| La vida después de la muerte |
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| Lunes, 01 de Octubre de 2007 00:00 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Una de las verdades de nuestra fe que sigue captando la imaginación de los fieles tiene que ver con la vida venidera. Y el concepto de la vida después de la muerte no fascina sólo a los cristianos sino a muchos de los que se declaran agnósticos o simplemente dan poca importancia al tema religioso. El misterio de la vida y la muerte toca a todos los que viven sobre la tierra y les interesa, quiéranlo o no. Como una prueba de este interés basta mirar la cantidad de programas televisivos de gran popularidad dedicados al tema. En esta misma línea, este mes queremos ofrecer un artículo que mira la muerte como parte del viaje espiritual en su plenitud. Es una reflexión que, entre otras cosas, examina nuevos aspectos sobre el bautismo, el concepto de limbo y hace una consideración más amplia de las variadas esperanzas cristianas por la vida después de la muerte. Para poder ubicarnos más fácilmente, vamos a referirnos a los resultados de estudios recientes, hechos en Chile y en otras partes, relacionados con la variedad de creencias sobre la vida después de la muerte. De nuevo queremos reiterar nuestro interés en sus opiniones sobre el contenido de nuestros boletines.
ÍNDICE La vida después de la muerte: ¿Una distracción? La vida después de la muerte y el bautismo El crecimiento después de la muerte
A una pregunta sobre el significado de la muerte hecha en una encuesta realizada entre la población católica del gran Santiago en 1985[1], sólo la cuarta parte de la muestra contestó que “la muerte es el paso a la eternidad” o “el comienzo de otra vida”. Para el 16% era “el fin de la existencia, el fin de todo”, mientras que otros contestaron que: “la muerte es algo triste, horrible”, “algo natural”, “la tranquilidad.” Para sólo 2% la muerte significaba “llegar a Dios o a Cristo”. En los Estudios de Valores del año 2000[2], hubo sólo una pregunta sobre actitudes respecto a la muerte: “¿Con qué frecuencia piensa Ud. en la muerte? Los resultados de la muestra chilena afirmaron que 50.3% lo hicieron con frecuencia, mientras un 29,2% sólo de vez en cuando.
Cinco años más tarde, en un estudio entre los jóvenes de cuarto medio de colegios de Santiago[3], encontramos un concepto mucho más rico y detallado respecto a la vida después de la muerte.
Las respuestas de los alumnos católicos, tanto los de colegios católicos como de los colegios no católicos comparadas con los de los adultos de hace dos décadas, demuestran una actitud algo más positiva frente a la muerte.
Creo que el ser humano tiene un alma o espíritu sobrenatural......... 69% Creo en la vida después de la muerte......... 66% Creo en el cielo como un paraíso eterno para toda la humanidad......... 60% Creo en el cielo como premio eterno para los que actuaron bien......... 55% Creo en la reencarnación en otra forma de vida......... 48% Creo que en el juicio final cada uno será llamado ante Dios para responder por sus actos......... 47% Creo en la existencia del purgatorio donde se purifica el alma después de la muerte......... 35% Creo en el infierno donde el ser humano será castigado eternamente… 32%
Aun más cercana a nosotros en el tiempo, los resultados de la Encuesta Nacional Bicentenario publicados en El Mercurio del 22 de octubre de 2006, confirman que respecto a la “creencia en la vida después de la muerte” el 61% afirma que no tiene duda alguna mientras 13,8% señala que cree en “algunos momentos, mientras en otros no.”
También nos llama la atención la apertura al concepto de la vida después de la muerte como algo positivo, abierto a toda la humanidad, mientras los conceptos de juicio y castigo reciben menos aceptación. ¿Será el resultado de las enseñanzas religiosas recibidas o más bien la influencia de la sociedad y la cultura moderna que penetra cada rincón de la vida? Sea como sea, nuestra juventud parece vivir en un mundo diferente, uno que refleja una serie de valores nuevos.
La vida después de la muerte: ¿una distracción?
