| Misión como poder del Espíritu |
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| Martes, 01 de Julio de 2008 00:00 | |||||||
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Hemos pasado varios meses reflexionando juntos sobre el significado del concepto de misión. A través del análisis de sólo algunos de los muchos aspectos de la misión, hemos podido profundizar nuestra percepción de su complejidad y la amplitud de nuestra vocación como cristianos. Todas las personas que comparten la misión de Jesús, cualquiera sea su ubicación geográfica, ejercen una variedad de ministerios. Estos van desde la predicación y la celebración de los sacramentos, hasta el fortalecimiento de las comunidades de base, la promoción de la salud, la educación adulta, la conservación de los recursos naturales y los medios de comunicación, por nombrar sólo algunos. Pero la diversidad en el trabajo de la misión no depende solamente del gran espectro de ministerios. Un corte transversal sobre las actividades demuestra una variedad aun más significativa en el modo o estilo de las personas involucradas en los ministerios. Por ejemplo, hay personas que trabajan de una manera muy visible y notable, mientras otras lo hacen en forma silenciosa, casi invisible. De hecho, sería posible subtitular esta reflexión: Estilos de misión porque el contenido será dedicado a cinco diferentes estilos o modos de actividad en los que se la puede ejercer. Cada uno de estos modos involucra el ejercicio de un poder profético específico, llamado así porque viene del Espíritu de Dios. Además, cada uno de estos estilos revela un aspecto o modalidad particular del llamado profético del Espíritu. Antes de considerar estos tipos de poder profético, es importante hacer una clarificación preliminar. Existen tipos de poder y usos del poder que son opresivos, dominantes, abusivos y manipuladores. Es obvio que no son de ninguna manera proféticos y no serán considerados aquí. Pero es importante estar conscientes del peligro de estos abusos del poder y mantenerse alerta frente a la posibilidad de que los poderes proféticos, dones del Espíritu, sean contaminados y corrompidos. El poder que inspira El primer tipo del poder del Espíritu puede llamarse el poder que inspira. Me encontré recién con un hombre joven que, algunos años atrás, fue presentado a la Madre Teresa. Ella lo miró a los ojos y le dijo: “Estás llamado a ser santo”. Desde entonces él ha vivido sobre la base de este encuentro. El poder de inspiración de la Madre Teresa fue tan fuerte que hizo que su profecía se realizara. Al hablar del poder que inspira, tengo en mente la capacidad de convencer, inspirar y aun encantar a los demás. Es evidente en los Evangelios que Jesús tuvo este poder en un grado asombroso (Mt 4:20). Esta inspiración puede surgir de la predicación o de la enseñanza. También suele ocurrir simplemente a través de la manera con que algunas personas tocan a los demás por la calidad de su presencia. Este tipo de poder fue evidente en la Madre Teresa pero también en los fundadores de congregaciones, órdenes y otros grupos, como San Ignacio, Don Bosco, Santa Teresa de Ávila, etc. En el mundo más secular, este poder de inspiración estuvo presente en figuras como Gandhi, Mandela, Martin Luther King, etc. La lista sería interminable. Vemos este poder en forma visible en un gran profesor o conferencista capaz de mantener a sus oyentes fascinados. Es la capacidad de algunas personas de persuadir a sus amigos a hacer cosas que no harían jamás; por ejemplo, tomar parte en una aventura irracional. Es evidente en la esfera pública, cuando un político persuasivo logra convencer a grandes masas de personas a adoptar un programa particular. Lo vemos en un líder religioso capaz de atraer cientos o miles de discípulos totalmente devotos de él. Este poder es un don que algunos individuos tienen en un grado excepcionalmente alto, pero que la mayoría de nosotros poseemos en grado menor. La calidad magnética y fascinante de este poder nos hace sentir a veces que tiene algo de misterioso o mágico. Se trata de un poder que se deriva del Espíritu profético que tiene la función de inspirar y movernos. Es una participación en un aspecto particular de la energía divina; es decir, el poder de tocar los corazones de los demás, inspirar sus mentes y moverlos a la acción. Es un don maravilloso que necesitamos y es de importancia particular para los líderes religiosos, y, tal vez, sobre todo para aquellos que quieren compartir la misión de Jesús. Aunque el poder que inspira viene del Espíritu profético de Dios, no deja de ser un poder muy humano que integra y perfecciona tanto la inteligencia como nuestra capacidad natural de