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La forma de la futura Iglesia: ¿una Iglesia abierta? PDF Imprimir Correo
Martes, 01 de Mayo de 2007 00:00
En el año 1972, se publicó un libro de Karl Rahner que era la continuación del debate que empezó con el Sínodo Alemán en 1971. Aunque Rahner estaba interesado primordialmente en la Iglesia Católica alemana, lo que escribe es igualmente aplicable a la Iglesia en otros países del Occidente. El capítulo: "Una Iglesia abierta al mundo”  que elegimos, hace una evaluación de las "fronteras” que existen en el ámbito del dogma y la práctica y una reconsideración de opiniones pluralistas que escandalizan a muchos y causan divisiones entre sus miembros. Nos ofrece una reflexión valiosa sobre los límites de la ortodoxia y sobre quienes permanecen y no permanecen dentro de las fronteras que la Iglesia muestra frente al mundo.

Desde una perspectiva amplia, misericordiosa y compasiva, que tiene más de un cuarto siglo, Rahner entrega una visión profética aún para nuestros días. Pero, de acuerdo con su posición abierta al pluralismo, nos urge  seguir desarrollando esta visión. Durante este año, queremos ofrecer una serie de boletines con el pensamiento de autores más contemporáneos que siguen explorando el tema de la Iglesia: su naturaleza, su misión, sus sacramentos, sus prácticas espirituales y la condición de sus miembros a través del mundo; temas actuales de preocupación para nuestros fieles. Esperamos que las presentaciones ofrecidas en esta serie sean útiles en su propia reflexión  pastoral.

En el futuro debiéramos arriesgarnos a construir una Iglesia que no sólo tenga sus "puertas abiertas" sino que sea en sí "una Iglesia abierta". No podemos permanecer en el gueto ni volver a él. Cualquiera persona que experimenta y soporta la confusión en todas las dimensiones de la enseñanza y práctica que existen ahora en la Iglesia, tanto lo evitable como lo inevitable, seguramente se sentirá tentada a anhelar la Iglesia de antaño. La Iglesia, que los más viejos de entre nosotros conocían, bajo los cuatro Píos y hasta el último Concilio Vaticano. Surge entonces la tentación de recurrir a movimientos como "Papa e Iglesia", de hecho una estéril seudo-ortodoxia que pretende purificar a la Iglesia de la manera más rápida posible a través de medidas administrativas o  rayando bien la cancha para así poder restaurar el orden antiguo. En pocas palabras, tales movimientos constituyen una marcha atrás, donde la Iglesia terminaría siendo no como "el pequeño rebaño" del Evangelio, sino una secta con mentalidad de gueto. 

 

            Es obvio que ningún miembro de la jerarquía defendería en forma explícita la vuelta al pasado. Pero existe evidencia suficiente de la presencia de una mentalidad inconsciente de gueto entre nosotros, una mentalidad sin doctrina explícita, que se esfuerza por salvar la claridad, el orden, la piedad y la ortodoxia, dando a la Iglesia, en términos sociológicos y políticos, una forma que corresponde a una secta. En este tipo de secta, la gran mayoría de un grupo social, en la práctica o intencionalmente, se retira de la vida pública de una sociedad para protestar y terminar por ver a su alrededor sólo un mundo entregado a la maldad. Los miembros de tal grupo sectario pierden interés en los objetivos y tareas del mundo actual; su estilo de vida se mantiene gracias a un sinnúmero de tabúes y se hace todo lo posible para proveer, desde el interior de la secta, todo lo necesario de la vida para el mayor número de sus miembros. Todos los que no pertenecen al grupo son mirados como enemigos más o menos peligrosos. Los miembros saben siempre por cual partido político debieran votar y presumen, sin admitirlo, que debiera existir una respuesta para cada pregunta que pudiera surgir en el futuro. Saben exactamente lo que se adapta y lo que no se adapta a la sensibilidad cristiana en el arte y la literatura.  Reaccionan, en  primer lugar y casi siempre, desde un punto de vista moralista frente a las expresiones de la vida cultural de la sociedad (es decir, desde lo que ellos consideran un punto de vista moral). Son hipersensibles a la crítica dentro de su grupo y, sobre todo, a la crítica contra aquellos que están en posiciones de autoridad. Para enfrentar a sus enemigos, llaman a la solidaridad con demasiada facilidad y prisa. Si la Iglesia quiere evitar la posibilidad de transformarse en algo semejante a una secta, tendrá que convertirse en Iglesia abierta y mantenerse así.

