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Libertad en el Espíritu: su relación con el diálogo interreligioso PDF Imprimir Correo
Sábado, 01 de Septiembre de 2007 00:00
Seguimos acá con nuestra reflexión sobre el significado de una “Iglesia abierta”. Esta vez lo haremos en el contexto de la rica diversidad de las nuevas corrientes espirituales de otras tradiciones religiosas, más accesibles que nunca en nuestra sociedad pluralista.

En medio de una sociedad como la nuestra, en plena transformación cultural, muchos católicos sienten aprensión, incluso ansiedad, frente a la influencia de aquellas nuevas corrientes,  un hecho real por la misma naturaleza de la comunicación moderna. Frente a sus temores, se olvidan que por varios años algunos documentos papales y aquellos de ciertas conferencias episcopales nos han llamado a considerar el “diálogo interreligioso” como una forma de evangelización.

En el artículo siguiente queremos ofrecer un paso más adelante, sugiriendo que este diálogo interreligioso podría, incluso, promover la añorada “libertad en el Espíritu”, tan fundamental en la realización del plan de Dios para su universo. Esperamos que el texto sea de ayuda para su reflexión personal y trabajo pastoral.

Una vez más queremos reiterar nuestro deseo de escuchar sus opiniones frente a las materias publicadas en los boletines.

 

ÍNDICE 

La libertad en el espíritu

El contexto multirreligioso

El diálogo interreligioso: imperativo cristiano

Los caminos del diálogo

Abierto al absoluto

 

            Todas las grandes religiones del mundo reconocen la “libertad” como el ideal de sus esfuerzos espirituales. Para el Hinduismo la meta es moksha o liberación de las ataduras del pecado y de la reencarnación. Buda predicó el nirvana como libertad del deseo o anhelo y del mundo temporal. El Cristianismo apunta a la libertad como don del Espíritu de Cristo que nos hace hijos de Dios. El Islam percibe la salvación como la libertad y la victoria sobre Satán y las fuerzas de mal. Desgraciadamente, estas mismas religiones han sido fuentes de conflicto, un hecho que se hace patente en los fieles de una religión que no respetan la libertad de aquellos de otras religiones y en el fundamentalismo religioso que nos ha llevado a un ambiente de dominación y conflicto. En vez de liberar a la gente de la opresión de fuerzas económicas y políticas, las religiones han sido muchas veces herramientas de estas mismas fuerzas en su tendencia a oprimir y explotar a los pobres y a las minorías. Uno puede decir que a las mismas religiones les hace falta la liberación de la explotación de fuerzas no-religiosas.

            Sin embargo, todas las religiones preocupadas con la finalidad de la vida, tienen a la vez un elemento de profecía que sigue reflexionando no sólo sobre los aspectos que legitiman las religiones como tales, sino también desafían a los mismos creyentes a caminar en la ruta de la verdadera libertad. Los creyentes verdaderos son cada vez más conscientes de que su espíritu de hermandad se profundiza en liberar no sólo a la religión de todo fundamentalismo, sino también a las personas oprimidas por fuerzas políticas, económicas, sociales, culturales, religiosas y personales. El diálogo interreligioso está visto, cada vez más, como una manera concreta de promover esta hermandad entre los creyentes en su búsqueda común de libertad. Es precisamente esta relación entre la libertad y el diálogo interreligioso la que quiero explorar aquí. Esta exploración tendrá cuatro partes: primero, mi propia visión de la libertad en el Espíritu; segundo: el contexto multirreligioso en que vivimos y sus implicaciones; tercero, una reflexión sobre esta situación desde el punto de vista cristiano y, finalmente, espero mostrar cómo el diálogo religioso puede promover la libertad en el Espíritu.