Entre los valores nuevos que apasionan a nuestro mundo está la fascinación por el momento presente. No cabe la menor duda de que el momento actual es de importancia primordial; el zen-budismo nos recuerda que, de hecho, no tenemos más que el aquí y ahora. Varios escritores contemporáneos, incluso algunos teólogos católicos, nos advierten del peligro de “la especulación sobre el mundo que viene, que nos podría privar de una maravillosa experiencia en esta vida”. Honestamente hablando, ¿cuántas personas serían culpables de tal especulación obsesiva? Lo que sospecho es que estos autores están incluyendo a personas que de cuando en cuando se preguntan cómo será este gran misterio que nos espera en el futuro. No deberíamos disculparnos por el deseo que tenemos de saber algo más sobre nuestro destino. En realidad, para alguien con fe lo extraño sería la falta del deseo de profundizar en ese misterio.
Dejando aparte las opiniones de muchos contemporáneos, sería interesante preguntarnos sobre la relativa importancia que los cristianos deberían dar al tema de la vida después de la muerte. Aun en centros de estudios religiosos encontramos cierta tendencia a evitarlo. Podemos hablar de Dios, de la ética y de las responsabilidades del cristiano, pero el tema que debiera preocuparnos -por ser la base de todo lo demás- permanece fuera de los límites del discurso civilizado. Creer en la vida después de la muerte es aceptable, pero introducirla como tema de conversación es considerado fuera del lugar. ¿Por qué?
En su libro Mere Christianity (Simplemente Cristianismo, 1943) C.S. Lewis escribió: “Desde que en gran parte los cristianos han dejado de pensar en el mundo venidero, se han vuelto ineficaces en este”. Es una afirmación que debiéramos considerar con seriedad. Junto con la experiencia de gozo con la creación, los cristianos tienen un compromiso profundo con el mejoramiento del mundo en que vivimos, pero el cristianismo también afirma, sin vergüenza, la verdad de un mundo venidero mejor. Aunque los escépticos dudan de la posibilidad de la coexistencia de ambos, la tradición católica siempre ha enseñado lo contrario. Es tiempo de volver a reflexionar sobre esta tradición.
La vida después de la muerte y el bautismo
El limbo, nunca una preocupación mayor en la jerarquía de enseñanzas católicas, tampoco fue clasificado de gran importancia con respecto a la ortodoxia. No obstante, esta enseñanza tocó en forma profunda las vidas de un sinnúmero de padres de familia que sufrieron la pérdida de sus hijos pequeños. Ahora sabemos que, desde hace tiempo, los teólogos han estado considerando el destino de los infantes que mueren sin bautismo. El hecho es una buena noticia, aunque sólo sea porque demuestra que la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, comprende que su misma naturaleza requiere una apertura permanente a la necesidad de cambiar y reformarse; siempre penetrando más hondamente en el misterio infinito de la misericordia de Dios.
Hace mucho tiempo que la Iglesia ha tomado una postura alejada de la dura y pesimista posición de San Agustín que pensaba que gran parte de la humanidad sería condenada, incluyendo algunos infantes que hubieran muerto antes de poder razonar. Para sostener una posición tan dura uno tendría que extremar la severidad de los efectos corruptores del pecado original y considerar la naturaleza humana no como simplemente herida, sino como totalmente pervertida. Esta posición antigua relacionada con el bautismo corre el riesgo de convertir el sacramento en un acto mágico aislado.
Hoy vemos el bautismo como el gran “sacramento de nacimiento e iniciación” que incorpora nuevos miembros al Cuerpo de Cristo. Sin embargo, este nacimiento está actualizado por el poder del Espíritu Santo y el Espíritu sopla donde quiere. Insistir en que a todos los no bautizados les será denegada la presencia de Dios es poner límites a la misericordia y el amor de Dios y sería, por lo menos, un acto terco y obstinado de juicio prematuro, si no (...) un pecado de soberbia y presunción. Es muy difícil aceptar o enseñar que a los no bautizados les será denegada la presencia de Dios por toda la eternidad. Seguramente estaría en contradicción con las palabras misericordiosas de Cristo: “He abierto ante de ti una puerta y aunque eres débil, nadie la podrá cerrar” (Apoc. 3:8).