 

            Ante todo, la Iglesia tendrá que ser abierta incluso respecto de la ortodoxia. Siendo importante el tema, me permitiré desarrollarlo. Para un miembro de la Iglesia hay, por supuesto, enseñanzas que son en principio, y como tales, obligatorias para el creyente. Por supuesto, la Iglesia puede y debiera hablar en un lenguaje claro, sin ambigüedad cuando uno de sus dogmas ha sido negado o rechazado públicamente como algo de poca importancia. Debiera, a la vez, rechazar con fuerza la herejía a su alrededor. Pero, al respecto, es necesario decir enseguida dos cosas.    

 

            En primer lugar, cuando se raya la cancha en esta forma debiera tratarse de dogmas auténticos o situaciones que urgen medidas defensivas contra peligros que sufre la ortodoxia (lo cual es bastante posible). Si tales medidas son necesarias, hay que exponer con claridad lo que está involucrado. En otras palabras, la calificación teológica de tal declaración tiene que acompañarla. A continuación ofrecemos algunas situaciones donde los  esfuerzos por “establecer fronteras” o  “rayar la cancha”  no funcionan.

 

·        No es tan fácil decir exactamente lo que muchos buenos cristianos entienden por la palabra Dios.

·        Es posible repetir fórmulas ortodoxas de la Cristología y sentirse seguro frente a su ortodoxia. Pero para muchas personas tales fórmulas son vacías; sin embargo, sería posible transmitir a estas personas una comprensión de la profesión cristiana de fe en Jesús.

·        Ciertamente, lo decisivo sobre Jesús no se transmite simplemente por señalar, en forma lírica o aún obstinadamente, que Jesús comía con prostitutas y recaudadores. Al mismo tiempo, no se puede decir que este hecho no nos significa nada hoy.

·        Tampoco es tan fácil decir exactamente cuándo una teología de la unidad del amor de Dios y del prójimo realmente lleva a que Dios sea suplantado finalmente por el hombre.

·        También es necesario decir que el mandamiento de la Iglesia (y sólo de la Iglesia) respecto a la confesión anual obliga sólo a aquellos que son conscientes de haber pecado en forma seria.

·        Al mismo tiempo, nadie tiene el derecho de asegurar, como algo cierto, que esta situación de culpabilidad sea normal en la vida de los cristianos.

·        No se puede afirmar que un reglamento sobre la cooperación del laicado en la toma de decisiones oficiales es siempre, y en cada caso, contrario a la Constitución de la Iglesia, porque la aceptación de tal cooperación y consentimiento ya es obligatorio para las autoridades.

·        No se puede decir que es a priori imposible que la actual ley administrativa eclesial exhiba rasgos de un carácter inhumano y no-cristiano.

·        Tampoco es a priori no-cristiano o impío preguntar si la legislación de la Iglesia respecto al celibato puede, e incluso debe cambiar a la luz de la situación pastoral de la Iglesia en el futuro.

·        Por otro lado, ¿exactamente cuáles son las fronteras para una comunión abierta? No se sabe con absoluta seguridad.

·        Tampoco se puede compeler a los fieles al cumplimiento de la obligación dominical como si hubiera sido proclamada en el Monte Sinaí como ley divina, válida para siempre.

·         Tomando en cuenta que ningún partido político es completamente cristiano en la práctica y que cualquiera puede estar involucrado en pecados de omisión y actuar de una manera totalmente no-cristiana, es obvio que no es fácil decir cuándo un partido no puede seguir esperando el apoyo de cristianos y católicos.

 

            El coraje de definir pública y claramente las fronteras donde las verdaderas herejías empiezan en la Iglesia, debiera ir acompañado por una reflexión precisa, basada en la autocrítica, respecto a exactamente dónde existe tal herejía innegable y las circunstancias donde la Iglesia puede obligar al católico a decidir en su contra.