 

La libertad en el Espíritu

 

            Hay que ver la libertad en el Espíritu dentro del contexto del plan de Dios para su universo, es decir, la unificación o reconciliación de todas las cosas en la plenitud de la vida divina (Ef 1:3-10; Col 1:19-20; 1Cor 15:27-28). Aunque la realización de esta meta es primordialmente la obra de Dios, también requiere la libre colaboración de nosotros. La esencia de la libertad humana es entonces la capacidad de responder libremente al llamado de Dios y de colaborar en forma creativa con Jesús y el Espíritu en la creación de una nueva comunidad cósmica en que Dios será todo en todos. Quiero resaltar cuatro elementos de esta libertad. En primer lugar, la gente puede sentirse constreñida y coartada de muchas maneras. Experimentan su esclavitud ante el pecado como: egoísmo, deseo, orgullo e ignorancia. Estas “esclavitudes” funcionan como obstáculos a su capacidad de escuchar y colaborar con Dios y se necesita liberación de estas fuerzas de opresión. La participación en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús y el don del Espíritu les dan esta libertad (Rom 6-8). Este proceso involucra la sanación interior y la integridad holística, el crecimiento hacia la plenitud y la integración personal –una experiencia de ser “hijo de Dios”, de ser divino. 

            La construcción de los nuevos cielos y tierra no es un proyecto para los individuos sino que requiere el trabajo en conjunto. No es meramente una necesidad práctica porque es precisamente en el encuentro con el “otro” como “diferente” donde uno descubre su propia identidad. Es en amar al otro donde uno experimenta su propia libertad y su conexión. Al compartir sus dones en forma mutua, las personas se descubren como complementarias, además de reconocer su vocación común. Los dones del Espíritu no son para el individuo sino para la comunidad (1Cor 12). De este modo, uno está liberado de un universo enfocado en uno mismo. Llegar a ser hijo de Dios es también descubrir nuestra hermandad común como hijos del mismo Padre.

 

En términos humanos, la base de la obligación moral es “el otro”, un mundo diferente, un centro irreducible de conciencia, amor y creatividad que se presenta como don potencialmente enriquecedor. Uno se comporta en forma moral cuando reconoce, respeta y responde a este don del otro. Al mismo tiempo uno llega a ser más: más consciente de sí mismo, más desarrollado y dispuesto a aceptarse; en otras palabras cada vez más maduro o liberado. Es aplicable tanto en las relaciones personales como en las relaciones sociales. Esta manera de percibir la moralidad nos da la base humana para la libertad por la cual Cristo nos ha liberado.  

 

Por lo tanto, la libertad personal no tiene que ver sólo con la realización de la integridad personal sino también con nuestra relación con el otro y con la construcción de la comunidad. 

            En colaboración con el otro, descubrimos una dimensión más profunda. Amar al otro es amar a Dios y Dios se hace presente en esta misma relación (Mat 25:31-46; Jn 17: 20-23). Los nuevos cielos y tierra no son meramente el trabajo de los humanos sino también el don de Dios, visto precisamente en su llamado a colaborar con Él en forma creativa, en medio del mundo (Rom 8). Por lo tanto, se necesita leer “los signos de los tiempos” para así descubrir la presencia y la acción del Espíritu de Dios en el mundo, para discernir las tareas concretas a las cuales nos llama Dios a cada momento. Así, esta libertad en el Espíritu no debiera ser atada por leyes y estructuras sino ser dejada pronta a obedecer los impulsos creativos del Espíritu a cada momento (Gal 4:1-7).

            Esta apertura al Espíritu de Dios, en la libertad, nos ubica en un horizonte escatológico. Vivimos en un período de peregrinaje en el que nos movemos hacia la realización de un mundo nuevo. Se requiere la creatividad que nos llama más allá de nuestros conceptos limitados del plan de Dios para el mundo. El Reino de Dios es nuestro horizonte. La plenitud hacia la cual nos movemos está en el futuro y nos llama adelante en la esperanza (Fil 3:12-14). No hay libertad sin esperanza y creatividad, lo mismo que no hay libertad sin amor y relación. Veremos la relevancia de estos cuatro elementos cuando consideremos la libertad en el Espíritu dentro del contexto del diálogo interreligioso. 