persuadir. Surge del hecho de que estamos creados a imagen y semejanza de Dios y, por lo tanto, compartimos el misterio divino tan fascinante y atractivo para los demás. Además, es una habilidad que puede crecer y ejercer cada vez más poder dentro de nosotros. El Espíritu creativo nos plasma más y más profundamente a imagen de Dios, de modo que sea cada vez más difícil distinguir entre las acciones que son puramente humanas y aquellas en que estamos compartiendo la misma vida de Dios. No hay competencia entre la gracia de Dios y nuestra humanidad. En la medida en que el Espíritu se mueve dentro y a través de nosotros, llegamos a ser verdaderamente humanos. Hemos puesto énfasis en el aspecto profético, es decir, en el hecho de ser don del Espíritu. Ahora es tiempo de volver a insistir en que estamos hablando de un poder real. Si Dios nos da la capacidad de tocar e inspirar a otros, nos está capacitando para realizar un ministerio vital, aquel de guiar a la gente más allá de las experiencias y preocupaciones diarias, y abrir para ellos los bellos, maravillosos y misteriosos aspectos de la vida. Podemos reflexionar acerca de cómo la gente se sentía atraída a seguir a Jesús y, mil años después, a unirse a Francisco de Asís y Clara y a muchos otros más. La mayoría de nosotros puede recordar aquellos momentos cuando nos sentimos fascinados por las palabras o la presencia de alguna persona destacada. Al mismo tiempo, algunos podrán recordar alguna ocasión cuando fueron capaces de inspirar a otros. Pero no hay garantía de que aquellos que tienen este poder vayan a utilizarlo con sabiduría o aun con moralidad. La leyenda del Flautista de Hamelin trata del abuso extremo de este tipo de poder. Esta leyenda refleja nuestra realidad en el caso de los gurús religiosos que son culpables de llevar a la gente a la destrucción. Recordemos los extremos demenciales a los cuales Jim Jones condujo a más de 900 personas en Guyana en 1978, también los líderes de cultos en Waco (Texas), Suiza, Japón y Uganda del norte. Existen también muchas instancias de abuso de este poder en líderes políticos, como Hitler. A pesar de que el ejercicio de este tipo de poder puede ser un don genuino del Espíritu que nos puede otorgar mucha satisfacción, creo que es importante para las personas involucradas en las fronteras de la misión saber despojarse de él. No quiero decir que no debieran usarlo nunca, mas no debemos confiar ni contar con este poder, y estar conscientes de que hay alternativas. Al renunciar a él, estamos siguiendo el ejemplo de Jesús. Fue sin duda una persona que inspiraba a los demás; cuántas personas dejaron sus casas y trabajos para seguirlo con devoción. Sin embargo, cuando el Evangelio nos cuenta de sus tentaciones en el desierto, está señalando que Jesús rehusó basar su ministerio sobre este tipo de poder. No fue su motivación el impresionar a la gente como un mago. Sus milagros parecían ser un producto de la maravilla que él mismo fue. Resistió la tentación de fascinar a la gente de una manera tal que los despojara de su libertad espiritual. Eligió, a cambio, un estilo menos apremiante, dando más importancia a la libertad personal y a la responsabilidad de aquellos que quisieran seguirlo. La razón fundamental para tener la voluntad de despojarse de este tipo de poder se encuentra en el peligro de abusar de los demás a través de la dominación o manipulación. Es demasiado fácil acostumbrase a tener a la gente colgada de las propias palabras. Incluso, uno puede terminar considerando como algo normal la obediencia incuestionable de otros. En la medida en que la persona utiliza el poder de inspirar, tanto más grande será la tentación de ser autocrática. Existe una razón más positiva para despojarse de este tipo de poder. De esta forma será posible ejercer otros tipos de poder profético que tal vez sean más fructíferos para los demás y ofrezcan formas más efectivas de responder al llamado a la misión. El poder de capacitar a los demás El segundo tipo de poder profético que consideramos es la habilidad de capacitar a los demás. Igual que el poder de inspirar, es parte del llamado a la misión y puede ser, en algunos casos, aun más valiosa que la capacidad de inspirar y cautivar. Esto quiere decir que es posible que seamos llamados a despojarnos de nuestra respuesta a la misión. En términos prácticos, significa ser generoso y dar menos importancia a nuestro poder de inspirar, para esforzarnos en la capacitación de las personas con quienes trabajamos. Requiere una serie de respuestas concretas. El poder de capacitar a los demás consiste en la facilidad de hacer posible que los demás se pongan en contacto con sus propios esfuerzos, sus propios