Es posible percibir una nueva concepción del bautismo en la práctica pastoral actual de bautizar los infantes solamente cuando hay una familia cristiana para criar el niño en la comunidad creyente. Son muy pocos los que todavía creen que los padres agnósticos que no aprueban el bautismo para sus hijos son culpables de un pecado mortal o que sus hijos serán condenados. Existen muchos casos de católicos con nietos que no han sido bautizados y, aunque sufren por esta situación, han sido aconsejados de resistir la tentación de bautizarlos por su cuenta. Las prédicas y catequesis sobre el limbo parecen haber desaparecido por completo desde el Concilio Vaticano II, con el resultado de que católicos jóvenes ignoran la existencia de esta enseñanza. Su ausencia del Catecismo de la Iglesia Católica parece confirmar oficialmente el fin de limbo como un lugar para los niños sin bautismo. Sin embargo, este vacío hace surgir algunas preguntas:
- ¿Ha cambiado la Iglesia su enseñanza sobre el destino de los infantes que mueren sin bautismo? - Si la respuesta es positiva, ¿existe la necesidad de que la Iglesia afirme claramente sobre este cambio? ¿O, al contrario, será más adecuado simplemente dejar que esta enseñanza desaparezca en silencio de la catequesis y de la cosmovisión de la Iglesia? - ¿Es posible que este cambio en una enseñanza pastoralmente sensible indique que otras enseñanzas semejantes estarán abiertas también a la reevaluación y el cambio?
Un viento primaveral sopla en el mundo y su suave brisa nos trae actitudes positivas y respuestas esperanzadas también en la Iglesia. Un informe de octubre pasado, preparado por los teólogos de la Comisión Teológica Internacional después de sus discusiones, incluyó el tema del limbo. Un miembro de la Comisión afirmó que: “La existencia del limbo no es ahora la opinión común de la teología católica, respecto a la salvación de infantes no-bautizados; confiamos en la misericordia de un Padre amoroso”. [4] Es importante recordar que una comisión internacional no se reúne cada cierto tiempo sólo para hablar sobre el limbo. El tema está considerado dentro del contexto más amplio de la escatología y la esperanza cristiana, el Plan salvífico universal de Dios, la unicidad de la mediación de Cristo y la sacramentalidad de la Iglesia en el orden de la salvación. Tal vez estas discusiones teológicas no terminarán en afirmaciones precisas sobre los infantes, ni mucho menos sobre el problema más grande: las innumerables personas que mueren sin relación alguna con la Iglesia institucional. Sin embargo, parece importante sugerir que esta amplia discusión que incluye el bautismo, el limbo y los niños sea sólo el principio de algo mucho más extenso, una reconsideración teológica de las variadas esperanzas cristianas para la vida después de la muerte. Sean como sean las respuestas a las cuestiones anteriores, la buena noticia es que estamos seguros, en la esperanza, de que los infantes están en el cielo desde su muerte y que nuestro Dios es un Padre más amoroso y misericordioso de lo que pensamos.
Es probable que aquellos que insisten en defender los conceptos más antiguos sobre la necesidad del acto litúrgico institucional del bautismo para la salvación, persistan en la defensa del concepto de limbo como algo esencial. Sin embargo, tendrán que apoyar su posición en el pasado, en afirmaciones de papas muertos hace mucho tiempo o en manuales de moral de los años pre-Concilio Vaticano. Todavía encontramos estas opiniones, más bien conservadoras, en artículos, diarios y aun en páginas web del Internet. Sus afirmaciones están basadas en enseñanzas del pasado (por ejemplo, del Papa Pío X) y atacan opiniones, dadas en años recientes, por el entonces cardenal Ratzinger quien sostuvo que el concepto de limbo parecía poco claro, más bien algo confuso. Sugirió que el concepto debía ser abandonado porque “siempre fue sólo hipótesis teológica”. En la opinión de muchos conservadores, el Cardenal, ahora Papa Benedicto XVI, es un progresista peligroso que está arruinando a la Iglesia. Tanto este Papa como Juan Pablo II son criticados por haber sido influenciados por el teólogo modernista Hans Urs von Balthasar, considerado peligroso porque se atreve a esperar que la salvación sea el destino de todos.