 

            Hay un segundo punto. Cuando la autoridad en la Iglesia ejerce su rol y función  hablando públicamente, en forma clara, contra una verdadera herejía, la declaración es normalmente ineficaz en la práctica. Por lo tanto, la decisión no debiera hacer una mera apelación a la autoridad magisterial de la Iglesia (legítima en sí), sino que debiera hacerlo en el poder del Espíritu vivo de la fe, esforzándose para verificar el dogma particular desde el meollo de la fe cristiana. De otra manera, declaraciones de este tipo someten la autoridad formal del magisterio a tensión excesiva y permanecen inefectivas por una razón muy obvia. Para las personas a quienes se dirigen, la autoridad obligatoria del magisterio no es absolutamente segura, sino que está bajo la misma amenaza que sufre el dogma que trata de defender. A menos que el dogma sea vigorosamente verificado recurriendo a las  convicciones básicas todavía vigentes entre los fieles,  la misma defensa del dogma podría llegar a ser un argumento perjudicial contra la autoridad magisterial de esa defensa. 

 

            Más allá de eso, es necesario decir algo para explicar cómo podemos hablar sobre una Iglesia abierta, mientras mantenemos la inequívoca "ortodoxia" concreta de la Iglesia como existe hoy. Tenemos que ir más allá de las distinciones rutinarias entre la herejía pública y lo que permanece en la privacidad, que ya no son viables, para considerar el tema en términos de  la teología y el cuidado pastoral. En vista del actual pluralismo intelectual y de la abundancia del material que bombardea la conciencia humana, es imposible prevenir que muchos cristianos y católicos tengan opiniones objetivamente heréticas. Tenemos que recordar que ellos tienen una relación con el magisterio de la Iglesia que no corresponde, ni a los requisitos fundamentales del entendimiento oficial sobre la Iglesia, ni a los de la pertenencia; más bien implica sólo una parcial identificación con ella. Hoy, si utilizamos como nuestra medida la enseñanza oficial de la Iglesia que obliga en principio, es claro que existen herejías dentro de la Iglesia, herejías aceptadas en la práctica y también expresamente afirmadas por personas que no quieren dejar la Iglesia y que además no pueden ser procesadas y castigadas por estas opiniones (por ejemplo, a través de la excomunión u otras medidas concretas).

 

            Por las razones sociales y psicológicas arriba indicadas, es simplemente imposible, en la práctica, erradicar estas herejías existentes en la Iglesia. Ellas presentan problemas a la autoridad y al clero, problemas que casi no existieron anteriormente ni en su extensión ni en su fuerza actual. A través de las medidas que adopta, la autoridad eclesial debiera reconocer, en forma objetiva, y permitir la existencia de estos problemas, imposibles de solucionar, aunque esto no implique la aprobación positiva de la situación. Es decir, el hombre común, en el actual ambiente intelectual, no tendrá éxito en sus esfuerzos de alcanzar una visión que sea objetivamente libre de la herejía. El mero hecho de apelar a una fides implicita tampoco ayuda porque encierra la presuposición de que la persona está determinada a ajustar su propia convicción a la enseñanza oficial de la Iglesia en forma incondicional, un presupuesto que también está en peligro.

 

            Hoy, el hombre común no admite ser confrontado por una autoridad eclesial que lo obligue al abandono de estas "herejías" en forma incondicional o, si no se separa simplemente de la Iglesia, a considerarse teológicamente -interiormente- (pero no sociológicamente) separado de ella. En la práctica, es imposible reconciliar de modo  lógico y humano, todas las ideas que flotan en la conciencia de las personas teológicamente educadas y no-educadas y resolver todas las contradicciones entre ellas, porque son demasiado numerosas y complejas para poder domeñarlas en forma completa.  Por lo tanto, el hombre común de hoy no es capaz de hacer la elección requerida por la autoridad de la Iglesia, sea como sea la realidad del dilema.

