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Trabajo, sentido de pertenencia, redes sociales y crisis en los sacerdotes chilenos hoy

Por Gonzalo Miranda Hiriart

El Centro de Investigaciones Socioculturales CISOC-Bellarmino, a través de sus actividades de investigación, asesoría, y a través de sus talleres y cursos de formación, mantiene un contacto permanente y estrecho con el clero chileno, lo que le ha permitido ir detectando las fortalezas y los problemas que tienen los sacerdotes en el desempeño de su ministerio. En este sentido, CISOC-Bellarmino es un observador privilegiado de las dificultades que conlleva la transición desde una Iglesia como realidad primariamente jurídica y estructura piramidal -donde los roles y atribuciones estaban definidos de un modo tradicional- hacia una Iglesia abierta al diálogo con el mundo, que es desafiada a ser misterio de comunión, y que está llamada a ser una manifestación visible de unidad en la diversidad. En fin, una Iglesia donde las distintas vocaciones y ministerios colaboran activa y participativamente en la construcción del Reino.

La experiencia obtenida por CISOC-Bellarmino permite sostener que hay tres áreas en las cuales la encarnación de una Eclesiología de Comunión y Participación presenta especiales dificultades para los sacerdotes: (a) la apertura a una sociedad crecientemente plural, (b) el ejercicio de la autoridad y el diseño de una gestión consecuente con los desafíos de la sociedad contemporánea, y (c) el desarrollo de una verdadera fraternidad sacerdotal. El presente Estudio aborda este último punto, enmarcado dentro de una preocupación más general por la vida sacerdotal y las crisis propias del sacerdocio. Así como la Iglesia no puede dejar de rogar al dueño de la mies que envíe obreros a trabajar en ella, no puede descuidar a dichos obreros. Esto significa procurar que sus necesidades básicas estén satisfechas, buscar mecanismos para mantener su inspiración, compromiso, y sentido de adhesión eclesial, y tener especial cuidado con aquellos que pasan por momentos difíciles.

La Jerarquía y la Iglesia en general deben estar atentas a lo que ocurre en su personal consagrado, conocer su estado anímico, las redes de apoyo con que cuenta, sus inquietudes y problemas. Ese es el sentido de la presente investigación: ofrecer al Episcopado chileno información que le sea útil para mejorar la formación inicial, para definir acciones y políticas que mejoren la solidaridad y la fraternidad en las Diócesis, y también el acompañamiento sacerdotal.

Por último, es necesario agradecer a todos quienes hicieron posible este Estudio, a la  Fundación Raskob en primer lugar, a la Conferencia Episcopal de Chile, la cual, a través de su Secretario General respaldó el estudio, a los obispos que nos abrieron las puertas de sus diócesis, a los sacerdotes que se dieron el tiempo de responder la encuesta, a los expertos que compartieron sus experiencias con nosotros, y muy especialmente, a quienes tuvieron el valor de hablar sobre los momentos críticos de su vida.

Gabriel Valdivieso R.
Director CISOC-Bellarmino


1.         INTRODUCCIÓN


1.1.  CONSIDERACIONES PRELIMINARES


En los últimos años, se ha publicado abundante bibliografía que habla de la crisis de la vida religiosa y en particular, del sacerdocio. Evidentemente, los acelerados cambios económicos, sociales y culturales que ha vivido nuestro país, así como buena parte de mundo occidental, junto a las transformaciones eclesiológicas que trajo el Concilio Vaticano II, acarrean incertidumbre, tensión y desafíos para la Evangelización que tocan muy directamente al presbiterio. ¿Cuál es el lugar y el papel del sacerdote en el mundo de hoy?, ¿Cuál es el perfil del religioso que necesitan la Iglesia y el mundo de hoy y de mañana?, son preguntas que se escuchan en diócesis, congregaciones y seminarios.

Si la Iglesia Católica tardó varios siglos en lograr dialogar con la ciencia, la razón y el progreso, promovidos por el humanismo moderno, hoy se ve nuevamente sobrepasada por la crisis de la misma modernidad. La caída de las utopías, la desilusión del hombre postmoderno, su pragmatismo e inmediatez, son motivo de queja, cuestionamiento y desconcierto. La tradición deja de ser fuente de certeza para transformarse en un lastre, las verdades hay que producirlas de nuevo; se reivindican la libertad, el placer; la afectividad y la corporalidad le ganan terreno a la razón, la religiosidad se privatiza, se desvincula de las instituciones, y predominan las dimensiones experienciales y ético-sociales de la religión, por sobre las dimensiones rituales, ideológicas e intelectuales .

En nuestro país, además, la experiencia de cambios políticos y económicos drásticos en tan poco tiempo, ha hecho que el discurso de la Iglesia también haya dado giros en los últimas décadas, para desorientación de laicos y clérigos. La llegada al poder de la Democracia Cristiana, que encarna los valores de la Doctrina Social de la Iglesia, en los años sesenta, seguido del experimento socialista democrático de la Unidad Popular -que fue acompañado por los “Cristianos por el Socialismo”-, luego el Golpe Militar de 1973, la instalación de un liberalismo económico sin concesiones, han sacudido a nuestra sociedad de un extremo a otro como pocas en el mundo. La Iglesia chilena no ha sido indiferente a estos movimientos. La incorporación de los católicos a la lucha por el cambio social, que hizo que la opción preferencial por los pobres fuese de una gran radicalidad en nuestra Iglesia, y luego el papel crucial en la defensa de los derechos humanos, todo esto acompañado por un discurso que enfatizaba la consecuencia por sobre la práctica ritual -para molestia de los católicos tradicionales que se sintieron de pronto traicionados-, junto a la desvalorización de las expresiones de piedad, e incluso de religiosidad popular, hicieron que la Iglesia chilena fuese observada y estudiada en distintos rincones del planeta y, sin duda, marcó de manera decisiva a una generación de sacerdotes  . Con la llegada de la democracia, las cosas no se hicieron, sin embargo, más fáciles, como se esperaba. Se producen roces entre la Iglesia y aquellos sectores con los cuales trabajó conjuntamente en la época del Gobierno Militar, para desencanto mutuo. Para algunos, por el hecho de que los gobiernos del la Concertación de Partidos por la Democracia sostenga y profundice la política neoliberal, para otros, por diferencias en temas valóricos. Y es que Chile no ha quedado ajeno a los cambios que ha sufrido el mundo. Es con la llegada de la democracia que muchos sacerdotes y laicos se dan cuenta que transformaciones tecnológicas y productivas han revolucionado la vida cotidiana, y que la política Vaticana también ha variado sus orientaciones. En la década del ’90, en la opinión pública cambia la imagen de la Iglesia, y por lo tanto, del sacerdocio. Cambia también el perfil de los postulantes a la vida religiosa.

Hace unos años, tratamos de estudiar cómo todas estas transformaciones habían impactado en la imagen que los fieles tienen de los sacerdotes, en particular, de los párrocos. En ese entonces, encontramos que los laicos percibían al sacerdote algo débil, inseguro o poco preparado frente a la realidad  . Con anterioridad, en la encuesta aplicada a los asistentes a Misa a propósito del último Sínodo de la Arquidiócesis de Santiago, menos de la mitad de los laicos contestó que la Iglesia era capaz de dar respuestas a las inquietudes de la gente de hoy  . Y sin duda que no es fácil hacerlo. Aún en medio de las consecuencias del Concilio, aparecen desafíos teológicos, eclesiológicos y pastorales de gran envergadura, difíciles de predecir hace treinta años.

Si las transformaciones productivas y culturales impactan en la vida de todas las personas  , para el sacerdote, los desafíos son aún mayores. Asumir un compromiso total y perpetuo es ciertamente algo que va contra la corriente. La castidad, la obediencia y la pobreza son también prácticas que no parecen seguir el curso de los tiempos. La noción de Reino de Dios no se condice con el desencanto y la sospecha del hombre de hoy ante las utopías. A menos que se vuelva a aislar al religioso y su misión para ubicarlo fuera del mundo, se requiere de bastante fortaleza humana y espiritual para ser sacerdote hoy. Es dudoso que actualmente puedan sostenerse llamados a la uniformidad del clero, o a un sentido de la lealtad que no se construya en convicciones internas. Es dudoso, también, que se pueda contar con normas que regulen todos los aspectos de la vida sacerdotal.

Ciertamente, sería fácil cerrarse al proceso de cambio, y negar toda riqueza al mundo actual. De hecho, en estos años se ha hecho más notoria la ambivalencia de la Iglesia ante la secularización, la autonomía subjetiva y el pluralismo valórico. También se hace más evidente el desafío que implica el sacerdocio del Nuevo Testamento. Una vez que el lugar social del sacerdote se hace más ambiguo, salen a la luz las paradojas en las que se sostiene la vida religiosa, aquellas contradicciones que acarrea la invitación de Jesús a dejarlo todo, incluso a sí mismo; la situación paradojal de aquel que actúa entre los vivos como un muerto en la cruz. En particular, esto se evidencia en las tensiones que a diario viven los sacerdotes entre escuchar y juzgar  , así como en la contradicción que hay entre la consolidación una identidad fuerte y el anonadamiento  .

La tentación para los sacerdotes está a la mano, la tentación de no dejarse interrogar por los hechos y no buscar la novedad evangélica para el humanidad de hoy. Pero también, la tentación de construir una identidad sobre lo que se debe ser, ocultando de paso lo que se es, o la tentación de convertirse en un funcionario, de alienarse en el trabajo, de ser lo que se hace. Más que nunca se requiere de entereza y de fe, así como de una comunidad activa, para vivir en apertura al Misterio, para habitar como identidad en búsqueda, en la alegría del que se sabe incompleto.

Bajo el supuesto de que el sacerdote es, en primer lugar, hombre, y que su ministerio hoy más que nunca interpela su humanidad, quisimos conocer algunos elementos de su subjetividad, de su vida cotidiana, especialmente, en ciertas áreas que nos parecen claves: la satisfacción en el trabajo pastoral, el sentido de pertenencia con la Diócesis, las redes sociales y el estado anímico. También nos ha parecido importante explorar los recursos con que los sacerdotes cuentan para hacer frente a aquellas situaciones inevitables que son las crisis, aquellos momentos en los que las estrategias habituales con que se enfrentaban los problemas y conflictos se tornan insuficientes. Siendo este un tema poco estudiado –y muchas veces eludido- hemos querido incorporarlo también en nuestra investigación.


1.2.  OBJETIVOS DE LA INVESTIGACIÓN


El Proyecto se propuso efectuar un diagnóstico del clero de Chile, en particular el diocesano, en cuanto a su motivación, sentido de pertenencia y adhesión eclesial, las redes sociales en que se apoyan, los mecanismos que utilizan para hacer frente a las crisis o conflictos personales y las carencias que perciben al respecto, de modo de sugerir orientaciones para la Jerarquía Eclesiástica en estas temáticas.

Específicamente, los objetivos del Estudio fueron:

•    Analizar el grado de identificación del clero diocesano con la tarea sacerdotal y la gestión –en el amplio sentido del término- de la Iglesia diocesana.
   
•    Identificar las redes sociales, así como los mecanismos de apoyo socioafectivo con que cuentan los sacerdotes diocesanos en Chile, y conocer la eficacia que ellos atribuyen a tales redes sociales y medios de apoyo.

•    Evaluar las actitudes de los sacerdotes hacia la fraternidad sacerdotal, y detectar eventuales dificultades en la capacidad para activar mecanismos de apoyo socioafectivos.

•    Analizar los tipos de crisis más frecuentes en la vida sacerdotal, su evolución y los modos cómo éstas se enfrentan.

•    Proponer orientaciones y criterios generales para mejorar algunos aspectos de la calidad de vida de los sacerdotes.

 
1.3.  METODOLOGÍA


En el Estudio, de carácter exploratorio y descriptivo, se utilizaron, simultáneamente, dos métodos diferentes para la recolección de información.

En primer término, se realizó una serie de entrevistas individuales semiestructuradas con informantes claves, vale decir, sacerdotes que han atravesado por alguna situación de crisis personal o vocacional importante -que ha implicado ser relevado temporalmente de sus funciones, o bien, que han obtenido la dispensa de sus votos- (9 entrevistas), sacerdotes con experiencia de atención y acompañamiento de otros sacerdotes en situación crisis (3 entrevistas), y profesionales, particularmente psicólogos, que trabajen con personal consagrado (5 entrevistas).