dones, su propia creatividad. Para algunas personas parece ser un don natural, para el resto de nosotros es necesario dedicar mucho esfuerzo para aprender cómo trabajar con los demás en forma fructífera. El aprendizaje incluye una serie de ejercicios de “escucha”, cooperación, planificación y evaluación en conjunto. Para ser una persona que sabe escuchar, no basta escuchar las palabras de los demás sino comprender también su lenguaje corporal. Es decir, las señales y mensajes que dan inconscientemente a través de las muecas faciales, su modo de sentarse y moverse. También es necesario saber cómo mandar señales de afirmación y estímulo, distinguir cuándo sea necesario empujar a los demás y, por otro lado, cuándo contenerse. Aun más importante que estas destrezas son las actitudes con que nos acercamos a los demás. Necesitamos estar realmente interesados en ellos, ser respetuosos, pacientes y comprensivos. De otra forma, nuestras destrezas corren el peligro de llegar a ser sólo técnicas para manejar o manipular a los demás. La habilidad de capacitar a otros o darles el poder de actuar como líderes puede funcionar en forma individual: en la dirección espiritual, el consejo o en el diálogo personal. Pero en términos de frecuencia, sucede más en grupos, comités y equipos de todo tipo. Se trata del desarrollo del liderazgo y las destrezas de animación entre personas comprometidas, dispuestas a servir a sus comunidades y a la sociedad. De este modo, utilizamos el poder de capacitar para crear comunidades verdaderamente respetuosas y participativas. El poder de inspirar y el poder de capacitar tienden a llevarnos en direcciones opuestas. Por ejemplo, si estoy invitado a dar una presentación, tengo que utilizar mi capacidad de inspirar a otros. En esta situación habrá una tendencia a fijarme en las personas que demuestran interés en lo que estoy diciendo. La inclinación es dirigirme más y más a ellos, mientras me pongo progresivamente insensible frente a aquellos que tienen poco o nada de interés en lo que estoy diciendo. Por otro lado, si mi tarea es la facilitación del grupo, trato de hacer contacto con mi habilidad de capacitar a los demás. Entonces, mis antenas tratarán de captar señales de aquellos que parecen no tener interés o están en los márgenes del grupo. El peligro de apoyarse demasiado en el poder de inspirar es caer en la tendencia de crear un círculo cerrado que excluye a las personas sin gran interés en mi tema. Supongamos que estoy haciendo una presentación y ha llegado el momento para las preguntas y respuestas. Es posible que en vez de un diálogo mutuo entre mis oyentes y yo, termine siendo solo una oportunidad de usar las preguntas para desarrollar aun más mis propias ideas, sin crear espacio para dejarme inspirar por sus ideas. Podemos describir esta manera de llevar la situación como un caer en la modalidad transmisora. Tomar conciencia de la presencia del patrón anterior, requiere que se cambie rápidamente a la modalidad receptora. Significa que es necesario cambiar sombrero es decir, hacer un esfuerzo consciente de zafarse del uso del poder inspirador y, deliberadamente, moverse hacia el rol de facilitador. No es fácil hacerlo porque nos entusiasmamos demasiado con las ideas que surgen de adentro. Por lo tanto, es de gran ayuda decidir desde antes el papel preciso que hay que ejercer. Si la función de la que somos responsables es ofrecer ideas o contenido, entonces es mejor recibir la colaboración de un facilitador cuyo papel es más bien cuidar el proceso en el grupo. Esta persona llevará las riendas para, así, frenarme si pierdo contacto con mis oyentes. La convicción del valor del papel de facilitador lleva a la persona a desarrollar las destrezas que se requieren. Entre otras cosas, es necesario conocerse bien para poder vencer los obstáculos personales que bloquean el buen desempeño. Es necesario aminorar la tendencia a permanecer ensimismado y con hambre de aprobación, lo que limita la capacidad de estar atento a lo que dicen los demás y a sus preguntas. Esto requiere mucho trabajo y, en el proceso, uno empieza a conocerse en forma más profunda. Con el tiempo se admite que estas tareas jamás terminarán, y esta convicción nos llevará a dedicarnos a la oración. A pesar de los esfuerzos personales, ha crecido la convicción de que el poder de capacitar a los demás es, más que nada, un don de Dios. Sólo la inspiración del Espíritu nos ayudará a encontrar la respuesta correcta para el dolor o la alegría de un individuo o grupo, o saber cómo profundizar, de mejor manera, su búsqueda o fortalecer su confianza. De este modo, el facilitador debiera tener, más que nada, una apertura al Espíritu, aunque tal vez