 

            Antes de llegar a la conclusión sugerida por este hecho, quiero hacer dos observaciones. En primer lugar, esas opiniones que se apartan de dogmas objetivos, y que existen en la mente de una mayoría de los miembros de la Iglesia, no son siempre ni necesariamente firmes convicciones aceptadas libremente, lo cual es parte esencial de la definición de una herejía. Son, con frecuencia, opiniones pasajeras, ni definitivas, ni absolutas. Opiniones de este tipo, aun de las personas más normales, debieran darse por supuestas en el clima intelectual actual porque vivimos en una época en que se forman las hipótesis científicas; donde hay opiniones en varias áreas de aprendizaje que serán aceptadas hasta que sean revocadas. Es una época donde las victorias verdaderas consisten en reconocer la falsedad de opiniones hasta ahora aceptadas como hipótesis, y no tanto en establecer la validez de nuevas opiniones. Las opiniones, así entendidas y aceptadas en la vida, no pueden estar ni lógica ni existencialmente en oposición herética al acto de fe y a su contenido, siempre que haya un compromiso absoluto a la verdadera esencia de la fe cristiana, sobre lo cual no se requiere más reflexión. 

 

            En segundo lugar, aquellas personas autorizadas para explicar la enseñanza oficial de la Iglesia, pueden indicar a los fieles que es por lo menos imprudente afirmar en forma absoluta o conclusiva, una opinión considerada incompatible con el dogma por la jerarquía y los teólogos. Podrían sugerir además que sería mejor considerar esta opinión de la misma manera como se consideran las opiniones en otras áreas -como provisionales, eventualmente concebibles, pero todavía lejos de ser probadas- que pueden ser dejadas a su destino como parte del progreso del individuo en la verdad. Mientras tanto, la persona puede tener la sincera esperanza de una reconciliación eventual entre la enseñanza oficial de la Iglesia (que en este momento posiblemente no entiende por completo) y su propia opinión provisional, formulada con alguna reserva, en vista de la posibilidad de un mejor entendimiento.

 

            En resumidas cuentas, podemos ver cuán difícil es asignar teológicamente los límites exactos de la ortodoxia para los miembros de la Iglesia hoy, y ver que existen circunstancias en la vida religiosa, del individuo en la Iglesia, que requerirían una más amplia consideración en relación con el tema del ecumenismo. No es tan fácil decir en forma teológica quién está verdadera, concreta y subjetivamente dentro de la Iglesia por su fe, y quién, de hecho, está afuera. Tomando en cuenta sólo este hecho (la falta de la necesaria exactitud), la Iglesia es una "Iglesia abierta" si quiere serlo, si reflexiona sobre esto, o si solo simplifica la situación, pasándola por alto. 

 

            Es claro que hay un gran número de personas semejantes a aquéllas que hemos descrito, que no pertenecen a la Iglesia en términos sociológicos ni por razones de fe y, sin embargo, a pesar de esta identificación parcial, tienen una actitud positiva frente a ella. Al tomar en cuenta esta verdad nos queda aun más claro cuán difícil es tratar de establecer quién está adentro y quién afuera de la Iglesia, y precisamente dónde se ubica teológicamente su puerta, para no contentarnos con solo el sentido eclesial-sociológico. Ya hemos insistido en que por ninguna razón se está negando un cierto significado teológico a la pertenencia cívica y eclesial-sociológica a la Iglesia. Pero esto no constituye una plena pertenencia a ella  y, en un sentido teológico, es de mucho menor importancia que otros elementos constitutivos (bautismo, fe plena, el estado de gracia, identificación completa con la Iglesia, etc.). Por lo tanto, no podemos, incluso en la práctica, actuar como si los católicos y los no-católicos debiesen ser distinguidos, unos de otros, a base de su pertenencia a la Iglesia, de acuerdo con el factor “eclesial-sociológico”.

 

            ¿Que significan estas reflexiones en la práctica? En primer lugar, la Iglesia, a través de sus proclamaciones, debería seguir haciendo nuevos esfuerzos para incorporar plenamente a aquellos que no pertenecen totalmente a ella, aunque generalmente se consideran buenos católicos porque son "practicantes." Esta es una tarea que nunca se acaba completamente en la práctica. Detrás de la proclamación, debiera existir un entendimiento claro y sin prejuicio de las personas a quienes está dirigida. No es necesario que esta intención sea cada vez explícita; llegaría a ser aburrido. Pero el predicador tiene que ser consciente de lo que su homilía presupone en sus lectores. Por ejemplo, al tratar un tema dogmático o moral, no puede apelar solamente a la autoridad de la Iglesia (el Magisterio) para producir claridad y certeza, confiando en que su audiencia es, de todas maneras, católica y, por lo tanto, reconocería esta autoridad. El hecho es que cualquier tratamiento de un tema de este tipo tiene que encontrar sus argumentos en las definitivas y más básicas convicciones cristianas que sí pueden ser presumidas como sostenidas por su audiencia. Además, este criterio para la expresión de argumentos debe ser empleado y explotado invariablemente en establecer y defender la mismísima autoridad magisterial formal de la Iglesia para enseñar.

