, más allá de las simpatías de un lado o del otro. También significa moverse más allá de la necesidad de tener éxito, de la necesidad de poner nuestro sello, de dejar un legado o de ser reconocido como brillante. El ministerio nos pide la fidelidad, no el éxito. Una espiritualidad sana está preocupada primero de la construcción de la comunidad y sólo después de los detalles.

 

3.  Moverse desde la búsqueda de carrera y comodidad a la solidaridad con los pobres

Alguien ha dicho que nadie entra al cielo sin una carta de referencia de los pobres. Lo que es cierto también respecto al ministerio. Nadie es efectivo como ministro, por lo menos en el nombre de Jesús, sin conexión con los pobres. Y no es fácil hacerlo. Todos nosotros hemos luchado en este sentido. Tenemos una necesidad profunda y válida para la comodidad y para el significado que viene de una carrera exitosa. Es cierto que definimos el ministerio como “vocación”, como lo contrario de una carrera, pero la diferencia, aunque sea clara en teoría, no es tan clara en la vida real. Algo dentro de nosotros quiere subir más bien que descender de acuerdo con el anonadamiento de Cristo. Cuando somos sinceros, tenemos que admitir que muchas veces la energía que está impulsando nuestro ministerio es nuestra propia carrera y no las necesidades de los pobres.

No es fácil estar en solidaridad con los pobres o hablar en forma profética a favor de ellos, particularmente en una cultura donde la opulencia y el bienestar son el narcótico más poderoso jamás desarrollado. Nuestra cultura y nuestra formación nos invitan a incluir a los pobres en el curriculum vitae para mostrar que estamos preocupados de ellos; pero finalmente, las apariencias son muchas veces más importantes que la realidad. Los gobiernos, las universidades, las iglesias y el ministerio, a pesar de decir lo contrario, dejan caer a los pobres en el olvido en esta brecha cada vez más monumental entre los ricos y los pobres.

¿Por qué es así? Hay muchas razones pero, al final, los pobres entorpecen nuestro camino hacia el bienestar y la carrera. Por lo tanto, diariamente es necesario reconocer que estamos parados frente a los pobres de una manera bíblica. Es decir, ellos son la persona de Cristo. Su exclusión es el lugar donde se levanta la cruz de Cristo. Nadie hace un ministerio real en el nombre de Jesús sin una carta de referencia de los pobres. Ellos están parados frente a nosotros siempre, como una invitación bíblica a “cruzar al otro lado”, como lo hizo Jesús.

 

4. Moverse de la tiranía de la ortodoxia, del “programa”, de las “causas”, a la compasión y la prudencia de Cristo

En los Evangelios vemos un incidente iluminador en el ministerio de Jesús. Los Evangelios nos dicen que estaba caminando un día en la frontera con Samaria cuando una mujer, pagana, de nacionalidad sirofenicia se arrodilló a sus pies y le pidió que expulsara el demonio de su hija enferma. Inicialmente Jesús rechaza su petición, respondiendo con palabras algo duras: “No, no está bien tomar el pan de los hijos (los judíos) para echárselo a los perritos” (los gentiles). La mujer, sin embargo, demuestra flexibilidad y gran sagacidad con las palabras, que dejan a Jesús totalmente desconcertado: “Señor, debajo de la mesa los perritos comen las migajas que dejan caer los hijos”. Tan impresionado quedó Jesús que le concedió la sanación.

Permítanme una analogía para explicar lo que pasó en este caso. Imagine que Ud. es un ministro a cargo del programa de preparación para el bautismo. Ha estado preparando a una docena de personas a través de varios meses. Hoy, una hora antes de la ceremonia, una mujer que Ud. jamás ha visto viene y pide ser incluida en la ceremonia de bautismo. Sospecho que su reacción inicial sería: “No, no sería justo para los demás. Ud. nunca siguió el programa”. Podemos decir que en el caso evangélico, los judíos habían sido parte de un “programa”de mil años de duración, y Jesús se refería a esta larga formación cuando rechazó la petición de la mujer sirofenicia. Sería injusto dar el pan de los hijos a los perritos.

Sin embargo, si Ud., como Jesús, siguiera hablando con la mujer y descubriera que aunque ella no siguió el programa, estaba realmente más preparada para el bautismo que los del programa, tal vez, como Jesús, le daría a ella lo que pide.

Este incidente ilustra que siendo importantes los programas correctos, las doctrinas correctas, las liturgias correctas y las preparaciones correctas, ellos jamás deben llegar a ser tiranos. El relato nos enseña y nos invita a imitar una compasión y una prudencia que están más allá de programas y doctrinas.

La historia demuestra que todos nosotros luchamos con alguna forma de “legalismo”- es decir, una preocupación por fronteras, doctrinas y programas, que por muy correctos que sean en sí mismos, menguan la compasión y la prudencia de Jesús. La expresión, tal vez demasiado usada hoy, “¿Qué haría Jesús?” es precisamente necesaria para los ministros que pretenden caminar en los pasos del Maestro. La tensión entre la compasión y la preocupación por la tradición que sintió Jesús en su conversación con la mujer pagana, nos muestra que no es siempre fácil responder a esta pregunta.