no se usen estas palabras. Esta apertura se expresa por sobre todo en la confianza: en uno mismo, en la otra persona, en el grupo y en el divino Espíritu profético. El poder de la palanca El uso frecuente de los poderes anteriores nos puede dejar bastante rendidos. Por lo tanto, será tal vez un alivio descubrir que el Espíritu puede trabajar a través de nosotros de manera muy diferente. Es posible que nos utilice como palanca para hacer pasar cambios importantes con, relativamente, poca energía. En muchas situaciones existe la posibilidad de hacer una intervención clave que pueda tener efectos mayores en un proceso. Esta intervención suele ser una acción o unas palabras, que, en otras circunstancias no serían muy significativas pero, en el momento dado, hacen toda la diferencia. Por esta razón hablo del poder de la palanca -la persona utilizándolo ha podido ubicar un punto clave en el proceso. Un ejemplo notable es la decisión del papa Juan XXIII de convocar el Concilio Vaticano II que trajo cambios trascendentales en la Iglesia. Pero ¿cómo identificar el punto exacto para hacer una intervención clave de este tipo? Hay personas que parecen tener un sentido intuitivo respecto a tales momentos pero, para la mayoría de nosotros, es necesario desarrollar y alimentar este tipo de discernimiento a través de la contemplación profética. Y la primera tarea de los profetas bíblicos era leer los signos de los tiempos. A través de las enseñanzas del Espíritu, fueron capaces de interpretar los grandes movimientos de la historia, tiempo para destruir y tiempo para construir; tiempo para la guerra y otro para la paz (Ec 3:3,8). Fue el Espíritu el que les enseñó cuál era cuál y lo que Dios quería de su pueblo. Vemos algo similar en Jesús, que pasaba largas horas de la noche en oración. Durante estas horas, el Espíritu le llevó a entender los signos de los tiempos y lo que sería más efectivo para sus seguidores y su misión. Hay indicaciones en el Evangelio de que a veces cambiaba sus actitudes, y podemos suponer que estos cambios en la estrategia misionera eran fruto de su oración. Esta inspiración del Espíritu no está limitada a los profetas o a Jesús; tampoco a situaciones y eventos mundiales conflictivos. Cada uno de nosotros podemos pedir con confianza y esperar la asistencia del Espíritu en la búsqueda de luz para saber lo que Dios quiere de nosotros en una determinada situación. La Biblia suele dar la impresión de que la inspiración les vino a los profetas repentinamente, como un relámpago. Pero es claro que fueron hombres de mucha oración, por lo tanto es más probable que haya sido más bien un proceso que buscó ligar el misterio del amor de Dios con la realidad del mundo a su alrededor. Señala la necesidad de ocupar tiempo en la contemplación profética, que consiste más bien en llevar la realidad de nuestra situación frente a Dios y mirarla a la luz de su amorosa voluntad. De esta contemplación surge una clara percepción acerca de lo que está realmente pasando y cómo se debiera responder con una intervención o, simplemente aprender a esperar. Este tipo de poder no va a reemplazar completamente los demás poderes. Sin embargo, nos ofrece la libertad de aceptar que la organización y la acción no son las únicas auténticas respuestas a situaciones insatisfactorias. El poder de fluir con la vida Se trata de la capacidad de estar en tan plena armonía con la vida, la naturaleza, las personas y el mundo entero a nuestro alrededor, que las cosas tomen sus lugares respectivos de una manera fácil y orgánica. Es el poder de dejar que el proceso entero de la vida se desenvuelva en su propio tiempo. Tal vez la mejor manera de entender el significado de este poder es recordar las veces que experimentamos lo opuesto a esta fluidez. Me refiero a las veces que sentimos la falta de sincronismo con la vida, cuando todo parecía ir mal. Por otro lado, ocasionalmente, experimentamos que las cosas parecen fluir de una manera que nos sorprende. Nos sentimos dotados de un don que nos hace maravillarnos de la misteriosa fuerza que lo hace posible. Esta es una experiencia culminante del poder de fluir con la vida. En estos casos somos extremadamente poderosos y efectivos, sin nuestro esfuerzo. Sin empujar o manipular, podemos tener una influencia mayor sobre los demás. Este poderoso efecto no surge de algo dicho o hecho por nosotros sino de la calidad de nuestra presencia. San Francisco de Asís tenía este poder y muchos piensan que el Dalai Lama también ejerce semejante poder en el mundo a través de su capacidad de fluir con la vida en esta forma. La capacidad de comunicarse con este poder ayuda a distinguir entre dos diferentes formas de tomar distancia