En dichas entrevistas se procuró analizar en profundidad los problemas personales más típicos en que se ven envueltos los sacerdotes, las formas más comunes de hacer frente a estos problemas, así como la evaluación del apoyo recibido que manifiestan quienes han afrontado situaciones críticas.

Paralelamente a las entrevistas, se elaboró una encuesta que se envió a las Diócesis -previa aprobación del Obispo respectivo- respaldada a través de una carta de la Secretaría de la Conferencia Episcopal. De este modo, en la muestra, quedaron representados sacerdotes de 17 de las 26 diócesis chilenas, de características diversas. Estas son: Iquique, Antofagasta, Calama, San Felipe, Valparaíso, Santiago, Melipilla, Rancagua, Talca, Linares, Chillán, Concepción, Temuco, Osorno, Puerto Montt, Ancud y Aysén.

Cada Diócesis aplicó la encuesta según su propia decisión. La mayoría lo hizo en alguna reunión o jornada de clero. Pero también hubo algunas en las que el obispo prefirió enviarlas por correo, con la instrucción de remitirla  a CISOC-Bellarmino una vez contestada .

De este modo, se obtuvo una muestra de 520 sacerdotes encuestados, muestra que se caracteriza de la siguiente manera:

Cuadro Nº 1: Edad de los encuestados

Entre 20 y 29 años

        3,7%

Entre 30 y 39 años

23,2%

Entre 40 y 49 años

28,0%

Entre 50 y 59 años

12,8%

Entre 60 y 69 años

17,5%

Entre 70 y 79 años

11,2%

80 años y más

1,0%

N/R

2,6%


Cuadro Nº 2: Clero de pertenencia

Diocesano

73,6%

Religioso

24,0%

N/R

2,4%


Cuadro Nº 3: Nacionalidad

Chileno

76.4%

Extranjero

20,7%

Doble nacionalidad

0,2%

N/R

2,8%

Cuadro Nº 4: Situación laboral

Párroco tiempo completo

35,0%

Párroco con trabajos fuera de la Parroquia

25,6%

Párroco y además estudia

1,6%

Vicario parroquial tiempo completo

14,0%

Vicario parroquial con trabajos fuera de la Parroquia

12,4%

Vicario parroquial y además estudia

1,0%

Otra situación

8,1%




2.         RESULTADOS



2.1. EL SACERDOCIO DIA A DIA


Si para la mayoría de los hombres y mujeres, separar las áreas laboral, social y personal puede ser un artificio, más aún lo es para los sacerdotes, en quienes las fronteras entre los diversos ámbitos de la vida suelen ser difusas. Sin embargo, para facilitar su lectura, presentaremos los resultados de la investigación diferenciando cuatro sectores: el trabajo pastoral inmediato, la Diócesis, las relaciones humanas, y la percepción de sí mismo en cuanto a el nivel anímico y a los cambios experimentados en los últimos años.



EL SACERDOTE EN SU CONTEXTO LABORAL

Comenzar analizando la vida de los sacerdotes a partir de su situación laboral no es una casualidad. La pastoral, entendida como el trabajo “profesional” del sacerdote por excelencia, define hoy, en gran medida, su identidad y su aporte a la Misión de la Iglesia.

El énfasis en la acción, en la dimensión realizativa de la vida religiosa, en desmedro de la dimensión contemplativa y espiritual -la cual deja de ser un fin en sí misma y pasa a ser un alimento, un insumo para un mejor desempeño pastoral- explica que los debates sobre el sentido y el lugar de los religiosos hoy, terminen frecuentemente reducidos al problema del rol del sacerdote, del hermano y de la hermana, del diácono, y del laico. Esto en el marco de una cultura donde la autorrealización en el trabajo ocupa un lugar privilegiado dentro de las motivaciones que orientan la vida personal y colectiva.

Por esto, es relevante que la mayoría de los sacerdotes describa su trabajo positivamente. Como se puede apreciar en el cuadro siguiente, los adjetivos más utilizados para definir su quehacer pastoral son “atractivo”, “importante” y gratificante”. Para un número significativo de sacerdotes, se trata de un trabajo “cansador” y difícil”. Sin embargo, esto no cuestionaría el sentido de lo que hacen; sólo coloca la atención en la forma como se organiza el trabajo  . Más aún cuando muchas veces lo difícil y cansador  pueden ser incluso elementos valorados. No es raro que detrás de una queja de cansancio exista, o un reclamo de reconocimiento, o simplemente, una manera de mirar el trabajo.

Lo anterior es coherente con el alto número de sacerdotes que se siente haciendo lo que desea hacer. Cuando se les preguntó a los encuestados: “Pensando en su trabajo principal, aquel al que le dedica más tiempo: ¿es lo que más le gusta, o preferiría desempeñar otra labor?”, un 81,9% responde que es lo que más le gusta, mientras un 15% señala que preferiría desempeñar otra labor.


Cuadro Nº 5: Percepción del trabajo sacerdotal
 

  Atractivo

69,1%

  Importante

67,7%

  Gratificante

63,4%

  Cansador

33,1%

  Difícil

19,5%

  Solitario

9,3%

  Fácil

3,3%

  Frustrante

1,6%

  Tedioso

1,2%

  Poco importante

0,8%


Nota: los porcentajes no suman 100% porque los encuestados
podían marcar más de un alternativa


Cabe destacar que son los sacerdotes mayores de 60 años los que encuentran más importante y gratificante su trabajo, como también, menos cansador. Los jóvenes lo encuentran más solitario. El atractivo del trabajo sacerdotal, así como la satisfacción en este plano, parecen alcanzar el punto más bajo entre sacerdotes de edad media, de entre 40 y 59 años . Otro punto interesante de destacar es que quienes no trabajan en parroquias son quienes encuentran más atractiva y menos cansadora su labor . Entre párrocos y vicarios parroquiales no hay grandes diferencias, aunque como tendencia, se puede mencionar que los primeros se sienten más cansados pero también más gratificados que los segundos.

Por otra parte, casi la mitad de los sacerdotes encuestados se considera bien preparado para hacer lo que hace, y sobre un 40%, suficientemente preparado . Eso nos lleva a pensar que en opinión de los sacerdotes, los problemas que pudieran enfrentar en el desempeño de sus tareas no son producto de déficits en la formación. Es curioso que la percepción sobre la propia calificación para desempeñarse pastoralmente evolucione inversamente a la edad. Es decir, mientras más jóvenes, los sacerdotes se sienten mejor preparados y viceversa . Hay que mencionar también que los sacerdotes diocesanos tienden a sentirse mejor preparados que los religiosos .


Cuadro Nº 6: Percepción de la preparación personal para el desempeño del ministerio sacerdotal

  Muy bien preparado

4,7%

  Bien preparado

47,0%

  Suficientemente preparado

40,6%

  Poco preparado

5,7%

  N/R

 


Es interesante complementar este dato con lo recogido en estudios anteriores. Cuando se les preguntó a los párrocos de Santiago al respecto , la mayoría dijo sentirse mejor preparado para tareas de tipo litúrgico y sacramental, y peor preparados para tareas de gestión. Más de la mitad de los encuestados, en esa oportunidad, dijo no estar preparado para analizar críticamente los hechos de la realidad sociocultural, y para efectuar acompañamiento vocacional. Un número significativo, también, se sentía mal preparado para la dirección espiritual, la conducción de grupos, y el acompañamiento de personas y parejas. Sin embargo, al preguntársele en qué áreas les gustaría actualizar su formación, los párrocos señalan: teología y moral. Surgen de esta manera una serie de interrogantes, que hacen pensar que el dato sobre cuán preparados se sienten los sacerdotes habría que matizarlo.

Pensando que los encuestados desempeñan sus tareas ministeriales primordialmente en un contexto parroquial, es importante conocer la percepción que tienen de lo que pasa en la parroquia. Como se aprecia en el Cuadro Nº 7, la evaluación es en general positiva. Destacan las buenas relaciones con los laicos y el clima acogedor y fraternal. La mayoría agrega que puede delegar tareas y que los Consejos Pastorales son un apoyo real en la conducción de la parroquia. Siempre dentro de una evaluación positiva, los puntos más bajos serían las relaciones con las religiosas y las dificultades de los laicos para medirse en sus demandas hacia el sacerdote. Esto habría que complementarlo con estudios anteriores que muestran buena disposición de los párrocos a delegar en los laicos, poca disposición en los párrocos a trabajar conjuntamente con religiosas, alta valoración de los consejos pastorales, y problema en los sacerdotes para compatibilizar las expectativas y demandas de la gente .


Cuadro Nº 7 Evaluación de diferentes aspectos del trabajo parroquial

 

“Siempre” o “casi siempre”

“Rara vez” o “nunca”

N/R

Siento que con los laicos se da una relación sana, de mutua colaboración

89,6%

3,9%

6,5%

Soy capaz de delegar tareas y organizar la labores pastorales de manera de no verme agobiado por trabajo

89,2%

4,5%

6,3%

En mi Parroquia se percibe un clima acogedor y fraternal

88,5%

3,9%

7,6%

Son los Consejos Pastorales Parroquiales un real apoyo a mi trabajo como párroco (o vicario)

77,6%

13,0%

9,4%

Siento que la comunidad parroquial me cuida, se mide en sus exigencias y se preocupa por mí

72,8%

18,5%

8,7%

Siento que con las religiosas se da una relación sana, de mutua colaboración

57,8%

15,1%

27,1%



En suma, pareciera ser que mientras las labores del presbiterio se mantienen en el ámbito más o menos habitual de la pastoral parroquial –por lo demás, altamente valorado por los mismos sacerdotes-, no surgen grandes problemas. Los sacerdotes saben manejarse en dichas actividades, y se sienten satisfechos con cómo lo hacen.



EL SACERDOTE COMO MIEMBRO DE SU DIÓCESIS

Hace ya algunos años que en la Iglesia chilena está instalada la idea de una pastoral planificada. Casi todas las unidades eclesiales, tanto territoriales como ambientales, elaboran planes de trabajo. Ahora bien, una buena planificación permite saber a cada uno de los involucrados qué se espera de él como producto y qué hacer para lograrlo en un determinado tiempo. Con eso, se pueden conseguir buenos funcionarios. Ahora, si se quiere realmente desarrollar la corresponsabilidad, ese “funcionario” debe saber además por qué hace lo que hace, hacia dónde se va, creer en ello, y confiar en quienes dirigen el proceso. En el caso de una Diócesis, eso significa sacerdotes comprometidos con el gran proyecto diocesano, concientes de la relevancia de su aporte para alcanzar una meta común, y de un contexto que estimule la cooperación  aún cuando haya diferencias. De ahí la importancia de estudiar la inserción de los sacerdotes en la Iglesia local, su sentido de pertenencia y la evaluación que hacen del ambiente diocesano.

En ese sentido, se les preguntó a los encuestados: “¿Considera Ud. que hay suficiente intercambio y colaboración entre los sacerdotes de la Diócesis?”  Un 45,9% contestó que sí. Un 50,4% contestó que no. Es decir, más de la mitad de los sacerdotes que participa de las instancias de encuentro en las diócesis considera que falta mayor comunicación y colaboración al interior del clero.

Al preguntársele luego a los sacerdotes: “¿En qué medida siente Ud. que sus capacidades personales son valoradas?”, un 66,5% responde que son bien valoradas, mientras un 27,2% opina que son poco valoradas. Por otra parte, un 58,9% considera que aporta bastante al trabajo diocesano, mientras un 34,1% opina que aporta poco a su Diócesis. Estos datos son importantes, pues se vinculan con la satisfacción personal, pero más aún, con la disposición a involucrarse activamente con la Diócesis, lo que refleja el sentido subjetivo de comunidad que lo sacerdotes pudiesen tener en este caso.

En el trato al interior del clero, los problemas más frecuentes serían: el aislamiento de algunos sacerdotes, la existencia de subgrupos de poder y la falta de comunicación directa y franca. Por el contrario, rara vez se observarían dificultades entre sacerdotes de distinta condición socioeconómica, como también, serían escasos los problemas entre generaciones.