 

 

El contexto multirreligioso

 

            Cada reflexión sucede en un contexto particular cuyo marco básico ha sido especificado como la vocación de la humanidad en la obra de edificar un nuevo mundo, entendido y llamado  Reino de Dios por nosotros, los cristianos. Una característica importante de esta comunidad humana es su naturaleza multirreligiosa, no solo en el sentido global, sino también en cada lugar específico. Las personas que viven en una comunidad local pueden pertenecer a diferentes religiones y es posible además que las personas que pertenecen a la misma religión institucional crean de diferentes maneras. Este último caso es cada vez más común en la sociedad actual. Ahora, en aquellas comunidades multirreligiosas, ¿cómo perciben el rol de la religión en su peregrinaje común a un nuevo mundo mejor?

            Hay varias opciones funcionando hoy. Algunos piensan que la religión no tiene relevancia para el proyecto humano en la historia; la consideran más bien una elección privada y personal que no debiera tener influencia en la vida social. La organización de la comunidad se basaría más bien en principios humanos seculares. Una manifestación más refinada de la misma visión es basar el comportamiento moral y social en la “ley natural” que pretende ser común a todos y anterior a cualquier diferenciación religiosa. Sin embargo, las personas que viven en situaciones multirreligiosas son conscientes de que la diversidad religiosa no es una estructura superimpuesta sobre una humanidad natural y común; al contrario, es, muchas veces, muy profunda y pluralista. Otra solución es edificar comunidad alrededor de las perspectivas de la religión particular dominante, mientras las minorías religiosas son toleradas en los márgenes de la comunidad. De esta forma uno tendría estados islámicos, budistas, hindúes y cristianos. Fundamentalistas religiosos apoyan esta solución.

            Existe un camino intermedio entre estos extremos. Frente a los problemas del mundo, las personas se comprometen a la defensa y promoción de los valores humanos y espirituales comunes, mientras cada grupo religioso encuentra justificación, motivación e inspiración por estos valores en su propia religión. Hablando a un grupo de líderes en Madras, India, Juan Pablo II dijo:

Como seguidores de diferentes religiones debiéramos unirnos para promover y defender los ideales comunes en las esferas de la libertad religiosa, la hermandad humana, educación, cultura, bienestar social y el orden cívico. El diálogo y la colaboración son posibles en todos estos proyectos. Hay situaciones en que algunos grupos no están de acuerdo sobre ciertos valores y, normalmente, gracias al diálogo pueden llegar a un consenso. Este tipo de colaboración y diálogo podría y debería ir más allá de la esfera secular para tocar incluso lo religioso porque el compromiso con los valores seculares está radicado en las perspectivas fundamentales de su religión. El diálogo interreligioso en tal tipo de situación podría llevar a la gente a la profecía y a un enriquecimiento mutuo que, a su vez, conduciría al grupo a una reinterpretación de su propia religión.

            De la misma manera en que sitúo la libertad en el Espíritu en el contexto del movimiento de la humanidad hacia el Reino de Dios, quiero hacer lo mismo con el diálogo interreligioso. Tal diálogo no sería una discusión académica entre expertos, sino un compartir a diferentes niveles entre personas comprometidas en la misma causa. Entonces el lazo inevitable entre la libertad en el Espíritu y el diálogo interreligioso será evidente. Será obvio también que el diálogo no está sucediendo entre religiones de alguna manera abstracta o institucional sino entre creyentes, en el contexto de sus vidas diarias. Antes de seguir con las dimensiones diferentes de este diálogo, quiero ofrecer un breve esquema de las fundamentaciones teológicas que hacen este diálogo no sólo legítimo, sino urgente para los cristianos de hoy.