y dejar que las cosas simplemente sucedan. La manera equivocada es evadirse de la responsabilidad, o tratar de disociarnos de los eventos que se desenvuelven a nuestro alrededor. La manera correcta es exactamente la contraria; es necesario sintonizarse con el proceso de tal manera que no sea necesario manipular o forzar a la gente para conseguir los efectos deseados. Más bien, se trata de una sensación de que las cosas simplemente caen en su lugar, que uno encaja bien en el papel asignado en el proceso y, que está dispuesto a hacer lo necesario y dejar el resto para que pase cuando deba pasar. La expresión papel asignado implica que existe algún tipo de gran plan detrás de todo lo que pasa. Alguna idea de esta naturaleza está por lo menos implícita en la noción del poder de fluir con la vida. Cristianos que tienen una fuerte fe explícita en la divina providencia y en la voluntad de Dios no tendrán dificultad con este concepto. Pero aquellos que reaccionan contra ideas de un plan divino se sienten incómodos con lo que perciben como aspectos deterministas. Están reaccionando más bien contra el uso anterior de la voluntad de Dios que servirá para imponer una obediencia ciega a favor de autoridades arbitrarias. Es de esperar que aquellos que tienen dificultades con la divina providencia puedan verla en forma más positiva al percibirla no como algo impuesto por maestros de religión, sino, al contrario, algo que surge de la propia experiencia personal. Esta experiencia de sentirse en sincronía con el flujo de la vida --lo que escritores orientales llaman el Tao, o el Camino-- podría llevar a vislumbrar un misterioso diseño divino revelado en el crecimiento casi orgánico de nuestro mundo. No es un plan impuesto desde afuera sino un diseño fluido y emergente que presupone y respeta nuestra libertad. En otras palabras, una conciencia del poder de fluir con la vida puede ayudar a estas personas a redescubrir su fe en la divina providencia, o descubrirla por primera vez. El uso del poder de fluir con la vida demanda la capacidad de vivir en el presente. Esta capacidad ofrece un enfoque para la vida en cada momento. Nuestra atención está normalmente demasiado esparcida; estamos preocupados con el pasado, el futuro y nos queda poca energía para el aquí y ahora. Tratamos de controlar el futuro, planificando cómo enfrentar las innumerables posibilidades que nos esperan. A consecuencia, es imposible saborear la riqueza del momento presente, lo maravilloso del proceso que se desenvuelve, momento a momento. Al contrario, si nos enfocamos en el presente, habrá un estimulante intercambio de intereses entre nosotros y aquellos que se encuentran a nuestro alrededor. Empezamos a compartir la energía que ellos entregan y reciben de vuelta de sus vidas y, a su vez, compartimos con ellos nuestra pasión por la vida. Existe cierta paradoja aquí. En la medida en que nos enfocamos en el momento presente, dejando de lado nuestros esfuerzos por anticipar las varias posibilidades y peligros que amenazan el futuro, entramos en contacto con el flujo de la vida. Así, la vida se torna una aventura a la que nos permitimos ser llevados por las corrientes de energía que corren a través de nosotros y a través del mundo, en cada instante de nuestras vidas. El poder de ceder El último tipo de poder profético asociado con el llamado a la misión es la otra cara del poder de fluir con la vida. Si este último es el poder de estar en contacto con la vida con toda su riqueza, el poder de ceder significa la capacidad de despojarse con dignidad; de reconocer el momento correcto para dejar la lucha o aceptar que la marea de la vida está menguando. El poder de ceder es la capacidad de rendirse frente al fracaso, a la debilidad o a la muerte cuando es el único camino auténtico hacia adelante. El autor del libro de Eclesiastés nos recuerda que hay un tiempo para parir, y para reír y otro para morir (Ec 3:2). Es imposible distinguir entre esos tiempos por nuestra propia luz, ni decidir cuándo nos toca ceder frente a la muerte. Necesitamos la dirección del Espíritu para saber cuándo es necesario enfrentar la muerte o aceptar las pequeñas muertes, fracasos o rechazos que son parte de la vida.
Aunque sea muy diferente de las otras formas de poder, es, sin embargo, un poder muy real. El ejemplo más claro de este poder es la muerte de Jesús en la cruz. A través de su vida pública luchó con valor contra sus enemigos y perseveró en la fidelidad hacia sus amigos. Pero cuando llegó su hora (Jn 7:30, 8:20) sabía que le quedaba solo encontrar la manera correcta de dejar de luchar y permitir que su vida terminara como pre-destinada.
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