Cuadro Nº 8: Problemas en el clima social de la Diócesis

 

Frecuentes

Ocasionales

No se dan

N/R

Sacerdotes que tienden a aislarse voluntariamente y trabajar de manera individualista

38,4%

48,0%

6,1%

7,5%

Subgrupos de poder que monopolizan algún área de decisiones

35,4%

32,3%

20,3%

12,0%

Chismes, rumores o descalificaciones entre sacerdotes

34,1%

46,1%

11,4%

8,5%

Sacerdotes que no son tomados en cuenta por los demás

21,1%

48,4%

20,7%

9,8%

Dificultades de relación entre sacerdotes jóvenes y sacerdotes mayores

14,2%

55,7%

23,6%

6,5%

Dificultades entre sacerdotes de diferente condición social de origen

10,2%

40,9%

37,8%

11,0%



La experiencia de CISOC-Bellarmino, que a través de sus Talleres de Formación ha recorrido distintas diócesis del país apoya estos datos. Es decir, que en la transición hacia una Eclesiología de Comunión, uno de los grandes desafíos pendientes es avanzar hacia una real comunidad diocesana, la que muchas veces se ve interferida por rivalidades, recelos e individualismo; todo esto estimulado por la falta de una visión de conjunto. Cabe agregar que la existencia de una comunidad supone una experiencia subjetiva de sus miembros, que incluye: a) membresía, b) influencia, c) satisfacción de necesidades y d) conexión emocional .

Una comunidad de espíritu nace cuando sus miembros son capaces de reconocerse como grupo en diferencia a otros, cuando establecen fronteras. Para bien y para mal, esa es la base del sentido de membrecía, en la medida que permite construir identidad grupal  . Un lenguaje común, ritos compartidos, contribuyen a afianzar dicha identidad, otorgando sentido de pertenencia, el cual se relaciona directamente con la energía que invierten los miembros en dicho grupo. Pero además, una comunidad supone que las personas sientan que pueden influir en lo que el grupo hace y que son influidos por el grupo. Ambos vectores de la influencia son importantes. Cuando la colectividad actúa en los miembros, podemos tener conformidad, pero no comunidad. La participación influyente ayuda a sentirse relevante, la posibilidad que una persona tiene de hacerse oír es una manera de reconocer que no da lo mismo si esa persona está o no. Ahora, equilibrar ambos tipos de influencia requiere apreciar las diferencias individuales. El tercer elemento que da forma al sentido subjetivo de comunidad, es la sensación de que se gana algo estando en ese grupo, que compartir con otros que tienen valores similares ayuda a satisfacer necesidades personales. Por último, ha de experimentarse una conexión emocional más allá de una meta, lo que se logra al compartir la historia y eventos sociales.


Por otra parte, los resultados indican que se contaría con las autoridades o con los superiores más en el ámbito laboral que en el ámbito personal. Si bien, más de la mitad de los encuestados se siente apoyado en sus problemas y dolores por las autoridades, sobre un tercio ha sentido este apoyo rara vez o no lo ha sentido nunca. A esto hay que agregar que casi la mitad de los encuestados opina que las autoridades no saben manejar los conflictos al interior del clero. Aunque no se observan diferencias significativas entre religiosos y diocesanos, en ambas apreciaciones, los sacerdotes jóvenes aparecen como los más críticos con la autoridad.

Pareciera entonces haber una orientación de parte de las autoridades hacia la tarea, en desmedro de la atención a las personas, aspectos que deberían funcionar en un cierto equilibrio para una gestión eficiente. Más aún si se trata de organizaciones cristianas.


Cuadro Nº 9: Percepción de la autoridad ante dificultades personales e intepersonales

 

“Siempre” o “casi siempre”

“Rara vez” o “Nunca”

N/R

Me siento acompañado por las autoridades de la diócesis en mis problemas y dolores

56,7%

34,5%

8,9%

Las autoridades de la Diócesis saben cómo enfrentar y manejar conflictos entre sacerdotes

35,0%

47,1%

17,9%


Por último, quisimos conocer la opinión de los sacerdotes sobre el trato que se da en sus diócesis a los sacerdotes ancianos y enfermos. Un 73,2% de los encuestados piensa que hay una real preocupación por éstos, mientras una cifra cercana a un 25% considera que ésta es deficitaria. Curiosamente, los sacerdotes mayores de 60 años son los que mejor evalúan esta área, mientras que los jóvenes son los más descontentos.

En cuanto la Diócesis como escenario laboral, la percepción de los sacerdotes es en general positiva. Los ámbitos mejor evaluados son las relaciones con la autoridad y la comunicación, descendente y ascendente. El ámbito con la evaluación más baja tiene que ver con la toma de decisiones. Un cuarto de los encuestados opina que no se respetan los acuerdos alcanzados, y más de la mitad no se siente partícipe de las decisiones que se toman.

A esto hay que agregar que un 70% encuentra que en la Diócesis suele no ser equitativa la forma en que se reparten las tareas pastorales. Entre ellos, cabe destacar que casi un 30% opina que hay “diferencias excesivas” en la distribución del trabajo entre los sacerdotes.

Todo lo anterior reafirma la idea que las relaciones verticales y vinculadas al trabajo funcionan mejor en las diócesis que las relaciones personales y horizontales. La pregunta que surge es si esto podría estar reflejando una  complicidad implícita entre la autoridad y los mismos presbíteros que refuerza una visión del sacerdote como empleado, un funcionario, un cargo.

Por otra parte, cabe recordar que el contexto, el tipo de autoridad, y en especial, la forma como se toman decisiones, son un factor decisivo para el tipo de colaboradores que se van desarrollando en todo equipo humano. En la búsqueda de una verdadera corresponsabilidad, se aspira a que los colaboradores piensen de manera autónoma, pero además, que se comprometan activamente con la institución. Cuanto más se percibe que la iniciativa y la opinión personal no influyen en las decisiones, más se fomenta la pasividad, el pragmatismo y el aislamiento . Si además, hay una importante sensación de inequidad, se estimulan los rumores y las críticas irresponsables. Y una autoridad que aspira a ser algo más que un administrador, debe lidiar cotidianamente contra la indiferencia y el alejamiento de los colaboradores, en tanto son fenómenos que corroen a las instituciones y paralizan cualquier proyecto.

Cuadro Nº 10: Elementos del clima laboral de la Diócesis

 

“Siempre” o “casi siempre”

“Rara vez” o “Nunca”

N/R

Me siento apoyado por las autoridades de la diócesis en mi trabajo

79,7%

14,7%

5,5%

La comunicación que va desde las autoridades hacia los sacerdotes es honesta, clara y fluida

71,8%

22,5%

5,3%

La comunicación que va desde los sacerdotes hacia las autoridades es honesta, clara y fluida

68,5%

22,8%

8,7%

Los acuerdos que se toman son respetados por todos

68,3%

23,4%

8,3%

Siento que se me toma en cuenta en las decisiones importantes de la Diócesis

39,9%

51,7%

8,3%



Por último, se les preguntó a los encuestados cuál es su percepción del estado anímico del conjunto de los sacerdotes de la Diócesis. Como se puede apreciar en el Cuadro Nº 11, la mayoría percibe la disposición anímica del clero como “aceptable”. Algo más de un cuarto percibe un buen nivel anímico en su Diócesis, y aproximadamente un 12% opina que el ánimo en los sacerdotes es bajo.

Cuadro Nº 11: Percepción del clima anímico de la Diócesis

Mayoritariamente hay una buena disposición anímica

26,4%

Mayoritariamente hay un ánimo aceptable

59,3%

Mayoritariamente hay desánimo

8,1%

En estos momentos se vive una crisis en cuanto a disposición anímica

3,7%

N/R

2,6%




En resumen, los resultados sugieren que se está a medio camino en el desarrollo de verdaderas comunidades diocesanas. Una comunidad fuerte ofrece a sus miembros oportunidades para comprometerse, a partir de un proyecto que convoca y entusiasma. Ofrece también la experiencia de un lazo significativo entre sus miembros, eventos compartidos y formas de resolver cooperativamente las diferencias. Una comunidad se da también ocasión para honrar a sus integrantes. Si bien, se observa una alta valoración de la Diócesis por parte de los sacerdotes y una buena opinión de ésta como escenario laboral -donde sus capacidades personales son apreciadas-, perciben que el clima anímico en el clero es regular, y que su capacidad para influir en las decisiones es reducida. Sobre un tercio de los sacerdotes siente que no aporta como debería a su diócesis, y una mayoría pide mayor interacción y colaboración al interior de la diócesis.


VINCULOS SOCIALES Y FRATERNIDAD SACERDOTAL

La acelerada vida moderna trae entre sus consecuencias la fragmentación de redes sociales primarias que ofrecían sostén de manera espontánea y predecible. Quizás, es por ello que las redes de apoyo se han convertido en una variable altamente estudiada por las ciencias sociales en las últimas décadas. Intuitivamente, entendemos cómo el grado de cuidado entre miembros de una comunidad puede contribuir a nuestro sentido psicológico de seguridad, y cómo en algunos momentos difíciles de nuestras vidas, enfrentados a pérdidas, amenazas o adversidad, buscamos a otros para obtener información, reafirmación, consejo o ayuda concreta. Diversas investigaciones muestran cómo la presencia de redes sociales activas amortigua los efectos negativos del estrés, y actúa preventivamente en el caso de trastornos psicológicos. También, actúan contribuyendo al bienestar subjetivo de las personas, al desarrollo de competencias sociales y del autoconcepto  . Esto ha hecho que se establezcan crecientemente programas que buscan desarrollar el potencial de apoyo social de los vínculos cotidianos; es decir, fomentar la capacidad de las personas para pedir y entregar soporte emocional, escucha y consejo, para crear interacciones gratas, y para dar y pedir asistencia tangible, material, si es necesario.

En el caso del sacerdote, que por sus funciones se ve expuesto constantemente ante el dolor y el sufrimiento de otros, se requiere un especial soporte social y afectivo donde poder expresarse con confianza, dar espacio al diálogo franco con otros sobre las situaciones problemáticas, y aprender de las experiencias compartidas. Por eso, quisimos indagar en los recursos con que los sacerdotes cuentan en este ámbito y su disposición a activarlos.

Como se puede apreciar en el cuadro siguiente, la tendencia mayoritaria es a vivir con otros sacerdotes, se perciba eso o no como una comunidad. Los sacerdotes que viven solos representan algo más del 20%. Esta cifra desciende a un 9,5% en el caso de los sacerdotes menores de 40 años, quienes a su vez son los que más declaran vivir en compañía de otros sacerdotes (65,7%). Por otra parte, a medida que se avanza en años, son más los sacerdotes que viven con familiares. Vale decir, hay una vinculación importante entre la edad y con quienes se vive. Lo mismo ocurre con el tipo de clero. El clero religioso vive mayoritariamente en comunidad (69,7%). El clero diocesano por su parte, vive en mayor medida solo o con familiares, si lo comparamos con los religiosos. De todas maneras, hay un 10% de sacerdotes religiosos que vive solo. No hay diferencias significativas, en cambio, según la nacionalidad.

Cuadro Nº 12: Personas con las que viven los sacerdotes

Con otros sacerdotes

40,0%

Sólo

21,9%

En una comunidad

19,3%

Con algún(os) familiar(es)

7,3%

Otra situación

10,6%

N/R

7,7%


En la cotidianeidad, casi la mitad de los sacerdotes se siente más cómodo en la convivencia con laicos, especialmente, aquellos con que se vincula en virtud de su trabajo. Algo más de un tercio de los encuestados se siente más cómodo con otros sacerdotes. En menor medida, los sacerdotes se sienten más a gusto en su entorno familiar, y una mínima parte, se siente más cómodo en la compañía de religiosas.

 Cuadro Nº 13: Personas con las que los sacerdotes se sienten más a gusto

Laicos de su Parroquia o vinculados a su trabajo

38,8%

Sacerdotes de su comunidad de trabajo

21,1%

Otros sacerdotes

13,6%

Laicos no vinculados directamente a su trabajo

9,6%

Familiares

8,7%

Religiosas

1,8%

Otro

3,9%

N/R

2,6%



Llama la atención, en primer lugar, que lo sacerdotes se sientan más a gusto con laicos, es decir, con otros que no son pares, con quiénes es más difícil establecer relaciones de horizontalidad y reciprocidad. En segundo lugar, llama la atención que los sacerdotes se sientan más a gusto en relaciones con personas con quienes se vinculan por medio del trabajo. Si suponemos que una relación cómoda es básicamente una relación donde las personas se sienten poco amenazadas en un sentido psicológico, surge la pregunta de qué ofrecen los laicos que no ofrecen otros presbíteros: ¿reconocimiento, reafirmación del rol, o mayor tolerancia?. Por otra parte, uno se podría preguntar ¿por qué aparecen como más seguras las relaciones que se dan mediatizadas por el trabajo que las relaciones abiertas?, ¿de nuevo porque fuera del rol el sacerdote se siente inseguro, más vulnerable, o simplemente porque les falta práctica y habilidades para vincularse de manera gratuita?