 

 

El diálogo interreligioso: imperativo cristiano

 

            Los Padres del Concilio Vaticano II fueron capaces de escribir el documento Gaudium et Spes sin referencia a otros creyentes. Fue dirigido a todas las personas de buena voluntad, ignorando completamente sus religiones. Por otro lado, las encíclicas sociales papales siempre hablan de la colaboración de todos los creyentes en la promoción de la justicia, la solidaridad y la paz. Demuestran una evolución significativa en las actitudes hacia otras religiones. En el Concilio, el documento sobre las otras religiones reconoce los elementos buenos y santos en ellas. El documento sobre la libertad religiosa limita sus observaciones a la libertad de las personas en la sociedad civil de practicar cualquier religión de su elección, según su conciencia. Fundamenta esta libertad en la dignidad humana y no en el valor o en la legitimidad de las religiones en sí mismas. El documento sobre la Iglesia en el mundo moderno habla de la presencia y la acción de Cristo y el Espíritu en todas las personas, independientemente de su religión (GS, 22).

            La invitación de Juan Pablo II a los líderes de todas las religiones a unirse con él en Asís en octubre de 1986 para rezar por la paz del mundo, marca una nueva actitud positiva hacia las demás religiones. El gesto reconoció a las otras religiones como legítimas aunque la defensa papal del gesto fue limitada a la comunidad básica de todos los seres ante Dios y la presencia del Espíritu en cada oración auténtica. La aceptación de la efectividad de las oraciones de los creyentes de otras religiones dio un valor positivo a las demás religiones como mediaciones del encuentro divino-humano. Es necesario afirmar que este aprecio positivo estaba desarrollado dentro del contexto de la Presencia Divina universal (aunque escondida) afirmada por Gaudium et Spes.

            Encontramos un paso más adelante en Redemptoris Missio donde Juan Pablo II afirma que las otras religiones son “caminos de salvación” y que el Espíritu de Dios está activo en otros creyentes no sólo como individuos sino en su actividad religiosa como grupos (Nº 28). Esta afirmación de la presencia del Espíritu es muy significativa para la experiencia de la libertad porque donde está el Espíritu, allí está la libertad. Si el Espíritu de Cristo es el portador de la libertad cristiana, entonces la extensión de la presencia y actividad del Espíritu determina los límites de la libertad cristiana. Es decir que, efectivamente, el diálogo interreligioso puede volverse encuentro de la libertad dentro del contexto de la actividad del Espíritu, en un mundo que se mueve hacia la aparición de un cosmos nuevo.

            El tema del diálogo interreligioso ha avanzado aun más por los obispos y teólogos de Asia desde su experiencia diaria de vivir con creyentes de otras religiones. La Comisión Teológica de Consulta de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia ha afirmado que:

Todas las religiones en las sociedades multirreligiosas de Asia están llamadas a contribuir a una base moral y religiosa, común y complementaria, de ser influencias para el crecimiento y la comunión (no de alineación y conflicto) en los avances hacia la liberación e integridad... Los cristianos, aunque un pequeño rebaño, están llamados al rol de catalizador que facilita la colaboración interreligiosa... La presencia y acción universal del Espíritu están llamando a todos a la realización de la unidad del Reino... nos lleva a niveles más profundos de comunión en el Espíritu; profundiza, no perjudica, la experiencia específica de cada religión... y encuentra expresión en la oración común, la lectura de los libros sagrados y la celebración de festivales y acciones en conjunto... Debido a los pecados y las imperfecciones humanas, todas las religiones están llamadas a renovarse bajo el juicio del Espíritu y el crítico desafío mutuo.

Aunque la palabra “libertad” no aparece en estos trozos, es muy fácil ver la conexión estrecha entre el Espíritu, las tareas que Él nos impone y por las cuales necesitamos la libertad, el diálogo entre los creyentes de diferentes religiones requerido para realizar estas tareas y, finalmente, el rol profético que juega cada religión en la promoción de semejante libertad. 

            Estos mismos temas resuenan en los varios encuentros episcopales. En una reunión en India sobre el diálogo hindú-cristiano, afirmaron lo siguiente:

Estamos convencidos de que las experiencias y expresiones religiosas pueden jugar un rol significativo en la realización de una profundamente enraizada cultura de armonía. A través del diálogo interreligioso, la potencia liberadora y unificadora de cada religión será articulada y hecha efectiva para la transformación social integral... La armonía surge del respeto por las diferencias del otro y del reconocimiento de su significado para la totalidad… este significado único es percibido con gratitud dentro del contexto de la evolución espiritual de la humanidad... Nosotros, creyentes, somos co-peregrinos, compartiendo en conjunto las reflexiones y experiencias espirituales, con interés y compasión, con apertura genuina a la verdad y a la libertad de buscadores espirituales... Cada vez más sensibles al dolor humano, colaboramos en la promoción de justicia, paz e integridad ecológica.    