Si llegara a ser que estos defensores de normas antiguas tuvieran éxito con sus argumentos teológicos sobre el limbo, entonces la Iglesia parecería no sólo haber caído en regresión sino también haber perdido una oportunidad importante para iniciar un diálogo espiritual con la cultura moderna sobre la naturaleza y el destino de la vida humana. Los datos anteriores sugieren que la muerte sigue siendo una preocupación cada vez más fuerte entre los chilenos, tanto adultos como jóvenes. Los últimos años han visto una avalancha de nuevas novelas, obras de teatro, series televisivas, películas y textos más serios que enfocan la existencia y las características de la vida después de la muerte. Este dato además de ser interesante, también resulta importante porque los medios de comunicación enfatizan e invierten su dinero en aquellos temas que aseguran el interés del público. Cuántos programas piloto-televisivos, aunque muchas veces excelentes, simplemente desaparecen porque sus “ratings” son bajos; no captan el interés del público. También es cierto que gran parte de esta materia ofrecida por los medios de comunicación es de baja calidad y, desgraciadamente, aporta muy poco a aquellos que, en verdad, buscan un sustento espiritual.
Otro fenómeno evidente en la cultura actual es la creciente extensión y amplificación de las influencias religiosas del Oriente. Creencias en el karma y la reencarnación han entrado en la conciencia y el lenguaje cultural o, tal vez, nunca los dejaron. Encontramos un ejemplo de la fuerza de este fenómeno en el estudio histórico que nos ofrece datos fascinantes sobre la ciudad medieval de Montaillou, Francia, donde la Inquisición encontró herejes predicando, con éxito, sobre la reencarnación y la trasmigración de almas y, de este modo, consolando la aflicción y el dolor de las madres de infantes muertos. Se les aseguraba que las almas de sus niños muertos se reencarnarían en sus embarazos siguientes.
El renacimiento moderno de creencias en la reencarnación no debería ser rechazado en la reflexión teológica actual. Al contrario, es como una señal de que los cristianos toman en serio una profunda intuición respecto al crecimiento espiritual y a la infinita misericordia de Dios. Tal crecimiento requiere mucho tiempo y experiencia, tal vez más de lo que sea asequible en la brevedad de una sola vida.
El crecimiento después de la muerte
El cristianismo desde sus inicios aceptó el concepto de la posibilidad de crecimiento espiritual después de la muerte. Esta creencia está expresada en las enseñanzas sobre el Purgatorio. Una definición simplificada del Purgatorio sería: un proceso de purificación y transformación positiva. Mientras el limbo merece ser abandonado por ser una hipótesis teológica inadecuada, una reconsideración del Purgatorio podría ser espiritualmente importante. La idea afirma que esta adicional oportunidad para el crecimiento positivo, más allá del fin de esta vida terrenal, implica la posibilidad de alguna forma de proceso dinámico en la plenitud del tiempo divino. Lo que sabemos de la historia evolutiva de la creación parece validar la posibilidad de seguir nuestro desarrollo espiritual más allá de esta vida.
La evolución de nuestra especie ha tardado miles de millones de años. A aquellos que creen en alguna forma de un futuro “Purgatorio universal”, les es fácil concluir que para la mayor parte de la humanidad una sola vida breve difícilmente sería suficiente para llegar a lo que Dios quiere para nosotros. Además millones de los miembros de la familia humana han muerto en la infancia o han sido abortados, sin haber llegado nunca a la conciencia.