La gran mayoría de los sacerdotes privilegia el trabajo en equipo y busca activamente desarrollar vínculos de apoyo mutuo. Una mayoría, también, dice buscar espacios de oración compartidos, y reconoce que en su diócesis se dan frecuentemente encuentros y gestos fraternos al interior del clero. Las opiniones se dividen, sin embargo, al momento de evaluar la calidad de las relaciones humanas no mediatizadas por el trabajo ni por la estructura diocesana: sobre un 40% siente que es escaso el diálogo franco y honesto entre los sacerdotes, y sobre un 45% no siente que sus hermanos sacerdotes sean una real compañía en los problemas y en los momentos de dolor. Sobre este punto, no aparecen diferencias importantes entre diocesanos y religiosos. Hay que destacar estos resultados, pues indican una pobre fraternidad sacerdotal, o dicho de otro modo, que la confianza y el apoyo social percibido entre los sacerdotes son bastante deficitarios.

Cuadro Nº 14: Opiniones y actitudes sociales

 

Frecuente-mente

“Rara vez” o “Nunca”

N/R

Prefiero el trabajo en equipo con otros sacerdotes a trabajar solo, y busco establecer lazos de solidaridad y apoyo mutuo

75,6%

17,9%

6,5%

Busco espacios de oración y vida espiritual compartida

56,1%

38,0%

5,9%

Se dan entre los sacerdotes de la Diócesis gestos fraternos, celebraciones, encuentros.

54,7%

39,7%

5,5%

Mantenemos un diálogo franco con los demás sacerdotes de la Diócesis

50,8%

41.7%

7,5%

Me siento acompañando por otros sacerdotes de la diócesis en mis problemas y dolores

47,0%

45,7%

7,3%




Como una manera de profundizar en la percepción que los encuestados tienen de su relación con los pares se les preguntó: “¿En qué medida se muestra Ud. dispuesto a recibir consejos de otros sacerdotes?” Un 72% respondió que muestra mucho interés en recibir consejos, mientras que un 19,1% afirmó tener poco interés en ello. Por otra parte, un 24,2% de los encuestados señaló ser buscado frecuentemente por algún hermano sacerdote para confiarle sus alegrías, vivencias o problemas. Un 55,1% dijo que ocasionalmente algún hermano sacerdote se acercaba con ese fin, y un 19,1% dijo que esto le ocurría rara vez.

En suma, nos encontramos con una tendencia creciente en los sacerdotes a vivir en grupo. Sin embargo, las redes sociales que suelen establecer los sacerdotes son más bien asimétricas y más centradas en el trabajo, quedando desprotegidos ante situaciones personales difíciles por la falta de confianza que existe al interior del clero. Aunque es interesante que una mayoría diga estar bien dispuestos a recibir consejos, estos resultados hacen pensar que, como se ha señalado en otra oportunidad, el clero tiene dificultades para arreglárselas con la propia “humanidad”, quizás por una mala comprensión del llamado a la “perfección” cristiano , o por la construcción de una identidad a partir del deber ser y de la imagen socialmente deseable de un sacerdote.


CAMBIOS PERSONALES EN LOS ULTIMOS AÑOS

Introduciendo la dimensión temporal en la percepción que los sacerdotes tienen de sí mismos, se les pidió a los encuestados que evaluaran diferentes aspectos de su vida a través de la pregunta: “Comparada su situación actual con la de 5 a 6 años atrás, ¿cómo ha cambiado usted en las siguientes dimensiones?”. Tal como se puede apreciar en el cuadro siguiente, la mayoría de los sacerdotes tiene una percepción de sí más bien estable. Es decir, no se apreciarían grandes variaciones en los últimos años. Los aspectos que más habrían mejorado reflejan, por una parte, mayor desarrollo emocional-social: capacidad de acoger, perdonar, dar y recibir afecto, relaciones humanas, y por otra, mayor realización en el trabajo. Sólo a nivel físico se reconoce deterioro en un número significativo de los encuestados. Ahora bien, como tendencia, la relación con las autoridades y, vinculado a ello, la identificación con la Iglesia Universal y Local son las áreas donde hay una menor sensación de mejoría en el clero encuestado.


Cuadro Nº 15: Evolución en los últimos años

 

Ha

mejorado

Ha empeorado

Se ha mantenido

N/R

Capacidad de acoger y perdonar

56,7%

3,0%

36,2%

4,1%

Valoración de su trabajo

46,1%

5,1%

41,7%

7,1%

Satisfacción en el trabajo

45,7%

6,3%

43,9%

4,1%

Capacidad de dar y recibir afecto

45,5%

5,9%

43,9%

4,7%

Vida espiritual y de oración

40,4%

9,4%

46,3%

3,9%

Relaciones humanas con otros sacerdotes

39,4%

5,9%

49,6%

5,1%

Satisfacción con la vida de religiosa

35,8%

4,5%

43,3%

16,3%

Sentido de pertenencia e identificación los lineamientos de la Iglesia diocesana

35,8%

9,3%

49,6%

5,9%

Sentido de pertenencia e identificación los lineamientos de la Iglesia Universal (Santa Sede)

34,6%

11,6%

49,8%

3,9%

Estado de ánimo

31,3%

12,2%

52,8%

3,7%

Sensación de ser apoyado por las autoridades

24,8%

15,7%

53,3%

6,1%

Estado físico

13,2%

34,1%

49,0%

3,7%



Respecto del estado de ánimo actual, la mitad de los encuestados dice sentirse bien, y sobre un 40% reconoce que su ánimo es “aceptable”. En tal sentido, la percepción que los sacerdotes tienen de sí mismos es mejor que la que tienen de sus hermanos de la Diócesis. De todos modos, una cifra cercana al 8% declara estar con problemas anímicos.


Cuadro Nº 16: Estado de ánimo actual

Tengo una buena disposición anímica

50,0%

Mi ánimo es aceptable

40,6%

Siento desánimo

5,5%

En estos momentos vivo una crisis en cuanto a mi disposición anímica

2,2%

N/R

1,8%

 




Cabe hacer notar que el ánimo de los sacerdotes encuestados alcanza su nivel más bajo en la edad media de la vida. A su vez, los religiosos refieren más desánimo que los diocesanos. Es interesante hacer notar, también, que ni el tipo ni la cantidad de personas con que viven los sacerdotes parecieran ser variables que se asocian claramente al estado de ánimo. Más aún, la condición de vivir en comunidad no afectaría significativamente la disposición anímica de los sacerdotes, lo que lleva a preguntarse hasta dónde se trata realmente de comunidades en un sentido psicológico y espiritual.

 

2.2.  LAS CRISIS EN LA VIDA SACERDOTAL

El término crisis indica un momento de ruptura de un equilibrio ya adquirido. Se hace necesario cambiar esquemas básicos que se manifiestan como inadecuados. En tal sentido, puede ser una ocasión para reorientar un itinerario vital, o para hacer una nueva opción . El sacerdote, como cualquier ser humano, está expuesto a situaciones de duda, angustia, conflicto y cambio. Las opciones tomadas en un minuto vacilan, o dejan de parecer pertinentes. Lo decisivo no es tanto el que sucedan estas crisis, sino su contenido, y sobre todo, qué se hace en esos momentos y cómo esto se vincula a los recursos personales y del contexto.

Gran parte de los estudios sobre los fenómenos críticos se centran en cómo hacer de éstos una situación evolutiva y no involutiva. Aún con lo desgarradora e impredecible que puede ser una crisis, un primer paso para ella es asumirla como tal. Estas situaciones dolorosas son oportunidades para realizar una “segunda conversión” o para renovarse mediante una actitud teologal y evangélica, contemplando con los ojos de la fe la historia de la salvación que Dios está realizando a través de sus caminos de purificación y redención .


FRECUENCIA Y TIPOS DE CRISIS EN EL SACERDOCIO

Se les preguntó a los sacerdotes encuestados si durante los cinco últimos años han pasado por lo que consideran alguna crisis personal importante. Un 62,4% indicó que no, mientras un 33,7% contestó afirmativamente. No hay diferencias significativas entre chilenos ni extranjeros, ni entre religiosos y diocesanos al respecto. Sí se puede observar una relación bastante directa con la edad. Los sacerdotes jóvenes son quienes más declaran haber vivido recientemente una situación de crisis (casi la mitad de los sacerdotes menores de 40 años), lo cual va disminuyendo a medida que se avanza en edad (hasta alcanzar un 18% en los mayores de 60 años). Esto puede estar indicando que entre los jóvenes hay menos dificultades para percibir y hablar de sus crisis, pero también, que los primeros años de sacerdocio son los más propensos a situaciones críticas, o que las actuales generaciones son más propensas ha hacer crisis que las anteriores.

Se les preguntó, luego, si durante los últimos cinco años han pensado seriamente en dejar el sacerdocio. Un 90,6% contestó de manera negativa. Sólo un 5,9% contestó que sí. Vale decir, hay más de un tercio de los sacerdotes reconoce haber vivido alguna situación de crisis en el último tiempo, pero en la mayoría de los casos, eso no tuvo como consecuencia un cuestionamiento de la vocación o del ministerio.


Quisimos saber entonces de qué tipo de crisis se trataba. A quienes afirmaron haber pasado por una, se les pidió que describiesen, a grandes rasgos cómo fue (o es) esta crisis, y cómo ha sido manejada. Los resultados aparecen en el cuadro siguiente, con algunas frases textuales que ilustran el tipo de respuesta que se agrupó bajo cada categoría.



Cuadro Nº 17: Tipos de crisis vividas por los sacerdotes en los últimos cinco años

Crisis afectivo-sexuales (“fuerte atracción hacia una mujer”, “enamoramiento”, “doble vida: me falta decisión”, “crisis afectiva sin resolver”, “una antigua amistad terminó en simpatía e intimidad. Sé como superarla”, “problemas afectivos para aceptar el celibato”, “doble estandar”, “no he sido fiel al celibato”, “al apoyar a una persona separada me involucré con ella”)

 

36

Crisis en las relaciones con la autoridad (“problemas con la persona el obispo”, “sentí que mi superior estaba siempre del lado de mi párroco” ,“no entendimiento con el obispo”, “tengo ganas de aportar y me siento silenciado”, “crisis con la autoridad y la obediencia”, “falta de credibilidad en las autoridades eclesiásticas”, “me he sentido fuertemente perjudicado por la autoridad religiosa”, “ser muy maltratado por el Obispo cuando estaba mal”, “injusticia de parte del obispo”, “mucha angustia y presión por parte de la autoridad”)

 

22

Crisis desencadenadas por problemas laborales (“por no trabajar en lo que es mío”, “por la poca estabilidad del trabajo”, “el exceso de trabajo en su momento me produjo una sensación de mucho desaliento”, “falta de competencia para desarrollar lo encargado”, “fui marginado de mis labores pastorales”, “siento que tengo más capacidades para desempeñar mi ministerio en la cuidad y estoy en una parroquia de campo, donde la población es muy dispersa y de difícil acceso”, “exceso de trabajo y soledad”, “crisis de adaptación a mi nuevo trabajo”, “estancamiento”, “abandono de los colaboradores”)

 

22

Crisis gatilladas por problemas interpersonales (“desavenencia con un sacerdote de mi antigua parroquia”, “decepción de algunos hermanos”, “me siento desencajado y creo que podría estar mejor”, “vivir con un sacerdote mayor, enfermo, desconfiado y pesimista”, “problemas de relación humana con Obispo y sacerdotes, falta de diálogo y colaboración”, “el afán de algunos sacerdotes de buscar poder”, “falta de caridad en el clero”, “sentirse desplazado por el obispo y el clero”, “injuriado y mala intención del anterior párroco”, “crisis de vida comunitaria”, “crisis con grupo de poder”)

 