Pero la invitación está siempre allí. La compasión y prudencia de Jesús nos llaman a ir más allá de cualquier tiranía que venga de la ortodoxia, programas, tradiciones y causas. Una espiritualidad sana está siempre consciente de que un ministro está siempre situado entre la compasión de Jesús y la preocupación por la doctrina y la sólida práctica pastoral, pero siempre invitado, como Jesús, a evitar el legalismo y la tendencia a ser mezquino con la gracia de Dios.

 

5.  Moverse desde la compensación a la oración afectiva

Varios años atrás participé en un retiro. La mayoría de nosotros llegamos buscando algo nuevo, algo al filo y fuera de la caja, algo complejo; pero lo que se ofreció fue elegantemente simple. Nuestro director utilizó todo el retiro para enseñarnos cómo rezar en forma afectiva.

¿Qué es lo que significa exactamente la oración afectiva? En su esencia, lo que el director nos dijo puede ser resumido de la siguiente manera:  “Uds. deben aprender a rezar de tal manera que su oración se abra de modo que, en algún momento -tal vez no hoy día,  pero algún día– Uds. sean capaces de escuchar a Dios diciéndoles: “Te amo”. Estas palabras dirigidas a ti por Dios son las más importantes que jamás escucharán. ¿Por qué? Porque antes de escucharlas, las cosas nunca son completamente perfectas ni apropiadas para ti. Pero después de escucharlas, algo muy profundo de tu vida habrá cambiado, se pondrá bien.

En el Evangelio de San Juan vemos algo muy semejante. Las primeras palabras que escuchamos de la boca de Jesús son: “¿Qué es lo que buscas?”. Esta pregunta sigue apareciendo a lo largo del Evangelio como una sutil iluminación sugiriendo que detrás de todo hay una cierta búsqueda, constantemente en proceso. Muchas cosas pasan por la superficie pero, por debajo, siempre porfía la misma pregunta inquietante y persistente: “¿Qué es lo que estás buscando?”.  Jesús sólo responde a esta pregunta explícitamente al final del Evangelio, en la mañana de la resurrección.

María Magdalena viene a buscar a Jesús pero no lo reconoce. Aturdida pero sincera, pregunta a Jesús dónde puede encontrarlo; sospecho que es algo que hacemos muchas veces en la oración. Jesús, por su parte, repite la pregunta con que Juan abre su Evangelio: “¿Qué es lo que estás buscando?”. Y, entonces, la contesta.

Con gran afecto, Jesús pronuncia su nombre, “María”. Al hacerlo, le está diciendo lo que todos nosotros estamos siempre buscando: la voz de Dios pronunciando el amor incondicional, diciendo suave y dulcemente nuestro nombre. Esto es lo que nos da integridad, identidad y justificación más allá de nuestros propios esfuerzos de hacernos  amables, dignos e inmortales. Siempre tenemos miedo de nuestra aparente trivialidad. Necesitamos escuchar a Dios pronunciar nuestros nombres con afecto, parte por parte:  “Juan”, “Carolina”, “Esteban”, “Sofía”. No hay nada que nos sane mejor de nuestra inquietud, amargura e inseguridad que oír a Dios decir, “¡Yo te amo!”. Es también la clave del ministerio.

Jesús empezó su ministerio sólo después de su bautismo cuando oyó la voz de Dios decirle: “Tú eres mi hijo amado en quien estoy complacido”. Estas palabras llegan a ser el combustible de su ministerio. La energía correcta para el ministerio está predicada precisamente en haber escuchado estas palabras de Dios. Cuando tratamos de hacer el ministerio sobre otra base, éste invariablemente llega a ser compensatorio, algo que estamos haciendo para poder encontrar el significado de la vida para nosotros mismos. Entonces, inconscientemente, empezamos a buscar nuestra propia justificación en vez de dejar que Dios nos otorgue integridad, y terminamos, como dice T.S. Eliot, haciendo las cosas correctas por razones incorrectas.

Una espiritualidad de ministerio vivificante que nos sostenga debiera recordarnos diariamente que lo que estamos realmente buscando es poder oír a Dios pronunciar nuestro nombre con amor. Al final, es la única leña real para el ministerio. Sólo cuando conocemos afectivamente el amor de Dios somos capaces de dejar nuestra obsesión por la necesidad de probarnos. Sólo entonces seremos capaces de hacernos vulnerables y empezar a enamorarnos del canto mismo. 
 

El autor del artículo anterior es el P. Ronald Rolheiser, OMI, conocido escritor y columnista.  Es actualmente Presidente de la Escuela de Teología de los Oblatos en San Antonio, Texas. El artículo apareció en la revista CHURCH, “National Pastoral Life Center”, Otoño de 2005.

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