 

En el futuro, sin prejuicio y sin demasiado ansiedad respeto al dogma, se debe considerar a los "simpatizantes" de la Iglesia como pertenecientes a ella en la práctica y dejar que ellos se den cuenta de esto por toda nuestra actitud, sin que guardemos la esperanza o demos la impresión de que queremos absorberlos formalmente. En la práctica significa que podemos, tranquila y magnánimamente tolerar una expresión palpable o aun pública de parte de estos simpatizantes que podrían, incluso, declarar que sólo pueden identificarse parcialmente con la Iglesia o aun con el cristianismo. Al mismo tiempo, hay que ser conscientes de los resultados concretos de tal tipo de práctica, sin tenerles miedo, solamente porque en adelante no será posible evitarlos. 

 

            Para tomar un ejemplo concreto, significa que para nosotros que somos  más viejos y más establecidos en nuestro modo de ser, la futura Iglesia Católica (en la dimensión experiencial-eclesial), nos podría parecer muy similar a la percepción anterior que teníamos de la Iglesia Evangélica, percepción que era en parte correcta pero también exagerada. Veíamos a la Iglesia Evangélica de este entonces como un lugar donde era posible decir y expresar públicamente lo que uno quería. Hay poca probabilidad de que haya tanta confusión de este tipo en el futuro y esto porque personas que realmente decidirán en contra del Cristianismo se apartarán de ella por voluntad propia. No hay por qué temer que una oposición no-cristiana de afuera vaya a tratar de infiltrar a la Iglesia y vaya a ser capaz de cambiar sus funciones de una manera significativa.* Sin embargo, en forma concreta y práctica, el pluralismo existirá dentro de la Iglesia futura. Este pluralismo encontrará expresión, la que no podrá ser simplemente reconocida como legítima de la misma manera en que se acepta un legítimo pluralismo de escuelas teológicas con derechos iguales (de acuerdo con las estrictas normas dogmáticas de la Iglesia institucional).

 

            El pluralismo en este sentido, donde los diferentes elementos no gozan de derechos canónicos iguales (hablando en forma dogmática), pero de hecho existen en una Iglesia abierta, no debería necesariamente amenazar las bases verdaderas de una Iglesia firme y confiada. La razón es simple; existe dentro de la Iglesia un oficio que siempre guarda, mantiene y defiende el contenido íntegro de la fe Cristiana sin sentirse obligado, a cada paso, de silenciar las voces dentro y fuera de la Iglesia que se oponen o amenazan la enseñanza. Como he intentado demostrar, hoy el esfuerzo de tratar de silenciarlas sería no sólo imposible en la práctica sino, desde el punto de vista misionero, estratégicamente imprudente. Crearía obstáculos para muchas personas que están en camino hacia una más plena identificación con la Iglesia y su fe; personas que en este momento sólo pueden alcanzar una identificación parcial.

 

            A modo de ejemplo, no hay por qué hacer que una persona que tiene algún contacto con la Iglesia, se sienta sólo como huésped tolerado debido a que tiene sus reservas, en vez de sentirse como miembro pleno de esta comunidad creyente. Indudablemente, sólo a través de la práctica audaz y de experimentos parciales y limitados es como podremos ver, en forma concreta, de qué manera este tipo de práctica convive dentro de una Iglesia que siendo "abierta", no es vista como un supermercado donde se vende todo y donde cualquiera puede comprar.

  

* Rahner está hablando del APO - Ausserparlamentarische Opposition; se refiere a aquellos que trataron de asaltar los baluartes ortodoxos (década de '70).

 

Texto del libro “The Shape of the Church to Come” (La forma de la futura Iglesia) de P.  Karl Rahner S.J. ( A Crossroad Book, The Seabury Press, New York), pp. 93-101.

 

 

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