21

Crisis vocacionales y de fe (“crisis de identidad sacerdotal asociada al cansancio y al tedio”, “desilusión del ministerio”, “crisis de fe”, “de identidad y pertenencia y valoración de mi trabajo”, “desánimo y crisis de fe al ver que todos mis amigos curas iban abandonando el ministerio”, ”desánimo y desencanto con la vida religiosa”, “estoy en crisis en relación a mis votos”, “crisis espiritual”)

 

19

Crisis adaptativas y del desarrollo (“volver a Chile”, “el paso del seminario a la parroquia”, “crisis de madurez”, “aprender a vivir en soledad”, “la edad”, “crisis de la mitad de la vida”, “vejez”)

15

Crisis gatilladas por problemas de salud (“jamás imaginé enfermarme” “aceptar que soy diabético”, “a partir del mal estado de salud tuve una crisis vocacional muy grande. Me quedé solo. Si no hubiese sido por un sacerdote y un padre espiritual creo que no habría vuelto al ministerio o no habría reencantado mi vocación”)

 

10

Crisis gatilladas por la pérdida de personas significativas (“la muerte de familiares directos”, “la partida a la Casa del Padre de un amigo sacerdote” “he sufrido la muerte de mi padre y el desmembramiento de mi familia”, “depresión a causa de la muerte de mi madre”; “la partida de mi madre y problemas familiares”)

 

10

Cambios en el régimen de vida religiosa (“Cambiar de la vida religiosa a la diocesana”,  “excardinación de una diócesis”, “pasar de la vida sacerdotal a la vida monástica”)

 

9

Crisis gatilladas por el abandono del ministerio de sacerdotes cercanos

 

4

Crisis de identificación con las líneas de la Iglesia o del obispo (“la Iglesia no es la misma de la que me enamoré”, “ver que la Iglesia no va de acuerdo con los tiempos”, “el obispo es un momio”)

 

3

Crisis por no adaptarse al “estilo” imperante de sacerdote

 

2

Crisis gatilladas por problemas familiares

 

2

“Escándalo”

 

1

No especificadas

 

31




Como se observa, si bien, hay un número importante que se abstiene de profundizar en la pregunta, entre quienes responden, las crisis más frecuentes están vinculadas a la atracción amorosa. Esto pareciera ser más frecuente en sacerdotes de entre 30 y 49 años, lo mismo que las crisis vocacionales.

Las relaciones con la autoridad y el cansancio e insatisfacción en la tarea pastoral ocupan un segundo lugar en las fuentes de crisis en los sacerdotes. Los problemas interpersonales son también una fuente importante de crisis. Más aún si consideramos que quienes definen como crisis el paso de la vida religiosa a la diocesana aluden indirectamente a éstos, con frases como “no sentirse valorado por la congregación”, “me vine por la vida comunitaria empobrecida y la soledad experimentada”. En tal sentido, este cambio parece ser más bien la manifestación de otra crisis, incluso su salida. Algo parecido ocurre con quienes definen su crisis como “depresión”. Probablemente han recibido este diagnóstico, y aunque es difícil saber qué ocurrió realmente, algunos mencionan problemas en las relaciones humanas: “vivo una depresión, en parte, producto de que no se me toma en cuenta”, o “no me sentía querido ni comprendido por los demás”.


La frecuencia de los diferentes tipos de crisis es concordante con la mayor o menor tranquilidad con que se viven los diferentes votos asociados a la condición sacerdotal. Como se puede apreciar en el Cuadro Nº 18, el voto que más complica es el de castidad, seguido por el de obediencia, y en menor medida el de pobreza.



Cuadro Nº 18: Relación con los votos o promesas sacerdotales

 

“Es un tema que me complica”

“No es un tema que me inquiete”

N/R

Celibato

34,8%

56,3%

8,9%

Pobreza

16,5%

71,1%

12,4%

Obediencia

20,3%

68,7%

11,0%



EVOLUCION Y MANEJO DE LAS CRISIS SACERDOTALES


En los momentos de crisis, la mayoría de los sacerdotes recurre a las autoridades de la Diócesis, a los superiores de la congregación, al director espiritual o al confesor, buscando contención y consejo. Varios de los encuestados se muestran agradecidos por el “apoyo incondicional” o por el “trato paternal” del Obispo. En segundo lugar, un número importante acude o recibe el apoyo de los pares. Es más, muchas veces son otros sacerdotes los que se dan cuenta de que algo anda mal y se activan como mecanismos de ayuda. No son pocos los sacerdotes que acuden a algún profesional, mayoritariamente psicólogos. Aunque muchas veces son enviados, en general, aceptan la recomendación, y lo evalúan como una buena experiencia. Otros se apoyan en la familia, y otros en laicos con que comparten la tarea pastoral.

Tal como aparece en el cuadro siguiente, otro grupo importante intenta resolver las crisis solo. Ya sea resignándose, o recurriendo a la oración personal. Hay que consignar, también, que un número significativo se aísla. A veces como consecuencia de la incomprensión de otros, a veces, previo a todo intento por buscar apoyo. Es en estos casos donde se encuentran los testimonios más dramáticos: “he sido condenado por mis hermanos sacerdotes y mis superiores”, “soy incomprendido por la jerarquía, “a mis hermanos sacerdotes y superiores no les interesaba mi situación”, “no lo comparto con sacerdotes ni superiores, siento que no serán respuesta al problema”, “lo he vivido solitariamente, sin pedir ayuda”, “El problema fue manejado con mucha oración al principio. Con el tiempo se fue apagando y me quedé con mucha amargura. No se lo he dicho a otros sacerdotes, no entenderían”, “mis hermanos y superiores no lo saben ni van a saber”, “no encontré en el superior mayor apoyo. Tampoco en otros hermanos sacerdotes. Al fin, me superé prácticamente en soledad”. “Poca ayuda sacerdotal. Dureza de parte de las autoridades”. Es en estos casos también, donde hay mayor reconocimiento que después de pasada la crisis, el estado de ánimo y la satisfacción con la vida religiosa han quedado resentidos, que están peor que antes. Si a ello agregamos a quienes asumen que la crisis no fue superada, nos encontramos con que en un grupo significativo de sacerdotes, las crisis, lejos de ser un momento de revisión y crecimiento, son sólo momentos de malestar subjetivo que no saben muy bien cómo manejar, y que a la larga los debilitan.

Por último es interesante consignar que siendo los problemas laborales una de las principales fuentes crisis, son escasos los sacerdotes que se dan permiso para algo tan obvio como es descansar.


Cuadro Nº 19: Estrategias y recursos utilizados para hacer frente a las crisis

Diálogo con los superiores y apoyo de éstos

 

20

Diálogo con otros sacerdotes o con una comunidad religiosa

 

20

Acompañamiento espiritual y/o ayuda del confesor

 

17

Resolverlo solo, aislarse

 

12

Oración

 

12

Tratamiento psicológico o psiquiátrico (instancia de desarrollo personal)

 

11

Apoyo de amigos y/o familiares

 

10

Apoyo de la gente de la parroquia

 

6

Cambiar de diócesis

 

3

Descansar

 

3

Aceptar en espíritu de obediencia la designación

 

3

Resignación

 

2

Crisis no resueltas o actualmente presentes

6

 



UNA MIRADA CUALITATIVA DESDE LOS ACTORES

Como una manera de enriquecer lo que pueda recoger una encuesta, es interesante conocer el testimonio de sacerdotes que han vivido crisis personales y vocacionales importantes, hayan o no abandonado el ministerio. Para ello se realizaron una serie de entrevistas, que si bien, no pretenden ser representativas, son interesantes por los elementos cualitativos que entregan, como también, por el alto nivel de coincidencia que presentan. El material recogido en las entrevistas se presenta a continuación casi textualmente, y refleja las opiniones de los entrevistados.

Todos los consultados que se han retirado, lo han hecho antes de cumplir cinco años de ordenación, todos han hecho un proceso de discernimiento de más de una año antes de tomar la decisión, todos se han salido manteniendo una relación afectiva estable, y la mayoría está casado. Aunque hay diferencias con respecto al grado de lejanía que hoy tienen con la Iglesia, ninguno de ellos ha tenido un cuestionamiento importante de la fe. Ninguno de ellos se arrepiente de haber dejado el ministerio, aunque reconocen que hay problemas que les pesan, en especial, el tema económico y la incertidumbre laboral.

Los motivos o eventos que llevaron a una crisis vocacional son similares, aunque con matices diferentes. En algunos casos, hay una alusión directa a la Congregación: “falta de repuesta de la comunidad”. “De veintidós personas, no encontré una humana”. ”Yo podía morirme en el convento, y se darían cuenta por el olor”. También a la frustración de los proyectos personales: “veía a mis compañeros que a los 35 años eran unos viejos. Hay mucha gente sin iniciativa, que a los 35 años ya no tiene expectativas y no quería eso”. Otros cuestionan su motivación para ingresar a la vida religiosa, o su real vocación: “tenía una idealización de la vida religiosa y comunitaria. Mi cuento era más profético y social”. “Tenía dos vocaciones que siempre coexistieron, que coexisten con distinta intensidad: estar al servicio y de compartir la vida con alguien”. Otros relatan que se les hizo insoportable la autoexigencia vinculada al rol sacerdotal: “siempre fui un seminarista modelo. Había que vivir todo a concho. Siempre tuve miedo del peso que significaba el rol”. “Expuse mis dudas ante los superiores, ellos, de buena fe, me reforzaban para que le echara para adelante. Le di fuerte a lo espiritual, retiros, etc. Había poco espacio para explorar si había algo más allá”. En un caso, se alude a contradicciones en la vida de pobreza: “el ideal de pobreza cae en lo irreal y lo inhumano”. “Yo administraba mucha plata, pensaba, vengo de una familia modesta, vivo en una comunidad sencilla y giro cheques por millones de pesos. Me pasó algo raro. Algo me fue molestando”. “Sentí una necesidad viril de producir, de comprar algo con mi plata, sentir que lo que tengo es fruto de un trabajo real”.

Todos los entrevistados se refieren al paso desde la formación al trabajo pastoral como un momento fuerte, que los hizo vacilar: “la crisis se produjo en el paso de la comunidad de formación a la comunidad adulta. Se ve la realidad de más adelante. Se pierde el espíritu comunitario y la oración; hay que cumplir tareas”. “El futuro aparece como algo poco atractivo, que asusta. Sin proyección. Y cada año que pasa te sentís más amarrado. Mucha gente sigue por inercia”. “El activismo está matando la vida religiosa”. “En la formación me concentré en vivir el carisma, incluso empujaba a otros. La parte afectiva la dejé esperando”. “Al irme a vivir a una población la gente entra, invade; se me produjo un quiebre en lo humano. Descubrí que era una persona afectiva. Me enamoré platónicamente de una amiga casada. Se vino todo abajo. Fui al psicólogo para trabajarlo dentro de la vocación religiosa. En realidad, enriquecí mi vida religiosa. Me hizo una persona más cercana. En la congregación de hablaba mucho de afectividad, pero se vivía poco”.  “Después me enamoré de nuevo. Ahí lo conversamos: ella se asustó. Yo ya estaba dispuesto a salir”. “Después me trasladaron. Estuve cuatro años de párroco. Me sentía bien, era un trabajo interesante, con mucha creatividad. Conocí una persona casada, colaboradora de la parroquia. Empezó a correr el rumor de que pasaba algo. Había una atracción indefinida, pero nada más. Entonces me reemplazaron de la parroquia y me junté más con ella. Ahí comenzó una etapa diferente; nos enamoramos. Ahí sentí que verdaderamente estaba en crisis, me cuestioné mi vocación”.

En todos los entrevistados, la presencia de una relación afectiva con una mujer ocupó un lugar central en la trayectoria que culminó en el retiro de la vida sacerdotal: “el tema afectivo siempre estuvo muy presente. La opción célibe a veces se complicaba. Siempre de la mano de la soledad”. Como relata un sacerdote: “me enfermé, tuve problemas al corazón, pero los médicos no me encontraron nada”. “Comencé a ir al psicólogo. Tuve todo el apoyo, bastante respeto y libertad. Todo el mundo pensaba que lo iba a superar”. “La psicoterapia fue fundamental para darme cuenta que estaba pasando algo del punto de vista humano, para darme cuenta de la autoexigencia, del peso de la imagen, y del tema afectivo. Ya estaba enamorado hasta las patas. Era algo hablado, recíproco. Fue algo distinto a lo platónico de otras veces. En la relación fui descubriendo la importancia de lo femenino en mi vida, la necesidad maternal. Ser hijo, no sólo padre”.