No es mi intención ofrecer una elaborada teología de las religiones. El punto que quiero enfatizar es que la Libertad es el don del Espíritu. No es solamente libertad de la esclavitud del pecado sino también libertad para colaborar con el Espíritu en la construcción de una nueva humanidad y un nuevo cosmos como el Reino de Dios. La Iglesia está consciente hoy de ser una Iglesia peregrina, condicionada no sólo por la cultura y la historia sino también por la debilidad de sus propios miembros. Al mismo tiempo, la Iglesia reconoce la presencia y acción del Espíritu en las otras religiones y que ellas están llamadas a colaborar en la construcción del nuevo cosmos. El diálogo interreligioso es tanto un medio como una forma de esta misma colaboración; mientras los elementos proféticos en cada religión contribuyen individual y colectivamente al crecimiento de todos los creyentes en la libertad. Cuando todos los creyentes están reunidos en el nombre de Dios, su Espíritu está entre ellos, liberándoles a través de su interacción mutua y, a través de ellos, librando al universo entero a la novedad del Reino de Dios.

 

 

Los caminos del diálogo

 

            Una mirada a las diferentes maneras de llevar el diálogo interreligioso nos ayudará a comprender como este diálogo puede promover la libertad en la vida cotidiana. Se habla normalmente de cuatro caminos de diálogo: el diálogo de vida, de intercambio intelectual, de la experiencia espiritual y, finalmente, el diálogo de acción en común. A continuación, miremos brevemente los cuatro caminos y su modo de promover la libertad en el Espíritu.

            En el diálogo de vida, creyentes de diferentes religiones se encuentran mutuamente en el curso de la vida: en la calle, en el mercado, en la escuela, en los deportes. Los grupos religiosos tienden a ser exclusivos; por sobre todo las sectas que proyectan su identidad apartándose de los demás. Tal actitud surge de temor, no de la libertad. Algunos grupos más dominantes, miran a los demás como inferiores o imperfectos, mientras otros son más tolerantes. Permiten que los demás sean como son, sin interacción alguna. Esto es pasividad e indiferencia. Todas estas actitudes dividen y no ayudan a la comunidad. En el diálogo de la vida, uno se relaciona con el otro con respeto y atención frente a todas sus diferencias. Uno está abierto y libre en sus relaciones, evitando una actitud hipercrítica frente a las diferencias del otro. Uno reconoce su comunidad básica con el otro en el ámbito humano y aun religioso a pesar de las diferencias. En relación con el otro es como uno descubre su propia identidad y uno es enriquecido por el contacto interpersonal. Uno se siente desafiado, no amenazado por la diferencia del otro y así una comunidad-en-diferencia es construida. No es necesario que estas experiencias sean explícitas ni aun conscientes. Pero existen donde la gente vive en paz, sin temor, inseguridad o violencia. Donde se comparte la misma situación política y cultural, este diálogo básico es esencial para la promoción de los valores humanos y espirituales comunes necesarios en la formación de una comunidad de justicia, solidaridad y paz. Si la misma religión se transforma en una fuente de división y conflicto, hay poca esperanza para el proceso.