Innumerables personas nacieron y sobrevivieron pero han tenido vidas atrofiadas y afligidas por los efectos de enfermedades, heridas, desastres naturales y actos pecaminosos. Han tenido poca oportunidad para desarrollarse o aun oír la buena noticia de Dios. ¿No tendrán jamás la posibilidad de ser conscientes, de crecer y florecer? Tengo fe que un Dios maternal y amoroso nunca falla en el deseo o en los medios creativos para atraer y conducir a estas criaturas amadas hacia Sí mismo. La empatía de Dios nunca sufre de cansancio.
Además, podemos estar absolutamente seguros de que no se emprende ningún viaje espiritual en la absoluta soledad, dentro de un mundo de criaturas co-creadoras. Nuevos conceptos de la vida después de la muerte tendrán que recalcar la realidad de la cooperación comunitaria del cristianismo. San Pablo insiste en que “la vida y la muerte de cada uno de nosotros tienen su influencia sobre los demás”. ¿Cómo podría ser diferente en la vida después de la muerte? Rezar por los muertos e invocar la ayuda de los santos es una antigua práctica cristiana de gran sabiduría.
Los nuevos descubrimientos científicos sobre la naturaleza intrincada de la materia confirman la ecología participativa de la realidad espiritual. Sin embargo, el Catecismo de la Iglesia Católica da poca atención al Purgatorio y no mucho más al cielo; el limbo no merece mención alguna. En cambio, hay una breve afirmación de que “el misterio de la bienaventurada comunión con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación ” (Nº 1027).
Podemos poner más atención a las convicciones del catecismo con respecto a “los bienaventurados que continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera” (Nº 1029). Aquí podemos recordar las palabras de Santa Teresita de Lisieux que afirmó su intención de pasar su estadía en el cielo haciendo las buenas obras en la tierra. Estas “rosas” que prometió incluyen un mensaje: Por supuesto, los amigos de Dios continúan su tarea gozosa de sanar y renovar la creación. Si meditamos suficientemente sobre la misericordia y el amor de un Dios que proclama: “Ahora todo lo hago nuevo” (Apoc. 21:5), entonces será fácil imaginar una vida después de la muerte donde el amor y la amistad humanos son capaces de sanar a aquellos que necesitan transformación.
Tal vez la actual preocupación por los infantes es el principio de una nueva y más amplia comprensión de la misericordia incansable de Dios. Quizá la Iglesia está tomando a pecho la promesa más grande del amor: “no romperé la caña quebrada ni apagaré la llama vacilante”. [5]
Las siguientes fuentes fueron consultadas en la preparación de la reflexión anterior: “Whatever happened to Limbo?(¿Qué le pasó al Limbo?) de Gerald M. Fagin, S.J., profesor de Teología, Loyola Institute of Ministry, Loyola University, Nueva Orleans, La. Fue publicado en la revista America, Vol. 186 Nº9, 18 de marzo de 2002. “Limbo, infants and the afterlife” (Limbo, los infantes y la vida después de la muerte) del autor Sydney Callahan, psicólogo y teólogo moral, colaborador permanente de la revista Commonweal. El artículo fue publicado en la revista America, Vol. 194, Nº 12, 3 de abril de 2006. “Life after death is not a red herring” (La vida después de la muerte no es algo que distrae la atención de lo más importante) de Stafford Betty, profesor de estudios religiosos en la Universidad Estatal de California. Fue publicado en la revista America Vol. 195, Nº6, 11 de septiembre de 2006. National Catholic Reporter, 8 de octubre de 2004, y 20 de octubre de 2006: “The Word from Rome” de John L. Allen Jr. “Religiosidad en el Gran Santiago”, Patricia van Dorp, CISOC,Bellarmino, 1985. “Jóvenes: Orientaciones Valóricas, Religión y Iglesia Católica”, equipo CISOC, Bellarmino, 2005. “World Values Survey”, página web de Internet.
[1] Religiosidad en el Gran Santiago, Patricia Van Dorp, CISOC , 1985. [2] World Values Survey, página web. [3] Jóvenes: Orientaciones Valóricas , Religión e Iglesia Católica, equipo de CISOC Bellarmino, 2005. [4] National Catholic Reporter, “Word from Rome”, R.P. John Allen, Jr., 20 de octubre de 2006.
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