En cuanto al manejo de las situaciones críticas las experiencia son diferentes. La mayoría acudió a sus superiores, los que, a su juicio, actuaron de buena fe, aunque sin saber mucho qué hacer. “Me chorié con el superior. Fui a hablar con el Provincial, que me dio permiso para revisarme. Tuvo una buena actitud el Provincial, una acogida muy humana”. En un caso, el superior ordena un traslado inmediato, que el sacerdote no acepta. Se apoya en diocesanos amigos. Casi siempre hay temor: “tenía temor de hablar con la autoridad. No lo habrían entendido. La jerarquía actúa precipitadamente. Te saca rápidamente del lugar”.

Aunque en la mayoría de los casos “fue una salida serena”, “en paz interior”, (“fue una decisión correcta”), todos sienten algún grado de estigmatización: “yo no entro a ciertas diócesis”. “Te saludan como un enfermo terminal”. En general, tienen buenos recuerdos de la vida religiosa, aunque reconocen que la salida les produjo dolor: “se pierden los amigos”. “Quedé en una orfandad absoluta”, “les remueves el piso a los otros”. Hay varios casos en los que la congregación incluso ayudó económicamente a los sacerdotes, a juicio de los entrevistados, ayuda insuficiente, porque no se dimensionan las necesidades de una vida laical. “Los laicos son los que te apoyan”. “Hay una brecha insalvable. No se cacha la realidad de los laicos”. Todos los entrevistados insisten en que es un gran problema para la misión de la Iglesia la imposibilidad de los sacerdotes para ponerse en el lugar de los laicos: “fue salir de una vida protegida. No es fácil. Pero tiene que ver con el tema de la felicidad. Sentirme en lo mío. Con mi hija he sentido lo que es el agobio. El tema económico es duro. Adentro no se cacha lo que es el tema, no hay conciencia. Al principio fue muy duro. Por necesidad tuve que dar clases de religión a morir. No quería hacerlo”. “La salida a un mundo nuevo es impactante. No quería trabajar”. “Tenía mucho miedo de salir al mundo. Recién ahora me siento más preparado”. “No hay un conocimiento real de lo que es la vida laical”. “Como cura tienes más seguridades”. “Me pregunto: ¿cuántos curas están adentro sufriendo?, y no hacen nada por miedo. Se vuelven funcionarios”.

Como ex sacerdotes, les preocupa “la realización personal de los sacerdotes”, “que se asuma la cuestión de la mujer” y “lo poco que se sabe del mundo (¿Cuánto entienden los cura de la sociedad, como van a entender a los laicos?)”.

Los niveles y tipos de relación con la Iglesia son varios. Algunos quedan más resentidos con la Jerarquía y el discurso oficial, pero ninguno tiene una actitud confrontacional, ni desea entrar en confrontación. Otros dicen no participar por falta de tiempo.  Otros participan activamente, y no entienden que la Iglesia no “aproveche” al personal consagrado que se retira: “esa gente no ha salido de la Iglesia”, “no somos parias ni desequilibrados”. “Trabajo en la parroquia con mi señora. Está vivo y está dormido el aspecto sacerdotal de vivir en función de los demás. Me angustia”. “La Iglesia desperdicia esta potencialidad”. La Jerarquía debería tener más apertura y compresión”. “Hacer una propuesta donde se dé la posibilidad del sacerdote casado. Yo seguiría siendo cura. Conozco sacerdotes que se juntan a decir misa en secreto. Que la castidad sea opcional. Hay homosexuales, pedófilos y heterosexuales activos al interior. Pienso que es funcional, por no canalizar el impuso sexual”. Uno agrega: “el área más propensa de hacer crisis es el área afectivo-sexual. Son raros los problemas de fe. No hay tanto rollo con la obediencia”.

Les preocupa también “el desfase entre los ideales y al realidad humana”. “Somos herejes en la encarnación”. Se refieren críticamente a la formación, y agregan: “la personalización no se aplica. No se puede exigir a todos lo mismo. Tiene que haber mayor disposición a conocer a cada uno, y a conocerse a sí mismo”. “Mucha homogenización. No se acepta la diversidad”. Proponen además que el seminario haya “mayor confianza y discreción. Que cuando estés en crisis puedas conversar con naturalidad”. “Que el formador no tenga la camiseta de la institución; no entienden, somos juzgados”. Otro sacerdote señala: “me preocupa la infantilización en los seminarios. Son huevones con treinta años”, “mucho estudio, poco desarrollo. Ni se logran imaginar cómo es una mujer”.

También hay reproches a la Jerarquía de la Iglesia: “las crisis no se enfrentan explícitamente como Iglesia. Depende mucho de quién esté a cargo”. “La Jerarquía es adolescente”. “Nos tienen miedo porque los curas que se salen cuestionan, provocan incertidumbre”. Frente a la realidad que significa el retiro sacerdotal, se propone “que haya equipos de trabajo que se encarguen de ayudar en el tránsito hacia la sociedad” en sus distintas aristas. “Muchas personas salen con mucha inmadurez y trancas. La Iglesia debe procurar que no la caguen en la vida”.


El camino de los sacerdotes que aún viviendo crisis importantes, no abandonaron el misterio sacerdotal, tiene ciertas similitudes, pero también ciertos matices interesantes de subrayar. También en este caso, los entrevistados hacen una serie de observaciones críticas a lo que ha sido su formación: la falta de trabajo sobre sí mismos (“la dirección espiritual errática: si desnudas mucho tus dudas te expones. Cuesta creerlo, pero muchos seminaristas tienen temor que los vayan a echar”), pero sobre todo, a la falta de preparación para el cambio que significa salir y enfrentare al trabajo pastoral. “Faltó exponerse al manejo de la libertad con más madurez, no tan sobreprotegido”. “El seminario es un mundo protegido, que te impide probarte y armar un manejo de tu propia vida. Es un cambio muy fuerte”.  Asimismo, los entrevistados reconocen que el área más vulnerable es la afectiva, “el riesgo de entramparse en relaciones afectivas no sanas por estar reventados y solos es alto”. “Bendito sea Dios que no apreció una chiquilla. Si hubiese tenido otro paño de lágrimas, la historia es otra. Tenía necesidad de acurrucarme, de que me acogieran”

En un estudio ya clásico sobre las crisis y el abandono de la vida religiosa , Godin concluye que la problemática vocacional de quienes abandonan la vida religiosa no es distinta de la de aquellos que continúan en ella, y que las explicaciones que se dan para esta diferencia suelen ser generalizaciones algo caprichosas y tendenciosas. Estando de acuerdo con el autor, y sabiendo lo arriesgado que puede ser emitir juicios al respecto, del diálogo con los entrevistados se podría decir que, quizás, el elemento qué mas diferencia a los sacerdotes que dejan el ministerio de aquellos que no lo hacen, es la posibilidad de contar con una red social que interviene rápidamente, y la disposición para activarla o para aceptar la ayuda. A los sacerdotes definitivamente les cuesta mucho reconocer que están en una crisis: “todo el mundo se daba cuenta que estaba mal, menos yo”; “me hubiera gustado haber reaccionado yo antes. No tenía capacidad. Si no hubiese tenido la calidad de amigos curas… ello se dieron cuenta y se hicieron cargo de mi vida”. Lo otro interesante es que se tomaron decisiones casi inmediatas -incluyendo el apoyo profesional-, que no permitieron dilatar la crisis, lo que se pudo hacer porque no estaban mayormente involucrados con otra persona, y la duda vocacional era incipiente. De hecho, la crisis vocacional, propiamente tal, se gatilló más tarde, dentro de un contexto resguardado, de un proceso de revisión el cual las decisiones estaban postergadas.

Reconocen que “mucho tiene que ver con las expectativas que la Iglesia te hace ver respecto del rol del cura. No se sabe priorizar. Se siente culpa por descuidar algo”. “La cultura eclesiástica te mete en el cura como superhombre, inhumano”. “¡Estaba enfermo, tenía una sinusitis no tratada, y no me daba cuenta que me dolía la cabeza!”. Por eso, gran parte del aprendizaje de la crisis está del lado de “no sobreexponerme”, “respetar mis tiempos”, “aprender a detectar los signos [de que se está mal]”, “bajar el voluntarismo”, “saber vivir, descansar”. Después de una crisis no se vuelve a ser el mismo. Ese proceso puede ser muy largo. Por eso, algunos están tratando de reacomodarse, de descubrir sus motivaciones. Otros ya identifican cambios: “volví a decidir mi vocación en un acto de libertad, de más conciencia. Se me había quebrado cierto ideal”.

Como sugerencias, plantean que se revise la forma en que el seminario promueve la amistad (“hay temor a la intimidad”, “tienes que ser amigo de todos”), así como que se fomenten las relaciones de gratuidad al interior del clero, la relaciones informales. A la Jerarquía, le recomiendan “estar atentos a las personas, no sólo a la tarea”, eso significa “cuidado de saber hacer opciones”, “medir los recursos humanos”, “no recargar”, “preocupación por los destinos pastorales”.



LA OPINIÓN DE LOS CLINICOS

Luego de lo anterior, quisimos profundizar en el fenómeno de las crisis propias de la vida sacerdotal, indagando en ellas desde el ángulo de la práctica psicoterapéutica. Para eso, entrevistamos psicólogos, profesionales católicos que tienen más de diez años de trabajo clínico con religiosos(as), que en general son o han sido asesores de seminarios o congregaciones religiosas. Varios de ellos tienen estudios teológicos o experiencia pastoral, y que han trabajado para proyectos eclesiales.

En su opinión, los temas que con mayor frecuencia hacen crisis en los sacerdotes son la soledad y la sexualidad: “los sentimientos de soledad y la insatisfacción afectiva”. Según los expertos, se tiende a pensar que los diocesanos están más solos, lo que no sería tan cierto. En el clero religioso “la vida comunitaria es débil”, habría un “exceso de concentración el la tarea”, y una “falta de referentes de confianza”. “La congregaciones en el fondo son grupos de solterones, hay poca tolerancia, poco compromiso afectivo, están muy solos”. Lo que sí reconocen es que los seminaristas diocesanos viven en mayor abandono las crisis, que los seminarios “depositan a los cabros” en el psicólogo sin hacerse responsables.

El otro aspecto problemático sería la abstinencia sexual: “el celibato es problemático, los hace sufrir”. Muchos de lo sacerdotes tendrían “episodios intercurrentes (de relaciones amorosas) que provocan confusión”, “relaciones escondidas”, “acercamientos a mujeres de manera más idealizada o más sexualizada”. En su opinión, no necesariamente lo ven como algo contradictorio: “¿realmente, cuántos sacerdotes están convencidos de que el celibato es fundamental?”. “Mientras sienten que está bajo control no hay crisis. Piden ayuda cuando se les hace ingobernable”, “cuando no les funcionan los mecanismos de disociación”.

Cuando se trata de crisis vocacionales, “no es un cuestionamiento de la fe, sino del compromiso para toda la vida”. Los psicólogos señalan que en al momento de consultar “llegan con la cosa más o menos resuelta”; “normalmente abandonan el ministerio”, siendo a veces la consulta “una manera de hacer más presentable” la decisión.
Lo que más cuesta es que las crisis se asuman como tales: “al asumir las crisis lo pasan pésimo porque no tienen a quien recurrir”. “Los diocesanos recurren a los amigos curas; para los religiosos es más difícil”. “Pocas congregaciones y seminarios recurren a ayuda profesional”. Previo a eso, “la crisis explota por algún lado y ya no lo pueden ocultar”. Lo más común serían problemas en la esfera de la sexualidad, y problemas psicosomáticos e hipocondríacos. El núcleo que hace vulnerables a los sacerdotes por sobre otras personas sería una relación confusa, mortificante y psicológicamente insostenible entre el sí mismo y el ideal de sí: “son hombres solitarios, muy sobreexigidos por su rol”, que “los inhibe de reconocerse débiles, incapaces, insuficientes”. “Padecen de sobrevaloración personal”. ”Sienten amenazada su identidad si se sienten débiles”.