            El diálogo de intercambio intelectual está limitado a los expertos. En cada tradición religiosa, la fe busca entender o comprender. Normalmente es un esfuerzo de comprender el significado y la relevancia de las perspectivas religiosas en el contexto de los problemas y preguntas que surgen de la experiencia de la vida, por ejemplo, el problema de la maldad o del origen y el fin de la vida. Estas reflexiones se condicionan por la cultura, sobre todo por el lenguaje. Cuando una religión se disemina a lo largo de muchas culturas, uno se acostumbra al pluralismo en la teología. La experiencia de este pluralismo se vuelve aun más radical cuando encontramos otro creyente que frente a los mismos problemas y preguntas responde no meramente con diferentes interpretaciones de las narrativas, sino con narrativas completamente diferentes. Este encuentro nos llevaría a relativizar nuestras imágenes y símbolos respecto de la Realidad más allá de nombre y forma. Uno aprende a adorar a Dios en espíritu y en la verdad; a dejar de ser fundamentalista, esclavo de una expresión cultural particular. Al contrario, uno se siente libre para explorar diferentes símbolos y la percepción de la Realidad se enriquece cuando uno es capaz de percibirla a través de sus múltiples mediaciones. Desde este punto de vista, es importante evitar comparaciones estériles de ideas y símbolos para buscar más bien una más honda percepción. Así, el diálogo verdadero nos ayuda a seguir buscando al Absoluto, nunca identificando a Dios con nuestros propios ídolos lingüísticos o culturales. Nos hace libres y abiertos al pluralismo en expresión y experiencia. 

            En el diálogo de la experiencia religiosa, las personas quieren compartir la mutua búsqueda de una experiencia de Dios a través de sus símbolos y rituales religiosos. Es posible hacerlo de varias maneras y a diferentes niveles. Las escrituras son los documentos fundamentales de una tradición religiosa y los fieles creen que son narrativas sobre la intervención especial de Dios en su vida e historia y ofrecen el marco para discernir su Presencia y acción en cada momento. La presencia del Espíritu en otras religiones tendrá su huella en sus escrituras y rituales que pueden ser leídos de varias maneras: como documentos literarios o espirituales; interpretados en el contexto de nuestras escrituras propias; leídos en conjunto en situaciones de diálogo y búsqueda de percepciones más profundas sobre las obras maravillosas de Dios. Es parecido a compartir nuestras historias. No es una actividad académica sino siempre relacionada con el discernimiento de la presencia de Dios en el momento. Durante un tiempo, cuando algunas personas estaban matando a otras en el nombre de la religión, Ghandi reunía a las personas para momentos de oración interreligiosa y se leían trozos de las escrituras de diferentes tradiciones para promover la armonía en medio de la violencia. De la misma manera, grupos interreligiosos pueden rezar juntos, utilizando el modo de rezar del otro o desarrollando oraciones comunes en que todos pueden tomar parte. Si cada oración auténtica es fruto del Espíritu, como dijo Juan Pablo II, entonces uno puede encontrarse con el Espíritu presente y activo en el otro al compartir la oración. Uno descubre comunidad con el otro en el meollo del propio ser cuando está en contacto con Dios y es una fuente poderosa de inspiración y fuerza al actuar en conjunto para la transformación de las personas y la cultura y para la promoción de justicia, solidaridad y paz.

            El diálogo de acción en conjunto puede suceder no sólo respecto a colaboración en la defensa y promoción de valores humanos comunes, sino también en el trabajo en conjunto a niveles socio-económicos y políticos, para la transformación de la comunidad humana. En Asia uno no habla de comunidades cristianas sino de comunidades humanas como instrumentos para hacer más justo el mundo. Este tipo de acción en común sirve como contexto vivo y como la meta de los otros tres modos de diálogo mencionados. No es meramente un esfuerzo humano sino respuesta y colaboración con la acción del Espíritu en el mundo y, por lo tanto, nos libera y requiere el uso creativo de la libertad.

 

 

Abierto al Absoluto

 

            En el contexto de este diálogo cuádruple, la libertad en el Espíritu deja de ser percibida solamente como don personal, y pasa a serlo también como experiencia social e interreligiosa en las situaciones multirreligiosas de hoy. Son dos aspectos de la misma libertad. En segundo lugar, uno ve esta libertad produciendo comunidades liberadas de los estrechos fundamentalismos religiosos y comprometidas en la búsqueda de un mundo nuevo donde la gente estará libre de opresiones de todo tipo. Así la libertad en el Espíritu produce los frutos del Espíritu que vivifica la comunidad entera. De este modo seguimos moviéndonos hacia una comunidad de libertad, hermandad y justicia que es la promesa de Dios a todos los pueblos.