Por su parte, señalan que la mayoría de las diócesis y congregaciones “toleran las crisis si se mantiene a la persona adentro”. Ante el riesgo de una deserción: “lo demoran, lo postergan, lo sacan de la psicoterapia”. Por esto mismo, los tratamientos son difíciles: “son tratamientos poco transparentes. Se trata de no sincerar la situación”. Tanto los sacerdotes como los profesionales mostraron su preocupación por el manejo de situaciones éticamente complicadas. El hecho que más se repite en los ejemplos entregados por los diferentes entrevistados, es el caso de sacerdotes han tenido hijos en el ejercicio del ministerio. Las “soluciones” mencionadas son: llegar a un arreglo económico, enviar al sacerdote lejos, cambiarlo de destinación, mandarlo a hacer un curso, “mandarlo a terapia”… “La respuesta institucional es no escandalizar a los ‘inocentes’, ocultar rápidamente”. Lo mismo ocurriría, según los entrevistados, en el caso de las desviaciones sexuales y homosexualidad. Todas las personas consultadas coinciden en que hay una “cierta tolerancia pasiva a la homosexualidad” en los círculos religiosos, y que se observan “rasgos perversos” en los sacerdotes que no son atendidos como corresponde.
 
En general critican a la formación, tanto por el escaso desarrollo de la capacidad introspectiva que muestran los sacerdotes al entrar en crisis, como por la “excepcionalidad” que se les hace sentir.

Por último, las sugerencias que hacen frente a este tema son de a lo menos tres tipos. A nivel de la formación: atender de manera directa y mucho más profunda al desarrollo personal, en particular, a la dimensión afectiva. A nivel organizacional, se propone revisar los estilos habituales en que se ejerce la autoridad (cambiar la forma como “se cuida al personal”, “la autoridad debe generar la confianza para que se pueda hablar”), trabajar las dinámicas propias de los grupos humanos y desarrollar capacidad de manejar los conflictos en las congregaciones y diócesis. Por último se sugiere “hacer de los que salen los mejores colaboradores laicos”.




LA OPINIÓN DE LOS CONSEJEROS ESPIRITUALES


Por último, pudimos identificar una cierta red informal de sacerdotes que se han especializado en trabajar con hermanos en situaciones de crisis –algunos de ellos a su vez psicólogos-, pudiendo contactar a tres para conocer su opinión.

Dos de ellos difieren de los entrevistados anteriores, y piensan que sí hay diferencias entre el clero regular y secular: “son dos realidades diferentes, el superior está más a mano que el obispo, la relación es más paternal”, “hay más temor en el clero secular”. “La vida religiosa posibilita mejor vivir los votos”.
Coinciden entre sí, y con los clínicos, que cuando las personas se acercan a pedir ayuda, lo hacen generalmente con consentimiento, o por indicación de algún superior o director espiritual (también mencionan casos en los que el superior frena el deseo de pedir ayuda: “por miedo a que la persona se ensimisme, o que pierda su vocación”). Cuando esto ocurre, suele ser tarde: “cuando llegan a esfera del gobierno es una crisis terminal. La persona se quiere ir”. “Cuando la persona está enamorada, en la gran mayoría de los casos no hay nada que hacer, ya hay apertura a una relación, algún grado de intimidad clandestina, lo que quieren es una salida digna”. “Ya hay una persona en juego, un compromiso…o hay una desilusión muy grande”. “Ya hay una postura”. “No es fácil, ayudar a ponerse en un plano de libertad interior para ver lo que el Señor quiere”. “Las crisis afectivas se dan cuando están hasta el cogote en una relación. Lo mismo pasa con las crisis de identidad sexual. Son las más complejas de trabajar porque ha pasado mucho agua bajo el puente. Vienen con una decisión tomada, viene a aprender a sepultar dignamente su vida pasada”.

Esto se debería, en parte, a que es muy difícil saber que se está en una crisis, y lo vinculan a un insuficiente acompañamiento espiritual. “El acompañamiento espiritual debe ser consistente, no bomberil”. “En el clero secular hay un problema grande: la visión y práctica del acompañamiento espiritual en los seminarios deja mucho que desear”. “Hay que reevaluar la manera cómo se hace acompañamiento espiritual; es infantil, centrado en la confesión, es acompañar a seguir las normas”. También hay una crítica a las congregaciones que descansan demasiado en los supuestos de la vida comunitaria: “el acompañamiento personal no puede ser reemplazado por la comunidad”. “La comunidad no puede apoyar más allá. La vida religiosa requiere de reciedumbre personal (muchas veces las congregaciones ingresan personas dependientes que se enganchan con los captadores de vocaciones por sus propias necesidades)”

Esta preocupación por los vínculos que son fuente de desarrollo espiritual es extensiva a todas las relaciones al interior de la Iglesia: “el pastor que estamos formando no está preparado para acompañar personas en profundidad”. ”Hay un vacío tremendo”. “Tenemos que inculcar el hábito de seguir un acompañamiento espiritual como personas maduras”.

Agregan que los sacerdotes suelen “llegar tarde [a pedir ayuda] porque lo afectivo genera autoengaño mezclado con autosuficiencia”. Los sacerdotes “se van metiendo en algo, involucrando, creyendo que es curiosidad, que se trata de tener experiencias como hombre, y cuando quieren salir de eso es un poco tarde”. “El enamoramiento produce fascinación en personas puritanas, ‘perfectas’, por eso peor es la caída”. Muchas veces habría confusión entre el enamoramiento y crisis vocacional, producto de la inmadurez afectiva: “normalmente, detrás hay un conflicto no resuelto; personas con poco desarrollo afectivo”, e “idealización de lo que significa una pareja, ingenuidad, poco realismo”.

Según uno de los entrevistados, en el caso de los sacerdotes que hacen crisis y que no abandonan la vida religiosa, los motivos de éstas son diversos. Por una parte, están los problemas con la autoridad y con las reglas. Por otra parte, sentimientos de postergación y frustración, sin asumir que “nuestra vida requiere abnegación, postergar el despliegue de condiciones latentes por años”. Al respecto comenta que algo más reciente, “propio de la juventud actual”, son las crisis vocacionales asociadas escasa tolerancia a la frustración: “la cotidianeidad, el tedio, la rutina. Viven una formación llena de experiencias, muy movida, llegan a la ordenación con mucha ilusión, viven una luna de miel y después… dicen ¡esto es!. Hay poca valoración del compromiso. Les interesa vivir experiencias”. En el plano afectivo, además del tema sexual (“hay algunos que no aceptan los límites de nuestra vocación, que están siempre en el límite de lo prohibido, la mayoría de la gente quiere vivir el celibato y la castidad, por lo que la aparición de un flirteo o de la masturbación provocan desconcierto, no lo entienden”), serían problemáticos en los sacerdotes “el manejo de la agresividad”, “la inseguridad” (“muchas veces se tapa con la opción por los más pobres”) y la tristeza (“a veces, la tristeza aparece más amenazante que pecar”). Todo eso acrecentado por “el alto costo de tener que responder a una imagen”. “Cuesta hablar con la verdad”, “ser naturales”. Otro sacerdote agrega: “se da un ser para el otro en que amarse a sí mismo es feo. Hay miedo al egoísmo, y por eso muchas veces se es más egoísta que nadie”. “Es un amor al prójimo a pesar de ti mismo. Aparece como algo súper altruista. Eso aparte de la imagen valorada de estar agotado, propio de la cultura chilena”. “La mayoría de los curas están atrapados por la imagen”.

En palabras de otro sacerdote, las fuentes de crisis serían, en primer lugar, “reencontrar la identidad apostólica en los primeros años”. “Los primeros años son claves”, ya sea para que se produzca un brusco desencantamiento con un ministerio mucha veces rutinario, o para que el ministerio “se haga pura cáscara”. En segundo lugar, las crisis se darían como parte de “una conversión profunda al proyecto de la congregación o la diócesis”. Eso implica renuncia, por lo tanto, si no se interioriza el proyecto común, se entra en crisis al poco tiempo. El otro campo fértil para las crisis sería la soledad, que se produce “por no saber procurarse  redes afectivas de apoyo, y además, no haber desarrollado una oración que genera una gran intimidad con el Señor” (“¡Muchos seminaristas sólo saben rezar con el breviario!”).

“La crisis sacerdotal es muy radical. La opción es completa. Se viene al suelo todo”, señala otro de los entrevistados. “La soledad puede llevar a la frustración y desmotivación. Miran mal a la institución, el ministerio aparece poco atractivo, aunque no abandonen el sacerdocio”. El cuestionamiento vocacional producto de la soledad afectiva “es la crisis más común. La mayoría no la enfrenta, se adapta a la mediocridad”. “Son crisis de sentido, de desencantamiento con el sistema. Se camufla en la rebeldía y la crítica. Antes incluso era bien visto”. “Es la pérdida de la utopía. En general no lleva a abandonos. El cura puede convivir con un ejercicio desencantado de su ministerio”. “Hay también una crisis solapada, que tiene que ver con la identidad y el rol”, “son los coletazos de Vaticano II, la pérdida del rol social e intraeclesial”. “Hoy se ha vuelto a una armazón bien definida, o se anda en la búsqueda de eso. Pero igual el lugar social del cura ya no es el mismo. Se trata de una crisis no enfrentada en Chile. Nadie quiere pensar demasiado hoy en eso. Eso hace curas más funcionarios y menos pensadores, más operativos que propositivos”. “Se manifiesta eso sí en baja de ánimo, cansancio, stress; exceso de trabajo sin reflexión. El clero chileno tiene que estar operante las veinticuatro horas del día. No tolera el tiempo libre”. “Además que hay una imagen sobrevalorada del clero, donde no se pueden mostrar debilidades, son formas de compensar, llenarse de cosas, viajar, para no aceptar que hay una crisis”. Por su parte, “la institución retiene a los curas sin saber cómo. Se toman soluciones organizacionales, operativas, o se utilizan medios espirituales. No hay una percepción de todas la dimensiones humanas que hay detrás de una crisis”.

La ayuda que brindan estos sacerdotes “es fundamentalmente escuchar, ayudar a no engañarse, tomar las riendas del asunto, con libertad”. “A veces hay que ayudar a que lo sacerdotes se salgan bien”. Como consagrados, reconocen que en los ambientes religiosos se da con frecuencia una negación de los problemas poniéndolo todo en el plano espiritual: “hay que estar atentos ante la espiritualización de los problemas psicológicos”.

Las sugerencias que se hacen a la Jerarquía eclesiástica en este punto parten por “mayor trasparencia. No somos figuras angelicales, y el pueblo de Dios es sensato”. En ese mismo sentido, apuestan a una mayor “mezcla con los laicos”. La otra sugerencia es mejorar los procesos de selección de ingreso a la vida religiosa (“no urgirse por el número”). Para quienes ingresan al camino sacerdotal, profundizar la formación espiritual y personal (“hacer un esfuerzo formativo de que las personas crezcan en conocimiento de sí mismo”). Hay una manifiesta preocupación por la preparación de los formadores en todos los entrevistados: “los formadores no manejan nada, no cachan nada. No saben manejar el tema. Mandan al psicólogo cuando no saben qué hacer, para deshacerse del personaje”. Sugieren también, mejorar también las relaciones humanas, “poco gratuitas y muy funcionales” dentro de la vida religiosa. En un nivel más íntimo, proponen mejorar el acompañamiento espiritual, hacerlo permanente e integrarlo a la vida (“hay que acompañar y ayudar a descubrir y hacer crecer el Cristo que vive en cada uno”), y en un nivel más organizacional, “vivir en una participación real”, “hacer una comunicación del proyecto apostólico en forma horizontal”.

Un sacerdote termina afirmando: “el problema fundamental es no tenerle susto a las crisis, entender que es algo normal de la vida (en la institución no se sabe qué hacer)”. Por otra parte, “nadie se atreve a confrontar. No se dicen las cosas directamente. Hay poca asertividad. Tampoco hay elementos para hacer una evaluación y para la autoevaluación, son criterios subjetivos, caprichosos, y hay poca credibilidad”. “Se ayuda poco a la auto evaluación. Ese es un problema de la autoridad que no quiere ejercer su oficio. Se actúa con buena voluntad, pero con pocos parámetros sobre el proceso de desarrollo de las personas o elementos esenciales de la vida de los grupos. Se aterrorizan y sacan conclusiones precipitadas”


3.         SINTESIS Y REFLEXIONES FINALES


Al terminar este trabajo, no podemos dejar de insistir en la idea de que nuestra Iglesia vive -desde hace algo más de tres décadas-, en una situación de transformación bastante sustancial. Como toda transición, acarrea incertidumbre, requiere experimentar, aprender de los errores, y sobre todo, no puede darse por concluida artificialmente. La Iglesia de comunión es todavía, un gran anhelo, un horizonte, que ha significado distintos intentos de organización y reorganización, en los que han sido formados sacerdotes de diferentes generaciones. En estos años, la Iglesia ha cambiado su rostro como no lo hizo en los cuatro siglos anteriores. Qué distinto es el espíritu que anima a los obispos reunidos en el Concilio de Trento cuando afirman que la jerarquía eclesiástica es como un ejército en orden de batalla –eclesiología que mantuvo su vigencia hasta mediados del siglo XX-, de aquel que anima a nuestros obispos en el Concilio Vaticano II, y qué difícil es implementar los desafíos que allí se trazan. Más aún, cuando los cambios socioculturales avanzan vertiginosamente. En este contexto, se hace necesario explorar en busca del núcleo de la vida consagrada y del sacerdocio, volver sobre la revolución cristiana que distingue al pastor del Nuevo Testamento de aquellos sacerdotes de las tradiciones paganas y del Antiguo Testamento.

En este contexto, entonces, es un dato muy relevante que la mayoría de los sacerdotes declaren estar motivados en su trabajo pastoral, en particular, los sacerdotes mayores. También es relevante que la mayoría se sienta bien preparado para desempeñarse pastoralmente, particularmente, los más jóvenes. Es interesante también, que en general, se dé un buen trabajo en conjunto con los laicos, aunque a veces, estos sean demasiado exigentes. Vale decir, dentro del ámbito parroquial, aun cuando queden muchos retos por delante, pareciera existir cierta tranquilidad y estabilidad que permite a los presbíteros desempeñarse con entusiasmo y sin grandes tensiones, una vez que ya se ha incorporado en la práctica la participación de los laicos.

Esto contrasta, sin embargo, con la percepción que los sacerdotes tienen de sus diócesis y de sus relaciones con otros sacerdotes. Más de la mitad de los encuestados se encuentra insatisfecho con el nivel de comunicación y colaboración al interior de la diócesis, y sobre un tercio siente que podría aportar más al trabajo diocesano. Un número importante de sacerdotes se queja del individualismo, de la existencia de subgrupos cerrados y de la comunicación distorsionada en su diócesis.

En general, existe la sensación que se cuenta con las autoridades diocesanas más en un plano laboral que en uno personal. Además, la mayoría de los sacerdotes considera que dichas autoridades no saben manejar los conflictos entre personas y grupos en la diócesis. Si a ello se agrega que la mayor parte de los encuestados encuentra que la distribución de tareas en la diócesis no es equitativa, que el ánimo percibido en el clero es mediocre, y que un 40% se siente no tomado en cuenta en las decisiones diocesanas, queda en evidencia que aún queda mucho camino por recorrer para llegar a diócesis en cuya gestión se encarne realmente la comunión y la participación.

El sentido de comunidad supondría, en este caso, la identificación entusiasta en torno a un proyecto común, que refleje realmente un aterrizaje de la Misión de la Iglesia a la realidad local particular, un proyecto que evidencie el sello propio con que esa diócesis se inserta en el Plan de Dios. Esto significa progresar desde los actuales Planes Pastorales Diocesanos –que muchas veces no son sino programaciones- a verdaderos proyectos carismáticos. Además de hacer opciones que aglutinen, gestionar un proyecto de manera de enfrentar la pasividad y el individualismo, haciendo notar a cada uno de los participantes por qué es importante que esté allí, por qué su aporte vale allí. Desarrollar las diócesis no sólo como una estructura territorial y jurídica, no sólo incluso como una red de equipos, sino como una comunidad, pareciera ser una de las grandes tareas pendientes en nuestra Iglesia, algo que además, mejoraría significativamente la calidad de vida de nuestros sacerdotes.

Si bien, esto acarrea exigencias a las autoridades diocesanas, también es necesario destacar que los sacerdotes mismos muestran dificultades para relacionarse como pares, para establecer un diálogo franco, para compartir sus alegrías y dolores. Vale decir, según los resultados del estudio, la fraternidad, en particular, la confianza y el apoyo percibidos entre sacerdotes, es algo deficitario.

Aunque entre presbíteros jóvenes se observa una tendencia creciente a vivir en grupo, todavía, las redes sociales que establecen los sacerdotes son más bien asimétricas y centradas en el trabajo. Los sacerdotes se vinculan principalmente –y se sienten más cómodos- con laicos colaboradores, en menor medida con otros sacerdotes, y muy escasamente con religiosas. La falta de espacios sociales más gratuitos, en los cuales desprenderse del rol, torna a los sacerdotes más vulnerables a las tensiones propias de su vida y su trabajo, como también, les resta posibilidades de confrontarse, posibilidades de desarrollo personal y social.

Por otra parte, el estudio refleja algo que la psicología social reconoce hace tiempo: que una comunidad es ante todo un asunto subjetivo. En este caso, es probable que muchas de las denominadas comunidades no sean tales, o por lo menos, que no estén cumpliendo con las funciones que se supone tiene una comunidad de espíritu, en tanto no aparece una diferencia significativa en el nivel de bienestar o malestar psicológico entre quienes viven solos, acompañados o en una comunidad.

En los últimos años, se han desarrollado en distintas partes del mundo innumerables programas que buscan prevenir problemas físicos y psicológicos a través del fomento de las redes sociales y de la disposición a activarlas, en particular, en los profesionales de ayuda. No vemos ninguna razón para que la Iglesia no haga algo similar. Más allá de la vida en común y del trabajo en equipo, estimular la capacidad de los sacerdotes para dar y pedir apoyo entre sí, hacer de esto algo cotidiano, buscar mayor interacción entre sacerdotes y mejorar su calidad, debiesen ser objetivos centrales de las autoridades eclesiásticas. No sólo por sus efectos benéficos, sino también porque -como recuerda en Arzobispo de Santiago en su reciente Carta Pastoral sobre la espiritualidad de la comunión- la Iglesia es sacramento de comunión, porque tiene la vocación de ser un signo vivo y atrayente de la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí .

Si sumamos los problemas con la autoridad, los problemas entre pares y los problemas con los colaboradores, nos encontramos con que una de las primeras fuentes de crisis en los sacerdotes son los vínculos sociales. Las decepciones y conflictos relacionales, junto a las problemáticas afectivo-sexuales aparecen como las áreas más sensibles, y más propensas de hacer crisis en la vida de los sacerdotes. Difícil saber si se trata de puntos débiles por donde se manifiesta una disfunción mayor y profunda, como se ha sugerido  , o si son temas que por sí mismos generan tensión y crisis, siendo por lo demás, aspectos problemáticos para cualquier ser humano. De todos modos, no significa que no se les preste atención especial en la formación -tanto inicial como permanente-, y en la gestión eclesiástica.

Entrando ahora al tema de las crisis sacerdotales, hay que señalar que sobre un tercio de los encuestados afirma haber vivido una crisis importante recientemente. Sin embargo, más que la cifra, lo que llama la atención, es la poca claridad para manejar las crisis al interior de la Iglesia, tanto por la dificultad para reconocerlas de parte del clero –por temor o por omnipotencia-, como la vacilación que éstas generan en las autoridades. A pesar de ello, en momentos de pesadumbre y duda, la mayoría de los sacerdotes se acerca a hablar con un superior o con su confesor. Algunos encuentran acogida y respuesta, otros se defraudan después del intento. Lo mismo ocurre con aquellos que se acercan a otros sacerdotes. Un grupo importante, en estas circunstancias se aísla, se concentra en la oración, o simplemente se resigna.

Es habitual –y también la explicación más fácil- que ante las crisis sacerdotales se acuse a la formación y a los formadores. Ciertamente hay allí un trabajo importante; hay que revisar la pertinencia y la eficacia del preparación cognitiva, emocional, social, pastoral y espiritual que reciben los futuros sacerdotes, pensando en el mundo de hoy y de mañana, pero es injusto e inadecuado que sean los seminarios y los formadores los primeros sospechosos cada vez que hay problemas. Una aproximación algo ingenua al fenómeno educativo ha significado que se confíe en exceso en la formación, con el consiguiente sobrecargo de la misma. La vida significa cambio, y significa confrontarse a cosas que no se pueden prever. Hay momentos en los que ante una encrucijada, el saber acumulado no sirve. En esos momentos, se hace evidente la importancia de las redes sociales de apoyo.

Cabe recordar que apoyo significa respaldo, pero también franqueza. A veces se piensa que apoyo es sinónimo de relaciones blandas, suaves, sin disputas, de una calidez que suprime toda confrontación. De hecho, la experiencia de CISOC-Bellarmino muestra que los sacerdotes y los seminaristas tienen especiales dificultades en la esfera de la asertividad.  Además de la notoria cautela en los medios eclesiásticos, probablemente asociada a la disminución en el número de vocaciones, se nota la influencia de un medio cultural crecientemente infantilizador, y que tiende a patologizar –y por lo tanto, desconocer- los problemas humanos y las emociones negativas. Lo vemos en los formadores, que subestiman a los formandos y no saben cuánto exigir, pero también en la dificultad de las autoridades y de las comunidades para enfrentar las diferencias y los conflictos, lo que se traduce muchas veces en un trato superficial.

En necesario hacer una mención sobre el papel de autoridades y pares en las crisis que van acompañadas de problemas morales delicados. Como principio, hay que decir que encarar la verdad abre las puertas para que las crisis sean espacios de crecimiento y para una real reconciliación consigo mismo. Además del deber ético de hacerse cargo de las consecuencias de los actos propios -de la naturaleza que sean- y en especial, cuando hay terceros implicados, toda rehabilitación psicológica y moral pasa por asumir las obligaciones que correspondan según el caso. Ni la oración, ni la confesión, ni tratamiento psicológico alguno eximen de responsabilidad. Es más, son complementarios. Una caridad que desreponsabiliza, a la larga, hace daño a las personas y a las organizaciones.

La falta de orientaciones que surjan de la experiencia compartida, dificulta que las autoridades y que otros sacerdotes sepan qué hacer ante las crisis sacerdotales. En especial, en aquellos casos que abandonan el ministerio. Puede que no sea lo más conveniente institucionalizar los mecanismos de acompañamiento y apoyo en los momentos de crisis, pues se corre el riesgo de la burocratización de las crisis, y de los procedimientos de retiro. Sin embargo, es a todas luces necesario generar pautas que iluminen a las autoridades en estos casos, para que con una actitud cristiana de apertura y respeto logren acompañar y hacer menos traumático el paso a la vida laical.

Una Iglesia de comunión se inspira en el Misterio Trinitario, y por añadidura, en el misterio de la Encarnación. Una Iglesia más humana, con pastores más cercanos a las angustias y alegrías de los hombres, supone también, una preocupación directa por la calidad de vida de los  sacerdotes. Estudios anteriores realizados por CISOC-Bellarmino han puesto el acento en la sobreexigencia del rol sacerdotal -el sacerdote de hoy debe ser un experto en catequética, en homilética, en conducción de grupos, tener conocimientos de planificación y administración, saber de psicología, contar con una base teológica que le permita dialogar con serenidad, etc.-, concluyendo en la necesidad de mejorar la organización de las estructuras pastorales. Ahora queda de manifiesto que hay que prestar atención a la forma cómo viven los presbíteros. En particular, el estudio muestra que es necesario profundizar en aquello que se denomina, a veces con mucha soltura, como hermandad sacerdotal. Se requiere invertir en el desarrollo de habilidades sociales, de redes sociales activas y de comunidades diocesanas reales, así como en orientaciones explícitas para actuar ante situaciones problemáticas. De este modo, se seguiría avanzando en el camino hacia una Iglesia más participativa, comunitaria, fraterna y responsable.



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Karen Oliveri Romero  - He visto la humanidad del sacerdote.   |201.236.190.xxx |2008-09-11 14:13:35
Con lo que leí...he visto desde otra mirada, la "real realidad" de los
sacerdotes, sobre todo de sus inquietudes "personales" y del precario
apoyo que tiene en sus redes mas cercanas.
Un vision por un lado mas
esperanzadora en el avance de la formacion de los futuros sacerdotes pero por
otro lado decepcionante ya que no se "aterriza" el rol global del
sacerdote.
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