            El diálogo interreligioso nos ayuda también a ver y experimentar de una manera nueva, la relación entre la comunidad de la Iglesia y esta nueva comunidad del Reino de Dios, hacia la cual nos estamos moviendo. He repetido varias veces que un fruto de la libertad en el Espíritu es la  libertad del fundamentalismo. Cuando hablamos del fundamentalismo en la religión la tendencia es a pensar en otras religiones o en algunas sectas dentro de la tradición cristiana. Sin embargo, todos nosotros compartimos alguna forma de fundamentalismo y el diálogo interreligioso puede librarnos de él.

            Cuando pensamos en la relación entre la comunidad de la Iglesia y el Reino de Dios, con razón destacamos la continuidad entre ellos y pensamos en la Iglesia evolucionando hacia esta nueva comunidad. Pero la tensión escatológica en la historia no es solamente entre “lo que es” y “lo que será”, también existe entre la continuidad y la ruptura. No sabemos lo que seremos, nuestros conocimientos son solamente vislumbres de la verdad. Dios hará todo nuevo (Apoc 21: 5). Aunque está con nosotros y dentro de nosotros, Dios sigue siendo el Otro Absoluto, más allá de nombre y forma, la Verdad que relativiza cada sistema religioso. Pero los dones del Espíritu son diferentes, son para toda la comunidad y son significativos solamente dentro del contexto de la comunidad entera. 

En consecuencia, el diálogo interreligioso nos puede liberar de la tendencia a hacer un ídolo de cualquier particularidad, por central o preciosa que sea, y ayudarnos a permanecer abiertos al Absoluto y preparados para sus intervenciones inesperadas. El Espíritu que es viento no puede ser encarcelado en ninguna parte... no puede ser definido... trasciende todas las categorías, palabras, formas y nombres.

            La verdadera libertad en el Espíritu es experimentada en el diálogo. En su profundidad, la libertad es el diálogo entre la libertad de la persona humana y la libertad de Dios. Pero este diálogo encuentra su manifestación y expresión concreta sólo en el diálogo de la persona humana con otras personas. Tal como uno ama a Dios en los demás, uno experimenta su propia libertad en el Espíritu a través de la hermandad con los demás. Esta libertad tiene sentido sólo en la medida en que está orientada a la creación de comunidad de acuerdo con la nueva humanidad deseada por Dios. En las religiones, que son las mediaciones del encuentro divino-humano, el diálogo interreligioso llega a ser el lugar privilegiado donde la libertad en el Espíritu se experimenta y se manifiesta orientada hacia su meta propia, la creación de una nueva humanidad en un cosmos nuevo.

 

 

El autor del artículo, R.P. Michael Amaladoss, S.J., es Asistente del Superior-General de la Compañía de Jesús. El artículo fue publicado en “Studies in Interreligious Dialogue”, 8/1998/1, Orbis Books, Maryknoll, Nueva York y lo presentamos aquí en forma abreviada, con la debida autorización.

(1) Encíclica Redemptoris Missio, Nº 41-60, de Juan Pablo II, 1990, citado en el Boletín Pastoral Nº 81 y 83 de 2002.

(2) “Social Ethics and Christian Freedom” de Doing the Truth. The Quest for Moral Theology. (Haciendo la verdad: la búsqueda de la teología moral), Macdonagh, Enda, 1977,88. Dublin: Gill y Macmillan.

(3) Macdonagh, ibid., 1987, 88.

(4) Documentos FABC, Nº 48, 1987 de Tesis 1,2, 3 y 5, Hong Kong: FABC.

(5) Rosales, G.B. y C.G. Arevalo (eds.). (1992). For all the Peoples of Asia (Por todos los pueblos de Asia), Maryknoll: Orbis.

(6) Ibid. Working for Harmony in the Contemporary World: a Hindu-Christian Dialogue (Armoná en el mundo contemporáneo: un diálogo hindu-cristiano), Nº 3 y 6.

 

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